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lunes, marzo 24, 2014

NEBRASKA, Esa conmovedora y desbordante humanidad



Duración: 114 min.
Dirección: Alexander Payne
Reparto: Bruce Dern, Will Forte, June Squibb, Bob Odenkirk, Stacy Keach, Mary Louise Wilson
Guion: Bob Nelson.
Música: Mark Orton.
Fotografía: Phedon Papamichael.
Montaje: Kevin Tent.
Después de recibir un “premio” por correo, Woody Grant, un anciano con síntomas de demencia, cree que se ha vuelto rico, obligando a su receloso hijo David a emprender un viaje para ir a cobrarlo. Poco a poco, la relación entre ambos tomará un cariz distinto ante la sorpresa de la socarrona madre de David y su triunfador hermano Ross. Pero, ¿qué ocurrirá cuando Woody regrese al pueblo, donde le ha dicho a todos que se ha convertido en millonario?

6 Nominaciones Oscars 2014 - Película, Director, G. Adaptado, Actor, Actriz Reparto, Fotografía
Festival de Cannes 2013 - Mejor Actor - Bruce Dern

Filmografía Alexander Payne: Ciudadana Ruth (1996), Election (1999), A propósito de Schmidt (2002), Entre Copas (2004), Los Descendientes (2011)


Reconozco que siempre he sintonizado de forma excepcional con el cine de Alexander Payne. Puede que sea porque tenemos formas muy parecidas de ver la vida y entender al género humano, o más concretamente a los hombres que pueblan sus películas. Desde aquel Matthew Broderick profesor de instituto atrapado por una tupida tela de araña de Election al George Clooney que corría en chancletas y camisa hawaiana en Los Descendientes para entender por qué su esposa le ponía los cuernos, pasando por ese Jack Nicholson que justificaba su existencia a un niño africano en cartas ininteligibles en A Propósito de Schmidt o mi absoluto favorito, ese Paul Giamatti amante de los vinos, escritor frustrado y desencantado con todo de Entre Copas, los hombres del cine de Payne tienen algo que les hace navegar a la deriva entre el patetismo más entrañable y su necesidad de sobrevivir como sea a las propias trampas que uno se va construyendo alrededor con el simple paso de los años. Inspiran ternura al tiempo que uno se sorprende sonriéndose de esa estupidez masculina congénita. Es saludable ser capaz de hacerlo. Creo. Alexander Payne lo pone razonablemente fácil.


Nebraska es el primer guión ajeno que rueda Payne. Da igual. Si uno no lo supiera lo reconocería como suyo porque todas las constantes de su cine están ahí. Un padre en la difusa frontera entre la senilidad, la demencia y el puro miedo. Un hijo que entiende que necesita satisfacer el deseo absurdo de su padre por el simple hecho de otorgarle algo de sentido a su existencia. Una road movie canónica que, como no podía ser de otra forma, incluye el inevitable viaje interior para ambos. Rodada en un apabullante blanco y negro, con enormes dosis de inteligencia, sutileza, muchísimo sentido del humor y con una humanidad tal, para lo bueno y para lo malo, que se desborda por los márgenes de la pantalla y le envuelve a uno como una cómoda mantita caliente en la que refugiarse en una tarde de lluvia en el sofá.


Así es Nebraska, una de esas pelis en la que uno se quedaría a vivir de puro gusto, una de esas pelis que uno ve de principio a fin con una sonrisa cómplice en los labios porque entiende y quiere a todos esos personajes que desfilan por ella. Porque uno sabe que los seres humanos somos así de contradictorios, complejos, mezquinos y generosos al tiempo. Porque uno sabe que lidiamos con nuestra existencia del día a día haciéndolo lo mejor que podemos sin torcer demasiado el gesto cuando vienen mal dadas o cuando nosotros mismos somos responsables de nuestros fracasos y deudas. Y no, no me refiero a las económicas, que también, sino esas deudas que vamos adquiriendo con aquellos que queremos y con nosotros mismos a lo largo de los años.


El caso es que es ver a ese enorme Bruce Dern (¡que interpretación tan prodigiosa la suya!) arrastrando su cojera hacia Nebraska y uno no puede hacer otra cosa que enternecerse por esa terquedad a la que se aferra como un naufrago a un madero, presa del miedo y la necesidad acaso intuitiva de compensar su pasado. Y ve al sorprendente Will Forte como ese hijo comprensivo y necesitado asimismo de un cambio y te dan ganas de abrazarle en su generosidad e infinita paciencia. Te ríes con esa estupenda y corrosiva June Squibb capaz de soltar cosas terribles con la impunidad que le otorga el saberse de vuelta de todo mientras acaricia con gesto cómplice al compañero que ha soportado toda una vida. Te ríes hasta de la complicidad fraternal (¡impagable ese episodio con el compresor!) y de esa mezquindad envidiosa y rencorosa que solo puede gestarse en el seno de una familia, de cualquier familia que haya tenido que aguantarse muchos años.


Todo te parece cercano aunque transcurra en la América Profunda. Porque para profunda la precisión con la que Payne retrata a sus criaturas con apenas unas pinceladas bien dadas. Vamos, que los conoces de toda la vida. Como si fueran tú. Nebraska, con su retrato de paisajes y personajes que se funden como parte unos de otros, es de esas películas que agradeces que te acaricie el alma despacito con su mezcla de drama sin excesos y comedia triste, de doliente melancolía y cálida generosidad. Con su profunda humanidad, en suma. Como todo el cine de Payne. Pero aun mejor si cabe.





miércoles, enero 25, 2012

LOS DESCENDIENTES La amplitud de una mirada humanista


Si uno cometiera el error de crearse sus expectativas sobre Los Descendientes en base únicamente a su argumento, lo más normal es que saliera huyendo a las primeras de cambio: la historia de un abogado de éxito absorbido por su trabajo al que el accidente de su esposa la deja en coma y le obliga a replantearse su relación con ésta, con sus dos problemáticas hijas y hasta el sentido de su existencia parece propia de un temible telefilme de sobremesa. ¿Qué tiene pues Los Descendientes para, con un argumento en apariencia tan convencional, ser una de las películas más estimulantes y deliciosas de los últimos meses? La clave no es otra que Alexander Payne, que sabe dotar a los personajes de sus historias de una inusitada humanidad a la que no hay quien se resista. Nada nuevo: pese a las diferencias argumentales de Election, A Propósito de Schmidt o Entre Copas, todas ellas eran historias que giraban en mayor o en menor medida en torno a la idea del fracaso y quizás redención de hombres perdidos en profundas crisis de identidad que emprenden o se ven obligados a realizar un itinerario más que físico emocional tras el cual no serán los mismos.


Payne recurre de nuevo a la voz en off (qué difícil sigue siendo usar bien ese recurso narrativo hoy en día) y a esa admirable habilidad que le permite clavar personajes con apenas un par de trazos para construir una historia que navega con desarmante facilidad entre el drama y la comedia o, mejor dicho, consigue que un drama desgarrador se presente ante el espectador como una comedia ligera y adentrarse en sus vertientes más dolorosas sin alzar jamás la voz ni enfatizar nada, como relativizando la importancia del proceso que atraviesa Matt King y aquellos que le rodean. Es un pequeño milagro: si uno se para un instante a considerarlo, la historia que narra Los Descendientes resulta de una dureza considerable. Pero Payne rebaja su crudeza sin que por ello se resienta lo más mínimo su profundidad emocional. Muy al contrario, lo que narra cala y persigue al espectador hasta mucho después que se encienden las luces. Como deben hacer las buenas historias.


Payne tiene un gran aliado en un George Clooney magnífico capaz de conjugar vulnerabilidad y determinación en su personaje, ese improbable “rey” de su mundo que sin embargo se pasea por el mismo desconcertado y superado por todo lo que le rodea, que interioriza el tremendo desgarro interior que sufre y exterioriza una imagen a ratos patética y a ratos furiosa por su incapacidad de controlar todo aquello que debería estar bajo su mando. No le van a la zaga ni sus hijas – ojo a ese descubrimiento llamado Shailene Woodley – ni ese patán añadido al viaje que luego se revelará como un firme apoyo.


La amplitud de miras de Payne, capaz de presentar al suegro de King como un arrogante cabronazo y a la vez un padre roto por el dolor, un solo ejemplo de las múltiples ocasiones – solo hay que ver los dos monólogos tan distintos en forma y tono que King mantiene con su yaciente esposa – en las que Payne consigue eso tan difícil de mostrar a los seres humanos como caras opuestas de una misma moneda, permite a Los Descendientes configurarse como una obra llena de contrastes pero rica en matices y por encima de todo, profundamente humanista en el más amplio sentido del término.


Todos tienen sus razones. Payne se esfuerza en que entendamos y queramos a las criaturas que pueblan su pantalla, acaso porque reconocemos en sus contradicciones, sus flaquezas y sus miserias las nuestras propias. Pero también nuestra capacidad de sobreponernos a ellas. La familia, ese archipiélago de islas, puede tender puentes en la transmisión de las herencias recibidas, en la comunión ante el dolor y la pérdida o en la necesidad de comprender y la pueril venganza. La realidad que se oculta tras las apariencias, tras las mentiras, incluso aquellas que nos contamos a nosotros mismos, vuelve a ser el eje sobre el que gira la película de Payne. Pero la sensación que queda no es ni la de un angustioso fracaso ni la de una rotunda redención. Es poco más que un nuevo y acaso esperanzador comienzo.