domingo, septiembre 27, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 PALMARES: Distinto Jurado, Mismo Agravio

El año pasado un Jurado presidido por Jonathan Demme consiguió el dudoso honor de soliviantar los ánimos del personal al ignorar olímpicamente la que habían sido las dos grandes películas de la Sección Oficial, Camino de Javier Fesser y sobretodo esa obra maestra llamada Still Walking de Hirokazu Kore-Eda, obras mayores a las que no solo no concedieron la Concha de Oro sino que en un extraño acto de afirmación a contracorriente o simple inconsciencia sacaron injustificadamente del Palmarés negándoles incluso algún premio menor en favor de películas mucho menos notables.
Lo de el Jurado de este año presidido por Laurent Cantet no llega a tales extremos, pero sí tiene cierta sensación de deja vu. Desde el momento en el que se proyectó, la película de Juan José Campanella El Secreto de Sus Ojos era la favorita para la mayor parte de los acreditados que hemos estado siguiendo – y en más ocasiones de lo debido sufriendo – una Sección Oficial algo desangelada en la que han sobrado multitud de títulos inanes, plúmbeos, autistas, ridículos o todo ello a la vez, revelándose como una obra notable, que equilibraba a la perfección el thriller judicial con la comedia romántica plena de sentido del humor y el cine de denuncia política, una película repleta de emoción, verdad e inteligencia que, visto lo visto, se elevaba muy por encima del resto de obras a concurso. Pues al parecer tanto favoritismo y tanta unanimidad de crítica y público sumadas a que El Secreto de Sus Ojos tiene al parecer su carrera comercial asegurada (?) y no es “una película de festival” (??) han obrado en el Jurado el incomprensible fenómeno de repetir la historia y, dejándola de forma tan injustificada como dolosa fuera de todo reconocimiento, deslucir un palmarés que más allá de este incomprensible agravio resulta bastante defendible.

CONCHA DE ORO y MEJOR FOTOGRAFÍA: City of Life and Death de Lu Chuan (China)
Pocos discutirán que posiblemente la segunda mejor película vista en la Sección Oficial ha sido esta poderosa recreación de la llamada violación de Nanking que narra de forma tan cruda como pormenorizada los desmanes cometidos por el ejército imperial japonés en 1937 cuando tras la toma de la entonces capital perpetraron la matanza de más de 300.000 civiles además de convertir a miles de mujeres en esclavas sexuales. La película, y no soy nada original diciendo esto, es algo así como una mezcla de dos esplendidas obras de Steven Spielberg: mientras su vibrante primera hora recuerda no poco a las secuencias bélicas de Salvad al Soldado Ryan, la descripción de la represión y las vejaciones posteriores sumadas a esa esplendida fotografía en blanco y negro – incuestionable este segundo galardón – remiten a La Lista de Schindler. Hay modelos muchos peores en los que fijarse.Los reparos que se pueden poner a este filme son cierta reiteración de atrocidades que juega en contra de lo que denuncia y acaso el caer en un inevitable maniqueísmo pese a que los hechos que narra son incuestionables y a adoptar el punto de vista de un horrorizado soldado japonés que, curiosamente, le ha acarreado a su director no pocos problemas con la censura en su propio país. Si este premio sirve para que la película llegue a nuestras pantallas y para arrojar luz sobre un hecho poco conocido en occidente, bienvenido sea.

PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: Le Refuge de François Ozon (Francia)
Una nutrida representación francesa en la Sección Oficial – si bien ante los horrendos filmes de Dumont y Honoré Le Refuge era lo único más o menos decente - y contar con Laurent Cantet como presidente del Jurado eran dos factores de peso para que le cayera algo al cine del país vecino. El principal problema es que creo que el Premio Especial del Jurado ha de ser algo más que una especie de Concha de Plata que premie a la segunda película que más haya gustado: para mi ha de reconocer a una obra brillante, innovadora o que al menos aporte algo diferente al resto. Y Le Refuge no es ni lo uno ni lo otro. Es poco más que una vuelta de tuerca a viejos temas recurrentes del cine de Ozon – hay en ella elementos reconocibles ya presentes en Bajo la Arena o de El Tiempo que nos Queda – que aun conformando una película correcta quizás no merecía tanto reconocimiento. El sentido del riesgo de alguna de las películas españolas como La Mujer sin Piano o Los Condenados se ajustaba mejor a esta categoría.

MEJOR DIRECCIÓN: Javier Rebollo por La Mujer sin Piano (España)
Rebollo es un autor personal, con un estilo propio que puede crispar los nervios a más de uno pero que, como ya escribí en su momento, consigue con La Mujer Sin Piano ser algo más accesible que algunos de sus coetáneos de la “línea dura” del cine español, los Jaime Rosales, Marc Recha y Albert Serra de turno y, con esta película algo inclasificable, quizás tender puentes entre esa tendencia y el resto, haciendola algo más accesible. La Mujer sin Piano, con sus planos fijos, su aire a lo Kaurismaki, su curioso viaje a ninguna parte por ese Madrid nocturno y fantasmal y sus personajes entre entrañables y zumbados tiene cierto encanto. Hombre, puestos a ser sinceros, los esplendidos trabajos de dirección tanto de Campanella como de Lu Chuan son más merecedoras de un reconocimiento tan específico como éste pero a falta del Premio especial del Jurado por las razones arriba mencionadas, podemos aceptar Mejor Dirección sin rasgarnos las vestiduras.

MEJOR ACTOR Y MEJOR ACTRIZ: Pablo Pineda y Lola Dueñas por Yo, También (España)
Hace algunos años ya hubo en Donosti un antecedente de un premio doble de interpretación a la misma película. Fue con Te Doy mis Ojos, aquella maravillosa y necesaria visión de Iciar Bollain sobre el tema de los malos tratos en la que parecía injusto premiar el estremecedor trabajo de Laia Marull sin reconocer al mismo tiempo al maltratador que componía Luis Tosar. De la misma forma, habría dejado cierto regusto amargo que Pineda o Dueñas hubieran ganado en solitario. Tengo algunos reparos con Yo, También, película que exhibe un esplendido rigor en su primera hora para acabar desembocando en una resolución complaciente que la convierte en la película bienintencionada y abanderada del buen rollito que todos temíamos, pero al mismo tiempo es de justicia reconocer que si la película consigue mantenerse firme en su precario equilibrio tocando un tema tan delicado y llega al corazón del espectador lo hace gracias sobre todo al compromiso con sus papeles y la estupenda química que se desata entre sus protagonistas, que por momentos consigue convencerte del milagro de que una historia en apariencia imposible funcione. Se sostiene en gran medida gracias a ellos. Si, se puede argumentar que Pablo Pineda, pese a su estupendo trabajo, se interpreta básicamente a sí mismo o que obviar el magnífico trabajo de Julianne Moore en Chloe es algo denunciable, pero que quieren que les diga, tampoco es que estos premios me chirríen demasiado.

MEJOR GUIÓN: Blessed
Sin ser demasiado original, ya que estamos bastante familiarizados y yo diría que hasta un puntito saturados de la estructura tipo Vidas Cruzadas, esta vez con un toquecito de Rashomon en su relectura de la misma y cruda jornada primero a través de las vivencias de los hijos y después a través de las madres de los mismos que describe una sociedad llena de incomunicación, soledad y dolor, Blessed es una película correcta que, en general ha gustado bastante y este premio menor es una forma de reconocerlo. Claro que si pensamos que pese a su férrea estructura, la película transmite algunos mensajes de lo más cuestionables y, una vez más, recordamos que El Secreto de Sus Ojos se ha quedado fuera del palmarés – esta era una categoría especialmente propicia para ella – pues no hay más remedio que ponerle ciertos reparos.

PREMIO FIPRESCI: Los Condenados de Isaki Lacuesta (España)
Este es un premio lógico porque el choque entre la interesante temática que plantea es y su narrativa árida y un punto arriesgada es algo que puede llamar la atención de la crítica especializada. De las pelis ‘raritas’ del festival, Los Condenados quizás fuera la que tuvo mayor capacidad de generar ese interminable debate entre lo que se cuenta, el fondo, y el cómo se cuenta, la forma, algo esencial en esta obra hasta el punto de ahogar un tanto lo que se plantea. Hay una línea continuista en este sentido, pese a que el Jurado sea lógicamente distinto: el año pasado fue Tiro en la Cabeza, la muy discutible y solo a ratos interesante visión del terrorismo de Jaime Rosales, quien se alzó con el premio de la crítica internacional. Por mi parte, que sigan premiando estas propuestas. Mientras al final el premio de la crítica internacional a la Mejor Película del Año recaiga sobre obras tan indiscutibles como La Cinta Blanca de Michael Haneke, no hay problema.
Y eso es todo, a falta del jugoso anecdotario y algunas grandes películas de Zabaltegui que no he tenido tiempo de comentar y que confieso que no sé cuando tendré tiempo de subir a CineMérida. Me despido de Donosti con la siempre inevitable sensación de tristeza pero bueno, la Seminci no está tan lejos para tomar el relevo. Ahí estaremos.

sábado, septiembre 26, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 7: La Mujer sin Piano, 10 to 11, Los Condenados, Vine de Busan

LA MUJER SIN PIANO Jo, que noche.

Javier Rebollo es uno de esos directores surgidos en los últimos tiempos que hacen las delicias de la redacción de Cahiers du cinema y plantean un cine a menudo calificado con adjetivos rimbombantes de esos que tanto nos gusta usar a los plumillas como riguroso, personal, insobornable, comprometido con su visión, etc. Para el común de los espectadores suelen ser cineastas muy minoritarios cuyas obras resultan en la mayoría de los casos poco accesibles o directamente incomprensibles, de esos hinchan la vena a parte de este país y que, sin embargo, como los responsables de Fuga de Cerebros o Mentiras y Gordas, son igualmente esenciales, gusten más o menos, para la buena salud general de nuestro cine.

Viene esto a cuento porque servidor fue de los que se aburrió soberanamente con Lo Que sé de Lola, la anterior película de Rebollo, y eso que tenía en su reparto a Lola Dueñas, una mujer que siempre consigue interesarme mucho cuando aparece en pantalla. Así que La Mujer sin Piano, segunda película del realizador y segunda obra española a concurso en la Sección Oficial, me imponía cuanto menos cierto respeto. Con una puesta en escena en la que predominan los planos fijos, los silencios, el off visual y sonoro, la sobriedad y, en fin, el minimalismo expresivo, Rebollo nos cuenta el retrato de una ama de casa hastiada de su vida insulsa e incluso aun más de su marido que, una noche de insomnio, se lía la peluca a la cabeza, se calza unos tacones, trinca una maleta y decide abandonar de una vez, romper con todo y tomar el primer autobús a cualquier destino lejos de su monótona existencia. Pero no todo será tan fácil.
Una sobria y muy contenida Carmen Machi, espléndidamente alejada de sus registros televisivos pero a la vez capaz de ofrecer una comicidad basada en prácticamente lo opuesto a lo que le conocíamos hasta ahora, se embarca así tras protagonizar una somera descripción de su aburrida existencia en un viaje nocturno por un Madrid despoblado, inhóspito y fantasmal en el que se diría que todo el universo parece conspirar contra ella y su deseo de partir. Resulta sumamente divertido – o al menos a mi me lo parece, que en esto, como en todo, el gusto va por barrios – asistir a la repetición de situaciones en las que esa ama de casa decidida se encuentra multitud de estúpidas trabas para las cosas más simples, ya sea comprar un billete, hacerse con un bocadillo, echar un cigarrito o usar un ascensor. Parece como si todas las señales le gritarán que lo que está a punto de hacer no es lo correcto, lo normal, lo que se espera de ella.

En su peregrinar, que a mi me recuerda bastante al viaje a ninguna parte del protagonista de la peli de Scorsese con la que me he tomado la libertad de titular esta crónica, aunque ambas películas formal y temáticamente se parecen como un huevo a una castaña, Rosa encuentra un cómplice, un surrealista y divertido inmigrante polaco con mentalidad de Mc Gyver y una facilidad desconcertante tanto para recordar las cosas más absurdas como para soltar las más delirantes perlas de sabiduría con el que, en las horas que comparten, consigue conectar de un modo sumamente peculiar. La relación entre marciana y tierna que describe Rebollo, siempre en difícil equilibrio, puede llegar a crispar los nervios de cualquiera – los tiempos muertos y los planos alargados marca de estilo abundan en el metraje – pero hay un cierto toque Kaurismaki que en su simplicidad que puede conseguir el milagro de hacer que esos ataques de autoría se pasen por alto. Lo cierto es que, cuanto más pienso en ella, más me surgen sus aciertos que sus defectos, así que debe ser, pese a todo, una buena señal.

10 to 11 El coleccionista y la memoria.

El año pasado una película turca, La Caja de Pandora, se alzó con la Concha de Oro otorgada por el Jurado que presidía Jonathan Demme, para perplejidad de todos los que vimos como esa obra maestra llamada Still Walking y la esplendida Camino se iban de vacío en el Palmarés. Tal y como está el panorama, no sería de extrañar que el Jurado de este año – que puede premiar casi cualquier cosa, dado que hasta el momento no hemos visto en la Sección Oficial esa gran película que genere un consenso semejante al del pasado año – pueda repetir la jugada con esta más que correcta aunque algo redundante película de la realizadora Pelin Esmer que narra la vida de uno de los personajes más peculiares vistos en Donosti: un coleccionista que ha dedicado la mayor parte de su vida a acumular cientos de objetos en su piso en una suerte de síndrome de Diógenes más o menos atenuado que ve como se pone en peligro la gran obra de su vida cuando sus vecinos deciden reconstruir el edificio con la excusa del temor a los terremotos y para revalorizar sus posesiones. Sin sitio donde ir ni donde llevar sus colecciones, Mithat no tiene más remedio que buscar la complicidad de Ali, el simple portero de su edificio, para resistir todo lo que pueda.
10 to 11 es una película de éstas que obliga a replantearse la relación que los seres humanos mantenemos con las cosas. Todos acumulamos cosas inútiles por las más diversas razones, aunque no lleguemos al extremo de Mithat y todos nos aferramos a ellas y a la extraña seguridad que nos proporcionan esos objetos y ese orden en nuestras vidas. Sin ir más lejos, les confieso que durante la proyección de la película un servidor estuvo reflexionando sobre la inmensa cantidad de catálogos y pressbooks inútiles que uno acumula durante los festivales. La historia está bien contada y el desarrollo de la relación de ese viejo maniático con el portero que de forma progresiva ve en ella una oportunidad para mejorar su propia vida es interesante. El unico lastre de la película es, como por otro lado suele pasar demasiado a menudo en el cine turco, son los planos innecesariamente alargados (¿cuándo se darán cuenta los realizadores turcos que el estilo de Nuri Bilge Ceylan no es tan fácil de imitar?), la reiteración de determinadas situaciones e ideas que en lugar de apuntalar las columnas de la película las debilitan y como consecuencia de todo ello, un ritmo cadencioso en exceso y un metraje desmesurado.

El caso es que hay algunas ideas interesantes: el gag repetido de la dinamo manual, la inteligente forma en la que se nos apuntas datos esenciales sobre el pasado de Mithat a través de viejas grabaciones, ese tomo 11 de la enciclopedia que se convierte en un símbolo de la relación entre Mithat y Alí, cierto sentido del humor… Pero a partir del momento en el que uno puede anticipar todo lo que va a suceder hasta el final, la segunda hora de película solo sirve para confirmar sin sobresalto alguno lo que ya se apuntaba, con lo que el interés va dejando paso progresivamente a cierto aburrimiento que ni el trabajo de puesta en escena ni la naturalidad de los actores pueden conseguir que levante el vuelo. 10 to 11 es pues una película correcta y en cierto sentido irreprochable, pero ni emociona ni deja demasiada huella en el espectador más allá de, quizás, cuestionarse uno mismo en función de nuestra propia relación con los objetos que poseemos.

LOS CONDENADOS, La forma y el fondo.

La última película española a concurso, la primera obra de ficción de Isaki Lacuesta, realizador de Cravan Vs Cravan y La Leyenda del Tiempo, es una de esas películas que consiguen cabreardme pero no porque estén ni mucho menos exentas de elementos interesantes. En relación directa con lo que apuntaba más arriba sobre La Mujer sin Piano de Javier Rebollo, ésta es otra de esas películas que, como pasaba el año pasado con Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales, plantea un tema interesantísimo pero lo hace de una forma tan árida, tan radical y tan a contracorriente del relato convencional que bien pareciera que su realizador se está dedicando a hacer una selección previa entre los espectadores antes de entrar en materia, quedándose solo con aquellos que sean capaces de aguantar un buen rato con poco más que unos leves apuntes de información sobre los personajes y las relaciones entre ellos, que uno intuye intensas y con pasado doloroso de por medio, pero ha de intuirlo porque no es que se ofrezcan demasiadas explicaciones al respecto, y un desarrollo moroso y rebuscado que obliga a tirar de una santa paciencia de la que a estas alturas de Sección Oficial algunos ya andamos un tanto escasos para seguir enganchados a su propuesta.

Estamos en un país latinoamericano indeterminado, en medio de la jungla, con un equipo de voluntarios que trabajan excavando para recuperar los cuerpos de unos guerrilleros asesinados por los militares en una insurrección frustrada hace décadas. Dos supervivientes de aquella masacre colaboran para encontrar los restos de un tercer compañero, convertido en mártir de la causa, mientras la culpa de aquellos que consiguieron escapar de la represión huyendo a Europa choca frontalmente con el reproche de los que quedaron atrás y pagaron un alto precio por ello. Los secretos, las mentiras, los ideales perdidos, las revoluciones frustradas, el mundo que sigue igual o peor que antes, las explicaciones a las nuevas generaciones y los ajustes de cuentas pendientes antes de que sea demasiado tarde son elementos que en uno u otro momento aparecen por la película de Isaki Lacuesta.

¿A que parece interesante? Pues la cosa no funciona por el empeño de su realizador en convertir lo que podría haber sido una estupenda reflexión sobre todos los temas apuntados en un ejercicio de estilo que busca tan a fondo marcar las distancias y la frialdad de las relaciones entre los personajes que es el espectador el que acaba por distanciarse de ellos, haciendo una tarea casi imposible encontrar esa necesaria identificación que permita interesarse por sus problemas, emocionarse con ellos. Para cuando Isaki Lacuesta nos regala el que probablemente sea el plano más memorable del festival, un plano fijo sobre el rostro de la actriz Barbara Lennie que lo sostiene de forma impresionante mientras suelta unas cuantas y necesarias verdades sobre la cantidad de mierda que la generación anterior ha dejado caer sobre sus cabezas como un peso muerto del que parece imposible deshacerse, es posible que haga ya tiempo que el espectador se haya desconectado de la película, acaso en defensa propia. Y es una verdadera lástima, porque hay verdad, dolor, talento e inteligencia en la película de Lacuesta y habla de un tema importante, lo que le queda a aquella generación que protagonizó las revoluciones del siglo pasado yendo de derrota en derrota y la herencia que dejan en unos hijos que a menudo ni comprenden ni aceptan semejante legado. Podría haber sido una gran película. Pero, por desgracia en la opinión del que escribe, acaba por importar más la forma que el fondo.

VENGO DE BUSAN Pues para esto, mejor no hubieras venido

Les voy a contar un secreto a voces: en muchas ocasiones las películas de la Sección Oficial que uno ha de ver por obligación por ese corolario para críticos de la Ley de Murphy que dice que si hay una sola película a concurso que no has visto, será precisamente esa la que gane la Concha de Oro y a ti se te quedará una cara de gilipollas que no veas – créanme, ya lo he vivido y no es nada agradable – provocan una sensación de hastío tal que uno por momentos siente ganas de hacer como Homer Simpson y gritar un sonoro “¡Me aburro!” en mitad del silencio sepulcral de una sala en la que les juego lo que quieran, la inmensa mayoría de los allí reunidos estaba echando pestes del tremendo ladrillo que nos estaban endosando.
Parecía además una broma cruel del destino – o una coña final de los programadores – que la última película de la Sección Oficial, la coreana Vengo de Busan, la última esperanza que nos quedaba para salvar una selección indigna de un Festival A como éste, fuera probablemente la peor de todas las que optan a la Concha de Oro. Para cortarse las venas. La película de Jeon Soo-il cuenta la historia de In-Hwa, una chica de 18 años que en las primeras escenas tiene un bebé e inmediatamente lo da en adopción para volver a su vida cotidiana lo antes posible. El problema es que su vida cotidiana está llena de soledad, aburrimiento, hastío vital, desorientación y alineamiento. A su alrededor, la violencia verbal y física constante con la que convive – hay un hermoso plano fijo en un karaoke en el que mientras ella canta en una habitación vemos a un grupo de estudiantes humillar a golpes a su mejor amiga, sin que se llegue a explicar por qué – la aíslan emocionalmente hasta límites inhumanos difíciles de comprender, como esa escena en la que un borracho cae al río y se hunde ante su total indiferencia, con lo que acaba por no quedarle otra que intentar recuperar su bebé, a ver si así consigue encontrarle algo de sentido a su vida. Yo entre tanto por más que lo intenté no conseguí encontrarle el sentido a la presencia de tan anodino y plumbeo filme en la Sección Oficial. Eso sí: el plano en el que la chica empieza a golpearse la cabeza de forma desesperada en el autobús para ver si siente algo o si despierta bien podría ser la metáfora perfecta de lo que hemos vivido los acreditados en esta Sección Oficial.

Mañana conoceremos el Palmarés. Para mi la única película irreprochable y redonda del Festival es El Secreto de sus Ojos de Campanella, pero es una apuesta tan segura y tan fácil que intuyo que el Jurado no lo reconocerá con la Concha de Oro, aunque en esta ocasión, a diferencia del escándalo que supuso el año pasado la ausencia de Still Walking, tiene un pase: el jurado puede votar prácticamente cualquier cosa. En las interpretaciones, Jens Albinus debería ganar el Mejor Actor por su papel de pedófilo en lucha consigo mismo en This is Love, aunque le perjudica que la película no funcione y la tentación de darselo a Robert Duvall por Get Low o incluso a Darín. En actrices la cosa está aun más complicada: mi favorita es sin duda Julianne Moore por Chloe pero tanto Frances O’Connor por Blessed, Isabelle Carriere por El Refugio o incluso Carmen Machi por La Mujer Sin Piano serían una buena opción, la dirección debería ser bien para Campanella, bien para el chino Lu Chuan por City of Life or Death, que en buena lógica también debería trincar el de fotografía. Y bueno, el Premio Especial del Jurado puede ser para cualquiera, dependiendo si lo consideran una Concha de Plata o un premio artístico, y si es este último caso, puede que Los Condenados o La Mujer Sin Piano tengan opciones. En cualquier caso, lo que está bien claro es que ésta es una edición que no pasará ni mucho menos a la historia, salvo quizás por ser sorprendentemente floja. Y mucho menos si se compara con el altísimo nivel que ha dado Zabaltegui y sus Perlas de Otros Festivales, muchas de las cuales no he tenido tiempo de reseñar en estas dos ultimas jornadas (la espectacular Venganza de Johnnie To, la impresionante Cinco Minutos de Gloria de Oliver Hirschbiegel, El Imaginario del Dr. Parnassus que nos ha devuelto al mejor Terry William, la emocionante London River,…) y a las que deberían estar muy atentos cuando se estrenen en próximas fechas.

jueves, septiembre 24, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 6: Yo Tambien, Blessed, Un Profeta, The Shock Doctrine

YO, TAMBIÉN Pagafantas con Síndrome de Down.

Las expectativas son una cosa curiosa en los festivales. La primera película española a concurso en la Sección Oficial, por ejemplo, hacía temer lo peor. Al fin y al cabo se trataba de una apuesta cuanto menos arriesgada: la historia de amor – o casi – entre un joven con síndrome de Down y una treintañera de buen ver que arrastra no pocos problemas personales de la que se enamora perdidamente. O sea, no ya una temible historia de superación personal sino un más difícil todavía que indaga en el territorio sentimental y sexual de unos discapacitados cuya realidad cotidiana no difiere demasiado de la nuestra ya que son personas con las mismas necesidades y deseos que nosotros pero a los que no nos esforzamos en comprender demasiado bien. Para echarse a temblar.

Sin embargo, la película de Álvaro Pastor y Antonio Naharro tiene unas cuantas cosas a su favor. Para empezar la presencia de dos actores, Pablo Pineda y la siempre fiable Lola Dueñas, comprometidos con sus delicados papeles hasta tal punto que consiguen insuflar naturalidad y credibilidad allí donde es más necesaria, en la descripción del proceso de fascinación mutua que da paso a otro tipo de sentimientos. Su factura visual, apoyada en una fotografía granulosa digital que busca la inmediatez, la cercanía y cierto tono cuasi documental también pone su granito de arena. Pero lo más importante, y hacen bien los directores en otorgarle un lugar de honor en los agradecimientos, la palpable influencia de Fernando Castets en el entramado argumental y los diálogos chispeantes que recorren su metraje: hay un puntito del cine de Campanella, del que Castets es colaborador habitual, en esta película. Para lo bueno y, ay, también para lo malo.
La propuesta podría parecer descabellada desde un primer momento. Y la verdad es que no deja de ser una especie de variante aun más difícil de ese pagafantas que tan bien ha retratado este año Borja Cobeaga: al pobre chaval no le queda otra que enamorarse perdidamente del personaje de Lola Dueñas, que tampoco puede ver en él en ningún momento a una posible pareja, por muy a gusto que se encuentre con él. O precisamente por eso. La descripción de ese proceso repletito de trampas que los directores sortean con habilidad funciona bastante bien e incluso podría decirse que está tratado sin frivolizar demasiado, con cierto rigor. Pero claro, mantener eso resulta una tarea bien complicada en una película que maneja unos temas tan delicados y susceptibles de caer en el sentimentalismo más ramplón. Y por momentos, cae: tanto la facilona y previsible historia de la pareja de chavales con el síndrome enamorados como la parte de la trama que trata de justificar (¿por qué? ¿para qué?) el comportamiento del personaje de Lola Dueñas perjudican ese delicado equilibrio hasta cargárselo.
Con todo, lo malo es que una vez que se adentra en un determinado camino, ya lo recorre hasta el final. Y eso hace que lleguemos a una innecesaria resolución complaciente que se carga el rigor que había exhibido hasta entonces y convierte a Yo, También en la película amable abanderada del buen rollo que todos nos temíamos. Sería injusto, no obstante, tanto no reconocer que es una película con buenas interpretaciones, momentos muy logrados – la escena del ascensor es impagable, pero también su tratamiento de la desesperación de Daniel ante ciertas circunstancias – y diálogos chispeantes que provocarán algunas risas y cierta complicidad en el espectador no demasiado exigente.

BLESSED, Madres e hijos, incomunicación y vidas cruzadas.

Si Yo, También es de lejos la propuesta más buenrollista de lo que llevamos de Sección Oficial, podría decirse que la australiana Blessed es su reverso tenebroso. Da un mal rollo considerable. Le sigue la pista a siete chavales de lo más perdidos que huyen o han sido abandonados por un entorno familiar hostil o inexistente con la inevitable estructura de vidas cruzadas con el toque moderno Iñarritu-Arriaga-Haggis (táchese según gustos) que ustedes pueden imaginar. El toque de originalidad lo pone el hecho de especiar la archiconocida fórmula con un toque de Rashomon, o sea, primero vemos la jornada desde el punto de vista de los distintos chavales – cuya falta de mínimas entendederas en algunos casos resulta francamente notable – e inmediatamente después de concluida tan divertida jornada poblada de robos, accidentes, rabietas, rebeldías mal entendidas y algún que otro estentóreo cabreo, asistimos al mismo día pero desde el punto de vista de los progenitores, perdón, las progenitoras de semejantes angelitos. Y con el comportamiento de éstas, igualmente deleznable y estúpido en la mayoría de los casos, entiendes que los vástagos quisieran alejarse de semejantes madres.
Blessed es una película bien estructurada que cuenta además con algunas buenas interpretaciones – Frances O`Connor por ejemplo está francamente esplendida en su papel – y que pese a deprimente panorama de incomunicación y esquizofrenia de la sociedad moderna que describe, puede llegar a enganchar al espectador con ese conflicto generacional en el que, sin embargo, a poco que se rasque, uno cae en la cuenta que no profundiza en exceso y sí está repleto de escenas gratuitas: la del chaval frente a la cámara de video, sin ir más lejos, resulta de lo más innecesaria. Por supuesto, inevitable topicazo, los varones adultos de la película ni están ni se les espera y para uno que está presente resulta ser un completo gilipollas. Pero curiosamente lo que más cabrea es algo que no sé si es o no intencionado. Si lo es, me parece terrible, pero si no lo es aun me parece peor: fíjense que de todas las historias, la madre que sufre mayor castigo en el filme es precisamente aquella cuyo comportamiento es el más “reprobable” desde el punto de vista de lo que la sociedad considera normal. Dicho de otro modo, una de las lecturas finales de la película resulta de lo más moralista y reaccionario que puedan imaginar, cuando es precisamente una mujer su directora y responsable última. Manda huevos que diría el otro. Insisto: no es una mala película – de hecho es de lo más salvable en la Sección oficial de este año - pero hay en ella demasiadas cosas discutibles.

UN PROFETA, Audiard demuestra de nuevo por qué es un maestro.

La última película de Jacques Audiard (Un Héroe Muy Discreto, De Latir mi Corazón se ha Parado) Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes, ha pasado por Zabaltegui, como ya lo hizo la cuchilla de Haneke hace unos días, dejando a su paso la sensación de contemplar una lección de cine con mayúsculas. Su película son palabras mayores: la historia de un chaval de origen magrebí al que le caen seis años en el trullo, entra en él sin saber leer ni escribir y sin repajolera idea de lo que es la vida carcelaria, que se ve obligado a cargarse a un tipo bajo amenaza de muerte y consigue, con no poco esfuerzo e inteligencia no ya sobrevivir sino medrar en la peculiar estructura social de casi imposible equilibrio que se forma tras los muros de la prisión hasta convertirse en todo un elemento es simplemente impresionante.
Películas carcelarias hemos visto muchas, incluso me atrevería a decir que algunas de las situaciones que se describen en esta obra de Audiard no son precisamente originales, pero el dominio de la puesta en escena de su realizador, la forma en la que mueve la cámara, el modo en que exprime a sus actores para que todo transmita la continua sensación de verdad, de peligro, de dureza… Todo en El Profeta contribuye a construir una película grande de verdad cuyo metraje superior a las dos horas y media se pasa en un suspiro mientras sigues en todo momento con una mezcla de fascinación y repulsión, el impecablemente contado proceso de transformación progresiva de Malik El Djebena, un sensacional Tahar Rahim. No se la pierdan cuando llegue a las carteleras: la película elegida por Francia para los Oscars es una de las grandes obras de la temporada.

THE SHOCK DOCTRINE, El contundente alegato de Winterbottom

Dice Michael Winterbottom, de nuevo este año en Donosti para presentar este documental co-dirigido con Mat Whitecross, que le importa un pimiento el formato en el que se vea o la forma en que se comercialice – inicialmente es una producción para la televisión que ya se ha pasado así por el Reino Unido – con tal de que lo vea cuanta más gente mejor. Normal. Es dinamita de primer orden, una salvaje patada a la entrepierna de nuestras adormecidas conciencias a ver si despertamos de una puñetera vez y abrimos los ojos a una realidad tremenda que de forma sibilina pero evidente ha ido tomando forma en las estructuras económicas y de poder del mundo occidental hasta llegar incluso a ser considerada por muchos la última responsable de esta inacabable crisis cuyos efectos todos padecemos.

En pocas palabras, The Shock Doctrine es una adaptación en imágenes del recomendable libro homónimo de Naomi Klein en el que ésta demuestra con hechos fehacientes y estadísticas en mano como las radicales teorías ultraliberales del premio Nóbel de economía Milton Friedman y sus colegas de la Universidad de Chicago se han venido imponiendo en los últimos años, convirtiendo el capitalismo salvaje en una norma en las economías occidentales con los resultados que todos conocemos, pero cuyo campo de pruebas anterior no ha sido otro que regimenes tan dudosos como las dictaduras de Chile y Argentina, la Rusia que otorgó poderes absolutos a Boris Yeltsin o esa Gran Bretaña de los años de hierro en los que Margaret Thatcher gobernó prácticamente de espaldas al pueblo.

Es largo de explicar pero resumido es sencillo: The Shock Doctrine habla con brillantez del miedo y como el poder lo utiliza para llevar a cabo políticas ultraliberales que profundizan las desigualdades, desprotegen hasta límites inauditos las coberturas sociales en campos tan necesarios como la educación y la sanidad y consiguen, guerras y represión salvaje mediante si es preciso, los objetivos que persiguen. El documental es contundente y Winterbottom juega con fuego haciendo peligrosos paralelismos entre las técnicas utilizadas por la CIA para sonsacar bajo tortura información a los detenidos y la forma en que estas recetas tienen su paralelismo a un nivel superior, el de la política de estado cuando este es lo suficientemente fuerte para imponerlo a través de su autoridad. No dejan títere con cabeza Winterbottom y Whitecross y es bueno que así sea: maneja con fluidez una catarata de datos y estadísticas que llevan a conclusiones objetivas difícilmente cuestionables, por más que su inicio coquetee peligrosamente con el a veces demagogo “estilo Moore” con el que ideológicamente guarda, como no podía ser de otra forma, numerosos puntos en común. Aunque viendo cualquier telediario es fácil o incluso racional caer en el pesimismo, Klein y los directores ofrecen alguna luz para la esperanza, la principal que los terribles hechos que aquí se narran no están más en tinieblas sino que ya se han dado a conocer. Por algo se empieza.

miércoles, septiembre 23, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 5: Get Low, Hadewijch, Mother

GET LOW, Duvall no salva una historia de pocos vuelos.

Había cierta expectación por ver la película que ha permitido una vez más que Robert Duvall, ya Premio Donosti, se pasee a sus anchas por una ciudad en la que, según sus propias palabras, se siente como en casa. Get Low se articula alrededor de un personaje real en principio fascinante, un ermitaño con bien ganada fama de salvaje y huraño que organizó allá por los años 30 su propio funeral con el pretexto de querer escuchar las muchas leyendas que sobre su persona se han ido acumulando en los últimos años, para lo cual acude a un empresario de pompas fúnebres sin demasiados escrúpulos – estupendo Bill Murray – y a algún que otro fantasma de su pasado que le ayudará a sacar a la luz algunos esqueletos que aun guarda en el armario. Para dar aliciente a la cosa, el futuro finado decide sortear sus ricas tierras entre los asistentes al evento, lo que hace que se desate cierta lógica locura y la cosa pase de la extravagancia de un anciano a un más que jugoso negocio.
El punto de partida, sin ser demasiado original, no carece de interés y la propuesta funciona al principio gracias a las composiciones de Duvall y Murray, que dan lugar a unos cuantos momentos divertidos por la brusquedad de uno y la indisimulada avaricia y acentuado cinismo del otro. Pero por desgracia la peli se desinfla en cuanto empieza a entrar en materia y se enreda alrededor de esos secretos inconfesables que luego resultarán no ser gran cosa que atenazan al ermitaño y este pasa de ser una bestia amenazadora a un entrañable osito de peluche sin que esa transición esté del todo bien explicada. Se deja ver con agrado y no molesta, pero una vez más (y ya van demasiadas en esta, digámoslo de una vez, demasiado desangelada Sección oficial que tan pocas alegrías nos está ofreciendo) uno se pregunta qué méritos tiene una película de tan poco fuste, poco más que un telefilme de sobremesa con buenos actores en su reparto y nulo sentido del riesgo, para estar en San Sebastián.

HADEWIJCH, La fe puede ser peligrosa, pero los directores con ínfulas no veas.

Claro que, puestos a comparar, prefiero una película aseada de corte clásico y consciente de sus limitaciones como Get Low al espanto pretencioso que nos ha servido el francés Bruno Dumont con Hadewijch, insufrible reflexión sobre la fe ciega y el fervor de una niña rica aspirante a novicia completamente perdida en su amor por Dios que tras encontrarse con dos musulmanes acaba, no se sabe muy bien por qué, transitando del fundamentalismo de su fe cristiana al integrismo musulmán caldo de cultivo de odios contra el mundo occidental que tiene las consecuencias que todos conocemos. Vale, está claro que Dumont nos está mandando un serio aviso sobre los peligros de una exacerbación de la fe tan desmedida que no importa demasiado si se practica desde la óptica cristiana o desde el lado musulmán – al fin y al cabo ambas religiones organizadas ponen a Dios como excusa para sus desmanes – pero cuando uno aborda temas tan delicados como éste conviene hacerlo desde un tratamiento muy riguroso si no se quiere caer en el más espantoso de los ridículos. Y desde luego no es la mejor de las ideas articular esta historia alrededor de un personaje tan abofeteable y tan irritante en su supina estupidez como esta improbable hija de diplomático y supuesta estudiante de teología incapaz de sostener una conversación seria sobre Dios, su educación católica o las enseñanzas del Islam y ser poco más que una tabla rasa a merced de cualquiera con cierta autoridad.

Si a eso le sumamos que al director de L’Humanité o Flanders ha debido tomar para inspirarse antes de rodar esta película una sobredosis de Bresson y Dreyer y no tiene el más mínimo reparo a la hora de fusilar alegremente a uno y a otro en su alucinante tramo final – puestos a hacer homenajes, más vale hacerlos con el descaro y el sentido del cachondeo del que hace gala Tarantino en sus Bastardos y no ponerse trascendente – el resultado es que una película que bien llevada podría haber llevado a sesudas conversaciones sobre la naturaleza de Dios, la necesidad de la fe y demás zarandajas, solo dan ganas de olvidarse de ella lo más rápido posible. Y es que, como queda meridianamente claro incluso sin la necesidad de pasar por el trance de ver la película, hay que rezar menos y follar más.

MOTHER no hay más que una y además ésta es detective

Como la Sección oficial sigue sin levantar cabeza más allá de Campanella, uno sigue eso si buscando refugio en Zabaltegui y sus Perlas de Otros Festivales, que bien mirado es una forma ideal de disimular las lagunas. Allí se presentaba ayer la coreana Mother de Bong Joon Ho, miembro este año del jurado de la Sección Oficial. El autor de Memories of Murder, ha construido una estupenda película que coge al vuelo una idea presente en aquella magnífica película consistente en cargarle el muerto, nunca mejor dicho, de un asesinato al primer retrasado mental que pasaba por allí y que estuviera dispuesto a firmar una confesión sobre el particular. El problema es que en este caso la madre de ese chaval de más bien poquitas luces decide ante la pasividad de la policía y de su propio abogado, tomar cartas en el asunto e investigar por su cuenta hasta que consiga dar con el auténtico asesino que libere a su hijito del alma de la cárcel.
Mother es pues una película que indaga sobre el amor incondicional de una madre y las cosas a veces terribles que esta señora está dispuesta a hacer por su niño del alma. Toma así varios elementos muy reconocibles de anteriores películas del director, lo que es una ventaja pues el tipo se mueve como pez en el agua en este registro y a la vez un defecto, pues no deja de sonar a algo ya conocido: cualquiera que haya visto The Host o la antedicha Memories of Murder está en terreno familiar, pues reconocerá la debilidad que siente el director por los desvalidos, la denuncia de la incompetencia policial, el valor de una obsesión a la hora de resolver un crimen por complicado que parezca el rompecabezas o por estúpidas que sean las pistas que uno persiga y, sobre todo, el negro sentido del humor que sirve para aligerar el tono del filme.

De hecho, el realizador abre la película con un curioso baile de la protagonista en las montañas y desaprovecha en su tramo final una oportunidad ideal para conseguir una perfecta estructura circular. Y es que una de las cosas que siempre le pasa a este talentoso director es que se gusta demasiado a si mismo y riza el rizo más de lo debido sin necesidad. En cualquier caso, Mother es una muy recomendable película que cuenta a su favor con un trabajo excepcional a cargo de la veterana actriz Kim Hye Ya y una trama de suspense atractiva y muy bien desarrollada que sirve para que Bong Joon Ho ponga el acento en lo que más le interesa, que no es otra cosa que la forma de funcionar de esa auténtica madre coraje a la que le importa más bien poco su bienestar o el de los demás con tal de que su retoño, por muy gilipollas que éste sea, esté a salvo. Como debe ser.

martes, septiembre 22, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 4: La Cinta Blanca, City of Life and Death, Making Plans for Lena, Nadie Sabe Nada de Gatos Persas

El horror en blanco y negro.

Los azares de la programación han querido que casi de forma consecutiva dos películas pertenecientes a dos secciones distintas del Festival nos hayan servido dos surtidas raciones del horror que es capaz de provocar la especie humana. Y las dos en un majestuoso blanco y negro, cosa entendible en una pero no en otra, ya que contiene abundantes zonas grises. Empecemos con Haneke, cuya La Cinta Blanca no solo fue la ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes sino que también ha conseguido el premio Fipresci de la Crítica internacional a la mejor película del año. Ahí es nada.

Estamos en 1913, en un pueblecito de Alemania. Sus habitantes viven a la sombra del poder del barón, propietario de las tierras que trabajan y empleador directo del maestro, el médico y su comadrona, el administrador e incluso el pastor protestante que dirige con mano firme la vida espiritual de su rebaño. Pero algo sucede en ese apacible pueblo: empiezan a tener lugar una serie de extraños accidentes que alteran la vida de sus habitantes. Pueden parecer bromas, pero no lo son en absoluto: algunas tienen consecuencias mortales. Poco a poco, de la mano de la afilada cuchilla de la cámara de Haneke, penetramos en lo más profundo de los hogares de ese pueblo, seguimos en especial a los niños y adolescentes que, en una idea harto inquietante, parecen empezar a rebelarse ante el estricto – e hipócrita a más no poder – sistema en el que son educados, donde la autoridad ejercida de forma brutal está a la orden del día. No hay estridencias, pero si una tensión soterrada, una ira acumulada a punto de desbordarse, una actitud que genera un caldo de cultivo de odios, brutalidad, ignorancia y apatía que en realidad está incubando el huevo de la serpiente. Y es que esos encantadores infantes, con su aire angelical, sus secretos e interiorizando de forma brutal una educación cuyo eje es el autoritarismo que impone un principio o un ideal como algo absoluto, son los que apenas veinte años después integrarán alegremente los cuadros del Tercer Reich cuando Hitler llegue al poder.

Una vez que uno cae en la cuenta de esa conclusión esencial, ya no hay vuelta atrás. Puede que Haneke no esté hablando abiertamente del nazismo, ya que como suele ser costumbre en él, su cine plantea muchas más preguntas que respuestas, pero cuesta mucho no tratar de analizar muchas de las situaciones planteadas por Haneke a la luz del horror que asolará Europa en el futuro. Hay tanto que alabar de una película tan inteligente y a la vez tan deliciosamente perversa que es obligado dejar su análisis para mejor ocasión, pero no quiero dejar pasar la ocasión de destacar algo que me parece esencial: la puesta en escena y los planos de esta película son tan perfectos en su estética, de una belleza tan sobrecogedora, que el contraste con lo que se cuenta ofrece un resultado magnético, fascinante. No en vano es una de las grandes películas del año.

CITY OF LIFE AND DEATH, Tan brillante como maniquea.

Frente a la amplia zona de grises de la película de Haneke, la visión del horror que ofrece la producción china dirigida por Lu Chuan puede resultar en comparación mucho más burda, si bien hay que reconocer que los hechos históricos que recoge – la matanza en 1937 de más de 300.000 chinos en la ciudad de Nanking a manos de las invasoras tropas japonesas – no dejan demasiado espacio para interpretaciones subjetivas. La cosa empieza bien: durante los primeros 40 minutos asistimos a un filme bélico de gran presupuesto, espléndida factura visual y muy entretenida, con una esplendida fotografía en blanco y negro que sabe como atrapar la atención del espectador mientras desarrolla la toma de la ciudad.
De inmediato comienzan las matanzas y Lu Chuan no nos ahorra el más mínimo detalle: la brutalidad con la que se comportan los nipones, su cosificación de seres humanos para exterminarlos sin el menos asomo de culpa, la terrible forma en la que esclavizaba sexualmente a las mujeres chinas para mantener la moral de los soldados… el rosario de atrocidades es de tal calibre que por un lado llega un punto en el que uno casi se inmuniza en defensa propia (y venga a morir chinos, como decía el gran Gila) vaciando de sentido tal desfile de los horrores; por otro, pese a que los hechos históricos hablan por sí solos, no basta con adoptar el punto de vista de un soldado japonés algo más sensible para evitar la molesta sensación de que estamos ante un panfleto que deja en evidencia su condición de superproducción china con todos los parabienes de los responsables. Y es una lástima, porque es una cinta irreprochable desde el punto de vista técnico – por momentos, incluso brillante en el encaje de muchos de los elementos que componen la calidad de un filme, como la música, el montaje o las interpretaciones – y que afronta sin tapujos una vez más los niveles de horror que puede llegar a alcanzar el ser humano en determinadas circunstancias.

MAKING PLANS FOR LENA, Histerismo sin fin.

El año pasado, Christophe Honoré tuvo el dudoso honor de ser uno de los autores que más nos aburrió con La Belle Personne, una infumable adaptación de la trama de un clásico de la literatura francesa a los institutos actuales que no funcionaba nada bien y que provocó sonoros bostezos por toda la platea. Al mismo tiempo, Oliver Assayas presentó en otra sección Las Horas del Verano, una interesante película sobre el eterno tema familiar que giraba en torno a los problemas de tres hermanos y una incómoda herencia. Será casualidad, pero viendo Making Plans For Lena, uno podría pensar que Honoré se dijo a si mismo “eso también lo hago yo” y el resultado es esta película tan tediosa como lamentable que gira en torno a los problemas generados por una mujer que abandona su trabajo y su marido y cuyo irritante comportamiento histérico crispa los nervios del espectador desde el primer minuto hasta el punto, fíjense bien, que hace que uno llegue a odiar bastante a la siempre apetecible Chiara Mastroianni, que carga con el marrón de insuflar vida a tan detestable y caprichoso ser.

Dice Honoré que le gustaría que el espectador acabase, pese a todo, poniéndose un poco del lado de Lena y comprendiéndola. Va dado. Lo que uno no acaba de entender es por qué ese ex-esposo evidente alter ego del director – astutamente interpretado por un Jean Marc Barr que lo convierte en un dechado de virtudes – no la ha mandado a la mierda mucho antes. Y tampoco tienes ganas de entender ni a los relamidos padres ni a la hermana en crisis que han de adaptarse a la nueva situación e intentar hacerla feliz, cuando lo más sensato sería mandarla una temporadita a algún sanatorio de reposo. En fin, la peli es una de esas de las que sales pensando que es demasiado francesa para su propio bien y que se merecía aun menos que La Belle Personne el año pasado estar en la Sección oficial de un Festival clase A como éste.

NADIE SABE NADA DE GATOS PERSAS, Escena musical iraní

Fuera de la Sección Oficial, el doblemente premiado con la Concha de Oro a la Mejor Película Bahman Ghobadi ha presentado una película insólita sobre la música que se hace clandestinamente en Irán y lo putas que las pasan los músicos que se buscan la vida para hacer sus proyectos bajo la sombra amenazante de un régimen autoritario que no se corta un pelo a la hora de repartir latigazos o poner a la sombra a cualquiera por el simple hecho de interpretar o escuchar música prohibida. Con una levísima trama argumental sobre dos músicos que quieren dar un último concierto antes de huir del país que no es otra cosa que la excusa para, un poco al estilo de lo que hizo Fatih Akin con su Crossing the Bridge y los sonidos de Estambul, dar al espectador una surtida muestra de lo que por allí se cuece.
El resultado es una película a la que de vez en cuando se le va la mano videoclipera pero que es insólita en el sentido de que no se parece a nada que se haya podido ver anteriormente en la cinematografía iraní. Por sus imágenes desfilan desde apasionados de la música kurda tradicional hasta gente que sueña con ver a Sigur Ros, metaleros enganchados al rock duro y prodigiosos raperos que no se cortan un pelo en sus incendiarias rimas. Todos ellos expresando el mismo deseo: libertad para escuchar y sobre todo hacer la música que les gusta, libertad que por desgracia parece que hoy en día solo puede conseguirse más allá de las fronteras de su propio país, presa de un régimen insufrible que mata la creatividad y oprime el alma de estos artistas. Y la de todo aquel que asiste impotente desde la butaca a tan necesaria denuncia.

lunes, septiembre 21, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 3: El Secreto de sus Ojos, This Is Love, Taking Woodstock

EL SECRETO DE SUS OJOS, Las huellas del pasado y el presente

Les confieso que siento una debilidad muy particular por el cine de Juan José Campanella. Aunque es cierto que a menudo le puede una cierta sensiblería, sus historias siempre suelen emocionarme y divertirme a partes iguales. Tiene olfato para los diálogos, sentido del ritmo y su cine desprende una enorme coherencia, asentándose siempre en los mismos principios vitales: la lealtad a uno mismo y a los amigos, la importancia de reconocer al otro, la necesidad de expresar lo que se siente, la búsqueda de una felicidad que no comprometa lo esencial de uno… Es un cine personal e insobornable y aunque no siempre sea acertado, al menos nadie podrá acusarle de no ser fiel a si mismo.

El Secreto de sus Ojos supone en opinión del que escribe estas líneas un enorme paso adelante en la filmografía de Campanella, que parece haber encontrado con esta más que notable película la formula ideal para, sin abandonar ese inquebrantable compromiso consigo mismo, probar a mezclar elementos nuevos procedentes de más géneros y arriesgarse a explorar las posibilidades que éstos ofrecen. Juega Campanella con el pasado y el presente para contarnos la historia de una obsesión, la de Benjamín Exposito (Ricardo Darín, a un nivel mucho mayor que en la película de Trueba) un funcionario de juzgados jubilado que ha guardado en la memoria como una herida abierta un crimen no resuelto 25 años atrás, que ahora pretende convertir en su primera novela. La historia de la brutal violación y asesinato de una joven en los albores de la dictadura, la búsqueda de la justicia que implica más allá del deber a todos los que tuvieron relación con el caso se entrelaza con la memoria sentimental de Expósito, que recurriendo de nuevo a la mujer que dejó atrás en aquel tiempo para que le ayude a desenterrar el pasado, busca una forma no ya de ajustar cuentas con los responsables de aquello, sino consigo mismo y con los errores cometidos en una vida que, como se recuerda varias veces a lo largo del filme, no es otra sino la misma.

Campanella mezcla de forma desprejuiciada y con excelentes resultados el cine negro con la comedia romántica que siempre ha dominado; alterna la denuncia política de unos años oscuros, anticipo de los terribles que estaban por venir, con el gag cómico puro y duro; trabaja con exquisitez unos personajes maravillosamente perfilados a los que acompañas de buen grado durante toda la historia emocionándote con ellos, celebrando sus pequeñas victorias, lamentando sus varias derrotas, sufriendo la tensión de la búsqueda que parece no llevar a ninguna parte – éste es un filme que remite por momentos a aquella maravillosa Memories of Murder de Bong Joon-Ho, que fue premiada aquí hace ya unos años – y consigue transmitirte todo el pesado ambiente de una derrota siempre presente pero de la que quizás aun hay tiempo de escapar en el presente.

Sería injusto decir que El Secreto de Sus Ojos es una película solo de personajes – el trabajo de Campanella detrás de la cámara depara algunos momentos tan espectaculares como sorprendentes, véase toda la secuencia que tiene lugar en el estadio de fútbol, planos secuencia espectaculares incluidos – pero no cabe duda que gran parte del éxito de la propuesta radica tanto en eso tan intangible y a la vez tan esencial que es la química en pantalla, algo que la magnífica pareja Darín-Villamil (recuerden El Mismo Amor, La Misma Lluvia) siguen teniendo de sobra, como en la fabulosa vis cómica de un genial Pablo Rago a cargo ese impagable, brillante y leal borracho subordinado digno de formar parte del selecto panteón de los mejores dipsómanos que el cine ha inmortalizado: su Morales es un auténtico robaescenas, un boludo entrañable que se hace querer por el espectador en todo momento y que tiene a su cargo algunas de las frases más antológicas en un guión repleto de buenos diálogos.

Ni siquiera cuando Campanella bordea la sensiblería – sabe reírse abiertamente de ella, siendo plenamente consciente de cuando y cómo la utiliza – o se empeña en atar todos los cabos sueltos en un tramo final algo más previsible y manipulador de lo que debería, baja demasiado el nivel de una película notable que ha dejado muy buen sabor de boca y que, visto lo visto hasta ahora aunque aun queda mucho por delante, parece bien colocada para encontrar su hueco en el palmarés final.

THIS IS LOVE, Un pedófilo, una borracha y un sinsentido.

Mattias Glasner articula su propuesta para la Sección Oficial en un registro similar al de Campanella: dos historias entrelazadas en el presente y en el pasado que atañen a dos personajes vinculados a las mismas y entre sí que se van desarrollando pacientemente ante los ojos del espectador. Por un lado tenemos a un pedófilo que, cual zorro que cuida a las gallinas del corral, se dedica a la muy noble tarea de salvar de las redes de la prostitución infantil asiática a adorables lolitas a las que busca familias de adopción. Por otro, una veterana detective – Corinna Harfouch, que recuerda no poco a la Helen Mirren de la excelente serie Principal Sospechoso de la BBC – cuya vida personal es un auténtico desastre desde que su marido la abandonó sin dejar el menos rastro ni dar la más mínima explicación veinte años atrás, sumiéndola en un alcoholismo militante que compagina como buenamente puede con su trabajo policial. Ambos personajes ven sus destinos unidos por la desaparición de Jenjira, una niña de 11 años que estaba a cargo del pedófilo y a la que perseguía una mafia chunga empeñada en cobrar la pasta del precio de su liberación de su esclavitud sexual.

El tema resulta interesante e, inicialmente, está bien tratado por el realizador y guionista, que se apoya en un trabajo más que competente de los actores para enganchar la atención del espectador y desarrollar lo que es el verdadero eje de la trama: la lucha interior que el pedófilo tiene consigo mismo para no dejarse arrastrar por su natural inclinación sexual hacia esa niña que intenta de forma constante agradecer a su salvador de la mejor forma que conoce, planteando un problema de difícil, casi imposible resolución. El problema es que esa historia se desarrolla en paralelo con la de la desastrosa vida personal de la detective, una trama mucho más convencional y mucho menos interesante que nunca acaba de casar bien con la otra, de tal forma que desequilibra fatalmente la narración, que gana cuando se centra en la niña y su custodio casi en la misma medida que pierde cuando pone su atención en las cuitas de la investigadora.

En cualquier caso, el problema principal de This Is Love no es ese. El problema es que llega un momento en el que uno de los personajes de esta historia, casi al final de la película, empieza a hacer cosas incomprensibles que, la verdad, van en sentido opuesto a lo expresado hasta entonces, sumiendo a este cronista y mucho me temo que a la mayor parte del público en la más absoluta perplejidad, cuando no en el pleno desatino. Glasner se carga así casi al final de la película de manera arbitraria y de un plumazo gran parte de lo que ha estado construyendo hasta ese momento con lo cual la película pasa de ser un correcto ejercicio a una insensatez olvidable. O eso, o a mí se me ha pasado algo muy importante por alto, lo que también puede ser…

TAKING WOODSTOCK, Crónica de lo irrepetible.

Perlas de Otros Festivales sigue deparando lo mejor de este San Sebastián pasado por agua. Ang Lee, que siempre es un valor seguro, prosigue tras el paréntesis de su esplendida Deseo, Peligro su exploración de la cultura y la historia estadounidense fijando esta vez su atención en los hechos que llevaron a la celebración en un pueblo de los Catskills del mítico concierto que durante tres días congregó a más de un millón de personas en Woodstock. La inteligente y elegante forma del guionista James Schamus de contar esa historia es centrarse en una familia que regenta un destartalado motel local que acabará por convertirse por una serie de azares en el centro neurálgico desde donde se orquestó una experiencia inolvidable que dio la vuelta al mundo y que marcó para siempre la vida no solo de los miles de personas que llevaron hasta sus últimas consecuencias aquel prolongado verano del amor y la buena voluntad hippie, sino de todos los que se contagiaron de aquel espíritu, fruto de una época sin duda irrepetible, perteneciente a un mundo que ya no existe.

Sin embargo, no hay en Taking Woodstock ni el más mínimo rastro de complacencia ni tan siquiera un lamento nostálgico por aquello. Muy al contrario, Lee se afana en alejarse todo lo que puede del concierto en sí, que no es sino el telón de fondo que permite a su realizador centrarse en recuperar de forma casi magistral las esencias de aquel fin de semana memorable: ya sea escenificando (y sacando buen partido) del inevitable choque entre las apacibles vidas de los granjeros con la irresistible ola de modernidad y el cambio de mentalidad que supone la avalancha de visitantes o ya sea abordando las contradicciones y miserias habituales de los tres integrantes de la familia protagonista, la iracunda dueña del motel y su dócil marido, una pareja de rusos judíos emigrados a los EE.UU y el hijo gay temeroso de mostrar a las claras sus inclinaciones, Lee y Schamus no hacen otra cosa que retratar una época y un ambiente de forma desprejuiciada y, sobre todo, irresistiblemente divertida.

No hay más que ver los trabajos de una tan magnífica como acostumbra Imelda Staunton o el de un inenarrable Liev Schreiber al que hay que frotarse los ojos para creérselo en su tremebundo papel de travesti ex-marine encargado de la seguridad para hacerse una idea del tono que Lee busca: retratar la enorme importancia de aquel evento desde la perspectiva de la pequeña historia de una familia algo disfuncional y con problemas para comunicarse. Por eso, Lee ni siquiera se molesta, en una muy inteligente decisión, en mostrar una sola imagen del mítico concierto: sabe que éste ya está más que instalado en el inconsciente colectivo y su acercamiento al mismo, viaje de ácido de por medio, no deja de ser algo accesorio a un relato al que, como ya pasara con el corrosivo retrato de la sociedad estadounidense de los 70 que suponía su magistral La Tormenta de Hielo, le basta con centrarse en la evolución de sus personajes y sus relaciones entre sí para conseguir plenamente su objetivo. Película simpática donde las haya, con un más que saludable sentido del humor y un tono entre naif y despreocupado que casa de maravilla con lo que debió ser aquella época, Taking Woodstock es una obra más que agradable que demuestra una vez más que el tímido Ang Lee, presente en San Sebastián, sigue siendo uno de los valores más seguros del cine de hoy en día.

domingo, septiembre 20, 2009

SAN SEBASTIAN 2009, JORNADA 2: Le Refuge, The White Meadows, Precious

LE REFUGE, Confusión sentimental y repetición de jugadas

Desayunarse en la segunda jornada del Festival con una pareja de drogadictos dedicados a sus labores buscándose venas y metiéndose de todo no es demasiado glamoroso, pero es el plato que nos deparaba inicialmente Le Refuge, la película con la que el realizador francés François Ozon abría la Sección Oficial en la segunda jornada. Afortunadamente, uno de ellos palma de sobredosis a los cinco minutos, empieza la verdadera película y el personal puede así volver a poner los ojos en la pantalla y suspirar aliviados. El amigo Ozon es fan de las relaciones tortuosas, los triángulos amorosos extraños y las inclinaciones sexuales algo confusas, algo que ha demostrado sobradamente a lo largo de toda su filmografía. Le Refuge no es ni mucho menos la excepción, sino la confirmación de que o bien su autor aun no está demasiado satisfecho con sus anteriores exploraciones o bien lo considera un tema tan inagotable que no puede evitar volver sobre él una y otra vez.

Veamos: el finado es el hijo mayo de una familia adinerada, que además ha dejado embarazada a la perdida de su novia, que decide empezar a tratarse con metadona y tener al bebé. El hermano menor de aquel, homosexual comprensivo y sensible él, decide apoyar a la cuñada durante unos apacibles días de verano en un chalecito cerca de la playa donde la embarazada, unos cuantos meses después y ya en avanzado estado, ha decidido retirarse del mundanal ruido. Como si de una peli de Rohmer se tratara, las idas y venidas del cuñado inducen a cierta confusión sentimental en la futura mamá, que pasa de ser una borde de cuidado a enternecerse más de lo debido con el buen mozo mientras planea su un tanto incierto futuro. Como ya he dicho, Le Refuge revisa ideas que Ozon ya utilizó en filmes como Bajo la Arena, Swimming Pool o El Tiempo que nos Queda y tampoco es que aporte demasiada novedad a lo allí expuesto. Merece la pena destacarse que la película fluye con suavidad y se deja ver con cierto agrado. El trabajo de una estupenda Isabelle Carré y la naturalidad con la que aborda un tema algo tabú como es la vida sexual de las embarazadas son asimismo dos puntos a favor de una historia correcta y en el fondo bastante intrascendente y olvidable que, puestos a ser sinceros, no está ni de lejos entre lo más interesante que Ozon nos ha ofrecido en su filmografía. Convendría pues que alguien le dijera que no estaría de más cambiar un poco el tercio y explorar prados más verdes, a ver si así deja atrás ciertas servidumbres que amenazan con hacer de su carrera un cierto cliché.

THE WHITE MEADOWS, La fábula del recogelágrimas

El cine sirve a menudo para viajar por países lejanos y descubrir que en el mundo hay trabajos la mar de raros. The White Meadows, la película del realizador iraní Mohammad Rasoulof nos cuenta que en una serie de islotes salados del Mar Muerto hay un tipo que se dedica a recoger lágrimas y acumularlas en un recipiente, abundando en la creencia popular de que con ellas se pueden desde fabricar perlas a garantizar el viaje al paraíso de los muertos, transmitir deseos a seres mágicos que puedan devolver la dulzura al agua salada, curar heridas o endosar guapas esposas vírgenes a dioses marinos. Rahmat hace su trabajo con intachable profesionalidad y aire solemne, pero cierta actitud de descreimiento sobre todo lo que ocurre ante sus ojos mientras viaja con su barco de isla en isla nos hace sospechar que no comparte demasiado las supersticiones del personal, a veces un tanto salvajes, que sin embargo son la llave de su sustento. Obligado a cargar con un inesperado compañero de viaje, Rahmat prosigue su misión mientras nosotros paseamos nuestra mirada entre incrédula y fascinada por unos paisajes hermosos y unas actitudes incomprensibles incluso para la mentalidad occidental más abierta.

La tercera película del realizador de La Isla de Hierro es, como decirlo, una de esas películas cargadas de simbolismo que dudo mucho que importe un pimiento a la amplia mayoría de iraníes que consuman cine nacional. Muy al contrario, su estudiado preciosismo y sus continuas metáforas parecen pensadas para contentar al occidental que se acerca a estas cinematografías buscando exotismo. Y le sirve unas cuantas raciones. Tantas que acaban por hacerse indigestas, aunque no hay duda que en la película hay algunas historias francamente curiosas – la del tipo que se encarga de bajar a un pozo con decenas de tarros de cristal donde los habitantes del pueblo han soltado y cerrado previamente sus deseos y secretos para entregarlas a un hada y que ésta endulce un agua demasiado salada es, cuanto menos, desconcertante – a muchos puede que embelesados por tanto símbolo acabe por escapárseles el sentido último de la denuncia de la película, que no es otro que la forma en la que el poder se aprovecha de la ignorancia y la superstición para perpetuarse en el mismo desde tiempos inmemoriales. Rasoulof, que por cierto se presentó en el Kursal con su actor principal luciendo ambos con orgullo dos enormes bufandas verdes, tiene todo el derecho a buscar la complicidad del espectador como mejor le parezca. Pero acaso un poquito más de contención y un poco más de historia le hubieran ayudado a crear una obra más redonda. Porque eso sí, salada la peli es un rato (en más de un sentido) pero ya se sabe que la sal en exceso causa no pocas complicaciones a quien la consume.

PRECIOUS, Tremenda visión de La Otra América.

Si tenemos que juzgar por lo que vimos anoche en esta impresionante película multipremiada en Sundance, Obama y sus colaboradores tienen por delante una tarea mucho más ardua por hacer con la educación en Estados Unidos que con esa Sanidad que pretenden universalizar con tanto ahínco. Precious Jones es una enorme estudiante de instituto que está embarazada de su padre violador por segunda vez, a la que su madre maltrata física y sicológicamente hasta límites inauditos y cuya existencia es, en el mejor de los casos, anodina para todos, ella incluida. Sin otro refugio que delirantes sueños con los que evadirse de una realidad atroz y las ingentes cantidades de comida grasa que pone en su boca, Precious encuentra una estrecha rendija por la que encauzar su vida en una escuela alternativa para chicas con problemas de aprendizaje a la que la mandan de manera casi milagrosa. Porque, no se lo pierdan, a sus 16 años y tras semejante rosario de movidas, al espectador se le informa bien avanzada la película que aun habiendo pasado por la escuela, Precious no sabe leer ni escribir. Toma ya.
Lee Daniels, el talentoso director de esta notable película, dijo en su presentación al público que le seguía sorprendiendo el éxito y la comprensión que encontraba su película en todas partes cuando él la había hecho con la única idea de que llegara a su público natural, que no es otro que los negros que viven en su natal Harlem. También afirmó, y no se le movió una ceja al decirlo, que el equipo se había reído mucho haciendo la película y que a pesar del tremendo viaje al lado oscuro que describe, quería que su público se riera también con la película. Y es verdad que Precious, dramón terrible donde los haya que describe una realidad tan insoportable como en apariencia insuperable tiene muchos momentos en los que el espectador, acaso en defensa propia, no puede hacer otra cosa que reírse de lo que está viendo, por mucho que haya una vocecilla en el interior que le advierta que aquello no tiene ni puta gracia y que de un momento a otro lo más normal es que a uno se le acabe congelando la sonrisa.
La película va mucho más allá de lo que obras del género “la educación es la única salida” tipo Mentes Peligrosas o Diarios de la Calle han alcanzado previamente. De hecho, partiendo de una estructura similar, lo verdaderamente valioso de la película no es ese mensaje sino la contundencia con la que se denuncia una situación, la de esos ignorantes empeñados e incluso orgullosos de serlo que no aspiran a nada más que a vivir de la beneficiencia sin pegar un palo al agua, que mucho me temo que debe ser bastante más común de lo que nos gustaría pensar. La película gana enteros en la medida en la que sus personajes – destaca la debutante Gabourey Sidibe, pero la que tiene a su cargo el rol más brutal, el de esa madre castradora, verdugo y acaso victima, es la cantante Mo’nique, premiada en Sundance – se enfrentan en algunas escenas de alto voltaje que cuesta contemplar en pantalla, ya sea por su dureza física o su brutalidad verbal – la escena delante de la asistenta social casi al final del filme es simplemente sobrecogedora – y además Lee Daniels tiene la inteligencia de utilizar un buen puñado de recursos visuales que suavicen un poco semejante tralla al espectador, consiguiendo que éste se implique en un viaje que por momentos puede hacerse insoportable.
Cierto es que quizás se alargue un poco y que resulta demasiado complaciente en su resolución, especialmente si se compara con lo terrible de todo lo expuesto hasta entonces, pero no cabe duda que Daniels ha dado con la fórmula eficaz de cara al público: en el momento en el que escribo estas líneas, Precious supera a los Bastardos de Tarantino en el Premio del Público con un increíble 9,11 de valoración media que se me antoja bastante difícil de superar en lo que queda de certamen. Además, tenían que haber visto anoche como, ante un público entregado que les aplaudía a rabiar, director y actriz se fundieron emocionados en un interminable abrazo que, la verdad, ponía los pelos de punta. No se la pierdan cuando llegue a las pantallas, les aseguro que es toda una experiencia.

sábado, septiembre 19, 2009

SAN SEBASTIAN 2009, JORNADA 1: Chloe, El Baile de la Victoria, Malditos Bastardos, Si la Cosa Funciona

EGOYAN NO REMATA, TRUEBA DECEPCIONA

Llueve. Llueve mucho. Será una especie de retribución por el tiempo tan fantástico que disfrutamos el año pasado pero el caso es que la57 Edición del Festival de Cine de San Sebastián nos ha recibido con una tromba de agua considerable que en realidad no ha empañado el entusiasmo desatado en la inauguración con la presencia de Brad Pitt – barbudo y pelín desastrado – y Quentin Tarantino – tan locuaz y divertido como siempre – cuyos Malditos Bastardos inauguraron ayer la sección Perlas de Otros Festivales de Zabaltegui. Ya lo he dicho en otras ocasiones: San Sebastián es uno de esos festivales donde, hagas lo que hagas, siempre tienes la sensación de perderte algo importante y las elecciones son constantes. La de ayer viernes era particularmente dolorosa: o bien se iba a uno a disfrutar de la rueda de prensa de esos dos o bien se metía en el cine a ver Si La Cosa Funciona, la última peli de Woody Allen. Decisiones, decisiones…

En fin. La Sección Oficial arrancó con Chloé de Atom Egoyan, una película que toca muchos de los temas favoritos del autor de Exótica o El Dulce Porvenir pero desde un punto de partida tan habitual como interesante: cansada de sospechar las infidelidades de su marido y presa tanto de la incomunicación como de su propia inseguridad, Catherine decide confirmar sus sospechas por la via directa y contrata a Chloe, una atractiva prostituta con aire de lolita y ojos de cervatillo, para que le seduzca y ponga a prueba su fidelidad, contándole después todo lo que hace con el susodicho. El problema es que en tan delicado proceso por un lado Catherine inicia un cierto redescubrimiento de su sexualidad, pelin enmohecida con el paso del tiempo y el inevitable distanciamiento y por otro la cervatilla tiene sus propias necesidades y como no podía ser de otra forma, la cosa se complica sobremanera.

Egoyan inicia su película haciendo que Catherine, ginecóloga, describa un orgasmo como poco más que una contracción involuntaria de los músculos, algo desprovisto de toda magia. Y luego se afana en desmontar esa afirmación durante todo el metraje. La película crea una interacción de personajes sumamente interesante y Egoyan, director elegante como pocos, aprovecha el enorme caudal que le proporciona un elenco en estado de gracia – Julianne Moore está inmensa en un rol lleno de dobleces, pero no le andan a la zaga ni un atribulado Liam Neeson ni una sorprendente Amanda Seyfred que aguanta el tirón de maravilla – para construir un peculiar triángulo a través del cual investiga sobre lo peligroso que puede llegar a ser la fantasía en determinadas circunstancias. Sin embargo es una verdadera lástima que con tan interesante planteamiento y tan acertado desarrollo tanto de trama como de personajes Egoyan, que no por casualidad no es el firmante del guión, deje que su película se despeñe en su resolución al adentrarse en unos derroteros mucho más convencionales e increíbles, transformando a uno de sus personajes de arriba abajo y convirtiéndolo en poco más que un cliché de lo más desacertado. Es una de esas obras de las que sales cabreado por lo mucho que engancha su arranque y lo mucho que puede llegar a decepcionar su sonrojante desenlace, pese al precioso homenaje a Vértigo en su plano final.

Claro que si de decepciones hablamos, es obligado hacer alguna referencia a El Baile de la Victoria, la esperada vuelta del añorado Fernando Trueba al terreno de la ficción desde El Embrujo de Shangai. Ambientada en el Chile de los primeros años de la democracia tras la caída del régimen pinochetista y una amnistía general que pone en la calle a los presos sin delitos de sangre, cuenta nos narra la historia de un reventador de cajas fuertes que quiere recuperar en vano a su perdida familia tras cinco años en prisión, un entusiasta chaval con ganas de dar un golpe que resuelva sus problemas económicos y una chica traumatizada por el asesinato de sus padres, desaparecidos durante la dictadura, incapaz de pronunciar palabra pero que danza de maravilla. Y un caballo. No me pregunten por qué, pero la presencia constante del caballo es al parecer un elemento indispensable en la trama. Con semejantes mimbres, provenientes de un intuyo que sumamente empalagoso libro original de Antonio Skarmeta, también guionista del filme, Trueba construye una película sumamente cursi y sensiblera, que desaprovecha de forma terrible varios de sus elementos de interés y, de forma más que sorprendente, denota que tanto tiempo alejado de la dirección le ha pasado factura a Trueba. Viendo su película, a menudo desganada y repleta de horripilantes insertos que perjudican la narrativa a más no poder, uno no puede sino preguntarse donde está el autor de El Año de las Luces, Belle Epoque o La Niña de mis Ojos, pues cuesta reconocer el innegable talento que Trueba ha demostrado sobradamente tener en semejante dislate. Ni tan siquiera la presencia del siempre fiable Ricardo Darín ni el interesante debut de la actriz Miranda Bodeonhöfer (al entusiasta pero limitado Abel Ayala mejor lo dejamos aparte) sirve para que esta historia levante el vuelo. Lo dicho, toda una decepción.

LA LIBERTAD CREATIVA DE TARANTINO Y LA VUELTA DEL MEJOR WOODY ALLEN

Sin embargo, el día fue salvado de forma más que sobrada por las dos películas vistas fuera de la Sección Oficial. Por un lado, los Malditos Bastardos de Tarantino demuestran dos cosas: una es que su autor es posiblemente el espíritu más libre, iconoclasta y desprejuiciado que existe en Hollywood hoy en día. La segunda es que, afortunadamente, aun quedan por aquellos lares productores capaces de financiar películas como ésta, a medio camino entre el divertimento y el sentido homenaje a una más que peculiar cinefilia, que si no fuera porque tiene el nombre (y el talento) de Tarantino asociado a ella, dudo mucho que pudiera ver la luz. Malditos Bastardos es una película ambientada en la II Guerra Mundial pero difícilmente puede considerarse adscrita al género bélico. En realidad, Tarantino sigue fiel a si mismo y a sus incontables ídolos, a los que sigue robando músicas, ideas y planos enteros pero con tal derroche de talento y tal capacidad de mezcla que consigue que su resultado sea una película tan fresca como libre, un turmix de referencias cruzadas de innegable encanto que juega con la complicidad del espectador y sobre todo, del cinéfilo aplicado, hasta límites inimaginables.

Tarantino consigue momentos de una brillantez indiscutible. Por ejemplo, en el primer capitulo de su filme maneja con suma habilidad y demostrando que, cuando quiere, puede hacer gala de una sobriedad y un rigor expositivo incuestionable, una tensa secuencia sostenida por un duro mano a mano entre un coronel de las SS cazajudíos – tremendo Christoph Waltz en una composición de personaje absolutamente memorable – y un sospechoso de ocultar judíos en su casa. Y sin embargo, a partir del segundo capítulo y habiendo ya demostrado sobradamente de lo que es capaz, Tarantino da rienda suelta a sus delirantes personajes y situaciones, bordeando siempre la caricatura pero resultando siempre eficaz y sobre todo, muy divertido. Malditos Bastardos es además, con su desopilante y atrevido desenlace en el que no solo se pasa por el forro la Historia para adaptarla a su antojo sino que compone una memorable carta de amor al cine tanto como elemento integrador como destructor cuando es necesario, se transmuta en una obra inclasificable, rompedora, libre y sobre todo, fascinante. Un regalito para todos los amantes del cine como un espectáculo divertido e imagino que una auténtica pesadilla para los amantes del rigor y la trascendencia.

Por si eso fuera poco, resulta que Woody Allen ha decidido con su Si La Cosa Funciona regalarnos a sus muchos fans una maravillosa película que lejos de los experimentos europeos de sus tres últimos filmes, nos permite reencontrarnos una vez más con el genio neoyorquino que todos admiramos. Tirando esta vez del tremendo Larry David como alter-ego, la declaración de principios que semejante elemento hace mirando a cámara rompiendo la tercera pared y dirigiéndose directamente al espectador, es tan cáustica como demoledora: básicamente, su Boris es la esencia del pesimismo existencial, cinismo depurado en estado puro e irreverencia convertida en inteligentes sentencias lanzadas a una velocidad de vértigo al espectador. Semejante elemento, antiguo aspirante al premio Nóbel que ahora se dedica a maltratar psicológicamente a los niños a los que intenta en vano enseñar a jugar al ajedrez, va a chocar con una actualización de aquel memorable personaje que Mira Sorvino clavó en Poderosa Afrodita, una cabeza hueca de buen corazón con la que acabará, pese a su reticencia inicial, por enredarse. Y con ella, acabarán apareciendo sus padres, fervorosos cristianos del profundo Sur sobre los que hacer jugosos chistes y una serie de personajes empeñados en encontrar la felicidad. De acuerdo, más de uno dirá que este es el Woody de toda la vida, que repite situaciones y personajes, pero es que nadie lo hace tan bien como Woody y resulta un verdadero deleite para cualquier espectador con un mínimo de inteligencia conectarse a tal colección de diálogos afilados repletos de cinismo y brillantez. Es todo un espectáculo tenerle de vuelta y aunque puede que la resolución redentora no case demasiado bien con todo el pesimismo existencial expuesto anteriormente, a veces uno quiere pensar que, en efecto, solemos complicarnos demasiado la vida y nos olvidamos que, como le pasaba a aquel personaje de Hannah y Sus Hermanas que renunciaba a suicidarse tras ver Sopa de Ganso, a veces la vida es mucho más sencilla de lo que pensamos y basta con intentar repartir y recibir todos los escasos momentos de felicidad que la vida depara para, si eso funciona, seguir adelante lo mejor que se pueda.