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lunes, julio 04, 2011

BLACKTHORN, Magnifico Western


Los habituales de este blog, que alguno habrá a estas alturas, sabrán ya que servidor está mucho más interesado en recomendar el que en su opinión es el cine que merece la pena descubrir antes que denostar la mediocridad que llega habitualmente a nuestras pantallas, incluso cuando ello implique hablarles de películas de festivales lejanos o de estrenos que, debido a los designios inescrutables de la exhibición, no tendremos la suerte de disfrutar en Mérida. Es el caso de Blackthorn, notable western crepuscular de Mateo Gil estrenada por suerte en Cáceres, una película que deberían animarse a descubrir todos aquellos que sienten el cine con genuina pasión, pasión que sospecho muchos, como yo mismo, forjarían en parte en su infancia con ese reconocible género al que dieron forma y dejaron sello autores tan diversos como John Ford, Clint Eastwood, Sergio Leone o Sam Peckinpah, por citar solo algunos.

La primera sorpresa es que este western es español, aunque con reparto internacional y lo dirige con notable inteligencia Mateo Gil, colaborador habitual de Alejandro Amenábar en los guiones de todas sus películas y responsable hace años de una interesante aunque fallida película, Nadie Conoce a Nadie, que desde luego no sirve como precedente a la hora de enjuiciar este nuevo y arriesgado trabajo en el que embarca al espectador en una hipótesis de lo más estimulante: qué habría sucedido si, contrariamente a lo que ocurrió en la vida real y lo que se nos contaba en el clásico Dos Hombres y Un Destino, el forajido Butch Cassidy no hubiera fallecido en la compañía de su cómplice Sundance Kid en un enfrentamiento con el ejercito boliviano tras un fallido atraco a un banco, sino que hubiera sobrevivido bajo otra identidad durante veinte años, dedicándose a criar caballos en su rancho, retirado del mundanal ruido.

Blackthorn se desarrolla así en la Bolivia de los años veinte, donde nos reencontramos con un Butch Cassidy cansado, decidido antes de que sea demasiado tarde a hacer el viaje de regreso y enterrar de paso algunos fantasmas. Basta echar un vistazo al rostro marcado por el tiempo, al andar pesado y la mirada cargada de nostalgia del soberbio Sam Shepard para darse cuenta que estamos ante un personaje de la misma estirpe de esos viejos supervivientes de vuelta de todo que tanto entusiasmaban a Ford o Peckinpah, hombres duros en apariencia y sensibles por dentro, atravesados por cientos de cicatrices externas e internas, que mantenían un inquebrantable código moral que les sirviera como brújula moral con la que conducirse en un mundo que ya no reconocen como el suyo y al que ya apenas pertenecen. Su viaje de vuelta se verá truncado por un encuentro desafortunado que le obligará a vivir unas circunstancias en las que, obligado a tomar partido, su sentido del bien y el mal, de la decencia y la lealtad a sus principios serán su única guía.

Mateo Gil maneja de forma extraordinaria todos los elementos reconocibles del género, demostrando un profundo conocimiento del mismo y la firme resolución de huir del mero homenaje o la falsa impostura. Da igual que el escenario sea Bolivia y la época sea algo posterior a la que todos asociamos con el western: todo lo que percibimos en la película tiene el inconfundible sabor de la mejor tradición del género tanto en su iconografía con esos espacios abiertos, esos desiertos que han de cruzarse, esas hogueras nocturnas en las que reaparecen los fantasmas del pasado o esas cabalgadas interminables como en los personajes que lo pueblan, mercenarios, atracadores, indígenas buscando cierta justicia ante los abusos y agentes de la ley que, como aquel Pat Garrett, pierden la razón de su existencia cuando finalmente se encuentran ante el objeto de su obsesión durante años.

Si Sam Shepard realiza una composición antológica, repleta de hondura y autenticidad, de ese hombre cansado y de vuelta de todo, sorprende encontrarse con un Eduardo Noriega capaz de aguantarle a ratos el tipo en su papel de forajido arribista. Y Stephen Rea y Magaly Solier consiguen con sus personajes otorgarle aun más credibilidad a la propuesta, probablemente una de las mejores películas que nos va a ofrecer el cine español este año, una apuesta arriesgada repleta de personalidad a la que hay que saludar desde ya como una más que agradable sorpresa.

LO MEJOR: Sam Shepard, inconmensurable. Su composición pertenece a esa ilustre estirpe de viejos supervivientes que pueblan los universos de Ford, Eastwood y sobre todo, Peckinpah. Su Butch Cassidy se te queda fijado en la memoria.


LO PEOR: Que siempre habrá algún idiota que, para glosar sus virtudes y pensando que le hace un cumplido cuando es justo lo contrario, dirá esa sobada gilipollez de “es tan buena que no parece española”


¿POR QUÉ… no hay en nuestra cinematografía muchos más productores osados capaces de confiar en el talento de nuestros creadores, capaces de llevar a buen puerto propuestas tan arriesgadas y sin embargo notables como las que nos ocupa?

Este artículo, levemente modificado, apareció en el periódico Voz Emérita el lunes o4 de Julio



lunes, junio 27, 2011

RESACON 2 Receta Recocinada

Hace un par de años, a propósito de Resacón en Las Vegas, escribía que el acierto principal de Todd Philips había sido saber sublimar ese sentimiento de nostalgia por los excesos desenfrenados propios de unos irredentos Peter Pan ante la certeza de la proximidad de una responsabilidad sobrevenida a través de la exaltación de ciertos ritos masculinos sin ir en realidad demasiado lejos en su incorrección o su capacidad de subversión, ya que sus protagonistas acababan por utilizar dicha inenarrable experiencia para encauzar sus vidas y hasta madurar, lo que daba al conjunto un cierto tufillo moralista que pasaba desapercibido para la mayor parte del personal, hábilmente subyugado mientras se imaginaba a si mismo haciendo el cafre en ese patio de recreo para adultos engordado por el cine que es Las Vegas.

La jugada le salió redonda a Philips que, lejos de desanimarse ante la perspectiva de repetir aquel enorme éxito en taquilla, se ha tirado de cabeza a aplicar el manual básico por el que se rige cualquier secuela que se precie en Hollywood, consistente en repetir la jugada manteniendo intacto reparto, estructura y desarrollo argumental de la misma pero eso sí, buscando la forma de elevar el nivel de osadía sometiendo a sus atribulados protagonistas a situaciones aun más bestias o disparatadas, de tal forma que nadie pueda sentirse mínimamente decepcionado. Así, Philips se lleva su manada a Bangkok, lo que le permite jugar con el choque cultural y afirmar de paso el carácter global de su propuesta ya que, como muy gráficamente enseña Alan (Zack Galifianakis), hay ideas como que un mono simule hacerle una mamada a un monje, que resultan graciosas en cualquier cultura. Es el mismo principio que explica que Torrente sea un fenómeno en Argentina, por ejemplo.

Tras una media hora inicial soporífera en la que tienes la sensación que aquello no va a arrancar nunca mientras los guionistas buscan la mejor forma de que comulguemos con la repetición de la premisa lo que en el primer filme eran un tigre, un bebé abandonado, un diente arrancado y un novio perdido al que encontrar se convierten en un mono, un dedo cortado, un cantoso tatuaje y un cuñado al que encontrar. Tal cual. Bangkok, con sus costrosos moteles a lo Apocalypse Now, la barrera del idioma y la sensación de territorio salvaje donde uno puede perderse hasta el punto de no retorno – la exaltación del hedonismo incluye en su momento más álgido la posibilidad de una redefinición de la identidad sexual que podría interpretarse como un atrevido alegato por la diversidad – reproduce y amplía las posibilidades de Las Vegas como territorio del pecado mientras nuestros muchachos se afanan una vez más en reconstruir sus pasos en medio de una resaca amnésica tras otra descomunal noche de juerga.

Nada nuevo bajo el sol. Igual que juega a su favor la excelente química de un reparto entregado en el que Ed Helms atraviesa fronteras de humillación con un desparpajo envidiable, Bradley Cooper aporta el punto despreocupado y el enorme talento cómico entre marciano y tierno de Zach Galifianakis parece francamente desaprovechado aun siendo de nuevo lo mejor de la función, también juega en su contra esa inevitable sensación de falta de frescura ante la repetición de una fórmula con poca capacidad de sorpresa en la que se le otorga un inexplicable protagonismo a uno de los personajes más secundarios del primer filme y por el que desfila un Paul Giamatti con cara de no saber muy bien qué demonios pinta allí.

Personalmente, no siendo precisamente un fan de la primera película, a la que no obstante le reconozco cierta dosis de simpatía y algún gag afortunado, les confieso que en esta secuela me costó dios y ayuda encontrar algún motivo para sonreír o siquiera mantenerme interesado. De hecho, solo la afortunada escena del flashback en el que Alan se visualiza a si mismo y a sus colegas de correrías como un grupete de apocalípticos infantes abandonados a todo tipo de excesos tóxicos y los créditos finales salvan la cara de una secuela que tiene el inconfundible sabor de una receta precocinada y sin duda demasiado recalentada: distraerá el estómago pero ni de lejos alimenta.


LO MEJOR: Los créditos finales, con esas inenarrables fotos que, al igual que en la primera película, desvelan todo lo ocurrido la noche anterior. Toda una salvaje ráfaga de subversión gamberra destinada a golpear nuestras retinas y dejar un puñado de imágenes imborrables. Incluso aun y cuando quisiéramos poder borrar algunas.


LO PEOR: La sensación de déjà vu de una formula repetida de una manera tan mimética – cameos y cancioncillas incluidas - que su capacidad de sorpresa resulta prácticamente nula. Y que la marciana comicidad de Zach Galifianakis está bastante más desaprovechada.


¿POR QUÉ… sus responsables no se dejan de tonterías y en una futurible tercera entrega no se tiran de cabeza directamente a mostrarnos de forma lineal toda esa noche de excesos descabellados? Total, uno vuelve a quedarse con la sensación que sería una película mucho más divertida y brutal…


Este artículo se publicó el lunes 27 de Junio en el Periódico Voz Emérita

lunes, mayo 16, 2011

MEDIANOCHE EN PARIS, Cualquier tiempo pasado (no) fue mejor


Hay una parte del cine de Woody Allen que surge de una idea brillante, una inspirada ocurrencia con enormes posibilidades desde la cual el realizador neoyorquino se aplica en construir todo un entramado de personajes y situaciones por lo general bastante divertidas para, tirando después con habilidad del hilo de la misma, llevar al espectador por terrenos insospechados consiguiendo que éste se encuentre en terreno familiar y desconocido a la vez. Medianoche en París, hermosa carta de amor a la última ciudad europea que le ha acogido en esa especie de exilio de resultados desiguales que marca su filmografía en este siglo, pertenece (salvando las distancias en ciertos casos, claro) al mismo género que Zelig, Alice, La Rosa Púrpura del Cairo, Desmontando a Harry o Melinda y Melinda, obras todas ellas que más allá de su resultado final parecen responder a ese estímulo irresistible que Allen siente por exprimir esa feliz ocurrencia hasta sus últimas consecuencias.

Tras una introducción en la que si uno no ha tenido la suerte de conocer esa maravillosa ciudad que es París siente la tentación de correr a la agencia de viajes más cercana para salir en el próximo vuelo, Allen nos sitúa en territorio conocido: Gil, un escritor en crisis a punto de casarse, intenta convencer a su futura esposa para que se instalen en la capital francesa, ya que eso le permitirá encontrar la inspiración al vivir en los mismos ambientes que sus héroes, esos escritores y artistas que frecuentaron la ciudad de las luces en sus adorados años 20. La incomprensión de su prometida y la presencia de un pedante pelmazo que se la camela con insufribles disertaciones sobre el arte hacen que Gil – al que da vida un inspirado Owen Wilson, sorprendentemente acertado en el tono entre confuso y maravillado que debe dar a su personaje - busque refugio en sus paseos nocturnos por París donde, sin comerlo ni beberlo, se ve transportado en el tiempo a su época favorita y empieza a alternar con gente como Scott Fitzgerald, Ernst Hemingway, Gertud Steiner, Cole Porter, Buñuel, Picasso o Dalí. Casi nada.

A partir de esa jugosa idea llena de posibilidades, tan sencilla como alleniana, la película se mueve con notable habilidad entre varios registros superpuestos. Por un lado está la irresistible comicidad que desprende esa visión entre la caricatura y el homenaje que Woody nos ofrece de esos grandes artistas de principios de siglo XX: resulta impagable ver a Hemingway buscando bronca, a Dalí desvariando sobre rinocerontes (divertidísimo Adrien Brody) o a Picasso defendiendo pasional su obra.

Por otro lado Medianoche en París exhibe un contundente romanticismo, con Gil enamorándose hasta las trancas (¿quien no lo haría?) de una deliciosa Marion Cotillard que ejerce de musa de artistas, lo que nos devuelve un Allen bastante más tierno y menos despiadado con sus criaturas que en sus últimas películas – su defensa de algo tan simple y hermoso como un paseo bajo la lluvia en compañía desprende encanto y una inocencia casi naif a partes iguales – y que aboga por la belleza compartida o la simple tranquilidad de espíritu como clave de una cierta felicidad.

Pero es en el último tramo de la película donde Allen, tras seducirnos con una propuesta mucho menos liviana de lo que aparenta y hacernos reír a modo con su habitual surtido de líneas ingeniosas e ideas jugosas, saca a relucir el talento que le hace un cineasta único y tras un memorable gag sobre El Ángel Exterminador y Buñuel que compensa por sí solo el visionado de la película, aplica una maravillosa vuelta de tuerca a su propuesta inicial y ofrece una tan desoladora como absolutamente genial reflexión sobre la futilidad de la nostalgia, la enorme pérdida de tiempo que supone esa querencia tan humana de lamentarse por no haber vivido en un pasado idealizado que, lejos de ser mejor como reza el dicho, como mucho es simplemente anterior. Y además sin aire acondicionado.


Y aquí es donde, tras el esplendido cierre, uno se detiene un momento a valorar lo que acaba de ver y resuelve seguir el ejemplo de Allen ¿De que sirve lamentarse por el hecho de que quizás las mejores películas de su filmografía ya hayan pasado ante el maravilloso regalo que supone tener año tras año una nueva muestra de su genio? La vida es como es: disfrutémosla según nos viene.

LO MEJOR: Que Woody Allen, siendo fiel a sí mismo y perfectamente reconocible, sea capaz aun de sorprendernos con una película tan llena de inteligencia, romanticismo y belleza como ésta
LO PEOR: Habrá quien se pierda entre tanta referencia cultural y no pille algunos de sus chistes.
¿POR QUÉ… ese empeño por armar tanto revuelo con la presencia de Carla Bruni en la película, cuando su trabajo se limita a un par de escenas que por cierto resuelve de forma más que eficaz?

Este artículo, levemente modificado, se publicó en el periódico Voz Emérita el 16 de Mayo

jueves, mayo 12, 2011

[Filmoteca] WINTER'S BONE Viaje a la America Profunda


El cine posee esa rara virtud de ser capaz de descubrirte aspectos ocultos de una sociedad que por mucho que uno sea consciente que existen, a menudo resulta necesario encontrárselos de frente para asumir que son reales. Eso ocurre con Winter’s Bone, soberbia película de Debra Granik que, muchos años después de que John Boorman nos helara la sangre en Deliverance con ese salvaje encuentro entre el hombre urbano y el paleto rural que tantas veces se ha visto reproducido con mayor o menor fortuna en decenas de películas de terror, nos devuelve al escenario de esa sociedad rural tan propia de la América profunda con sus propias leyes y rasgos casi endogámicos a los pies de las montañas Orzak, en el gélido sur de Estados Unidos, para desarrollar una historia a medio camino entre el cine negro y la pura supervivencia.

Ree tiene 17 años, una madre incapacitada por la demencia y dos hermanos pequeños de los que ocuparse. Sobrevive sin apenas recursos en un entorno áspero e inhóspito y hace frente con una entereza impropia de su edad a la vida que le ha tocado en suerte. Todo se complica cuando su padre, que ha salido de la cárcel bajo fianza, no se presenta al juicio y las deudas contraídas amenazan con arrebatar la casa a la familia. La desesperación obligará a Ree a emprender un arriesgado viaje para tratar de encontrarle antes de que sea demasiado tarde y lo pierda todo. Por supuesto la búsqueda de respuestas chocará de frente con una sociedad dominada por la violencia, el crimen y una ley del silencio que suponen un muro tan infranqueable como peligroso.


Lo más valioso de una película tan notable como Winter’s Bone no reside ni en la magnífica interpretación de una actriz a descubrir como Jennifer Lawrence que lidera un reparto que desprende credibilidad y fiereza, ni en la meticulosa forma en la que se desgrana poco a poco la información en esta trama de cine negro construida con precisión, ni tan siquiera en esos silencios hostiles y esos reveladores intercambios de miradas que generan una constante sensación de tensión y desasosiego, aunque todos ellos sean elementos a tener muy en cuenta. No, lo más interesante en mi opinión de Winter’s Bone es la ausencia casi total de referentes cinematográficos previos, lo que hace de la película de Granik – que estuvo nominada a cuatro oscar y ganó el Gran Premio del Jurado en Sundance – una rara joya del reciente cine independiente norteamericano. Si exceptuamos Frozen River, otra película en la que otra mujer desbordada por una situación angustiosa resolvía emprender en un paraje igualmente helado la peligrosa tarea de transportar inmigrantes ilegales por la frontera, cuesta encontrar un filme que describa con semejante fiereza esas sociedades casi paralelas que coexisten en una América mucho más compleja y diversa de lo que solemos pensar.

Es en ese retrato exhaustivo de un mundo inhóspito y poblado de secretos, mezquino caldo de cultivo del crimen cuyos integrantes no entienden más códigos que el de la violencia y el silencio donde Winter’s Bone encuentra sus mejores bazas, no solo en el peligroso periplo de Ree, cuyo miedo cada vez que se acerca a una de esas casas protegidas por feroces guardianas – lo del papel de la mujer en esa sociedad daría casi para todo otro artículo como éste – se siente de forma palpable por el espectador, sino también en la transmisión a las nuevas generaciones de esos códigos y valores que Ree aprende por la vía dura de forma natural.

En ese aterrador retrato de podredumbre moral en el que no obstante hay pequeños resquicios para la solidaridad e incluso cierta ternura – véase la evolución del personaje del tío de Ree que interpreta de forma contundente John Hawkes – y en el que ni siquiera la inteligente utilización del fuera de campo en determinados momentos nos evita el vértigo de mirar al horror de frente, es donde Winter’s Bone encuentra sus mejores argumentos para convencer al espectador de que se encuentra ante una película tan notable como insólita.


Este articulo apareció publicado en el periódico Voz Emérita el lunes 9 de Mayo de 2011

WINTER'S BONE EN DIAS DE CINE (REPORTAJE DE ALEJO MORENO)

lunes, marzo 28, 2011

SIN COMPROMISO Falsa Transgresion

Hay una cierta tendencia en los últimos años dentro del género de las comedias románticas que parece buscar una fórmula para, bajo la apariencia de huir de sus lugares comunes y navegar a contracorriente de sus convenciones, seguir ofreciendo al espectador exactamente aquello que uno espera de ellas. Si hiciéramos el esfuerzo de analizar las obras del género de los últimos años, no costaría trabajo nombrar tres o cuatro títulos que parten de una propuesta rompedora o decididamente antirromántica (quizás antisentimental sería un término más acertado) pero que, salvo honrosas excepciones, de forma inevitable acaban cediendo a su naturaleza esencial en su resolución, con la pareja de turno superando sus diferencias falsamente insalvables y comiendo perdices para solaz del complaciente espectador habitual del género.

Sin Compromiso puede adherirse perfectamente a esta tendencia, partiendo de una premisa que más a contracorriente del género no puede ir pero que tampoco resulta demasiado extraña en los tiempos que corren: una pareja que construye su relación exclusivamente desde el plano sexual, prescindiendo de los habituales inconvenientes de la relación sentimental y estableciendo unas reglas que le permitan disfrutar sin ataduras del mutuo refocile, como corresponde a cualquier buen follamigo que se precie. Por supuesto, la trampa es evidente desde el mismo instante de su planteamiento: si es sabido que el roce hace el cariño, el roce sexual no digamos con lo que la gracia de la historia está en ver cómo se buscan la vida los dos atribulados protagonistas para hacer frente a ese molesto sentimiento que crece de forma inevitable entre ellos.

No obstante, hay algunos detalles que hacen de Sin Compromiso, asumida ya esa falsa transgresión como parte del juego, una película que se deja ver con cierto agrado. Para empezar, los tres prólogos que nos cuentan los primeros encuentros de la pareja demuestran a las claras que la parte masculina, ese Ashton Kutcher tan inconsciente y tontorrón como suele, es la que va a resultar más malparada de un trato que, fríamente considerado, habría resultado en otros tiempos como ideal para la mayor parte de los hombres. Hay una inversión de roles, puede que reflejo de cierta evolución de las relaciones hoy en día, según la cual es el personaje de Natalie Portman el que marca las reglas huyendo del más mínimo compromiso emocional, dejando al tipo en terreno de nadie y ahondando más en esa especie de crisis de la masculinidad que aparece puntualmente en las últimas obras del género: de hecho, sus intentos por construirse una relación más convencional tienen un punto mucho más patético - ¡ese CD recopilatorio con temas para escuchar durante el periodo! – que entrañable. Desde ese punto de vista y pese a que diálogos y situaciones no tienen la más mínima capacidad de sorprender a nadie a estas alturas, la evolución de esa relación de pareja entre polvo y polvo puede tener hasta cierta gracia siempre que uno no sea demasiado exigente y que no pierda de vista la previsibilidad del conjunto.


La película se resiente, eso sí, de esa falta de química de sus protagonistas que acentúa aun más los desequilibrios entre una estupenda Natalie Portman, retozona y divertida, a la que casi se le transparenta el alivio que supone un papel tan sencillo tras el tormento que debió ser Cisne Negro y un Ashton Kutcher tan insípido como acostumbra en su papel de guapo despreocupado y el existente entre ellos dos, algo más trabajados desde el guión, y unos desdibujados secundarios (terrible el papelón que le toca a un buen actor como Kevin Kline) reducidos a meras comparsas excepto quizás en el caso de Lake Bell, que se esfuerza por dotar a su insegura asistente de cierto encanto en su torpeza.

Tras la cámara, el veterano Ivan Reitman se esfuerza en molestar lo menos posible con una puesta en imágenes tan funcional como anodina que deja espacio a sus estrellas para adueñarse por completo de una propuesta liviana, a la postre mucho menos arriesgada de lo que podría haber dado de sí con semejante punto de partida. No ofende tanto a la inteligencia como otras comedias románticas, vale, pero tampoco deja la más mínima huella.



Este artículo se publicó en el periódico Voz Emérita el Lunes 28 de Marzo

lunes, marzo 21, 2011

EL RITO, Puerilidad Irritante


No sé que pensarán ustedes, pero a un servidor le producía de entrada una pereza considerable ver otra de exorcismos. Con razón. Hasta el diablo tiene que estar aburrido de un género con una obra tan canónica que parece tarea imposible escaparse de su alargada sombra (El Exorcista, William Friedkin, 1973) y desmarcarse así de esa cansina legión de secuelas y sucedáneos que en general con más bien escasa fortuna asoman cada cierto tiempo el alzacuellos por la cartelera reproduciendo hasta la nausea las dos principales columnas sobre las que se apoya argumentalmente el género: la eterna lucha entre ciencia y religión por un lado, que siempre empieza por discutir la posibilidad de que no estemos ante una verdadera posesión demoníaca, sino ante un trastorno psicológico no suficientemente bien diagnosticado para acabar abrazando la explicación sobrenatural que por supuesto da mucho más juego de cara a las posibilidades comerciales del producto, y la propia crisis de fe del sacerdote al que le toca el marrón de enfrentarse cara a cara con el maligno por otro, ya que a menudo los protagonistas de estas historias se hallan inmersos en el escepticismo que les produce el insoportable silencio de Dios ante las maldades que desata el ser humano, a veces incluso en su nombre. Nada hay como tener de frente una prueba palpable de la existencia del Diablo para reforzar esa conveniente fe en Dios, no vaya a ser que caigamos en las fauces de un indeseable ateismo.


La primera media hora de El Rito juega al despiste. No porque no mezcle de forma hábil los dos ingredientes arriba descritos, con un seminarista al que como premio por intentar colgar los hábitos antes de ordenarse sacerdote le mandan a Roma a formarse como exorcista diplomado (?) y un especialista en dichos ritos encarnado por un actor del que sabemos de sobra su capacidad para generar inquietud como Anthony Hopkins, sino porque en el primer exorcismo que vemos en pantalla resulta harto desconcertante ver a éste último interrumpir el rito para contestar al móvil – un gag anticlimático que deja al espectador en tierra de nadie, sin saber muy bien si a partir de ese momento debe tomarse en serio o no todo lo que vendrá después – y tras concluir la sesión, ante la mirada interrogante del neófito, preguntarle socarrón si esperaba cabezas girando o puré de guisantes.
Lo que podría interpretarse como una forma de marcar distancias respecto a la película de Friedkin y acercarse a terrenos algo más “realistas” a la hora de afrontar el tema – no olvidemos que la película se abre con el inevitable aunque luego matizado “basado en una historia real” y una frase de Juan Pablo II que nos sitúa en el contexto justo en el que el Vaticano impulsó la formación de exorcistas en su seno – genera unas expectativas interesantes que por desgracia se ven cada vez más defraudadas según avanza el metraje.

Y es que Mikael Hafström, que en la resultona 1408 ya pifió de la misma forma adaptando un relato de Stephen King, nos miente de forma descarada: arropado por una fotografía tenebrosa y una atmósfera inquietante, Hafström en realidad no siente el más mínimo deseo de esquivar los manidos esquemas del género, sino de revolcarse en ellos. No faltan en El Rito ni la joven aspirante a contorsionista que habla en lenguas que no debería conocer y provoca a los curas de palabra y obra, ni las explicaciones psicológicas de manual respecto de los comportamientos de la propia joven o el mismo protagonista, dominado por la sombra de un padre embalsamador que generó en él no pocos traumas – curioso Rutger Hauer – hasta desmadrarse por completo en un disparatado y desesperante tramo final en el que un paródico Anthony Hopkins dispone de luz verde para dar rienda suelta a todo su histrionismo. Lo que tratándose de Hopkins, créanme, no es precisamente poco.

El Rito tiene así el dudoso mérito de ser una película profundamente irritante por pueril: un guión previsible y aburrido lleva al espectador por caminos opuestos a los que parece querer transitar en su planteamiento, para acabar configurando esa lamentable y temible “El Exorcista de los Corderos” que uno intuía desde el mismo principio.


Este artículo, levemente modificado, se publicó en el periódico Voz Emérita el lunes 21 de Marzo

lunes, marzo 14, 2011

RANGO, La Crisis Existencial del Camaleon

He aquí una de las películas más desconcertantes en lo que va de año: un filme de animación que no solo se atreve a seguir su propio camino alejado de la sombra de la omnipresente Pixar, sino que no se corta un pelo a la hora de desarrollar un argumento que bajo la apariencia del homenaje al western esconde una más que curiosa reflexión de corte casi existencialista al obligar a su personaje principal a hacerse las preguntas más esenciales de la vida, a saber: quienes somos, cuál es nuestra función en la vida, qué podemos hacer con nuestra identidad y cómo llegaremos a definirla. No hay nada de casual en el hecho de que su protagonista sea un camaleón, reptil que sobrevive camuflándose con su entorno, adaptándose a lo que le rodea hasta fundirse con el mismo.

Un camaleón que ha pasado toda su vida aislado en un apacible terrario, con sus rutinas ordenadas y alimentando su existencia con desbordantes fantasías en las que se permite ser todo aquello que desea, liberado de repente en mitad de un desierto donde ha de aprender a marchas forzadas a relacionarse con los habitantes de un arquetípico pueblo del Oeste. Como si se tratara de una versión animada del Zelig de Woody Allen, Rango no solo se inventará un nombre, sino una actitud y una identidad que vienen dadas a partes iguales por una serie de catastróficas coincidencias y la necesidad de satisfacer los deseos de aquellos que ven en él lo que más desean ver.

Desde ese punto de vista, tampoco resulta ni mucho menos casual que Verbinski haya elegido el territorio del western porque más allá de las jugosas posibilidades que encierra es complicado dar con un género donde sea más sencillo asumir un rol cuyas características estén tan definidas de antemano. Un camaleón en plena crisis de identidad – por la falta de ella - encuentra así el terreno abonado para la búsqueda de sí mismo, en una especie de huida hacia delante que obliga a una lectura adulta insólita que empareja a esta inclasificable película con los logros alcanzados en ese terreno por joyas como Toy Story o Los Increíbles.


Por supuesto, todo esto no sería posible si no estuviéramos hablando de un filme cuya animación resulta simplemente sensacional, con uno de los trabajos de iluminación más exquisitos alcanzados por el género, que consigue el imposible de generar una fuerte sensación de realismo en una obra cuyos protagonistas son animales de todo tipo – gran parte del mérito hay que atribuírselo a Roger Deakins, director de fotografía de los Coen y aquí asesor visual como ya lo fuera en la extraordinaria Wall-E – pero que uno siente tan real como si se hubiera rodado en Almería.


Y es que otra de las cosas notables del filme es su desenfadada apuesta por el spaghetti- western. Rango es algo así como la película que Sergio Leone habría podido hacer si fuera animador hoy en día: no en vano Verbinski enfatiza las semejanzas de su protagonista con aquel Hombre sin Nombre al que daba vida Clint Eastwood haciéndolos coincidir en la culminación de una alucinada escena en la que, como si de un mal viaje de peyote se tratara, nuestro protagonista alcanzará la iluminación necesaria para asumir finalmente su rol de improbable héroe hasta las últimas consecuencias.

Cuando uno llega a ese momento, que casi es como si en el filme se hubiera colado de improviso un David Lynch desquiciado, Rango ya ha preparado sobradamente al espectador para que sea capaz de aceptar casi cualquier cosa: más allá de su cuidadísimo diseño de personajes, de las referencias cinéfilas y unas cuantas secuencias de acción – los dos brillantes encuentros con el halcón y la magnífica persecución en el cañón – la película hace bandera de un gamberro y marciano sentido del humor (¡ese coro griego formado por búhos mariachis de lo más agoreros!) que hace que a menudo uno agradezca tal libertad creativa a sus artífices.


Verbinski y la ILM han demostrado que hay vida más allá de Pixar, que se puede aprender de sus lecciones sin por ello dejar de explorar caminos nuevos. Quizá los logros de Rango pasen desapercibidos a primera vista. Pero no son ni mucho menos desdeñables. Más bien todo lo contrario.



Este artículo se publicó en el periódico Voz Emérita el 14 de Marzo de 2011