viernes, agosto 31, 2007

ECOS DE VENECIA 2: Sleuth y Caution, Lust

La Huella (Sleuth, Kenneth Branagh, GB)

Carlos Boyero, El Mundo “Reconozco la notable y perversa personalidad del guión que ha escrito Pinter, el capricho del director Branagh en cambiar aquella mansión victoriana por una casa de hiperdiseño y tecnológica hasta el mareo, la autoridad que imprime Michael Caine a su vengativo clasista demostrándonos que puede dar vida con idéntica verosimilitud a un cockney con ambiciones y a un aristócrata resentido y cruel. Law, a pesar de sus esfuerzos histriónicos, no me convence, no da la medida, no tiene la fuerza suficiente para plantarle cara a un monstruo como Caine. Y, aunque nada de lo que veo y escucho me parece mal, no logro quitarme de la memoria ni en una sola secuencia el imborrable recuerdo del producto original que creó Mankiewicz (…) Esta versión se merecería un aprobado alto por si misma, pero si la enfrentas al modelo primitivo no aguanta la comparación, se convierte en una cosita olvidable.”

Enric González, El País “Vaya a ver esta película y no despegue la vista de Caine (…) A Caine debió gustarle el guión de Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura. Caine y Pinter se conocen desde la escuela primaria y ambos, surgidos de las calles castizas del East End londinense, gozan, cada uno en su género, de una capacidad similar: la de infundir en las frases más banales una carga sustancial de amenaza y burla (…) Jude Law encargó la dirección a K. Branagh, un hombre de gran talento para actuar, escribir y dirigir, lastrado por una tara lamentable: en un momento u otro acaba aflorando el niño repipi que lleva dentro. Como Law disponía de un presupuesto limitado, hubo que firmar Sleuth en poco más de un mes. Eso impuso a Branagh un ritmo expeditivo y favorece, posiblemente, el resultado final (…) En Sleuth el mal encarnado por Caine es juguetón, ambiguo, cortés y, sobre todo, divertido: un mal peligrosamente atractivo”

Oti Rodríguez Marchante, ABC “Cualquiera que recuerde «La huella» se dará cuenta de que lo más fácil es borrarla al intentar rehacerla. No llega a tanto: la película tiene estilo y personalidad, el guión de Pinter le ha puesto algunas gotas de curare al texto original de Shaffer; la puesta en escena de Branagh es engolada pero efectiva, incluso un punto teatral tanto en el modo de enfocarla como en la de interpretarla sus actores, y en eso consiste la función, en un pulso interpretativo: Michael Caine está magnífico en los dos personajes (en el que hizo hace cuatro décadas y en el que hace ahora); Jude Law, en cambio, le proporciona al suyo unos perfiles demasiado afectados, artificiosos. El hecho de que los saltos mortales de la trama se conozcan ya de antemano tampoco le beneficia a ese limitado constructor de climas que es Branagh.”

Sergi Sánchez, La Razón “Harold Pinter es el responsable de esta nueva lectura, que deriva la misantropía de la obra de Shaffer hacia una marcada misoginia, y que, simplemente, convierte al texto en, esta vez sí, un «remake» de «El sirviente», película que el Nobel de Literatura escribió para Joseph Losey en 1963. Como en aquella, el deseo se nos ofrece como una representación de teatro de marionetas dirigida, a cuatro manos, por hombres que intercambian constantemente su papel. Uno tortura, el otro es torturado; uno es rico, otro pobre; uno es el demiurgo, el otro el pelele. Las tornas cambian, y la rebelión de las clases dominadas adquiere, según la curiosa (¿pero necesaria?) versión de Pinter, un cariz sexual. Michael Caine borda su papel de escritor cínico y desalmado, pero Jude Law, que parecía el actor ideal para recoger su testigo, no está a la altura. Frente a Caine, que pronuncia cada línea de diálogo como si llevara treinta años respirando su ritmo, Law patina, grita, exagera, se sobreexpone. Una de dos: o le ha sentado mal producir e interpretar a la vez, o le ha intimidado tomar el relevo de Caine teniéndolo delante de sus narices.”

Caution, Lust (Se, Jie. Ang Lee, USA/Taiwan)

Enric Gonzalez, El País “Lust, Caution es una superproducción. Lujosa, potente, rica y exageradamente larga. Los 156 minutos no se justifican. Tanto metraje acaba dañando un relato que carece de escenas corales y evita la opción de tejer un gran tapiz sobre la China de la época. El alma de la película se esconde en las habitaciones cerradas sonde transcurre la mayor parte de la acción: mujeres que juegan obsesivamente al mahjong y una pareja de amantes, el jefe de la policía secreta japonesa y una espía de la Resistencia que fornican no menos obsesivamente (…) En cuanto Tony Leung aparece en pantalla, cariacontecido, embargado por la perenne tristeza poscoital que caracteriza a los torturadores de raza, uno se pone de su parte. Este tipo es un actor sensacional. El papel de malvado suele ser agradecido, pero Leung, sin apenas alzar una ceja, hace de su personaje un héroe. Lúcido, cruel, desesperado. (…) Lust Caution no alcanza el nivel de Brokeback Mountain (…) Hay algo de relamido, de coreografiado, en esas dos horas y media. Incluso en las escenas de sexo, abundantes y realistas, asoma a veces el cartón del mal cine porno (…) Un asesinato, ciertos rasgos de humor y la esfinge desasosegante de Tony Leung redimen una película imperfecta.”

Oti Rodríguez Marchante, ABC “No se ha llegado a estampar Ang Lee, aunque «Lust, Caution» se queda larga y algo fofa por momentos, aunque tiene otros de una tensión, pasión y obsesión que deja en poco aquello de los vaqueros de «Brokeback Mountain». (…) Los personajes los encarnan Tony Leung y Tang Wei, desconocida pero fácilmente reconocible por algún que otro par de detalles de su anatomía, y entre ellos tienen al menos tres o cuatro escenas de gimnasia sexual no apta para vertebrados y que lo dejan a uno en la duda de donde termina lo implícito y empieza lo explícito. Pero lo más explícito de la película de Lee es que podría haberle quitado minutos y lastre, o haberse centrado algo más en ese personaje que Tony Leung deja implícito, semioculto en la pantalla, una especie de Michael Corleone desconfiado y cauteloso hasta casi el ridículo (…) Lo que es indudable de ésta y de todas las películas de Ang Lee es que el buen gusto no abandona nunca su estilo haga lo haga y diga lo que diga, sea en las montañas o en los valles, en Estados Unidos o en China.”

Sergi Sánchez, La Razón “La elegancia de la puesta en escena de Lee, que nunca cede terreno al decorativismo exótico de este tipo de películas, parece adaptarse como un vestido de cretona a la trágica piel de sus personajes. Trágica porque, por encima de las circunstancias políticas que les empujan a actuar, tanto Wong Chia Chi (Tang Wei) como el señor Yee (Tony Leung) emprenden un viaje de no retorno a los abismos de su propio y autodestructivo deseo. Lee filma sus rostros en obsesivos primeros planos, desprendiéndolos de su contexto histórico, ahogando su relación con el espacio. Su espacio es el de la desesperación; es el que ocupaban Marlon Brando y Maria Schneider en «Último tango en París» o los protagonistas de «El imperio de los sentidos», de ahí que las escenas de sexo parezcan asesinatos, pequeñas muertes necesarias para que sus protagonistas puedan sobrevivir. Lee transmite la intensidad de esa pasión desde su acostumbrada contención, escuchando a quien debe escuchar sin levantar la mano.”

Carlos Boyero, El Mundo “Ang Lee opta por el riesgo e intenta demostrarnos que esa militante revolucionaria con la misión de enamorar al brutal enemigo y poder tenderle una trampa que acabe con su invulnerabilidad puede, gracias a la química abrasiva que se produce en algunas relaciones sexuales, olvidarse de su sagrada misión y dejar escapar vivo al monstruo. Lee nos convence de que el sadomasoquismo puede convertirse en una fortaleza inexpugnable, nos describe el lacerante combate entre lo que pide el cuerpo y lo que aconseja la razón. El problema de esta interesante película es que es demasiado larga, que hincha abusivamente lo que resulta diáfano, que, aunque la historia sea turbia y fascinante, no es suficiente para impedir que de vez en cuando le eches una buena mirada al reloj para ver si se acaba de una puñetera vez y te permite acceder a la tan merecida cena.”

jueves, agosto 30, 2007

ECOS DE VENECIA 1: Expiación y Rec

Algún día espero tener la suficiente suerte – o el suficiente dinero – para poder cumplir uno de mis sueños: asistir en el mismo año a los cuatro grandes Festivales Europeos (Berlín, Cannes, Venecia y San Sebastián) y escribir a pie de Festival crónicas acerca de todo lo que vea, como hago cada año desde Valladolid, Sevilla y Huelva, festivales B que son mi ilusión de cada año. Mientras espero a que ese milagro se produzca, creo que sería una buena idea dado que, dicho sea de paso, mis otros quehaceres me impiden ver nada en el cine estos días, dedicara estas entradas a hacer una pequeña Revista de Prensa de lo que los críticos de los más importantes periódicos del país están viendo por allí. No hay afán de ser demasiado exhaustivo, sino más bien de hacerse una idea de conjunto, resaltar las frases que más me han gustado en sus crónicas y, sobre todo, tener a mano los enlaces a sus artículos para no perder tiempo buscándolos por Internet en el futuro, que eso de tener la información organizada es cosa práctica. Desglosaremos por película y comentarios generales alrededor del Festival.

EXPIACIÓN (Atonement, Joe Wright, USA)

Enric Gonzalez, El País “Cabe agradecerle a Knightley un cierto autocontrol en el despliegue de sus portentosos labios. Vanessa Redgrave (…) aparece en los minutos finales para ofrecer las claves del drama: está maravillosa. La película debería acabar ahí. Por desgracia, a alguien le pareció buena idea añadir unas imágenes de los dos antiguos amantes en una playa. El arrebato de cursilería hiere la vista (…) No hiere, pero molesta, el amaneramiento general en una escena multitudinaria que intenta reflejar la "tragedia bíblica" de Dunkerque (…) Los figurantes se mueven como en un escenario de opereta, forzados a sincronizarse porque a Wright le apeteció sacar la cámara de paseo y embarcarse en un travelling torpe y perfectamente prescindible. La mirada de un pingüino contiene más horror bélico que ese fragmento de la película. Joe Wright consigue por el contrario que la primera parte del filme, la que culmina con la falsa acusación, funcione con extrema precisión.

Oti Rodríguez Marchante, ABC “El trío pasional que forman la pareja de amantes y la niña que lo acusará a él de haber violado a otra jovencita es tan potente que requiere de una mano y de una estructura especial para ir contándose, algo que hace el director con mucho tacto durante la primera mitad de la película, mezclando hábilmente los tiempos, las músicas, los sentimientos... Luego, con el cambio de escenario la película, que no la historia, se entontece, se engola y se corta en parte el hilo que la unía al espectador (…) Keira Knightley y James McAvoy, que encarnan a la pareja protagonista, y que están a punto de crear química entre ellos, se pasan la película con un extraño gesto de morritos, como si se les quedase entre los labios parte del texto de los diálogos...”

Sergi Sánchez, La Razón “No lo tenía fácil Joe Wright, porque «Expiación» es: 1) una de las mejores novelas del británico Ian McEwan, y 2) una novela extremadamente literaria, a priori alérgica a ese tono académico de «Grandes Relatos» que los ingleses se saben de memoria. Nada de eso: Wright (…) orquesta el primer acto de esta sobrecogedora historia de celos, culpas y vidas resquebrajadas teniendo muy claro que la verdadera heroína es esa ficción que se alimenta a sí misma, que taladra nuestro ánimo con el sonido de una máquina de escribir que se convierte en la columna sonora. (…)La fluidez con que pone en escena el planteamiento de la trama es admirable, y la sutileza con que destaca detalles (…) hace justicia a la bellísima prosa de McEwan, tan obsesionada con realizar una anatomía de la maldad como con representarla en el clasista sistema británico.

Carlos Boyero, El Mundo “En la notable primera parte, el director narra con atmósfera y complejidad el tortuoso y enamorado comportamiento de una cría de la aristocracia hacia el hijo de la ama de llaves (…) La segunda parte es bastante más plana que todo lo que nos habían contado antes. Recupera el mejor tono en el sorprendente desenlace con una emotiva oda a lo que podía haber sido y no fue. Expiación es una original y desasosegante película. Incluso está bien esa actriz tan solicitada como horrorosa llamada Keira Kinghtley, pero intuyo que el material escrito en el que está basada es aún mucho mejor, de lectura obligada.”

REC (Jaume Balagueró, España)

Oti Rodríguez Marchante, Abc “Rec es un afilado ejercicio de estilo dentro del más puro terror y de la que sale uno con la piel más tirante que la pandereta de un tuno. El caso es que arranca tranquilizadora: un reportaje televisivo, un «en vivo y en directo» con los bomberos (…) Y de repente, es como si «Rec» se colara por un agujero en esa otra película de Fresnadillo titulada «28 semanas después», pero en versión doméstica. (…) La historia apura al máximo todas sus posibilidades terroríficas, gracias en gran medida por el modo en que Balagueró y Plaza deciden narrarla, pues el «efecto cámara de televisión» le proporciona un plus de sensación de realidad (al principio no es difícil pensar que se trata de un documental o de un reportaje en falso directo) y el hecho de que siempre mantenga ese punto de vista y el ajetreo de ir en las manos del cámara aumenta aún más la presión, la angustia, y lo único que le niega la verosimilitud al asunto es, precisamente, que el hombre no suelte casi nunca la cámara, con lo que se le viene encima...”

Carlos Boyero, El Mundo “Rodada con cámara en mano que a veces resulta mareante, sanguinolencia complacida y vocación de realismo, Rec utiliza con eficacia las truculencias convenciones del género. No me sorprende ni me inquieta demasiado, pero tampoco me aburre, algo que sí me ocurría con sus pastiches con vocación internacional. Prefiero con diferencia al Balagueró localista, al de la verdaderamente terrorífica Los Sin Nombre o al de Rec, que al que consigue triunfar en el mercado USA con híbridos previsibles y sin gracia”

Sergi Sánchez, La Razón “¿Zombis? ¿En un «reality»? ¿Grabados en vídeo? ¿En Venecia? La primera película española que se presenta en la Mostra de este año no es lo que ustedes se esperan. «Rec» no es, por supuesto, cine de terror al uso: tanto Jaume Balagueró como Paco Plaza, sus directores, querían retratar «el miedo a lo invisible»; aquello que, repentinamente, amenaza lo cotidiano; aquello que no tiene nombre. Les interesaba indagar también en la falta de límites morales de los medios de comunicación a la hora de acercarse a la realidad, «por muy mórbida que sea», subrayan. «Hace diez años, sin programas como “España directo”, esta película no habría sido creíble»(…) Acaso «Rec» exprime demasiado su propia premisa, ahogando los gritos del público con los gritos de la pantalla. Lo que sí es cierto es que debería ser una película prohibida para hipertensos. Me da taquicardia sólo de pensar en ella.

Enric Gonzalez, El País “REC es cine de horror, más que de terror, y abunda en la especialización de Balagueró en un género delicado por la peligrosa cercanía a lo grotesco y lo ridículo. Con una cámara vertiginosa, siempre al hombro, para recrear la tensión de una transmisión en directo (el espectador de vista sedentaria corre peligro de mareo), y con un guión eficaz, REC garantiza a los amantes del género un estupendo mal rato.”


El comentario general del día: Carlos Boyero, sobre el homenaje al Spaghetti Western de esta edición de la Mostra “Es como si San Sebastián rindiera emocionado tributo a la obra de Mariano Ozores o a las bochornosas películas que exhibe el indescriptible Cine de Barrio (…) Como broma resultaría muy pesada y, si pretendiera ir en serio, demostraría que los programadores son carne de frenopático” ... Joeeer, si hay algo en lo que Boyero y yo no coincidimos es en nuestra opinión sobre el Spaghetti Western ¡A mi me encanta Leone!

Nota: No hay enlaces a las crónicas de Boyero porque, simplemente, El Mundo no las publica en su web... lo que nos obliga a quienes nos gusta leerle a pasar por caja en cada Festival, que se le va a hacer. Muy listos que son, los de El Mundo

miércoles, agosto 29, 2007

EL CLUB DE LOS SUICIDAS

Es un tipo cuanto menos curioso, este Roberto Santiago. Me dejó literalmente boquiabierto con su debut, el fantástico corto Ruleta en el que cinco marujas conversaban de sus cosillas en la cocina de una mientras, sin que nadie le diera una excesiva importancia, pasaban el rato jugado a la ruleta rusa con un revolver. Ruleta era un prodigio de originalidad, una bocanada de aire fresco, una astracanada brillante y llena de inteligencia que prometía ofrecernos grandes sensaciones cuando su autor diera el salto al largo. Y lo cierto es que Hombres Felices, su opera prima, era asimismo una película peculiar: una salvaje mirada al descarnado mundo de las relaciones personales protagonizado por unos personajes que hubieran hecho las delicias del Neil La Bute más desatado. Aun recuerdo con una sonrisa entre cómplice y avergonzada los desmanes machistas que Sergi Lopez y Carlos Hipolito perpetraban en aquella película desigual pero de espíritu trasgresor y afilada ironía.Sin embargo, y por razones que jamás he logrado entender, Roberto Santiago cambió de registro tras Hombres Felices. No se si el sistema lo domesticó, le costó sacar adelante proyectos tan bestias como el de Hombres Felices o qué, pero el caso es que el tipo tardó cuatro años en estrenar otra peli – entre medias, solo apareció acreditado como co-guionista de la flojita El Juego de la Verdad – y ésta fue El Penalti Más Largo del Mundo, un éxito de taquilla al servicio de Fernando Tejero, la estrella mediática televisiva del momento. Una decepción pues toda el atrevimiento y el ingenio de sus dos primeras obras se habían diluido en una comedieta de aires costumbristas en las que apenas se permitía hacer algún que otro apunte de interés social con los personajes secundarios pero en la que todo se supeditaba a la dudosa eficacia cómica de su estrella protagonista.

Santiago vuelve a repetir con Tejero en esta muy libre adaptación del relato corto de Robert L. Stevenson y lo cierto es que aunque la película que le ha salido está aun muy lejos de poder considerarse satisfactoria, sí hay en ella algunos aciertos que permiten abrigar ciertas esperanzas de recuperar la ilusión que generó este director con sus dos primeros trabajos. El punto de partida engancha, aunque los materiales que maneja Santiago son peligrosos, tanto por la parte cruel y puñetera que encierran en sí mismos como por lo fácil que resulta despeñarse si se abusa de el lado cómico con el que el director pretende enfocarlos. Hay dos cosas que no se le pueden negar. La primera es que es un buen observador de la vida cotidiana, de las miserias y tragedias diarias que se esconden entre las inseguridades, las soledades y los traumas de una buena parte de aquellos que pululan por la vida sin dejar más huella que su propia insignificancia o su incapacidad de lidiar con ella. La segunda es que Santiago es un buen constructor de diálogos, incluso por encima de la un tanto simple construcción de personajes, algo que le sirve para disimular la falta de entidad y profundidad de los mismos. Ambas virtudes permiten al espectador reconocer y quizás reconocerse en sus miserias, que los personajes y sus cuitas le resulten familiares y, en fin, aceptar el juego al que se les invita.

Para una película como ésta, en la que se aborda con notable humor negro un tema tan serio como lo que lleva a alguien a desear quitarse del medio o buscarse la vida para que alguien te quite si te falta el valor para hacerlo por tu mano, hace falta una habilidad y una inteligencia muy especial para hacerlo bien, pues la mezcla entre el drama y la comedia precisa de unas dosis muy exactas para evitar que todo se descontrole. Santiago sale airoso de esta prueba solo a medias, pues si bien es cierto que el planteamiento inicial está bien urdido y que los primeros intentos de hacer funcionar ese peculiar club en el que por azar puedes llegar a ser víctima o verdugo tienen cierta gracia, la verdad es que la película pierde coherencia y fuerza según avanza la trama y Santiago se pierde en el chascarrillo facilón y en los vaivenes emocionales del omnipresente Fernando Tejero.

Dicho de otro modo: la película gana en la medida que Santiago explota la baza del juego macabro que obliga a tipos con aire de no haber roto un plato en su vida a liquidar a otros – una fórmula en la que el director, con buen criterio, no deja nunca de tener un ojo puesto en las lecciones que en su día nos dio Michael Palin en Un Pez Llamado Wanda – y pierde en la medida que abandona este planteamiento, por más que la elegante forma de eludirlo sea introducir la muy apropiada canción de Joaquín Sabina Contigo (ya saben, aquella de “…Y morirme contigo si me matas/y matarme contigo si te mueres”) mientras se van sucediendo las bajas en el club, y Santiago trata de fijar nuestra atención en otras cosas.

Porque claro, es natural y muy comprensible que si a uno le echa un polvo esa descomunal mujer llamada Lucía Jiménez se le quiten de golpe los ramalazos suicidas hasta el punto de querer olvidarte del club y revivir, con matices, la paradoja que ya nos hicieron en su día Kaurismaki con Contraté un Asesino a Sueldo o Warren Beatty con Bulworth, pero el problema es que lo que hasta entonces era un comedia simpática teñida de humor negro transita por los caminos más reconocibles de ciertas telecomedias que todos tenemos en mente. Y, al menos para el que suscribe, pierde toda la gracia.

En fin, que pese a reconocer el esfuerzo interpretativo de Tejero (¡Por fin un personaje con algo de carga dramática que nos hace olvidar de una puñetera vez al pesao de Emilio!), la siempre estimulante presencia de Lucía Jiménez y al buen hacer de actores de reparto tan efectivos como Luis Callejo o el incombustible Joan Dalmau, la película no acaba de funcionar por culpa de su deriva final y por algunos recursos pretendidamente cómicos como los chistes facilones sobre el obeso Juanma Cifuentes y su relación con la improbable terapeuta a la que da vida Cristina Alcázar, que están fuera de lugar no por políticamente incorrectos sino simplemente por no tener ni puñetera gracia.

No se qué será de Roberto Santiago en el futuro. Prefiero pensar que en esa especie de lucha que parecen sostener en su interior su vena más negra y salvaje y su lado más dócil y comercial – hay muestras de ambas partes en su última película – la primera acabará por imponerse a la segunda. Pero solo él lo sabe. Yo solo espero que alguna vez vuelva a ser capaz de erizarme el pelo de la nuca como lo hizo en muchos pasajes de Hombres Felices y en su descomunal Ruleta. Si no conocéis este último corto, tomaros diez minutos de vuestro tiempo y disfrutadlo: merece la pena.

lunes, agosto 27, 2007

Medem desata el Caos...

Ando enfurruñado estos días. Me molesta desperdiciar una valiosa semana de vacaciones en tratar de atar el último examen de una carrera que debía haber finiquitado hace años y que siento tan lejana como si nunca la hubiera empezado. Estoy de mal humor y el hecho de que no hayan estrenado en Mérida la muy esperada última película de Medem, Caótica Ana, no ayuda nada. Medem es uno de esos autores imprescindibles de los que a estas alturas ya sé con absoluta seguridad que siempre voy a ir al cine a ver lo último que haga. Pero toca desplazarse a Badajoz a verla y mi molesta conciencia, a una semana del dichoso examen, no me deja.

Así pues hoy, para conjugar un poco la frustración – o alimentarla, quien sabe - me he puesto a revisar que dicen las críticas y los blog de la gente que sigo habitualmente. Y he descubierto que la última película de Medem ha causado un rechazo casi unánime, incluso entre la gente que no es nada sospechosa de querer mal a este personalísimo director que fue objeto con su anterior trabajo, La Pelota Vasca: La Piel contra la Piedra, de la más fanática, brutal e injusta cacería que en mi opinión se desató contra un cineasta en este país desde hace muchos, muchos años. Como dice Javier Cortijo en su blog, igual tan amarga experiencia – porque hay que ver lo que tuvo que aguantar Medem, mordiéndose la lengua para no caer en el juego de los de siempre, aunque de eso igual escribo otro día – le ha sentado muy mal a la creatividad del director.

El caso es que ésta Caótica Ana no está desatando polémica. Más que nada porque los detractores ganan por goleada a los escasos defensores del filme. Y las críticas son tan mordaces en ciertos casos que dan que pensar, sobre todo porque yo soy de los que piensan que Lucía y el Sexo es, pese a su complejidad estructural y su brillantez en algunos momentos aislados, la peor película de un cineasta superdotado. Y me temo que, por lo leído hasta ahora, Caótica Ana abunda en la senda que abrió con aquella ambiciosa pero fallida película en la que Medem parecía haber perdido un poco el control de ese poderoso cine construido a golpe de metáforas. Hagamos un poco de resumen:

- Javier Ocaña, El País “El cine de Medem, sus universos perpendiculares, siempre han partido de temáticas apegadas al piso firme que, tras un proceso de metafórica ensoñación, despegaban de la cotidianidad para alcanzar el territorio de los cuentos para adultos. Sin embargo, conforme su trabajo ha ido avanzando, ese proceso se ha hecho cada vez más abigarrado y menos terrenal, más ambicioso y menos plausible. Tanto que en Caótica Ana apenas pisa el suelo. La odisea a través del tiempo de la joven artista que interpreta con encantadora presencia la debutante Manuela Vallés, comienza ya en las nubes y, esta vez, va a sufrir un proceso de transformación inverso, partiendo de un idealismo artístico para terminar alcanzando una crítica a pie de campo en los que la guerra y la exclusión social, la antropología y el feminismo, se mezclan con escaso rigor”

- Oti Rodríguez Marchante, ABC “«Caótica Ana» es una película visualmente poderosa, que contiene imágenes, momentos, de fuerte atractivo emocional y que sólo se ven lastrados por algo que pertenece al «mundo», al «estilo» de Medem, y es que anega esas imágenes de texto, las sobre escribe, no permitiéndoles expresarse con naturalidad propia (…)En cualquier caso, emoción, porque «Caótica Ana» es una película construida con un tejido emocional muy fuerte, hasta el punto que hace de ella algo muy íntimo y delicado, pero también vidrioso y algo confuso: el atractivo caos del personaje impregna también de caos la narración (…)a mi modo de ver, Julio Medem necesita que le escriban (o que le echen una mano en el guión, al menos) mucho más que el coronel de García Márquez.

- Javier Cortijo, Crítico de ABC, en su Blog “Estamos ante lo peor (de ficción) de Medem, ni "Tierra" (la de "el enigma de la cochinilla" y Silke tropezándose en las sillas) cayó tan bajo. Por supuesto, a estas alturas no vamos a esperar que Julito tuviera un guionista que le guiara su caligrafía surrealista y simbólica (a otros ilustres no les hizo falta), pero es que esta historia es la canada: niña-salvaje en cueva ibicenca (aprende, Pocholo), residencia de estudiantes a la pata la llana, hipnosis de la señorita Peppis, me voy a Nueva York en velero, monto un enjuague saharaui porque me lo pedía el cuerpo, el zombi Antonio Vega me canta en las fiestas patronales, ladro en apache a un indio de carnavales... Qué empanada más indigesta. Y encima, cuenta atrás, en plan Greenaway. La que se ha perdido el gran Alberto Iglesias.”

- Borja Hermoso, El Mundo, en el suyo “Yo me identifico con Medem hasta extremos que no podéis ni imaginar, vaya eso por delante. Pero vaya por detrás que 'Caótica Ana' me pareció la empalagosa y finalmente intragable tarta de un pastelero superdotado. Lo que yo vi el otro día en el cine fue una yuxtaposición de argumentos visuales y narrativos cuya única preocupación me pareció que era el temible "fijaos, fijaos qué brillante soy"(…) 'Caótica Ana'. No la entiendo, ni la quiero entender. Lo que vi me bastó. Devaneos, ires y venires sin ton ni son, hipnotizadores que deberían dar clases no ya de hipnosis, sino de interpretación, y Bebe. Bebe, haciendo de Bebe. Qué encantadores son todos esos bohemios de diseño que salen en 'Caótica Ana', liderados por la mecenas Charlotte, que luego se los lleva a comer langostas. Y qué bonito que se toquen temas como el drama del Sáhara, y la guerra y todo eso. Es todo superauténtico, en serio. Todo mi abrazo para Julio Medem por las circunstancias que rodean a esta película. Y todo mi varapalo para la película.”

En fin, serafín. Que le caen palos por todas partes (y en los foros aun más). La guinda la pone el recién estrenadito Blog de El Séptimo Vicio, el programa de Radio 3, donde han plantado una encuesta para valorar del 1 al 10 la peli y en el momento que escribo estas líneas, con 38 votos, más de la mitad de los mismos suspende a Medem ¡pero es que más del 34% la puntúa con un uno o un cero patatero! Me pregunto que pensará Javier Tolentino, que por cierto llevó la semana pasada a Medem a su programa y, lástima, solo pude escuchar el final de su intervención

Vaya, que estoy deseando verla con estos ojitos para comprobar si verdaderamente es para tanto el desaguisado. Lo peor de todo es que esto tiene pinta de cumplir el funesto vaticinio que hace Altovolta en su Blog: El cine español este año se la va a pegar pero bien. Una verdadera lástima, pero al parecer es lo que hay.

domingo, agosto 26, 2007

Perdonen que no me levante...

Siempre pensé que era la forma más genial de partir de este mundo. Dejar en su lápida una frase insuperable que hacía vano cualquier intento por parte del resto de los mortales de plantar en su tumba una frase ingeniosa: ¿Cómo superar esas cinco palabras que denotan a la vez educación, inteligencia, ironía y un brutal sentido del humor negro? ¿Existiría alguna vez un epitafio capaz de hacer mayor justicia a uno de los más grandes genios del siglo XX? Era la perfección, la simplicidad misma, un brillante colofón a una vida en la que nos regaló a muchos infinidad de momentos memorables repletos de réplicas afiladas por el ingenio.

Y todo era falso. Completamente falso. Una leyenda urbana. Quizás la más universalmente tomada como cierta que haya conocido pues toda mi vida desde que tengo uso de razón – o sea, hace algunos pocos años - llevo oyendo atribuir esta frase a Groucho y jamás nadie me había sacado de semejante error. Efectivamente, me di un paseo por la Wikipedia y confirmé mis temores:

Groucho Marx fue incinerado, sus cenizas se guardan en el Eden Memorial Park, siendo falso el epitafio "Perdonen que no me levante" que popularmente se cree que está en su tumba.” Y encima, como prueba, te plantan una foto de su tumba, para que no quede ninguna duda

La verdad es que da lo mismo. Creo que es bueno que el imaginario colectivo de la Humanidad atribuya esta frase a Groucho, aun no siendo cierta. No porque le haga falta, ciertamente, sino porque rematar una vida brillante con una frase TAN brillante es parte de ese material extraño con el que los humanos cimentamos las leyendas. Y creo que hay pocos hombres en este mundo que merezca la pena que sean tan recordados o equiparados a las mismas que Groucho y sus hermanos. Woody Allen acertó de pleno cuando en Hannah y sus Hermanas se pintó a si mismo superando una depresión y una terrible crisis de fe metiéndose en un cine a ver Sopa de Ganso: pocas cosas tan terapéuticas hay en este mundo para combatir los males del alma que meterse para el cuerpo una sana dosis de marxismo al estilo Groucho.

¿Saben que es lo único que lamento de verdad? Haber tenido solo acceso a lo que conocemos de Groucho gracias al cine y a sus libros, que aun no siendo poco, no deja de ser incompleto. Me hubiera gustado haber escuchado por la radio los delirantes programas “Groucho y Chico, Abogados” que ambos perpetraron en su momento y que aquí solo llegaron recopilados en forma de libro. O haber seguido las andanzas de Groucho en “You Bet Your Life” el concurso de televisión que condujo durante años y del que apenas tenemos unas migajas gracias al Youtube – y siempre sin subtitular, duro incluso para los que nos manejamos en inglés – ese invento que a veces nos permite recuperar joyas como ésta, que descubrí gracias a que alguien (Gracias, Javi) lo colgó en el Blog de Oti Rodríguez Marchante: una de sus ultimas apariciones públicas en televisión, en 1973, masacrando sin piedad a uno que siempre se me ha atragantado y que era uno de los presentadores y cómicos más populares de los 70 en la televisión USA, el inefable Bill Cosby.


El 17 de Agosto se cumplió el 30 Aniversario de su muerte. No pudo cumplir el deseo de aquella señora que un día se le acercó y le soltó “Por favor, no se nos muera nunca”. Pero siempre nos quedará su ingenio en frases como éstas

lunes, agosto 20, 2007

EL ULTIMATUM DE BOURNE, Espectáculo coherente

Si de algo no puede acusarse a Paul Greengrass a la vista de este El Ultimátum de Bourne que cierra la trilogía del amnésico y letal personaje imaginado por el novelista Robert Ludlum es de falta de coherencia: tanto su factura visual como su aprovechamiento de los múltiples escenarios europeos y africanos donde transcurre la película – que una vez más nos retrotrae a la esencia de los clásicos de las películas de espionaje de los 70 – nos remite al buen sabor de boca que nos dejó la interesante El Mito de Bourne, también firmada por el mismo director. La verdad es que si echo la vista atrás y releo la reseña que en su momento escribí sobre aquella lograda secuela, podría suscribir de nuevo las mismas virtudes (y defectos) punto por punto.

Empezando por lo positivo El Ultimátum de Bourne es una de esas películas que derrocha inteligencia y respeto por el espectador, algo que debería ser la norma y no la excepción en estos duros tiempos para el cinéfilo de pro – mucho más si las comparamos con las otras más bien horrendas terceras partes estrenadas este verano – sin que por ello renuncie en ningún momento a su condición de espectáculo de acción puro y duro, un cine de palomitas contemporáneo que no se detiene demasiado en los excesos y que procura en todo momento ser fiel a la esencia de un personaje que en cierta forma es la antitesis de todo lo siempre ha representado ese James Bond remozado el año pasado (las mentes malpensantes dicen que con no poca influencia de las pelis de Bourne) en Casino Royale.

La puesta en escena y el empaque visual de Greengrass es innegable: escenas como ese trepidante juego del gato y el ratón de Bourne y unos cuantos agentes de la CIA por la concurridísima estación de Waterloo con la que se inicia el filme, la agotadora persecución por los tejados de Tánger rematada con una intensa pelea con otro agente tan letal y determinado como el propio Bourne – atención al peculiar uso del montaje entrecortado conjuntado con la nerviosa cámara al hombro marca de la casa en ambas, con un resultado cuanto menos estimulante – o las escenas de seguimiento de las distintas operaciones a distancia desde el centro de control de la CIA – Greengrass se sacó un master en este tipo de secuencias en su esplendida United 93, y aquí aprovecha magníficamente su dominio de las mismas – demuestran una vez más que estamos ante uno de los realizadores que mejor domina en la actualidad el arte de narrar en tiempo real varios acontecimientos que suceden de forma simultanea, una disciplina que no todo el mundo maneja con igual brillantez.

A pesar del ya habitual hermetismo de Bourne – Matt Damon le tiene cogido el punto de inexpresividad preciso al papel [1] - y la consecuente dificultad para el habitual proceso de identificación, Greengrass y su guionista Tony Gilroy tratan de profundizar algo más en el drama de un hombre a punto de finalizar la búsqueda de sí mismo, un proceso en el que si bien no se llega a los momentos de intensidad emocional de aquella antológica escena en Moscú en la que Bourne pedía perdón a la hija de una de sus víctimas de El Mito de Bourne, sí que consigue al menos en gran medida su objetivo de implicar emocionalmente al espectador. Ni tan siquiera el evidente y algo torpe abuso de los flashbacks a golpe de fogonazos o el forzado recurso de meter en la peli con calzador al personaje de Nicky (Julia Stiles) molesta demasiado en una película que tiene la virtud de llevarte en volandas gracias a un ritmo endiablado sin que ello signifique necesariamente subestimar o engañar al espectador como ocurre en tantas películas de acción de hoy en día.

De hecho, si algún defecto puede ponerse al filme es precisamente que tanto su estructura dramática como las distintas set pieces que la componen tienen algo de conocido: la sensación de dejà vu es particularmente intensa en todo lo que tiene que ver con las relaciones entre el personaje de Joan Allen y el de David Strathairn, ambos perfectos en sus respectivos roles pero que no hacen sino repetir en otro nivel el enfrentamiento entre la propia Allen y Brian Cox en el filme anterior; la pelea en Tánger recuerda a la que tuvo lugar en el apartamento de Jarda, la persecución en coche remite a la de Moscú y así sucesivamente… Lo que ocurre es que todo está servido con tanta coherencia, inteligencia y sentido del espectáculo que dichas similitudes (o autorreferencias) pueden pasarse por alto, dejándose uno abandonar a la diversión sin mayores pretensiones que entretenerse.

Por último y a modo de anécdota no dejaré de reflejar el malévolo pensamiento que se me pasó por la cabeza mientras asistía a las secuencias del filme que se desarrollan en Madrid: no resulta creíble ni que nuestra Policía Nacional, ay, reaccione tan rápido ni con tanta contundencia a la llamada que Bourne realiza para entretener a los malos y mucho menos que llegue a tiempo y sano y salvo al aeropuerto de Barajas para escapar de sus perseguidores. Cualquiera con experiencia dichas lides sabe que se hubiera quedado atrapado en las obras de la M-30 o retenido en cualquiera de las terminales. Me temo que ningún adiestramiento del mundo puede salvarte de eso.


[1] Por si alguien no lo ha pillado, que alguno habrá, esto es una coña a costa del aludido: lleva un añito entre El Buen Pastor y ésta en el que deberían darle el premio Ben Affleck a la inexpresividad actoral más acusada del 2007

Un par de vídeos para rematar: el primero unas jugosas declaraciones de Paul Greengrass sobre el personaje - atención a sus comparaciones con Bond, no se corta un pelo el inglés -

El segundo, los cinco primeros minutejos de peli. Por cierto, esta es la única aparición de Daniel Brühl en toda el metraje. A falta de ver si hay algo más en los futuribles extras del DVD queda la duda de saber cuanto le habrán pagado por esta única secuencia...

viernes, agosto 03, 2007

RATATOUILLE, nuevo manjar de Pixar

Escribir una reseña sobre cualquier película de Pixar resulta a estas alturas un ejercicio de repetición: como a los muchachos de Lasseter les da por seguir manteniendo el listón a una altura más que considerable y en cuestiones de manejo de las nuevas tecnologías aplicadas a la animación cada nuevo film que estrenan sigue siendo un festín para los sentidos, es complicado encontrar adjetivos que le hagan la justicia que se merece, más en estos tiempos en el que la nueva fiebre por las películas de animación nos ha surtido la cartelera de multitud de filmes que por voluntariosos que sean no le llegan ni a la suela de los zapatos a los productos Pixar.

La octava maravilla de Pixar comparte con sus antecesoras lo que para el que escribe estas líneas es la clave fundamental del éxito de sus filmes: la idea rompedora. Como el mundo de juguetes parlantes de Toy Story y su angustia ante la idea de ser reemplazados u olvidados, el mundo al revés de Monstruos SA donde sus habitantes temían a los niños a los que debían asustar, la frustración tan común de unos seres con habilidades poco comunes al no poder hacer aquello a lo que están destinados de Los Increíbles o los peculiares universos reflejos del nuestro ya estén poblados por insectos, peces o vehículos, Ratatouille parte de una idea de base rupturista, absolutamente demoledora: una rata cuya máxima ambición es ser cocinero. El simple concepto, que uno de los bichos más repugnantes y portadores de enfermedades de la creación, universalmente estigmatizado como el principal enemigo de la salubridad de cualquier establecimiento, reniegue de su naturaleza hasta tal punto que no consuma basura y dedique su existencia a crear los más exclusivos manjares en uno de los restaurantes de mayor categoría de París es tan brillante en sí mismo que, la verdad, como punto de partida tiene un atractivo incuestionable.

Ya sabemos que no basta con la idea fuerza: hay que saber desarrollarla. Pero en eso el equipo de Lasseter, con el magnífico Brad Bird al frente (autor, no lo olvidemos, de la incomprendida El Gigante de Hierro y la fantástica Los Increíbles) se muestra tan hábil como de costumbre: un guión ajustadísimo y cocinado a fuego lento – perdonen la fácil metáfora, pero estaba servida en bandeja (Vaya, lo he vuelto a hacer) – nos presenta de forma muy cuidadosa tanto al complejo Remy, siempre en perpetuo conflicto entre sus obligaciones para la colonia y la familia y su deseo de pertenecer a un mundo que jamás podrá aceptarle, como a aquellos que le rodean. Particular interés ofrecen tanto Django, el padre de Remy, una rata siempre consciente de su papel en un mundo hostil – terrorífica secuencia aquella en la que lleva a su díscolo hijo al escaparate (real, por cierto) de un exterminador de plagas en la que se exponen decenas de ratas atrapadas de forma horrenda en cepos – como Gusteau, el fantasma del ídolo culinario de Remy que pese a que insiste una y otra vez en que es un producto de su imaginación actúa como una segunda figura paterna, apadrinando a nuestro protagonista en su épico viaje como si de un Pepito Grillo actualizado se tratara.

Si sumamos a la receta una estructura de comedia de enredo clásico de libro, unas cuantas secuencias espectaculares pensadas para que el público más pequeño no se aburra, un entramado argumental de hondo calado sobre el proceso de creación artística – y no hay que perderse la agudísima reflexión sobre los usos y motivaciones de esos personajillos que nos consideramos críticos, ya sea de cocina, cine o cualquier otra disciplina, reflexión que va mucho más allá del aparente estereotipo que representa el personaje llamado, con no poca mala leche, Antón Ego –, una maravillosa recreación digital de la Ciudad de la Luz y la habitual combinación de humor, buen gusto y respeto por la inteligencia del público al que va dirigida, sin discriminar entre niños y adultos, tenemos que Ratatouille es una película estupenda, un manjar delicioso que no empalaga ni tan siquiera con el evidente exceso de tópicos con el que se retrata todo lo relacionado con “lo francés”.

Dos recomendaciones finales: no se les ocurra llegar tarde a la proyección o se perderán el hilarante Lifted (Abducido), divertidísimo corto que funciona como jugoso entrante antes de la película – otro concepto genial: un alienígena algo torpe enfrentado a la tarea de abducir por primera vez seres humanos de sus casas bajo la atenta supervisión de un sufrido instructor de prácticas – y entren en la sala de cine con el apetito bien saciado, porque al igual que pasa con películas tipo Comer, Beber, Amar o Como Agua Para Chocolate, las delicatessen que aparecen a lo largo y ancho del metraje de Ratatouille son capaces de despertar el ansia de los estómagos más agradecidos. Y no es plan de jartarse de palomitas... Remy no lo aprobaría.

PD curiosona y molesta: ¿Por qué será que las cadenas de comida rápida tipo Mc Donald o Burguer King han pasado ampliamente de utilizar Ratatouille para promocionar sus productos como con anteriores productos Pixar? ¿Será porque combate el uso de la basura como comida abogando por los alimentos de calidad? ¿Será por el concepto de tener una rata/chef como protagonista? ¿O las dos cosas? Hmmm

9 Minutitos de Preview. En inglés, claro, que se le va a hacer, pero vale la pena: atención a la filigrana visual de la persecución por la cocina y como la pasión de Remy por la cocina se impone sobre su instinto de supervivencia. El plano circular con el que se cierra la escena es un prodigio, a la vez que sumamente divertido. Disfrutadlos



miércoles, agosto 01, 2007

ANTONIONI La enfermedad de los sentimientos

Aunque nos hemos enterado con un día de retraso, Michelangelo Antonioni ha fallecido el mismo día que Bergman. Es una coincidencia un tanto siniestra, si bien no es relativamente infrecuente. La muerte a menudo se lleva a los artistas de dos o en dos. Supongo que a más de uno le habrá venido hoy a la mente la imagen de Bergman y Antonioni esperando en la antesala de su próximo destino, alrededor de una mesita de café, hablando sobre sus respectivas obras y, como lúcidos y bastante despiadados analistas del ser humanos que eran ambos, encontrando no poco puntos de contacto.Es difícil explicar en palabras lo que el mejor cine de Antonioni podía hacerte sentir. En especial su mítica trilogía compuesta por La Aventura (L’Avventura, 1960), La Noche (La Notte, 1961) y su obra maestra absoluta El Eclipse (L’Eclisse, 1962) para la cumbre de su filmografía. Las tres películas surgieron en un periodo mágico del cine en el que un buen puñado de cineastas de todas partes del mundo estaban cambiando el concepto tradicional del cine, experimentando, explorando y llevándolo a otra dimensión: Buñuel, Bergman, Oshima, Resnais, Godard, Fellini… echen un vistazo a sus películas de esos años y comprenderán la enormidad de lo que digo.
En ese proceso de ruptura L’Avventura es una película imprescindible, tanto por lo que cuenta como, sobre todo, por la forma de contarlo. Antonioni consiguió, con su peculiar sentido del encuadre que aislaba de forma magistral a sus personajes, fiel reflejo del vacío emocional y esa incomunicación a la que no podían escapar, presentarnos una película estimulante que vista aun hoy en día nos parece completamente moderna. El periplo de Sandro y Claudia (una esplendida Monica Vitti) convertidos en una pareja inestable que busca cosas distintas y que se mantiene unida por el pretexto de buscar a una joven que desaparece misteriosamente al comienzo de la trama y que no vuelve a aparecer en el filme (en un recurso similar al que haría Hitchcock ese mismo año en la celebre Psicosis, pero mucho más radical, pues Antonioni ni se molesta en explicar esta desaparición, un McGuffin tan poderoso como los que inventaba el inglés) es la crónica de un fracaso inevitable y doloroso, la lucha de dos seres desvalidos por aferrarse a algo mientras se convencen de que su historia es algo ilusorio y pasajero. El plano final del filme, con Claudia acariciando la nuca del infiel Sandro en un banco en una desolada plaza, poco después del alba, sigue siendo hoy en día de una belleza conmovedora. Obsérvese en esta secuencia de la búsqueda inicial de Anna por la isla el maravilloso uso que Antonioni hace del agreste y desertico paraje por donde pasean como almas en pena el grupo de amigos para reflejar el enorme distanciamiento, no solo físico, entre unos y otros. Es una sensación desoladora, inquietante.

La Notte, el segundo filme de la trilogía, seguía ahondando en esa búsqueda de nuevas formas de contar historias que hablan sobre la incomunicación y la pérdida del amor, demasiado sometido por el deseo y por la imposibilidad de abrirse al otro. En esta ocasión Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau daban vida a una pareja inmersa sin ser del todo conscientes de ello en una crisis que les separará, primero físicamente y después emocionalmente cuando cada uno de ellos caiga a la tentación de la infidelidad. Tengo un recuerdo más vago de esta película que de las otras dos – la vi hace mucho más tiempo y, a diferencia de las otras, no recuerdo haber repetido visionado – pero creo que en su momento pensé que era un interludio perfecto entre La Aventura y El Eclipse. Dicho de otro modo, creo que Antonioni no hubiera llegado tan lejos en su siguiente filme, el más osado de todos, si antes no hubiera hecho La Notte. Los elementos están ahí, mezclados de forma diferente, y el poderoso estilo del director, preocupado siempre de crear ese ritmo lento, hipnótico y esos ambientes distantes que retratan la soledad emocional de sus personajes, empieza a cuajar en un verdadero sello de autor inconfundible. En esta secuencia del sensual baile de la copa además de los atractivos más o menos obvios hay que fijarse en la hermosa forma de rodarla de Antonioni: la puesta en escena permite que veamos como Mastroianni disfruta del espectáculo al principio y lo observa con atención mientras su mujer, con evidente gesto de hastío, es a él y a sus reacciones lo que observa. En un momento dado, él se da cuenta de la situación y lentamente vuelve su atención hacia ella, atendiendo a una conversación intrascendente pero sin perder del todo de vista el espectáculo. Es una hermosa secuencia que cuenta más por lo que no dice que por lo que escuchamos.

Sin embargo es El Eclipse su obra más brutal y atrevida, todo un poema del vacío y el dolor que narra con desoladora precisión la imposibilidad de dos personas de concretar de una forma satisfactoria para ambos ese algo indefinible, esquivo, que sienten el uno por el otro. La historia de amor – o desamor – entre la esquiva Vittoria (una apabullante Monica Vitti en el mejor papel de su carrera) y el agente de bolsa Piero (un gélido Alain Delon) está destinada al fracaso desde el mismo momento en que se conocen. No hay espacio en la ajetreada vida que lleva el joven para que tenga el tiempo suficiente que dedicar a la incipiente relación, que se sustenta en el atractivo físico que une a ambos y en la promesa siempre incumplida. Es una relación incapaz de materializarse en algo sólido en un ambiente tan inhóspito como los espacios en los que se desarrolla. Uno nunca comprende del todo que es lo que ata a Piero y Vittoria en una relación que ofrece tan pocos puntos de agarre a ambas personas, demasiado desconectadas entre sí y sin duda aisladas emocionalmente. Hay un aire de misterio en ambos – especialmente alrededor del personaje femenino – que sirve para mantener la expectativa del espectador en cuanto a lo que ha de suceder, pero la lánguida desidia con la que ambos dejan escapar su tenue relación, lejos de resultar desesperante, se convierte en un hermoso poema al desamor que tiene su momento álgido en uno de los mayores atrevimientos llevados a cabo por el cine hasta esa fecha. Antonioni aprovecha el espacio en el que ambos siempre se citaban para sus fugaces encuentros para escenificar del modo más brutal y desolador posible la ruptura entre ambos: llega un día en el que ¡ni uno ni otro acude a la cita previamente establecida por ambos! Y la cámara de Antonioni se dedica a retratar en los últimos minutos del filme ese espacio que ahora, sin la presencia de los amantes, carece de todo sentido. Un universo roto, despoblado de lo único que le confiere significado. Por los lugares que nos son familiares, ahora reflejo de una dolorosa pérdida, pasean por delante de la cámara personas que parecen estar a la búsqueda de algo, como si intuyeran que algo falta en el paisaje. Antonioni nos muestra un paisaje desolado, desesperanzador, carente de todo sentido, un universo eclipsado por la ausencia de aquellos a los que daba cobijo. Las estampas de una lánguida tarde de domingo, lejos de afirmar que la vida sigue, sino que se desliza hacia una desaparición irreparable con la llegada de la noche y el fin del filme. Son ocho minutos de cine maestro, audaz, hipnótico, algo inquietante y poderoso.

Tras esta trilogía maestra es cierto que Antonioni consiguió mucho prestigio por películas que en mi opinión son mucho menores y que no han aguantado bien el paso del tiempo, como Zabriskie Point o la célebre Blow Up por la que le dieron la Palma de Oro en Cannes en el 67. Su cine posterior me interesa mucho menos y me fui distanciando definitivamente de su filmografía hasta el punto que su esperada vuelta detrás de las cámaras tras sufrir un derrame cerebral en 1986, Más Allá de las Nubes, me pareció un horror – solo recuerdo de ella los desnudos de Inés Sastre y la presencia de Sophi Marceau y Fanny Ardant, lo que debe ser un cruel indicativo de lo poco que me interesó la cinta – y me produjo cierta lástima. Sin embargo, mis últimos recuerdos de Antonioni están ligados a la Seminci de Valladolid, uno positivo y uno negativo. El positivo fue el corto con el que ganó el premio de la Sección Oficial en el 2004, La Mirada de Miguel Ángel (Lo Sguardo di Michelangelo) un trabajo que reflejaba la costumbre que tenía el genial cineasta de acudir desde hacía décadas a la Iglesia de San Pietro In Vincoli para contemplar durante horas extasiado la obra de arte de otro Michelangelo, el autor del imponente Moisés que forma parte del monumento funerario de Julio II. El corto es como un cruce de miradas a través de los siglos, un punto de contacto entre los dos artistas a través de la exquisita representación cinematográfica – un prodigio de montaje, ritmo y sentido del tempo en 17 maravillosos minutos – de la obra escultórica. ¿Cambia el objeto mirado en función del mismo hecho de mirarlo? Está en el Emule y como apenas tiene diálogos puede disfrutarse en versión original sin problemas, algo que os recomiendo.

El otro recuerdo, más desagradable, fue la penosa impresión que me produjo su segmento El Hilo Peligroso de las Cosas en la película coral Eros que completaban otro corto incomprensible del pretencioso Steven Soderbergh y una maravilla llamada The Hand de mi adorado Wong Kar Wai de la que ya hablé en este blog hace meses. Una historia de infidelidades y parejas en crisis que provocaba vergüenza ajena con un risible erotismo descafeinado y casi un insulto a la obra anterior del maestro. Hay que comprender, eso si, que el hombre la hizo desde una silla de ruedas y con 92 años. Pero el broche debió haber sido La Mirada de Miguel Ángel.

Sea como fuere, lo cierto es que hoy nos ha dejado este hombre del cuya obra se ha dicho con acierto que parecía estar compuesta de un “hielo que quemaba” y al que le gustaba decir que hacía una y otra vez las mismas películas, que siempre giraban en mayor o menor medida alrededor de un mismo tema: la enfermedad de los sentimientos. "Nuestro drama es la creciente incomunicación y la incapacidad de concebir sentimientos auténticos. Ese drama domina a todos mis personajes"