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lunes, marzo 11, 2013

AMOR, Lunes 11 de Marzo, Cinesa El Foro, 20:00 y 22:30

¡Saludos a Todos!

Hoy es un día especial dentro del II Ciclo de Cine en VO ya que por fin llega a Mérida AMOR, la película sin duda más premiada del 2012 y, en opinión del que escribe estas líneas, una de las más imprescindibles del año. Haneke, Trintignant, Riva y Huppert nos ofrecen toda una experiencia cinematográfica distinta de lo que estamos acostumbrados, una película dura pero también honesta y valiente. Hoy más que nunca - se espera lleno - os recomendamos que vengáis con la suficiente antelación a Cinesa o saquéis vuestra entrada con anticipación para evitar las colas y que difundáis este pase reenviando este mail a aquellos de vuestros contactos que puedan estar interesados. ¡Nos vemos en Cinesa! 

AMOR (Amour, Francia-Austria, 2012)


Georges y Anne son dos profesores de música clásica jubilados. Ambos han sobrepasado los ochenta años y poseen una gran cultura. Su hija también se dedica a la música y vive fuera de Francia con su familia. Un día, Anne sufre un infarto. Al volver del hospital, un lado de su cuerpo está paralizado. El amor que ha unido a la pareja durante tantos años se verá puesto a prueba.

Filmografía selecta de Michael Haneke: El Séptimo Continente (1989), El Video de Benny (1992), Funny Games (1997), Código Desconocido (2000), La Pianista (2001), El Tiempo del Lobo (2003), Caché (2005), La Cinta Blanca (2009)



Premios: Palma de Oro Mejor Película Festival de Cannes 2012 • Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa y cuatro nominaciones más • Mejor Película, Director, Actor y Actriz – Premios del Cine Europeo 2012 • Mejor Película, Director, Actor, Actriz y Guión Original – Premios César 2012 • Mejor Película Extranjera (Globos de Oro, Bafta, Independent Spirit Awards, Toronto)


Cualquiera que esté algo familiarizado con el cine de Michael Haneke sabe que asistir a una de sus películas es una experiencia fascinante y a la vez muy incómoda. Cineasta del desasosiego, especializado en vapulear la conciencia del espectador y llevarle por territorios desconocidos tanto por las temáticas de sus películas como por la excepcional caligrafía de un cine personalísimo, Haneke aplica su fría mirada de entomólogo sobre los síntomas quizá no demasiado evidentes pero sin duda presentes de una sociedad enferma y usa su cámara como un escalpelo para llegar al fondo de los temas que aborda desde una perspectiva única, honesta, insobornable y a menudo dolorosa.


Amor, palabra que uno jamás habría asociado a un título de Haneke dados los precedentes, es un eslabón más de esa filmografía fascinante, con la rara condición de ser a la vez coherente e inusual ya que Haneke está muy lejos de abandonar sus formas más reconocibles haciendo de esta película una dura experiencia que asalta los sentidos del espectador pero consiguiendo a la vez acercarse a algo parecido a la ternura y la expresión última del sentimiento quizás más genuino del ser humano al acercarse al tramo final de las vidas de una pareja de octogenarios enfrentados a la enfermedad, la decadencia y la muerte. Haneke disecciona en Amor una situación lacerante que por su propia naturaleza debe rechazar el más mínimo atisbo de sentimentalismo, huye de cualquier idealización y muestra sin recrearse la dimensión física y espiritual de una tragedia inevitable cuyo desenlace no escamotea al espectador desde la misma secuencia de apertura. Es cine del dolor, si. Pero también es el cine del pudor, de la piedad, de la humanidad. Mira de frente y sin subterfugios un tema que es considerado uno de los grandes tabúes de la sociedad occidental por más que todos vayamos a pasar por ello.


Apoyado en unos excepcionales Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva sin cuya credibilidad sería imposible imaginar ese universo cerrado sobre sí mismo en el que solo penetra el personaje de Isabelle Huppert para abrir una ventana al pasado y desaparecer tan rápido como aparece, Haneke apenas da respiro al espectador – el plano de los cuadros, esa música diegética que siempre, siempre se interrumpe – y construye una película en la que uno se ve imposibilitado para enjuiciar moralmente los actos que en ella se narran. Una historia de amor llevada al límite que apela a la vez a lo más noble y lo más doloroso de la condición humana. Una experiencia imprescindible (David Garrido Bazán, Programador del Ciclo)


La semana que viene tenemos otra película monumental: THE MASTER de Paul Thomas Anderson, una mirada brillante y compleja a la sociedad estadounidense de comienzos de los años 50 a través de la relación entre el líder de una secta y un veterano de guerra con serios problemas para encajar en dicha sociedad. No se pierdan los magníficos trabajos de Philip Seymour Hoffmann, Amy Adams y sobre todo de un tremendo Joaquin Phoenix en una de las cumbres del cine estadounidense del 2012. ¡Os esperamos en Cinesa el próximo lunes!

martes, septiembre 22, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 4: La Cinta Blanca, City of Life and Death, Making Plans for Lena, Nadie Sabe Nada de Gatos Persas

El horror en blanco y negro.

Los azares de la programación han querido que casi de forma consecutiva dos películas pertenecientes a dos secciones distintas del Festival nos hayan servido dos surtidas raciones del horror que es capaz de provocar la especie humana. Y las dos en un majestuoso blanco y negro, cosa entendible en una pero no en otra, ya que contiene abundantes zonas grises. Empecemos con Haneke, cuya La Cinta Blanca no solo fue la ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes sino que también ha conseguido el premio Fipresci de la Crítica internacional a la mejor película del año. Ahí es nada.

Estamos en 1913, en un pueblecito de Alemania. Sus habitantes viven a la sombra del poder del barón, propietario de las tierras que trabajan y empleador directo del maestro, el médico y su comadrona, el administrador e incluso el pastor protestante que dirige con mano firme la vida espiritual de su rebaño. Pero algo sucede en ese apacible pueblo: empiezan a tener lugar una serie de extraños accidentes que alteran la vida de sus habitantes. Pueden parecer bromas, pero no lo son en absoluto: algunas tienen consecuencias mortales. Poco a poco, de la mano de la afilada cuchilla de la cámara de Haneke, penetramos en lo más profundo de los hogares de ese pueblo, seguimos en especial a los niños y adolescentes que, en una idea harto inquietante, parecen empezar a rebelarse ante el estricto – e hipócrita a más no poder – sistema en el que son educados, donde la autoridad ejercida de forma brutal está a la orden del día. No hay estridencias, pero si una tensión soterrada, una ira acumulada a punto de desbordarse, una actitud que genera un caldo de cultivo de odios, brutalidad, ignorancia y apatía que en realidad está incubando el huevo de la serpiente. Y es que esos encantadores infantes, con su aire angelical, sus secretos e interiorizando de forma brutal una educación cuyo eje es el autoritarismo que impone un principio o un ideal como algo absoluto, son los que apenas veinte años después integrarán alegremente los cuadros del Tercer Reich cuando Hitler llegue al poder.

Una vez que uno cae en la cuenta de esa conclusión esencial, ya no hay vuelta atrás. Puede que Haneke no esté hablando abiertamente del nazismo, ya que como suele ser costumbre en él, su cine plantea muchas más preguntas que respuestas, pero cuesta mucho no tratar de analizar muchas de las situaciones planteadas por Haneke a la luz del horror que asolará Europa en el futuro. Hay tanto que alabar de una película tan inteligente y a la vez tan deliciosamente perversa que es obligado dejar su análisis para mejor ocasión, pero no quiero dejar pasar la ocasión de destacar algo que me parece esencial: la puesta en escena y los planos de esta película son tan perfectos en su estética, de una belleza tan sobrecogedora, que el contraste con lo que se cuenta ofrece un resultado magnético, fascinante. No en vano es una de las grandes películas del año.

CITY OF LIFE AND DEATH, Tan brillante como maniquea.

Frente a la amplia zona de grises de la película de Haneke, la visión del horror que ofrece la producción china dirigida por Lu Chuan puede resultar en comparación mucho más burda, si bien hay que reconocer que los hechos históricos que recoge – la matanza en 1937 de más de 300.000 chinos en la ciudad de Nanking a manos de las invasoras tropas japonesas – no dejan demasiado espacio para interpretaciones subjetivas. La cosa empieza bien: durante los primeros 40 minutos asistimos a un filme bélico de gran presupuesto, espléndida factura visual y muy entretenida, con una esplendida fotografía en blanco y negro que sabe como atrapar la atención del espectador mientras desarrolla la toma de la ciudad.
De inmediato comienzan las matanzas y Lu Chuan no nos ahorra el más mínimo detalle: la brutalidad con la que se comportan los nipones, su cosificación de seres humanos para exterminarlos sin el menos asomo de culpa, la terrible forma en la que esclavizaba sexualmente a las mujeres chinas para mantener la moral de los soldados… el rosario de atrocidades es de tal calibre que por un lado llega un punto en el que uno casi se inmuniza en defensa propia (y venga a morir chinos, como decía el gran Gila) vaciando de sentido tal desfile de los horrores; por otro, pese a que los hechos históricos hablan por sí solos, no basta con adoptar el punto de vista de un soldado japonés algo más sensible para evitar la molesta sensación de que estamos ante un panfleto que deja en evidencia su condición de superproducción china con todos los parabienes de los responsables. Y es una lástima, porque es una cinta irreprochable desde el punto de vista técnico – por momentos, incluso brillante en el encaje de muchos de los elementos que componen la calidad de un filme, como la música, el montaje o las interpretaciones – y que afronta sin tapujos una vez más los niveles de horror que puede llegar a alcanzar el ser humano en determinadas circunstancias.

MAKING PLANS FOR LENA, Histerismo sin fin.

El año pasado, Christophe Honoré tuvo el dudoso honor de ser uno de los autores que más nos aburrió con La Belle Personne, una infumable adaptación de la trama de un clásico de la literatura francesa a los institutos actuales que no funcionaba nada bien y que provocó sonoros bostezos por toda la platea. Al mismo tiempo, Oliver Assayas presentó en otra sección Las Horas del Verano, una interesante película sobre el eterno tema familiar que giraba en torno a los problemas de tres hermanos y una incómoda herencia. Será casualidad, pero viendo Making Plans For Lena, uno podría pensar que Honoré se dijo a si mismo “eso también lo hago yo” y el resultado es esta película tan tediosa como lamentable que gira en torno a los problemas generados por una mujer que abandona su trabajo y su marido y cuyo irritante comportamiento histérico crispa los nervios del espectador desde el primer minuto hasta el punto, fíjense bien, que hace que uno llegue a odiar bastante a la siempre apetecible Chiara Mastroianni, que carga con el marrón de insuflar vida a tan detestable y caprichoso ser.

Dice Honoré que le gustaría que el espectador acabase, pese a todo, poniéndose un poco del lado de Lena y comprendiéndola. Va dado. Lo que uno no acaba de entender es por qué ese ex-esposo evidente alter ego del director – astutamente interpretado por un Jean Marc Barr que lo convierte en un dechado de virtudes – no la ha mandado a la mierda mucho antes. Y tampoco tienes ganas de entender ni a los relamidos padres ni a la hermana en crisis que han de adaptarse a la nueva situación e intentar hacerla feliz, cuando lo más sensato sería mandarla una temporadita a algún sanatorio de reposo. En fin, la peli es una de esas de las que sales pensando que es demasiado francesa para su propio bien y que se merecía aun menos que La Belle Personne el año pasado estar en la Sección oficial de un Festival clase A como éste.

NADIE SABE NADA DE GATOS PERSAS, Escena musical iraní

Fuera de la Sección Oficial, el doblemente premiado con la Concha de Oro a la Mejor Película Bahman Ghobadi ha presentado una película insólita sobre la música que se hace clandestinamente en Irán y lo putas que las pasan los músicos que se buscan la vida para hacer sus proyectos bajo la sombra amenazante de un régimen autoritario que no se corta un pelo a la hora de repartir latigazos o poner a la sombra a cualquiera por el simple hecho de interpretar o escuchar música prohibida. Con una levísima trama argumental sobre dos músicos que quieren dar un último concierto antes de huir del país que no es otra cosa que la excusa para, un poco al estilo de lo que hizo Fatih Akin con su Crossing the Bridge y los sonidos de Estambul, dar al espectador una surtida muestra de lo que por allí se cuece.
El resultado es una película a la que de vez en cuando se le va la mano videoclipera pero que es insólita en el sentido de que no se parece a nada que se haya podido ver anteriormente en la cinematografía iraní. Por sus imágenes desfilan desde apasionados de la música kurda tradicional hasta gente que sueña con ver a Sigur Ros, metaleros enganchados al rock duro y prodigiosos raperos que no se cortan un pelo en sus incendiarias rimas. Todos ellos expresando el mismo deseo: libertad para escuchar y sobre todo hacer la música que les gusta, libertad que por desgracia parece que hoy en día solo puede conseguirse más allá de las fronteras de su propio país, presa de un régimen insufrible que mata la creatividad y oprime el alma de estos artistas. Y la de todo aquel que asiste impotente desde la butaca a tan necesaria denuncia.

lunes, enero 23, 2006

CACHÉ, La vuelta del perturbador Haneke

Michael Haneke es un director que a lo largo de su ya fecunda filmografía, se ha empeñado en sacudir a modo nuestras conciencias con películas en las que a menudo se explora con bisturí afilado la faceta habitualmente más oscura y oculta del ser humano, lo que en Haneke casi siempre resulta una mirada desalentadora y poco proclive a ofrecer alguna esperanza a una sociedad corrompida desde su misma base por las debilidades, cuando no directamente mezquindades, de las personas que la conformamos. Uno de los temas recurrentes del cine de Haneke es la forma en la que, aun cuando somos más que conscientes de la cuestionable catadura moral con la que a veces nos conducimos por la vida, nos esforzamos por disimular esas flaquezas, llegando al punto de ignorarlas como si nunca hubieran existido hasta que alguien o algún suceso nos golpea y nos obliga a mirar frente a frente al abismo que a veces escondemos en lo más profundo de nosotros mismos, esos lodazales de nuestra personalidad o de nuestro pasado por los que, no sin cierta razón – a veces solo se puede sobrevivir en esta vida de esa forma – rehuimos aventurarnos, mucho menos reconocernos.
La última propuesta de Haneke, triunfadora en Valladolid y en los recientes Premios de la Academia del Cine Europeo, es una película angustiosa en la que se da un buen repaso a los temas de la culpabilidad y la mala conciencia que se halla mucho más presente de lo que pensamos en nuestras vidas cotidianas. Caché (Escondido) empieza como un thriller inquietante: un crítico literario famoso que tiene un programa de televisión, casado con una editora y con un hijo adolescente, empieza a recibir en su casa una serie de vídeos que muestran, en plano fijo, la entrada de su casa. Las grabaciones vienen envueltas en unos dibujos simples pero un tanto siniestros a los que ni el personaje de Daniel Auteil ni su mujer, Juliette Binoche, saben darle explicación. Poco a poco, el contenido de los vídeos se hace más personal y muestra detalles que indican que quienquiera que sea el que está detrás de las grabaciones, está relacionado con el pasado de ese periodista. Recurrir a la policía no sirve de nada – no hay ninguna amenaza explícita – y la inquietud va creciendo de forma imparable, resquebrajando la seguridad, tan solo aparente, que esa familia de burgueses acomodados disfruta.
Haneke explora a través de esta peripecia el sentimiento de culpa, un sentimiento fuertemente enraizado en un pasado que el personaje magníficamente interpretado por Daniel Auteil ha tratado de olvidar. Pero no se detiene ahí, ni mucho menos: la película, rica en lecturas como siempre en un cineasta tan personal como complejo, también analiza la forma en la que nos enfrentamos a una amenaza, las desigualdades sociales, la enorme fragilidad de una institución familiar basada en una seguridad tan solo aparente – resulta desalentador ver la forma tan natural en la que esa pareja de progresistas acomodados ha convertido la idea del espacio y la independencia que creen que necesita su hijo adolescente en indolencia o directamente ignorancia sobre sus actividades - y, por supuesto, uno de los temas más queridos por Hanecke, como es la manera en la que el cine o cualquier otro medio audiovisual manipula la realidad y la deforma hasta límites insospechados. El trabajo de dirección de Hanecke es impresionante: juega con nuestras percepciones de forma constante (hay veces en las que uno no sabe si está asistiendo a la visión subjetiva del hombre que graba los vídeos o estamos contemplando uno de esos vídeos en compañía de Auteil y Binoche) y, consciente de nuestro voyeurismo, lo explota al máximo implicándonos en una peripecia fascinante que padecemos al lado de ese periodista desbordado por los acontecimientos, un tipo que es víctima de una violencia para nada física de la que, de forma progresiva, cada vez tenemos una mayor certeza que ha ayudado a crear.
Por si todo esto fuera poco, Hanecke, mucho más cercano en esta película a los inmensos logros de obras como Funny Games o La Pianista que a los titubeos de Código Desconocido o El Tiempo del Lobo, nos golpea con una de las secuencias más demoledoras e impactantes que uno ha podido ver en una pantalla en los últimos años, una ostia de tal calibre que nos pega al asiento dejándonos sin capacidad alguna de reacción durante largo tiempo… tiempo que Hanecke aprovecha para proponer unos veinte minutos finales que, lejos de resolver algunos de los enigmas planteados a lo largo de la película, deja abiertas varias posibilidades a la imaginación del espectador, que, un tanto comprensiblemente abrumado por la dureza de la experiencia que acaba de vivir, puede perderse con facilidad en el juego planteado con mano maestra por este austriaco que está empeñado en llevar hasta las últimas consecuencias ese dogma de fe con el que ejerce su profesión según el cuál el papel del cineasta es rascar allí donde más duele, desvelar lo que no se quiere saber ni ver y obligar al espectador a plantearse cuestiones de lo más serias.

Caché es pues una obra imprescindible sobre la que se vuelve una y otra vez a lo largo de los días posteriores a su visionado, una película perturbadora y sumamente incómoda en todo momento para el espectador, que casi sin darse cuenta, sigue el metraje en un estado de perpetua tensión, algo que Haneke consigue no por casualidad, sino a través de una medida puesta en escena y de un dominio del tiempo narrativo que va consiguiendo sutilmente este objetivo sin apenas proponérselo. Caché es, en fin, una de las obras más desasosegantes que este cronista ha tenido la ocasión de ver en mucho tiempo, un filme que por su personalísima apuesta y su capacidad de invitar a la reflexión está entre los trabajos más interesantes que ha ofrecido el cine europeo en su conjunto en los últimos tiempos. Cierto es que Haneke, cineasta exigente como pocos con el público, no es un plato indicado para todo tipo de espectador y que a buen seguro habrá quien abandone la sala con un comprensible estado de estupefacción y hasta con la leve sospecha de que el director se ha permitido el lujo de tomarle el pelo – en ese sentido, el plano final juega de forma admirable con nuestras expectativas creadas a lo largo de la obra, pero no aporta nada a lo ya expuesto por el cineasta hasta ese momento, lo que puede entenderse hasta como una broma en medio de un tema francamente serio – pero aun y con eso déjense llevar por sus propias reflexiones y las de aquellos que les acompañen al cine. Descubrirán que Caché es una de esas películas que crecen en la memoria y que sus cargas de profundidad pueden resultar de lo más demoledoras.