jueves, octubre 26, 2006

SEMINCI 2006 Crónica 6

EL EDIFICIO YACOUBIAN, Fresco del Egipto actual.

Se temía un poco a la primera proyección de la mañana. Y no era para menos: aparte del incordio que suponía sentarse en la butaca a las 08:30, media hora antes de lo habitual, que te esperara la producción egipcia más cara de la historia con una duración de 165 minutos era algo capaz de desanimar a cualquiera. Gran parte de la prensa acreditada, temiéndose lo peor, debió preferir apagar el despertador ya que el Teatro Calderón estaba un poco menos lleno que de costumbre. Sin embargo, El Edificio Yacoubian es una película que, sin ser ninguna maravilla, no aburre en ningún momento e incluso que demuestra una madurez un tanto inusual para ser el primer largo de un debutante, Marwan Hamed, que, eso sí tiene a sus espaldas una larga carrera como realizador de spots publicitarios y trailers para infinidad de películas.

El Edificio Yacoubian retrata la vida de varios de los habitantes de dicho inmueble, una enorme edificación colonial enclavada en pleno centro de El Cairo que sin duda conoció tiempos mejores pero que alberga multitud de pequeñas grandes historias tanto de los dueños de los pisos como aquellos que los sirven o de más baja clase social a secas que ocupan las azoteas del mismo. En él residen desde un acomodado playboy perteneciente a lo que podríamos denominar la aristocracia local, un señor entrado en años cuya mayor debilidad son las mujeres; el editor de un periódico francófono que debe ocultar constantemente su condición de homosexual en una sociedad en la que, pese a ser una de las más avanzadas del mundo árabe, aun no se toleran ciertos comportamientos; una guapa joven que busca la manera de salir adelante y ganar algo de dinero sin que tenga que verse obligada a realizar favores sexuales a sus sucesivos jefes o el novio de ésta, un chico de clase muy humilde que sueña con ser policía y con ganar el respeto que ahora nadie le tiene o el propietario de una próspera tienda de coches que desea casarse en secreto por segunda vez con una esposa más joven y medrar en la vida política.

La película es un melodrama de corte más bien clásico, narrada con una fluidez sorprendente y muy bien interpretada por un reparto ajustado en el que sobresale el trabajo del veterano Adel Iman, un tipo que parece la versión egipcia del actor de cine clásico Edward G. Robinson, que se luce con ese personaje que añora la gloria de los viejos tiempos que nunca volverán y que se ve obligado por las circunstancias abandonar la acomodada vida de crápula que siempre ha llevado. Pero sin duda lo más valioso de una película mainstream destinada al masivo consumo interno y que a la vez guiña los ojos al público occidental gracias a su factura visual es su condición de gran fresco de la vida del Egipto de hoy. Marwan Hamed, con un guión que se basa en un libro de enorme éxito escrito por Alaa El-Aswany, no deja asunto polémico por retratar: represión policial, fundamentalismo islámico, difícil condición de la mujer en la sociedad egipcia actual, pervivencia de cierto clasismo, homosexualidad, corrupción en las altas esferas políticas, hipocresía de la doble moral... No es de extrañar que esta obra haya levantado sus ampollas en los más diversos ámbitos de la sociedad egipcia, porque abarca la suficiente cantidad de temas espinosos como para cabrear a la suficiente gente.

Pero al mismo tiempo hay que decir que El Edificio Yacoubian esconde en el fondo un mensaje bastante conservador (a veces escandalosamente reaccionario: véase al respecto ciertas inadmisibles 'explicaciones' de la homosexualidad y lo que ocurre con los dos hombres que han mantenido una relación gay) que no casa bien con la evidente denuncia de sus autores sobre los temas que toca. Basta con analizar un poco lo que ocurre con los personajes y como el guión castiga o premia a los mismos en función de su evolución y especialmente su comportamiento en el último tramo del filme. Así la contundencia con la que se retrata la tortura policial, la corrupción política o un proceso de conversión de un chaval idealista hacia el fundamentalismo islámico más temido y fanático - parecido a los que hemos visto en Paradise Now o Syriana, que relacionan dicho fenómeno directamente con la pobreza o la falta de expectativas - es rebajada por la un tanto previsible historia de amor en la que, atención, solo los personajes que se comportan de una forma políticamente correcta o se arrepienten de sus excesos ven recompensado dicho comportamiento. Serán las reglas del melodrama, pero al que escribe estas líneas le parece una concesión comercial que, sinceramente, la película no necesitaba. En cualquier caso, estamos ante una estimable película con más virtudes que defectos, lo que no es poco tal y como está el patio en esta Seminci.

EL CICLO DREYER, El escándalo de este año.

Lo confieso: yo soy uno de los periodistas que, llegado un determinado momento no pudo soportar más la increíble estupidez de la segunda película española de la Sección oficial y rió a carcajada limpia las increíbles (y surrealistas) líneas de diálogo que salían de las boquitas de los protagonistas de El Ciclo Dreyer, participando activamente en el desmadre en el que los periodistas convertimos el pase de prensa de este filme inclasificable, una obra de la que me atrevo a afirmar que con el paso de tiempo se convertirá en película de culto, entre otras cosas porque a Alvaro del Amo le ha salido de forma totalmente inintencionada la mejor comedia que ha dado el cine español en mucho tiempo y, como pasa con algunas obras de serie Z o las pelis de Ed Wood, puede ser una pasada vérsela en compañía de unos colegas tras tomarse unos porritos y con abundantes dosis de alcohol de por medio.

Les explico. El Ciclo Dreyer va de una parejita de niños bien del Madrid de mediados de los 60: Elena (Elena Ballesteros, guapísima y aguantando el tipo en un papel imposible) es una pijita de Serrano y Carlos (Pablo Rivero, haciendo de zangolotino despistado al más puro estilo Gabino Diego en sus primeros años) un apasionado del cine que ha montado en compañía de Julia (Ruth Diaz) un ciclo sobre, pásmense, Carl Dreyer, en uno de esos cineclubs que tanto abundaban en aquella época. A casa de Elena llega un improbable cura que va camino a las misiones (un horrible Fernando Andina al que se le nota claramente que no se cree una palabra de lo que le ha tocado interpretar) que, cual Richard Chamberlain en El Pájaro Espino, se enamora como un becerro de Elena, que por su parte e intuimos que pelín harta de la pasión cinéfila del imbécil de su novio - que por no enterarse, ni se entera de que Ruth bebe los vientos por él como otra tierna enamorada - le va el rollito trascendente y de fruta prohibida que supone el curita, con lo que ya tenemos el pollo montado.

A tan básico argumento de infidelidades y vocaciones puestas a prueba hay que sumarle las pelis de Dreyer, un señor tan serio y trascendente en sus planteamientos de la vida, el amor, la fe y la comprensión del mundo que sus películas rara vez permitían un atisbo de sonrisa. Pues a Álvaro del Amo - recordemos co-autor de guiones tan serios como La Buena Estrella - no se le ha ocurrido mejor cosa que plantear la crisis que se establece entre los tortolitos como un remedo de los filmes de Dreyer, que a menudo tratan el tema de la infidelidad, con lo que en tan pedante y pretencioso intento le ha salido una película delirante en la que sus criaturas acartonadas e impostadas hasta la nausea recitan frases imposibles - hay que ver a los participantes que intervienen en los coloquio post-película del cineclub, todos ellos asesinables - alguna escena pretende nada menos que imitar el estilo Dreyer en su concepción visual (con dos cojones) y bueno, hay en los diálogos perlas surrealistas dignas del mejor episodio de La Hora Chanante (cfr. "Yo se que la enfermedad de mi amor por ti no tiene cura, pero conozco una churrería donde ponen unas porras fritas estupendas" o la que le suelta el cura a Carlos después de haberse beneficiado a Elena "Tu Novia es un regalo del cielo") que provocaron que el pase de prensa se convirtiera en un descontrol al que este cronista jamás había asistido en todos los festivales a los que ha acudido. Los últimos veinte minutos de película debieron resultar una tortura para los integrantes del equipo, que debieron asistir impávidos al cachondeo generalizado que montamos los allí presentes, que en el paroxismo creado y pensando en parte que aquello era tan desastroso y descojonante que tenía que haber sido hecho así a propósito, nos dejamos llevar por completo por nuestros excesos, celebrando incluso con aplausos cada nuevo desbarre que aparecía en pantalla.

La rueda de prensa posterior tenía la atmósfera de una pandilla de fieras salvajes a punto de despedazar a una pieza, de tan afiladas que llevábamos los colmillos. Pero nos acabó conmoviendo no la actitud un tanto cobarde de Álvaro del Amo, capaz de ir esquivando la inevitable cuestión de lo que habia pasado en el Teatro Calderón hasta que alguien le interpeló directamente al respecto ("¿De verdad que no lo ha hecho usted a propósito? ¿Ese sentido del humor no estaba pensado así?" Los periodistas somos muy cabrones cuando queremos...) sino el desahogo de una Elena Ballesteros que, sin motivo personal alguno para sentirse partícipe del desastre de la película (su trabajo es lo único salvable de la misma) defendió con uñas y dientes y una profesionalidad admirable que se trataba de un intento de hacer un cine diferente y que quizás, vistos los resultados, a lo mejor la gente no había podido conectar con lo que ellos habían intentado, pero que al menos era una película arriesgada y que (en esto llevaba mucha razón) al menos nadie se había dormido y habíamos disfrutado con la película. Lo cierto es que estaba afectada (se la vio llorar antes del photocall y de la rueda de prensa) pero mostró una entereza digna de todo elogio. Pablo Rivero se sumó a su defensa en un tono parecido - incluso atacando un cine español que, según él, está repleto de planos hermosos pero vacíos e historias que se pierden en desvaríos que no se concretan en nada, lo que en parte es verdad aunque no venía al caso - y la cosa terminó más o menos bien, aunque con todos pensando que buen cine no habíamos visto ni de coña, pero herirnos, joer que si nos habíamos reído. Lo dicho: la comedia involuntaria del año.

DAS FRAÜLEIN (La Señorita) Emigración y solidaridad femenina

La última película de la Sección Oficial de hoy ha sido otra producción alemana, pero dirigida por una suiza de origen balcánico, Andrea Staka que siempre hace películas que retratan los problemas de la comunidad del área de lo que una vez fue Yugoslavia repartida por el mundo. La Señorita narra la historia de amistad de dos mujeres, una que abandonó Belgrado cuando era joven y que regenta con mano firme un comedor de Zurich donde proporciona trabajo a las emigrantes que llegan de aquella zona, con muy buenos resultados económicos. La otra es Ana, una joven de veintidós años que acaba de llegar de Sarajevo cargada de energía vital y deseosa de apurar la vida hasta el límite, entre otras cosas porque el tiempo que le queda es limitado: tiene un cáncer devorándola por dentro, algo que lleva en secreto. Ruza reconoce en Ana la enorme vitalidad con la que ella llegó a Zurich hace décadas y eso la atrae y la repele a un tiempo, pues le recuerda de forma constante el vacío de su propia vida, ya que le resulta imposible abrirse a otras cosas que no sean encargarse de su negocio. Ana, una mezcla de Amelie con la protagonista de Mi Vida sin Mi de Isabel Coixet, se dedica a hacer que Ruza vea la vida de otra forma y la disfrute como ella lo hace, consiguiendo que ésta última pierda poco a poco la enorme rigidez con la que se conduce. Pero claro, ni Ana se sincera del todo con Ruza contándole lo que le ocurre, ni Ruza es capaz de abrirse por completo o aceptar la alocada forma de ver la vida de Ana. Es un poco como un remake encubierto de aquella película, La Vida Secreta de los Ángeles, salvando la distancia en edad que separa a las protagonistas.

Les reconozco que sin ser una propuesta tan deleznable como otras que hemos visto desfilar por la Sección Oficial, la película dirigida por Andrea Staka me pareció de lo más anodina, sin conseguir interesarme gran cosa en ningún momento. Todo me pareció de lo más previsible, resolución incluida, y como quiera que la puesta en escena más bien convencional de la directora, naturalista y predominando la cámara en mano, aunque por fortuna sin demasiados aspavientos tampoco es que me despertara un mayor interés, el resultado fue que la cabecee un poco, llegando a dormitar placidamente - espero que sin roncar mucho - en algún que otro pasaje, lo que es algo que ustedes quizás deberían tener en cuenta a la hora de dejarse influir por mis palabras, en ualquiera de sus dos sentidos: o bien consideran que si la durví un poco igual no puedo tener una idea objetiva lo suficientemente formada de lo que estoy hablando y en consecuencia no deberían hacerme caso o bien deciden que si la película es la primera de las 22 que llevo hasta el momento pa'l cuerpo que me ha hecho dormitar en la sala, igual es que el problema es de la película, que no ha sabido engancharme lo suficiente y no mío. O igual es la mala vida nocturna que llevo. En fin, piensen lo que quieran, pero a mi esta La Señorita me dejó igual que estaba, aunque pudiera ser que alguna de sus protagonistas tengan opciones a entrar en el palmarés vía premios de interpretación femenina, aunque es un poco lo de Thelma y Louise, premia a una sin la otra como que no...

Para terminar, señalar el ridículo espantoso que supuso para la Seminci en general y para Esther García, productora de El Deseo, en particular, el homenaje a uno de los miembros del Jurado, el director Mexicano Paul Le Duc, que presentó anoche a ultima hora Cobrador (In Good we Trust) una insufrible y pretenciosa película que se pretende sea una lectura profunda de las causas de la violencia en el mundo post 11-S y que no es sino una enrevesada forma de encubrir la nada mas absoluta en una película en la que prima lo visual por encima de cualquier guión y en la que solo se salvan las escenas de sexo - que poco sexo hemos visto en esta ediciòn comparada con la del pasado año - de la perturbadora Antonella Costa y los divertidos (y gratuitos) asesinatos que comete a base de atropellos un maduro psicópata interpretado por el veteranísimo Peter Fonda. El ridiculo de debió a un hecho demasiado habitual en muchas secciones de esta Seminci: a falta de una copia en 35 mm, tuvimos que ver esta Cobrador en un infumable DVD que hacía aun más insoportable la experiencia. A lo mejor la película no es tan mala: estoy quemado de tanto cine pésimo como el que he visto en los últimos días y ya no paso una, pero este Cobrador me pareció un filme de lo más pretencioso que no tenía nada nuevo que decir sobre la violencia. Salvo que su visionado la provocaba.

miércoles, octubre 25, 2006

SEMINCI 2006 Crónica 5

LOS OPTIMISTAS, Cuando una puerta se cierra, ciento se atrancan.
Goran Paskaljevic, que ya se llevó de Valladolid una Espiga de Oro en 1995 por La Otra América, bien podría repetir en el palmarés de este año por la película que cierra su muy particular trilogía sobre los últimos años de su país Serbia, con cuyas autoridades mantiene una relación de lo más tirante por la sencilla razón de que siempre ha sido un autor algo insobornable en sus planteamientos y porque sus películas apuntan al sitio donde más suele dolerle a los dirigentes de cualquier país, señalando sus habituales miserias. Si El Polvorín era una contundente denuncia de la violencia que estaba instalada hasta en los más nimios aspectos de la sociedad serbia y la durísima Sueño de una Noche de Invierno era una evidente metáfora del autismo en el que quedó sumido una parte del país tras el asesinato de su presidente electo Zoran Djindjic, Los Optimistas es el retrato amargo, irónico y punzante de la Serbia que ve hoy en día Paskaljevic, un lugar donde contrariamente a lo que opina la mayor parte de sus habitantes, muchos de los que tenían el poder en la época de Milosevic han vuelto por sus fueros, pero ahora bajo la confortable protección de un sistema democrático que legitima sus desmanes.

La película, compuesta por cinco historias independientes cuyo único nexo de unión es el actor Lazar Ristovski, que hace cinco roles diferentes y que es una apuesta bastante segura para el premio de interpretación masculina se inicia con un largo plano-secuencia que os muestra un pueblo completamente devastado por una inundación (una obra que se llama Los Optimistas y empieza así da una buena idea de por donde van las intenciones del director ¿no les parece?) al que llega un hombre dispuesto a ayudar a los que lo han perdido todo... mediante la hipnosis, que les ayudará a evitar el dolor y coger fuerzas para la dura tarea que tienen por delante. La segunda historia la protagoniza un hombre que pretende vengar el honor de su hija, violada por el dueño de la fundición en la que trabaja. En la tercera, un chaval ludópata y bastante corto de luces que se funde en las tragaperras el dinero del entierro de su padre trata de unirse a una enferma anciana tocada por la suerte para escapar de la vida que lleva. La cuarta es una historia hilarante sobre un médico que es contratado por el dueño de un matadero de cerdos porque su hijo de once años, llevado por la pasión del negocio familiar, se ha convertido en una especie de psicópata que degüella cuanto bicho se cruza en su camino. Por último, en una historia muy buñeliana, Paskaljevic nos cuenta los avatares de un grupo de enfermos y discapacitados que van de camino a manantial con supuestos poderes milagrosos que curará todos sus males como si de un Lourdes agnóstico se tratara. Si tienen fe, por supuesto.

Como pueden ustedes observar, Los Optimistas es una colección de cuentos en los que se insiste una y otra vez en la misma idea: por mal que parezca que están las cosas, siempre hay alguno o algunos dispuestos a decir bien alto y claro que todo va bien o que todo va a mejorar, optimistas bienintencionados a los que la dura realidad les pone en su sitio una y otra vez, a veces de forma sangrante - la conclusión de la segunda historia es puro Paskaljevic, dura, descorazonadora e insoportable - y a veces de forma cómica - hay que ver para creérselo a ese niño obsesionado con la muerte que va por ahí intentando degollar todo lo que se le pone a tiro y siendo a la vez orgullo y quebradero de cabeza de su padre o la gloriosa frase "Yo, a diferencia de todos vosotros, tengo un plan" que suelta en un momento dado uno de los personajes más idiotas del filme, por no mencionar a ese hilarante comisario de policía con dolor de pies de la primera historia - pero siempre con una cosa en común: la estupidez humana, capaz de llevarnos a hacer o al menos intentar las cosas más absurdas para tratar de mejorar las situaciones planteadas.

El único lastre de esta película es su estructura, ya que cinco historias que conforman cinco estupendos cortos no funcionan de la misma forma que un largometraje tradicional por más que la habilidad de Paskaljevic, un señor que además de saber sacarle mucho partido al humor (negrísimo, como es por otro lado muy habitual en la zona balcánica) de las situaciones planteadas, sabe narrar de maravilla, con soluciones de puesta en escena inteligentes y sin excesivos alardes - alguno tiene, pero perdonable - lo que permite sacar todo el partido a la, insisto, estúpida humanidad de sus criaturas. De lo visto hasta ahora en la Sección Oficial, puede que Los Optimistas sea la obra más coherente y redonda, aunque esté lejos del nivel de sus notables obras precedentes.

EL CORREDOR DE SEGUROS, Vacío existencial y cinematográfico

La segunda película de hoy tiene hasta la fecha el muy dudoso honor de ser la obra más pateada en el Teatro Calderón en lo que va de Seminci. Y eso, créanme, en una Sección Oficial tan flojita como la que estamos teniendo, tiene su mérito. Der Lebensversicherer, título impronunciable para los que no somos duchos en la lengua germana, cuenta la historia de un hombre atrapado tanto por su desarraigo emocional como por su desesperada necesidad de cumplir con una promesa hecha a si mismo de vender las suficientes polizas de seguro como para volver a su hogar con una suma importante de dinero. Mientras está en ello, tratando de convencer diariamente a cuanto incauto se cruza en su camino - ya podrán imaginar lo pesadito que llega a ponerse este hombre que para colmo, cuando quiere hacerse el gracioso, tiene una de las risas más insoportables que he escuchado en mucho tiempo - Bukhard Wagner conduce de forma interminable por las autopistas alemanas, come malamente en locales de carretera e incluso pernocta dentro de su propio coche, es de suponer que para ahorrar un poco. Sus continuas y desesperadas llamadas a casa, que no tienen respuesta por parte de su esposa, van revelando su agotamiento mental de tal forma que este hombre queda atrapado en una celda que el mismo se ha construido a su gusto y de la que, no se sabe en principio muy bien por qué, parece incapaz de escapar.

La idea, en sí, no es mala. La forma de ponerla en práctica es simplemente desastrosa. Bülent Akinci, director de origen turco que firma aquí su opera prima, se empeña en contarnos el vacío existencial de este un tanto desquiciado personaje a base de aburrirnos con un ritmo que más que mortecino es comatoso, una puesta en escena mareante, un guión del todo punto caprichoso que salta de un punto a otro sin que parezca haber demasiada coherencia o que se siga un plan determinado y laaargos planos fijos del personaje limitándose...a no hacer nada. La rutina solo se rompe con unas incomprensibles escenas de karaoke de canciones francesas (!) que precipitan a la película por el más espantoso de los ridículos y con una extrañísima y desaprovechada relación con la dueña de una pensión cercana a la autopista con la que nuestro protagonista no aprovecha la mano que se le tiende para reconducir su existencia, lo que le hace a ojos del espectador aun más inaccesible. Tal es el hastío que provoca el filme que les juro que cuando en un momento dado se revela que lleva un revolver en su maletín, servidor deseó por un momento tener otro para poner fin a tanto desatino. O pegarle un tiro al director llegado el caso, que también anda por aquí. Creo que el cine en general no le echaría de menos.

YURERU, Un muy interesante film japonés.

El cine nipón no tiene excesiva suerte en Valladolid en los últimos años. En la 49 Edición la notable Nadie Sabe de Kore-Eda se fue de vacío y suerte pareja corrió La Espada Oculta de Yoji Yamada al año siguiente. No es probable que Yureru, tercer largometraje de la realizadora Miwa Nishikawa, vaya a recuperar ese honor, pero desde luego es la película de la Sección Oficial que más discusiones ha provocado a la salida del cine entre la prensa especializada, con defensores bastante entusiastas y detractores también bastante empeñados en demostrar que estábamos ante poco más que un filme pretencioso y alargado. Pero las discusiones suelen ser en este festival un buen indicativo, y sino recuerden lo que escribía hace un año a propósito de En La Cama, la irregular película chilena que se llevó la Espiga de Oro al agua.

Yureru (Indecisión) cuenta la historia de dos hermanos. Uno, Takeru, es un fotógrafo de éxito que lleva un vida de lo más placentero en Tokyo. El otro, Minoru, mayor que él, se quedó en la pequeña localidad natal de ambos a cuidar el negocio local propiedad de sus padres, una gasolinera, junto a una amiga de la infancia de ambos, Chieko, que tuvo en su momento la oportunidad de irse con Takeru y no la aprovechó, aunque siempre ha sentido algo especial por él. Chieko es a su vez el objeto del amor de Minoru quien, consciente de que Chieko no le corresponde, se limita a ser cortés con ella y esperar que eso cambie con el paso del tiempo. El fallecimiento de la madre de ambos hermanos precipita la vuelta al pueblo de Takeru, que llega algo así como un elefante en una cacharrería, haciendo ostentación de su bien ganada fama para presentarse como un triunfador ante su padre y hermano y llevándose de calle a la deslumbrada Chieko a las primeras de cambio, aunque en realidad le importe un pito. Una excursión a un desfiladero cercano que ambos hermanos visitaban de pequeños desembocará en una tragedia que cambiará las vidas de todos.

La película de Nishikawa es una obra sin duda interesante que contiene multitud de referencias cinéfilas que cualquier buen aficionado debería conocer: la distinta reconstrucción de los hechos según se van revelando los detalles del mismo nos remiten de forma irremisible al clásico Rashomon, mientras que la profesión de fotógrafo que capta la realidad a través de su cámara de Takeru (y ciertas películas caseras tomadas en su infancia que juegan su papel en el filme) podrían hacernos pensar en Blow-Up de Antonioni. Nishikawa aporta a la película una cuidada construcción de personajes que, siguiendo referencias de algunos maestros japoneses, juega con la sutilidad y la sugerencia de forma que obliga al espectador a realizar cierto esfuerzo para comprender no ya las motivaciones de los personajes sino la verdadera reconstrucción de los hechos, que la directora, jugando un poco con las convenciones del cine de juicios más tradicional, deja deliberadamente abierto durante buena parte del relato. No es una película fácil de entrar y sin duda se le ha indigestado a más de uno, pues si ya es difícil lidiar con ciertos convencionalismos en las relaciones de una cultura tan opuesta a la nuestra como la nipona, que ya de por sí implica cierta dosis de extrañamiento en las reacciones de los dos hermanos, jugar a conseguir 'la verdad' de los hechos con los datos que se nos proporcionan es una tarea ardua y motivo de discusiones a la salida. Eso a pesar de que esto último sea poco más que un McGuffin de libro para que la directora haga sus tesis sobre lo que verdaderamente le interesa, que no es otra cosa que la evolución de las relaciones entre los personajes.

Es cierto que el ritmo, lento y algo pesado incluso sabiendo de antemano que estamos ante una película japonesa, hace que el metraje de dos horas se antoje algo excesivo para una historia muy interesante a la que no le hubiera venido mal algo más de vivacidad. Es cierto también que la película juega acaso demasiado con las percepciones del espectador, distrayéndole de lo que a mi juicio más interesa. Pero también es cierto que Yureru tiene un magnifico estilo narrativo, atento al detalle sutil y con cierto gusto para el encuadre - la fotografía de Hiroshi Takase no está nada mal, por cierto - que las interpretaciones cumplen y que un servidor entró de lleno en la propuesta sin mayores problemas sacando una sensación muy positiva en líneas generales de un filme sin duda imperfecto, pero interesante.

HOMBRES TRABAJANDO, Más estupidez masculina

Un grupo de hombres circula en coche por las nevadas montañas de Irán, en la vispera de un importante partido de clasificación para el Mundial contra Japón que están deseosos de ver y de camino a reunirse con sus mujeres en una estación de esquí. Todos son urbanitas de Teherán, hombres de una cierta educación, media-alta clase social y con los problemas propios de los hombres alrededor de la cuarentena. De repente, se paran en un recodo de la montaña para echar una meadita y se topan con una especie de monolito enclavado en el borde de un precipicio de enorme altura, sobre un precioso lago. La conclusión - masculina - está clara: Ya que parece que lo está pidiendo a gritos ¿Por qué no tiramos la roca por el precipicio a ver como cae sobre el lago? Y claro está, se ponen a ello. Pero lo que parecía una tarea fácil no lo es tanto y de repente ese grupo de hombres supuestamente inteligentes y con estudios se enfrentan a un problema porque, claro está, esto no se va a quedar así...

Tan delirante planteamiento, ideado nada más y nada menos que por el propio Abbas Kiarostami en persona, es el argumento de Kargaran Mashhoule Karand (Hombres Trabajando) segunda película del director iraní Mani Haghighi que se ha presentado hoy en Punto de Encuentro y que, pese a sus muchas debilidades y flaquezas, me ha relajado a modo las neuronas tras un largo día de cine trascendente, con una peliculita sencilla con la que te puedes reir a gusto solamente comprobando una vez más que los hombres somos iguales de idiotas aquí en España como en Irán - una idea tan estúpida como la que se le ocurre a estos cuatro sujetos estoy convencido que jamás se le ocurriría a ninguna mujer del planeta - y que, puestos a la faena, acaba por convertirse en una cuestión de honor que lleva al enfrentamiento entre los amigos, al cabreo sordo con uno mismo, a que se junte un montón de gente que, como aquellos que seguían sin motivo alguno a Forrest Gump en sus carreras por los Estados Unidos, aportan lo que mejor les parece y a que los protagonistas, tropezando una y otra vez en la misma piedra (nunca mejor dicho, por cierto) no parezcan ser capaces de conseguir su objetivo. A todo esto por allí se dejan caer algunas de las esposas y amigas de los tipos, que acaban dejándoles por imposibles - con buen criterio - y que intercambian confidencias (que no interesan un pito no ni aportan nada esencial, sino que sobran) e incluso un pastor que protagoniza la que sin duda es la mejor secuencia de toda la peliculita, aquella en la que los cuatro tratan de convencerle de que les alquile su burro para tirar la dichosa piedra. Por supuesto, habrá algún iluminado que les dirá que esta es una película es una metáfora en la que la inamovible piedra simboliza el regimen iraní y los hombres al pueblo que trata de moverla y tal. Ni puñetero caso, oigan. Esta es una peli que va de cuatro tipos que, llevados por su ego masculino, se pelean contra una enorme piedra. No le pidan más, porque eso es lo que hay. A mi me valió.

martes, octubre 24, 2006

SEMINCI 2006 Crónica 4

JINDABYNE, una cuestión moral

Muchos de los que leen estas líneas habrán visto Short Cuts (Vidas Cruzadas) esa maravillosa película de Robert Altman en la que adaptaba varios cuentos de Raymond Carver. Uno de ellos, 'Tanta Agua tan cerca de casa' contaba la historia de unos amigos que salían de excursión para pescar y se topaban con el cadáver de una mujer. Lejos de cancelar sus planes y dado que la muerta ya estaba pues eso, muerta, los cuatro amigos seguían de pesca tranquilamente e informaban a las autoridades dos días después, algo que después acarrearía sobre ellos una tormenta de críticas y más de una crisis con sus parejas, incapaces de comprender su forma de actuar. Ray Lawrence, director de la espléndida Lantana, ha tardado cinco años en volver a ponerse detrás de la cámara y lo ha hecho para adaptar de nuevo este cuento de Carver que planteaba un muy interesante dilema moral, si bien se lo ha llevado a su terreno - Australia - y ha introducido alguna variante de su cosecha que enriquece y complica aun más la trama.

En efecto, la muerta de Jindabyne ya no es una mujer anónima como en el cuento de Carver y la adaptación de Altman, sino que la guionista Beatrix Christian le ha dado la característica de una mujer aborigen, una variación que introduce en la película una cuestión sumamente delicada como es la a veces difícil relación entre la población blanca y la raza originaria de aquel país. En cualquier caso, Jindabyne es una película sobre la propia moral y la propia responsabilidad, sobre cómo establecemos los límites y los vulneramos en el caso de la primera y sobre cómo aprendemos a asumir la segunda, llegando a comprender el alcance de nuestros actos. La película cuenta a su favor con una realización elegante y una fluida puesta en escena que jamás carga las tintas demasiado sobre los hechos que se cuentan, sino que prefiere preparar bien el terreno para todo lo que está por venir. Así, la minuciosa descripción de la importancia de la tradición anual que supone para estos cuatro amigos la excursión de pesca a ese río escondido en un parque natural en las montañas - casi un rito iniciático masculino - hace que el espectador pueda entender, que nunca justificar, la más que cuestionable actitud de los cuatro amigos. Su vida familiar, repleta de los pequeños grandes problemas que siempre están presentes en cualquier pareja de mediana edad, va entretejiendo una serie de heridas pendientes de cicatrizar que se volverán a abrir en toda su crudeza cuando se desate la tormenta de críticas que cae en aquella pequeña comunidad sobre ellos.

Magníficamente interpretada por la siempre solvente Laura Linney - otra seria candidata al premio de interpretación femenina - y por un no menos notable Gabriel Byrne cuyo personaje se maneja francamente mal con las consecuencias de lo que ha desatado, la película permite una pluralidad de puntos de vista en la que va alcanzando cada vez mayores niveles de complejidad según se va desvelando la historia pasada de esa pareja o se plantean interesantes cuestiones sobre el proceso de educación de unos niños sobre los que planea cierta obsesión con la muerte que asimismo hunde sus raíces en el pasado. Sin embargo, y pese a que Jindabyne es una película bien realizada y llevada en términos generales, patina en su insistencia en plantear la cuestión racial - ¿hubiera sido lo mismo si el cadáver fuera el de una chica blanca y no una aborigen? Carver y Altman ya demostraron que era irrelevante - que solo se justifica en aras de un alegato en pro de un mayor entendimiento entre ambas comunidades que por cierto desemboca en un final francamente poco logrado en opinión de quien escribe estas líneas y sobre todo, en la incomprensible insistencia de Lawrence en mostrarnos constantemente al asesino, como si la película fuera a ofrecer una resolución en ese sentido o pretendiera generar una tensión en el espectador completamente ajena a los intereses esenciales que persigue el filme y que provoca una duración de más de dos horas a todas luces desmesurado en un filme de estas características. Aun así, es de lo mejor visto hasta el momento en la Sección Oficial.

CIUDAD EN CELO, una de tango porteño

Si ayer hablando de Derecho de Familia hacíamos mención al hecho de que Daniel Burmann se gustaba a si mismo y se citaba sin ningún asomo de disimulo a la hora de afrontar el cierre de su interesante trilogía sobre las relaciones paterno-filiales, la segunda aportación argentina a la Sección Oficial es asimismo una de esas películas tan características de aquel país en los últimos años en las que prima el diálogo ocurrente, la búsqueda continua del gag verbal y la réplica afilada, tiñendo de un continuo humos una historia de sentimientos, viejas amistades alrededor de una mesa de café y ñoño sentimentalismo porteño que pretende tener la hondura de un buen tango y en el fondo no llega a ser más allá de un divertimento intranscendente con algún momento aislado brillante que sería una propuesta ideal para una sección como Punto de Encuentro pero en ningún caso para la Sección Oficial a concurso. Uno llega a preguntarse como una peliculita con tantas limitaciones ha llegado hasta aquí.

Película extremadamente localista y porteña – hasta el punto que uno de los personajes no tiene empacho en soltar una larga disertación sobre por qué cree que Buenos Aires es ‘una mina’ y no un varón – Ciudad en Celo se articula alrededor de un grupo de personajes que se reunen en un típico café donde se juntan para hablar de sus miserias cotidianas, casi siempre relacionadas con sus cuitas sentimentales. La sorpresiva muerte de uno de ellos provoca la unión de los viejos amigos (en plan Reencuentro, vaya) y el inevitable reverdecer de viejos amores y rivalidades alrededor de una cantante de tangos – Dolores Solà, vocalista del muy popular grupo La Chicana que hace su debut en el cine, y cumple bien – que pretenden dos de ellos, un escritor de guiones algo frustrado por su reciente separación y un tarambana vendedor de marcos. La película es una sucesión poco vertebrada de anécdotas, chistes, situaciones sentimentales y concesiones a lo lacrimógeno que no resiste un análisis serio y que denota a las claras que su procedencia es un guión para un cortometraje que entusiasmó tanto a su autor que se empeñó para nuestra desgracia en convertirlo en largo.

No carece de algún momento fugaz inspirado, incluso genial – el chiste a propósito de la oveja Dolly, el vertido de las cenizas en un lago donde moran unos patos curiosos… - pero ni el trabajo actoral, donde solo es reseñable la profesionalidad y cierta vena cómica bien entendida del veterano Claudio Rissi y la única presencia española en el reparto, Nuria Gago, queda reducida a una mera anécdota; ni los tangos que de forma un tanto intempestiva se marca Dolores Solà ni mucho menos las derivas argumentales de un guión que se descose por todos lados hacen de Ciudad en Celo una película defendible, sino un simple divertimento que se olvida al momento de terminar los títulos de crédito.

KZ, Una visión distinta del Holocausto

Con la tarde libre de compromisos con la Sección oficial y harto de los desmanes de Punto de Encuentro, resolví dedicar la tarde de hoy lunes a hacer una rápida visita a Tiempo de Historia, la sección documental que muchos consideran lo más valioso que aporta la Seminci al panorama cinematográfico. Allí vi a primera hora KZ, un muy interesante documental británico en el que el realizador británico Rex Bloomstein se afana en encontrar una nueva forma de acercarse a la enormidad del Holocausto sin caer en fórmulas largo tiempo agotadas ni en tremendismos. Su planteamiento es original: nos lleva de visita turística al campo de concentración de Mauthausen como si fuéramos parte de uno de esos grupos que lo visita regularmente y acompañamos a los visitantes por todo el tour guiado que se les da por el campo, sintiendo con ellos el horror progresivo que se va adueñando de sus corazones según van internándose más y más en los secretos de esta deleznable maquina de exterminar seres humanos. Así, resulta de lo más aleccionador ver como un grupo de alegres adolescentes que bromean y flirtean antes de iniciar la visita siguen sobrecogidos las explicaciones de su guía – un tipo inquietante que parece mismamente un cabeza rapada neonazi que sin embargo está allí cumpliendo los servicios sociales que en Alemania se exigen a los que no desean realizar el servicio militar – Es un nuevo tipo de acercamiento.

Al tiempo, Bloomstein ofrece una visión panorámica de lo que significa para los habitantes de Mauthausen ser originarios de allí y vivir con el peso de lo que esa palabra despierta en todo el mundo cada vez que salen. Lo cierto es que Mauthausen está radicado en un paisaje idílico, lleno de bosques e inmensos prados, con casitas de campo por todas partes… un lugar de ensueño en el que de repente y sin previo aviso aparece la gris mole de Mauthausen como un castillo maléfico. La puesta en escena del documental es muy contenida desde el punto de vista estilístico: no hay imágenes de archivo (ya están en el imaginario colectivo, parece decir Bloomstein), ni música ni voz en off de ningún tipo. Solo la cámara desnuda y los testimonios de los que guían a los turistas, aquellos que visitan el campo y relatan sus impresiones y los que se encargan de vigilar ese legado y evitar a toda costa el olvido. En ese sentido, es especial el momento en el que un grupo de militares alemanes visitan el campo y su mando les recuerda que ellos están para defender la democracia y evitar que tales crímenes vuelvan a suceder alguna vez. En realidad, es una película sobre un pasado terrible pero contada desde el presente, un presente en el que los seres humanos de ahora han de convivir con aquellos horrores y, con algo de suerte, evitar volver a cometerlos.

GOODBYE, AMÉRICA La cara oculta del abuelito Munster

¿Se acuerdan ustedes de la Familia Munster? Si, hombre, esa serie entrañable de televisión en blanco y negro de los años 50 protagonizada por una familia compuesta por el monstruo de Frankenstein, una mujer vampiro, un niño hombre lobo, un abuelete vampiro y una chica de lo más convencional… ¿Ya les suena? Bueno, pues resulta que Elías Querejeta y el director brasileño Sergio Oksman, estudiando un proyecto para un documental sobre una emisora de radio fundada en 1949 y aun en marcha hoy en día llamada Pacific Radio desde donde se le da una cera considerable al Presidente Bush y sus secuaces, descubrieron que el actor que interpretaba al simpático abuelote, de nombre Al Lewis, tenía allí un programa bastante cañero. Y es que el ya difunto Al Lewis fue un activista de izquierdas de toda la vida cuyas actitudes casi empequeñecen los logros de un Michael Moore cualquiera. Así que Oksman y Querejeta decidieron que sería una buena idea dedicarle a Al Lewis y a su faceta de activista un documental, para lo que utilizaron una idea estupenda: maquillarían por última vez al actor para interpretar una vez más al abuelo Munster y mientras el maquillador hace salir al monstruo amable que se oculta detrás del hombre, un Al Lewis de 80 años conduciría el documental con sus propios recuerdos, desnudándonos progresivamente al hombre que llegó a presentarse a Gobernador de California por el Partido Verde.

Les mentiría si no les dijera que este documental me entusiasmó. Y no solo porque uno simpatice más o menos con las ideas progresistas de este actor pero sobre todo ser humano insobornable que vivió la Caza de Brujas de cerca porque afectó a muchos de sus amigos y compañeros, que lideró imaginativas protestas contra la guerra de Vietnam (y en los últimos años contra Irak) o que llevaba desde su programa de radio una iniciativa para encontrarle a los presos alguien con quien pudieran escribirse desde la cárcel. No, lo que verdaderamente engancha de este documental es la tremenda coherencia y humanidad de este empedernido fumador de puros cuyo máximo terror no era otro que el caer en las garras terribles de la senilidad, un señor que ha vivido 80 años de la vida política americana y que las ha visto de todos los colores pero que siempre ha tenido claro su lugar en el mundo y cuales eran sus principios, aquellos por los que merecía luchar hasta el mismo final. Su historia es de esas que, como suele suceder, nos ayuda a entender el presente analizando las causas de lo que ocurrió en el pasado, sin entrar en falsas proclamas morales o juicios de valor pero cuestionando siempre la cultura del miedo, lo que dictaminan los Gobiernos o los intereses de los poderosos. Oksman presenta su documental como un acto de desnudez ante el espejo que transcurre paralela a su conversión en la imagen que todos guardamos de él como Abuelo Munster, un juego al que un Al Lewis siempre seductor se presta generoso, convirtiendo su documental en algo diametralmente alejado de la hagiografía al uso. No se la pierdan cuando se estrene en las salas comerciales: descubrirán algo sorprendente y se reirán a gusto con anécdotas tan sumamente salvajes como la protagonizada con Henry Kissinger en un avión, a la vez que disfrutan de momentos de pura emoción como la grabación de la emisión de su programa de radio el 11-S. Encantado de haberle conocido de nuevo, Mr. Lewis. Gente como usted hacen de este asqueroso mundo un lugar mucho más agradable.

lunes, octubre 23, 2006

SEMINCI 2006 Crónica 3: Zemestán, Derecho de Familia, Middletown

Contra los elementos y los eventos deportivos...

La lluvia ha hecho acto de presencia en el Festival en el día más inapropiado. Si ya de por si resulta complicado seguir las evoluciones del Festival cuando lo primero que piensas por la mañana es si vas a tener que sacrificar alguna película para ver el Madrid-Barça y/o a Alonso hacerse con el título mundial de Fórmula-1 por segundo año consecutivo, nada como una torrencial tormenta de buena mañana en tu camino diario al Teatro Calderón para tratar de persuadirte de que quizás no hubiera sido mala idea ignorar el despertador y acurrucarse de nuevo bajo las sábanas. Pero hay que ser profesional, que demonios y al fin y al cabo el Madrid-Barça no es hasta las nueve de la noche. Mientras tanto...

ZEMESTÁN (ES INVIERNO), pulcro retrato iraní en plano fijo.

Dicen las notas de prensa que Rafi Pitts, director de la primera película de esta mañana, es un caso atípico dentro de su país, ya que tuvo el privilegio de estudiar cine en el londinense Harrow College y formarse de una manera 'occidental'. Sin embargo, su tercera película no parece querer deshacerse ni de la cada vez más pesada sombra del cine de Kiarostami ni de otras influencias del cine reciente que resultan de lo más perceptibles desde las primeras imágenes de esta dura visión del Irán de hoy en día, que según parece ha avanzado muy poco en los últimos años en lo que a la situación de la clase trabajadora se refiere, por más que haya doblado su población en 25 años. Zemestán cuenta la historia de un padre de familia que se queda sin trabajo en lo más crudo del crudo invierno y resuelve, siguiendo el ejemplo de otros muchos, viajar al extranjero para poder traer dinero para su familia. Su partida en tren enlaza con la llegada al pueblo de Marhab, un mecánico que también se busca la vida para salir adelante y que, tras mucho pelearse, consigue un trabajo no remunerado en un taller gracias a la intervención de un joven, Mokthar, del que se hace amigo. Marhab acabará por conocer a Khathoun, la joven esposa y madre de una hija dejada atrás por el primer emigrante, cuya situación se hace cada vez más insostenible y desesperada e intentará conquistarla cuando parezca evidente que su marido no va a volver. Pero antes tendrá que salir adelante en el taller y hacerse respetar en un ámbito en el que, por su condición de extraño, nadie le va a regalar nada.

Zemestán es una película interesante, que se deja ver y que describe el Irán de hoy en día como un laberinto del que resulta complicado escapar como no sea huyendo del país. Construida con una insobornable puesta en escena que se compone única y exclusivamente de sostenidos planos fijos que refuerzan esa sensación de enclaustramiento pero que a la vez revela que los nuevos cineastas iraníes no parecen estar muy por la labor de experimentar con los nuevos lenguajes narrativos, esta a ratos estimable película tiene su punto fuerte en una fotografía de excepcional belleza a cargo de Mohammed Mehdi Dadgoo, que no duda un instante en aprovechar las posibilidades de los hermosísimos parajes nevados de aquellas zonas en las épocas más duras del invierno, siguiendo claramente el camino abierto en su momento por películas como Vodka Lemon de Hiner Saleem o, d forma mucho más deudora, de la notable Lejano (Uzak) de Nuri Bilge Ceylan, película cuyos logros Zemestán trata de emular sin conseguirlo, todo hay que decirlo. El invierno en el que se adentran en interminables planos fijos que muestra a los personajes de espaldas es pues un reflejo de la dureza de las condiciones de vida que soportan los iraníes que no viven al abrigo de una ciudad de grn tamaño tipo Teherán, una población que gracias a la mayor difusión de la radio y la televisión sabe que hay un mundo mucho mejor que el que les ha tocado en suerte vivir pero al que no saben como acceder. En un tramo final bastante desesperanzado, veremos como Marhab parece verse abocado a seguir los pasos de su predecesor y quizás a compartir su destino, mientras que Khathoun - una bellísima Mitra Hadjar, toda una celebridad en Irán - parece no tener más opción que resignarse con el destino que las rígidas costumbres del país imponen a sus mujeres. Probablemente al filme le perjudica esa falta decisión asumida de no correr riesgo alguno en cuanto a la puesta en escena y su lenguaje narrativo y la falta de empaque de un actor principal que en mi opinión está bastante lejos de conseguir transmitir con eficacia el abanico de sensaciones que debería provocar su personaje. Aun así, tiene sus momentos - sobre todo si no se ha visto Uzak puede sorprender su belleza plástica - y no desentona tanto su presencia en esta Sección Oficial como otras obras vistas con anterioridad.

DERECHO DE FAMILIA, relaciones de padres e hijos

Daniel Burman presentó a continuación la película que, de momento, cierra su trilogía - "Jamás tuve la intención predeterminada de construir una trilogía sobre el tema de forma consciente" declararía en la rueda de prensa posterior - sobre las distintas formas que pueden adoptar las relaciones paterno-filiales compuesta por Esperando al Mesías (premio Fipresci aquí en la Seminci hace unos años), El Abrazo Partido y esta Derecho de Familia. Cualquiera que esté familiarizado con las dos películas mencionadas sabe de antemano lo que puede esperarse de ésta su última propuesta: una mirada más o menos irónica a los roles que juegan los padres y los hijos y la forma en la que unos putean a los otros (o los otros a los unos); una crisis existencial constante definida entre otras cosas por la naturaleza de esa relación, la búsqueda inacabable de la propia identidad en función de las raíces familiares, el deterioro de la institución familiar y más concretamente en su variante paternal y, como no, la presencia de Daniel Handler que interpreta a los tres protagonistas de las tres integrantes de esta no-trilogía de películas sumamente parecidas, pero con sutiles diferencias.

Derecho de Familia aborda esa encrucijada que todo hombre ha de cruzar en alguna ocasión en la que deja de ser el hijo para a su vez convertirse en el padre de alguien, lo que casi siempre provoca una reflexión de la propia relación de uno con su progenitor y la necesidad casi patológica de no incurrir en los errores o agravios de los que uno cree haber sido victima en su anterior rol de hijo ahora que ha de afrontar la nueva situación. Burmann opta mucho más abiertamente que en sus dos entregas precedentes por una mirada cargada de mucho más humor - de hecho, tarda bastante en entrar al conflicto que vertebra el filme, ya que dedica gran parte del comienzo del mismo a describir a sus personajes y el proceso por el que Ariel, profesor de Derecho, llega a ser padre tras conquistar a una ex-alumna profesora de Pilates. El padre de Ariel, un abogado peculiar pero de enorme éxito, trata de que su hijo se involucre cada vez más en el negocio familiar, algo a lo que Ariel se niega en redondo, prefiriendo la comodidad de la enseñanza universitaria, con lo que el desentendimiento, siempre muy presente en toda la filmografía de Burmann, es de nuevo inevitable.

Burmann se aplica en la construcción de unos diálogos cargados de ironía y a menudo brillantes que arrancan sin dificultad la carcajada gracias al proceso de identificación que los espectadores masculinos pueden sentir con la perpleja mirada de Ariel, un tipo esencialmente despreocupado aunque no huidizo de sus responsabilidades como padre, pero que no sabe como afrontar el cambio de actitud de su padre hacia él. La mirada de Burmann es sobradamente conocida y, por muy lograda y divertida que sea (que lo es) su propuesta - hay pasajes antológicos como aquel en el que Ariel se percata del tipo de educación que su hijo está recibiendo en un jardin de infancia que depende de una escuela privada suiza que se empeña en que los padres participen en todo momento en la educación de sus vástagos, circunstancia que Burmann aprovecha para hacer unas afiladas reflexiones al repecto - por muy brillante que esté en su papel Daniel Handler y por muy conseguida que sea la química entre él y su hijo de dos años y medio - es su propio hijo en la realidad - uno no tiene la sensación de que esta divertida comedia con algún apunte amargo sea superior a las películas anteriores de su director - especialmente a El Abrazo Partido - ni de que Burmann haya evolucionado de forma esencial (si acaso es un punto más gamberro) por lo que es más que probable que esta historia tan argentina y tan porteña no reciba mayor reconocimiento que un posible premio de interpretación masculino para su protagonista.

MIDDLETOWN Al cura éste se le va la pinza...
Antes de enfilar hacia el bar más cercano en busca de Ronaldinho y compañía, me da tiempo a ver una curiosa peli de la Sección Punto de Encuentro que escondía un pequeño misterio ¿Por qué una pequeña producción irlandesa que contaba en su reparto con Gerard McSorley (inolvidable protagonista de Omagh) y Eva Birthistle (la profe rubia de Solo un Beso, de Ken Loach) no había acabado en la Sección oficial? La respuesta era sencilla: Middletown es una salvajada sumamente divertida que cuenta con un interesante punto de partida, pero a la que resulta imposible tomarse en serio por lo delirante de la progresión de su argumento. Les cuento: en un villorrio de no más de unas decenas de habitantes, un hijo pródigo vuelve a casa tras quince años de ausencia. Es Gabriel, un niño que en su momento fue enviado por su padre y su párroco a convertirse en sacerdote y que vuelve para hacerse cargo de la iglesia local. Es hijo de un hombre muy católico y temeroso de Dios que posee uno de los pocos negocios del pueblo, un taller que lleva Jim, el hermano pequeño de Gabriel, un hombre que trata de ahorrar para proporcionar una casa a su mujer embarazada de ocho meses, que trabaja en el único pub del pueblo. Hasta aquí, todo en orden.

El problema es que Gabriel es un iluminado, un integrista católico que proclama ser la voz de Dios y que una vez asumido su ministerio, se dedica a perseguir con saña toda actividad que, según él, es contraria a los mandatos del Señor. Ya estábamos familiarizados con estos sacerdotes católico/integristas irlandeses gracias a películas como Las Hermanas de la Magdalena, Liam o Los Niños de San Judas, pero esto va un poquito más allá: Gabriel empieza una cruzada que incluye cerrar el pub los domingos (no se sirve alcohol el día del Señor) poco menos que excomulgar a su embarazada cuñada por sugerir que a lo mejor su futuro sobrino no se bautiza y amedrentar a su propio padre por permitir ciertas ilegalidades imprescindibles para que el negocio no se hunda, bajo la promesa de que pronto acabará ardiendo en el infierno. La peli se asemeja entonces un poco a Infierno de Cobardes o El Hombe que mató a Liberty Valance: nadie en el pueblo se atreve a hacer frente al sacerdote empeñado en cumplir una misión de Dios, con lo que pronto Jim y su esposa se ven abandonados por todos y dados de lado, aislados contra un pueblo tan acostumbrado a obedecer a sus curas que ni se plantean que este hombre está un poquito ido de la olla.
Cualquiera que me conozca un poco sabe que estas cosas me divierten sobremanera: servidor asistía con indisimulado regocijo a la escalada de barbaridades que en el nombre del Señor el soberbio Gabriel perpetra, esperando el inevitable momento en el que o bien fuera demasiado lejos o bien alguien le partiera la cara al fanático sujeto, un cura de esos del Antiguo Testamento (ya saben, el Ojo por Ojo, ese que enviaba a su angelitos a fundirse Sodoma y Gomorra por la cara) que cuando revienta violentamente una de las clandestinas diversiones locales - una inocente pelea de gallos de nada - reacciona a la cerveza que le echa encima su cuñada con un delirante "Señor, dame fuerzas para destruir a tus enemigos y someterlos bajo las suelas de mis zapatos". Toma ya, con un par. Era como ver un remake sotanero de Perros de Paja mezclado con El Exorcista (hay un par de planos clavaditos a la famosa peli, oigan) y sazonado con una pizca de integrismo católico de la vieja escuela irlandesa y unas gotas de Guinness. Vaya, que no había forma de tomársela en serio, pero les aseguro que, una vez asumida la propuesta con el talante del que se mete a ver Serpientes en un Avión por ejemplo, no había mejor solución que dar rienda suelta a la vena más gamberra y disfrutar del intercambio de golpes. No les digo más que abandonamos el cine al grito unánime de 'Venga, ya que es domingo, vamos a pecar al bar más cercano y a ver el Madrid-Barça con una cervecita consagrada en la mano'. La tormenta que diluviaba fuera nos hizo pensar que, en efecto, Dios no estaba nada contento con nuestra actitud. Pero nada de nada.

LA ANÉCDOTA DEL DÍA Hoy domingo se celebraba la tradición anual festivalera de la Seminci que consiste en asistir a la recepción que ofrece el Excmo. Ayuntamiento con motivo de homenajear a alguien, en este caso Pedro Olea, director de El Maestro de Esgrima, o El Bosque del Lobo. Básicamente consiste en ir al salón y colocarse estratégicamente para que las bandejas de jamoncito, queso y demás delicatessen varias en forma de entremeses de todo tipo pasen siempre delante de ti, todo ello aderezado con una buena selección de vinos de la Ribera del Duero y, con suerte, una buena conversa con los muchos invitados del Festival. Pues estaba un servidor en plena faena cuando divisó en el acto a un bellezón que responde al nombre de Yoima Valdés, actriz cubana con la que hice muy buenas migas a raíz de su premio a la Mejor Actriz en el pasado Festival de Cine Iberoamericano de Huelva - véanse para más detalles mis crónicas de noviembre pasado de dicho festival - y que estuvo nominada al Goya a la Mejor Actriz Revelación este mismo año por ese papel. Una encanto de actriz y de señora. Pues resulta que Yoima está de Jurado Oficial este año de la Seminci, pues ha venido a última hora en sustitución no se muy bien de qué miembro. Eso que salimos ganando: les prometo que trataré de que me suelte prenda sobre las intenciones del Jurado cuando la Seminci esté mucho más avanzada. Discretamente, claro está.

SEMINCI 2006 Crónica 2: The Queen, Mujeres en el Parque, Kubrador y Black Eyed Dog

THE QUEEN, Stephen Frears sube el nivel.
Se esperaba con enorme expectación la última película de Stephen Frears. Copa Volpi a la Mejor Actriz y Mejor Guión en Venecia, más el premio FIPRESCI e innumerables críticas muy positivas hacían a priori de The Queen uno de los platos fuertes de esta 51 Seminci. Y la película no solo respondió a las expectativas sino que provocó el entusiasmo generalizado entre la prensa acreditada, algo bastante necesario después del desangelado arranque de la jornada de ayer. Stephen Frears ha construido alrededor de los acontecimientos que siguieron a la desgraciada muerte de Diana de Gales y muy especialmente las reacciones de la Familia Real Británica y el recién nombrado Primer Ministro Tony Blair una película espléndida, llena de inteligencia, sentido del humor y una saludable a la vez que corrosiva ironía que ha conseguido un reconocimiento prácticamente unánime de los medios aquí acreditados. The Queen cuenta a su favor con un guión ajustado y brillantemente dialogado en el que sus responsables no dejan títere con cabeza, pues sus cargas de profundidad no van únicamente dirigidas a los siempre fáciles de atacar miembros de una institución tan vilipendiada como la Realeza Británica, sino que Frears y Morgan aprovechan para hacer un retrato bastante despiadado (y a la postre, según se ha podido demostrar, bastante acertado) de ese embaucador arribista llamado Tony Blair, cuya irresistible ascensión y su consolidación de popularidad a raíz de los hechos de la película están narrados con una minuciosa, punzante ironía.

Construida de forma cronológica y con abundante material de archivo para situar en su justa importancia la trascendencia tanto de la figura de Lady Diana Spencer como el shock que para los británicos supuso su muerte, The Queen es sin embargo una mirada comprensiva de las motivaciones de todos los que participan en el filme, a los que Frears y sus guionistas dan suficiente espacio como para que justifiquen sobradamente sus posiciones. Así, Tony Blair es descrito como un ambicioso reformador de las instituciones cuyo respeto por la Monarquía crece según va tomando conciencia de la importancia de su cargo y si bien al principio no tiene reparo alguno en capitalizar el descontento de la mayor parte de los británicos con la nula reacción de su Reina, al final comprende la difícil situación por la que ésta ha pasado. A su vez, el guión muestra a una soberana incapaz de liberarse del rígido peso de las tradiciones - recordemos que a su muerte Diana ya estaba divorciada del Principe Carlos, por lo que no era parte de la Familia Real, había protagonizado varios escándalos y siempre había contado con la animadversión personal de la Reina - pero que también acaba por darse cuenta que su pueblo no está dispuesta a perdonarle una actitud tan severa.

Si el Príncipe consorte Felipe (un brillante James Cronwell) es presentado como un títere sin demasiadas luces y el heredero Carlos como un hombre dispuesto a presentar la cara amable, renovada y cercana al pueblo de la monarquía frente a los deseos de su propia madre, pero que en el fondo esconde un miedo atroz a su propia suerte, la película no se recata en mostrar a Cherie Blair como una despreciable antimonarquica enfebrecida por la ambición o a un pérfido y manipulador Alistair Campbell como inmisericorde instigador de la campaña para consolidar a Tony Blair en Downing Street a costa del deterioro de la institución monárquica. El propio Blair parece a menudo un títere inseguro en manos de unos y otros, inseguro, preguntando constantemente por la identidad de sus interlocutores y, excepto al final, más víctima del circo creado alrededor suyo que otra cosa.

The Queen es una película deliciosa primorosamente construida desde el guión y apoyado en una portentosa interpretación de Helen Mirren que apunta directamente al Oscar a la Mejor Actriz del próximo año - en la Seminci está fuera de concurso - en su encarnación de esa Reina que por primera vez está a punto de perder de forma irremisible el favor de su pueblo y que ve impotente como algunas de las seguridades de su mundo parecen tambalearse, pero que tiene la suficiente inteligencia como para rectificar a tiempo y hacer no lo que debe, sino lo que su pueblo le reclama que haga, una cualidad que todo buen gobernante debe poseer y de la que, por desgracia, sujetos como Blair, Aznar y Bush carecen. La riqueza del subtexto que corre por debajo de lo aparente - que permitirá posiblemente segundos visionados con igual o incluso mayor capacidad de deleite - la brillantez general de las interpretaciones, la austeridad de una puesta en escena que deja espacio a lo importante, que no es otra cosa que los personajes, y el continuo deseo de dar espacio a todas las posiciones otorgan a The Queen la condición de una película mucho más que notable que probablemente se encuentre entre lo más redondo de este 2006 y a la que, por ponerle un pero, solo le sobran ciertas libertades tomadas alrededor del papel jugado por un venado que es el único motivo por el que el espectador puede sentirse tentado de creer que Frears y Morgan van demasiado lejos. Sin duda, una grandísima y muy corrosiva película

MUJERES EN EL PARQUE, Felipe Vega sigue a lo suyo.
Si uno está algo familiarizado con el cine reciente de Felipe Vega - y por cine reciente me refiero a esa película notable llamada Nubes de Verano - ya debería saber de antemano lo que se va a encontrar en su nueva colaboración con el escritor Manuel Hidalgo y el productor Gerardo Herrero, artífices igualmente de aquella: una historia de personajes generalmente infelices con su suerte a los que la película siempre va a dejar justificación o al menos un intento de explicación de sus actos, por ajenos que puedan parecernos, una lucha constante por tratar de entenderse los unos con los otros con el fantasma de la incomunicación siempre acechando y un retrato de un pedazo de vida a la vez duro, amargo y sin embargo divertido que huye voluntariamente tanto de los mensajes como de cierto adoctrinamiento. Por supuesto, este tipo de cine tan personal y amoral - entendiendo esto último no en sentido negativo, sino en el literal de que estamos ante un cine carente de una moralidad predeterminada que imponer al espectador - contemplativo e incompleto, tiene tantos entusiastas seguidores como furibundos detractores que afirman sin empacho alguno que las películas de Vega no cuentan nada y aburren hasta al más paciente. Servidor sin embargo, sin ser uno de sus defensores a ultranza - siempre me pasa lo mismo con el cine de este hombre: tiene una parte con la que siempre conecto y que me maravilla, pero siempre me queda la sensación de que nunca consigue películas del todo redondas - es capaz de reconocer el valor de su independencia y su acusada personalidad como cineasta más allá de sus logros y defectos, una cualidad siempre reivindicable y no tan habitual como sería deseable en el panorama del cine español.

Mujeres en el Parque narra una historia de incomunicación de personajes que desean comprender y comprenderse, no de seres que se aislan voluntariamente o se encierran en si mismos, sino que carecen de la información necesaria o las herramientas para conseguir que su interlocutor les entienda, por más que sí exista esa voluntad de hacerse comprender y de comunicarse con el otro. Mónica, por ejemplo (una Bárbara Lennie en el mejor papel de su corta carrera, que augura un porvenir brillante) es incapaz de entenderse con su padre Daniel (Adolfo Fernández en un papel muy alejado de sus roles habituales), un brillante músico aparentemente egoísta e incapaz de comunicar sus sentimientos que está en pleno proceso de separación de Ana (Blanca Apilanez), una mujer que lleva toda su vida intentando consolidar una relación volátil con Daniel, cuyos comportamientos renuncia a entender pero al que le ata una fuerte relación de dependencia. Daniel se ve con una mujer de su pasado (Clara: Emma Vilarasau) que despierta la atención de Mónica, que a su vez empieza a reconocer en ella misma los despreciables rasgos de la egoísta forma de comportarse de su padre en su relación con David (Alberto Ferreiro) un chaval simple que se limita a amarla con una desarmante naturalidad.

Todos estos personajes y su complejo entramado de relaciones personales, reproches, intentos de comprender el presente a través del pasado y su búsqueda continua no ya de ese intangible que es la felicidad sino de una forma de poder relacionarse sin hacerse daño los unos a los otros con el telón de fondo de un omnipresente Madrid - verdadero personaje del filme - más lleno que nunca de heridas en forma de obras abiertas comparables a las de los perdidos seres humanos que la habitan, conforman una película de lo más estimulante que exige del espectador la voluntad y el esfuerzo de participar activamente en ella tratando de comprender a sus personajes en la misma medida que ellos tratan de comprenderse a si mismos y a los que les rodean, aunque en el proceso caigan en esa incoherencia habitual que tanto nos caracteriza.

Felipe Vega mantiene la cámara a una prudente distancia de sus criaturas, les otorga el espacio suficiente para que se expresen con total libertad y, por repulsivos que puedan parecernos algunos de sus actos, podemos llegar a comprenderlos. En el proceso, quedan un par de escenas magistrales de puro talento interpretativo - mención especial a la emocionante secuencia de la segunda conversación en el restaurante entre Ana y Daniel en la que ella decide por fin tomar las riendas de la relación y la liberadora conversación en el Retiro entre padre e hija - y una saludable aproximación al humor en forma de agudas reflexiones sobre la eterna guerra de sexos y hasta una escena de puro enredo resuelta mucho después de forma brillante solo en la mente del espectador más despierto. Quizás le sobra al film un retruécano final un tanto innecesario - la carga emocional y dramática del filme ya era importante a esas alturas - y la antes mencionada dificultad que supone para algunos entrar en tal personal propuesta, pero para este cronista Mujeres en el Parque es una propuesta si bien no redonda tan interesante como a ratos perturbadora.

KUBRADOR, Un rollo filipino.
Los festivales tienen estas cosas. De repente aparece en el panorama internacional una película que representa a un país ignoto de nula o casi nula tradición cinematográfica y, si tiene la suerte de ser una propuesta inusual (obsérvese que he dicho inusual y no original o, en fin, buena) pues igual le toca la lotería y aterriza en un Festival tan necesitado de títulos que puedan atraer la atención de la prensa especializada como esta Seminci que avanza un poco a trompicones. Kubrador (La Recaudadora de Apuestas) es exactamente eso: una película que si la hubiera rodado un servidor o cualquiera de ustedes con una cámara digital al hombro e infinidad de planos-secuencias en el más mísero de los barrios de la ciudad en la que vive, jamás hubiera pasado el corte de una Selección Oficial, pero como es filipina, curiosa, muestra la miseria de los barrios de Manila y a la vez la gran dignidad humana (ejem) de algunos de sus habitantes, pues ha colado. Y se ha metido hasta la bola, con la presencia del director en Valladolid incluida para todo aquel que quiera ejercer con él su vena más sádica y perversa en forma de venenosas preguntas.

Porque ya me pueden ustedes contar milongas, pero esta Kubrador no hay por donde cogerla. Película que cuenta de la forma más agotadora y mareante posible la nada absoluta que se oculta en tres días de la ajetreada vida de una vendedora de Jueteng, una especie de lotería ilegal de enorme popularidad en Filipinas que mueve unas increíbles cantidades de dinero y cuyas redes alcanzan hasta a las más altas instancias del país y que consiste en una especie de Bonoloto en la que se eligen dos números entre el 1 y el 30 - mismamente como hacemos nosotros para elegir nuestra fila y número de asiento cada vez que pretendemos ir a una película que no sea de la Sección Oficial y tenemos que pasar por la taquilla de acreditados, novedad de este año - y, de acertar los dos, se consigue el consiguiente pastón. La Kubrador del título es Amy (Gina Pareño, apunten pese a lo dicho su nombre como candidata al premio de interpretación femenina) una corredora de apuestas rolliza y entrada en años que se busca la vida moviéndose de forma constante por el laberinto de calles de los suburbios de Manila buscando gente que quiera hacer apuestas por las cantidades que sean y con las justificaciones más peregrinas que puedan imaginarse: cada número tiene su propia mitología y las combinaciones, basadas en acontecimientos de la vida cotidiana interpretados de una peculiar manera, resultan de las pocas cosas curiosas del filme. Otra es que los filipinos, herencia de su pasado colonial español, pronuncian los números en castellano, lo que en medio de largas peroratas en tagalo no deja de resultar chocante.

El director Jeffrey Jeturian realiza la película a base de encadenar plano-secuencia tras plano-secuencia con su cámara digital al hombro e hinchar después a 35 mm su película, con lo que entre eso y que la peli va de descripción realista del día a día de Manila la cosa queda con un aire documental que agota por una razón muy sencilla: después de la primera media hora te queda bastante claro que al director le cuesta discriminar entre lo importante y lo superficial, limitándose a rodar todo lo que sucede delante de su cámara, tenga o no trascendencia. Así, tanto da que la peli tenga un mínimo componente fantástico con la reiterativa presencia de un soldado que intuimos está relacionado de cerca con Amy o que se denuncie la corrupción policial con el divertido episodio de la comisaría, ya que en los interminables paseos calle arriba y calle debajo de Amy, personajes y situaciones a mi parecer del todo intrascendentes desfilan ante nuestras alucinadas pupilas. Puede que alguno defienda la propuesta, pero yo reconozco que no pude entrar en la película en ningún momento y al cabo de un rato me daba exactamente igual lo que ocurría en la pantalla y miraba nervioso el reloj. Y es que Kubrador apenas dura 98' pero les juro que a mi me parecieron tres horas. No debí ser el único: la gente desfiló de forma tan despavorida hacia la salida cuando el filme terminó que el pobre Jeffrey Jeturian, todo sonrisas, casi se queda solo en el auditorio para el coloquio posterior. No pregunten: ya habrán adivinado que no me quedé para averiguar qué decía en su defensa.

BLACK EYED DOG, Cine indie USA, digoooo Canadiense.
En la sección paralela Punto de Encuentro se presentó esta modesta producción canadiense que si uno no supiera previamente de donde procede, tendría la sensación de encontrarse ante una de esas cientos de películas independientes USA ambientadas en pequeños pueblos de la América Profunda donde nunca parece pasar nada, pero que debajo de su aparentemente tranquila superficie se cuecen miles de pequeñas grandes historias. Betty, una joven atractiva que una vez soñó con convertirse en la nueva Joni Mitchell gracias a su talento para cantar, lleva una existencia gris y monótona. Ha roto con su noviete de toda la vida, un tipo violento que no lleva nada bien su ruptura ni el hecho de que su hermano pequeño, un gay con ansias de libertad y de ver mundo, haya elegido tirar por la calle del medio a la hora de hacer pasta para largarse de allí cuanto antes. Ya me entienden. La madre de Betty está recluida en una institución mental, su padre, que les abandonó muchos años antes, viene todos los días al bar donde Betty trabaja casi para recordarle lo absurdo de su estilo de vida y su alocada hermana, que tiene adoptado a un niño de raza algo indefinida, pretende conseguir el amor de un colega a base... de comprarle una cosechadora último modelo para la que no tiene recursos. Un cuadro.

A todo esto, hay un asesino suelto por los alrededores que tiene atemorizada a la población local asesinando viejecitas, hay un policía local tímido y buena gente que suspira por el amor de Betty, cerrada a toda aproximación y ha llegado al pueblo una especie de escritor que..., que...., que la verdad no recuerdo muy bien que pintaba por allí, más allá de intentar camelarse a nuestra protagonista. Con estos mimbres de empleos deprimentes - aunque el dueño, un griego de lo más comprensivo, es de lo mejor de la función - un ex novio violento, el inevitable amigo gay, un hogar roto, un perro que no deja de dar el coñazo todo el santo día ladrando a todo el que se acerca a su casa y un futuro inexistente, nuestra Betty capea como puede el temporal mientras diversos acontecimientos hacen que se plantee si aun está a tiempo de cambiar su vida.

Pierre Gang maneja un guión con algunas ideas interesantes - el misterio de las piedras arrojadas al río por Betty engancha - pero el problema de esta película canadiense es que en su afán de abarcar un amplio abanico de situaciones y personajes, se pierde por completo en un intento pretencioso de encubrir una historia vacía que, para colmo, deriva hacia el absurdo en su tramo final. Ni el buen trabajo de una atractiva actriz desconocida para mi (Sonya Salomaa) consigue levantar el tono de una obra a la que le sobran tópicos y guiños a cierto cine indie USA de bajo perfil que a estas alturas ya casi es una fórmula más. bostezos indisimulados y lamentos por las buenos apuntes iniciales de un guión tristemente desaprovechado eran los comentarios que más pudieron oirse a la salida de un día que había empezado muy bien, pero que en la sesión de tarde nos había devuelto de nuevo al pesimismo.

LA ANÉCDOTA DEL DÍA Medianoche. En un conocido local de copas de la noche vallisoletana, el equipo al completo de Mujeres en el Parque de Felipe Vega ofrece a los acreditados a la Seminci una fiestecilla con consumición gratis incluida. La noticia corre por la ciudad y al poco empiezan a dejarse caer por allí jóvenes y curiosos de todo tipo con ganas de ver de cerca de algún famoso (en balde: aparte del equipo, solo Montxo Armendariz, Rosana Pastor, Beatriz Rico, el director Chema de la Peña y alguno más apareció por allí el rato que yo estuve). Llama la atención la cantidad de chicas guapas y muy arregladas - normal: es sábado por la noche - tanto que mientras consumo mi copa en la calle para poder respirar un poco y atiendo a una llamada de móvil, observo a una chica muy guapa que también escucha a su vez por el móvil, me mira y me sonríe cómplice, pues ambos estamos haciendo lo mismo. Es Barbara Lennie, protagonista de Mujeres en el Parque, que me recuerda de la Rueda de Prensa de esta mañana y que parece encantada de la vida de pasar desapercibida entre tanta belleza local. Casi desapercibida, Bárbara, casi desapercibida...;-)

sábado, octubre 21, 2006

51 SEMINCI - CRÓNICA 1: Azur y Asnar, Más que a nada en el mundo, Practical Shooting Range

Malos presagios, una inauguración inusual y un plomizo filme mexicano

- Pues esto va a ser cuestión de las creencias de cada uno... o se es de los que piensan “Lo que mal empieza, mal acaba” o de los que defienden eso de “Esto no es como empieza, sino como termina”...

Y no le faltaba razón a mi interlocutor. La verdad es que la primera jornada de la 51 Edición de la Seminci no había comenzado precisamente con buen pie. Y no por la lluvia, ni por una programación que, siendo un tanto benévolos, podríamos calificar de algo falta de títulos de verdadero peso o atractivo a priori en un año de transición y cambios, ni siquiera por el pequeño caos que generaron los cambios que pretendía la organización en cuanto a la adquisición de entradas por parte de la prensa especializada para los pases que no fueran de la Sección Oficial con 24 horas de antelación, inviables por cuanto el sistema informático que debía servir dichas entradas con rapidez se colgaba cada dos por tres...

No, lo que pasa es que cuando uno empieza a juntarse con los colegas de profesión y a uno le han perdido la maleta enviándosela a Frankfurt (¡en un vuelo Barcelona-Valladolid!); otro se ha dado de bruces con la realidad de que Valladolid en obras es mucho más difícil que de costumbre para maniobrar por la ciudad en coche (no digamos ya encontrar aparcamiento más o menos cercano), a un tercero le ha resultado imposible llegar a tiempo para acreditarse hoy y mañana más le vale madrugar si quiere llegar a tiempo al pase de The Queen de Stephen Frears y el que escribe estas líneas lo primero que ha hecho esta mañana en Valladolid es buscarse una clínica dental de guardia por razones sobre las que más vale no profundizar, pues como que es fácil que cunda un poco el desánimo en una jornada inaugural pelín deprimente...

Pero esto es la Seminci y acaba de empezar, así que todo es aun posible: nos esperan 15 películas a competición en la Sección Oficial, más cinco fuera de concurso; 13 obras en Punto de Encuentro, más la habitual selección de documentales de Tiempo de Historia (que siempre ofrece alguna joya), una maravillosa retrospectiva del padre de cine indio Satyajit Ray (a la que por desgracia habré de renunciar), otra dedicada a Pedro Olea (de la que, ejem, puedo prescindir) y un muy completo ciclo dedicado a las relaciones entre Cine y Prensa que lleva por título Cine entre Líneas, habrá que convenir que hay un menú lo suficientemente variado para que cada uno encuentre el plato que más le guste... claro que todos miramos con una mezcla de aprensión y curiosidad esa Sección Oficial del Festival que será como siempre el principal objetivo de estas crónicas y que este año nos tiene a todos un poco sumidos en el desconcierto ¿será la falta de los grandes títulos que hemos tenido en años anteriores una señal de que algo va a peor en la Seminci o haremos algún descubrimiento inesperado y la falta de nombres conocidos esconde algún que otro as en la manga?

AZUR Y ASMAR, una película inaugural atípica

Por lo pronto, una sorpresa con la gala de inauguración – algunos dirán que un atrevimiento algo improcedente – con la elección de ‘Azur y Asmar’, singular película de animación que es la última propuesta de Michel Ocelot, que fascinó a unos cuantos de nosotros con ‘Kirikú y la Bruja’ allá por 1998. Si en aquella notable película Ocelot sabía como aprovecharse de toda la iconografía y la tradición de los cuentos africanos, en Azur y Asmar, Ocelot fija su mirada en el mundo árabe y en los cuentos de las mil y una noches para hacer un hermoso alegato a favor del entendimiento necesario y deseable entre dos culturas habitualmente tan alejadas como la occidental y la que predomina en todo el norte de África. Ocelot cuenta la historia de dos niños, uno blanco rubísimo de ojos azules y otro moreno de ojos oscuros que son criados como hermanos por la madre del segundo, nodriza contratada para el primero. Ambos sienten igual fascinación por los cuentos de la nodriza que hablan de profecías, princesas encantadas, djinns y apuestos héroes libertadores, de tal forma que cuando ambos son separados a la fuerza por su distinta clase social, Azur irá en busca de ese sueño a la tierra de Asmar y su madre, produciéndose un enriquecedor intercambio entre tan distintos y a la vez tan iguales personajes.

Ocelot sabe de las posibilidades del material que tiene entre manos, sobre todo desde el punto de vista puramente visual y se aplica a ello con devoción, mostrándonos el mundo oriental de Asmar como una maravilloso festival de colores capaz de subyugar a más de un espectador con su encantador despliegue. Hay inteligencia y sensibilidad en una película que no se limita tan solo a ser un catálogo de buenos sentimientos políticamente correctos, sino que intenta en todo momento concienciar al espectador sobre la importancia que tiene un proceso imparable en el que ambas culturas, por más que muchos se empeñen en lo contrario en uno y otro bando, están condenadas a entenderse. Ocelot se arriesga con una apuesta interesante que consiste en subtitular únicamente los diálogos en francés de sus personajes, dejando los que son en árabe a la interpretación del espectador. Como quiera que éste jamás pierde el hilo de la trama por tal circunstancia, Ocelot demuestra que no resulta imprescindible dominar la lengua o conocer a fondo una cultura ajena a la nuestra para comprenderla, saliendo triunfante en líneas generales con una película que cuenta además a su favor con el irresistible atractivo que genera su solo en apariencia sencillo trazo y una preciosa BSO a cargo del compositor Gabriel Yared. Por ponerle un pero, habrá que convenir que su guión es mucho menos sólido e interesante que su anterior Kirikú y la Bruja y que su preciosismo formal de vivos colores puede acabar por sobrecargar al espectador más paciente por un tramo final quizás alargado en exceso y que bordea peligrosamente la línea que separa lo hermoso de lo simplemente cursi o sensiblero. Cuestión bien distinta es si Azur y Asmar es la película más adecuada para inaugurar un festival internacional de tanto peso como es el de Valladolid – a un servidor no se lo parece, sin ir más lejos – más allá de las cualidades de un film atípico pero necesario que ojalá encuentre su hueco para tener la oportunidad de tocar al público al que va dirigido en este mercado siempre sobrecargado de estrenos.

MÁS QUE A NADA EN EL MUNDO: Madre, hija... ¿y vampiros?

La segunda película de la Sección Oficial de hoy y la primera a concurso ha sido esta producción mexicana dirigida por la pareja Andrés León y Javier Solar que cuenta a su favor con dos bazas muy sólidas: una es la originalidad de su propuesta, un retrato de una relación madre-hija que por culpa de una creciente incomunicación, un vecino siniestro que hace ruidos inquietantes y de la imaginación de la pequeña se convierte en un delirio perfectamente creíble en su construcción argumental según el cual la hija llega a la conclusión no solo de que hay un vampiro que las acecha, sino que su adorada madre parece haber caído bajo su influencia. La segunda es el trabajo de sus dos intérpretes, la curvilínea Elisabeth Cervantes – todo un espectáculo para el espectador masculino en un apabullante despliegue de sexualidad en estado puro – y una magnífica niña llamada Julia Urbini que consigue conmovernos con una desarmante mirada y una espléndida construcción de un personaje muy difícil.

Las tribulaciones de esta madre soltera que se ve envuelta una y otra vez en relaciones sentimentales que ofrecen poco más que sexo casual y esa hija que interpreta las señales que recibe del exterior como terrible confirmación de sus temores son un buen material: el vecino, enfermo y viejuno, bien podría ser un vampiro que las acecha; sus ruidos nocturnos (y los de los escarceos sexuales de su madre) los de ese monstruo, los violentos cambios de humor de su madre un signo de su posesión, etc. Es una lástima que con esta espléndida idea que podría haber dado lugar a un magnífico cortometraje, los directores se empeñen en sacar adelante un largometraje de hora y media en la que se ven obligados una y otra vez a ser reiterativos en sus recursos, a los que vacían de fuerza a base de repetirlos, lo que sumado a que en ningún momento se juega la carta de que haya una mínima posibilidad de penetración en el mundo real de un cierto elemento fantástico – idea que, bien trabajada, podría haber dado cierto juego y que ya cuenta con ilustres antecedentes en la filmografía mexicana, como Cronos de Guilermo del Toro – ya que desde el principio nos queda claro que todo el problema reside en que Alicia busca en su desbordante imaginación una forma de justificar el derrumbe de su realidad, conforma una película limitada en su alcance, desigual, con coherencia argumental pero carente de ritmo interior y de capacidad de enganche con el espectador pese a algún que otro momento inspirado, construido en base a la complicidad de ambas intérpretes.

PRACTICAL PISTOL SHOOTING, la alegría de la huerta

Imaginen ustedes que están felizmente casados y llevan unos cuantos meses intentando preñar a su señora, a la que ve menos de lo que debiera por culpa de su absorbente trabajo como radiólogo. Imaginen que un día se reúnen con ella en un Centro Comercial con la mala suerte de que pasa por allí un psicópata con pistola que se pone a disparar a todo bicho viviente, hiriendo de gravedad a su esposa, a la que deja en un estado de coma irreversible que la convierte prácticamente en un vegetal. Ahora imaginen que, cuando está a punto de autorizar que la desconecten y acaben con su sufrimiento, usted descubre que la esposa en cuestión tomaba la píldora, visitaba burdeles y tenía previsto largarse esa misma tarde a Brasil sin darle mayores explicaciones... ¿a que ya no resulta tan fácil dejarla marchar sin averiguar más sobre la persona a la que creía conocer? Pues en líneas generales ese es el argumento de la película belga Practical Pistol Shooting que, créanme, tiene mucha mejor pinta escrito que en la pantalla. El director Willem Thijssen se limita a ilustrar una serie de lugares comunes sobre la eutanasia, la necesidad de conocer bien a quien amamos y a imparable forma en la que una obsesión irresoluble puede mandar al traste nuestra plácida existencia con una notable falta de garra y del más mínimo sentido de la puesta en escena o claridad narrativa. Quizás fuera el lamentable estado de la copia proyectada, pero esta extraña y aburridísima propuesta jamás consigue encontrar el tono adecuado, convirtiéndose en una mortecina sucesión de situaciones contradictorias creadas alrededor de ese cadáver exquisito que solo se parece a los imaginados por Almodóvar en Hable con Ella en la concupiscencia que despierta en su obsesivo cuidador, capaz de pasar de ser una persona perfectamente coherente al principio del filme a un maníaco depresivo en un plis plas. El amor tiene estas cosas. La sentencia la dijo uno de mis compañeros de butaca: “Este filme comatoso es la perfecta metáfora de aquello en lo que se está convirtiendo la Seminci” Esperemos que se equivoque: mañana la esperadísima The Queen de Stephen Frears, Mujeres en el Parque de Felipe Vega y la filipina Kubrador tendrán su oportunidad.

sábado, octubre 14, 2006

300: Dos Avances

Soy un devorador de cómics. O tebeos, como prefieran llamarlos. Siempre lo he sido, aunque ahora consuma mucho menos y de otra forma (Internet y el Scanner hacen maravillas). Desde pequeño, crecí acompañado por todo tipo de cómics (los superhéroes Marvel ganaban por goleada a todos los demás, pero no le hacía ascos a nada) y esta pasión desatada por parte de Hollywood de adaptar a la gran pantalla un medio que siempre ha tenido enormes posibilidades me tiene algo desconcertado. Hollywood ya no se limita a los Spider-Man, X-Men, Daredevil, Hulk, Batman o Superman de turno: mira a otros referentes. En los últimos años, novelas gráficas como Camino a Perdición, Una Historia de Violencia, Sin City o V De Vendetta han visto la luz con desiguales pero siempre interesantes resultados. Sin City en concreto demostró dos cosas. Una, que si tiene un cómic de enorme fuerza visual, puedes hacer una película idéntica a la obra original, respetándola al 100%. Hasta puedes contar con el autor de la misma como co-director para asegurarte el resultado. Dos, que el cine y el cómic tienen lenguales narrativos distintos, por más que sean parecidos. Y que por lo tanto, si uno respeta tanto esa fidelidad que traiciona los principios narrativos esenciales del séptimo arte, te puede salir una película alucinante en algunos momentos aislados, pero con multitud de defectos como producto cinematográfico. Quizás Zach Snyder, autor de la muy notable Amanecer de los Muertos, haya sabido aprender esta lección y consiga una gran película de su adaptación de 300, la MA-RA-VI-LLO-SA novela gráfica del mismo Frank Miller (si no la han leido, les aseguro que no saben la obra de arte que se están perdiendo: corran a hacerse con ella en cualquier librería especializada) que narra la conocida gesta de la Batalla de las Termópilas donde 300 guerreros espartanos consiguieron detener durante varios días en un estrecho desfiladero a los miles de hombres que formaban el ejército persa. Las imágenes del trailer y el primer teaser revelan que Snyder está siendo sumamente fiel a la potencia visual de la novela original. Y tiene toda la pinta de ser una película dotada de enorme fuerza. Está por ver si será la gran película épica que de momento promete ser o si reincidirá en el error que cometieron al alimón Miller y Rodríguez. De momento, disfrutad estas dos perlitas sobre una de las pelis a priori más interesantes del 2007: no me digais que Gerald Butler no parece dar la talla como el magnífico Rey Leónidas. Y la bellísima Lena Headey como su Reina, of course. Ah, se me olvidaba: su estreno está previsto en los USA el 9 de marzo del 2007 y el tema cañero que suena en ambos fragmentos es de Nine Inch Nails y se llama Just Like You Imagined.

jueves, octubre 12, 2006

EL LABERINTO DEL FAUNO

Dice Guillermo del Toro que El Laberinto del Fauno conforma con la notable El Espinazo del diablo y su próximo proyecto 3993 su trilogía sobre la Guerra Civil Española, una serie de películas que tienen como elementos comunes el estar ambientadas en aquellos años oscuros y contar con la fuerte presencia de un elemento fantástico que, en cierta manera, se contrapone a la terrible realidad. Sin embargo y pese a que estoy de acuerdo en que El Laberinto del Fauno bien podría considerarse en muchos sentidos una prolongación temática y estilística de El Espinazo del Diablo en la que vuelven a darse cita todos los elementos reconocibles del particular universo del cineasta, uno de los pocos directores de hoy en día capaz de utilizar desprejuiciadamente el género fantástico para confeccionar auténticos poemas visuales con una enorme capacidad de sugerencia, hay una sutil diferencia que permite pensar que estamos ante una propuesta más madura que refleja su evolución como cineasta sin dejar por ello de ser arriesgada y ambiciosa.
El Espinazo del Diablo y El Laberinto del Fauno comparten la descripción de una realidad cruel y dolorosa, un momento histórico muy determinado y una descripción de unas condiciones de vida sumamente duras que hacen de la irrupción del mundo fantástico casi una necesidad para que los jóvenes protagonistas de ambos relatos tengan un resquicio al que agarrarse, un punto de apoyo que, por extraño que pueda parecer, sirve para enfrentarse a un mundo real tan incontrolable y desconocido en sus reglas como el sobrenatural y, quizás por ello, mucho más terrorífico. Sin embargo, si en El Espinazo lo sobrenatural imponía su presencia de forma activa sobre la realidad y los fantasmas descritos por Del Toro eran ecos del mundo real fuertemente vinculados con éste y con los vivos, El Laberinto del Fauno va mucho más lejos y propone todo un universo feérico cuya existencia transcurre de forma paralela al nuestro y cuyo único nexo de unión es una niña de trece años con una debilidad manifiesta por los cuentos de hadas solo comparable a sus deseos de huir de una realidad que percibe como un peligro cada vez más creciente. Dicho de otro modo, Del Toro invierte los términos: no es el elemento sobrenatural quien viene al mundo real a recordarnos su existencia – como sucedía en Sleepy Hollow de Tim Burton o en la más reciente La Joven del Agua de M. Night Shyamalan – sino una niña soñadora la que corre al encuentro de ese mundo quien cree, necesita creer, firmemente en él para poder encontrar sentido a su propia existencia o un refugio seguro.
El Laberinto del Fauno se configura pues como un tenebroso cuento de hadas para adultos fuertemente enraizado en una realidad terrible cuyas consecuencias padecen todos sus protagonistas: Ofelia (una muy solvente Ivana Baquero) asiste impotente a la destrucción de su mundo seguro cuando su madre, enferma y embarazada, acude a reunirse con su nuevo esposo el capitán franquista Vidal (tremendo e intenso Sergi Lopez, al que Del Toro le ha dado un rol terrorífico casi inédito en su carrera), un hombre cruel e implacable cuyas únicas preocupaciones son salvaguardar la vida del heredero que viene en camino y sofocar los focos de rebelión en forma de maquis que pueblan los bosques cercanos sin detenerse en la brutalidad de los métodos que deba utilizar para ello o sus consecuencias. Por su parte, Mercedes (una Maribel Verdú muy cerca de su mejor registro, el de La Buena Estrella, aunque ambos papeles tengan poco que ver entre sí) y el Doctor (acertado Alex Angulo) sirven a sus principios a la vez que se someten a Vidal, sabiendo en el fondo que poco pueden hacer para detener a los vencedores de la contienda, pero tratando de conservar su dignidad.Del Toro es tan minucioso y preciso en la descripción de esa realidad como en la del mundo mágico en el que Ofelia descubre al Fauno y su misión. Lo interesante es que el realizador mexicano recupera la crueldad intrínseca de los cuentos de hadas para proponernos un mundo fantástico que pese a funcionar para Ofelia como una vía de escape, es fiel reflejo de la negrura del mundo real y, por lo tanto, igual de peligroso. Así, las hadas no aparecen como tales, sino que son insectos-palo que transforman su aspecto; el Fauno, pese a la amabilidad de sus palabras, provoca con su aspecto de ente antiguo y su actitud cambiante una inquietante sensación ambigua que lleva a Ofelia a cuestionarse sus motivaciones; la primera prueba de Ofelia la lleva literalmente a enterrarse en el pútrido tronco de un muy burtoniano árbol en descomposición y superar su aversión al lodo, a los bichos y a un repugnante sapo; la mandrágora que le proporciona el Fauno para aliviar a su madre funciona pero resulta tan repulsiva como perturbadora y así sucesivamente. Dista mucho de ser un mundo luminoso y seguro donde refugiarse.Cuanto más vamos descubriendo los límites de maldad en estado puro a los que puede llegar Vidal en la persecución de sus objetivos, más inquietante y oscuro se hace el mundo al que Ofelia acude una y otra vez para huir de esa realidad asfixiante, casi como si más allá de la forma paralela en la que se mueven ambas realidades, una se alimentara de la otra. No hay pues un refugio seguro, parece decir Del Toro, ni escapatoria posible al Mal que amenaza con devorarlo todo: ni la bondad natural de Mercedes o la lealtad a sus principios del Doctor son garantía suficiente contra la determinación salvaje de Vidal ni la inocencia y la voluntad de creer de Ofelia sirven, por más que ésta vaya superando las pruebas, para que el mundo mágico la proteja de la oscuridad que va rodeándola de forma poco menos que implacable. Del Toro ofrece un desolador panorama en el que las pequeñas victorias solo parecen retrasar lo inevitable.Lo mejor de El Laberinto del Fauno reside, más allá de la arriesgada propuesta que contiene, en la ya conocida capacidad visual de Del Toro para recrear con multitud de detalles brillantes ambos mundos. Sirvan como ejemplos la magnífica y perturbadora secuencia del hombre pálido, un inquietante monstruo ciego de claras reminiscencias lovecraftianas cuyos ojos se insertan en las manos y que persigue a su víctima enfocándola con las palmas o la escena en la que Vidal se afeita y simula degollarse en el espejo, que deja a las claras el desprecio que siente por si mismo y el terrible peso – ese reloj omnipresente – del pasado con el que carga.
Como siempre, el autor de Hellboy sigue reflejando en sus historias la fuerte influencia que tiene sobre él el mundo del cómic y, en este caso en particular, de los ilustradores de libros a los que tanta admiración profesa: ya sean monstruos, faunos, hadas o simplemente decorados que remiten a mitologías largo tiempo olvidadas en el tiempo, es exquisita la forma en la que la película recrea y hace cercano ese universo, al que ayuda no poco la evocadora música de Javier Navarrete y una magnífica fotografía repleta de claroscuros de Guillermo Navarro. Pero por encima de todo, Del Toro demuestra una coherencia indiscutible llevando hasta las últimas consecuencias la construcción de ese mundo terrible en el que habitan sus personajes y esquivando hábilmente, por más que en un momento pueda parecer lo contrario, la tentación de un final acomodaticio. Será en última instancia el espectador, como destinatario de la oscuridad que destila tan tenebroso cuento, quien según su propia visión de la realidad aprecie en su justa medida una obra, en mi opinión, tan arriesgada como magnífica.