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martes, marzo 27, 2012

BLANCANIEVES Colorin, Colorado, un cuento desvirtuado

La culpa de todo la tiene Shrek. Vale, nos reímos muchísimo con su merecido rapapolvo a los clásicos Disney y su lectura irreverente de los conocidos arquetipos de los cuentos infantiles, conformando una mirada ácida que por desgracia se fue desvirtuando más y más con cada nueva entrega. Abrió la puerta a un verdadero torrente de reinterpretaciones de todo pelaje que, con mayor o menor fortuna, han ido deslizándose por nuestras carteleras de forma lenta pero constante hasta el punto que hoy cuesta reconocer como contemporánea cualquier versión de cuento clásico que se precie que no disponga de dicha vena irreverente. Es bajo esas coordenadas donde hay que situar la primera de las tres versiones de Blancanieves que llegarán en este 2012, un acercamiento excéntrico y contaminado de esa modernidad mal entendida.


El responsable de la misma es el hortera de Tarsem Singh, un director caracterizado por el barroquismo que impregna una filmografía (La Celda, The Fall, Inmortals) apoyada en una sobrecargada imaginería visual con la que siempre intenta disimular sus muchas carencias narrativas. Su Blancanieves no es una excepción y eso que la cosa no empieza mal del todo gracias al prólogo de la película, un cuidado trabajo de animación con cierto hálito entre trágico y poético, y a las primeras intervenciones de la estrella de la función, una Julia Roberts que sin duda se lo ha pasado en grande en el papel de esa madrastra malévola, algo así como una versión cínica de la Reina de Corazones de la Alicia burtoniana. Si a eso sumamos unos impresionantes trabajos de dirección artística y vestuario – éste último a cargo de una enorme Eiko Ishioka a la que parece haberse concedido un cheque en blanco para hacer realidad sus imaginativos diseños – la primera impresión puede resultar de lo más atractiva. Pero es poco más que un bonito espejismo.


Porque claro, luego hay que meterse en faena y desarrollar la historia. Y ahí es donde empiezan a reventar las costuras. Ante la más que cuestionable elección de la cejuda Lily Collins como Blancanieves uno entiende a la perfección que los guionistas hayan decidido prescindir de la clásica pregunta al espejo de quién es la más bella del reino. Nadie se habría creído la respuesta. Convertir a los enanitos mineros en forajidos del bosque a lo Robin Hood tampoco es algo de lo que se saque excesivo partido sino más bien al contrario y presentar al príncipe como un fatuo pazguato que acaba convertido literalmente en un cachorrito resulta un poco de vergüenza ajena.


Todo está narrado con un ritmo tan cansino según avanza el metraje, con tal falta de gracia y sometido a un encorsetamiento mayor que los vestidos de las protagonistas que hasta Nathan Lane parece atribulado por seguir en la misma terrible película cuando recupera su aspecto humano tras su breve conversión en cucaracha y Sean Bean preferiría volver a ser decapitado en Juego de Tronos que seguir un minuto más en tal desatino.


Así las cosas uno solo puede aferrarse a los denodados esfuerzos de la Roberts por mantener a flote el barco tanto en su faceta de reina perversa y sádica como en su versión hechicera del otro lado del espejo, quizás la lectura más interesante de la propuesta. Pero ni eso consigue disipar la sensación de estar ante una película cuyo defecto más imperdonable es resultar carente de sustancia y finalmente aburrida. El desvaído y forzado numerito musical final a lo Bollywood también es algo que se nos podría haber ahorrado: Tarsem Singh será indio pero eso no le daba licencia para castigarnos las pupilas y los oídos de tal forma.


En fin, que el listón no ha quedado demasiado elevado ni para la versión supuestamente algo más oscura y aventurera Blancanieves y La Leyenda del Cazador dirigida por Rupert Sanders – un desatino aun mayor de casting si cabe: nadie en su sano juicio preferiría a Kristen Stewart, la sosa de Crepúsculo, a esa jugosa madrastra que interpreta Charlize Theron ¿verdad? – o el curioso experimento en blanco y negro y mudo con Maribel Verdú de madrastra que está ultimando Pablo Berger. La Blancanieves de Tarsem Singh es todo lujoso envoltorio y poco más.

martes, noviembre 29, 2011

PROFESOR LAZHAR, El triunfo de la sencillez

Hay ocasiones en las que la ristra de premios que anteceden a una película, en este caso el Premio del Público en el Festival de Locarno, así como el Mejor Guión y el Premio Fipresci de la Seminci de Valladolid, sin olvidar la nominación por Canadá para los oscars de este año, resultan de lo más comprensible. Pocas propuestas más agradables y bien realizadas he tenido ocasión de ver este año como esta sencilla y sin embargo muy interesante película del para mi hasta ahora desconocido Philippe Falardeau, aunque éste sea su cuarto largometraje. La película está producida por los mismos responsables de la ganadora del año pasado del V FCIM 2010, Incendies. Y yo aquí hago mi apuesta particular de todos los años con alguna de las películas de la Sección Oficial: el año pasado me la jugué a que INSIDE JOB ganaría el oscar a Mejor Documental y así fue. Este año apuesto a que PROFESOR LAZHAR estará entre las cinco finalistas al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa. Ganarlo es otra cosa - las competidoras serán muy duras - pero desde luego lo tiene todo para conseguir ser finalista...

Arranca la película con un hecho terrible: el suicidio ahorcándose en clase de una profesora de primaria, siendo su cuerpo descubierto por uno de sus alumnos. Con semejante mazazo en la cabeza, la película nos presenta de inmediato al protagonista de la historia, ese profesor sustituto, argelino de origen, inmigrante y exiliado político que huye de su pasado y que se ofrece como sustituto para una clase lógicamente traumatizada ante la inexplicable desaparición de su profesora, cuyos alumnos de diez años han de lidiar, cada uno a su manera, con el inevitable duelo. El Profesor Lahzar, todo amabilidad, sensibilidad, inteligencia y comprensión – esos valores que hacen que nunca olvides a un profesor que haya sido capaz de conjugarlos con la paciencia de aguantarte para enseñarte algo – será el encargado de acompañarles en ese proceso.

Es Profesor Lazhar un prodigio de sencillez y sentido común capaz de plantear con precisión y contundencia no solo cuestiones interesantísimas relativas a la figura y el papel de un profesor hoy en día, cuestionando de frente y sin ambages la evolución del modelo tradicional hacia este sistema actual en el que, más que con niños, los profesores parecen abocados más a tratar con residuos radioactivos, como se afirma con no poca sorna en un momento del filme, sino tocando asimismo con precisión y sutileza temas como la inmigración, el exilio, la incomprensión, la extraña actitud ante la muerte, el abandono parental o las distintas formas de enfrentarse al proceso de duelo. Viendo las imágenes de la película de Falardeau uno se plantea seriamente por qué demonios resulta absolutamente imposible imaginarse una película así, tan sencilla, bien hecha y repleta de inteligencia, en el cine español. Parece como si los franceses – recuerden La Clase, que ya estuvo en Mérida en el III FCIM, Hoy Comienza Todo, Ser y Tener... – o sus primos francófonos canadienses tuvieran una especial sensibilidad a la hora de abordar un tema tan esencial para el futuro de cualquier país como es la educación. Como me gustaría, en estos tiempos oscuros en los que la crisis parece la excusa ideal para recortar lo que nunca se debería tocar, que alguien tuviera en España los arrestos (y el talento, claro) suficientes para hacer una película la mitad de valiente, efectiva y bien realizada que ésta.

Su protagonista, Fellag, maneja de forma inmejorable un buen puñado de registros para encarnar a ese profesor que desde la humildad y el afecto consigue conectar con esos niños y, más allá de enseñarles lo de siempre, educarles en algo aun más importante, los valores que son necesarios para saber conducirse por la vida. Con el humor como una forma de mostrar la realidad, con afecto, sin cruzar nunca la línea de la sensiblería y dejando caer de vez en cuando notables cargas de profundidad que no pasan desapercibidas – ojo a ese chaval, por cierto de apellido Garrido, que desvela en clase como quien no quiere la cosa un terrible hecho del pasado de su familia que te deja literalmente clavado en la butaca o la catarsis entre los dos niños principales, ambos un prodigio de naturalidad – Profesor Lahzar juega sus cartas con inteligencia, toca el corazón del espectador y conmueve de principio a fin. Para recordar por un rato a ese buen profesor o profesora que todos tuvimos alguna vez.

viernes, octubre 14, 2011

LAS ACACIAS, La emocion de una gran historia minima

Un camionero hosco e introspectivo ha de llevar un cargamento de madera de acacia desde Asunción a Buenos Aires. Le obligan a llevar como acompañante a una mujer con su bebé de apenas unos meses. Él no siente el menor aprecio por la tarea encomendada y su actitud inicial es evasiva, correcta pero huidiza, inexpresiva. No se encuentra nada cómodo con la situación creada y tampoco se molesta en disimularlo. Ella se limita a ser educada, paciente, correcta. Su bebé en cambio no entiende de sutilezas: seduce a todo aquel que se pone a tiro, ya sea dentro o fuera de la pantalla.

El viaje transcurre tranquilo, sin estridencias. Con el paso de las horas, el roce suave entre ambos, la convivencia forzada, los pequeños detalles hacen que las primeras grietas asomen en la armadura emocional de él, mucho menos fuerte de lo que aparenta. Ella también tiene sus heridas recientes, navega a lo desconocido con un desconocido, su futuro es incierto. Poco a poco algo va surgiendo en esa historia mínima, repleta de sensibilidad y medida hasta en los más mínimos detalles. Un hombre, una mujer y apenas hora y media de película por delante. Mi género favorito, ese tema inacabable que produce oleadas de emoción inversas en tamaño al pequeño espacio de tiempo del que ambos disponen para desarrollar su relación. Una pequeña gran historia, capaz de extraer de lo mínimo lo más hermoso, la emoción más pura y genuina, abrirte suavemente el pecho, llegarte al corazón con las dosis justas de inteligencia y sensibilidad y acariciarte delicadamente.


No es de extrañar que Pablo Gironelli esté cosechando éxito tras éxito con esta ópera prima que ha tardado cinco años en levantar y que ya ganó la Cámara de Oro en la Semana de la Crítica en Cannes, la Sección Horizontes Latinos de san Sebastián y el premio a la Mejor Película en el 20 Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz. Las Acacias es una de esas obras que más allá de su ritmo – que algunos pueden considerar lento, pero se equivocan: es exactamente el que debe tener una historia de esas características con unos protagonistas como éstos – de la perfección de su montaje, de la precisa mirada de la que se dota para transmitir todo lo que pretende, se apoya en un trabajo actoral de altos vuelos simplemente perfecto. Él, Germán de Silva, hace un ejercicio de contención apabullante, convirtiéndose en uno de esos actores capaces de transmitir mucho con un mínimo gesto, una mirada, un atisbo de sonrisa. Ella, Hebe Duarte, en su primer papel como actriz - ¡quién lo diría! – traspasa la pantalla con una lograda mezcla de ternura, humanidad e infinita comprensión de la situación que vive. Eso tan difícil de conseguir llamado química surge entre ellos de forma espontánea, sin imposturas, con mucha verdad. Y para colmo hasta esa increíble bebita es capaz de interactuar con ambos a gran altura.

El resultado es una película que habla en voz baja pero de forma firme y audible sobre el dolor de la pérdida, sobre la soledad, sobre la necesidad de aprender a conectar de nuevo, tanto con uno mismo como con el otro, sobre redescubrirse y sorprenderse. Las Acacias es una obra emocionante, tierna, indescriptiblemente hermosa, que afirma en su medidísima resolución toda una declaración de intenciones y de coherencia personal: lejos de un estallido de pasión desatada, aquí la épica – y esa emoción que te hace temblar de la cabeza a los pies sin que sepas muy bien de qué parte de tu interior con el que la película sabe conectar viene - consiste en reunir el valor suficiente para reconocer la importancia de lo que se está viviendo y vencer los propios miedos. Casi nada.

No ocurre casi nunca, pero hay veces en las que cuando alguien con el suficiente talento y paciencia crea una película desde la honestidad personal más absoluta, sabiendo perfectamente lo que quiere contar y cómo quiere contarlo, respetando la inteligencia del espectador y dándole su propio espacio para que llene por si mismo los huecos sin necesidad de conducirle o llevarle de la mano, se produce un pequeño milagro y el resultado es una de esas películas transparentes, delicadas que saben encontrar su camino al corazón del espectador. Las Acacias es uno de esos pequeños milagros, tan infrecuentes en nuestras carteleras. Harían ustedes bien en no dejar escapar la posibilidad de que esta pequeña gran historia, tan cotidiana y sin embargo tan enorme, pueda emocionarles.


Las Acacias se estrena hoy viernes 14 de Octubre en Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Sevilla, Málaga y Valladolid. El viernes 21 de Octubre en Valencia y el 04 de Noviembre en Las Palmas.

Para Pablo, Maria y Hebe. Por todos los inolvidables momentos compartidos en Biarritz. Gracias por hacer que mi vida sea ahora mucho más hermosa que antes. Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse más pronto que tarde. Un abrazo. D.

martes, septiembre 06, 2011

LA PIEL QUE HABITO, La Identidad Inaccesible

Con el paso de los años y debido sobre todo a la evolución de su filmografía en lo que va de siglo – recapitulemos, Hable Con Ella (2002), La Mala Educación (2004), Volver (2006), Los Abrazos Rotos (2009) y ahora La Piel Que Habito (2011) – acercarse a cada nuevo trabajo de Pedro Almodóvar supone un ejercicio tan incómodo como apasionante. Incómodo porque el realizador manchego parece haberse empeñado en recorrer un camino que tiene tanto de huida de sí mismo como afán de satisfacer las siempre desmesuradas expectativas que se generan a su alrededor, lo que se traduce en una progresiva asunción de riesgos rayano en lo suicida capaz de surtir de munición fresca a sus muchos detractores y de desconcertar al mismo tiempo a sus fieles, que buscan en vano sensaciones parecidas a las ya experimentadas y, aun encontrándose en terreno reconocible, descubren otras nuevas que no siempre pueden ser de su agrado. Apasionante resulta también ver a un creador tan personal como Almodóvar buscar nuevos espacios para jugársela y evolucionar, asomarse a su interior y comprobar cómo, lejos de esconderse, va cada vez más de frente; que su cine, ya de por sí casi siempre al límite, se estira aun más en un saludable ejercicio de inconformismo, algo de por sí digno de elogio aunque de tanto pasearse por el borde del abismo, se despeñe unas cuantas veces. Como es el caso.


Porque eso es lo que ocurre en La Piel Que Habito, película desequilibrada y extraña capaz de irritar profundamente mientras se ve por sus evidentes excesos y sus poco perdonables defectos, pero que al mismo tiempo posee la rara cualidad – ausente por cierto en su anterior película, Los Abrazos Rotos, que provocaba poco más que una mezcla de hastío, decepción y nostalgia por los tiempos pasados solo paliada por algún momento brillante aislado – de quedársete dentro como si de un perturbador virus se tratara y, una vez reposada, seguir dando vueltas en tu interior mientras uno intenta bucear más allá de lo epidérmico. Y es que, como la invulnerable piel que Ledgard construye para Vera, el último trabajo de Almodóvar no pone nada fácil al espectador penetrar en su interior. Por así decirlo, es una película que lejos de abrazar al espectador, trata por todos los medios de establecer cierta distancia con él.


El arranque de La Piel Que Habito deja de forma premeditada al espectador en terreno de nadie. Uno tiene la sensación de haberse subido a un tren en marcha sin que se le den demasiadas explicaciones. Almodóvar pisa a la vez terreno conocido – ahí están sus pulsiones de siempre: la pasión, la dinámica entre carcelero y victima menos evidente de lo que parece a simple vista, la venganza, un pasado tenebroso que marca el presente, la pérdida, la búsqueda de la redención, etc – pero envuelto esta vez con ropajes algo distintos: la ciencia ficción, la transgénesis, coqueteos con el terror. Navega con habilidad entre géneros, lo que no es algo precisamente nuevo, y trufa como siempre de referencias cinéfilas su propuesta – en primer plano, la reivindicación notoria de una obra clásica del fantástico europeo, Los Ojos sin Nombre (Les Yeux Sans Visage, Georges Franjul, 1959) cuya importancia y vigencia algunos hemos descubierto gracias a esta película, pero también la siempre omnipresente sombra del Vértigo de Hitchcock y una variante muy perversa del Frankenstein de Mary Shelley – sin que ello resienta su capacidad habitual de traerse dichas referencias a su terreno.


La epidermis de esta La Piel Que Habito es tan volátil, tan incandescente, que resulta casi imposible hablar de ella sin alterar para siempre su capacidad de sorpresa, pues bastaría una simple descripción de los personajes que la protagonizan o una mínima sinopsis de la trama para condicionar de forma irreversible su visionado. Eso explica por qué, a diferencia de lo sucedido en otras ocasiones, la maquinaria publicitaria de Almodovar ha estado tan en segundo plano que tengo el íntimo convencimiento que su realizador habría preferido incluso no participar en Cannes o mostrar su película en pases previos para llegar lo más virgen posible al público. Sin embargo, para sortear esa dificultad y cumplir con el objetivo de este artículo, uno puede hablar de sensaciones y aspectos del filme que llaman poderosamente la atención.


Por ejemplo, es imposible no establecer un paralelismo entre el forzado hieratismo, esa sobriedad mediante vaciado de sus recursos actorales más habituales que Pedro impone a Antonio Banderas en su reencuentro veinte años después de Átame – con un personaje que pese a ciertos inevitables parecidos argumentales en realidad está en las antípodas de aquel inconsciente de buen corazón que secuestraba a Victoria Abril para que se enamorara de ella – con el propio deseo del cineasta de escapar de su universo más reconocible por la vía del género. De la misma forma, la fascinación por lo femenino que se recrea y deleita en el cuerpo y la belleza casi sobrenatural de Vera – jamás se ha visto a Elena Anaya más hermosa en una pantalla – y su choque con lo masculino, el juego de poder y sumisión que se establece entre creador y criatura en los primeros compases del filme engancha de forma notable al espectador y lo atrae hacia un esquema tan transgresor como estimulante. La frialdad aparente producto de la artificialidad de la puesta en escena esconde, como pasa a menudo en Almodóvar, un volcán de sentimientos que, aun faltándole datos esenciales, el espectador percibe que estallará tarde o temprano.

Pero hete aquí que, cuando tiene cogido por el cuello al espectador, de manera tan sorprendente como grotesca, el director cambia el tercio e introduce un personaje horrendo, insostenible, quizás una especie de guiño a los excesos de vodevil del Almodóvar más ochentero, un fulano disfrazado de tigre y con acento brasileño (pobre Roberto Álamo) que, en complicidad con una Marisa Paredes transmutada en una versión de Douglas Sirk del ama de llaves de Rebeca, dinamita no ya la fascinación sino la misma credibilidad del filme y lanza tan por los aires al espectador que no es de extrañar que alguno no vuelva jamás a introducirse bajo la piel de la propuesta. Es un arrebato tan brusco, un defecto tan poco perdonable e impropio de un maestro de la narración como Almodóvar que uno ha de frotarse los ojos para creerlo.

No será la primera vez que el director se despeñe por el abismo: a partir de aquí virtudes y defectos conviven y se alternan en un carrusel agotador y errático. Tan pronto uno puede fascinarse por el complejo artefacto narrativo de la película – el suministro de la información al espectador está muy pensado y su estructura fragmentada, similar a la que ya utilizara en La Mala Educación y Los Abrazos Rotos, lejos de ser caprichosa, tiene su razón de ser – como alucinar por la precipitación hacia la caricatura de sus personajes, deleitarse con el atrevimiento del director según se va desvelando la verdadera naturaleza del filme como constatar la deriva de la progresión dramática, que llega a extremos tan anticlimáticos en secuencias que parecerían exigir todo lo contrario que no es de extrañar esas risas nerviosas en Cannes en momentos clave de las que hablan las crónicas. Ese humor, tantas veces seña de identidad y poderosa arma del cineasta, aquí no se busca y sin embargo surge involuntario cuando no provocando cierto sonrojo, jugando a la contra de los intereses de la película.


Se mueve pues Almodóvar en la fina línea que separa lo ridículo de lo sublime. Tanto que la borra en muchos momentos y ni la cuidadísima puesta en escena que narra mucho más en imágenes lo que habitualmente el manchego solucionaba verbalizando en exceso, ni la magnífica fotografía de José Luis Alcaine, ni las logradas interpretaciones de Banderas y Anaya, obligados a apoderarse de sus personajes y trascender sus debilidades, ni la enésima maravilla musical compuesta por el siempre fiable Alberto Iglesias, capaz de llevarte en volandas en muchos momentos del filme, ni tan siquiera las interesantes referencias a la obra de Louise Bougeois – qué clarividencia por parte de Almodóvar escoger precisamente a esta artista para recrear su obra por parte del personaje de Vera, con toda la carga simbólica que ello implica para cualquiera familiarizado con la misma - consiguen que uno termine de desprenderse de esa esquizofrénica sensación de exceso, de inconsistencia, de descuido en detalles esenciales que afectan a la credibilidad general de la propuesta.


Flaco favor le ha hecho Almodovar acuñando esa expresión de “terror frío” con la que pretendía adjetivar su película: más allá de ese primer plano que nos sitúa en Toledo y el escalofrío que a uno le recorre la espalda al relacionar de forma involuntaria el estreno del filme con los draconianos recortes del estado del bienestar que Dolores de Cospedal ha aplicado esa misma semana en Castilla-La Mancha, anticipo temible de lo que nos espera en años venideros, es reduccionista y no resulta en absoluto adecuada para una obra tan extraña y en cierto modo inclasificable como La Piel Que Habito.


Y en el fondo de todo esto, surge poderosa la conexión final de la película con por un lado uno de los temas recurrentes y más queridos del cine de Almodóvar y al mismo tiempo la lectura que uno puede hacer de ese tema en relación a la propia figura del cineasta, a su imagen exterior y su yo interno. Desde ese punto de vista, la relación entre el argumento de La Piel Que Habito, su cuestionamiento de la identidad como algo inaccesible no ya para el otro sino para uno mismo llevado al extremo y que obliga de forma constante a leer entre líneas se convierte en una reflexión apasionante para todos aquellos que consideramos a Almodóvar, con todos sus defectos y su capacidad de cabrearte y decepcionar tus expectativas hasta límites insospechados, como uno de los cineastas más personales y estimulantes de los últimos tiempos.


En otras palabras, vayan a ver La Piel Que Habito y saquen por sí mismos sus propias conclusiones, que bien pueden diferir de las mías. No les garantizo que les guste, es más, probablemente la detesten. Pero nadie les podrá arrebatar ese estimulante buen rato debatiendo sobre ella, incluso aunque sea para preguntarse por las motivaciones últimas de ese espécimen único e inclasificable llamado Pedro Almodóvar.

domingo, julio 17, 2011

HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE Parte II: Fin de una Era


La decisión tomada en su momento de dividir el séptimo y último libro de las aventuras de Harry Potter en dos películas ha dado lugar a un fenómeno de lo más interesante. Por un lado la primera parte desconcertó a un buen puñado de los seguidores de la serie al configurarse como una obra de corte intimista cuyo ritmo, mucho más cadencioso, y tono, aun más melancólico y sombrío, parecían el fruto lógico de la evolución de una serie que ha ido arrinconando progresivamente el sentido del humor y la parte lúdica de la aventura que marcaron sus primeras entregas, convirtiendo cada nueva película en una experiencia cada vez más desasosegante. Exiliados, confusos y perseguidos, Potter, Ron y Hermione deambulaban por tierras inhóspitas más propias de un, digamos, Cormac Mc Carthy que del luminoso y mágico mundo presentado por J.K. Rowling. A eso hay que sumarle que, al arrancar esta última película a la mitad del nudo del libro, uno pueda sentir cierta sensación de vértigo: Yates y Kloves no se andan con tonterías ni recordatorios y desde la primera secuencia, con ese sombrío plano dreyeriano de Snape observando desfilar a sus pupilos en lo que no es sino un claro guiño al Metropolis de Fritz Lang, sienta las bases de ese tono trascendente del que se sabe cercano al duelo-clímax final y lo anticipa y sostiene como un trompetista de jazz una nota aguda de principio a fin, lo que por momentos puede resultar algo agotador.

Así pues, si uno no tiene más o menos actualizados sus conocimientos del universo Harry Potter, corre el riesgo de perderse de vez en cuando no solo por un argumento que da por sentado que has visto las siete películas anteriores sino que lo has hecho ayer mismo, tal es el recorrido por escenarios previos de la saga, referencias a hechos anteriores y a pasados de personajes que incluyen intrincadas genealogías, relaciones cruzadas, juegos de apariencias y, claro está, encajes de bolillos para atar los numerosos cabos sueltos dejados aquí y allá en estos años. Cine serial en estado puro, que no se detiene a pensar si resulta suficiente con lo que ofrece por sí mismo sin la ayuda de los libros porque asume que el espectador de las películas es asimismo lector, presunción cuanto menos peligrosa. Sin embargo, así está establecido el juego de esta franquicia desde el principio. La última entrega es solo la exacerbación del mismo hasta límites insospechados que la convierten en un fenómeno francamente curioso y hasta me atrevería a decir que único en la historia del cine.

Una vez dicho esto, hay que señalar que David Yates ha ido consolidando su pericia como realizador con cada una de las cuatro películas de la serie de las que se ha encargado, con lo que todos hemos salido ganando. Si la primera parte de Las Reliquias de la Muerte era una película íntima que precisaba de una atmósfera melancólica muy particular, en la segunda el choque del Bien y el Mal con Hogwarts como campo de batalla domina la mayor parte del filme, con lo que se precisaba un trabajo de corte épico del que Yates sale bastante bien parado. A ello ayuda no poco el excelente trabajo del equipo de dirección artística, los impecables efectos visuales y, por encima de todo, los soberbios trabajos del maestro Eduardo Serra en la fotografía y de un cada vez más inspirado Alexandre Desplat en una BSO sumamente compleja, épica y cálida a la vez.

Lo cierto es que Yates se las apaña bastante bien para, en el marasmo de luchas, choques de varitas y destrucción masiva, generar emoción en algunos momentos en los que uno puede sentir a la platea contener el aliento en silencio. Poco importa que el trío de actores principal no ofrezca mayores registros interpretativos de lo visto hasta ahora, que el desnarigado Voldemort sea un espantajo cada vez mayor en manos de un Ralph Fiennes desatado al que el doblaje le otorga la misma capacidad de atemorizar que aquel doberman de voz aflautada de Up, que las bajas se vayan acumulando sin apenas tiempo para asimilar su desaparición o que sutilidades de la trama transcurran con demasiada rapidez ante nuestras retinas en esa apresurada carrera por llegar al duelo final: Yates lo compensa con un buen sentido del ritmo, sacando partido de ese Alan Rickman que nos confirma una vez más que su Severus Snape es el más complejo y mejor personaje de la saga, haciendo que Maggie Smith cobre un inusitado protagonismo o dejando que la música de Desplat y la foto de Serra se apoderen de la función para cubrir cualquier carencia.

Curiosamente, el clímax final tiene algo menos de fuerza que algunas de las escenas precedentes, posiblemente porque sostener la película en un plano tan trascendente tanto tiempo acaba por cobrarse su precio. Pero pese a eso y a un sonrojante epilogo final que no funciona por pura falta de credibilidad – atención al careto de agobio que tiene la nueva generación ante la perspectiva de ir a Hogwarts y compárese con la primera película: parece como si todos supieran los terrores que allí les aguardan – la verdad es que esta Harry Potter y las Reliquias de la Muerte es un cierre más que digno a una saga repleta de claroscuros que, siendo justos, ha tenido tiempo de ofrecernos a lo largo de una década muchos momentos espléndidos – sigo pensando a día de hoy que la mejor película de la saga es la de Cuarón, Harry Potter y el Prisionero de Azkaban – mezclados con otros episodios mucho menos brillantes. Aun así, no conviene relativizar la importancia del fenómeno Harry Potter: el hueco que deja su desaparición será difícil de cubrir por otra saga capaz de aunar aventura, fantasía, magia, ternura y tenebrismo con tanta habilidad como la creada por J.K. Rowling, retroalimentada a su vez de su traslación en imágenes a la pantalla en sus últimas entregas. Lo dicho, un fenómeno digno de estudio.


lunes, julio 04, 2011

BLACKTHORN, Magnifico Western


Los habituales de este blog, que alguno habrá a estas alturas, sabrán ya que servidor está mucho más interesado en recomendar el que en su opinión es el cine que merece la pena descubrir antes que denostar la mediocridad que llega habitualmente a nuestras pantallas, incluso cuando ello implique hablarles de películas de festivales lejanos o de estrenos que, debido a los designios inescrutables de la exhibición, no tendremos la suerte de disfrutar en Mérida. Es el caso de Blackthorn, notable western crepuscular de Mateo Gil estrenada por suerte en Cáceres, una película que deberían animarse a descubrir todos aquellos que sienten el cine con genuina pasión, pasión que sospecho muchos, como yo mismo, forjarían en parte en su infancia con ese reconocible género al que dieron forma y dejaron sello autores tan diversos como John Ford, Clint Eastwood, Sergio Leone o Sam Peckinpah, por citar solo algunos.

La primera sorpresa es que este western es español, aunque con reparto internacional y lo dirige con notable inteligencia Mateo Gil, colaborador habitual de Alejandro Amenábar en los guiones de todas sus películas y responsable hace años de una interesante aunque fallida película, Nadie Conoce a Nadie, que desde luego no sirve como precedente a la hora de enjuiciar este nuevo y arriesgado trabajo en el que embarca al espectador en una hipótesis de lo más estimulante: qué habría sucedido si, contrariamente a lo que ocurrió en la vida real y lo que se nos contaba en el clásico Dos Hombres y Un Destino, el forajido Butch Cassidy no hubiera fallecido en la compañía de su cómplice Sundance Kid en un enfrentamiento con el ejercito boliviano tras un fallido atraco a un banco, sino que hubiera sobrevivido bajo otra identidad durante veinte años, dedicándose a criar caballos en su rancho, retirado del mundanal ruido.

Blackthorn se desarrolla así en la Bolivia de los años veinte, donde nos reencontramos con un Butch Cassidy cansado, decidido antes de que sea demasiado tarde a hacer el viaje de regreso y enterrar de paso algunos fantasmas. Basta echar un vistazo al rostro marcado por el tiempo, al andar pesado y la mirada cargada de nostalgia del soberbio Sam Shepard para darse cuenta que estamos ante un personaje de la misma estirpe de esos viejos supervivientes de vuelta de todo que tanto entusiasmaban a Ford o Peckinpah, hombres duros en apariencia y sensibles por dentro, atravesados por cientos de cicatrices externas e internas, que mantenían un inquebrantable código moral que les sirviera como brújula moral con la que conducirse en un mundo que ya no reconocen como el suyo y al que ya apenas pertenecen. Su viaje de vuelta se verá truncado por un encuentro desafortunado que le obligará a vivir unas circunstancias en las que, obligado a tomar partido, su sentido del bien y el mal, de la decencia y la lealtad a sus principios serán su única guía.

Mateo Gil maneja de forma extraordinaria todos los elementos reconocibles del género, demostrando un profundo conocimiento del mismo y la firme resolución de huir del mero homenaje o la falsa impostura. Da igual que el escenario sea Bolivia y la época sea algo posterior a la que todos asociamos con el western: todo lo que percibimos en la película tiene el inconfundible sabor de la mejor tradición del género tanto en su iconografía con esos espacios abiertos, esos desiertos que han de cruzarse, esas hogueras nocturnas en las que reaparecen los fantasmas del pasado o esas cabalgadas interminables como en los personajes que lo pueblan, mercenarios, atracadores, indígenas buscando cierta justicia ante los abusos y agentes de la ley que, como aquel Pat Garrett, pierden la razón de su existencia cuando finalmente se encuentran ante el objeto de su obsesión durante años.

Si Sam Shepard realiza una composición antológica, repleta de hondura y autenticidad, de ese hombre cansado y de vuelta de todo, sorprende encontrarse con un Eduardo Noriega capaz de aguantarle a ratos el tipo en su papel de forajido arribista. Y Stephen Rea y Magaly Solier consiguen con sus personajes otorgarle aun más credibilidad a la propuesta, probablemente una de las mejores películas que nos va a ofrecer el cine español este año, una apuesta arriesgada repleta de personalidad a la que hay que saludar desde ya como una más que agradable sorpresa.

LO MEJOR: Sam Shepard, inconmensurable. Su composición pertenece a esa ilustre estirpe de viejos supervivientes que pueblan los universos de Ford, Eastwood y sobre todo, Peckinpah. Su Butch Cassidy se te queda fijado en la memoria.


LO PEOR: Que siempre habrá algún idiota que, para glosar sus virtudes y pensando que le hace un cumplido cuando es justo lo contrario, dirá esa sobada gilipollez de “es tan buena que no parece española”


¿POR QUÉ… no hay en nuestra cinematografía muchos más productores osados capaces de confiar en el talento de nuestros creadores, capaces de llevar a buen puerto propuestas tan arriesgadas y sin embargo notables como las que nos ocupa?

Este artículo, levemente modificado, apareció en el periódico Voz Emérita el lunes o4 de Julio



lunes, junio 27, 2011

RESACON 2 Receta Recocinada

Hace un par de años, a propósito de Resacón en Las Vegas, escribía que el acierto principal de Todd Philips había sido saber sublimar ese sentimiento de nostalgia por los excesos desenfrenados propios de unos irredentos Peter Pan ante la certeza de la proximidad de una responsabilidad sobrevenida a través de la exaltación de ciertos ritos masculinos sin ir en realidad demasiado lejos en su incorrección o su capacidad de subversión, ya que sus protagonistas acababan por utilizar dicha inenarrable experiencia para encauzar sus vidas y hasta madurar, lo que daba al conjunto un cierto tufillo moralista que pasaba desapercibido para la mayor parte del personal, hábilmente subyugado mientras se imaginaba a si mismo haciendo el cafre en ese patio de recreo para adultos engordado por el cine que es Las Vegas.

La jugada le salió redonda a Philips que, lejos de desanimarse ante la perspectiva de repetir aquel enorme éxito en taquilla, se ha tirado de cabeza a aplicar el manual básico por el que se rige cualquier secuela que se precie en Hollywood, consistente en repetir la jugada manteniendo intacto reparto, estructura y desarrollo argumental de la misma pero eso sí, buscando la forma de elevar el nivel de osadía sometiendo a sus atribulados protagonistas a situaciones aun más bestias o disparatadas, de tal forma que nadie pueda sentirse mínimamente decepcionado. Así, Philips se lleva su manada a Bangkok, lo que le permite jugar con el choque cultural y afirmar de paso el carácter global de su propuesta ya que, como muy gráficamente enseña Alan (Zack Galifianakis), hay ideas como que un mono simule hacerle una mamada a un monje, que resultan graciosas en cualquier cultura. Es el mismo principio que explica que Torrente sea un fenómeno en Argentina, por ejemplo.

Tras una media hora inicial soporífera en la que tienes la sensación que aquello no va a arrancar nunca mientras los guionistas buscan la mejor forma de que comulguemos con la repetición de la premisa lo que en el primer filme eran un tigre, un bebé abandonado, un diente arrancado y un novio perdido al que encontrar se convierten en un mono, un dedo cortado, un cantoso tatuaje y un cuñado al que encontrar. Tal cual. Bangkok, con sus costrosos moteles a lo Apocalypse Now, la barrera del idioma y la sensación de territorio salvaje donde uno puede perderse hasta el punto de no retorno – la exaltación del hedonismo incluye en su momento más álgido la posibilidad de una redefinición de la identidad sexual que podría interpretarse como un atrevido alegato por la diversidad – reproduce y amplía las posibilidades de Las Vegas como territorio del pecado mientras nuestros muchachos se afanan una vez más en reconstruir sus pasos en medio de una resaca amnésica tras otra descomunal noche de juerga.

Nada nuevo bajo el sol. Igual que juega a su favor la excelente química de un reparto entregado en el que Ed Helms atraviesa fronteras de humillación con un desparpajo envidiable, Bradley Cooper aporta el punto despreocupado y el enorme talento cómico entre marciano y tierno de Zach Galifianakis parece francamente desaprovechado aun siendo de nuevo lo mejor de la función, también juega en su contra esa inevitable sensación de falta de frescura ante la repetición de una fórmula con poca capacidad de sorpresa en la que se le otorga un inexplicable protagonismo a uno de los personajes más secundarios del primer filme y por el que desfila un Paul Giamatti con cara de no saber muy bien qué demonios pinta allí.

Personalmente, no siendo precisamente un fan de la primera película, a la que no obstante le reconozco cierta dosis de simpatía y algún gag afortunado, les confieso que en esta secuela me costó dios y ayuda encontrar algún motivo para sonreír o siquiera mantenerme interesado. De hecho, solo la afortunada escena del flashback en el que Alan se visualiza a si mismo y a sus colegas de correrías como un grupete de apocalípticos infantes abandonados a todo tipo de excesos tóxicos y los créditos finales salvan la cara de una secuela que tiene el inconfundible sabor de una receta precocinada y sin duda demasiado recalentada: distraerá el estómago pero ni de lejos alimenta.


LO MEJOR: Los créditos finales, con esas inenarrables fotos que, al igual que en la primera película, desvelan todo lo ocurrido la noche anterior. Toda una salvaje ráfaga de subversión gamberra destinada a golpear nuestras retinas y dejar un puñado de imágenes imborrables. Incluso aun y cuando quisiéramos poder borrar algunas.


LO PEOR: La sensación de déjà vu de una formula repetida de una manera tan mimética – cameos y cancioncillas incluidas - que su capacidad de sorpresa resulta prácticamente nula. Y que la marciana comicidad de Zach Galifianakis está bastante más desaprovechada.


¿POR QUÉ… sus responsables no se dejan de tonterías y en una futurible tercera entrega no se tiran de cabeza directamente a mostrarnos de forma lineal toda esa noche de excesos descabellados? Total, uno vuelve a quedarse con la sensación que sería una película mucho más divertida y brutal…


Este artículo se publicó el lunes 27 de Junio en el Periódico Voz Emérita

lunes, mayo 23, 2011

PIRATAS DEL CARIBE 4: En Aguas Cansinas

Lo reconozco, me produce una infinita pereza escribir estas líneas sobre la cuarta entrega de Piratas del Caribe, forzada e inevitable prolongación de una de las franquicias más exitosas económicamente de los últimos años que navega decidida a conseguir un suculento botín en forma de nueva trilogía para el afamado productor Jerry Bruckheimer. Cambiamos de director y de algunos de los rostros más emblemáticos de la saga, pero mientras Johnny Depp siga teniendo ganas de divertirse y hacer caja con esa especie de icónica mamarracha de nuestros tiempos que atiende al nombre de Jack Sparrow, siempre habrá alguien dispuesto a soltar pasta para poner de nuevo en marcha la atracción de feria en la seguridad de que las salas volverán a llenarse de espectadores poco exigentes bien provistos de palomitas y coca-cola que, inevitables gafas 3D en ristre (por cierto, aviso para navegantes: este es uno de esos casos por desgracia cada vez más frecuentes en los que la forzada conversión al 3D no aporta absolutamente NADA a la película, así que háganse un favor a sí mismos, véanla en 2D y ahorren un poco), recibirán satisfechos aquello que han ido a encontrar en la sala.

Es la ley más antigua: uno va a la sala como quien se monta en la montaña rusa, se sienta, se abrocha el cinturón y hala, a disfrutar del vértigo de las curvas en cuanto la maquinaria se pone en marcha. No hay más que dejarse llevar al terreno conocido de una fórmula que se repite ante las retinas con aires de ritual. Que si Jack Sparrow haciendo gala de su habitual cóctel de amaneramiento, irreverencia y cinismo inmerso en una persecución, que si la enésima variación mínima de la reconocible melodía de la BSO, que si el capitán Barbosa – un Geoffrey Rush cuya presencia siempre es de agradecer - ahora al servicio del pérfido inglés y buscando venganza, que si una tripulación que reunir, una coreografiada peleíta a espadas por aquí, un tesoro que encontrar con elementos fantásticos por allá… en fin, que nadie que sepa a lo que va puede sentirse defraudado. Salvo que cometa el error de pensar por un instante si todo lo que ocurre en la pantalla tiene un mínimo sentido, claro. Entonces puede darse por perdido.

Vamos con las novedades: Rob Marshall sustituye a Gore Verbinski detrás de la cámara. Y a priori, uno diría que el director de musicales como Chicago o Nine no tendría problemas en sacar partido de unas escenas de acción que no dejan de ser coreografías más o menos complejas. Pues no. El hombre, quizás algo abrumado con tanto efecto visual, se lía un poco y no hay nada en esta cuarta entrega que supere a sus precedentes en este campo, resultando de lo más planito y funcional. Luego están los secundarios: caídos del barco Orlando Bloom y Keira Knightley, su lugar lo ocupan por orden de importancia una esforzada Penélope Cruz cuya química con Sparrow es simplemente nula y un cura que no me pregunten por qué, se empeña en mantener un romance con una sirena. Y Disney tan tranquila. También pasea por allí el temible Barbanegra para suplir al tentacular Davy Jones. Y aunque el siempre fiable Ian McShane le da cierto puntito malévolo tampoco su villano es de los que despierta pasiones por más que el rollo algo malsano que se trae con su hija Angélica, esa Penélope Cruz con complejo de Edipo, resulte de lo más curioso. Y Disney tan tranquila, insisto.

Piratas del Caribe 4, pese a apoyarse en las constantes de siempre, hace tabla rasa de las películas precedentes y se olvida un tanto del punto de locura a ratos surrealista que marcó la trilogía anterior, especialmente en su desmadrada tercera entrega. El guión, por llamarle algo, se limita a llevarnos de pantalla en pantalla a lo largo de un metraje desmesurado de dos horas y media en el que se suceden disparates, caprichos de guión, chistes sin demasiada gracia y ese omnipresente plumero andante que es Sparrow agitándose mucho no vaya a ser que alguien se pare a pensar un segundo y se desmonte el chiringuito. Porque de eso se trata, de deglutir sin cuestionarse nada. Al fin y al cabo, solo es una película de piratas. Olvidan los que esgrimen tal argumento que hay películas de piratas maravillosas, con personajes e historias que te acompañan de por vida, con guiones que no inducen al sonrojo, donde no miras al reloj constantemente esperando a que aquello que se supone que debe entretenerte termine de una maldita vez. Ese y no otro es su imperdonable pecado.


LO MEJOR: El episodio con las sirenas, que comienza con un sugerente rollo erótico-festivo para después ofrecer al espectador una de las pocas ideas originales e interesantes del filme.

LO PEOR: La sensación de aburrimiento y cansancio que te invade de forma progresiva según el filme va avanzando. Es como si te fuera drenando la energía poco a poco hasta agotarte.

¿POR QUÉ… se empeñan los guionistas en esas tramas secundarias tan carentes de interés? Sorprende que nadie se haya dado cuenta que el conato de romance entre el cura y la sirena es una soberana estupidez o de la lógica falta de química entre Jack Sparrow y Angélica.