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jueves, junio 13, 2013

VII CINES DEL SUR J04 It Was Better Tomorrow, Beijing Flickers

IT WAS BETTER TOMORROW, El Futuro ya no es lo que era

Cines del Sur mantiene una saludable tradición desde sus comienzos: permitir al cine documental competir en Sección Oficial en las mismas condiciones que la ficción entendiendo, con sano criterio en mi opinión, que lo importante son las historias que llegan a tocar al espectador independientemente del formato en el que son construidas. Desde Tunez nos ha llegado este primer trabajo de la realizadora Hinde Boujemaa que sigue los pasos de Aida, una mujer divorciada y sin techo que en compañía de su hijo adolescente, que sufre un cierto retraso mental no demasiado evidente y que tiene ramalazos de un cierto comportamiento conflictivo en ocasiones, trata de reconstruir su vida y encontrar un sitio donde vivir, tratando incluso de ocupar de forma ilegal algunos inmuebles vacíos.

Una superviviente nata, desesperada por reunir de nuevo a su familia – más adelante sabremos que sus otros tres hijos están en los servicios sociales por su imposibilidad de ocuparse de ello – que vive prácticamente ajena a los acontecimientos que se desarrollan a su alrededor: el comienzo de la llamada Primavera Árabe, la revolución popular que acabó con la caída del dictador Ben Ali y que se extendió como la pólvora por otros países norteafricanos cuya población anhelaba democracia, libertad, justicia y un futuro mejor.


Que la Primavera Árabe se halle al fondo de esta dramática historia que denuncia de forma clara la situación de indefensión a la que puede verse sometida una mujer sin recursos una vez decide divorciarse de su marido en una de esas sociedades no es ni mucho menos un dato menor. Muy al contrario, dota a la película de una profundidad y una relevancia insospechadas, porque precisamente la tesis que se desprende de ella, mientras asistimos al paso de los meses y vemos impotentes como Aida no consigue salir del pozo en el que se encuentra por más que lo intente, es que todas las promesas que trajo consigo dicha revolución no han significado diferencia alguna precisamente para aquellos que en teoría más deberían haber podido beneficiarse del paso a la democracia, es decir, los más desfavorecidos por la sociedad. Muy al contrario, la posibilidad de que partidos islamistas radicales accedan por vías democráticas a controlar las instituciones puede suponer una amenaza muy real para casos como el de Aida, cuya condición de mujer divorciada no está demasiado bien vista. No digamos nada de ese hijo adolescente sin demasiados recursos al que no se le augura un porvenir demasiado halagüeño precisamente.


La potencia dramática de It Was Better Tomorrow resulta innegable en algunos pasajes en los que se hace evidente la tragedia de la historia de esta mujer marcada por un pasado terrible que pelea contra un destino que parece insalvable. De hecho la estructura casi circular de la película, que finaliza con una discusión doméstica que empieza de forma casi banal para cavar convirtiéndose en algo más grave, es prácticamente un eco de una de las secuencias iniciales del filme. Algo que no solo evidencia el viaje a ninguna parte de un personaje con un destino trágico sino quizás también el fracaso desalentador de una revolución que prometía ilusión y esperanza y que para gente como Aida en realidad no ha supuesto la más mínima diferencia.

BEIJING FLICKERS, Corazones perdidos en Pekín.

Tampoco parecía demasiado alentador el comienzo de la otra propuesta de ayer. Al menos para su protagonista, al que difícilmente se le podrían acumular más desgracias en un solo día: abandonado por su novia, despedido por su jefe y enfrentado a un desahucio del mísero apartamento en el que vive, al pobre San Bao, después de un cómico intento fallido de suicidio decide darse a la bebida de forma extrema. Tanto que acaba comiéndose el vaso de vidrio y provocándose una serie de lesiones en la boca que lo llevan de cabeza al hospital. Allí conocerá a un joven poeta obsesionado con la belleza y la cirugía estética que se gana la vida bailando como drag queen en un club nocturno y recibirá la ayuda de su mejor amigo, un tipo obsesionado con el dínero y la posición social, que le ayudarán a salir o al menos sobrellevar algo mejor - porque ellos también padecen lo suyo - esa delicada situación.



Lejos del drama que parecería leyendo estas líneas, Beijing Flickers es una película bastante agradable y en cierto modo engañosamente ligera sobre diversos jóvenes sin rumbo, corazones heridos y perdidos a la búsqueda de apoyo o simple comprensión que en un primer momento podría recordar en ciertos detalles al cine del primer Wong Kar Wai, ese que estaba dominado por una constante voz en off que desgranaba los íntimos pensamientos de su protagonista y se obsesionaba con el paso del tiempo mientras se buscaban remedio a las heridas emocionales provocadas por la pérdida del amor. Deambulando sin demasiado rumbo fijo por las calles de un Pekín no demasiado amigable, los tres protagonistas de la historia más una joven cantante que se une a ellos un tanto por azar desgranan su soledad y su búsqueda de algo que les ilusione de una forma que se aleja bastante del drama cuyos mimbres parece esbozar.


Zhang Yuan, otro viejo conocido de Cines Del Sur, ha construido una película que en cierto modo parece reflejar la confusión en la que se halla sumida una juventud atrapada por esa vorágine de prosperidad y crecimiento de la capital de China. Nada de lo que se cuenta en la película parece demasiado relevante salvo esa sensación de angustia existencial, esa necesidad de consuelo y entendimiento mutuo que domina las vidas de sus personajes. Beijing Flickers tiene la virtud de manejarse en un tono no demasiado grave, de no alzar la voz ni subrayar en exceso las partes más dramáticas de la historia, sino jugar en esa indefinición entre comedia y drama.


Se ve con cierto agrado aunque no deja de ser igualmente cierto que tampoco deja demasiado poso en el espectador, al que pueden resultar bastante indiferentes las cuitas de estos personajes atrapados en su propia angustia existencial. A uno le queda la sensación de que Zhang Yuan se ha quedado algo corto si su pretensión era retratar cierto estado de las cosas en la vida cotidiana del Pekín actual. Pero su Beijing Flickers tampoco parece perseguir con demasiado ahínco ese objetivo, así que quizás tampoco parece demasiado de recibo exigirle a su película algo que quizás no pretende ser en ningún momento. Quedémonos pues con lo positivo, con esa ligereza con la que traza un retrato bastante poco amigable, aunque finalmente con más luces que sombras, de la creciente desorientación de una parte de la juventud china urbana actual.



miércoles, junio 12, 2013

VII CINES DEL SUR J03 Half Life Nairobi y Pies en la Tierra

NAIROBI HALF LIFE, La ciudad no es para mí. O si.

Reconozcamos de entrada que una película que arranca con un desenvuelto vendedor de películas piratas, representando para un grupo de delincuentes la escena final de Kill Bill II con tanto apasionamiento como variedad de recursos expresivos (¡antes de colocarle a uno de ellos la susodicha peli de Tarantino!) es algo que mueve a la simpatía inmediata. Algo que se corrobora cuando, en la escena siguiente, este mismo vendedor que vive en un pueblo diminuto del interior de Kenya y sueña con ser actor, aprovecha el intermedio de una representación teatral en su poblado para marcarse ante la audiencia allí reunida una desopilante versión del discurso del Rey Leonidas a sus espartanos en 300 de Zack Snyder. Irresistible.


Nairobi Half Life (Mi Otra Vida en Nairobi) comienza pues dibujándote una sonrisa cómplice que consigue que te enganches a la peripecia de este hombre inocentón pero con no pocos recursos que, llevado por su sueño de ser actor, parte a Nairobi para ser desvalijado sin contemplaciones de todas sus pertenencias y enviado a la cárcel nada más llegar a la ciudad que algunos denominan no sin buenas razones NaiRobbery, con lo que se verá obligado a empezar de cero en una doble vida que mezcla delincuencia para sobrevivir con la determinación por conseguir ser actor, lo que podría decirse que compone algo así como una metáfora nada desdeñable de gran parte del cine africano.


Tenía mucha razón Mirito Torreiro, director de programación de Cines del Sur, cuando en su presentación de este filme de David ‘Tosh’ Gitonga avisaba sobre dos circunstancias que hacían de esta película elegida por Kenya para representar a su país en la carrera a los Oscars una obra interesante. La primera es que surge no ya de una co-producción con un país europeo, algo imprescindible a estas alturas para conseguir el objetivo de saltar más allá de sus fronteras, sino de un taller de guión impartido por el director Tom Tykwer. Si, ya saben, el de Corre Lola Corre y El Atlas de las Nubes, la última de los Wachowski. La otra es que, a diferencia de la mayor parte del cine africano que suele llegar a los ojos de los programadores de festivales, Half Life Nairobi no parece tener la más mínima intención de contentar el gusto occidental ni utilizar en su beneficio su imagen habitual de primitivismo“cine de choza y hechicería” en afortunada definición del propio Mirito – sino más bien limitarse a mirar a la realidad de la vida cotidiana sin esconder sus ciertas dosis de delincuencia y corrupción en una historia simple pero narrada de forma más que correcta. Especialmente para tratarse de una primera película.


Half Life Nairobi es pues una película que cae simpática tanto por el encanto de su protagonista con el que resulta difícil no empatizar como por la sensación de propio conocimiento del medio que tienen sus autores. Es verdad que adolece de ese defecto casi generalizado del cine africano como es esa excesiva simpleza e inocencia en sus tramas, con algún giro de guión un tanto forzado, pero aun así resulta un filme digno que se apoya bien en el buen trabajo de su resuelto protagonista Joseph Wairimu, que demuestra manejar un buen puñado de registros, incluyendo un plano final de lo más efectivo.


Esta decisión consciente de contar sus propias historias para su gente sin necesidad de atar sus formatos narrativos al gusto del primer mundo pero tampoco escondiendo la inevitable influencia que el cine occidental tiene en ellos no parece a priori una mala fórmula a seguir por el cine subsahariano. Aunque solo sea para huir de ciertos indeseables lugares comunes.



PIES EN LA TIERRA Lo épico y lo entrañable.


Siguiendo con esto de las primeras películas, parece inagotable la capacidad del cine argentino para seguir reinventándose y experimentando con formatos narrativos que permiten reconocer ciertas saludables herencias e influencias pero sin por ello dejar de mostrar una voz personal y propia. La forma más simple (e incompleta) de definir la primera película de Mario Pedernera es que Pies en la Tierra es una película que mezcla lo mejor del cine de Carlos Sorín – ya saben, el autor de Historias Mínimas, Bombón El Perro, La Ventana o Días de Pesca – con aquella rareza (por su clasicismo y su naturalidad  que aun hoy constrasta fuertemente con el resto de su filmografía) en clave fordiana que rodó el inquieto David Lynch en The Straight Story, que en España se llamó Una Historia Verdadera. Por si no la recuerdan o han cometido el imperdonable fallo de no haberla visto todavía, Una Historia Verdadera contaba el largo viaje en una cosechadora de un anciano para visitar a su hermano al que no veía en largo tiempo, sin importarle la lentitud con la que se dirigía a su destino, sino el viaje en sí y sus experiencias con aquellos que se iba encontrando.


Pues bien: el protagonista de Pies en la Tierra es Juan, un hombre en silla de ruedas de carácter hosco y reservado, poco amigo de verbalizar cualquier cosa más allá de los estrictamente necesario, que vive vendiendo pescado en un puesto junto a una carretera poco transitada y que tras la muerte repentina de su madre, decide ir en su silla de ruedas en busca de la única familia que le queda, una prima y la hija de ésta, que residen en una ciudad bastante alejada de donde Juan reside. Pedernera no esconde en ningún momento sus influencias. Es más, las abraza alegremente en sin importarle lo más mínimo las posibles críticas que pudiera recibir por ello.


Del cine de Sorín toma la naturalidad de algunos actores no profesionales, irresistibles personajes en sí mismos, que dotan al conjunto de una verosimilitud irrebatible, al tiempo que, sin ser sentimental, no le duelen prendas a la hora de afrontar los sentimientos. De la película de Lynch toma ese aliento entre épico y poético, ese inevitable proceso de crecimiento que implica todo viaje y la interacción con esos tipos que se cruza en el camino que proporcionan momentos inolvidables tanto de puro surrealista como por su capacidad de conmover con unos elementos mínimos pero de una efectividad indudable a la hora de tocarte el corazón.


Cuesta quizás un poco entrar en la propuesta en su arranque, quizás porque el personaje de Juan no resulta de entrada alguien particularmente atractivo para el espectador sino más bien al contrario. Pero una vez que se pone en movimiento, la película alcanza rápidamente mucho vuelo con muy pocos elementos y ya no baja en ningún momento, manteniendo con soltura un tono de lo más elevado. Los sucesivos encuentros de Juan con tipos como ese ex – boxeador que ha vivido tiempos mejores, la pareja de campesinos (brillante el recurso de colocar en el mismo plano a un tipo hosco y reservado al que le cuesta hablar como Juan y uno que se desvive por comunicarse pero al que su condición de casi mudo le dificulta en igual medida el hacerlo) o ese inolvidable cantante cristiano, Paco de Los Zorzales (¡queremos el disco de Los Zorzales ya!) que tiene a su cargo algunas de las secuencias más maravillosas de la propuesta, incluso el papel determinante en el filme que juega un simple perro.


Todo ayuda para llevar a buen puerto una película tan entrañable como a la postre notable que por cierto también contiene en su interior un homenaje al propio cine – y es casi una constante de este año: ya las hemos tenido en Talgat o Nairobi Half Life, por ejemplo – en una emotiva secuencia en la que Juan ve una proyección al aire libre de un clásico de Leonardo Favio, Juan Moreira (1973) perfectamente encajada en la historia que se está contando: no es un simple homenaje sino otra referencia más de la que no se esconde este prometedor director al que habrá que seguirle la pista muy de cerca: un cine tan sutil e inteligente como el que demuestra Pies en la Tierra no puede ser fruto de la casualidad, sino de un talento muy particular.



martes, junio 11, 2013

VII CINES DEL SUR J02 Talgat y Jîn

TALGAT, Inocencia arrebatada.

En un festival de las características de Cines del Sur, que siempre está condicionado por la procedencia geográfica de las películas que concursan en Sección Oficial, es comprensible que haya ocasiones en las que ésta resulte un factor determinante a la hora de seleccionar una película. Es el caso, mucho me temo, de Talgat, una producción de Kazajastán dirigida por Zhanna Issabayeva que, sin dejar de ser una película correcta, parece estar varios peldaños por debajo en cuanto los méritos de los que habitualmente hacen gala los filmes programados en Cines Del Sur.


Talgat es la historia del chaval del mismo nombre, un chico de once años que vive en los suburbios de Almaty, la antigua capital de Kazajstán y aun la ciudad más poblada de su país, donde conviven un amplio número de etnias. El panorama de Talgat no resulta nada alentador: vive en un estado cercano a la pobreza más absoluta, sus padres son dos alcohólicos cuya única preocupación durante en día es conseguir el dinero necesario para emborracharse, su tio Nurik es un discapacitado mental cuyo comportamiento es el de un niño de cinco años y también ha de hacerse cargo de Gulya, su hermana pequeña, de solo seis. Convertido en inopinado padre de familia, Talgat ha de compatibilizar su duro trabajo diario – que incluye conseguir el sustento de la familia en el mercado – con las preocupaciones propias de un niño de su edad, ir al colegio, estar con los amigos, descubrir los pequeños placeres de la vida, etc… 


Son numerosas los ejemplos de películas en las que un niño ha de renunciar casi por completo a su infancia debido a tener que asumir unas responsabilidades impropias de su corta edad, una circunstancia que no es en absoluto ajena a este Festival. La experiencia indica que es un tema delicado y hay que ser un director muy habilidoso y con una sensibilidad especial para saber graduar el drama de una situación tan extrema con las ocasionales luces de la infancia. No es el caso de Zhanna Isabayeva que, pese a algunos apuntes interesantes al comienzo del filme, cae con sorprendente facilidad en un ternurismo que haría sonrojarse al mismísimo Steven Spielberg. 


Talgat no acaba así de funcionar bien en ninguno de sus dos registros por puro desequilibrio: ni como drama alcanza la intensidad emocional necesaria ni sus leves apuntes cómicos consiguen aligerar la tensión de la situación, con lo que Talgat se queda en un terreno de nadie que desaprovecha tanto el buen trabajo de sus intérpretes como algunas situaciones que, llevadas de una forma mucho más contenida, podrían haber dado lugar a una película al menos estimable


JÎN, Naturaleza Sobrecogedora 

Las primeras imágenes de esta película del para mi hasta ahora desconocido cineasta turco Reha Erdem pueden sumir al espectador en el desconcierto: naturaleza en estado puro, un bosque en mitad de unas inacabables montañas, ríos, árboles gigantescos, fauna salvaje… todo ello filmado en un formato panorámico impresionante cortesía de la impecable fotografía de Florent Herry. En medio de toda esa sobrecogedora belleza, unos cuantos guerrilleros – luego sabremos que son combatientes kurdos – perseguidos con saña por el ejército turco y empequeñecidos por la enormidad de lo que les rodea. Uno diría que ha aterrizado en medio de una película de Terrence Malick, siempre preocupado por mostrar la naturaleza en todo su esplendor y crudo salvajismo. En mitad de una noche con luna, una de las guerrilleras, una chica joven, escapa de sus compañeros y se adentra sola en los bosques por razones desconocidas. En completa soledad, se esconde tanto de sus antiguos camaradas como de los soldados que los persiguen, sobreviviendo como puede mientras inicia un largo viaje de improbable retorno hacia una nueva vida.


Jîn es la primera obra importante de lo que llevamos de Cines del Sur, una película de descomunal belleza formal en la que su realizador aprovecha al máximo las posibilidades que ofrece rodar en un entorno tan subyugante en su belleza como hostil en su naturaleza como aquel en el que ambienta su historia y la magnífica interpretación de su protagonista, Deniz Hasgüler, que soporta sobre sus hombros todo el peso emocional del filme con la misma naturalidad e indómita determinación que su personaje, desafiante en todo momento.


La historia de Jîn transcurre en su mayor parte en ese entorno natural intimidatorio a la par que hermoso, pero también en una serie de peripecias que denuncian de forma clara no solo la difícil posición del pueblo kurdo que intenta conseguir su propio espacio sino la indefensión a la que se pueden ver sometidas las mujeres en una sociedad como la turca en la que los hombres gozan de una serie de privilegios que ejercen sin pudor alguno hasta rayar el abuso. No hay duda alguna de las intenciones de Reha Ardem al respecto: su mirada es la de un cineasta comprometido con una visión crítica de su sociedad.


Poseedor de una poética muy particular, que noquea al espectador a golpes de pura belleza en la retina sin por ello descuidar en ningún momento la progresión de la historia que está contando y también esa violencia sin sentido que el ser humano ejerce contra la naturaleza que provoca su desconexión de la misma, Jîn es una propuesta por momentos apabullante que consigue sobreponerse a ese ritmo lento pero seguro, esa forma de narrar las cosas que no deja al espectador duda alguna de hacia dónde encamina sus pasos Reha Erdem, un realizador con un ojo privilegiado no solo para captar esa mezcla de belleza e intimidación que puede provocar el medio salvaje, sino para equilibrar esas escenas con aquellas en las que Jîn intenta su periplo de vuelta, un viaje a ninguna parte de lo más estimulante.


Cines del Sur siempre contiene en su programación alguna joya que compensa venir a Granada. Es pronto aún para decirlo, pero es más que posible que Jîn sea la joya de esta séptima edición.



martes, octubre 25, 2011

SEMINCI 2011 J03 Amor Bajo el Espino Blanco, Hermanos, Starbuck



AMOR BAJO EL ESPINO BLANCO, Zhang Yimou se pasa de cursi.

De que va: La República Popular China durante la Revolución Cultural. Jing, una universitaria de la ciudad, es enviada a un remoto pueblo de montaña para someterse a un programa de ‘reeducación’. Jing es la personificación de la inocencia, pero a su padre lo han encarcelado por ser un ‘contrarrevolucionario’, con lo que su madre no tiene más remedio que mantener ella sola a sus tres hijos. Jing sabe que no sólo su propio futuro, sino también el de su familia, dependen del veredicto de las autoridades sobre su proceso de ‘reeducación’. Pero su comportamiento cauteloso y discreto llega a su fin cuando se enamora de Sun, el atractivo hijo de un oficial de alta graduación. Los dos pertenecen a mundos completamente distintos, por lo que su amor no sólo es imposible, sino también peligroso.

La verdad es que es toda una alegría comprobar que Zhang Yimou ha abandonado de una vez esos aparatosos y cansinos wuxias tipo La Maldición de la Flor Dorada o el muy innecesario remake de Sangre Fácil con los que nos ha castigado los últimos años. He añorado mucho al Yimou intimista, el que conquistó nuestros corazones con La Linterna Roja o Ju Dou, Semilla de Crisantemo o sus aproximaciones al mundo rural como Ni Uno Menos o la maravillosa El Camino a Casa, película con la que esta Amor Bajo el Espino Blanco guarda numerosos puntos en común: de nuevo una sencilla historia de amor con dificultades aparentemente insalvables, de nuevo el choque ciudad-campo, de nuevo el telón de fondo de la Revolución Cultural, de nuevo la fascinación, el enamoramiento apasionado y a la vez inocente, de nuevo los miedos al qué dirán, la represión, los sacrificios… Pero con una diferencia fundamental: mientras en El Camino a Casa Yimou contaba la historia de sus padres, aquí ilustra una novela ajena. Y se nota. Es como si el productor de turno le hubiera dicho “Toma, aquí tienes esta novela: coge esta historia y ruédala como si fuera El Camino a Casa”


Y eso ha hecho Yimou:
apoyándose en la preciosa fotografía de Zhao Xiaoding y con unos materiales que conoce de sobra, el cineasta chino da forma a una historia de amor tan inocente y sin apenas connotaciones sexuales que, si sumamos las dificultades e impedimentos sociales que han de sortear sus protagonistas, hacen que uno se plantee seriamente cómo es posible que la población china haya crecido tanto en las últimas décadas. Desde luego no habrá sido gracias a parejas tan timoratas como ésta que, como esos jóvenes católicos que hoy en día han de montar movidas como las Jornadas Mundiales de la Juventud para poder echar un puñetero polvo, son algo así como la quintaesencia idílica de esas relaciones perfectas entre camaradas revolucionarios que tanto placían al camarada Mao. Muy bonita y poética, si, pero que de puro naif consigue despertar, como están leyendo, mi lado más cínico. Y eso que cualquiera que me siga sabe que aqui el que suscribe es un romántico empedernido.


No negaré que tiene algunos momentos preciosos. Es más, su primera hora, quizás porque recuerda mucho El Camino a Casa, resulta de lo más interesante. Pero hay una muy fina línea entre sensibilidad y sensiblería y Zhang Yimou no solo la cruza sino que en muchos momentos la rebasa ampliamente. Cuestión de piel, claro – me consta que a muchos les ha encantado y sin duda es una firme candidata a Premio del Público porque… es que es tan, tan bonita– pero, que quieren que les diga, para mi es una película desmesuradamente cursi, que usa y abusa de los recursos del folletín de toda la vida para atacar a saco el lacrimal. Y por ahí no paso.



HERMANOS, Los Ídem Karamazov según Kaurismaki. Pero Mika, no Aki.

De que va: Ivar (51 años, escritor), Mitja (49 años, productor de cine) y Torsti (51 años, conserje) son hijos del mismo hombre —Paavo (70 años) —, pero de madres distintas. No se han visto en mucho tiempo, pero ahora se reúnen para celebrar el cumpleaños de su padre. El reencuentro les obliga a explorar sus relaciones mutuas y hace aflorar algunos recuerdos traumáticos y ciertas verdades incómodas sobre su padre, a quien los tres culpan de sus respectivos fracasos.
Hace tres años Mika Kaurismaki, q
ue de vez en cuando hace alguna película de ficción que otra entre sus por otro lado estupendos documentales sobre la música y la cultura brasileña, nos trajo a Sección Oficial Tres Reyes Magos, un relato de tres hombres bastante patéticos solos en Nochebuena que buscaban en un cutre karaoke algo de camaradería masculina con la que sobrellevar sus tragedias personales y que pese a su buen punto de arranque no acababa de funcionar por culpa de un guión caprichoso que no resolvía nada bien los conflictos planteados y se perdía en divagaciones cuando no directamente estupideces.

Pues algo muy parecido le pasa a esta Hermanos en la que la expresión “matar al padre” no tiene un sentido metafórico ni terapeutico sino bastante literal: adaptando muy libremente al Dostoyevski de los Hermanos Karamazov, el director finlandés juega a construir una comedia repleta de amargura, tratando de humanizar a sus personajes por la vía de mostrar sus miserias morales e intentar que el espectador empatice así con ellos. O simplemente compadecerles.

Pero la cosa no funciona porque más allá de unas cuantas escenas brutales en las que crudas verdades vuelan de unos personajes a otros destilando no poco humor negro, no consigue desprenderse de un molesto tono de farsa que hace que uno no se crea nada de lo que ocurre en ningún momento. Y encima es reincidente: tampoco esta vez consigue resolver como es debido algunos de los conflictos interesantes que plantea. Uno desconecta a partir de un determinado punto y te da más o menos igual lo que le pase a ese padre ligón, bon vivant y especialista en joderle la vida a la gente, al hijo servicial que espera pacientemente a que éste palme, al narcisista productor de cine necesitado de pasta con mal temperamento o ese cabroncete de hijo pródigo que vuelve después de muchos años para liarla parda con ganas de bronca. O las dos anodinas mujeres que, dios sabrá por qué, revolotean alrededor de ellos. Vamos, que no acaba de cuajar el tema. Claro que eso pasa por rodar sin un guión definido, improvisando en gran parte, y resolverlo todo en cinco dias. Para que un experimento así funcione hay que ser muy muy bueno. Huelga decir que Maki no lo es. Aunque también se puede argumentar al revés: para haberse hecho en apenas cinco días, no está mal...





STARBUCK, Paternidad Desatada

De que va: A sus 42 años, David sigue viviendo como el eterno adolescente. Sortea con el mínimo esfuerzo los escollos de la vida y mantiene una relación complicada con Valerie, una joven policía. Cuando ésta le comunica que está embarazada, una serie de circunstancias hacen que aflore de repente el pasado de David. Veinte años antes, y con el fin de obtener algún dinero, comenzó a donar esperma a una clínica de fertilidad. Ahora acaba de descubrir que, a resultas de aquellas donaciones, ha engendrado nada menos que 533 hijos, de los cuales 142 han emprendido una acción legal conjunta para que se revele la identidad de su padre biológico, a quien se refieren con un seudónimo: Starbuck.


Si de películas sobre la paternidad hemos de seguir hablando – y en esta Seminci llevamos ya unas buenas cuantas aproximaciones de variado pelaje –
resulta obligado conceder que el acercamiento más original, irresistible y divertido al tema lo ofrece esta película canadiense de Ken Scott que va camino de convertirse en la gran sorpresa de esta edición. Y es que a lo desopilante de su punto de partida – ahí es nada enterarte de la noche a la mañana que tienes por ahí rulando a unas cuantas centenas de descendientes tuyos – hay que añadir la inteligencia y el sentido del humor con el que está contada esta historia del forzado proceso de evolución de este tarambana peterpanesco que a fuerza de tocar las vidas de hijos y más hijos perdidos en plan Amelie desarrolla un sentido de la responsabilidad que para sí quisiera el Michael Landon de La Casa de la Pradera. Starbuck tiene un guión magnífico en el que no solo puedes reírte bien a gusto de los lugares comunes de la paternidad – a este respecto las primeras charlas que mantiene con su abogado son antológicas – sino que demuestra una sorprendente madurez y solvencia en algunas de sus aristas menos cómicas, que también las hay. Y también funcionan.


Patrick Huard está simplemente soberbio en un papel dificilísimo. Su comicidad resulta sin duda irresistible, pero sabe ser igual de convincente cuando ha de enfrentarse a algunos de los aspectos menos agradables de su situación. Todo está servido con habilidad y lucidez por Ken Scott, coautor asimismo de este estupendo guión. El resultado es una estupenda película que más allá de su humor irónico, ofrece una reflexión bastante lúcida sobre lo que significa ser padre hoy en día, sobre la necesidad de madurar y sobre la asunción de responsabilidades.


Probablemente, y ojalá me equivoque,
el Jurado sentirá la tentación de no incluir en el Palmarés una película como ésta, ya que su condición de comedia la relegará a como mucho algún premio menor frente a propuestas más “rigurosas”. Sin embargo, escuchando las continuas carcajadas y las simpatías casi unánimes que la película ha despertado en su pase de prensa, servidor reflexionaba sobre el enorme mérito que tiene una película como Starbuck que pese a contar con un arranque tremendo fruto de su magnífica premisa, no deja de crecer a lo largo de todo su metraje, cerrándose además a la perfección y de forma sumamente coherente en su tramo final, sin dejar de hacer pensar y hacer reír al espectador en todo momento. Eso está al alcance de muy pocas comedias hoy en día. El Jurado haría bien en recordarlo.


domingo, octubre 23, 2011

SEMINCI 2011 J01: Habemus Papam, El Perfecto Desconocido, Profesor Lazhar

Un año más estoy en Valladolid, en la Seminci, un festival por el que guardo un especial cariño porque hace ya siete años se convirtió en mi primer destino “profesional” cuando lo cubrí para LaButaca.Net y porque tradicionalmente ha sido el principal proveedor de películas para el Festival de Cine Inédito de Mérida, algo que probablemente no se repita este año por la cercanía de fechas y porque la programación está ya bastante adelantada. No obstante, estoy convencido que habrá muchas cosas interesantes que ver en esta estimulante mezcla de directores noveles y autores consagrados (vuelven clásicos de la Seminci como los Dardenne o Guedigian y a ellos hay que sumarle a Zhang Yimou, Andrea Arnold, Agnieszka Holland, Mika Kaurismaki o, fuera de concurso, Nanni Moretti) que nos ofrece Javier Angulo y su equipo, con menos participación española que otros años (solo El Perfecto Desconocido de Toni Bestard y De Tu Ventana a la Mía de Paula Ortiz, ya que Medianeras y La Vida de Estela son películas argentinas con parte de producción española) y mucha voluntad, eso sí, de descubrir nuevos talentos, como ha sido tradicional en la Seminci. Veremos.



HABEMUS PAPAM – La Conjura de los Necios y el Papa Paralizado




Que Nanni Moretti tiene una vena gamberra casi lindando con la terrorista no es ninguna novedad para todos aquellos que han seguido de cerca la trayectoria del autor de Caro Diario o La Misa Ha Terminado, por más que haya demostrado que cuando quiere ponerse serio – La Habitación Del Hijo – es un autor con unos considerables recursos. Su última película, sin embargo, es una patada al hígado, con generosos aderezos de ironía y mala leche, a la sacrosanta Iglesia Católica, uno de sus blancos preferidos, a la que pone en la picota con una maravillosa premisa: un cónclave de cardenales que, tras elegir tras varias votaciones como Papa al típico candidato de consenso, un hombre bueno, amable y gris que gusta a todo el mundo, se encuentra con que éste, paralizado por un súbito ataque de pánico ante tamaña responsabilidad, elude su aparición pública y la bendición a los fieles sumiendo a la institución milenaria en una situación novedosa y caótica mientras el nuevo Sumo Pontífice le da vueltas a su atribulada condición.


El comienzo de Habemus Papam no puede calificarse sino de brillante. A la afilada descripción del proceso de votación – impagable la imagen de esos cardenales comportándose como niños desde un primer momento y ¡rezando a Dios por no ser el escogido! – Moretti le da una jugosa vuelta de tuerca introduciéndose en la ficción como ese psicoanalista ateo y cínico convocado de urgencia para resolver la situación al que por supuesto, le resulta del todo punto imposible hacer su trabajo en condiciones, algo que le permite el suficiente juego como para no dejar títere con cabeza en una sucesión de situaciones ridículas, absurdas y desternillantes en las que no faltan gags de lo más elaborados, líneas de diálogo punzantes, momentos de inusitada ternura y una celebración del absurdo de la situación tal que habría hecho las delicias de, digamos, un Azcona o un Billy Wilder cualquiera.


A todo esto, Moretti tiene un as en la manga, ese maravilloso actor llamado Michel Piccoli que está simplemente impecable como ese Papa aterrado, sobrepasado por los acontecimientos que toma las de villadiego a las primeras de cambio y se embarca en un viaje a ninguna parte mientras reflexiona sobre su vida y lo que le ha llevado a su actual situación. El problema de la película es una cuestión de enfoque: cuando resulta más evidente que Moretti debería centrar su discurso en el proceso que atraviesa su personaje central, se le va la mano con la parte bufa y prefiere recrearse en ocurrencias divertidas pero inocuas como ese torneo de voleibol que le monta a los cardenales, con lo que la sutileza y la mala leche de toda su primera parte desaparece para dejar paso a un humor más de brocha gorda que casi, solo casi, malogra una propuesta que, en cualquier caso, resulta de lo más entretenida y ocurrente.


Más allá de algún hallazgo cómico impagable – hay varios de irresistible gracia y notable irreverencia diseminados a lo largo del metraje – Habemus Papam es una de esas películas que, llegados a un determinado punto, parece gustarse demasiado a si misma. Y aunque los que compartimos esa sana vena cínica con la que aproximarse a una institución tan ridícula en ciertos comportamientos que no parece asumir la condición muy humana y por lo tanto, incoherente, llena de defectos y finalmente risible de aquellos que la componen podemos celebrar sus gracias y pasar un rato estupendo, es de lamentar una mayor contención que hubiera llevado su maravillosa premisa inicial a mejores resultados. Pero creo sinceramente que eso a Moretti le importa un bledo, así que… En cualquier caso, no deja de resultar curiosa la elección de una película como ésta para un Festival de Cine que, recordemos, en sus inicios se denominaba “Semana de Cine Religioso y Derechos Humanos” ¿Carga de profundidad de los programadores, quizás? Naa, deben ser imaginaciones mías...


EL PERFECTO DESCONOCIDO… Que ojalá lo hubiera seguido siendo



Toni Bestard es un realizador mallorquín cuyos excelentes trabajos en sendos cortometrajes (El Anónimo Caronte y Equipajes) hacía presagiar que quizás nos encontráramos ante un nuevo talento que nos diera muchas alegrías con su salto al largometraje. La cosa en principio prometía pese a lo trillado de su argumento: un extranjero que llega al típico pueblito casi abandonado en las montañas capaz de desatar con su sola presencia un buen puñado de situaciones curiosas entre sus nuevos vecinos, por las expectativas que unos otros, erróneamente, se hacen sobre su presencia en ese recóndito lugar del Mediterráneo. Con un reparto liderado por Colm Meaney, aquel actor fetiche de Stephen Frears en películas como Café Irlandés o La Camioneta, que además se pringó en el proyecto como productor del mismo, la cosa parecía bien encaminada.


Pues va a ser que no. Si quisiéramos hacer un chiste fácil, podríamos argüir que la presencia del personaje de Colm Meaney en la película es algo así como la confirmación del fracaso sin paliativos del sistema educativo español en lo que al inglés se refiere: ni uno solo de los habitantes del pueblito, ya sea joven o viejo, policía o campesino, parece hablar o entender una sola palabra de inglés. Ni tan siquiera, y esto sí que clama al cielo, un alemán despistado que se pasea por allí, cuando cualquiera que haya estado alguna vez en Alemania sabe que allí prácticamente todo cristo habla más que decentemente el idioma de Shakespeare.

No basta semejante desatino: el peregrino argumento que une los destinos de una aspirante a Lisbeth Salander cabreada con el mundo en general y su pueblo en particular, un chaval medio alelado y sobreprotegido por su madre que se presta a hacer de chico para todo del recién llegado, una seudo hippy obsesionada con ser madre (ya hay que hacerlo mal para que una actriz tan solvente como Ana Wagener parezca horrible en la película) y dos policías a cual más torpe, uno por ingenuo y otro simplemente por cabroncete, alrededor del irlandés desubicado está tan cogido por alfileres que se deshace al más mínimo análisis. Tampoco ayudan unos diálogos sonrojantes, alguna situaciones de esas que hacen que uno se ponga a imitar a Mourinho preguntándose “¿Por qué?” y una resolución a la altura del resto de la propuesta. O sea, desastrosa. No dudo del talento de Bestard… pero sí del de los programadores que han metido esta película en Sección Oficial. “Si el nivel de la Oficial es así”, reflexionaba más de uno a la salida del pase de ayer, “¿qué nos espera en Punto de Encuentro?”


PROFESOR LAHZAR, El placer de las películas sencillas y bien hechas.



Afortunadamente, bastó un solo día para eliminar esa ominosa reflexión. Lo que tardó en llegar el pase de la siguiente película a concurso (bueno, en realidad la siguiente fue la también estupenda Medianeras de Gustavo Taretto, pero servidor, que ya la había disfrutado en Berlin, aplazó el recuperarla en favor de disfrutar de la final del Mundial de Rugby que Nueva Zelanda ganó – inmerecidamente – a Francia por 8-7 en el Café Central, uno de los templos de este deporte en España), la canadiense Profesor Lahzar, flamante ganadora del Premio del Público y el de la Critica del Festival de Locarno y con la nominación a los Oscars por Canadá debajo del brazo. Viendo la película, todos esos galardones resultan de lo más comprensible. Pocas propuestas más agradables y bien realizadas he tenido ocasión de ver este año en un Festival como esta sencilla y sin embargo muy interesante película del para mi hasta ahora desconocido Philippe Falardeau, aunque éste sea su cuarto largometraje.


Arranca la película con un hecho terrible: el suicidio ahorcándose en clase de una profesora de primaria, siendo su cuerpo descubierto por uno de sus alumnos. Con semejante mazazo en la cabeza, la película nos presenta de inmediato al protagonista de la historia, ese profesor sustituto, argelino de origen, inmigrante y exiliado político que huye de su pasado y que se ofrece como sustituto para una clase lógicamente traumatizada ante la inexplicable desaparición de su profesora, cuyos alumnos de diez años han de lidiar, cada uno a su manera, con el inevitable duelo. El Profesor Lahzar, todo amabilidad, sensibilidad, inteligencia y comprensión – esos valores que hacen que nunca olvides a un profesor que haya sido capaz de conjugarlos con la paciencia de aguantarte para enseñarte algo – será el encargado de acompañarles en ese proceso.


Viendo las imágenes de la película de Falardeau, un prodigio de sencillez y sentido común capaz de plantear con precisión y contundencia no solo cuestiones interesantísimas relativas a la figura y el papel de un profesor hoy en día, tocando de frente y sin ambages la evolución del modelo tradicional hacia este sistema actual en el que, más que con niños, los profesores parecen abocados más a tratar con residuos radioactivos, como se afirma con no poca sorna en un momento del filme, sino tocando asimismo con precisión temas como la inmigración, el exilio, la incomprensión, la extraña actitud ante la muerte, el abandono parental o las distintas formas de enfrentarse al proceso de duelo, uno se plantea seriamente por qué demonios resulta absolutamente imposible imaginarse una película así, tan sencilla, bien hecha y repleta de inteligencia, en el cine español. Parece como si los franceses – recuerden La Clase, Hoy Comienza Todo, Ser y Tener... – o sus primos francófonos canadienses tuvieran una especial sensibilidad a la hora de abordar un tema tan esencial para el futuro de cualquier país como es la educación. Como me gustaría, en estos tiempos oscuros en los que la crisis parece la excusa ideal para recortar lo que nunca se debería tocar, que alguien tuviera en España los arrestos (y el talento, claro) suficientes para hacer una película la mitad de valiente, efectiva y bien realizada que ésta.


Su protagonista, Mohammed Felag, es desde ya un candidato claro para hacerse con el Premio de Interpretación Masculino por encarnar a ese profesor que desde la humildad y el afecto consigue conectar con esos niños y, más allá de enseñarles lo de siempre, educarles en algo aun más importante, los valores que son necesarios para saber conducirse por la vida. Con el humor como una forma de mostrar la realidad, con afecto, sin cruzar nunca la línea de la sensiblería y dejando caer de vez en cuando notables cargas de profundidad que no pasan desapercibidas – ojo a ese chaval, por cierto de apellido Garrido, que desvela en clase como quien no quiere la cosa un terrible hecho del pasado de su familia que te deja literalmente clavado en la butaca o la catarsis entre los dos niños principales, ambos un prodigio de naturalidad – Profesor Lahzar juega sus cartas con inteligencia, toca el corazón del espectador y conmueve de principio a fin. Para recordar por un rato a ese buen profesor o profesora que todos tuvimos alguna vez.