lunes, septiembre 29, 2008

San Sebastian 2008 Epilogo: Anecdotario

Un Festival de Cine como el de San Sebastián es un carrusel en el que la falta de tiempo para hacer todo lo que te gustaría obliga a tomar elecciones de forma constante y, una vez tomadas, a convivir con dichas elecciones bajo la constante e incómoda sensación de que siempre, siempre, te estas perdiendo algo importante que sucede en otro punto del Festival mientras sigues religiosamente tu programación. Cualquier desvío – como saltarse un pase de prensa para recuperar una película de la que te han hablado bien – trastoca la rígida metodología diaria y se han de hacer verdaderos esfuerzos para, al cabo de unos pocos días, no sufrir los primeros síntomas de cierto estrés traumático. Como consecuencia, las crónicas se escriben un poco a vuelapluma, no da siquiera tiempo a escribir de todo lo que uno ve y lo primero que se resiente es el anecdotario, todas esas pequeñas cosas que te pasan en el Festival que se quedan aparcadas a favor de la reseña pura y dura, ya que la actualidad es siempre la que manda. Una vez terminado todo, es buen momento para echar la vista atrás y, a modo de epílogo, ilustrar esas cosas que se quedaron en el tintero con estas doce estampas donostiarras.

WOODY. Ver de cerca al hombre que posiblemente más ha contribuido a alimentar mi amor por el cine con permiso de Stanley Kubrick es uno de los recuerdos que siempre guardaré como oro en paño de este mi primer San Sebastián. Su rueda de prensa fue brillante incluso a pesar de las muy estúpidas cuestiones que le plantearon: cuando alguien le preguntó que por qué seguía haciendo películas habiendo alcanzado la edad en la que muchos se jubilan, incluso saliéndole mal, Woody respondió “Pues es que no sé hacer otra cosa que dirigir películas. Aunque lo intentara creo que no podría dedicarme a otro oficio. Y la verdad, no me veo a mí mismo quedándome en casa mirando por el balcón todo el día, así que normalmente me siento a escribir y llega un momento en el que suelo tener preparada otra historia y convenzo a alguien de que ponga el dinero suficiente para producirla. Luego la ruedo, descanso y todo vuelve a comenzar al cabo de un tiempo. No sabría como hacerlo de otra forma. Probablemente llegará un día en el que me muera y entonces ya no haré más películas” Precisamente eso, que una vez alguien le dijo a Groucho Marx, sería lo que yo le hubiese dicho a ese hombre tímido que respondía bajando la mirada y sin buscar nunca a su interlocutor en la sala de haber tenido la ocasión de estrechar su mano: Por favor, Woody, no te nos mueras nunca.DEMME. Creo que ha habido pocas personas que se lo hayan pasado tan bien en este Festival como el siempre amable, siempre sonriente Presidente del Jurado. Más allá de la primera impresión que me produjo el contraste entre el lujo del vestíbulo del Maria Cristina y su aparición en bermudas y sandalias de playa, lo cierto es que hubo otro momentazo. Pase de Prensa en el Principal, dos minutos antes de la proyección de El Nido Vacío de Daniel Burman. La sala a rebosar de periodistas y un despistado Jonathan Demme que ha debido perder de vista a su enlace del festival busca un sitio donde sentarse. La escena es muy extraña, ya que el Jurado siempre tiene reservada una fila en esos pases pero el hombre sigue pasillo arriba, pasillo abajo mirando por las filas. Al final, entre el desconcierto general, me dirijo a él en inglés “Mr. Demme, allí hay un asiento libre si lo quiere” Señalé tres asientos a la izquierda de donde yo estaba. Demme se deshace en sonrisas y agradecimientos y nos levantamos para dejarle paso. Se sienta y empieza a buscar con la cabeza. Al rato llega alguien del Festival y nos dice que tenía sitio preferente y reservado en el palco. Demme no se inmuta: se queda donde está y a disfrutar la proyección como uno más. Me consta que se divirtió – a la peli de Burman le cayeron dos premios, por cierto – y los que estábamos a su lado ya teníamos anécdota para contar. Eso sí, no podíamos preguntarle que le había parecido al final. Alguno sentenció “Donosti es un festival tan democrático que si llegas tarde a una proyección, ni ser el Presidente del Jurado te salva de quedarte sin sitio” Amen
STILLER Y DOWNEY Jr., BEN Y ROBERT. Fue una de las ruedas de prensa más divertidas de largo del Festival. El director y su estrella se toman tan en serio esto del humor que hasta en las labores de promoción saben como resultar irresistiblemente divertidos. Estuvieron toreros, graciosetes y dicharacheros, desplegaron una notable química y, una vez más, la dosis de paciencia necesaria para aguantar alguna que otra pregunta estúpida sobre sus conocimientos de cine español después de que Robert Downey Jr. bromeara fingiendo no conocer a Banderas y Bardem (“Tendré que buscar en Google”) y abriera la veda. Entre chiste y chiste, toda una lección: para ser buen comediante uno ha de empezar por reírse sanamente de uno mismo. Y es que aunque aun no he visto Tropic Thunder, me han hablado lo suficiente de ella como para saber que Stiller, después de sacudir a modo el mundo de la moda con su irresistible Zoolander, ha optado en esta peli por mojarle la oreja a todo el gremio actoral, habitualmente tan pagado de si mismo. Bien por él y por los que, como el gran Robert Downey Jr., le secundan. Por cierto, los “desterrados” del Festival, ese “pueblo llano” que ve las películas un par de días después que los medios en los cines del Antiguo Berri, debieron frotarse los ojos en el pase de la última – y por cierto también divertidísima – peli de los Coen Quemar Antes de Leer, cuando Ben y Robert se presentaron por allí dispuestos a disfrutarla mezclados entre el público. Fue la comidilla del día siguiente. Que tipos más majos.
BARDEM. Estaba uno escamado con nuestro flamante Premio Nacional de Cinematografía. La polvareda que se había montado por aquellas declaraciones a un medio americano quejándose de parte del público español hacía pensar que a lo mejor el protagonista de Vicky Cristina Barcelona estaría a la defensiva. Pero no. Bien arropado por su gente – entre ellos un Banderas encantado con su Donostia entregadísimo tanto a su público como a su amigo – Bardem ofreció su cara más amable. Estuvo accesible, comedido, educado e inteligente. Sorteó con habilidad a sus detractores, defraudó las expectativas de los buscadores de carnaza y, según me cuentan, estuvo bien en su discurso de aceptación del premio. Y desapareció tan discretamente como llegó, dejando un buen sabor de boca y un palmo de narices a los mediocres que envidian su incuestionable talento y menosprecian su éxito tanto allí como aquí. No sé si en su ánimo estaba escenificar una especie de reconciliación tras aquella estúpida hoguera. Lo más probable es que le importara un pito. Pero esa fue la impresión que dejó.LAS MULTITUDES. Es divertido jugar con las expectativas en la entrada del Hotel Maria Cristina. La acreditación te da libre acceso por el Hotel salvo en determinados momentos y una de las formas de sacarle partido era asomar la jeta por la entrada y cuando notabas que miles de ojos empezaban a clavarse en ti para saber si eras un famoso, escabullirte antes de oír ese “Ohhh” decepcionado que haría estragos en tu ego. La verdad es que las horas y horas que pasaban esas chicas – había de todo, pero sobre todo adolescentes – esperando para fotografiar, conseguir un autógrafo o tocar a alguno de sus ídolos son dignas de toda admiración. Era otra forma de vivir el festival. Visto lo visto, me hubiera encantado toparme con el deseado Miguel Ángel Silvestre, el Duque, y que me hubiese dado un abrazo afectuoso delante de esas multitudes recordando su breve paso por Mérida cuando fue nuestro invitado con La Distancia, antes de convertirse en un fenómeno televisivo. Seguro que algo por mi maltrecha vida sentimental hubiera hecho.LOS FESSER. Estuve con los dos, Javier y Guillermo. Al primero le felicité por su valiente Camino y le deseé todo lo mejor para el Palmarés, convencido de que estaría en él de una forma un otra. Hay que joderse con el adivino, debió pensar. Al segundo lo vi en la fiesta de clausura en el palacio de Miramar y le pedí que le transmitiera a Javier mi pequeño cabreo con el Jurado. Pero la foto de familia no estuvo completa hasta que una mañana en el Victoria Eugenia me encontré una acreditación tirada en el suelo a mis pies. La cogí y miré a mi alrededor, unas cuantas butacas más allá en mi misma fila “Cándida, mujer, que se te ha caído la acreditación” Y Cándida Villar, la entrañable crítica de cine de Gomaespuma, todo un mito mediático, tras una de sus explicaciones surrealistas “Es que la llevo aquí enganchá en la bufanda, hijo, pero se conoce que el cierre no se cierra demasiado bien del tó” consintió en hacerse una foto con un servidor ofreciendo su mejor sonrisa.OQUENDO. Mítico restaurante de la ciudad, muy cerquita de las traseras del Hotel Maria Cristina donde, aparte de comer muy bien tanto a base de los sempiternos pintxos como con unas raciones esplendidas – especialmente recomendables los calamares – se vive bien de cerca la pasión desatada por el cine de los responsables del mismo, que tienen empapelada literalmente una de las paredes de su local con las fotos de los muchos famosos que visitan San Sebastián. Lo más curioso es que funcionan un poco como los museos: tienen una “exposición fija” donde uno puede reconocer los retratos de los nombres más ilustres que han pasado por Donosti en los últimos años y una especie de “actualización diaria” que consiste en poner día tras día las fotos más frescas recién sacadas de las ruedas de prensas o, con un poco de suerte, de alguno de los invitados que se deja caer por allí para inmortalizarse en la pared de oro freak de los locales de San Sebastián.UN ENCUENTRO AFORTUNADO. Una tarde cualquiera mato el tiempo paseando por los alrededores del cine Principe, esperando que comience mi siguiente pase. De repente, en una mesa cercana, dos rostros conocidos: Roser Aguilar y la maravillosa Marián Álvarez, directora y protagonista respectivamente de Lo Mejor de Mí, la estupenda película que clausuró la II Edición del Festival de Cine de Mérida y que se pasa en San Sebastián en la muestra de cine español. Abrazos, risas y recuerdos. Roser anda muy atareada con la enésima versión del guión del que será su próximo proyecto, del que por supuesto no suelta prenda. Marián Álvarez está a punto de embarcarse en un rodaje de tres meses en África formando parte de un nutrido reparto. Tiene buena pinta, una aventura. Me cuentan que Juan Sanz se ha casado con su pareja y actriz Nadia ¡en Las Vegas! No puedo reprimir una sonrisa: me lo estoy imaginando vestido de Elvis. Roser y yo le tomamos el pelo a Marián: no pudo acudir a Mérida por cuestiones de agenda y procuramos recordárselo constantemente. Al final, le doy la cámara a Roser para que nos saque unas cuantas fotos y completar el álbum. Ay, que gustito...

MERYL. Pero que grande que es esta mujer. Que manera de desplegar encanto, talento e inteligencia. Su rueda de prensa – de lejos, la más abarrotada de todo el Festival – fue una auténtica delicia. Una de las mejores actrices de todos los tiempos hizo un buen repaso a su carrera – esplendida su elaborada reflexión sobre su vocación de actriz y su deseo de colaborar en el entendimiento entre las personas -, recibió encantada las sinceras declaraciones de amor y devoción por parte de los periodistas y sobresaltó al personal con un genuino grito de euforia desatada como respuesta inicial a la pregunta de cual sería su reacción si Barack Obama se convierte en el próximo Presidente de los EE.UU. "El grito de alegría se oriría a este lado del Atlántico" Tras el aplauso general, la Streep fue contundente “Creo que si no gana Obama vendré a buscar un piso en San Sebastián” Pero lo mejor de todo fue su cercanía, su sencillez y la sensación de honestidad que desprendía cada una de sus frases: enamoró incluso cuando reprendió a alguien que le preguntó sobre la verdadera Meryl Streep que se oculta tras sus papeles y que cual de ellos la representaba mejor, afirmando claramente que siempre, siempre ponía algo de ella en todos y cada uno de sus personajes y que si alguien tenía a estas alturas la sensación de no conocer a la verdadera Meryl Streep, es que había fallado en su objetivo, pues solo la verdad convence. Grande.

SEPTIMO VICIO. Javier Tolentino, una de las personas que más ha ayudado desde fuera a nuestro pequeño Festival de Mérida, me hizo una vez más el inmenso honor de participar como invitado al programa del Septimo Vicio, ésta vez en el programa del sábado 27 que hacía las veces de resumen del Festival. Junto a Luis Martínez de El Mundo o Mateo Sancho Cardiel de la Agencia Efe (y un ex–La Butaca, como yo mismo: luego pusimos experiencias y recuerdos amargos en común) entre otros, hicimos repaso a lo visto en Donosti desde un camión de RNE, mirando a la playa de Zurriola mientras surferos y algún bañista aventurero tomaban por asalto las olas... Como siempre, me encantó la experiencia de compartir un ratito de radio en mi programa de cine favorito, disfrutar de la buena compañía, de las opiniones de los contertulios y, por un rato, de saber que hablaba a una comunidad de amantes del cine en vena de la que siempre formaré parte. Me encanta la radio, no olvido que gracias a ella, hace más de diez años, empezó todo esto en cierta forma. Fue otro momento estupendo.PAUL THOMAS ANDERSON. Por comparación al ciclón mediático de Meryl Streep, la presencia en Donosti el último día del director de Sydney, Boogie Nights, Magnolia, Punch Drunk Love y There Will Be Blood (Pozos de Ambición) para recoger el Gran Premio Fipresci de la crítica internacional a la Mejor Película del Año por ésta última pasó casi desapercibida. Y fue una lástima porque los que aprovechamos la mañana del sábado para estar en su rueda de prensa en el Kursal descubrimos a un autor de lo más abierto a discutir cualquier aspecto de sus películas con su exquisita educación y una desarmante sencillez como sus mejores armas. A veces daba la sensación de estar un poco sobrepasado, como si el hecho de que su película haya conseguido eso tan difícil de ganarse el beneplácito crítico y una buena aceptación del público – algo que no está ni mucho menos al alcance de cualquiera y que en realidad podría aplicarse a toda su filmografía – fuera algo por completo ajeno a él mismo. La conversación fue distendida y de aquellas a las que yo asistí, la que se adentró más a fondo en aspectos relacionados con el proceso de la creación artística, la elaboración de guiones y las distintas opciones a la hora de finalizar o empezar una historia, algo sobre lo que yo mismo le pregunté al respecto de Pozos de Ambición. Fue divertido: comentó que le hicieron la misma pregunta en Berlín y que allí afirmó categórico que siempre tuvo claro tanto ese inicio sin diálogos para retratar al personaje de Daniel Day Lewis como ese final que a tantos había descolocado... Cuando termino la rueda de prensa su productor le dijo “¿Ya se te han olvidado los tres meses que estuvimos discutiendo las diversas opciones para terminar la película?” Y es que cuando uno encuentra el final adecuado – y el de There Will Be Blood lo es – se olvida de todas las opciones que alguna vez existieron.DESEANDO AMAR. En no recuerdo ahora qué publicación hay una sección donde le preguntan al famoso de turno en qué película se quedaría a vivir. Yo siempre he tenido claro que me quedaría a vivir en cualquier película de Wong Kar Wai, especialmente su díptico Deseando Amar (In The Mood for Love) y 2046. Junto al Hotel Maria Cristina, la revista Marie Claire patrocinó una curiosa exposición de doce fotografías donde famosos actores y actrices españoles (Cayetana Guillén Cuervo, Eduardo Noriega, Pilar López de Ayala, Marta Etura, Goya Toledo, Elena Anaya...) juegan a recrear imágenes míticas de películas clásicas como Los Pájaros, Bonnie and Clyde, Blade Runner, Blow–Up, Belle de Jour trasmutándose en sus protagonistas a través de un cuidado trabajo de recreación de vestidos, peinados y fotografía. El resultado era original, curioso, a ratos inspirado (otros no: Goya Toledo como Debra Winger en Blade Runner quedó horripilante) pero sin duda brillante en un caso, Ariadna Gil y Alberto Jo Lee, el actor de Tapas, convirtiéndose en la desgraciada pareja de amantes formada por Maggie Cheung y Tony Leung en Deseando Amar (In The Mood For Love). No pude resistir la tentación y, tras varios experimentos, decidí hacer realidad mi fantasía y meterme en la película en la que me quedaría a vivir...Me quedan en el tintero muchas cosas, sobre todo los muchos buenos momentos compartidos con mi cuadrilla: José Manuel, el tío Joaquin, Toni Llena, Noemí, Toni Herrero.. A todos ellos, gracias de corazón por los recuerdos.

sábado, septiembre 27, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 8: Palmares y Conclusiones

El jurado emborrona un Festival Notable con un Palmarés más que discutible. Existe un consenso más o menos generalizado sobre que la 56 Edición del Festival de Cine de San Sebastián ha tenido un nivel medio más que aceptable. Baste como prueba de ello el cuadro de valoración crítica que aparece en el Diario Vasco en el que los representantes del ABC, Berria, Cahiers Du Cinema, ETB, Gara, El Correo, La Vanguardia y el mismo Diario Vasco han puntuado todas las películas de la Sección Oficial del 1 al 10. La valoración conjunta de las películas oscila entre el 4,7 de la peor valorada, Louise Michel – curiosamente, la única que suspende -, y el 7,8 de Still Walking de Kore-Eda, dándose una valoración media de 6,22, que para un Festival les aseguro que es prueba de que estamos ante una buena cosecha. Como curiosidad les confesaré que he participado en el juego y mi propia valoración conjunta arroja un 5,6. Asi pues solo faltaba que el Jurado presidido por Jonathan Demme y que contaba entre sus miembros con gente tan interesante como las actrices Leonor Watling y Martina Gusman, la directora de Caramel Nadine Labaki, el director de fotografía Michael Ballhaus y los directores Masato Harada y Clare Peoples pusieran la guinda con un palmarés que reconociera los méritos de la que a mi juicio era con mucho la mejor película del certamen, Still Walking del japonés Kore-Eda, y premiara asimismo el atrevimiento de propuestas como Camino de Fesser o la lucidez descarnada de Frozen River. Si le preguntan a cualquiera de los periodistas acreditados, la mayor parte les hubiera dicho que había espacio de sobra para hacer un buen reparto. Pues la han jodido. Pero a base de bien.

MEJOR GUIÓN: Benoît Delépine y Gustave Kervern por LOUISE-MICHEL

Los belgas aun deben estar pellizcándose. Los mismos tipos que hicieron una de las ruedas de prensa más entretenidas y animadas del Festival con la ocurrencia de regalar un jamón al periodista que les hiciera la pregunta más interesante y que no podían creer la suerte que tenían de estar compitiendo en la Sección Oficial con una película ácrata y surrealista compuesta de sketches descacharrantes jamás imaginaron ni en sus más remotos sueños que saldrían con un premio del palmarés bajo el brazo. Yo creo que ni siquiera están en San Sebastián para recoger el mismo, asi que tendrán que volver a toda prisa. Les confieso que al ser este el primer premio que se leyó en la rueda de prensa, servidor lo celebró como una gamberrada de lo más saludable. Pero no deja de ser una broma de lo más chanante al lado de guiones mucho más sólidos como el de Still Walking o incluso el de No Me Temas. Pero a la postre y visto como han salido las cosas les confesaré algo: casi que es el premio con el que estoy más de acuerdo y todo. Aunque solo sea porque Louise-Michel es la película con la que sin duda más me he reido de toda la Sección Oficial y porque alguno de sus gags son sencillamente inolvidables.

MEJOR FOTOGRAFÍA: Hugo Colace por EL NIDO VACÍO.

Yo este premio no lo entiendo. Podrían haber premiado la belleza de la película turca, la nerviosa cámara del operador de Génova – muy parecida por cierto al último trabajo precisamente de Jonathan Demme - y, por encima de todo, el a mi juicio impresionante trabajo de Alex Catalán en Camino, clave en los logos artísticos del film de Fesser. Pero la película argentina de Daniel Burman, que transcurre por completo en interiores salvo las escenas ambientadas en Israel aun siendo sin duda correcto no parecía tener nada que llamara especialmente la atención. Habrá que respetar el hecho de que el señor Michael Ballhaus, autor de la fotografía de siete películas de Scorsese (entre ellas El Color del Dinero, La ültima Tentación de Cristo, Uno de los Nuestros e Infiltrados) además de una menudencia dirigida por Francis Ford Coppola llamada Dracula de Bram Stoker estaba en el Jurado y es de suponer que su opinión tendría su peso. Asi pues me reservo la opinión, que yo de esto entiendo más bien poco por no decir nada.


MEJOR ACTOR: Oscar Martínez por EL NIDO VACÍO

Las quinielas se equivocaron: ni el juez taxista de Mohammed Bakri, ni el padre coraje de Colin Firth, ni el esplendido psicópata de Ulrich Thomsen ni tan siquiera ese maravilloso padre débil, angustiado y sobrepasado por la tragedia y por su fanatizada mujer que compone Mariano Venancio en Camino. Se lo lleva el protagonista de la película de Burman, un escritor de éxito atrapado entre su crisis de los cincuenta y su propia sequía creativa. ¿Es un premio injusto? Pues no, porque es notable y sin duda lo mejor de una película fallida. Pero creo que había otras interpretaciones que podrían haberse llevado este galardón y nadie hubiera protestado. El Nido Vacío ya tenía Mejor Fotografía. Parece a todas luces injusto darle un segundo regalo a una película tan poco lograda como la argentina.


MEJOR ACTRIZ: Ex Aequo para Melissa Leo por FROZEN RIVER y Tsilla Chelton por LA CAJA DE PANDORA

Jonathan Demme y Leonor Watling insistieron mucho en que este premio era el que más quebraderos de cabeza les habia dado. Y que no era una Concha de Plata compartida sino que dado el altísimo nivel de las interpretaciones femeninas en las películas de la Sección Oficial, había que dar dos Conchas completas por separado a cada una de las dos premiadas. Nada que objetar: eran las dos favoritas. Por mi parte, estoy más que contento de este reconocimiento para la gran Melissa Leo, magnífica siempre como secundaria en películas como 21 Gramos o Los Tres Entierros de Melquiades Estrada y que sin duda merece este reconocimiento, que además es el único del palmarés a una peli tan estupenda como Frozen River. Y qué decir de la entrañable anciana aquejada de Alzheimer, chaplinesco trabajo siempre entre la comedia y el drama de una actriz magnífica como la venerable Tsilla Chelton (¿saben que ya estaba en aquella La Guerra de Los Botones hace décadas?). Pues que se lo ha ganado a pulso derrochando simpatía por Donosti en su visita. Bien por ella y bien por el Jurado.


MEJOR DIRECTOR: Michael Winterbottom por GENOVA
Bueno. Winterbottom quiere a San Sebastián y San Sebastián quiere a uno de sus directores predilectos, al que le han dedicado una retrospectiva hace algunos años y que ha concursado aquí con precisamente alguna de sus propuestas menos logradas de su interesante filmografía, 9 Songs y A Cock and Bull Story, siempre sin premio. Era una deuda pendiente del Festival con el simpático adorador de las juergas nocturnas en el Bataplán y, la verdad es que tampoco hay que rasgarse las vestiduras: Genova gustará más o menos – a mi más bien poco, la verdad – pero está francamente bien rodada. Claro que teniendo en cuenta que por ahí se han quedado sin premio un tal Kore-Eda y un tal Fesser pues... saquen ustedes su conclusiones.

PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: EL CABALLO DE DOS PATAS de Samira Makhmalbaf

Aquí empezamos con las objeciones serias. Miren ustedes, yo entiendo que este galardón se ha de conceder a películas que tienen algún mérito especial, algo unido a la innovación, a lo sorprendente o incluso a exploraciones del lenguaje cinematográfico; una obra que sin llegar al grado de consenso de la Concha de Oro sea algo más que la segunda peli que más haya gustado. Demme trató de justificar la decisión del Jurado en base a que multitud de películas de la Sección Oficial habían reflejado la problemática de la infancia en ambientes enrarecidos o deteriorados por familias destrozadas o inexistentes y querían homenajear esa temática repetida en la película iraní, que era la que lo reflejaba de una manera más extrema. Me parece un razonamiento cojonudo, pero no trago: es injustificable que películas como Still Walking, Camino o incluso la danesa No Me Temas se hayan quedado fuera del palmarés y que esta obra tan menor, por muy del apellido Malkmalbaf que provenga, se lleve este a todas luces deproporcionado reconocimiento. Me temo que en este premio los estimados miembros del Jurado la han cagado pero a base de bien. Es uno de esos errores que marca para mal un palmarés
CONCHA DE ORO A LA MEJOR PELÍCULA: LA CAJA DE PANDORA de Yesim Ustaoglu
Miren, no es que no me guste La Caja de Pandora. Me parece una película que está entre las mejores y más redondas propuestas del Festival. Hasta puedo entender que, si ha habido disensiones en el variopinto Jurado sea uno de esos casos clarísimos de película que gana la Concha de Oro no por ser la mejor sino por la necesidad de alcanzar un consenso. Nadie podrá decir que la película turca sea una mala película porque simplemente no es cierto. Muy al contrario, es una obra estimable que contiene no pocos elementos de interés. Pero es que en este palmarés, una vez más, se le ha escamoteado el reconocimiento que merece – ya pasó en la Seminci de hace unos años con Nadie Sabe y, en menor medida, aquí mismo con Hana – al autor que en la opinión más generalizada había traido la mejor película del certamen, que insisto una vez más que no es otra que Still Walking. Solo por eso ya estamos en el terreno del dislate. Pero es que puestos a innovar – y el premio al guión de Louise Michel demuestra que el Jurado tenía ganas de marcha - ¿no hubiera sido mucho mejor echarle un par y premiar la excesiva, controvertida y a ratos brillante Camino? Vale, a lo mejor hubier costado lo suyo explicarle a algunos miembros del jurado como el japonés Harada eso del Opus Dei pero el esfuerzo hubiera merecido la pena...
¿Quieren una teoría personal cargada de mala leche para explicar este palmarés? La expresé ayer – tengo testigos – cuando salí de ver La Boda de Rachel, la última película de Jonathan Demme, presidente del Jurado. Es una película que, en muchos aspectos, trata las mismas cosas que la película de Kore-Eda: secretos familiares enterrados, heridas emocionales que nunca acaban de cerrar, reproches pendientes de hacer, ese via crucis de parientes y sus obligaciones como campo de batalla... Con todo eso podían pasar dos cosas: o bien Demme reconocía el trabajo de alguien que trataba de una manera mucho más brillante los mismos temas que él... o bien la ignoraba a propósito precisamente para no tener que reconocer este último aspecto. A lo mejor es que, vaya, será que simplemente a los miembros del Jurado no les ha gustado Still Walking y punto pelota. Una lastima porque este muy discutible Palmarés emborrona en parte los méritos de una edición más que notable que he disfrutado mucho, mucho, mucho. Espero que los que me hayan leido también lo hayais pasado bien. En próximos días, algunas pelis que se quedaron en el tintero y, como no, un buen puñado de anécdotas que espero que crezcan en la fiesta de clausura de esta noche en el Palacio de Miraver, digo de Miramar ;-)PD: Me alegro que al menos el Jurado no haya cometido el desatino de premiar Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales, que por otro lado se ha ido tan contento con su premio Fipresci de la Crítica Internacional bajo el brazo. Sin duda era el que perseguía, asi pues todos contentos.

viernes, septiembre 26, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 7: Mama esta en la Pelu, El Nido Vacio, Dream

Hay que ver: con lo bien que iba este Festival y lo tontamente que se ha estropeado en su jornada final. Es una lástima, porque una de las cosas que más me han gustado de la programación de este año es que al contrario de lo que suele pasar con la mayor parte de las películas de hoy en día, este Zinemaldia empezó en un nivel más bien flojete para ir cogiendo vuelo y calidad con el paso de los días por lo que las dos últimas y flojísimas películas presentadas en la Sección Oficial – y una inenarrable película de clausura, The Brothers Bloom, una película de timadores que pese a que se hace simpática en su marciano comienzo mezclando alegremente comedia del absurdo y homenajes a clásicos del género del engaño se toma demasiado en seria a sí misma según va avanzando el metraje y se convierte en un absoluto despropósito, un auténtico timo de película indigna para cerrar un certamen con un nivel medio tan aceptable como éste – nos han dejado un regusto pelín amargo, como el de una película interesante y con momentos brillantes pero definitivamente mal rematada.Antes de entrar en eso, la película canadiense Mamá Está en la Peluquería de la directora Lea Pool despertó no pocas simpatías y buen puñado de defensores de su propuesta. La película cuenta la historia de una familia en crisis (¡otra más: este Festival bien podría haberse subtitulado “la familia mal, gracias”!) cuando la madre se entera que su marido le es infiel con su compañero de golf - conviene aclarar que estamos en 1966 y aunque imagino que los cuernos duelen igual en cualquier época, la directora parece sugerir al ambientarla allí un plus de sufrimiento por el rechazo social, la marginación y la tremenda humillación que eso conlleva – y llevada por el dolor y la humillación agarra el coche y se planta en Londres como corresponsal, dejando al marido infiel al cargo de una hija adolescente en plena etapa de descubrimiento de las verdades y los consecuentes sinsabores de la vida, un hijo obsesionado con la mecánica y los coches de carreras y un niño bastante desvalido y extremadamente dependiente de su familia sobre el que recae con mayor dureza la tragedia desencadenada por carecer de los recursos para adaptarse a la nueva situación. Todo transcurre durante los meses de verano, con abundante tiempo para el esparcimiento y la reflexión, para escuchar música y descubrir el amor, para desganar culpas y sufrir en silencio…
Todo está contado con sencillez y con una puesta en escena bastante plana que ni molesta ni emociona demasiado, dejándolo todo a la naturalidad de los chavales protagonistas – que lo hacen bastante bien, empezando por esa especie de trasunto de Nathalie Portman que es la chica protagonista – y a las buenas intenciones de la directora, que fabrica una película quizás demasiado amable para la magnitud de la tragedia que está contando y con por desgracia algún momento francamente desafortunado (¡esas cancioncillas sesenteras que ilustran diversas estampas veraniegas!) que juega muy en contra de la fuerza de su propuesta. No estamos ni mucho menos ante una mala película, ya que es una obra que se deja ver con agrado y que funciona de forma razonable, pero uno queda con la sensación de que podía haber dado muchísimo más de sí, conformándose con ser una propuesta de lo más inane. Me gusta Daniel Burman. He disfrutado mucho de películas tan interesantes como Esperando al Mesías o la magnífica y aun no superada El Abrazo Partido e incluso marcianadas como Todas Las Azafatas Van Al Cielo o esforzados autorretratos como la divertida Derecho de Familia son películas que me caen simpáticas. Por eso me decepciona bastante El Nido Vacío, una película que trata de explorar ese agujero vital que se da cuando los hijos abandonan el hogar y una pareja que encontraba su razón de ser y su estabilidad en esa responsabilidad asiste impotente a como su mundo se desmorona y empiezan a interesarse por otras cosas fuera de esa relación. La película de Burman, mucho me temo que a diferencia de obras anteriores, explora una senda que el director no puede conocer de primera mano por razón de la edad. No es que ese fuera un impedimento insalvable, pero lo cierto es que esta propuesta que mezcla de forma tan desigual las inquietudes de ese novelista egocéntrico y en crisis y los problemas derivados del siempre difícil acto de parir cualquier obra no funciona de ninguna forma. Y eso pese a que el esforzado trabajo de Oscar Martinez y Cecilia Roth por dotar de profundidad e interés a sus un tanto planos y arquetípicos personajes en crisis es del todo punto encomiable. Pero la película, que se pierde en vericuetos narrativos muy mal explicados y aun peor rematados y que pese a alguna línea divertida – siempre las hay en el cine de Burman – fracasa en sus intentos de llevar la sonrisa al espectador, resulta probablemente lo peor que ha firmado este interesante realizador argentino.
Claro que muchísimo peor es lo de Kim Ki Duk. Cualquiera que me conozca sabe que soy un enamorado del autor de La Isla, Primavera, Verano, Otoño y Primavera Samaritan Girl o incluso El Arco pero la deriva que está alcanzando en sus últimas películas, la fallida Time y esta insoportable Dream – no he visto aun Breathe, que está cronológicamente entre ambas – es muy pero que muy alarmante. La historia de Dream parte de una premisa tan interesante como inverosímil: un tipo al que ha dejado su novia tiene unos sueños inquietantes que luego descubriremos que son llevados a cabo en la realidad por una sonámbula que acaba de dejar recientemente a su novio. O sea, que ambos están en lados opuestos y a vez, unidos por el dolor: lo que uno sueña, la otra lo lleva a cabo y como quiera que lo que uno sueña es la expresión del deseo que aun siente por la mujer que le dejó, la sonámbula va enrollándose cada noche con el ex al que quiere dejar atrás, con las indeseables consecuencias que pueden ustedes imaginar. Una vidente les da una idea “¿Por qué no se enamoran? Así superarán sus problemas…” Las carcajadas incrédulas de los presentes en la sala creo que pudieron oírse hasta en la Korea donde el realizador aun se recupera de un accidente de tráfico que le ha impedido venir a Donosti a defender su película. Eso que se ha ahorrado porque le hubieran caído una considerable cantidad de palos. Y es que la película no hay por donde cogerla: Kim Ki Duk pretende reflexionar sobre el amor perdido, la fuerza del recuerdo, crear la poesía de dos amantes condenados a entenderse, extraer belleza del dolor que sufren… y lo que le sale es un impresentable y caricaturesco engendro en el que los personajes tardan como media película en darse cuenta que si duermen por turnos evitan las consecuencias de la situación que les une, otro buen rato más en descubrir que si se encadenan el uno al otro al vencerles el sueño contra el que luchan – a base de martirizarse el cuerpo, que ya sabemos lo mucho que le va al coreano eso de los martillazos, las agujas el dolor físico como expiación del mal espiritual y demás zarandajas - pues tampoco hay consecuencias y mejor no les hablo del vergonzoso tramo final, porque no hay nada peor que asistir al penoso espectáculo de ver como un director que ha dado muestras en el pasado de extraer poesía, belleza y verdadera emoción con sus imágenes está hoy en día tan entretenido en mirar su propio ombligo que es incapaz de darse cuenta de cuando cae en el más espantoso de los ridículos. Eso sí, te ríes un rato, aunque solo sea como medio de defensa ante tamaña estupidez.
Mañana sábado conoceremos el palmarés. Hay consenso general en que la Concha de Oro debería ser para la que sin duda es la mejor película del certamen, Still Walking de Kore-Eda y que deberían estar de alguna forma tanto la valiente y excesiva Camino de Javier Fesser, así como la notable Frozen River. Si me preguntan, yo le daría el Premio Especial del Jurado a Camino, el premio de dirección a Kore-Eda, la mejor actriz a Melissa Leo – aunque no sería extraño que saliera la ancianita aquejada de alzheimer de la Caja de Pandora, Tsilla Chelton – el mejor actor a Mariano Venancio – aquí los favoritos son el palestino Mohammed Bakri y el danés Ulrich Thomsen – la fotografía a Winterbottom por Génva y el guión, pues también a Kore-Eda, aunque suponga dejar fuera del palmarés alguna película interesante como No Me Temas. Se rumorea que rascará algo Tiro en la Cabeza, cosa que me parecería un despropósito por los motivos que explique en mi crónica de ayer y bueno, con el Jurado ya se sabe. A ver si el majete de Jonathan Demme –por cierto, que buena es su La Boda de Rachel, puro espíritu del mejor Dogma, el de Celebración, con una gran Anne Hathaway de protagonista – consigue que el Jurado no pifie demasiado.

jueves, septiembre 25, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 6: El Cumpleaños de Layla, Camino, Tiro en la Cabeza

Tras Los Limoneros, hoy hemos vuelto en la Sección Oficial a fijar la mirada en el conflicto palestino-israelí con la película El Cumpleaños de Layla, dirigida por Rashid Masharawi (Ticket to Jerusalem) y protagonizada por un Mohammed Bakri que encarna a un personaje curioso: un juez que a la espera de que la lenta administración palestina le devuelva el estatus que tenía antes de regresar a su país desde el exilio no tiene más remedio que sacar adelante a su familia conduciendo por las calles de Jerusalen el taxi de su cuñado. A lo largo de unos escasos 71 minutos acompañamos a este personaje en su periplo por la ciudad el día del cumpleaños de su hija, mientras transporta viajeros de un lugar a otros, encadena situaciones más o menos interesantes y se esfuerza por volver a casa a tiempo con un regalo y una tarta para la fiesta de su hija. La intención de Masharawi es componer a través de este paseo una mirada sobre la vida de la palestina de hoy en día y aquellos que lo habitan y tratan de salir adelante como pueden, enfrentados a los problemas cotidianos derivados de la ocupación israelí, de los enfrentamientos entre las distintas facciones que pugnan por liderarles y en fin, de la falta de perspectivas de un pueblo estrangulado por tantas cosas desde hace tantos años. Las intenciones son loables y la película no carece de cierto interés, configurándose como una curiosa mezcla entre un Taxi Driver diurno y aquella película de Joel Schumacher en la que a Michael Douglas acababa por írsele la pinza, Un Día de Furia. Y es que por mucho que este personaje – un estupendo Mohammed Bakri - que trata en todo momento de mantener intacta su dignidad pese a que no lleva demasiado bien esa especie de inversión de roles en su paso de juez a taxista, la acumulación de problemas en ese caos cotidiano que es la Palestina de hoy en día puede hacer perder la calma hasta al más paciente y educado. Sin embargo el principal problema de El Cumpleaños de Layla es precisamente que sus intenciones no acaban de cuajar en una propuesta de cierto fuste, conformándose con encadenar una situación tras otra en un esfuerzo por ilustrar esa vida cotidiana sin ofrecer en realidad una mirada original demasiado profunda sobre una situación que a estas alturas ya nos resulta dolorosamente familiar. Es una película pequeña, simpática y que no tiene nada que moleste, pero tampoco consigue conquistar al espectador por su propia falta de ambiciones. Eso si, hay un par de trucos de guión simpáticos en su resolución y algún que otro momento logrado que cuenta mucho acerca de la mentalidad de los palestinos, como esa cola en la que todo el mundo se pone sin que se sepa a ciencia cierta que se reparte allí – la posibilidad de conseguir comida es lo suficientemente atractiva como para ponerse sin más – o esa explosión ante la cual los personajes barajan toda una serie de posibilidades (un atentado, un misil israelí, un enfrentamiento entre Hamás y Al Fatah... ), buena prueba de aquello a lo que se enfrentan diariamente con resignado estoicismo.Reconozco que sentía un miedo considerable ante Camino, la esperada tercera película de Javier Fesser tras sus deslumbrantes El Milagro de P. Tinto y Mortadelo y Filemón. Y es que claro, saber que el autor de esas películas en las que su peculiar estilo visual cercano al cartoon más descacharrante se había lanzado a ilustrar la historia de una niña de once años aquejada de una enfermedad terminal y que se enfrenta a su destino con la mentalidad propia de los valores y principios morales de una familia perteneciente al Opus Dei daba cierto pánico. Y lo cierto es que durante la primera hora de película Fesser daba rienda suelta a su imaginativo mundo a través de las ensoñaciones y pesadillas de su protagonista y empezaba a dar forma a una película tan abigarrada que por momentos pensé que aquello tenía trazas de terminar muy mal ya que parecía que el estilo de Fesser parecía estar en las antípodas a una historia que parecía pedir a gritos sobriedad y contención.

Sin embargo, Camino es una sorpresa mayúscula: no solo consigue salir adelante según va avanzando su metraje, sorteando esa impresión inicial, sino que consigue convertirse por derecho propio en una de las películas más interesantes de la Secció Oficial y me atrevería a decir que de la cosecha del cine español de este año. Su descripción de personajes es magnífica, desde esa terrible madre a la que interpreta una magnífica Carmen Elías capaz de llevar hasta el límite las únicas armas que tiene para enfrentarse a lo que se le viene encima, su fe en Dios y los principios de Obra hasta ese padre carcomido por la duda, un inconmensurable Mariano Venancio, que no es sino el sitio donde Fesser se posiciona en la película, un hombre superado en todo momento por la tragedia que empieza a cuestionarse todo, pasando por ese descubrimiento que supone la joven Nerea Camacho, una niña que lleva sobre sus hombros con gran entereza gran parte del peso de le película y que conquista al espectador con un papel complicadísimo del que sale mucho más que airosa.

Camino es una película que no dejará indiferente a nadie: levantará no pocas ampollas su brutal representación de la forma de vida de aquellos que someten sus vidas a los dictados del Opus Dei, causará debate su abigarrada forma de colocarse de forma constante al borde del abismo – y caerse unas cuantas veces para siempre volver a levantarse – al contar esta historia tan a contraestilo con las armas de las que Fesser dispone, polemizará un guión que juega con una idea extremadamente brillante y subversiva capaz de cambar de arriba abajo la perspectiva del que ve la película según la interpretación que quiera darle al tramo final del filme... Vamos, que Fesser la ha liado bastante gorda con una obra que por momentos es casi una desasosegante y angustiosa película del terror más genuino y que contará con apasionados defensores y mucho me temo que con aun más detractores, a los que no les faltan argumentos para atacar un filme que aborda sin complejos el camino del exceso y a la que sin duda le faltaba la presencia de alguien con la ascendencia necesaria sobre Fesser como para señalarle las partes en las que su sin duda esplendida propuesta flaquea de forma evidente. En cualquier caso, no cabe duda que resulta de lo más saludable el atrevimiento de Fesser: hay que tenerlos muy pero que muy bien puestos para atreverse a contar una historia tan tremenda como ésta de la forma en la que lo ha hecho, sí señor.Para que el día polémico fuera completo, tuve asimismo ocasión de recuperar por fin Tiro en la Cabeza, la película que ha hecho circular por el Festival la frase “¿Tú eres Rosalista o no eres Rosalista?” para posicionar a defensores y detractores de la última propuesta del director de La Soledad. La cosa es como sigue: una hora y diez minutos de película filmada a distancia, como con un teleobjetivo, asumiendo el punto de vista de un voyeur cualquiera mientras seguimos la vida cotidana de un tipo anodino: le vemos despertarse, comer, comprar el periódico, pasear por el parque, hablar con una mujer, escuchar música en la FNAC, irse de copas con unos amigos, hacer el amor con una mujer distinta a la primera, reunirse con dos personas, viajar a Francia... Todo esto sin que podamos escuchar una línea de diálogo aunque sí el sonido ambiente: coches pasando, gente, ruidos cotidianos... Ni una sola cosa de las cosas antes descritas ofrece la más mínima información valiosa sobre el personaje al que seguimos, con lo cual la paciencia del espectador se ve llevada hasta límites insoportables: no hay quien aguante semejante radicalidad. Eso sí, a partir de esa hora y diez minutos de película, la cosa cambia: en un restaurante la mirada del protagonista se cruza con las de dos jóvenes que parecen reconocerle, un esplendido e inquietante plano en el que el ojo izquierdo del protagonista se fija en ellos, dando comienzo a la verdadera historia. Los siguen al aparcamiento, los encañonan y tras un breve intercambio de palabras, los ejecutan con sendos tiros en la cabeza. Es la representación de los hechos acaecidos hace unos meses en Capbreton, cuando el encuentro fortuito entre unos etarras y unos guardias civiles de paisano acabo con la muerte de éstos. Tras el incidente, seguimos al protagonista en su huida, su abandono del coche en el que viajaban, el robo de otro secuestrando a su dueña a punta de pistola, el abandono de ésta en un bosque atada a un árbol y la desaparición de los etarras. Fin.

Se habrán dado cuenta que les he contado la película por completo. No me pongan una demanda todavía y déjenme que me explique. El interés de Tiro en la Cabeza no está en lo que cuenta sino en cómo lo cuenta y si he procedido de esta forma tan aparentemente poco profesional es porque creo que la única forma de defender lo poco salvable de esta propuesta inviable comercialmente es decir que la película solo cobra vida cuando empieza a contar de verdad una historia con imágenes, es decir, a partir del encuentro en el restaurante una hora y diez minutos después del primer fotograma. Y esa película sí reviste interés, y soy consciente de que para llegar ahí era necesario que Rosales nos hiciera un seguimiento del personaje pues no puede empezar la película en ese punto. Pero por otro lado resulta inadmisible que estire ese planteamiento durante casi setenta minutos: eso no hay quien lo aguante y confieso que yo lo hice porque, como ahora ustedes, sabía de antemano lo destacable que me esperaba después. En caso contrario habría abandonado el cine y Rosales habría fallado por completo con su experimento narrativo. Esto no es ni mucho menos la esplendida La Soledad o la interesante Las Horas del Día, obras que sí contaban una historia pese a la radicalidad formal de sus propuestas y con las que descubrimos a un autor personal y con una voz diferente, capaz de llegar al interior del espectador. Tiro en la Cabeza podrá tener toda las buenas intenciones que se quieran respecto al conflicto (aunque confieso que yo no veo en que ayuda esto al mismo), y tendrá interés para aquellos que gustan de la innovación del lenguaje cinematográfico, pero a mi no me llega semejante radicalidad: aun reconociendo la brillantez formal de su tramo final, me parece una salvajada y un duro ejercicio de ombliguismo autoral que no cuenta con el espectador. Ya saben lo que hay. Ustedes mismos.

miércoles, septiembre 24, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 5: Louise Michel, Still Walking, Lake Tahoe

Siempre he defendido que es muy importante para cualquier Festival contar en su programación con una película que rompa con la monotonía. Incluso para aquellos de nosotros curtidos en el arte de chuparse cinco películas diarias del más variado pelaje, encontrarse con un filme que proponga algo radicalmente nuevo y atrevido, en especial si resulta divertido, es todo un aliciente. Louise Michel, la muy delirante película francesa que abría hoy la Sección Oficial nos ha permitido reirnos a mandibula batiente con algunos de los gags más descacharrantes vistos por este cronista en mucho tiempo. Y es que Louise Michel es una película que hará las delicias de los amantes del absurdo en la mejor tradición de las películas de los Monty Python, Jacques Tati o incluso Aki Kaurismaki, un filme ácrata y destroy que basa toda su propuesta en una incesante acumulación de sketches y situaciones a cual más surrealista ante la que solo quedan dos opciones: o uno entra en el juego con el mejor espiritu chanante y se dispone a reirse a mandibula batiente del absurdo de la propuesta o se abandona la sala entre aspavientos en busca de algún alimento más serio para el espiritu cinéfilo entre las muchas secciones del festival. Servidor, claro está, optó abiertamente por la primera opción. Y aunque en algunos instantes no podía dar crédito al saludable atrevimiento de la pareja Benoit Delepine y Gustave Kervern y tampoco podía obviar del todo que no estaba ante una comedia construida de forma coherente sino a un desaguisado argumental que no era sino una excusa para enlazar un gag con otro, no podía dejar de agradecer al programador que había metido aquella rara avis entre tanto drama serio y concienciado. Louise Michel cuenta la historia de una fábrica textil que cierra sus puertas de un día para otro dejando a todas sus trabajadoras en la calle. Con la misera indemnización que recien, las trabajadoras se reunen para poner el dinero en común... y contratar a alguien que le pegue un tiro al hijo de puta de su antiguo jefe. Asi que encargan a Louise buscar a un asesino que se encargue del tema. Y Louise, analfabeta y con no demasiadas luces, da con Michel, un tipo cutre y patético incapaz de pegar un tiro a una mosca pero que acepta el encargo.

Louise Michel es una comedia negra en la que sus autores no se paran en barras ante nada ni ante nadie para conseguir la sopresa y la sonrisa del espectador. Sus bromas incluyen mofarse del 11-S, del tráfico ilegal de inmigrantes, de la identidad sexual y las perversiones más extrañas del ser humano y por supuesto, celebrar la estupidez como un arma de defensa ante un mundo incoherente y carente la mayor parte de las veces de sentido. ¿Es una buena película? Hombre, depende: conmigo consiguió plenamente su objetivo y por más que sea un desastre en muchos aspectos, estoy bastante convencido que recordaré y celebraré muchos de sus gags como alguno de los momentos más divertidos pasados en San Sebastián. Eso si, si una película con semejante espiritu libre es capaz de llevarse algún premio en el palmarés por encima de los Winterbottom, Kim Ki Duk, Makhmalbaf, Levring, Rosales y compañía, estoy convencido que alguien puede pegarle fuego al Kursal ante tal sacrilegio. Pero sería el triunfo definitivo de una obra tan saludablemente ácrata como irresistiblemente divertida. Con semejante compañía, no es de extrañar que la segunda propuesta del día, la notable Still Walking del director japonés Hirokazu Kore-Eda, creciera hasta convertirse en la que probablemente sea la mejor película vista hasta ahora no ya en la Sección Oficial sino en todo el Festival de este año. El director de Nadie Sabe compone un magnífico fresco familiar que transcurre en un solo día gracias a una extraña reunión con motivo del aniversario de la muerte en un accidente del hijo mayor de la familia quince años atrás. En la residencia familiar de los ya ancianos padres se reunen el segundo hijo varón, casado con una divorciada con un hijo de su anterior pareja y la hija menor, también casada y con dos niños que pretende trasladarse a vivir con sus padres para cuidar de ellos, aunque a éstos tal perspectiva no parece hacerles demasiada gracia. El autor de la impresionante Nadie Sabe consigue en esta historia rescatar y poner al día el espiritu del mejor Ozu para narrar con una precisión y una facilidad envidiable los secretos, reproches y enfrentamientos soterrados de los miembros de esta familia, ese relato subterraneo que jamás aflora al exterior – y menos en una sociedad en la que se cuidan tanto las apariencias como la japonesa – pero que va quedando progresivamente claro en la mente del espectador sin que jamás haya que subrayar nada, sin dar una sola voz. Puede parecer fácil, pero no lo es en absoluto y alcanzar ese nivel de perfección narrativa no está al acance de todos: Kore Eda consigue que absolutamente todos los personajes que desfilan por la pantalla queden retratados con sus virtudes, sus miserias y sus contradicciones mientras coreografía una puesta en escena extremadamente inteligente para conjugar los muchos elementos con los que juega a la vez en una obra brillante, redonda, madura, sutil y a la postre enormemente bella. Still Walking es una de esas películas deslumbrantes que justifican por si solas un Festival. Sería un gran error que semejante despliegue de inteligencia y sensibilidad se fuera de vacío en el palmarés, sobre todo vistas las compañías con las que navega hasta ahora. Fuera ya de la Sección Oficial, la sección Perlas de Otros Festivales de Zabaltegui nos trajo otra película que hablaba desde una óptica completamente distinta de un cuadro familiar destrozado por la falta de uno de sus miembros. Claro que nada de eso cabe esperarse cuando Fernando Eimbcke situa la acción de su película a partir de un accidente automovilistico y la deriva de Juan, un chaval de 16 años por una ciudad fantasmal a la búsqueda de alguien que pueda repararle su coche. En una peripecia que a ratos se diría una versión sosegada del Jo, que Noche de Scorsese, Juan se va encontrando progresivamente con una serie de personajes que tratan de ayudarle en su empeño y que van de lo tierno a lo surrealista, mientras Eimbcke, con no poca inteligencia, va desgranando ante el espectador de forma tan sutil la historia que verdaderamente le interesa contar y que marca a Juan y a su familia. Rodada con una insobornable decisión de estilo que se limita al plano fijo y a dejar que los personajes desarrollen la acción dentro del plano, quedándose en él o entrando y saliendo del mismo sin mayor concesión que algún que otro mínimo travelling lateral, el autor de la estimable Temporada de Patos firma una película que descolocará a más de uno y que a buen seguro no despertará pasiones precisamente por esa apuesta formal que a veces se diría más interesada en lograr el reconocimiento crítico que dar con la mejor opción para narrar lo que cuenta, pero de la que no cabe duda que resulta de lo más interesante. Si además sumamos que hay algunos momentos francamente divertidos – el personaje del chico obsesionado con las artes marciales y Bruce Lee es esplendido – y otros en los que la emoción se abre paso con facilidad hacia el espectador gracias al saber hacer del director, Lake Tahoe resulta en una película de lo más estimable que cuanto menos, conseguirá que sigamos pendientes de futuros trabajos del aun muy joven Fernando Eimbcke.

Por lo demás y a la espera de que aparezca Meryl Streep para recoger su Premio Donostia, continua el goteo de caras conocidas y el carrusel de cocktails y galas de presentación en los salones del Hotel Maria Cristina y en algunos señeros restaurantes de una ciudad que sigo sin disfrutar todo lo que quisiera por una agenda de lo más cargadita. Pero no cabe duda que la experiencia está siendo de lo más interesante, pese a que uno se quede siempre con la sensación de estarse perdiendo demasiadas cosas. Claro que no queda otra que resignarse ya que por un lado es literalmente imposible estar en todo y por otro a pesar de estar muy bien acompañado por veteranos del Festival, ya he pagado alguna que otra novatada al tomar decisiones erroneas que me han costado no poder ver alguna que otra película que me hubiera interesado. Supongo que es inevitable sentir cierta dosis de frustración ante la pérdida de tiempo que supone programarse (y rezar por acertar) cada día.

martes, septiembre 23, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 4: La Caja de Pandora, Tony Manero, Hunger

“Esto es un poco La Balada del Narayama 2 ¿no?” “No, te estás equivocando: lo que va a pasar ahora es que probablemente se va a encontrar con los protas de El Bosque del Luto de Kawase…” Coñas fáciles aparte con alguna que otra evidente similitud, mucho más temática que formal, el caso es que la película turca La Caja de Pandora me había dejado un buen sabor de boca: narra la historia de tres hermanos de mediana edad que de repente ven como su mundo se tambalea cuando tienen que hacer frente al hecho de que su anciana madre padece Alzheimer y se ven obligados a llevársela de su pequeño pueblecito del interior donde ha vivido toda su vida al caótico Estambul donde ellos residen y empezar a masticar poco a poco el marrón que supone enfrentarse a la dura realidad de esa enfermedad cabrona que jode mucho más la vida a aquellos que rodean al enfermo que a aquel que la padece. Todo está contado con una sencillez desarmante, ya sea la difícil relación a tres entre esa hermana mayor carcomida por su afán controlador con el pasota del hermano pequeño y la solitaria hermana pequeña, la búsqueda del hijo bala perdida de la primera, desesperado por encontrarle a su vida un sentido o sobre todo, esa enferma magistralmente interpretada por Tsila Chelton – apúntenla, que junto con Melissa Leo, huele a premio y además ha arrasado en su paso por Donosti, con sus 90 años a cuestas repartiendo autógrafos a diestro y siniestro - cuya adorable ancianita que cambia las vidas de todos con su sola presencia se hace más y más simpática según va desgranando como quien no quiere la cosa verdades ocultas del pasado dolorosas como puñales. Hay cierta morosidad en el ritmo de una película que a ratos se puede hacer monótona y cuyo desenlace, aun viéndolo venir de lejos no por ello resulta menos hermoso… hubiese sido muy interesante preguntarle a la directora Yesim Ustaoglu si ha visto películas como La Balada del Narayama, El Bosque del Luto o incluso nuestra En La Ciudad sin Límites, pero lamentablemente uno no está para atender todas las ruedas de prensa del Kursal: entre peli y peli también hay que comer algo de vez en cuando.


Hoy les tendría que estar hablando de Tiro en la Cabeza, la tercera película de Jaime Rosales, director de La Soledad y segunda presencia española a concurso. Por desgracia a veces las cosas en los Festivales no salen exactamente como uno quiere y aunque La Sección Oficial suele tener prioridad, me habían hablado muy bien de una película chilena de Horizontes Latinos, Tony Manero, que descarté ayer un tanto apresuradamente: esta mañana era la comidilla de algunos medios del Festival, que se hacían eco de una peli pequeña pero que estaba provocando tantas entusiastas adhesiones como alguna que otra enérgica descalificación. Así pues, dispuesto a alinearme en uno u otro bando, cambié la peli de Rosales por esta película cuyo argumento, a priori, no es que pareciera demasiado atrayente: en el Santiago de Chile de 1978, con Pinochet reprimiendo a destajo cualquier atisbo de disensión, un cincuentón barriobajero y delincuente habitual está tan obsesionado con encarnar al personaje de John Travolta en Fiebre del Sábado Noche que es capaz de cometer todo tipo de desmanes con tal de conseguir un traje idéntico al de su ídolo, transformar el café cutre que frecuenta en la discoteca en la que se ambienta el filme y, sobre todo, ganar un concurso televisivo de imitadores para convertirse en una estrella del espectáculo. Y si hay que robar, asesinar y eliminar a todo lo que se interponga entre este hombre y su sueño, pues adelante con ello. Tony Manero es una película que, si alguna vez llega a estrenarse en las salas españolas (cosa que dudo, tal y como está el patio) va a conmocionar a más de uno: siendo una película extremadamente sórdida, consigue algo tan difícil como resultar incluso entrañable y delirante a un tiempo. Por más que su protagonista – un tremendo Alfredo Castro que a ratos parece el mismísimo Al Pacino en un personaje que sobre el papel parece imposible pero que consigue hacer creíble – sea un tipo despreciable capaz de las mayores atrocidades, uno no puede sino conmoverse casi en defensa propia por el patetismo que produce un ser tan entera y devotamente entregado a una causa tan delirante como profundamente hortera. Bien ambientada, aunque con un realización irregular y alguna vuelta de tuerca de más (hay incluso una fugaz felación real que se podían haber ahorrado: el sexo se presenta, como el resto de los elementos del filme, de una forma muy sórdida) Tony Manero es una película que merece la pena descubrir aunque solo sea por lo insólito de su atrevidísima propuesta y por una gran virtud: es imposible que provoque indiferencia. Ahora que para hablar de películas que provocan inquebrantables adhesiones o que hacen que la gente huya en masa de la sala, no por la calidad de la película – incuestionable – sino por la dureza de lo que cuenta, ahí está Hunger. La Cámara de Oro del reciente Festival de Cannes, presentada aquí en la sección de Zabaltegui Perlas de Otros Festivales, es una de las experiencias más estremecedoras que este cronista ha tenido ocasión de vivir delante de una pantalla de cine. Y les aseguro que ya llevo unas cuantas. Steve Mc Queen, realizador irlandés que nada tiene que ver con el famoso actor, cuenta en su deslumbrante opera prima la vida cotidiana en la tristemente famosa prisión de Maze, el lugar donde los británicos encerraban a los miembros del IRA durante los años más duros del conflicto, bajo el Gobierno de Margaret Thatcher. La película tiene tres partes bien diferenciadas. En la primera, sin apenas diálogos y con una crudeza casi insoportable, se narran las torturas sistemáticas a las que eran sometidos los presos, así como la vida de aquellos encargados de ejercer la represión – la de uno de esos funcionarios torturadores está contada con una brillantez y una sutileza, sin necesidad de diálogo alguno, digna de los mayores elogios – todo ello bajo unas condiciones de extrema dureza que McQueen no le escatima al espectador en ningún momento, por desagradables que pudieran resultar. Tras ese primer y magnífico bloque, el director y guionista nos ofrece en un alargado plano fijo una impresionante conversación entre uno de los líderes del IRA, Bobby Sands, y un cura amigo en el que aquel, entre otras muchas cosas, le comunica al segundo su intención de empezar con el resto de sus compañeros una huelga de hambre hasta sus últimas consecuencias con el fin de conseguir llamar la atención sobre su insoportable situación, conseguir un estatus de prisioneros políticos y mejorar sus insufribles condiciones de vida. Es una secuencia brillante en la que los dos actores, como en el boxeo, intercambian golpes y frases brillantes, argumentos y anécdotas, ofreciendo una visión clave del conflicto para entender la película. El tercer y aun más insoportable bloque es en el que se cuentan los efectos de esa huelga de hambre en el cuerpo de Sands hasta su fallecimiento final. Hunger es una película magnífica que no da tregua al espectador. No apta para estómagos sensibles e incluso para algunos más curtidos, pone sobre la mesa el viejo debate de hasta qué punto es lícito mostrar según qué cosas en una pantalla para establecer una historia. McQueen, con un afán casi documental pero siempre consciente de que el cine es manipulación, lleva al límite su propuesta para obligar al espectador a, casi en trance, pasar por una experiencia tan sumamente traumática sin, de nuevo, escatimar ningún detalle por muy escabroso desagradable que pueda ser. No sé donde empiezan y deberían terminar los límites para mostrar según qué cosas, no soy quien para juzgar, más allá de lo que me dicte mi propia moral sobre la conveniencia o no de determinadas imágenes. Solo sé que Hunger me ha parecido una película impresionante, magníficamente rodada e interpretada y que, con todas las prevenciones posibles, no puedo hacer otra cosa que recomendarla a todos aquellos que busquen explorar esos límites. Dicho esto, es posible que no pase por el trance de verla una segunda vez. Es una droga demasiada dura, hasta para mí.

lunes, septiembre 22, 2008

S Sebastian 2008 Cronica 3: La Belle Personne, El Patio de mi Cárcel, Las Horas del Verano

“Nada, no le des más vueltas. Un dia tonto lo tiene cualquiera, San Sebastián incluido”. Sonaba razonable en mi cabeza, pero no, no acababa de convencerme. Las dos películas de la Sección Oficial proyectadas el domingo parecían cuanto menos impropias de un Festival de Categoría A como éste. Eso siendo bastante benévolo. La verdad es que hoy ha sido una de esas jornadas en las que al terminar y llegar a casa para escribir entiendes un poco mejor el hastío que a veces puede provocar un certamen a aquellos que están obligados a entregar una crónica a los medios para los que trabajan. Incluso puedes llegar a entender que alguien prefiera hablar de sus anécdotas del día a día en lugar de verse obligado a la tortura de reproducir de nuevo en su cabeza las imágenes de las películas que uno preferiría olvidar lo antes posible como si nunca hubieran existido para escribir sobre ellas. No cambiaría estar en San Sebastián por nada del mundo, ya lo sabeis. Pero, caramba, hoy ha sido uno de esos días tontos de verdad...

La Belle Personne es una adaptación libre de una novela clásica de la literatura francesa llamada La Princesa de Clèves que no tengo el gusto de conocer. Según parece la historia original transcurría en la corte del rey Enrique II, pero esta especie de enredo sobre las idas y venidas del amor se ambienta en un instituto parisino de la actualidad. Por alli pasean su palmito un puñado de adolescentes con las angustias, dudas y resquemores propios de los primeros escarceos y un inenarrable profesor de italiano joven y guapete (Philip Garrel, encantado de conocerse), tan adalid del buenrollismo que no tiene reparo alguno en encamarse bien con alguna de sus suculentas alumnas, bien con alguna profesora compañera de trabajo. En tal caldero de pasiones aterriza un buen día una criaturita de dieciseis primaveras y subyugante belleza (la debutante Lea Seydoux) que acaba de perder a su madre y de cambiar de instituto en mitad de curso. Por supuesto gran parte del personal heterosexual del instituto – y el susodicho profesor antes mencionado – se lanza a la sana tarea de conquistarla, saliendo como aparente vencedor un muchacho callado, noblote y enamoradizo, purita carne de cañón para semejante trituradora. Porque claro, resulta que la moza se ha dado cuenta que ese profe tan enrollado mola mazo y, aunque en principio no está por la labor de enamorarse de semejante pichabrava y para ello usa como escudo al noblote pretendiente, irá rindiéndose progresivamente a la fuerza al parecer insuperable de sus sentimientos. Miren ustedes, servidor no tiene nada en contra de una adaptación imaginativa de cualquier relato clásico adaptándolo a los tiempos que corren. El problema es cuando semejante empresa pretende llevarse a cabo con un enfoque tan erroneo: no basta con poner a unos jovenzuelos de hoy a sufrir las cuitas de amor de sus coetaneos de varios siglos atrás cambiando su forma de vestir, sus peinados o su libertad sexual para establecer con acierto la tesis de que los problemas amorosos que se narraban en aquel entonces siguen teniendo plena vigencia hoy en día, por más que esto pueda ser una verdad de perogrullo. Y mucho menos si los medios narrativos utilizados para ello son simples remedos de fórmulas que señeros cineastas franceses han abandonado hace décadas para contar historias. La Belle Personne es pues una película que provoca en el espectador el curioso efecto de estar asistiendo a un relato antiguo traspasado forzadamente al presente pero a la vez contado con unos métodos igualmente pasados de moda. Nada resulta creíble en ella, ni las idas y venidas de sus protagonistas, ni las extrañas formas en las que se relacionan o sobre todo las pretenciosas y un tanto inoportables conclusiones sobre el amor y las relaciones personales que extraen de sus experiencias. Es todo un viaje a ninguna parte que provoca sonrojo en el mejor de los casos y un comprensible cabreo por semejante pérdida de tiempo si nos ponemos en lo peor.Claro que si comparamos La Belle Personne con El Patio de mi Cárcel, primera representante del cine español en esta Sección Oficial, pues aun salimos perdiendo. La opera prima de Belén Macías auspiciada por la productora de los hermanos Almodóvar es una película simplemente desastrosa. Pretende contar la historia de un grupo de reclusas que gracias a la tenacidad de una funcionaria de prisiones con veleidades artísticas consiguen formar un taller de teatro para primero hacer más llevadera su estancia en prisión y más adelante conseguir incluso realizar alguna que otra actuación fuera del ámbito carcelario. Tal argumento, inspirado muy libremente en la experiencia real del taller de teatro de la prisión de mujeres de Yeserías a mediados de los años 80, se conduce a través del personaje de Isa, una atracadora yonqui incapaz (aunque nadie sepa explicar con acierto por qué) de adaptarse a la vida fuera de los muros de la cárcel. A Isa la interpreta una esforzada Verónica Echegui que repite aquí alguno de sus tics de choni entrañable de anteriores películas intentando, eso si, insuflar algo de vida a su planísimo personaje, rodeada de un casting imposible de actrices que defienden como pueden unos papeles que no se sostienen desde el guión ya que ni uno solo de ellos es capaz de pasar del estereotipo o del simple apunte. Da auténtica lástima ver a actrices tan habitualmente solventes como Ana Wagener o Candela Peña pelearse con sus papeles de sacrificada madre coraje gitana víctima de la violencia doméstica o de bienintencionada funcionaria; resulta extraño ver cómo Blanca Portillo naufraga por completo con su amable directora de la prisión o cómo Blanca Apilanez fuerza hasta el absurdo su papel de mala malísima; es, en fin, simplemente triste ver cómo la tierna puta que encarna Violeta Pérez o ese trasunto de Hillary Swank en Boys Don’t Cry que compone Natalia Mateo con su lesbiana enamorada y despechada se estrellan una y otra vez contra el acartonamiento de un guión desastroso que encadena escenas sin que aparentemente haya un criterio lógico alguno que permita la más mínima progresión dramática o generar alguna emoción que no parezca impostada.Todo resulta inverosimil, falso, risible. Para tratar un tema tan serio como la vida cotidiana de las mujeres que pueblan nuestras cárceles se necesita mucho más que este extraño esperpento que provoca una considerable vergüenza ajena en numerosos pasajes. No sé si resulta más alarmante la falta de control sobre su película que han ejercido desde El Deseo, la falta de vista de aquellos que hayan decidido que esta obra es merecedora de figurar en la Sección Oficial de un Festival como San Sebastián o la terrible decepción que provoca que la directora de cortos tan estimulantes como Mala Espina o El Puzzle fracase de una forma tan estrepitosa en su paso al largometraje. Sea como fuere, el caso es que El Patio de mi Cárcel se ha convertido por derecho propio en la que hasta ahora es de lejos la peor película de la Sección Oficial. Esperemos que el esperadísimo Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales de mañana redima en parte al cine español en este certamen porque el sabor de boca que ha dejado esta película ha sido francamente amargo. Al lado de tanto desatino, casi resulta una anécdota citar la película más salvable del día, lo que no quiere decir necesariamente buena: Las Horas del Verano, último trabajo que el director francés Olivier Assayas presentaba en Zabaltegui. El autor de Clean firma una película sobre las escasas tribulaciones de tres hermanos para manejar un valioso legado artístico del siglo XIX a la muerte de su madre. A la duda sobre si conviene mantener dicho legado de forma intocable junto con la mansión familiar o convertirlo todo en pasta para repartir a base de subastarlo, venderlo o cederlo a museos como el de Orsay le sigue una reflexión sobre la importancia de esos objetos en la consideración de la siguiente generación encargada de custodiar y transmitir los mismos. La película está bien narrada e interpretada, se sigue sin dificultades gracias a la coreecta labor del elenco y al buen manejo de la cámara y sentido de la composición del plano de Assayas. Vaya, que resultaría irreprochable si no fuera por el pequeño detalle de que todo lo que en ella se cuenta no consigue interesar lo más mínimo al espectador, que dudo mucho que se sienta profundamente conmovido ante los mínimoas, casi inexistentes conflictos de tan civilizados hermanos. Cierto que la peli no carece de algún momento inspirado y tendrá sus defensores. Pero que no me cuenten entre ellos: me aburrió hasta límites insospechados y ante eso, por más que sepa reconocer de forma objetiva la inteligente forma que tiene Assayas de rematar su tesis con la elaborada y un punto sorprendente secuencia final, no hay nada que hacer.

Lo dicho, que mañana será otro día. Al fin y al cabo en un festival que tiene tanto que ofrecer como San Sebastián, raro será que nos topemos con un segundo día tan poco productivo desde el punto de vista artístico como éste... o al menos yo rezo por ello con todas mis fuerzas.

domingo, septiembre 21, 2008

San Sebastian 2008 Cronica 2: Frozen River, Genova, Quemar Antes de Leer, Heaven's Heart


“Lo siento mucho. No conozco a Jaime Rosales ni tampoco eso de la polivisión. Tendrías que darme más datos” – se excusó amablemente Ben Stiller con un sonriente Robert Downey Jr enarcando una ceja a su lado. Servidor, sin embargo, se estaba cabreando. La rueda de prensa más esperada del día había ido como la seda hasta ese momento y ambos actores habían hecho gala de una inteligencia y buen rollo considerable, entreteniendo al personal con multitud de divertidas anécdotas del rodaje de Tropic Thunder. No se merecían que aquella individua hubiera jugado a pillarles con semejante pregunta mamporrera. En fin, más allá de la anécdota, lo cierto es que Stiller y Downey Jr supieron ganarse por completo a la multitud de periodistas allí congregados. Y es que la profesionalidad también se demuestra sabiendo cómo manejarse en semejantes compromisos y tablas estos dos geniales cómicos demostraron tener un rato. Mucho antes de eso la Sección Oficial se había beneficiado considerablemente de la proyección de Frozen River, el más que interesante debut de la estadounidense Courtney Hunt que venía con el Premio Especial del Jurado de Sundance bajo el brazo y que también huele a material premiable en Donosti, aunque no negaré que resulta aventurado afirmar tal cosa con tan pocas películas vistas en competición. Frozen River narra la peripecia de Ray Eddy - excepcional Melissa Leo, el lector la recordará como la mujer de Benicio Del Toro en 21 Gramos – una mujer a la que un marido demasiado aficionado a las apuestas acaba de dejar colgada con sus dos críos fugándose con la pasta destinada a adquirir la casa prefabricada de sus sueños, provocando la ruina económica de la familia. Mientras le busca Ray conoce a una chica mohawk de una reserva cercana que se gana la vida pasando ilegalmente inmigrantes a través de la frontera canadiense cruzando el rio helado que da título al filme. La relación entre ambas mujeres, la forma en la que ambas se ven obligadas a buscarse la vida con semejante negocio para tratar de sacar algo de pasta que les permita salir del bache que atraviesan, el intercambio de dolorosas experiencias personales de una y otra y la forma en la que ambas anteponen por encima de cualquier otra cosa su deseo de que los hijos de ambas no se vean arrastrados por la difícil situación que aprovechan está narrado con enorme solvencia gracias a un guión tan sólido como por momentos bastante desolador que no pone el acento en el drama sino en una cuidada recreación de personajes y situaciones que engancha al espectador y le hace participe en todo momento de la peripecia vital de estas dos mujeres unidas por la necesidad de salir adelante a toda costa, aunque sea a base de ensuciarse las manos con el indeseable tráfico de seres humanos. Frozen River es una obra seca y contundente, un filme que sabe hacer cálidos a sus personajes de carne y hueso en un ambiente tan congelado como los parajes donde transcurrían historias tipo Fargo, La Cosecha de Hielo, Un Plan Sencillo o Aflicción a la que solo cabe reprocharle alguna que otra veleidad manipuladora con las expectativas del espectador en sus coqueteos con la tragedia pero que a la postre resulta un detalle menor en una película más que notable que sabe perfectamente lo que quiere contar y la mejor forma de hacerlo, una película no redonda pero sí notable que contiene algún jugoso apunte sobre la forma de pensar de cualquier americano de clase baja (lo que sucede con los paquistaníes es más revelador de toda una mentalidad que cualquier sesudo ensayo al respecto) y que si se lleva algún premio no será porque, como algún malintencionado apuntaba ayer a la salida del pase de prensa, su apasionada defensa de la maternidad como argumento de peso para jugarse la libertad y los principios pudiera conmover a alguna de las dos embarazadas miembros del jurado, Leonor Watling y Nadine Labaki, sino por sus muchos méritos propios. La segunda propuesta del día vino de la mano de Michael Winterbottom, uno de esos raros directores con tendencia a reinventarse en cada nuevo trabajo que presenta. Génova es su incursión en el drama a través de la dolorosa historia de superación por parte de un profesor universitario y sus dos hijas de la pérdida en accidente de tráfico de la madre de ambas, un desgraciado suceso que provoca que toda la familia se establezca en la ciudad italiana con el objetivo de reiniciar sus destrozadas vidas. Winterbottom, a diferencia de lo que hizo Woody Allen en su Vicky Cristina Barcelona, no muestra una imagen excesivamente amable de la ciudad que ha acogido su proyecto. Más bien al contrario, las asfixiantes callejuelas genovesas por las que deambulan a menudo perdidos el padre, la hija pequeña y la adolescente contribuyen a acentuar su confusión en medio de una situación que les supera y a la que cada uno de los miembros de esa familia se enfrenta a su manera. Es muy de agradecer que Winterbottom no cargue demasiado las tintas regodeándose en el dolor que podría generar un drama de hechuras semejantes así como que huya de los aspectos más facilones de una historia de superación que se diría propia de un telefilme y también hay que destacar que el realizador británico vuelve a sacar partido de su evidente talento a la hora de rodar con ese particular estilo fragmentado que tan buen resultado le ha dado en títulos como Wonderland. Sin embargo, Winterbottom se ve lastrado, como la niña protagonista, por la constante presencia no ya del fantasma de la madre muerta sino de aquella estimable película de Nicolas Roeg, Amenaza en la Sombra cuyas huellas parece querer seguir en todo momento pero sin atreverse al tiempo a entrar del todo en aquella arriesgada propuesta. Así, la tendencia al subrayado en un cineasta que ha dado en el pasado sobradas muestras de saber sugerir antes que mostrar y de dominar el arte de lo sutil se traduce en una manipulación del espectador – a la inversa, de forma anticlimática, pero manipulación al fin y al cabo – que dejó a este cronista cierta sensación de incredulidad y no poco regusto amargo. No basta el buen trabajo de su elenco – están muy bien tanto Colin Firth como Catherine Keener y las dos hijas del primero – y el una vez más excelente trabajo de fotografía de Marcel Zyskind para sostener una película fallida que pese a algún momento aislado logrado (la desaparición de la niña en la montaña y su posterior encuentro en la estación de tren) nunca consigue alzar de todo el vuelo y se queda en una lamentable tierra de nadie, lo que sin duda resulta una lástima. En un Festival de cine, tan tendente siempre a poblar su programación de plomizos dramas capaces de saturar al más cinéfilo, siempre es de agradecer una comedia para desengrasar un poco. De ahí que el pase en Zabaltegui del último trabajo de los Hermanos Coen, la disparatadísima comedia Quemar Antes de Leer, fuera un soplo de aire fresco muy bien recibido. La publicidad del poster de la película reza una frase, “la inteligencia es relativa”, con la que uno no puede sino estar de acuerdo más allá de que sea aplicable a bastantes más productos que a este divertimento poblado de personajes extremadamente estúpidos que han firmado los Coen tras su arrolladora No Es País Para Viejos. Los Coen se aplican en la alambicada construcción de una historia por la que desfilan un encabronado ex analista de la CIA despechado por su despido y que pretende publicar unas incendiarias memorias, la zorra sin escrúpulos de su triunfadora mujer que le pone los cuernos con un hipocondríaco y algo paranoico agente federal adicto al sexo, una empleada de un gimnasio obsesionada por pagarse unas cuantas operaciones de cirugía estética, su enamorado director del gimnasio, un aun más estúpido monitor del mismo y un buen puñado de perplejos funcionarios de la CIA y de la embajada rusa y los enreda en una alambicada trama alrededor de diversas infidelidades y jugueteos alrededor del mundo del espionaje en el que nadie parece tomarse demasiado en serio, empezando por los mismos actores. Sin ser ninguna maravilla, lo cierto es que la película de los Coen ofrece algún que otro momento inspirado y estupendas interpretaciones por parte de su elenco, especialmente por parte de un antológico Brad Pitt que borda su papel de idiota con pretensiones y un genial JK Simmons que con solo dos escenas magníficamente escritas consigue fijarse a la mente del espectador como uno de los mayores atractivos de esta enrevesada comedia. Por supuesto habrá quien prefiera quedase a los Coen de propuestas más sesudas de su filmografía que este divertimento ligero mucho más cercano a Crueldad Intolerable o su remake de El Quinteto de la Muerte pero de lo que no cabe duda es que el sentido del humor negro de los Coen es de lo más saludable y que ésta es una de esas películas que cumplen sobradamente con su sana intención de hacer reír al espectador de forma inteligente. Como decía al principio, siempre es de agradecer. Mucho más que te caiga encima el sambenito de ser el sucesor de Bergman, creerte semejante gilipollez y fabricar un seudo remake de Escenas de un Matrimonio como el que ha perpetrado el director sueco Simon Staho en su pesadita Heaven’s Heart en la que desgrana las interioridades de una pareja de aburridos matrimonios que juguetean con las infidelidades y las dudas propias de los que pasan demasiados años juntos. No le demos más vueltas, que Bergman solo hay uno y si uno pretende acercarse a su universo, mejor que lo haga como hizo Liv Ullman en Infiel con su beneplácito y con un guión del mismo. Lo demás son ganas de enredar.

viernes, septiembre 19, 2008

SAN SEBASTIAN 2008 Cronica 1: Vicky Cristina Barcelona, El Caballo de Dos Patas, El Niño del Pijama de Rayas, No Me Temas

San Sebastián está vestida de fucsia. Bueno, dice Mikel Olarciegui, director del certamen, que no es fucsia, sino “rosa paleta”. A mí que quieren que les diga, me parece fucsia de toda la vida, pero en fin... El caso es que ese es el color que invade esta maravillosa ciudad, el color de la alfombra sobre la que se accede al Kursal y el color que resalta en ese extraño cartel que se diría diseñado por un aizkolari de dudosa creatividad. Da igual: es la 56 Edición del Festival Internacional de cine más importante de España y yo estoy aquí por primera vez. Y me siento feliz. No hay nada que me lo pueda arruinar: si uno entra por primera vez al hall del renombrado Hotel Maria Cristina y está admirando su lujo, da igual la extraña impresión que pueda causarte que el Presidente del Jurado Jonathan Demme esté en recepción con bermudas, chancletas, una camiseta y una bolsa de Cannes que es lo único que puede delatarle respecto a cualquier turista playero... Esto es San Sebastián, está lleno de gente de dentro y de fuera del mundillo cinematográfico y hay que acostumbrarse a los contrastes. Una cosa está fuera de toda duda, San Sebastián tiene bien ganada la fama de ser una de las ciudades más hermosas de España. Uno casi lamenta tener que pasarse todo el día dentro de la sala de cine viendo películas en lugar de pasear por sus calles y descubrir sus infinitos atractivos. Casi.

En cualquier caso, tiene que ser un buen augurio que la primera película que he visto dentro del marco del Festival sea de Woody Allen. No entiendo muy bien por qué ha habido tanta gente que ha despachado Vicky Cristina Barcelona tachándola de ser una obra menor, ligera, intrascendente, poco más que un divertimento para ilustrar una postal animada de Barcelona, la ciudad que dio cobijo al proyecto. Está bastante lejos de la realidad: la peripecia de ese par de turistas americanas – Scarlett Johansson atrapada en su rol sexual de costumbre y una Rebecca Hall de lo más estimulante - opuestas en carácter y actitudes ante el amor y la vida seducidas por ese pintor bohemio y bon vivant – un muy divertido Javier Bardem – capaz de tirarse en plancha y proponerles un menage a trois a los 30 segundos de conocerlas y la adición de una Penélope Cruz racial, contundente y algo gritona encarnando a la desquiciada ex del pintor es mucho más que eso. De hecho VCB es una reflexión bastante desoladora sobre la imposibilidad de encontrar determinados equilibrios en este tema tan complejo del amor por más que se intente de las formas más imaginativas posibles. Resulta interesante que poca gente haya mencionado el hecho de que esta es una de las pocas películas del director en la que ninguno de los personajes del filme es capaz de utilizar en su provecho la gran cantidad de cosas que les suceden en ese verano ¿hay algo más desolador que constatar que a partir de un determinado momento de nuestra vida nos cueste tanto progresar ya sea en nuestras relaciones personales o en nuestra actitud ante la vida? Woody lanza esta pregunta al espectador a través de una comedia aparentemente ligera e intrascendente que más allá de sus jugueteos de seducción y sus divertidos diálogos – imprescindible disfrutarla en V.O., los que no lo hagan así se perderán el juego que se trae Allen con los idiomas, una parte esencial de la propuesta – en el fondo esconde una reflexión bastante aterradora. Y Allen lo hace si bien no con la maestría de sus mejores obras, sí con una película bastante superior a muchas de sus últimas propuestas. Por cierto, permítanme que a título personal les confiese que ver de cerca de uno de mis ídolos cinematográficos sorteando con su inteligencia habitual las a veces muy estúpidas cuestiones que le plantearon en la rueda de prensa es uno de los recuerdos imborrables que me llevaré de S. Sebastián.

La Sección Oficial se abrió con la película iraní El Caballo de Dos Patas, cuarto largometraje de Samira Makhmalbaf tras La Manzana, La Pizarra y A Las Cinco de la Tarde. Sobre la familia Makhmalbaf pesa siempre la sospecha de ser una especie de clan cinematográfico que esconde a su patriarca Mohsen detrás de todas y cada una de sus propuestas. Esta es una película que a pesar de contar, como no, con un guión suyo, demostraría lo contrario aunque solo sea por la torpeza con la que está narrada un muy interesante punto de partida: por un dólar al día, un padre contrata a un chaval fuertote y con un muy considerable retraso mental para que transporte constantemente a su espalda a su hijo, que ha perdido las dos piernas. La película explora la relación de carácter casi sadomasoquista que se establece entre el cojo, un pequeño hijo de puta con no poca mala leche, déspota y caprichoso, y ese chaval inocentón que asume con tal entusiasmo su condición de montura que abandona progresivamente su humanidad para convertirse lo más posible en el caballo que su amo anhela. La película mantiene su interés durante la primera media hora, mientras presenta los personajes, contrasta sus vidas y comienza a esbozar la relación de dependencia creada. Hay algún momento brillante como el instante en el que, después de dejarle en el colegio, la montura ocupa el lugar que le corresponde... junto al resto de burros que llevan a los otros niños. Sin embargo todo su interés se volatiza rápido en cuanto el espectador se percata de dos cosas: la primera que la directora es capaz de reiterar hasta la exasperación las mismas situaciones una y otra vez, forzando las cosas en la errónea creencia de que la acumulación de humillaciones en las que la cámara se detiene hasta la nausea bastará para crear el drama necesario, cosa que por supuesto no ocurre, sino que provoca cierto hastío. La segunda es que Samira Mahkmalbaf está aun muy lejos de dominar el arte de narrar en imágenes: la película es una sucesión de despropósitos, de secuencias mal ensambladas que apuesta todo a la crudeza de la situación descrita y a que el espectador reflexione sobre el tipo de mundo violento e infame en el que deben criarse esos niños para comportarse de esa forma. Lo único que consigue es que, por comparación, su película sea poco más que un remedo que nos hace añorar joyas como Las Tortugas También Vuelan. Eso sí: les aseguro que el inocente juego de “montar a caballito” adquiere tras visionar esta película un significado terriblemente siniestro.

Tan complaciente y correcta como cabría esperar es la adaptación cinematográfica que Mark Herman ha hecho del best seller de John Boyne El Niño del Pijama de Rayas, alegoría sobre el Holocausto que narra la improbable amistad entre el hijo del comandante de un campo de exterminio y otro niño judío allí encerrado. Estamos ante una película comercial que no llega a los límites de La Vida es Bella de Benigni en su tratamiento de un tema tan delicado pero que lo bordea peligrosamente por momentos al ser incapaz, como probablemente también lo sea el relato original, de superar numerosas incongruencias. Hay en esta amable película buenas interpretaciones – hay que reconocer el acierto de casting con el niño protagonista, que soporta con envidiable entereza el peso del filme sobre sus hombros, aunque está bien secundado por David Thewlis y Vera Farmiga -, oficio narrativo y una buena progresión dramática hasta su inevitable resolución, pero también tal sobredosis de tópicos y estereotipos que a la postre este cronista queda con la incómoda sensación de que sería deseable exigirle bastante más compromiso a este tipo de propuestas y que no conviene escudarse en el hecho de que estemos ante una película comercial destinada a llegar al mayor público posible para disculpar la insoportable ingenuidad de la que hace gala en numerosos momentos de su metraje, por más que su punto de vista sea el de ese niño de ocho años incapaz de reconocer una cárcel por muy aficionado que se proclame a los libros de aventuras. Debo decir también que me produjo un considerable cabreo la BSO de James Horner, uno de los músicos más manipuladores de la actualidad, capaz con su trabajo de subrayar hasta el desespero las sensaciones que supuestamente debe sentir el espectador en lugar de acompañar las, insisto, correctas imágenes con las que Mark Herman ilustra esta fábula. En cualquier caso, la sonriente presencia del autor John Boyne junto al equipo de la película por la alfombra fucsia debe interpretarse como el beneplácito del mismo a la versión de su best seller, bastante literal, según los que lo conocen, con lo cual imagino que aquellos a los que convenció el libro saldrán encantados del filme. Desde luego, no es mi caso.

Más interés suscitó la película danesa No Me Temas, dirigida por Kristian Leving (uno de los firmantes de aquel invento del cachondo de Lars Von Trier llamado Dogma 95 con The King is Alive) y protagonizada por los siempre solventes Ulrich Thomsen y Paprika Steen. Su película narra la historia de un hombre de mediana edad hastiado de su confortable vida que decide participar en un experimento para probar un medicamento antidepresivo como conejillo de indias, con resultados particularmente inquietantes. Liberado gracias a la química legal de las represiones que normalmente atenazan a sus civilizados congéneres, el tipo comienza a dar rienda suelta a sus frustraciones y deseos, abandonando su habitual estado de calma y autocontrol por el que siempre se ha regido y sustituyéndolo por el mucho más estimulante deseo de hacer lo que le venga en gana en cada momento, por muy políticamente incorrecto o directamente psicópata que pueda resultar su comportamiento, para pasmo y alarma de todos los que le rodean. No sé ustedes pero servidor siempre que ve una película danesa se siente mucho más reconfortado de haber nacido en un país quizá en algunos aspectos algo menos civilizado pero con total seguridad mucho más saludable como el nuestro. Dicho de otra forma, cualquiera que haya seguido la filmografía danesa de los últimos años llegará a la conclusión de que no son precisamente la alegría de la huerta y este No Me Temas es una prueba más de que detrás de esa fina capa de civilización acecha un buen puñado de frustraciones y rabia esperando el momento adecuado para liberarse y dañar al prójimo o a uno mismo. Será una cuestión educacional o climática, vaya usted a saber. El caso es que, sin ser ninguna maravilla, No Me Temas es una película tan interesante como bien interpretada, aunque pueda provocar cierto hartazgo a los que ya estamos más que familiarizados con este tipo de temáticas. Apoyada en sus más que solventes intérpretes, en una notable fotografía y en algún que otro momento inspirado de su director – hay una conversación a bordo de una barca de remos particularmente bien resuelta desde el punto de vista narrativo – No Me Temas es una película que no provocará precisamente pasiones pero que es defendible pese a algunas inconsistencias en su tramo final que puede descolocar a más de uno. Ojo a Ulrich Thomsen, que ya se llevó de aquí un premio hace unos años por Hermanos y que es un firme candidato a repetir por su composición de ese inquietante padre de familia con ganas de liberarse.

Ya fuera de la Sección Oficial, conviene hacerse eco de la película israelí Los Limoneros que narra el inacabable conflicto palestino con un acercamiento cercano al de películas como Domicilio Privado o La Banda Nos Visita. Eran Riklis, director de The Syrian Bride, nos cuenta en ella la historia de Selma, una viuda palestina cuyo campo de limoneros tiene la desgracia de lindar con la nueva residencia del flamante nuevo Ministro de Defensa israelí, cuyos servicios secretos inmediatamente llegan a la conclusión de que dichos limoneros representan un peligro para su seguridad por lo que pretenden talarlos. Por supuesto Selma no está por la labor de que le arrebaten su medio de vida y la herencia que le dejó su padre alegremente, por lo que ayudado por un joven abogado palestino decide recurrir la decisión ante los tribunales de justicia israelíes. Los Limoneros es una película irresistiblemente simpática, que se gana al espectador gracias a la sencillez de su propuesta, que se limita a presentar su evidente alegoría de la situación de los Territorios Ocupados con la suficiente inteligencia como para huir de lugares comunes: en ambos bandos del conflicto hay tantas buenas intenciones como incoherencias y comportamientos censurables pero todo está presentado sin demasiada acritud por más que el regusto que le quede al espectador sea el de que será imposible que ambas culturas obligadas a convivir alcancen el deseable grado de entendimiento. Tanto la situación de Selma, atrapada por la arbitrariedad de una resolución injusta y por las convenciones bajo las que debe vivir por su condición de viuda en una sociedad tan despreciablemente machista como la palestina, como la de esa esposa del Ministro de Defensa que se debate entre su sentido de lo justo y su obligación para con la carrera política de su esposo y las comodidades de su vida, están narradas con sensibilidad, saber hacer y un finísimo sentido del humor que sin duda se convierte en la mejor arma para sobrellevar una historia que, contada de otra forma, sería un insoportable drama. Premio del Público en la sección Panorama del pasado Festival de Berlín (es fácil entender por qué) Los Limoneros es una película bienintencionada muy bien resuelta – los planos finales de la película son tan bellos como en el fondo desoladores – cuyo único pero es la existencia de películas que ya han ensayado acercamientos parecidos, algo que llevará a las inevitables comparaciones. Aun así, tomen nota de ella y acérquense a verla cuando se estrene en nuestras pantallas: les aseguro que no saldrán decepcionados.

La vida transcurre vertiginosa en este Festival. Hasta una escapadita para ver una joya de la comedia neorrealista como Policías y Ladrones en la retrospectiva dedicada al gran Mario Monicelli, con la presencia de David Trueba en primera fila disfrutando como el que más, es una excepción en una agenda demasiado cargada de eventos. Los invitados van y vienen sin que los que estamos interesados por el cine más que por cualquier otra cosa tengamos demasiado tiempo para dedicarnos a seguir sus pasos. Aun así, dejemos constancia del buen rollito general que presidió la entrega del Premio de Cinematografía a Javier Bardem y el premio Donosita a un tan simpático y accesible como siempre Antonio Banderas, así como el acoso al que una vez más se ve sometido por hordas de adolescentes el majete de Miguel Ángel Silvestre (ay, que tiempos aquellos en que pasó por Mérida con La Distancia en nuestro I Festival, cuando aun no era el Duque) que es de lejos la estrella más solicitada de la alfombra fucsia y que no puede desplazarse a ningún lado sin la sombra de sus dos fornidos guardaespaldas. Los cocktails en el Maria Cristina, los pintxos en cualquiera de los muchos buenos restaurantes de la ciudad y la buena climatología ayudan a que este festival esté siendo de momento una experiencia tan estimulante como cabría esperar. Que siga la fiesta.