El año pasado el realizador mexicano Rodrigo Plá presentó fuera de concurso en la Seminci la interesante La Zona, una película contundente en la que analizaba la forma en la que las clases más pudientes se encerraban en zonas residenciales tan temerosas del exterior que llegaban a establecer sus propias reglas al margen de la sociedad para perpetuarse en ese voluntario aislamiento. Casi al mismo tiempo que La Zona, Plá se encontraba rodando esta Desierto Adentro que hoy ha presentado en la Sección Oficial, una película que vuelve a reflexionar sobre las terribles consecuencias del pensamiento único y del nulo espacio que se concede a la disensión, pero centrando su enfoque esta vez en el fanatismo religioso en lugar de esa velada lucha de clases.Estamos a principios del siglo XX, en los años de la Revolución Mexicana. Son tiempos en los que el Ejército Federal persigue a la Iglesia y reprime a los católicos, hasta el punto de que los fusilamientos de son habituales en las zonas rurales. Un día Elías, hombre muy creyente y temeroso de Dios, comete de forma involuntaria lo que él considera un gran pecado contra Dios que provoca la muerte del cura local, de su mujer y de su hijo mayor. Convencido que sus pecados llevarán a toda su familia a sufrir una muerte prematura, Elías tiene un plan para escapar del castigo divino, una penitencia que consistirá en adentrarse en el desierto junto con sus seis hijos y construir allí una iglesia con la que ganarse el perdón de Dios. La mirada de Aureliano, el hijo menor, que desde su fe y una condición enfermiza que condiciona en gran medida su infancia, narra a través de su pasión por la pintura - un recurso que el director aprovecha bien por medio de la animación para dinamizar la historia con un elemento original - la forma en la que la religiosidad exacerbada y decididamente errónea de Elías conduce a una suerte de fanatismo alimentado con la culpa y la necesidad del perdón divino que, como ustedes pueden imaginar, no puede conducir a nada bueno.Desierto Adentro es una película muy ambiciosa que se ve lastrada por un comienzo algo moroso y confuso desde el guión que no engancha demasiado, pero que al tiempo tiene tiene la nada desdeñable virtud de ir mejorando según avanza el metraje y Elías y sus hijos van siendo arrastrados en esa espiral del fanatismo religioso e ideológico que no admite la más mínima disensión y que conlleva tremendas consecuencias. Además, es justo reconocer que se trata de una película visualmente muy atractiva – Rodrigo Pla demuestra de nuevo que es un cineasta con oficio y el magnífico trabajo de fotografía de Serguei Saldivar, con profusión de tonos azulados y áridos que refuerzan la esencial sensación de aislamiento de esa familia, recuerda en esto bastante a La Zona – con algún que otro momento francamente logrado, en especial aquellos en los que Aureliano retrata a sus hermanos para la posteridad, auténticos cuadros de belleza un tanto macabra que se relacionan directamente con la peculiar visión de la muerte que tienen los mexicanos.Obra más interesante que lograda, Desierto Adentro es una película desigual sobre la culpa y la necesidad del perdón que no consigue dejar del todo satisfecho al espectador pese a que no carece de elementos de mucho interés. Hasta cierto punto engancha con toda una tradición del cine de temática religiosa hecho en México – por supuesto no es Simón del Desierto de Buñuel, pero el recuerdo de esa película me cruzó por la mente varias veces a lo largo de la proyección – y por esa razón casa a la perfección, con su furibundo ataque al dogmatismo, en un certamen que, no lo olvidemos, empezó siendo un festival de cine religioso y valores humanos… Tras el primer pase detectamos cierta conmoción en la puerta del Teatro Calderón. Un tipo muy parecido a Michael Moore se paseaba por allí embutido en una camiseta del Valladolid y pateando un balón con los mismos colores, montando cierto numerito. Se trataba de Ezio Massa, el director de Villa, la segunda película del día, que mezclaba su atuendo futbolero con una ominosa sudadera negra con capucha que le daba un aspecto de chungo que contrastaba con su buen sentido del humor. Como un Santiago Segura cualquiera, el tipo se aplicaba a la noble tarea de tratar de vender su película lo mejor posible. Y, desde luego, conseguía llamar la atención. Más vale que hablen de uno, aunque no sea por los méritos de tu película. Y es que Villa no ofrece gran cosa, la verdad. Villa es el nombre de un barrio de Buenos Aires bastante chungo donde los narcos campan a sus anchas, la delincuencia está al orden del día y la falta de medios es tan tremenda que hasta las cosas más sencillas, como encontrar un televisor donde ver el Argentina-Nigeria del Mundial de Korea-Japón del 2002 es toda una aventura: los sitios públicos están vedados a los chavales de la Villa por la mala prensa – justificada – que tienen; no hay ni siquiera un televisor en la parroquia del barrio, único sitio neutral y respetado por todos y según se va acercando la hora del partido, la lucha de tres amigos, Freddy, Cuzquito y Lupin para buscarse la vida y encontrar un sitio donde disfrutarlo se hace más y más imaginativa: uno pretende darle una lección de humildad al dueño de un bar de donde fueron expulsados sin miramientos, otro intenta ganarse la confianza de una anciana para poder ver el partido en su casa y un tercero se plantea allanar una tienda de electrodomésticos para verlo en el televisor mejor y más grande que encuentre. El principio de Villa recuerda mucho a Barrio, de Fernando León, mientras se nos presenta a los tres colegas y se nos muestra la realidad cotidiana del barrio donde viven. Es una historia contada mil veces: marginación, delincuencia, adolescencia machacada y desprovista de sueños, cosas pequeñas que cuestan un mundo, tentaciones, hip-hop ... El director narra todo esto con un estilo videoclipero, entrecortado y de montaje rápido que se pretende dinámico y acaba por ser extremadamente confuso y narrativamente nulo. Además, se empeña una y otra vez en utilizar unos planos estrambóticos – de esos en plan “mira, voy a inclinar la cámara porque queda muy cool” – para narrar hechos cotidianos que no precisas de tales artificios, con lo que una película que por la descripción que pretende de esos ambientes pide naturalismo a gritos en la línea de un Pablo Trapero se convierte en una propuesta artificiosa que la vacía de contenido.Lo curioso es que en la segunda parte de la película, y si el espectador no ha desconectado por completo a esas alturas, Villa se transforma en una propuesta narrativa mucho más fluida, más limpia y mucho más lograda, con una puesta en escena mucho más calmada que se olvida de esas molestas “marcas de estilo” iniciales para narrar de un modo mucho más clásico (y mejor, que duda cabe) las tres peripecias de los muchachos en cada uno de sus respectivos retos y la forma en la que estos se van desarrollando. Ahí sí consigue Massa que su película coja altura gracias a algún que otro golpe de humor bien colocado – lo que acontece en la estación de policía es inverosímil pero muy divertido – unas gotas de ternura y solidaridad (la historia de Cuzquito y la abuela) o la aparición de la tensión y el dramatismo (Freddy en el bar) lo que hace que uno se pregunte, viendo dos partes tan dispares en estilo y resultado, si es que fueron realizadas por personas distintas o bien este Ezio Massa es un tipo que de cuando en cuando se toma una buena dosis de tranquilizantes para ayudarse a hacer cine. Villa es una película fallida, sin duda, pero que no deja mal sabor de boca.Los que leéis estas crónicas ya sabéis de mi absoluta debilidad por la comedia, y más en un entorno tan proclive al dramatismo y a plúmbeos ejercicios de estilo como cualquier festival de cine. Es un lugar común decir que hacer buena comedia es algo muy serio, pero un tópico que tiene mucho de verdad: nada es más difícil que conseguir hacer reír al espectador de un modo sutil e inteligente y sin que tengas la sensación que están apelando a tus más bajos instintos. Por eso ha sido toda una sorpresa la película española Animales de Compañía dirigida por Nicolas Muñoz (Rewind) una vuelta de tuerca sobre el inagotable tema de la familia mal gracias contada con notable desparpajo y toneladas de inteligencia que, sobre todo en sus geniales primeros cuarenta minutos, consiguió hacerme pasar un rato francamente divertido e inclusa alguna que otra sonora carcajada. Animales de Compañía narra una reunión familiar. El cumpleaños del patriarca de la familia, un diseñador de sillas imposibles con una actitud vital entre resignada y perpetuamente encabronada (un Miguel Rellán absolutamente antológico) reúne en una cena a su esposa, fotógrafa artística sin éxito empeñada en representar el papel de madre perfecta; una hija pija casada con un no menos pijo presentador de telediarios que intentan adoptar por la imposibilidad de tener hijos biológicos; otra hija cabeza loca y algo alternativa que vive para provocar a sus padres (Maria Botto, también genial en un papel que es una versión muy mejorada del que ya hizo en Seres Queridos) y que se presenta en su casa con su última pareja, un cínico crítico de arte (Nancho Novo aprovechando al máximo la retranca de un personaje que goza de algunas de las réplicas más brillantes del guión) y el hijo menor, antisistema de salón plagado de contradicciones.Con semejante grupo de personajes uno puede pensar que basta con ponerlos en el mismo espacio y dejar que surjan los inevitables conflictos, muchos de ellos tremendamente cómicos. Y no les faltaría razón, pero se necesita algo más: se necesita inteligencia, un guión sólido y repleto de ingenio una construcción férrea de personajes que permita reírse con ellos y no solo de ellos y sobre todo, una naturalidad que haga creíble el conjunto. Animales de Compañía, al menos en su introducción de personajes y sobre todo en la antológica escena de la cena propiamente dicha, lo hace de una forma primorosa, magistral: profundizando en las situaciones cómicas, el brillante guión urdido por Rodrigo y Nicolás Muñoz va deslizando pildoritas de drama que van equilibrando la función hasta conseguir que, en algunos momentos, se te congele la sonrisa ante los padecimientos de ese via crucis de parientes, esa miseria moral en cooperativa repleta de reproches y envidias que van saliendo a la luz por parte de unos personajes condenados por razones de sangre a entenderse pero que en el fondo se detestan y se quieren con igual intensidad y determinación. Es cierto que la obra tiene un arranque de tal brillantez que resulta imposible mantener ese nivel durante sus 94 minutos de duración – si así fuera estaríamos hablando de una obra maestra, aunque no me cabe duda que es la mejor comedia que ha dado el cine español en lo que va de 2008 – y por eso la segunda parte pierde algo de fuelle, según se hace un puntito más vodevilesca y desparramada y se aleja de las puyas de las relaciones familiares. Tampoco ayuda que desaparezca casi por completo ese genial crítico de arte socarrón al que da vida Nancho Novo, siendo “sustituido” por otro personaje que aparece en mitad de la función para hacer progresar la historia. Pero da lo mismo: a la postre lo que verdaderamente importa es que Animales de Compañía es una estupenda comedia y una notable película que merecería, pese a los prejuicios habituales que los Jurados suelen tener contra las comedias, encontrar algún tipo de reconocimiento en el palmarés.
Tras Los Limoneros, hoy hemos vuelto en la Sección Oficial a fijar la mirada en el conflicto palestino-israelí con la película El Cumpleaños de Layla, dirigida por Rashid Masharawi (Ticket to Jerusalem) y protagonizada por un Mohammed Bakri que encarna a un personaje curioso: un juez que a la espera de que la lenta administración palestina le devuelva el estatus que tenía antes de regresar a su país desde el exilio no tiene más remedio que sacar adelante a su familia conduciendo por las calles de Jerusalen el taxi de su cuñado. A lo largo de unos escasos 71 minutos acompañamos a este personaje en su periplo por la ciudad el día del cumpleaños de su hija, mientras transporta viajeros de un lugar a otros, encadena situaciones más o menos interesantes y se esfuerza por volver a casa a tiempo con un regalo y una tarta para la fiesta de su hija. La intención de Masharawi es componer a través de este paseo una mirada sobre la vida de la palestina de hoy en día y aquellos que lo habitan y tratan de salir adelante como pueden, enfrentados a los problemas cotidianos derivados de la ocupación israelí, de los enfrentamientos entre las distintas facciones que pugnan por liderarles y en fin, de la falta de perspectivas de un pueblo estrangulado por tantas cosas desde hace tantos años. Las intenciones son loables y la película no carece de cierto interés, configurándose como una curiosa mezcla entre un Taxi Driver diurno y aquella película de Joel Schumacher en la que a Michael Douglas acababa por írsele la pinza, Un Día de Furia. Y es que por mucho que este personaje – un estupendo Mohammed Bakri - que trata en todo momento de mantener intacta su dignidad pese a que no lleva demasiado bien esa especie de inversión de roles en su paso de juez a taxista, la acumulación de problemas en ese caos cotidiano que es la Palestina de hoy en día puede hacer perder la calma hasta al más paciente y educado. Sin embargo el principal problema de El Cumpleaños de Layla es precisamente que sus intenciones no acaban de cuajar en una propuesta de cierto fuste, conformándose con encadenar una situación tras otra en un esfuerzo por ilustrar esa vida cotidiana sin ofrecer en realidad una mirada original demasiado profunda sobre una situación que a estas alturas ya nos resulta dolorosamente familiar. Es una película pequeña, simpática y que no tiene nada que moleste, pero tampoco consigue conquistar al espectador por su propia falta de ambiciones. Eso si, hay un par de trucos de guión simpáticos en su resolución y algún que otro momento logrado que cuenta mucho acerca de la mentalidad de los palestinos, como esa cola en la que todo el mundo se pone sin que se sepa a ciencia cierta que se reparte allí – la posibilidad de conseguir comida es lo suficientemente atractiva como para ponerse sin más – o esa explosión ante la cual los personajes barajan toda una serie de posibilidades (un atentado, un misil israelí, un enfrentamiento entre Hamás y Al Fatah... ), buena prueba de aquello a lo que se enfrentan diariamente con resignado estoicismo.Reconozco que sentía un miedo considerable ante Camino, la esperada tercera película de Javier Fesser tras sus deslumbrantes El Milagro de P. Tinto y Mortadelo y Filemón. Y es que claro, saber que el autor de esas películas en las que su peculiar estilo visual cercano al cartoon más descacharrante se había lanzado a ilustrar la historia de una niña de once años aquejada de una enfermedad terminal y que se enfrenta a su destino con la mentalidad propia de los valores y principios morales de una familia perteneciente al Opus Dei daba cierto pánico. Y lo cierto es que durante la primera hora de película Fesser daba rienda suelta a su imaginativo mundo a través de las ensoñaciones y pesadillas de su protagonista y empezaba a dar forma a una película tan abigarrada que por momentos pensé que aquello tenía trazas de terminar muy mal ya que parecía que el estilo de Fesser parecía estar en las antípodas a una historia que parecía pedir a gritos sobriedad y contención.
Sin embargo, Camino es una sorpresa mayúscula: no solo consigue salir adelante según va avanzando su metraje, sorteando esa impresión inicial, sino que consigue convertirse por derecho propio en una de las películas más interesantes de la Secció Oficial y me atrevería a decir que de la cosecha del cine español de este año. Su descripción de personajes es magnífica, desde esa terrible madre a la que interpreta una magnífica Carmen Elías capaz de llevar hasta el límite las únicas armas que tiene para enfrentarse a lo que se le viene encima, su fe en Dios y los principios de Obra hasta ese padre carcomido por la duda, un inconmensurable Mariano Venancio, que no es sino el sitio donde Fesser se posiciona en la película, un hombre superado en todo momento por la tragedia que empieza a cuestionarse todo, pasando por ese descubrimiento que supone la joven Nerea Camacho, una niña que lleva sobre sus hombros con gran entereza gran parte del peso de le película y que conquista al espectador con un papel complicadísimo del que sale mucho más que airosa.
Camino es una película que no dejará indiferente a nadie: levantará no pocas ampollas su brutal representación de la forma de vida de aquellos que someten sus vidas a los dictados del Opus Dei, causará debate su abigarrada forma de colocarse de forma constante al borde del abismo – y caerse unas cuantas veces para siempre volver a levantarse – al contar esta historia tan a contraestilo con las armas de las que Fesser dispone, polemizará un guión que juega con una idea extremadamente brillante y subversiva capaz de cambar de arriba abajo la perspectiva del que ve la película según la interpretación que quiera darle al tramo final del filme... Vamos, que Fesser la ha liado bastante gorda con una obra que por momentos es casi una desasosegante y angustiosa película del terror más genuino y que contará con apasionados defensores y mucho me temo que con aun más detractores, a los que no les faltan argumentos para atacar un filme que aborda sin complejos el camino del exceso y a la que sin duda le faltaba la presencia de alguien con la ascendencia necesaria sobre Fesser como para señalarle las partes en las que su sin duda esplendida propuesta flaquea de forma evidente. En cualquier caso, no cabe duda que resulta de lo más saludable el atrevimiento de Fesser: hay que tenerlos muy pero que muy bien puestos para atreverse a contar una historia tan tremenda como ésta de la forma en la que lo ha hecho, sí señor.Para que el día polémico fuera completo, tuve asimismo ocasión de recuperar por fin Tiro en la Cabeza, la película que ha hecho circular por el Festival la frase “¿Tú eres Rosalista o no eres Rosalista?” para posicionar a defensores y detractores de la última propuesta del director de La Soledad. La cosa es como sigue: una hora y diez minutos de película filmada a distancia, como con un teleobjetivo, asumiendo el punto de vista de un voyeur cualquiera mientras seguimos la vida cotidana de un tipo anodino: le vemos despertarse, comer, comprar el periódico, pasear por el parque, hablar con una mujer, escuchar música en la FNAC, irse de copas con unos amigos, hacer el amor con una mujer distinta a la primera, reunirse con dos personas, viajar a Francia... Todo esto sin que podamos escuchar una línea de diálogo aunque sí el sonido ambiente: coches pasando, gente, ruidos cotidianos... Ni una sola cosa de las cosas antes descritas ofrece la más mínima información valiosa sobre el personaje al que seguimos, con lo cual la paciencia del espectador se ve llevada hasta límites insoportables: no hay quien aguante semejante radicalidad. Eso sí, a partir de esa hora y diez minutos de película, la cosa cambia: en un restaurante la mirada del protagonista se cruza con las de dos jóvenes que parecen reconocerle, un esplendido e inquietante plano en el que el ojo izquierdo del protagonista se fija en ellos, dando comienzo a la verdadera historia. Los siguen al aparcamiento, los encañonan y tras un breve intercambio de palabras, los ejecutan con sendos tiros en la cabeza. Es la representación de los hechos acaecidos hace unos meses en Capbreton, cuando el encuentro fortuito entre unos etarras y unos guardias civiles de paisano acabo con la muerte de éstos. Tras el incidente, seguimos al protagonista en su huida, su abandono del coche en el que viajaban, el robo de otro secuestrando a su dueña a punta de pistola, el abandono de ésta en un bosque atada a un árbol y la desaparición de los etarras. Fin.
Se habrán dado cuenta que les he contado la película por completo. No me pongan una demanda todavía y déjenme que me explique. El interés de Tiro en la Cabeza no está en lo que cuenta sino en cómo lo cuenta y si he procedido de esta forma tan aparentemente poco profesional es porque creo que la única forma de defender lo poco salvable de esta propuesta inviable comercialmente es decir que la película solo cobra vida cuando empieza a contar de verdad una historia con imágenes, es decir, a partir del encuentro en el restaurante una hora y diez minutos después del primer fotograma. Y esa película sí reviste interés, y soy consciente de que para llegar ahí era necesario que Rosales nos hiciera un seguimiento del personaje pues no puede empezar la película en ese punto. Pero por otro lado resulta inadmisible que estire ese planteamiento durante casi setenta minutos: eso no hay quien lo aguante y confieso que yo lo hice porque, como ahora ustedes, sabía de antemano lo destacable que me esperaba después. En caso contrario habría abandonado el cine y Rosales habría fallado por completo con su experimento narrativo. Esto no es ni mucho menos la esplendida La Soledad o la interesante Las Horas del Día, obras que sí contaban una historia pese a la radicalidad formal de sus propuestas y con las que descubrimos a un autor personal y con una voz diferente, capaz de llegar al interior del espectador. Tiro en la Cabeza podrá tener toda las buenas intenciones que se quieran respecto al conflicto (aunque confieso que yo no veo en que ayuda esto al mismo), y tendrá interés para aquellos que gustan de la innovación del lenguaje cinematográfico, pero a mi no me llega semejante radicalidad: aun reconociendo la brillantez formal de su tramo final, me parece una salvajada y un duro ejercicio de ombliguismo autoral que no cuenta con el espectador. Ya saben lo que hay. Ustedes mismos.
Enric González, El País“The Darjeeling Limited es una gansada, un disparate que puede divertir o irritar, según los gustos y los estados de ánimo. Anderson siempre ha requerido la complicidad del espectador, pero en este caso le pide más que eso. Para apreciar esta película hacen falta benevolencia, buen humor y renuncia temporal a las funciones mentales básicas, condiciones que no están al alcance de cualquiera (…) Exige devoción previa y un ánimo despreocupado. Contiene, probablemente, una ironía psicotrópica, apta sólo para iniciados. Tres hermanos viajan por la India a bordo de un tren en busca de su madre y de una relación fraternal perdida desde siempre. Esa rail movie permite un encadenamiento de gags surrealistas, humoradas oblicuas e insensateces más o menos simpáticas,aderezadas con música (extraordinaria banda sonora) y cameos de amiguetes de Anderson, como Bill Murray y Anjelica Huston. Las cejas de Brody son como un aviso: ojo, todo esto va en broma. Bastarían para excusar cualquier exceso de esta travesura colorista, propia de hippies golfos y más bien pijos, si la película no traspasara ciertos límites. El guión utiliza como recurso la muerte de un joven indio, y eso no está bien.”
Oti Rodríguez Marchante, ABC “La última flacidez de Anderson se titula «The Darjeeling Limited» y es una comedia desternillante de la que acabarán ofreciendo un premio al primero que se ría durante su proyección: es de tal simpleza y de tan poca sustancia que hasta el gran Bill Murray, en un rapto de lucidez, decidió no subirse a su tren en la primera escena y ya no vuelve a salir hasta el final, después de que ese tren sin sentido se recorra la India con sus bobos protagonistas dentro. Fue muy aplaudida, ¿por qué? Pues, por si acaso.”
Sergi Sánchez, La Razón“«The Darjeeling Limited» pasa como una exhalación, es fresca y ligera como un polo de menta. La pesadilla del intento de suicidio de Owen Wilson, protagonista del filme junto a Adrien Brody y Jason Schwartzmann, ha ensombrecido la luz de una fábula que habla del amor fraternal en términos nada pretenciosos. Algo nuevo en el cine de Wes Anderson, cuya innegable sensibilidad pop se veía lastrada hasta el momento por una cierta tendencia a la pedantería. He aquí que el Salinger del nuevo cine americano, el que comparte preocupaciones con Sofía Coppola, Spike Jonze o Michel Gondry, ha decidido poner los pies en la tierra. No ha abandonado los colores chillones, las canciones con peso dramático ni las excentricidades de sus personajes, pero ha aligerado su maleta de digresiones y frases ingeniosas para acercarse a la historia que narra (…) Como «Los Tennenbaums» o «Life Acquatic», «The Darjeeling Limited» es una película sobre la necesidad de pertenecer a algo. Y en esta ocasión, Anderson confía más en la humanidad de sus criaturas, que han dejado de ser elementos de una viñeta tragicómica para asumir lo absurdo, lo inconcluso de sus viajes espirituales.”
THE SUN ALSO RISES (Taiyang zhaochang shengqi, Jian Wen, China)
Enric Gonzalez, El País “La discusión sobre el cine en prosa y el cine poético es ya antigua; Jian Wen, actor y director, uno de los más reputados cineastas chinos, la desborda por la izquierda con un abrumador torrente de imágenes bellas, poderosas, encadenadas en una sucesión de cuatro historias voluntariamente ininteligibles. Las reflexiones que provoca Taiyang no son muy distintas de las que suscitó, en su momento, Inland Empire, el disparate más barroco y prolijo de David Lynch. ¿Tiene sentido la belleza? No siempre. Pasar dos horas ante la propuesta de Jian Wen es como pasar dos horas ante un cuadro de Pollock: puede hacerse, y puede tener, quizá, consecuencias mágicas. Por alguna u otra razón, la gente no suele hacerlo.”
Oti Rodríguez Marchante, ABC“«The sun also rises», es un absoluto derrame cerebral con una mujer que se sube a los árboles y tira una oveja mientras que su hijo salta, corre y berrea durante la primera hora, luego cambia a otra cosa que sorprendería hasta al propio Kusturica bien cargado.”
Carlos Boyero, El Mundo “Se ha proyectado una película china, que imagino solo interesa a su autor y a su entusiasmada familia, y ustedes afortunadamente no la verán nunca, en la que se habla de una viuda esquizoide qe se sube a los árboles y martiriza a su caminante hijo. No me pregunten el título. Al parecer, este sadismo matriarcal tiene algo que ver con el recuerdo del follador padre. Que se lo expliquen los listos.”
LA GRAINE Y LE MULET (Abdellatif Kechiche, Francia)
Enric Gonzalez, El País“La Graine et le mulet tampoco parece destinado a un éxito comercial clamoroso. Su director y guionista, Abdellatif Kechiche, aborda las dificultades de una familia magrebí en Francia y, a través de ellas, cuestiones globales como las relaciones familiares, la ambición y el sentimiento de éxito o fracaso. Podría discutirse alguna cuestión formal, relacionada con las diferencias entre la vida y el arte. En la vida, como en los debates televisivos, todo el mundo habla al mismo tiempo, y no pasa nada. En el cine, la superposición de voces es simple cacofonía. Tampoco simplifica la vida del espectador otra decisión de Kechiche: el uso de una cámara subjetiva en escenas con muchos participantes. Cuando el punto de vista brinca de esta forma, se pierden el punto y la vista.”
Oti Rodríguez Marchante, ABC “En cuanto a la francesa, transcurre en un puerto cercano a Marsella y entre una familia magrebí; el jaleo es de gallinero y la «problemática» pues justamente ésa que cualquiera se figura: el trabajo, los hijos, los sueños imposibles... Santa paciencia.”
Sergi Sánchez, La Razón “¿Basta con invocar el fantasma del hiperrealismo para acercarnos a la realidad? ¿Es posible que una película tenga exceso de realidad, y que ese exceso pueda separarnos de su discurso? Hay una línea que no hay que cruzar, y eso lo saben los hermanos Dardenne, que en «Rosetta» sabían calibrar sus fuerzas y en «El hijo», no. A Abdellatif Kechiche le ha ocurrido lo mismo: en «La Escurridiza (L’Esquive)» el equilibrio era digno y en «La graine et la mulet», el equilibrio es una palabra que no forma parte de su vocabulario. Entendemos las intenciones de Kechiche: introducirse en el corazón de la vida familiar de Beiji, currante que, a los 61 años, divorciado y sin un euro en el bolsillo, quiere montar un restaurante en un avejentado barco, atracado en el puerto de Marsella. Pero el tamaño no es lo que importa: no importa que una secuencia de una comida en familia dure media hora y no importa que una esposa despechada grite durante veinte minutos, porque la duración no es nada si no hay reflexión detrás de la eterna, recurrente reiteración de imágenes.”
THE HUNTING PARTY (Richard Shepard, USA)
Oti Rodríguez Marchante, ABC“El canoso Gere es un reportero de guerra en Serbia a la caza de un criminal que persigue (poquito) la OTAN, la CIA, La Haya..., una especie de Karadzic o Mladic que está de sangre hasta las trancas y que todavía reina por allí ante la indiferencia de los organismos internacionales. «The Hunting party» es un sarcasmo de principio a fin, se diría que tienen intención hasta todas esas escenas al borde del ridículo, como si hubiera tratado tal y como se merece, en efecto, buena parte de la realidad que rodeó y rodea aquella inmundicia. A poco que el tal Shepard hubiera esquivado la grasa de tanta escena mala, tópica y hasta burlesca, la cosa se le hubiera podido quedar mucho más afinada, pero menos sarcástica y socarrona. Sin duda, «The Hunting party» tiene un repensar.”
Enric Gonzalez, El País“Tres periodistas (el reportero brillante caído en desgracia, obviamente Gere; el cámara de éxito, y el novato enchufado por papá) viajan a las montañas montenegrinas en busca de Radovan Karadzic, antiguo jefe de los serbios de Bosnia y célebre criminal de guerra. La intención explícita de Shepard consiste en combinar acción, humor negro y denuncia política. El fracaso es triple. Son cosas que suceden con las apuestas de alto riesgo.”
El Comentario del día – Carlos Boyero (que hoy en lugar de las reseñas habituales ha presentado un ejercicio de flagelo por lo mucho que al parecer está sufriendo en Venecia, razón por la que apenas aparece en este resumen de prensa):
“¿Le interesa a algún lector que no sea un cinéfilo tarado lo que ocurrió ayer en La Mostra? (…)¿Cuántos días faltan para volver a casa?¿De verdad estoy tan acabado como para tener que ganarme el sustento haciendo fatuos comentarios sobre la nada?” Me dan ganas de responderle: Pues si. Es más, algunos gilipollas compramos estos días El Mundo, un periódico cuya ideología suele repugnarme, solo por leer tus reseñas… Hay que joderse: que lástima que no sepa valorar que está en uno de esos privilegiados puestos que muchos daríamos cualquier cosa por disfrutar.