Mostrando entradas con la etiqueta Politico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Politico. Mostrar todas las entradas

domingo, noviembre 24, 2019

DE REPENTE, EL PARAÍSO La Mirada Desarmante - XIV Festival de Cine Inédito de Mérida


Hay un momento especialmente brillante dentro de la ingente cantidad de instantes inspirados que componen ‘De Repente, El Paraíso’ (It Must Be Heaven) que tiene lugar en la oficina en París de un productor francés al que Elia Suleiman ha acudido presumiblemente con la intención de conseguir financiación para su próximo proyecto. El productor le informa, muy amablemente, que en efecto siente una especial afinidad y simpatía por la causa palestina y que suele trabajar en esa línea de películas ‘útiles’ a dicha causa… pero que el proyecto que Suleiman les ha presentado ‘no es lo suficientemente palestino’ y que, de hecho, ‘podría estar ambientado en cualquier parte, incluso fuera de Palestina’ por lo que no va a participar en el mismo. De inmediato vemos el contraplano de un silente Elia Suleiman, que con apenas media sonrisa que asoma por su amable pero hierático rictus, provoca de nuevo la hilaridad y la infinita complicidad con el espectador que a esas alturas lleva ya un buen rato paseando con él por las calles de París.

Un productor occidental diciéndole al director palestino más importante de la historia que sus películas no son lo suficientemente palestinas es una contundente declaración de intenciones – además de seguramente algo que el propio Suleiman habrá tenido que vivir en sus carnes más de una vez y más de dos – que resume a la perfección la esencia de su cuarto largometraje tras las irresistibles (por favor, búsquenlas si no las conocen) Crónica de una Desaparición, Intervención Divina y El Tiempo que Nos Queda con las que cimentó su bien merecida fama de digno heredero de grandes como Buster Keaton, Charles Chaplin o Jacques Tati en las que contrapone una mirada entre perpleja, socarrona y humanista al mundo generalmente absurdo que le rodea, riéndose sin disimulo de la autoridad en todas sus formas y cultivando el gag visual sin necesidad de palabras para construir un discurso a la vez profundamente humanista y, aunque no lo parezca, rabiosamente político. Porque el humor es una forma de resistencia.


En efecto, Suleiman comienza su película en su Nazaret natal, pero rápidamente abandona Palestina para llevar esa mirada curiosa, tierna, inquisitiva y en fin, desarmante, primero a París y después a Nueva York y descubrir si allí las cosas tienen tan poco sentido como en su casa. Si las primeras películas de Suleiman trataban de explicar lo que era Palestina y lo que significa ser palestino al mundo sin necesidad de salir de su tierra pero utilizando unas armas de la comedia absurda y sobre todo un tono que se sitúa en las antípodas de las películas más ‘concienciadas’ el proceso es ahora a la inversa: Suleiman sale de su país y recorre París y Nueva York paseando su mirada lúcida e inquisitiva para demostrarnos por la vía rápida que la insensatez, la falta de identidad propia, lo contradictorio, lo absurdo no es ni mucho menos patrimonio de ese país y no-país a la vez al que pertenece, sino que es un fenómeno global: todos somos Palestina y su circunstancia, todos estamos rodeados de injusticia, de abusos de autoridad, de muros que no podemos franquear, de desigualdades dolorosas y, por supuesto, del más completo de los absurdos ¿Cómo se quedan? 


Por supuesto todo esto nos cala como una suave lluvia de la forma más entrañable y a la vez divertida, con Suleiman paseando – y paseándonos – por los distintos espacios que habita, siempre observando, nunca interfiriendo, jamás hablando (salvo en una ocasión, que también se convierte en toda una declaración con solo dos palabras pronunciadas) y desarmando con su simple mirada todo ese absurdo que hay a nuestro alrededor: su estilo es tan depurado que Suleiman pertenece por derecho propio no solo a la hermosa tradición de aquellos gigantes del cine clásico que nombraba antes, sino a esos otros coetáneos suyos como Roy Andersson o Aki Kaurismäki que hacen lo que les da la real gana con su cine sin encomendarse ni a Dios ni Amo, pero tampoco al espectador, al que se limitan a invitar amablemente para que compartan su viaje en sus propios términos y si les parece bien, estupendo. Y si no, pues también.


Por ese delicioso camino, una miríada de gags maravillosos y otros quizás no tanto, pero todos disfrutables en lo que valen, un leve hilo conductor que no es otro que el propio Suleiman guiándonos, una magnífica selección musical que entremezcla de forma harto desprejuiciada temazos árabes con Leonard Cohen o Nina Simone, un hilarante guiño a Extremadura y una carga de profundidad a las imposturas del cine globalizado en el cameo de Gael García Bernal en la otra productora neoyorquina que Suleiman también visita y un plano final que nos recuerda que la esperanza del pueblo palestino y tal vez la futurible solución del conflicto (“Habrá Palestina” le dice en una escena anterior una y otra vez un vidente a Suleiman mientras le lee las cartas “Pero no será en su tiempo de vida. Ni en el mío” precisa) reside en sus jóvenes… aunque igual éstos estén de momento a otras cosas tal vez más importantes.


Soy plenamente consciente que muchos de los que me lean no compartirán mi desmesurado entusiasmo por esta pequeña maravilla del cine que nos ha regalado Elia Suleiman y que hemos tenido la suerte y el privilegio de disfrutar en Mérida, pero si les soy sincero, no es algo que me preocupe. Si no le preocupa al propio director ¿Quién soy yo para preocuparme? Ojalá que la vean y la disfruten tanto como yo lo he hecho. Sin más.




sábado, junio 07, 2014

CINES DEL SUR 2014 J05 El Lugar del Hijo, Tokyo Bitch I Love You

EL LUGAR DEL HIJO, El militante desubicado.

Estamos en Montevideo, en una universidad ocupada por unos estudiantes en huelga para reclamar algo que, a juzgar por lo que escuchamos en esa confusa asamblea con la que se inicia la película, ni ellos mismos tienen claro qué es. Ariel, uno de esos activistas, un chaval con ciertos problemas motrices, recibe la noticia del fallecimiento de su padre y ha de viajar a Salto, en el interior del país, para hacerse cargo de su herencia. Allí descubre que su padre le ha dejado un buen puñado de deudas, un rancho hipotecado, unos terrenos que contienen un ganado que tendría que liquidar para hacer frente a sus acreedores y una casa familiar en la que se ha instalado, al parecer con voluntad de permanencia indefinida, la amante de su padre. Se pone en contacto con los universitarios de su ciudad, igualmente ocupas en huelga, igualmente desorganizados, y trata de integrarse en ellos. Ariel asiste a todo lo que le rodea un tanto superado por los acontecimientos mientras trata hacer frente a lo que se espera de él y superar las contradicciones propias, que no son pocas.


Curiosa esta película del uruguayo Manuel Nieto, autor de La Perrera, en el que seguimos la peripecia de este Ariel, militante confuso y desubicado que es incapaz de encajar con nada de lo que le rodea. Lo mejor de la propuesta es la profunda sorna con la que se retrata a esos huelguistas/okupas de poca monta y menos entendederas, asambleístas hasta el absurdo, fiesteros impenitentes y conseguidores de nada. Eso y el choque que supone para el afable Ariel ver como sus valores, su discurso de izquierdista de salón, choca mal con la realidad en sus desalentadoras experiencias tanto en el ámbito "universitario" como sobre todo en ese amenazante entorno rural con el que no tiene nada en común y que en el tramo final de la película provoca un sorprendente cambio de género cuando se transforma en algo casi parecido a un western, haciendo que adquiera un insospechado nuevo vuelo. La leve parálisis y esas dificultades en el habla reales del actor Felipe Tieste incorporadas al personaje son un elemento esencial de la propuesta: a Ariel le excluyen de todo ámbito del que intenta formar parte y al espectador le genera una incomodidad que en el fondo le va bien a la historia que está contando Nieto.


La película, pese a que no hace demasiado fácil entrar en ella en su primer tercio mientras nos va presentando a Ariel y sus circunstancias, hace gala de un soterrado sentido del humor que alcanza momentos francamente sublimes como esa huelga de hambre de los trabajadores del matadero a los que Ariel se suma - impagable ese momento en el que se confrontan en televisión las visiones del empresario y el representante de los huelguistas, que alcanza inusitadas cotas de surrealismo y estupidez que provocan cierta vergüenza ajena – o ese saludo puño en alto de Ariel, ahora convertido en terrateniente, con esos mismos trabajadores una vez finalizada la huelga mientras lleva sus reses al matadero, algo así como la glorificación definitiva de la desubicación y la confusión total del lugar de Ariel en el mundo.


El Lugar del Hijo es, resumiendo, una película francamente pesimista en su irónica visión de la diferencia de clases y en su retrato de ese conflicto urbano-rural de la que habría que comprobar su eficacia como sutil metáfora del propio Uruguay, algo que parece estar en el ánimo de su realizador. Entiendo que no es una película para recomendar a todo el mundo, pero sus aciertos, que no son pocos, hacen que merezca la pena tenerla en cuenta.



TOKYO BITCH, I LOVE YOU. Soledad y alienación a la japonesa.


Hatsue es una joven prostituta – o trabajadora del sexo, si prefieren ustedes el término - que tiene una serie de clientes habituales con los que evita todo acercamiento emocional. Sin embargo mantiene una relación algo más profunda con Yoshinori, uno de sus clientes, un hombre casado y bastante frustrado con su vida conyugal pero cuya cobardía le impide hacer frente a los problemas derivados de ella. Hatsue sueña, como todos, con encontrar una relación sentimental plena que la satisfaga y cree que puede encontrarla con Yoshinori, lo que hace que se genere en ella una ilusión que mantiene vivas sus esperanzas. Por su parte Yoshinori tiene sus propios problemas, derivados de su relación con un compañero de trabajo que le pide prestado dinero y ese insatisfactorio matrimonio. Hatsue también tiene una compañera de trabajo que la aconseja y busca en ella una cierta complicidad. Las vidas de esos cinco personajes se entrecruzan en un Tokio frío e inhóspito que no invita precisamente a la búsqueda de la felicidad.


Tokyo Bitch, I Love You es una adaptación al Japón contemporáneo de un clásico del bunraku – teatro japonés de marionetas – llamado Los Amantes Suicidas de Sonezaki que fue escrito originariamente en el siglo XVIII y uno de sus atractivos probablemente sea la vigencia en su traslación a la actualidad de ese relato repleto de una brutal soledad, insatisfacción e inevitable dificultad de los personajes no ya para conseguir lo que desean sino simplemente para relacionarse entre sí. El director Kôki Yoshida plantea una puesta en escena casi minimalista: ambientes fríos y proclives a la idea de la alineación, repetición de secuencias como esos paseos a ninguna parte de su protagonista o rituales de trabajo que convierten el sexo en algo mecánico y desprovisto de interés, incapacidad de los personajes para revelar lo que de verdad sienten… Todo encaja con esa sensación de hermetismo que a veces las películas japonesas pueden transmitir al espectador occidental, pero sin esa calidez subterránea y profundas emociones que bullen bajo el exterior que puede llegar a hacer tan atractiva esa cinematografía en manos de sus mejores directores.


La película se deja ver con cierto agrado, más que nada porque su mínima duración de 70’ evita que uno pueda hartarse de ella y sus personajes a la búsqueda de una improbable felicidad en sus desnortadas vidas. Pero eso tampoco hace que el espectador se muestre especialmente proclive a identificarse con ellos o a vivir como propias sus cuitas. Más bien al contrario, el distanciamiento emocional que impone la puesta en escena genera esa misma sensación de desinterés en el espectador. Baste señalar que en el tramo final de la película, a un servidor le resultaba del todo indiferente si los protagonistas decidían o no suicidarse tras contemplar esa posibilidad desde la azotea de uno de esos edificios grises e impersonales.


Sea como fuere, habrá que concluir que Tokio Bitch I Love You es una película correcta a la que quizás le habría venido mejor que ese humor un punto subversivo que asoma de vez en cuando tímidamente por sus imágenes apareciera más a menudo para otorgarle una mayor calidez a sus personajes. Aun así llama un tanto la atención que después de que la película de inauguración fuera el estupendo drama turco Nobody’s Home la película de clausura sea esta propuesta melancólica y algo desesperanzada que aunque pueda ser seguida con más facilidad por el espectador que otras películas de la Sección Oficial no va a ser tampoco ese caramelo con el que los festivales suelen endulzar su tramo final. Mañana Palmarés de esta octava edición de Cines del Sur y conclusiones.


martes, marzo 13, 2012

LOS IDUS DE MARZO Compromiso e Inteligencia

Siento cierta fascinación por el cine americano que bucea en las entrañas de la sociedad en la que viven, especialmente por aquel que se esfuerza por dejar al descubierto las corruptelas y defectos de un sistema electoral y político manifiestamente mejorable. Un cine militante y comprometido que desde los años setenta ha ayudado a los que no vivimos allí a comprender mejor su forma de entender la política y como se despliega el complejo juego de ambiciones e intereses que se ocultan detrás de cualquier candidato con afán de conseguir o perpetuarse en un puesto público. George Clooney, un tipo lúcido y coherente que ha demostrado a lo largo de su trayectoria como director entender ese compromiso desde una posición más crítica de lo que uno le supondría a una estrella con semejante estatus de privilegio en Hollywood, construye en Los Idus de Marzo no solo una mirada cínica y demoledora sobre las miserias de la política, sino toda una reflexión acerca de la imposibilidad de la supervivencia de la honestidad y el idealismo en dicho mundo.


Clooney, ferviente demócrata y defensor a ultranza del presidente Obama, desarma de entrada con dos decisiones inteligentes. La primera es situar su irónica fábula en el ámbito de unas elecciones primarias demócratas y no republicanas como cabría esperar de una obra tan crítica como ésta. La segunda es ceder el protagonismo de su historia a otro, el personaje del brillante asesor de campaña interpretado por Ryan Gosling, reservándose el del gobernador candidato a Presidente, que no es sino la viva imagen del sueño dorado del votante liberal norteamericano. Su Mike Morris es uno de esos políticos en los que merece la pena creer: atractivo, inteligente, poseedor de un irresistible carisma fruto de su simpatía y una cuidada imagen que recuerda a JFK y Clinton, ecologista, laico que esquiva con habilidad las venenosas cuestiones sobre su fe, contrario a las guerras preventivas, accesible y hasta desinhibido en el trato.

Pero la película no gira en torno a él, sino en torno al asesor que encarna Gosling, uno de esos especialistas en diseñar estrategias, controlar el mensaje, supervisar el discurso y sobre todo la puesta en escena para que el candidato luzca impecable – los paralelismos con la sofisticación de una función de teatro son continuos a lo largo del filme – pero también un idealista que cree sinceramente en el hombre para el que trabaja. Hasta que empieza a darse cuenta no ya de lo podrido que resulta el medio en el que se mueve, sino de la necesidad de anteponer el pragmatismo a cualquier otro valor para conseguir lo único que verdaderamente importa: ganar y salirse con la suya.


Nada novedoso, dirán ustedes y no les falta un punto de razón. Sin embargo, lo verdaderamente interesante de Los Idus de Marzo no es tanto la descripción de ese ambiente sino lo fácil y rápidamente que uno puede olvidarse de aquellos supuestos valores por lo que uno entró en política cuando las cosas se ponen feas. El espectador, obligado a identificarse con un Ryan Gosling que ejecuta aquí una tan sutil como impecable interpretación en el que su rostro va progresivamente vaciándose de contenido hasta que de él queda poco más que una máscara, no se coloca de su parte porque represente unos ideales superiores capaces de imponerse a un sistema corrupto en esa noble tradición de ese cine liberal de nuevo cuño muy a menudo demasiado complaciente. No, lo hace a pesar de su caída a ese barro moral en el que ha de pelear. Es una diferencia sutil pero esencial.

Clooney construye una muy sólida película manejando hábilmente a un magnífico reparto. Uno se queda con ganas de muchas más escenas de cualquiera de los dos directores de campaña (soberbios Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti) con el propio Gosling sin que el inevitable aire teatral que preside la obra repercuta demasiado en el conjunto. No será Sidney Lumet ni Alan J. Pakula, vale. Tampoco hace olvidar aquellos brillantes guiones de Aaron Sorkin que marcaron una época en la imprescindible El Ala Oeste de la Casa Blanca, pero sin duda resulta de lo más reconfortante tener a alguien como Clooney desplegando semejante grado de compromiso e inteligencia desde dentro de Hollywood.



jueves, junio 19, 2008

FILMOTECA: El Político (Robert Rossen)

La Filmoteca de Extremadura comienza hoy jueves 19 a partir de las 20:30 horas en el Centro Cultural Alcazaba un ciclo de dos películas dedicadas al gran director Robert Rossen con la proyección de El Político, sin duda una de sus mejores películas. Robert Rossen (1908-1966) es uno de esos directores que uno tiene la sensación de que quizás no ha sido lo suficientemente valorado o reconocido por el paso del tiempo. Fue uno de los muchos damnificados por la caza de brujas, conformando esa “generación perdida” cinematográfica que nada tiene que envidiar a los Hemingway, Dos Passos, Faulkner, Fitzgerald o Steinbeck de su vertiente literaria. Porque durante el reinado del miedo los Estados Unidos se deshicieron de algunas de sus mentes más lúcidas, brillantes y críticas.

Guionista de prestigio durante la década que va de 1937 a 1947 (su nombre está detrás de los libretos de películas como Los violentos años veinte de Raoul Walsh o El extraño amor de Martha Ivers de Lewis Milestone) Rossen fue alcanzado de pleno por la paranoia anticomunista desatada por el tristemente célebre Senador McCarthy. Rossen trató de aguantar. Como otros de sus colegas (Edward Dmytryk o Elia Kazan) resistió la primera citación en 1951, aunque las consecuencias de su declaración “inamistosa” le cambiaron la vida: los estudios Columbia rompen su contrato y lo incluyen en la lista negra. Decide exiliarse a México. La presión se hace insostenible y la dignidad no da de comer ni ayuda a llegar a fin de mes. Tras una nueva comparecencia ante la Comisión Velde, que actuó en Nueva York de mayo a junio del 53, se viene abajo: delata a más de cincuenta ex-camaradas. “Gracias” a ello pudo volver a situarse tras las cámaras un par de años después. Su carrera, que podría haber sido mucho más fecunda, siempre se resintió por ello, aunque más de una década después se vengó dejándonos dos joyas del cine como El Buscavidas y Lilith.

El político narra el ascenso y la caída de un hombre no muy inteligente pero con una capacidad oratoria descomunal, cualidad que le lleva a ser elegido gobernador de Louisiana. Invistiéndose en primera instancia como paladín de la lucha contra la corrupción, acabará finalmente devorado por aquello que en un primer momento decía combatir. El mensaje de Rossen estaba claro: el miedo al comunismo es la excusa ideal para los demagogos, para el asentamiento de esa filosofía populista que degenera en el fascismo, sea del signo que sea.

El Político no es ni más ni menos que una parábola sobre la perversión de los ideales, sobre la falta de escrúpulos (cuando no sobre la pura amoralidad) como fórmula infalible de ascensión y / o promoción social; peldaño a peldaño, sin prisas pero sin pausas, decidido, con andar firme, hasta llegar allí donde se siente el vértigo del poder y, por supuesto, la más completa de las soledades. Nos hallamos ante un encantador de serpientes, ante un charlatán capaz de hacerte comulgar con ruedas de molino, un Maquiavelo con una ambición desmedida... un político de libro, vamos.

Porque lo más terrible es que El político posiblemente no estuviese haciendo mas que retratar un cierto estado de las cosas. Y si hace medio siglo ya tenían razones para estar desencantados con su clase dirigente, pueden imaginar lo vigente que resulta esta denuncia a día de hoy. De lo que no hay duda alguna es que El Político es un clásico que conviene recuperar, además de por los tres Oscars recibidos en 1950, que incluyen Mejor Película, Mejor Actor para un enorme Broderick Crawford que jamás estuvo mejor y Mejor Actriz de Reparto para Mercedes Mc Cambridge, por su vigencia y sobre todo para reivindicar en su justa medida el talento y la determinación del responsable de la misma, el esplendido y a menudo olvidado Robert Rossen.

martes, octubre 24, 2006

SEMINCI 2006 Crónica 4

JINDABYNE, una cuestión moral

Muchos de los que leen estas líneas habrán visto Short Cuts (Vidas Cruzadas) esa maravillosa película de Robert Altman en la que adaptaba varios cuentos de Raymond Carver. Uno de ellos, 'Tanta Agua tan cerca de casa' contaba la historia de unos amigos que salían de excursión para pescar y se topaban con el cadáver de una mujer. Lejos de cancelar sus planes y dado que la muerta ya estaba pues eso, muerta, los cuatro amigos seguían de pesca tranquilamente e informaban a las autoridades dos días después, algo que después acarrearía sobre ellos una tormenta de críticas y más de una crisis con sus parejas, incapaces de comprender su forma de actuar. Ray Lawrence, director de la espléndida Lantana, ha tardado cinco años en volver a ponerse detrás de la cámara y lo ha hecho para adaptar de nuevo este cuento de Carver que planteaba un muy interesante dilema moral, si bien se lo ha llevado a su terreno - Australia - y ha introducido alguna variante de su cosecha que enriquece y complica aun más la trama.

En efecto, la muerta de Jindabyne ya no es una mujer anónima como en el cuento de Carver y la adaptación de Altman, sino que la guionista Beatrix Christian le ha dado la característica de una mujer aborigen, una variación que introduce en la película una cuestión sumamente delicada como es la a veces difícil relación entre la población blanca y la raza originaria de aquel país. En cualquier caso, Jindabyne es una película sobre la propia moral y la propia responsabilidad, sobre cómo establecemos los límites y los vulneramos en el caso de la primera y sobre cómo aprendemos a asumir la segunda, llegando a comprender el alcance de nuestros actos. La película cuenta a su favor con una realización elegante y una fluida puesta en escena que jamás carga las tintas demasiado sobre los hechos que se cuentan, sino que prefiere preparar bien el terreno para todo lo que está por venir. Así, la minuciosa descripción de la importancia de la tradición anual que supone para estos cuatro amigos la excursión de pesca a ese río escondido en un parque natural en las montañas - casi un rito iniciático masculino - hace que el espectador pueda entender, que nunca justificar, la más que cuestionable actitud de los cuatro amigos. Su vida familiar, repleta de los pequeños grandes problemas que siempre están presentes en cualquier pareja de mediana edad, va entretejiendo una serie de heridas pendientes de cicatrizar que se volverán a abrir en toda su crudeza cuando se desate la tormenta de críticas que cae en aquella pequeña comunidad sobre ellos.

Magníficamente interpretada por la siempre solvente Laura Linney - otra seria candidata al premio de interpretación femenina - y por un no menos notable Gabriel Byrne cuyo personaje se maneja francamente mal con las consecuencias de lo que ha desatado, la película permite una pluralidad de puntos de vista en la que va alcanzando cada vez mayores niveles de complejidad según se va desvelando la historia pasada de esa pareja o se plantean interesantes cuestiones sobre el proceso de educación de unos niños sobre los que planea cierta obsesión con la muerte que asimismo hunde sus raíces en el pasado. Sin embargo, y pese a que Jindabyne es una película bien realizada y llevada en términos generales, patina en su insistencia en plantear la cuestión racial - ¿hubiera sido lo mismo si el cadáver fuera el de una chica blanca y no una aborigen? Carver y Altman ya demostraron que era irrelevante - que solo se justifica en aras de un alegato en pro de un mayor entendimiento entre ambas comunidades que por cierto desemboca en un final francamente poco logrado en opinión de quien escribe estas líneas y sobre todo, en la incomprensible insistencia de Lawrence en mostrarnos constantemente al asesino, como si la película fuera a ofrecer una resolución en ese sentido o pretendiera generar una tensión en el espectador completamente ajena a los intereses esenciales que persigue el filme y que provoca una duración de más de dos horas a todas luces desmesurado en un filme de estas características. Aun así, es de lo mejor visto hasta el momento en la Sección Oficial.

CIUDAD EN CELO, una de tango porteño

Si ayer hablando de Derecho de Familia hacíamos mención al hecho de que Daniel Burmann se gustaba a si mismo y se citaba sin ningún asomo de disimulo a la hora de afrontar el cierre de su interesante trilogía sobre las relaciones paterno-filiales, la segunda aportación argentina a la Sección Oficial es asimismo una de esas películas tan características de aquel país en los últimos años en las que prima el diálogo ocurrente, la búsqueda continua del gag verbal y la réplica afilada, tiñendo de un continuo humos una historia de sentimientos, viejas amistades alrededor de una mesa de café y ñoño sentimentalismo porteño que pretende tener la hondura de un buen tango y en el fondo no llega a ser más allá de un divertimento intranscendente con algún momento aislado brillante que sería una propuesta ideal para una sección como Punto de Encuentro pero en ningún caso para la Sección Oficial a concurso. Uno llega a preguntarse como una peliculita con tantas limitaciones ha llegado hasta aquí.

Película extremadamente localista y porteña – hasta el punto que uno de los personajes no tiene empacho en soltar una larga disertación sobre por qué cree que Buenos Aires es ‘una mina’ y no un varón – Ciudad en Celo se articula alrededor de un grupo de personajes que se reunen en un típico café donde se juntan para hablar de sus miserias cotidianas, casi siempre relacionadas con sus cuitas sentimentales. La sorpresiva muerte de uno de ellos provoca la unión de los viejos amigos (en plan Reencuentro, vaya) y el inevitable reverdecer de viejos amores y rivalidades alrededor de una cantante de tangos – Dolores Solà, vocalista del muy popular grupo La Chicana que hace su debut en el cine, y cumple bien – que pretenden dos de ellos, un escritor de guiones algo frustrado por su reciente separación y un tarambana vendedor de marcos. La película es una sucesión poco vertebrada de anécdotas, chistes, situaciones sentimentales y concesiones a lo lacrimógeno que no resiste un análisis serio y que denota a las claras que su procedencia es un guión para un cortometraje que entusiasmó tanto a su autor que se empeñó para nuestra desgracia en convertirlo en largo.

No carece de algún momento fugaz inspirado, incluso genial – el chiste a propósito de la oveja Dolly, el vertido de las cenizas en un lago donde moran unos patos curiosos… - pero ni el trabajo actoral, donde solo es reseñable la profesionalidad y cierta vena cómica bien entendida del veterano Claudio Rissi y la única presencia española en el reparto, Nuria Gago, queda reducida a una mera anécdota; ni los tangos que de forma un tanto intempestiva se marca Dolores Solà ni mucho menos las derivas argumentales de un guión que se descose por todos lados hacen de Ciudad en Celo una película defendible, sino un simple divertimento que se olvida al momento de terminar los títulos de crédito.

KZ, Una visión distinta del Holocausto

Con la tarde libre de compromisos con la Sección oficial y harto de los desmanes de Punto de Encuentro, resolví dedicar la tarde de hoy lunes a hacer una rápida visita a Tiempo de Historia, la sección documental que muchos consideran lo más valioso que aporta la Seminci al panorama cinematográfico. Allí vi a primera hora KZ, un muy interesante documental británico en el que el realizador británico Rex Bloomstein se afana en encontrar una nueva forma de acercarse a la enormidad del Holocausto sin caer en fórmulas largo tiempo agotadas ni en tremendismos. Su planteamiento es original: nos lleva de visita turística al campo de concentración de Mauthausen como si fuéramos parte de uno de esos grupos que lo visita regularmente y acompañamos a los visitantes por todo el tour guiado que se les da por el campo, sintiendo con ellos el horror progresivo que se va adueñando de sus corazones según van internándose más y más en los secretos de esta deleznable maquina de exterminar seres humanos. Así, resulta de lo más aleccionador ver como un grupo de alegres adolescentes que bromean y flirtean antes de iniciar la visita siguen sobrecogidos las explicaciones de su guía – un tipo inquietante que parece mismamente un cabeza rapada neonazi que sin embargo está allí cumpliendo los servicios sociales que en Alemania se exigen a los que no desean realizar el servicio militar – Es un nuevo tipo de acercamiento.

Al tiempo, Bloomstein ofrece una visión panorámica de lo que significa para los habitantes de Mauthausen ser originarios de allí y vivir con el peso de lo que esa palabra despierta en todo el mundo cada vez que salen. Lo cierto es que Mauthausen está radicado en un paisaje idílico, lleno de bosques e inmensos prados, con casitas de campo por todas partes… un lugar de ensueño en el que de repente y sin previo aviso aparece la gris mole de Mauthausen como un castillo maléfico. La puesta en escena del documental es muy contenida desde el punto de vista estilístico: no hay imágenes de archivo (ya están en el imaginario colectivo, parece decir Bloomstein), ni música ni voz en off de ningún tipo. Solo la cámara desnuda y los testimonios de los que guían a los turistas, aquellos que visitan el campo y relatan sus impresiones y los que se encargan de vigilar ese legado y evitar a toda costa el olvido. En ese sentido, es especial el momento en el que un grupo de militares alemanes visitan el campo y su mando les recuerda que ellos están para defender la democracia y evitar que tales crímenes vuelvan a suceder alguna vez. En realidad, es una película sobre un pasado terrible pero contada desde el presente, un presente en el que los seres humanos de ahora han de convivir con aquellos horrores y, con algo de suerte, evitar volver a cometerlos.

GOODBYE, AMÉRICA La cara oculta del abuelito Munster

¿Se acuerdan ustedes de la Familia Munster? Si, hombre, esa serie entrañable de televisión en blanco y negro de los años 50 protagonizada por una familia compuesta por el monstruo de Frankenstein, una mujer vampiro, un niño hombre lobo, un abuelete vampiro y una chica de lo más convencional… ¿Ya les suena? Bueno, pues resulta que Elías Querejeta y el director brasileño Sergio Oksman, estudiando un proyecto para un documental sobre una emisora de radio fundada en 1949 y aun en marcha hoy en día llamada Pacific Radio desde donde se le da una cera considerable al Presidente Bush y sus secuaces, descubrieron que el actor que interpretaba al simpático abuelote, de nombre Al Lewis, tenía allí un programa bastante cañero. Y es que el ya difunto Al Lewis fue un activista de izquierdas de toda la vida cuyas actitudes casi empequeñecen los logros de un Michael Moore cualquiera. Así que Oksman y Querejeta decidieron que sería una buena idea dedicarle a Al Lewis y a su faceta de activista un documental, para lo que utilizaron una idea estupenda: maquillarían por última vez al actor para interpretar una vez más al abuelo Munster y mientras el maquillador hace salir al monstruo amable que se oculta detrás del hombre, un Al Lewis de 80 años conduciría el documental con sus propios recuerdos, desnudándonos progresivamente al hombre que llegó a presentarse a Gobernador de California por el Partido Verde.

Les mentiría si no les dijera que este documental me entusiasmó. Y no solo porque uno simpatice más o menos con las ideas progresistas de este actor pero sobre todo ser humano insobornable que vivió la Caza de Brujas de cerca porque afectó a muchos de sus amigos y compañeros, que lideró imaginativas protestas contra la guerra de Vietnam (y en los últimos años contra Irak) o que llevaba desde su programa de radio una iniciativa para encontrarle a los presos alguien con quien pudieran escribirse desde la cárcel. No, lo que verdaderamente engancha de este documental es la tremenda coherencia y humanidad de este empedernido fumador de puros cuyo máximo terror no era otro que el caer en las garras terribles de la senilidad, un señor que ha vivido 80 años de la vida política americana y que las ha visto de todos los colores pero que siempre ha tenido claro su lugar en el mundo y cuales eran sus principios, aquellos por los que merecía luchar hasta el mismo final. Su historia es de esas que, como suele suceder, nos ayuda a entender el presente analizando las causas de lo que ocurrió en el pasado, sin entrar en falsas proclamas morales o juicios de valor pero cuestionando siempre la cultura del miedo, lo que dictaminan los Gobiernos o los intereses de los poderosos. Oksman presenta su documental como un acto de desnudez ante el espejo que transcurre paralela a su conversión en la imagen que todos guardamos de él como Abuelo Munster, un juego al que un Al Lewis siempre seductor se presta generoso, convirtiendo su documental en algo diametralmente alejado de la hagiografía al uso. No se la pierdan cuando se estrene en las salas comerciales: descubrirán algo sorprendente y se reirán a gusto con anécdotas tan sumamente salvajes como la protagonizada con Henry Kissinger en un avión, a la vez que disfrutan de momentos de pura emoción como la grabación de la emisión de su programa de radio el 11-S. Encantado de haberle conocido de nuevo, Mr. Lewis. Gente como usted hacen de este asqueroso mundo un lugar mucho más agradable.

viernes, julio 07, 2006

El Señor de la Guerra. Un novedoso punto de vista

Muy interesante película, ésta que nos ha traído Andrew Niccol, inolvidable guionista de perlas como El Show de Truman y Gattaca, peli que también dirigió en su momento. Quizás uno pueda ponerle ciertos reparos al abuso de la voz en off o a la ligereza con la que es tratado un asunto tan serio y tan asqueroso como éste del tráfico de armas, pero tampoco hay que olvidar que Niccol está en su pleno derecho a establecer, mediante un muy inteligente uso de la ironía y el cinismo más exarcebado, esa barrera entre la enormidad de lo que está contando y el espectador.

Me parece bastante apropiada esa definición que he leído por ahí de que El Señor de la Guerra es algo así como un cruce entre Uno de los Nuestros - de la que toma, además de esa omnipresente voz en off que perdura todo el relato y que consigue que entendamos a un personaje tan amoral y repulsivo como el que encarna con notable acierto Nicholas Cage, una muy cuidada selección musical en la que no falta ni el Cocaine de Eric Clapton ni el Glory Box de Portishead, pasando por el Hallelujah de Jeff Buckley o Coyita de Gustavo Santaolalla - y Syriana - por la importancia y complejidad del asunto que aborda, pero me pregunto si, de ser su objetivo hacer una denuncia más o menos seria de una situación habitual que pasa desapercibida para el espectador medio, no se le habrá ido la mano en el tratamiento ligero, casi juguetón, de tan espinoso tema.

Por lo demás, es obligado hacer referencia a esa majestuosa introducción, esa escena de los títulos de crédito iniciales que, bajo el posible título de 'Historia de una Bala', os he traido como regalito de hoy a este Blog. Disfrutad de esta escena rodada con cámara subjetiva y con el clásico tema de Buffalo Springfield 'For What's It's Worth' Su final dejará impactado a más de uno y si viendo estas imágenes no os entran ganas de descubrir que se oculta en el resto de esta inteligente película, es que no he conseguido mi objetivo.