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jueves, octubre 17, 2019

DIA DE LLUVIA EN NUEVA YORK, Welcome Back, Mr. Allen


Ya bien avanzado el metraje de Día de Lluvia en Nueva York su protagonista Gatsby, enésimo alter ego de Allen en su filmografía, saca del bolsillo su móvil para llamar a su novia y preguntarle donde se encuentra. No le pone un whatsapp ni nada parecido, sino que la llama y entonces caes en la cuenta que hasta ese momento no has visto a ninguno de los jóvenes en pantalla usar un móvil y que ese detalle tan banal es uno más de los que contribuyen, superada la extrañeza puntual, a construir la confortable sensación de encontrarte en ese terreno familiar que no es exactamente el mundo real, sino ese en el que habitan las películas de Woody Allen.


Las películas del realizador neoyorquino no pretenden – ni siquiera lo intentan, de hecho, hace ya bastantes años – ser fieles a la realidad. Solo los sentimientos que despiertan son reales, no así la forma de llegar a ellos. Por eso, sin esa coartada de ambientar sus historias en tiempos pasados que le ofrecían la mayoría de sus últimos trabajos (Wonder Wheel, Café Society, Magia a la Luz de la Luna…) el choque que produce este reencuentro de Woody con su adorada Manhattan puede descolocar aún más de lo habitual a los que no sean fieles seguidores de su cine. Al resto, es decir, a la mayoría de nosotros, nos hace felices simplemente el haber superado el trauma de no haber tenido por vez primera desde 1981 nuestra dosis anual de Woody por cortesía de la infame decisión de Amazon el año pasado de intentar meter en un cajón esta deliciosa y engañosamente ligera comedia romántica.


Al fin y al cabo, Gatsby – un Timothée Chalamet estupendo, todo sea dicho – es un tipo que parece cualquier cosa menos un joven de hoy en día: ama el jazz, canta y toca canciones clásicas al piano siempre que tiene ocasión, disfruta de la lluvia mucho más que del sol y aunque despotrica de los absurdos peajes a los que le obliga su privilegiada posición de familia rica, no desprecia en absoluto ninguna de sus prebendas, si bien es cierto que prefiere jugar al póker a sus estudios universitarios y planea un fin de semana repleto de actividades para descubrir su Nueva York a su joven e ingenua novia – una luminosa Elle Fanning a la que cuesta reconocer aquí como la misma actriz que protagonizó la oscura Galveston – que desata el motor narrativo de la película con esa entrevista que ha de hacer a un fatuo director de cine al que admira, algo aparentemente simple que acaba complicándose sobremanera y que acaba por llevarla a través de un sinfín de enredos que la van alejando cada vez más de su novio, mientras éste vive por su lado todo tipo de encuentros que le hacen replantearse sus inquietudes vitales.


Los detractores de Allen dirán que en este planteamiento no hay nada nuevo bajo la lluvia, y no les faltará algo de razón, pero si se quedan anclados en eso, en la similitud de la excusa argumental con obras previas del neoyorquino y su inevitable inferioridad respecto de sus ya muchas obras mayores, lo siento mucho por ellos porque se perderán lo mejor de la propuesta, que no es otra cosa que recibir con una sonrisa permanente la calidez de la misma. En estos tiempos tan oscuros y cínicos, sería una lástima no apreciar en lo que vale una película que te ofrece semejante refugio trufado de alguna que otra línea de diálogo ingeniosa, de esas que nunca faltan en el cine de Allen, unas más que excelentes interpretaciones y al menos un par de momentos verdaderamente mágicos, que dejaré al lector descubrir por sí mismo.

Por el camino, Allen se las arregla para hacer un retrato nada amable de los tipejos que pululan por el mundo del cine, ya sean directores, guionistas o actores ansiosos todos ellos de reconocimiento en el mejor de los casos y de carne fresca en el peor - una lectura perversa que el neoyorquino no se ahorra, aun corriendo el riesgo de ser mal interpretado por sus muchos detractores – y dar unas cuantas vueltas más sobre el ideal romántico alleniano a través del encuentro de Gatsby con la hermana pequeña de una antigua novia – excelente Selena Gómez, que aprovecha a fondo la oportunidad de lucirse que Woody le brinda – y el divertido intercambio de puyas y tira y aflojas que se produce entre ambos, motor infalible de toda comedia romántica que se precie.


También es reseñable la habilidad con la que Allen resuelve algunas situaciones, ya sea visualmente – la llegada de Gatsby al hotel tras la partida de póker, puro Lubitsch; o ese reencuentro de la pareja de novios tras el ajetreado día vivido por separado, una preciosidad – o a través de la escritura – la intervención de Cherry Jones, que interpreta a la madre de Gatsby, es simplemente antológica – hasta desembocar en uno de esos finales que si bien pueden hacer que se retuerza el colmillo del espectador más cínico, también nos permite sonreír a aquellos de nosotros a los que no nos molesta que el siempre ideal mundo del cine se tome esas licencias que la realidad rara veces concede.


Así pues el regreso de Woody Allen a su adorada Nueva York es la celebración de varios regresos, entre ellos el de esa familiar sensación de asistir una vez más a una de esas películas que te envuelven con su habitual y confortable combinación de inteligencia, ironía, encanto y mucha magia. Qué más da que la luminosa fotografía de Storaro pueda llegar incluso a resultar empalagosa, que haya personajes y tramas sin duda desaprovechados o que Día de Lluvia en Nueva York no llegue, en fin, al nivel de las obras mayores de Allen. Qué más da mientras sigamos teniendo el privilegio de tener una película de Woody Allen por año. Llegará el día, ojalá aún muy lejano, que ya no podremos habitar esas películas. Disfrutémoslo mientras dure. El año que viene, en San Sebastián.





lunes, mayo 16, 2011

MEDIANOCHE EN PARIS, Cualquier tiempo pasado (no) fue mejor


Hay una parte del cine de Woody Allen que surge de una idea brillante, una inspirada ocurrencia con enormes posibilidades desde la cual el realizador neoyorquino se aplica en construir todo un entramado de personajes y situaciones por lo general bastante divertidas para, tirando después con habilidad del hilo de la misma, llevar al espectador por terrenos insospechados consiguiendo que éste se encuentre en terreno familiar y desconocido a la vez. Medianoche en París, hermosa carta de amor a la última ciudad europea que le ha acogido en esa especie de exilio de resultados desiguales que marca su filmografía en este siglo, pertenece (salvando las distancias en ciertos casos, claro) al mismo género que Zelig, Alice, La Rosa Púrpura del Cairo, Desmontando a Harry o Melinda y Melinda, obras todas ellas que más allá de su resultado final parecen responder a ese estímulo irresistible que Allen siente por exprimir esa feliz ocurrencia hasta sus últimas consecuencias.

Tras una introducción en la que si uno no ha tenido la suerte de conocer esa maravillosa ciudad que es París siente la tentación de correr a la agencia de viajes más cercana para salir en el próximo vuelo, Allen nos sitúa en territorio conocido: Gil, un escritor en crisis a punto de casarse, intenta convencer a su futura esposa para que se instalen en la capital francesa, ya que eso le permitirá encontrar la inspiración al vivir en los mismos ambientes que sus héroes, esos escritores y artistas que frecuentaron la ciudad de las luces en sus adorados años 20. La incomprensión de su prometida y la presencia de un pedante pelmazo que se la camela con insufribles disertaciones sobre el arte hacen que Gil – al que da vida un inspirado Owen Wilson, sorprendentemente acertado en el tono entre confuso y maravillado que debe dar a su personaje - busque refugio en sus paseos nocturnos por París donde, sin comerlo ni beberlo, se ve transportado en el tiempo a su época favorita y empieza a alternar con gente como Scott Fitzgerald, Ernst Hemingway, Gertud Steiner, Cole Porter, Buñuel, Picasso o Dalí. Casi nada.

A partir de esa jugosa idea llena de posibilidades, tan sencilla como alleniana, la película se mueve con notable habilidad entre varios registros superpuestos. Por un lado está la irresistible comicidad que desprende esa visión entre la caricatura y el homenaje que Woody nos ofrece de esos grandes artistas de principios de siglo XX: resulta impagable ver a Hemingway buscando bronca, a Dalí desvariando sobre rinocerontes (divertidísimo Adrien Brody) o a Picasso defendiendo pasional su obra.

Por otro lado Medianoche en París exhibe un contundente romanticismo, con Gil enamorándose hasta las trancas (¿quien no lo haría?) de una deliciosa Marion Cotillard que ejerce de musa de artistas, lo que nos devuelve un Allen bastante más tierno y menos despiadado con sus criaturas que en sus últimas películas – su defensa de algo tan simple y hermoso como un paseo bajo la lluvia en compañía desprende encanto y una inocencia casi naif a partes iguales – y que aboga por la belleza compartida o la simple tranquilidad de espíritu como clave de una cierta felicidad.

Pero es en el último tramo de la película donde Allen, tras seducirnos con una propuesta mucho menos liviana de lo que aparenta y hacernos reír a modo con su habitual surtido de líneas ingeniosas e ideas jugosas, saca a relucir el talento que le hace un cineasta único y tras un memorable gag sobre El Ángel Exterminador y Buñuel que compensa por sí solo el visionado de la película, aplica una maravillosa vuelta de tuerca a su propuesta inicial y ofrece una tan desoladora como absolutamente genial reflexión sobre la futilidad de la nostalgia, la enorme pérdida de tiempo que supone esa querencia tan humana de lamentarse por no haber vivido en un pasado idealizado que, lejos de ser mejor como reza el dicho, como mucho es simplemente anterior. Y además sin aire acondicionado.


Y aquí es donde, tras el esplendido cierre, uno se detiene un momento a valorar lo que acaba de ver y resuelve seguir el ejemplo de Allen ¿De que sirve lamentarse por el hecho de que quizás las mejores películas de su filmografía ya hayan pasado ante el maravilloso regalo que supone tener año tras año una nueva muestra de su genio? La vida es como es: disfrutémosla según nos viene.

LO MEJOR: Que Woody Allen, siendo fiel a sí mismo y perfectamente reconocible, sea capaz aun de sorprendernos con una película tan llena de inteligencia, romanticismo y belleza como ésta
LO PEOR: Habrá quien se pierda entre tanta referencia cultural y no pille algunos de sus chistes.
¿POR QUÉ… ese empeño por armar tanto revuelo con la presencia de Carla Bruni en la película, cuando su trabajo se limita a un par de escenas que por cierto resuelve de forma más que eficaz?

Este artículo, levemente modificado, se publicó en el periódico Voz Emérita el 16 de Mayo

lunes, agosto 30, 2010

CONOCERAS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS Catalogo de Autoengaños

Para entender en su justa medida a un autor tan prolífico como Woody Allen, que sigue fiel a su compromiso de entregar una nueva película todos los años, no está de más detenerse un momento y echar un vistazo a su filmografía en lo que llevamos de siglo. Veamos: por orden cronológico encontramos un par de comedias tildadas de menores (La Maldición del Escorpión de Jade y Un Final Made in Hollywood), una suerte de infravalorada y curiosa actualización de Annie Hall donde tanto su atribulado protagonista - un allenizado Jason Biggs - como el delirante secundario interpretado por el propio Allen ya apuntaban ciertos tintes sombríos (Todo lo Demás) y un acertado ensayo sobre los dos prismas, comedia y tragedia, bajo los que puede observarse los mismos hechos de una vida (Melinda y Melinda) esencial para entender una verdad fundamental de la filosofía de vida del autor, que a lo largo de su filmografía a menudo ha dado pruebas de saber mantenerse en equilibrio en tan díficil alambre.

Todas ellas son obras que preceden al autoexilio europeo del neoyorquino que hasta ahora se ha saldado con una obra maestra sobre la moralidad de nuestros actos (Match Point), una divertida a la par que intrascendente comedia sobre periodistas, magos y engaños (Scoop), un intento desigual de escapar de sus esquemas tradicionales explorando nuevos géneros como el thriller (El Sueño de Cassandra), una obra tan mal recibida como incomprendida sobre el peso del fracaso sentimental (Vicky Cristina Barcelona) y un saludable paréntesis en forma de corrosiva comedia de vuelta a su añorada Nueva York que intuyo debió tener mucho de liberador (Si La Cosa Funciona). Aunque no puede decirse que sea precisamente su mejor década, tampoco cabe duda que Allen sigue ofreciéndonos cosas interesantes y está bastante lejos de ser ese autor agotado que algunos proclaman, pese a que igualmente son innegables ciertas señales de cansancio.


Conocerás al Hombre de tus Sueños ofrecerá munición fresca tanto a los devotos del cine de Woody Allen como a sus detractores. Para los primeros, será una nueva muestra de su habilidad como narrador al entrelazar las historias de seis personajes marcados por el autoengaño y el deseo de ser lo que no son ni nunca serán, una obra por la que desfilan muchas de las obsesiones del cineasta: su miedo a envejecer, la frustración creativa y personal, la imposibilidad de alcanzar una relación satisfactoria, la insatisfacción continua como motor existencial, la moralidad de nuestros actos… un puñado de dramas cotidianos que en manos de Allen pasan ante los ojos del espectador con un aire de falsa intrascendencia, como si fuera algo liviano, incluso cómico, pero que en el fondo, a poco que se reflexione sobre ellos, no tienen ni puñetera gracia.

Para los segundos, se confirmarán sus peores temores: una nueva repetición de una fórmula agotada, una nueva y fallida allenización de un personaje (insufrible Anthony Hopkins), una realización funcional y algo desmañada, detalles que recuerdan mejores tiempos - la prostituta de pocas luces interpretada por Lucy Punch es una versión menor y desprovista del corazón de Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, las sesiones con la vidente remiten a Alice o La Maldición del Escorpión de Jade pero con mucha menos gracia o poder de fascinación) y cierta sensación de hastío del cineasta abocado a trabajar en tierra extraña que se transmite al espectador.


Mientras estaba viendo la película pensaba que posiblemente estaba ante la película más floja hecha por Allen en años. Sin embargo, reflexionando luego sobre ella me he dado cuenta que lo que verdaderamente me deprime de Conocerás al Hombre de tus Sueños es esa mirada más desesperanzada y pesimista que nunca al género humano y a sus patéticos intentos de alcanzar la felicidad. El escritor bloqueado que desea a su vecina, tratando de convencerse que está ante una nueva musa mientras roba su próxima novela a un amigo en coma, la esposa abandonada, frustrada e inútilmente enamorada de su jefe que sueña con tener una aventura, el sexagenario que quiere creer que podrá vivir una segunda juventud casándose con una joven y llamativa prostituta que a su vez se vende por la promesa de una vida mejor, el galerista triunfador que disimula el fracaso de su matrimonio con ostentosos regalos y la anciana que pone su vida en manos de una vidente que le dice lo que quiere oír, todos conforman un cuadro desolador de personajes que se engañan a sí mismos y que deambulan perdidos por una serie de historias inconclusas, frustrantes, en las que la única forma de encontrar cierta felicidad parece ser ponerse en manos sin reparos de la estupidez más absoluta.


Allen, más distante y frío que nunca, se muestra implacable con sus criaturas: la persecución vana de sus sueños, la desesperación por poseer aquello de lo que carecen, que los transforma en marionetas sin posibilidad alguna de redención o de controlar sus destinos tiene corolarios memorables como el plano de Josh Brolin observando a su ex esposa desnudándose desde la ventana de su nueva pareja o la dolorosa conversación final del personaje de Naomi Watts con el objeto de su deseo frustrado Antonio Banderas.

Como si finalmente se hubiera decantado por el bando que solo veía el lado trágico de la existencia en Melinda y Melinda, Allen no tiene el más mínimo deseo de generar empatía alguna en el espectador por el destino de sus personajes, que se revelan tan caprichosos como frágiles, tan inestables como antipáticos, tan incapaces de ser sinceros consigo mismos como, hasta cierto punto, conmovedores en su buscada desgracia.


Quizás el mayor autoengaño sea el del propio Allen, al que después de ese corrosivo y liberador paréntesis que fue Si La Cosa Funciona, se le nota bastante fatigado de trasplantar personajes y situaciones desde su añorado Manhattan a diversos ambientes europeos donde no acaban de encajar del todo. Habrá que asumir que tal vez necesita reencontrarse con sus raíces para volver a ofrecer lo mejor de sí mismo y recuperar cierta frescura en su cine. O eso, o afrontamos el hecho de que Woody Allen ha perdido definitivamente la poca fe que le quedaba en el género humano y nos quedamos con la desesperanzada conclusión según la cual solo huyendo de la realidad y abandonándonos a la estupidez podremos atisbar algo parecido a la felicidad, una posibilidad terrible se mire por donde se mire.


Este artículo, levemente modificado, se publicó el lunes 30 de Agosto en el periódico Voz Emérita.

sábado, septiembre 19, 2009

SAN SEBASTIAN 2009, JORNADA 1: Chloe, El Baile de la Victoria, Malditos Bastardos, Si la Cosa Funciona

EGOYAN NO REMATA, TRUEBA DECEPCIONA

Llueve. Llueve mucho. Será una especie de retribución por el tiempo tan fantástico que disfrutamos el año pasado pero el caso es que la57 Edición del Festival de Cine de San Sebastián nos ha recibido con una tromba de agua considerable que en realidad no ha empañado el entusiasmo desatado en la inauguración con la presencia de Brad Pitt – barbudo y pelín desastrado – y Quentin Tarantino – tan locuaz y divertido como siempre – cuyos Malditos Bastardos inauguraron ayer la sección Perlas de Otros Festivales de Zabaltegui. Ya lo he dicho en otras ocasiones: San Sebastián es uno de esos festivales donde, hagas lo que hagas, siempre tienes la sensación de perderte algo importante y las elecciones son constantes. La de ayer viernes era particularmente dolorosa: o bien se iba a uno a disfrutar de la rueda de prensa de esos dos o bien se metía en el cine a ver Si La Cosa Funciona, la última peli de Woody Allen. Decisiones, decisiones…

En fin. La Sección Oficial arrancó con Chloé de Atom Egoyan, una película que toca muchos de los temas favoritos del autor de Exótica o El Dulce Porvenir pero desde un punto de partida tan habitual como interesante: cansada de sospechar las infidelidades de su marido y presa tanto de la incomunicación como de su propia inseguridad, Catherine decide confirmar sus sospechas por la via directa y contrata a Chloe, una atractiva prostituta con aire de lolita y ojos de cervatillo, para que le seduzca y ponga a prueba su fidelidad, contándole después todo lo que hace con el susodicho. El problema es que en tan delicado proceso por un lado Catherine inicia un cierto redescubrimiento de su sexualidad, pelin enmohecida con el paso del tiempo y el inevitable distanciamiento y por otro la cervatilla tiene sus propias necesidades y como no podía ser de otra forma, la cosa se complica sobremanera.

Egoyan inicia su película haciendo que Catherine, ginecóloga, describa un orgasmo como poco más que una contracción involuntaria de los músculos, algo desprovisto de toda magia. Y luego se afana en desmontar esa afirmación durante todo el metraje. La película crea una interacción de personajes sumamente interesante y Egoyan, director elegante como pocos, aprovecha el enorme caudal que le proporciona un elenco en estado de gracia – Julianne Moore está inmensa en un rol lleno de dobleces, pero no le andan a la zaga ni un atribulado Liam Neeson ni una sorprendente Amanda Seyfred que aguanta el tirón de maravilla – para construir un peculiar triángulo a través del cual investiga sobre lo peligroso que puede llegar a ser la fantasía en determinadas circunstancias. Sin embargo es una verdadera lástima que con tan interesante planteamiento y tan acertado desarrollo tanto de trama como de personajes Egoyan, que no por casualidad no es el firmante del guión, deje que su película se despeñe en su resolución al adentrarse en unos derroteros mucho más convencionales e increíbles, transformando a uno de sus personajes de arriba abajo y convirtiéndolo en poco más que un cliché de lo más desacertado. Es una de esas obras de las que sales cabreado por lo mucho que engancha su arranque y lo mucho que puede llegar a decepcionar su sonrojante desenlace, pese al precioso homenaje a Vértigo en su plano final.

Claro que si de decepciones hablamos, es obligado hacer alguna referencia a El Baile de la Victoria, la esperada vuelta del añorado Fernando Trueba al terreno de la ficción desde El Embrujo de Shangai. Ambientada en el Chile de los primeros años de la democracia tras la caída del régimen pinochetista y una amnistía general que pone en la calle a los presos sin delitos de sangre, cuenta nos narra la historia de un reventador de cajas fuertes que quiere recuperar en vano a su perdida familia tras cinco años en prisión, un entusiasta chaval con ganas de dar un golpe que resuelva sus problemas económicos y una chica traumatizada por el asesinato de sus padres, desaparecidos durante la dictadura, incapaz de pronunciar palabra pero que danza de maravilla. Y un caballo. No me pregunten por qué, pero la presencia constante del caballo es al parecer un elemento indispensable en la trama. Con semejantes mimbres, provenientes de un intuyo que sumamente empalagoso libro original de Antonio Skarmeta, también guionista del filme, Trueba construye una película sumamente cursi y sensiblera, que desaprovecha de forma terrible varios de sus elementos de interés y, de forma más que sorprendente, denota que tanto tiempo alejado de la dirección le ha pasado factura a Trueba. Viendo su película, a menudo desganada y repleta de horripilantes insertos que perjudican la narrativa a más no poder, uno no puede sino preguntarse donde está el autor de El Año de las Luces, Belle Epoque o La Niña de mis Ojos, pues cuesta reconocer el innegable talento que Trueba ha demostrado sobradamente tener en semejante dislate. Ni tan siquiera la presencia del siempre fiable Ricardo Darín ni el interesante debut de la actriz Miranda Bodeonhöfer (al entusiasta pero limitado Abel Ayala mejor lo dejamos aparte) sirve para que esta historia levante el vuelo. Lo dicho, toda una decepción.

LA LIBERTAD CREATIVA DE TARANTINO Y LA VUELTA DEL MEJOR WOODY ALLEN

Sin embargo, el día fue salvado de forma más que sobrada por las dos películas vistas fuera de la Sección Oficial. Por un lado, los Malditos Bastardos de Tarantino demuestran dos cosas: una es que su autor es posiblemente el espíritu más libre, iconoclasta y desprejuiciado que existe en Hollywood hoy en día. La segunda es que, afortunadamente, aun quedan por aquellos lares productores capaces de financiar películas como ésta, a medio camino entre el divertimento y el sentido homenaje a una más que peculiar cinefilia, que si no fuera porque tiene el nombre (y el talento) de Tarantino asociado a ella, dudo mucho que pudiera ver la luz. Malditos Bastardos es una película ambientada en la II Guerra Mundial pero difícilmente puede considerarse adscrita al género bélico. En realidad, Tarantino sigue fiel a si mismo y a sus incontables ídolos, a los que sigue robando músicas, ideas y planos enteros pero con tal derroche de talento y tal capacidad de mezcla que consigue que su resultado sea una película tan fresca como libre, un turmix de referencias cruzadas de innegable encanto que juega con la complicidad del espectador y sobre todo, del cinéfilo aplicado, hasta límites inimaginables.

Tarantino consigue momentos de una brillantez indiscutible. Por ejemplo, en el primer capitulo de su filme maneja con suma habilidad y demostrando que, cuando quiere, puede hacer gala de una sobriedad y un rigor expositivo incuestionable, una tensa secuencia sostenida por un duro mano a mano entre un coronel de las SS cazajudíos – tremendo Christoph Waltz en una composición de personaje absolutamente memorable – y un sospechoso de ocultar judíos en su casa. Y sin embargo, a partir del segundo capítulo y habiendo ya demostrado sobradamente de lo que es capaz, Tarantino da rienda suelta a sus delirantes personajes y situaciones, bordeando siempre la caricatura pero resultando siempre eficaz y sobre todo, muy divertido. Malditos Bastardos es además, con su desopilante y atrevido desenlace en el que no solo se pasa por el forro la Historia para adaptarla a su antojo sino que compone una memorable carta de amor al cine tanto como elemento integrador como destructor cuando es necesario, se transmuta en una obra inclasificable, rompedora, libre y sobre todo, fascinante. Un regalito para todos los amantes del cine como un espectáculo divertido e imagino que una auténtica pesadilla para los amantes del rigor y la trascendencia.

Por si eso fuera poco, resulta que Woody Allen ha decidido con su Si La Cosa Funciona regalarnos a sus muchos fans una maravillosa película que lejos de los experimentos europeos de sus tres últimos filmes, nos permite reencontrarnos una vez más con el genio neoyorquino que todos admiramos. Tirando esta vez del tremendo Larry David como alter-ego, la declaración de principios que semejante elemento hace mirando a cámara rompiendo la tercera pared y dirigiéndose directamente al espectador, es tan cáustica como demoledora: básicamente, su Boris es la esencia del pesimismo existencial, cinismo depurado en estado puro e irreverencia convertida en inteligentes sentencias lanzadas a una velocidad de vértigo al espectador. Semejante elemento, antiguo aspirante al premio Nóbel que ahora se dedica a maltratar psicológicamente a los niños a los que intenta en vano enseñar a jugar al ajedrez, va a chocar con una actualización de aquel memorable personaje que Mira Sorvino clavó en Poderosa Afrodita, una cabeza hueca de buen corazón con la que acabará, pese a su reticencia inicial, por enredarse. Y con ella, acabarán apareciendo sus padres, fervorosos cristianos del profundo Sur sobre los que hacer jugosos chistes y una serie de personajes empeñados en encontrar la felicidad. De acuerdo, más de uno dirá que este es el Woody de toda la vida, que repite situaciones y personajes, pero es que nadie lo hace tan bien como Woody y resulta un verdadero deleite para cualquier espectador con un mínimo de inteligencia conectarse a tal colección de diálogos afilados repletos de cinismo y brillantez. Es todo un espectáculo tenerle de vuelta y aunque puede que la resolución redentora no case demasiado bien con todo el pesimismo existencial expuesto anteriormente, a veces uno quiere pensar que, en efecto, solemos complicarnos demasiado la vida y nos olvidamos que, como le pasaba a aquel personaje de Hannah y Sus Hermanas que renunciaba a suicidarse tras ver Sopa de Ganso, a veces la vida es mucho más sencilla de lo que pensamos y basta con intentar repartir y recibir todos los escasos momentos de felicidad que la vida depara para, si eso funciona, seguir adelante lo mejor que se pueda.