
Siento cierta fascinación por el cine americano que bucea en las entrañas de la sociedad en la que viven, especialmente por aquel que se esfuerza por dejar al descubierto las corruptelas y defectos de un sistema electoral y político manifiestamente mejorable. Un cine militante y comprometido que desde los años setenta ha ayudado a los que no vivimos allí a comprender mejor su forma de entender la política y como se despliega el complejo juego de ambiciones e intereses que se ocultan detrás de cualquier candidato con afán de conseguir o perpetuarse en un puesto público. George Clooney, un tipo lúcido y coherente que ha demostrado a lo largo de su trayectoria como director entender ese compromiso desde una posición más crítica de lo que uno le supondría a una estrella con semejante estatus de privilegio en Hollywood, construye en Los Idus de Marzo no solo una mirada cínica y demoledora sobre las miserias de la política, sino toda una reflexión acerca de la imposibilidad de la supervivencia de la honestidad y el idealismo en dicho mundo.

Clooney, ferviente demócrata y defensor a ultranza del presidente Obama, desarma de entrada con dos decisiones inteligentes. La primera es situar su irónica fábula en el ámbito de unas elecciones primarias demócratas y no republicanas como cabría esperar de una obra tan crítica como ésta. La segunda es ceder el protagonismo de su historia a otro, el personaje del brillante asesor de campaña interpretado por Ryan Gosling, reservándose el del gobernador candidato a Presidente, que no es sino la viva imagen del sueño dorado del votante liberal norteamericano. Su Mike Morris es uno de esos políticos en los que merece la pena creer: atractivo, inteligente, poseedor de un irresistible carisma fruto de su simpatía y una cuidada imagen que recuerda a JFK y Clinton, ecologista, laico que esquiva con habilidad las venenosas cuestiones sobre su fe, contrario a las guerras preventivas, accesible y hasta desinhibido en el trato.

Pero la película no gira en torno a él, sino en torno al asesor que encarna Gosling, uno de esos especialistas en diseñar estrategias, controlar el mensaje, supervisar el discurso y sobre todo la puesta en escena para que el candidato luzca impecable – los paralelismos con la sofisticación de una función de teatro son continuos a lo largo del filme – pero también un idealista que cree sinceramente en el hombre para el que trabaja. Hasta que empieza a darse cuenta no ya de lo podrido que resulta el medio en el que se mueve, sino de la necesidad de anteponer el pragmatismo a cualquier otro valor para conseguir lo único que verdaderamente importa: ganar y salirse con la suya.

Nada novedoso, dirán ustedes y no les falta un punto de razón. Sin embargo, lo verdaderamente interesante de Los Idus de Marzo no es tanto la descripción de ese ambiente sino lo fácil y rápidamente que uno puede olvidarse de aquellos supuestos valores por lo que uno entró en política cuando las cosas se ponen feas. El espectador, obligado a identificarse con un Ryan Gosling que ejecuta aquí una tan sutil como impecable interpretación en el que su rostro va progresivamente vaciándose de contenido hasta que de él queda poco más que una máscara, no se coloca de su parte porque represente unos ideales superiores capaces de imponerse a un sistema corrupto en esa noble tradición de ese cine liberal de nuevo cuño muy a menudo demasiado complaciente. No, lo hace a pesar de su caída a ese barro moral en el que ha de pelear. Es una diferencia sutil pero esencial.

Clooney construye una muy sólida película manejando hábilmente a un magnífico reparto. Uno se queda con ganas de muchas más escenas de cualquiera de los dos directores de campaña (soberbios Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti) con el propio Gosling sin que el inevitable aire teatral que preside la obra repercuta demasiado en el conjunto. No será Sidney Lumet ni Alan J. Pakula, vale. Tampoco hace olvidar aquellos brillantes guiones de Aaron Sorkin que marcaron una época en la imprescindible El Ala Oeste de la Casa Blanca, pero sin duda resulta de lo más reconfortante tener a alguien como Clooney desplegando semejante grado de compromiso e inteligencia desde dentro de Hollywood.















Buenas Noches y Buena Suerte arranca, y no es un hecho en absoluto casual, con un homenaje a Edward R. Murrow
Más allá de que la película efectivamente se centre en el episodio más conocido de la biografía de Murrow, aquel que le llevó a una valiente enfrentamiento con el siniestro
Con una puesta en escena austera y sumamente efectiva, con un reparto magnífico en el que destaca con luz propia el sobrecogedor trabajo desde la sobriedad más absoluta de un magnífico David Strathairn (capaz de transmitir innumerables cosas con un a veces casi imperceptible cambio de su expresión facial o con esos estruendosos silencios de breves segundos que Clooney, con enorme inteligencia y sabiduría tanto cinematográfica como del oficio de la interpretación, deja transcurrir sosteniendo un plano fijo tras los apasionantes discursos de Murrow) pero también del propio Clooney, Robert Downey Jr., Patricia Clarksson – que hermosa es y que sencillamente contada está esa historia de amor de la pareja – Frank Langella o Ray Wise (clave su papel para entender algunas de las debilidades de Murrow y hacerle más humano a nuestros ojos), Buenas Noches y Buena Suerte es una película apasionante y compleja que entronca directamente con la mejor tradición de ese cine liberal americano con ambiciones de ofrecer una punzante reflexión sobre algunos aspectos que no deberían estar sujetos a interpretaciones subjetivas por su propio e incuestionable valor ético o moral. Así, uno tiene siempre la sensación de que Murrow y su equipo se enfrentan a McCarthy no porque ideológicamente se encuentren en bandos opuestos o en defensa de un trasnochado progresismo, sino porque éste ha ido demasiado lejos en su afán de proteger a su país, traicionando y retorciendo hasta más allá del límite de lo admisible sus principios más básicos
Parece evidente la vocación del George Clooney cineasta de ofrecer en sus obras un claro mensaje que transmita sus inquietudes políticas e incluso éticas y es igualmente evidente que su película, evocadora de unas figuras – a Murrow hay que sumar el trabajo de todo su equipo: esta es una película donde se ve como en pocas la capacidad de un grupo de personas comprometidos con un objetivo para trabajar en equipo – que sin duda tienen en su mente la consideración de míticas, de referencias inamovibles, faros que deberían guiar a los periodistas de hoy en día en su cometido, traza unos claros paralelismos con el presente, con lo que su mensaje político goza hoy en día de una vigencia inapelable en estos tiempos oscuros en los que parece que los ciclos de la Historia nos vuelven a colocar en situaciones sino iguales, sí muy parecidas a las descritas por esta admirable película. Queda la duda, eso si, de saber si el mensaje esencial este nostálgico a la vez que necesario recordatorio calará en las mentes de unas generaciones que hay que temer ya han sido victimas del temido proceso de idiotización progresiva que Murrow denunciaba en su discurso. No serán pocos los que, acostumbrados a un tipo de cine muy diferente, sean incapaces de valorar en su justa medida la enorme, imprescindible importancia de una película de estas características.