lunes, noviembre 21, 2005

HUELVA, Crónica 1: Agua Con Sal, Barrio Cuba y El Mamut Siberiano

Huelva, Crónica 1. Cobertura del 35 Festival de Cine Iberoamericano para La Butaca.Net. David Garrido Bazán. Todos los Derechos Reservados.

- La verdad es que con imágenes como ésta, la crónica se escribe sola…

No pude reprimir el comentario. Y es que una cosa muy distinta es asumir que, a sus 97 años, el ínclito Manoel de Oliveira siga teniendo la vitalidad suficiente como para hacer una película por año, y otra francamente distinta era verlo bailar sevillanas con una buena moza que posiblemente era más de medio siglo más joven que él en plena recepción en el Ayuntamiento de Huelva. Era para alucinar. Alucinaban hasta los del coro rociero que en vivo y indirecto nos amenizaban la comida, y más de uno dejó de lado (por un instante, no se vayan a creer) la copita de fino y la tapita de jamón serrano para asistir al espectáculo.

Llegué a Huelva con un día de retraso. El festival se había inaugurado el sábado con una gala de apertura transmitida por televisión a la que siguió la proyección de un documental, El Nacimiento de una Pasión, que narraba los orígenes del fútbol. La cosa tenía su coña, porque entre la disyuntiva de asistir a dicho evento o ver en directo en el mismo horario todo un R. Madrid – Barça, pues los más futboleros elegimos, obviamente, lo segundo. Así pues el domingo se amontonó un buen puñado de acreditados de prensa que habían llegado con retraso en los pases de tarde de las primeras películas de la Sección Oficial, bastante repletos de público.

El domingo estaba, al parecer, dedicado a Cuba – aunque oficialmente el país invitado al Festival es Brasil, que dispone de una sección propia donde podrá verse una muestra de su cinematografía más actual – si bien la primera película de la Sección Oficial era una producción española, Agua Con Sal. Pedro Perez Rosado, un director y productor de amplia experiencia en el campo documental, que ya nos presentó en su momento Cuentos de la Guerra Saharaui, no tuvo que mirar muy lejos para encontrar esta historia de amistad entre mujeres e inmigración. Básicamente, al otro lado de su cama, porque la guionista de esta historia es su propia esposa, la cubana Lilian Rosado González, que, por lo visto en la película, sabe bastante bien de lo que habla. Agua con Sal es la historia de Olga, una joven cubana que llega a España gracias a una beca de tres meses y está más que decidida a quedarse en nuestro país, aunque sea sin papeles y de forma ilegal, con el fin de buscar un sustento para el hijo pequeño que dejó en su Cuba. Mari Jo es una joven valenciana un tanto zarandeada por la vida y por una familia problemática, con una hermana en la cárcel por parricida a la que no piensa dejar sola y que, para salir adelante, trabaja de forma ilegal en la misma fábrica de muebles donde acaba de entrar Olga y redondea sus ingresos ejerciendo ocasionalmente la prostitución. Olga tiene ese carácter luchador propio de las supervivientes acostumbradas a lo que sea para salir adelante, pero no ha perdido su ilusión por vivir y su carácter dulce. Mari Jo, en cambio, es fiera y de trato bastante desagradable, no confía en las extranjeras y vive siempre amargada. La amistad entre ambas no será fácil al principio, pero la necesidad hará que ambas se acerquen la una a la otra. Alguno que esté leyendo estas líneas ya habrá sacado sus conclusiones: esta película tiene demasiados puntos en contacto con Princesas de Fernando León. Y es verdad, aunque el acercamiento de Pedro Pérez al tema es radicalmente distinto a ese lirismo lleno de puntos de fuga de la realidad que tanto gusta al director de Los Lunes al Sol. De hecho, su planteamiento está casi más cercano al de Rosetta de los implacables hermanos Dardenne, sobre todo en la minuciosa descripción de ese ambiente laboral ilegal y que no concede derecho alguno y en la lucha despiadada que estas mujeres ilegales mantienen por mejorar unas condiciones de vida deplorables. Agua con Sal es una película correcta, cuyo mensaje no por sabido resulta menos interesante y cuyo punto fuerte es una estupenda interpretación a cargo de su protagonista principal, la cubana Yoima Valdés ¿Se acuerdan ustedes de aquella escena de 800 Balas en la que una prostituta cubana le enseñaba al chaval protagonista como se debían acariciar los pechos de una mujer? Pues ese bellezón resulta que además de ser una mujer preciosa – en persona aun mucho más, se lo aseguro, que he tenido ocasión de comprobarlo, aunque nunca se separaba mucho de su esposo, el actor cubano Vladimir Cruz, con el que forma una pareja de guapos tremenda – demuestra en esta película que sabe actuar de maravilla y emociona con un personaje sólido cuya trayectoria en España, más llena de sinsabores que de alegrías, compartimos. Por el contrario, tuve la sensación de que Leire Berrocal, que interpreta a Mari Jo, resultaba un tanto forzada en su composición, sobre todo en el tramo inicial de la película, aunque es verdad que su personaje evoluciona hacia algo bien distinto según avanza el metraje y su relación con Olga. Como anécdota, reseñar que la película gustó mucho a un público que se hartó de aplaudir en los títulos finales, hasta hacer brotar lágrimas de pura emoción a su director Pedro Pérez, que no esperaba tan buena acogida. La verdad es que, sin ser una obra notable, Agua con Sal es una película más que digna que refleja de modo valiente una realidad que conocemos pero que normalmente preferimos ignorar. Y lo hace sin tremendismos ni dramatismos forzados, simplemente mirándola de frente. Sin duda que, cuando se estrene el próximo 2 de diciembre, a la película le va a perjudicar las comparaciones con Princesas, pero se defiende bien por sí misma.

- A mi, con lo que me gustan las buenas lloreras, me he quedado como nueva…
El comentario de mi vecina de butaca a su acompañante resumía a la perfección el espíritu con el que había sido recibido el segundo plato de la sección oficial, la producción cubana Barrio Cuba, segunda parte de una trilogía sobre la Cuba actual y sus habitantes que el veterano realizador Humberto Solás inició hace ya cuatro años con Miel para Oshun y que concluirá próximamente… si la financiación lo permite. Más que nada porque, como explicó en rueda de prensa este director, figura clave de la cinematografía de América Latina, su método de trabajo es muy particular, casi un acto de fe: el rueda con actores amigos a los que no paga un céntimo todo el material en video digital y, con el material ya rodado, busca co-productores que le permitan abordar el proceso de post-producción con cierta garantías. Barrio Cuba es una semblanza de La Habana que los occidentales no conocemos, muy alejada de la imagen tradicional con la que suele ser retratada y quizás algo más cercana a aquella espléndida película que era Suite Habana, un esfuerzo por acercarse a personajes muy reales, con problemáticas muy cercanas y que viven en barrios donde el turista jamás se aventura. Humberto Solanas afirma que La Habana, con su océano de gentes dispares, muchos ellos inmigrantes de otras zonas del país, de distintas razas y creencias, es un universo lleno de contradicciones y dramas cotidianos a los que él le gusta acercarse desde la ficción, pero con un ojo muy firme en la realidad de ahora mismo. Su película la protagonizan un conglomerado de personajes (Oh, cielos, otra Vidas Cruzadas) de lo más variopinto: una pareja joven a punto de tener su primer hijo, un matrimonio cuya estabilidad está en peligro por la imposibilidad de ser padres, una mujer madura desengañada de la vida y abandonada por su última pareja que es cortejada por un señor mucho mayor que ella (el actor Mario Limonta, que por cierto estaba sentado a mi izquierda durante la proyección de la película, lo que no dejaba de crear una situación particular cuando aparecían sus escenas en pantalla), un padre que no acepta la homosexualidad de su hijo – tema jodido este en la Cuba actual, como ya sabemos – y sobre todos ellos, la sombra siempre permanente de los que se van, de los que buscan una vida mejor más allá de las fronteras de la isla.
Barrio Cuba es una película interesante, pero sin duda desigual y sobredimensionada. Las cuatro historias principales que la componen y multitud de pequeñas tramas secundarias puede que consigan su objetivo de mostrar una realidad de La Habana distinta a la que conocemos, pero la necesidad de cerrar todas esas historias – que, como siempre pasa en estos casos, no interesan en igual medida – obligan a un desenlace un tanto alargado y que se decanta por lo melodramático en su tramo final, con alguna que otra escena preparada para que el respetable pueda dar rienda suelta a su emotividad en forma de lágrimas, algo que, como le pasaba a mi otra compañera de butaca, alguno agradecerá, pero que a este cronista le dejó más bien indiferente. Alguna que otra interpretación destacable – no de Jorge Perugorría, que vuelve por enésima vez a hacer lo que mejor sabe, sino de gente como Luisa María Jiménez, Mario Limonta o Isabel Santos -, una presencia constante y de lo más agradable de la música tradicional cubana y ese retrato de La Habana desconocida están entre los puntos más positivos de esta película protagonizada por un puñado de personajes cuyo nexo común es sin duda esa búsqueda de la felicidad un tanto esquiva en medio de una realidad cotidiana que no invita precisamente a relajarse, sino a todo lo contrario. Humberto Solás mantiene, eso sí, que no ha sufrido cortapisa alguna y que ha hecho la película que desde el principio quería hacer, un retrato honesto y sincero para sus compatriotas de un país que, como el dice “siempre ha sido capaz de grandes hazañas y que siempre ha pagado un alto precio por su libertad. Algo así como la Polonia de la América Latina”.

Decididamente, tengo imán para las grandes actrices que presiden o presidieron la Academia. Si en la pasada Seminci tuve un par de encuentros de lo más curioso con Mercedes Sampietro, ahora era Marisa Paredes quien, acompañando al infatigable Manoel de Oliveira, se sentaba un par de butacas a mi derecha para la pryección de un documental premiado en la Seminci que no pude ver en su momento: El Mamut Siberiano. Una de las primeras secuencias de este estupendo documental pertenece a la película objeto del mismo, Soy Cuba, de Mikhail Kalatozov, y deja literalmente boquiabierto: es un plano secuencia que empieza en una calle donde tiene lugar un funeral que se ha convertido en una especie de manifestación espontanea. La cámara asciende y asciende por uno de los edificios mostrando la multitud allí congregada, desplazandose luego a lo largo de sus cornisas en un movimiento tan espectacular como casi imposible. Es una escena de una majestuosidad y una complejidad de realización imposibles de imaginar en una película de 1964. Pero es que, como nos cuenta este documental brasileño, Soy Cuba es así: esta la historia de una película de propaganda realizada en Cuba durante dos larguísimos años de rodaje para los cuales el equipo de filmación soviético tuvo todos los medios que solicitaron para llevarla a cabo, incluyendo cinco mil extras en algunas secuencias y multitud de equipo cubano a su disposición, a los que embarcaron en una aventura apasionante, realizar una apología de la revolución cubana con la estética propia del realismo proletario tan común en aquella época en el cine soviético. La película, cuyo proceso de realización fue tan laborioso como costoso, fue un fracaso absoluto tanto en Cuba – donde los cubanos no se sintieron identificados con la forma tan ‘soviética’ de presentar a su pueblo – como en la extinta URSS – donde incomodaron sobremanera las secuencias que mostraban la época de Batista, prerrevolucionaria y llena de encantos occidentales, como otro espectacular plano-secuencia en una piscina que parece sacado mismamente de El Padrino II – y en ambos países no duró más de una semana en cartel, condenándose después al archivo y a un olvido injusto del que solo fue rescatada cuando Martin Scorsese y Francis Ford Coppola volvieron a estrenar la película en los EE.UU en los años noventa, afirmando sus muchas virtudes… algo que los miembros cubanos del equipo que realizó Soy Cuba que aun viven en Cuba desconocían por completo.

Esta es una de esas historias apasionantes que se descubren casi por azar: el realizador brasileño Vicente Ferraz, que no en vano se formó en la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños, se obsesionó con esta película hasta el punto que ha dedicado años de su vida a reconstruir la apasionante aventura del rodaje de una película que casi es una imagen de la historia de la Revolución Cubana desde sus inicios hasta la decadencia en la que hoy se halla sumida. Llena de momentos brillantes y con el único inconveniente de que aquí en Huelva no se puede, como sí era posible en Valladolid, ver la película original de Kalotozov – algo de lo que doy fe que, tras las imágenes que pueden verse en el documental, dan unas ganas tremendas – El Mamut Siberiano es una de esas películas que nos enseñan a los que creemos saber algo de cine que, en el fondo, no tenemos ni puñetera idea, y que deja con la inquietante sensación de que debe haber por ahí cientos de joyas como esta Soy Cuba, defenestradas en su momento por público y/o crítica, que jamás contarán con un Scorsese o un Coppola que las recupere.

Bueno, pues hasta aquí (con cierto retraso, lo reconozco, pero es que he tenido ciertos ‘problemillas técnicos’ afortunadamente ya solventados) la primera crónica del festival de Huelva. Mañana lunes ya tomaremos el ritmo normal de cuatro o cinco películas por día y les iremos contando todo lo que vaya sucediendo por este simpático festival que me va a permitir, tras una semanita en Sevilla inundada de cine europeo hasta las cejas, cambiar de tercio y ver que se cuece por las igualmente interesantes cinematografías de América Latina.

martes, noviembre 15, 2005

SEVILLA, Crónica 7: Hostage, La Moustache, Red Coloured Grey Truck. PALMARÉS FINAL

Sevilla, Crónica 7 y Palmarés. David Garrido Bazán. Cobertura del Festival de Cine Europeo de Sevilla para La Butaca.Net. Todos los Derechos Reservados.

“Jesús, que tostón. A ver si se lo cargan de una maldita vez al Miki Molina albanés este y nos podemos marchar de aquí…” Esos eran los ominosos pensamientos que, tras apenas una hora de película, rondaban la mente de un servidor, bastante cansado ya por el efecto acumulativo de una semana de festival y una treintena de obras a sus espaldas. La verdad es que no todo debía ser fruto de mi cansancio, porque a esas horas ya eran unos cuantos los que, con buen criterio, habían desertado de la sala donde se proyectaba Hostage (nada que ver con la película de Bruce Willis del mismo título, me atrevería a decir que por desgracia), la película griega que cerraba definitivamente la Sección Oficial dado que la israelí To Take a Wife no solo se había caído a última hora del cartel (ver final de la crónica 5) sino que encima nos acababan de comunicar, sin mayores explicaciones, que su pase de prensa en el Teatro Lope de Vega había sido cancelado, con lo que la mañana se presentaba ideal para darse una vueltecita por Sevilla y tomar un poco el sol. Pero antes tenía que terminar la epopeya del tal Stathis Papadopoulos, el actor de enorme parecido con Miki Molina que interpretaba a Senia, un albanés que a golpe de metralleta y granadas, secuestra un autobús urbano con un montón de griegos dentro y reclama, por este orden, que se le devuelva su honor perdido, se le dé medio millón de euros y vía libre hasta Albania, donde cree en su ingenuidad que podrá reunirse con su familia y amigos y disfrutar del botín conseguido. La historia, que se basa en un hecho real acaecido en Grecia hace unos años, pretende denunciar por la tremenda la forma en la que los griegos maltratan a su nutrida población inmigrante albanesa, a los que desprecian sin disimulo alguno, cuando no reprimen a través de una policía que no se corta un pelo. Para ello, el realizador Constantine Giannaris mezcla sin mucho acierto una pesadísima trama de secuestro ejecutada sin mucho sentido con unos flashback que nos ponen en antecedentes sobre lo mal que lo ha pasado ese pobrecito albanés torturado por la policía, un angelito armado hasta los dientes que embarca a siete rehenes en un inacabable periplo por diversas ciudades griegas hacia la frontera con Albania, donde obviamente todo está destinado a terminar como el rosario de la aurora.

La película pretende que comulguemos con la increíble premisa de que todo el pasaje de ese autobús sufre una especie de Síndrome de Estocolmo colectivo justificado y acaba por ponerse de parte de su secuestrador sin muchas luces contra la malvada policía, olvidándose el director el pequeño detalle de que semejante tema más vale que vaya bien justificado en el guión so pena de caer, como así sucede, en el más espantoso de los ridículos – que alcanza su culmen cuando la madre del secuestrador, en una escena digna de una Medea desgarradora, suplica a su hijo que deponga su actitud cual Nuria Espert en el Teatro Romano de Mérida, y perdónenme ustedes el localismo – lo que sumado a una dirección sin el más mínimo concepto del ritmo narrativo nos aboca a la que quizás sea la experiencia más soporífera – con la posible excepción de la portuguesa O Fatalista, que me echó del cine a los veinte minutos – que he tenido ocasión de ver en esta Sección Oficial. Y los que hayan tenido la paciencia de seguir estas crónicas se habrán dado cuenta que entre los doce títulos que la componen ya tiene mérito, pues hay unas cuantas que serían un estupendo remedio para insomnes recalcitrantes. En fin, que lo mejor que le puede pasar a Hostage para que funcione – si llega a estrenarse – es que cualquier despistado la confunda con su homónima americana y pase engañado por taquilla, porque vaya con la peliculita de marras…

Imaginen ustedes a un tipo que luce un frondoso bigote desde hace unos quince años. Imaginen ahora que, tras sugerírselo a su encantadora esposa y ante la complacencia de ésta, el señor en cuestión decide un buen día afeitárselo mientras está en el baño. Sale del aseo con su nueva cara bien rasuradita, juguetea un poco al despiste con su esposa y finalmente le muestra su nuevo rostro… y ésta no solo no se inmuta, sino que no hace el más mínimo comentario al respecto. Como si nada. Dos de mosqueo. Lo malo no es eso, sino que en la cena posterior, para la que ha quedado con una pareja de amigos de toda la vida, estos tampoco hacen la más mínima referencia a su cambio de aspecto. Pero nada de nada. Como si jamás hubiera llevado bigote y todo fuera de lo más normal. Una de dos: o nadie le ha prestado jamás la más mínima atención – una premisa de lo más deprimente – o estos cabrones están todos conjurados para gastarle una broma pesada y cachondearse de su sonrisa forzada de circunstancias y su gesto desconcertado. Así que, tras varias horas en las que nadie le hace el más mínimo caso, el buen señor explota y le monta un pollo a su mujer, que reacciona diciendo no entender nada y afirmando que de qué demonios le está hablando ¡cuando él jamás ha llevado bigote!

Tan surrealista premisa es el punto de partida de La Moustache, sin duda la película más extravagante vista hasta la fecha en el Festival de Sevilla y la que mayores interpretaciones y discusiones han provocado entre todos los que han tenido ocasión de verla. Interpretaciones que pueden ser todas perfectamente válidas por cuanto la segunda película como director de éste antiguo crítico de cine de las revistas Positif o Telerama (¿Será esta película una sofisticada venganza contra la profesión? ¿Será una provocación? ¿Una tomadura de pelo?) obsesionado con el tema de la identidad y el cuestionamiento de la realidad deja todas las vías abiertas, invitando a los espectadores a entrar en un juego del que nunca ofrece las claves suficientes para una resolución lógica, prefiriendo dejar a la libertad del mismo la opción que a éste mejor le convenga. Durante la primera hora de película uno nunca sabe si los problemas que tiene el atribulado personaje que interpreta el actor Vincent Lindon vienen de un sueño, de que ha cruzado accidentalmente a una realidad paralela en la que efectivamente jamás ha llevado bigote o que, simplemente, es víctima, como parecen creer su esposa y sus compañeros, de un proceso de pérdida de la noción de la realidad causado por un trastorno psicológico que amenaza con llevarle de cabeza al manicomio más cercano, a ser posible enfundado en una camisa de fuerza. Ante tal perspectiva, el personaje de Marc resuelve tomar una decisión desesperada y el director, cargándose por completo la estructura lógica de la película – a estas alturas de la propuesta, uno ya no sabe muy bien donde meterse, tal es el meneo al que las neuronas del espectador son sometidas – nos embarca en un viaje sin retorno en el que uno sigue el alucinante periplo de Marc con la vana esperanza de encontrar algún tipo de explicación lógica a esta trama que parece surgida de la enfebrecida mente del escritor Philip K. Dick en uno de sus días perversos. La Moustache es una película sumamente divertida e inquietante, sobre todo durante su primera hora cuando el espectador aun tiene cierta base firme (bueno, no mucha, pero ya me entienden) a la que agarrarse, pero que corre el riesgo de cabrear sobremanera a los que resuelvan que la película no es más que una boutade destinada a provocar a los que se toman esto del cine demasiado en serio. Sea lo que sea, nadie le negará a La Moustache la espléndida forma en la que está concebida y realizada, con una maravillosa interpretación a cargo de un Vincent Lindon que jamás ha estado mejor y la subyugante presencia (por segunda vez en este festival: también está en el reparto de De Battre Mon Coeur S’est Arrêté) de una actriz muy interesante llamada Emmanuelle Devos y una obsesiva BSO a cargo de Philip Glass que le viene como anillo al dedo a tan paranoica historia acerca del cuestionamiento de la realidad. Aun a riesgo de que en el futuro se enfaden mucho conmigo por recomendarles una película no apta para los amantes de las tramas bien cerraditas, si alguna vez llega a estrenarse en algún cine cercano, acérquense a verla, a ser posible acompañados: les garantizo tanto un más que genuino desconcierto como apasionadas discusiones capaces de prolongarse durante horas. Y al director posiblemente riéndose de tantas disquisiciones en algún lugar recóndito.
Para finalizar con un buen sabor de boca el Festival, les hablaré de una simpática película eslovena que vi a última hora de ayer y que lleva por título Sivi Camion crvene boje (Red Coloured Grey Track). Hay que ver que bien han funcionado en este festival las películas procedentes de los países de la antigua Yugoslavia: De Fosa en Fosa es sin lugar a dudas una de las obras que más grata impresión me ha dejado y si la bosnia Días y Horas sabía contar sin regodeos innecesarios el dolor que la guerra había dejado a su paso, esta peculiar road movie en tono de comedia ambientada en los días previos al estallido del conflicto es una nueva muestra de que los habitantes de aquella zona saben como hacer compatibles el dolor y la alegría saltando de uno a otro sentimiento con una facilidad desconcertante. Red Coloured Grey Track es la historia de dos personajes cuyas vidas se ven unidas accidentalmente: Ratko es un bosnio absolutamente daltónico y obsesionado por los camiones de gran cilindrada que roba uno por el simple placer de viajar por el país. Suzana es una serbia de Belgrado, hija de un estricto general del ejército y vitalista cantante de un grupo de música rock que acaba de descubrir que está embarazada de su último desengaño amoroso. Para olvidarse de todo, huye de casa en dirección a Dubrovnik antes de que se acabe el tiempo que tiene antes de abortar, con la mala fortuna de que es atropellada involuntariamente con Ratko, que se ofrece a llevarla. La película es una acertada sátira sobre dos personas a los que les importa un pito las diferencias que tanto obsesionan a sus compatriotas en los días previos a la guerra: la condición de daltónico de Ratko hace que vea todos los colores más o menos igual, de un apagado tono gris, y su visión de la vida en ese sentido se aplica de igual forma a las nacionalidades y razas de aquellos con los que se cruzan. Por su parte, Suzana tiene una mentalidad de lo más abierta y lo único que le preocupa es ser capaz de aprovechar la vida hasta el último trago y disfrutar el presente como si fuera el último momento. La guerra no es sino un engorro molesto en sus planes. La película funciona porque la contraposición entre dos caracteres tan alejados que desemboca en una peculiarísima historia de amor es de una comicidad y una ternura irresistibles, algo a lo que ayudan tanto las acertadas interpretaciones de Srdjan Todorovic y de la shooting star Aleksandra Balzamovic (gracias a la cual hemos podido disfrutar de esta entretenida película en dicha sección) como la forma en la que el guión alterna situaciones sumamente divertidas con la sombra siempre inquietante de la guerra que empieza a manifestarse por todas partes y cuyas consecuencias amenazan a nuestra pareja… sobre todo porque el espectador sabe desde la primera escena (alucinantemente tarantiniana: cuatro mafiosos que se apuñalan y fallecen a la vez al concluir el trato) que el camión contiene un cargamento oculto de armas con destino a la guerra que está por llegar. Sin ser una gran película, Red Colured Grey Truck es una de esas obras que provocan una enorme simpatía por el cariño que le coges a tan entrañables personajes, en el fondo seres perdidos en busca de algo con que dar sentido a sus vidas, y las situaciones de todo tipo en que se ven envueltos. Mejor terminar con una sonrisa tanta trascendencia.
Palmarés del II Festival de Cine Europeo de Sevilla

Giraldillo de Oro, dotado con 60.000 euros:
De Battre Mon Coeur S’est Arrêté, de Jacques Audiard, Francia

Era la opción más sencilla. Sin duda que la película de Audiard era la más sólida de una Sección Oficial en la que han sobrado títulos interesantes que o bien se hundían en su tramo final (Acusados, Vete y Vive) o que sufrían de un comienzo indigesto (caso de la rumana La Muerte del Señor Lazarescu). Puede que no sea, en opinión de algunos, la mejor película del Festival, pero nadie discutía su presencia en el Palmarés final.

Giraldillo de Plata, dotado con 30.000 euros:
Crash Test Dummies, de Jörg Kalt, Austria.

No se que pudo ver el Jurado en esta película de vidas cruzadas correcta, agradable, pero blandita en términos generales y carente de la más mínima trascendencia, que se olvidaba en cuanto terminaba su proyección. Quizás el Jurado se ha dejado llevar por las buenas intenciones de una película que abogaba por el entendimiento entre dos países como Austria y Rumanía, uno integrado de pleno en la UE y otro recién ingresado tras la ampliación de la Europa de los 25, pero a mi me parece excesivo premio habiendo al menos cuatro títulos mucho más interesantes en la Sección oficial. En fin. Misterios procelosos de los Jurados.

Premio Especial del Jurado, dotado con 30.000 euros:
Johanna de Kornél Mundruczó, Hungría.

Una provocación, entendible solo desde el único argumento de que es la propuesta más radical presentada a concurso, lo que no es ni mucho menos sinónimo de estar ante una buena película, sino ante un pestiño bastante considerable (véase la crónica 2). Incomprensible a todos los niveles y una auténtica tomadura de pelo que el Jurado se haya dejado embaucar por esta indigesta mezcla de ópera, la Grace de Dogville, un episodio de Urgencias y vaya usted a saber que más. Eso si, el homenajeado Bela Tarr puede volverse a su país de lo más contento, ya que a su exitosa retrospectiva puede sumar que es el productor de este premiado disparate.

Premio Eurimages, dotado con 30.000 euros: Caché de Michael Hanecke

Premio del Público a la Sección Europa, Europa, dotado con 30.000 euros:
La Febbre, de Alessandro D’Alatri, Italia (Vaya, ésta no la he visto, cachis)

Premio Signis, concedido por un jurado ecuménico al film que mejor represente los valores humanos: Moartea Domnului Lazarescu, de Cristi Puiu. (Al menos un merecido reconocimiento para la película rumana)

Reflexión final: El Festival de Cine Europeo de Sevilla es un certamen que no va sino a crecer a más y mejor con el paso de los años. Su propuesta, única en nuestro país, permite la experiencia de viajar por lo más actual de las filmografías europeas a lo largo y ancho del Viejo Continente y, pese a algún que otro inevitable disgusto, descubrir obras de lo más interesante, diferentes, alternativas, que son todo un baño de frescura en una cartelera dominada por el cine comercial e incluso en una multitud de festivales que apuestan casi siempre sobre seguro. Como bien dice Manuel Grosso, director del Festival “La variedad en temáticas y nacionalidades de las películas ganadoras es una prueba de la pujanza del cine europeo. Las cintas europeas gustan, sorprenden y emocionan. Sin ninguna duda la lección a asumir es que el cine continental tiene un público”. En el apartado de las cosas a mejorar en el futuro hay que apuntar la mala calidad de algunas de las copias de las películas proyectadas, el gigantismo de las diversas secciones que impiden incluso a los más determinados a ver todo lo que les gustaría por la escasez de pases disponibles (en mi caso particular, con la nada desdeñable cifra de 34 películas vistas en apenas 8 días, les puedo asegurar que alguna que otra se me ha quedado colgada); la falta casi generalizada de directores, actores y actrices que vinieran a defender sus películas en las ruedas de prensa (si ya de por si el cine europeo carece de cierto glamour comparado con el americano, imaginen el poco juego que da que no se presente casi nadie por aquí) y la incomprensible decisión de no aprovechar la ocasión para promocionar alguna que otra película española de futuro estreno que ya hemos comentado. Pero a pesar de lo dicho, no cabe duda de que ha sido una muy grata experiencia y que espero volver a este Festival en un futuro. Sevilla y el cine europeo bien lo merecen.

SEVILLA, Crónica 6: Dead Man's Shoes, Los Invisibles y Don't Come Knocking

Sevilla, Crónica 6. David Garrido Bazán. Cobertura del Festival de cine europeo para La Butaca.Net. Todos los Derechos Reservados.

- Joder la que está liando el tío éste… – era el comentario que, en susurros, podía oírse de cuando en cuando por el Lope de Vega en el pase de prensa de Dead Man’s Shoes, la primera película de la Sección Oficial del día.

El tío en cuestión era el actor Paddy Considine, que estaba aquí bastante alejado del papel de colega borracho de Russell Crowe en Cinderella Man que le vimos hace unos meses. En Dead Man’s Shoes, película en la que por cierto también ha participado en calidad de guionista, Considine interpreta a Richard, un ex-soldado del ejército británico que vuelve al pueblucho de mala muerte del que salió hace unos cuantos años atrás para ejecutar una venganza digna de algunas películas de Sergio Leone… o de Steven Seagal. Un puñado de camellos locales, bastante torpes, son el objetivo de una venganza nada meticulosa – la verdad es que Richard no puede ir más de frente de lo que va contra esta panda de inútiles nada acostumbrados a encontrar resistencia – que tiene que ver con ciertos abusos cometidos siete años atrás contra Anthony, el hermano pequeño y retrasado de Richard, abusos de los que se nos va proporcionando información a lo largo de la película.

Dead Man’s Shoes tiene un tono extraño, a medio camino entre la salvaje violencia desatada y cierto sarcasmo desconcertante, sobre todo en su tramo inicial. Richard no quiere tan solo vengarse: por motivos que iremos descubriendo poco a poco, necesita infundir el terror en el corazón de sus futuras víctimas. Así pues, sus primeras incursiones en sus vidas no provocan daños, sino que son más bien como bromas siniestras que anuncian lo fácilmente que puede introducirse en sus casas y hacer lo que se le antoje, aunque sea algo tan aparentemente pueril como maquillar al jefe del grupo mientras éste duerme, hacer graffittis o decorar chaquetas. Existe cierta intención de buscar la complicidad del espectador, y éste se deja arrastrar con gusto a dicho juego, riendo las gracias del ejecutor pero siendo consciente a un tiempo de que hay algo mortalmente serio que anima sus actos y que ese tipo inquietante al que Paddy Considine dota de una terrible presencia y determinación es capaz de cualquier cosa.

Shane Meadows, un director al que conocemos por 24.7: Twenty Tour Seven y Una Habitación para Romeo, ha construido una película que más allá de la historia de venganza que cuenta, reflexiona sobre la debilidad y como los hombres sienten cierta irresistible tendencia a abusar de ella; y también sobre lo contrario, es decir, la forma en la que esos mismos hombres reaccionan ante la presencia de alguien a quien intuyen mucho más fuerte que ellos. Sin embargo, quizás lo más interesante de Dead Man’s Shoes sea el tramo final de la película, en el que esa historia de violencia que está llegando a su fin muestra su verdadera naturaleza, mucho más compleja de lo que parecía hasta entonces. La ajustada puesta en escena de Meadows – a la que solo cabe reprocharle ciertos excesos en secuencias como la del viaje lisérgico -; una BSO de lo más ecléctico en la que tienen cabida tanto las hermosas composiciones de Arvo Part como los delirios electrónicos de Aphex Twins, una buena fotografía de Danny Cohen y la adecuada interpretación de un reparto casi completamente desconocido – destaca Toby Kebell en el papel del retrasado Anthony – conforman una película bastante entretenida pero de cuyas posibilidades cara al palmarés final un servidor duda por algunas debilidades de guión evidentes, además de por su temática, inhabitual en este tipo de festivales. Y es que, como se comentaba por los pasillos del Lope de Vega a la salida, Dead man’s Shoes era algo así como si para darle lustre a un festival pretendes conseguir lo último de Cronenberg y éste te trae Una Historia de Violencia. Pues muy bien, pero no era exactamente lo esperado.

En cualquier caso, la segunda película del día hizo que valoráramos aun más la propuesta de Shane Meadows, porque la verdad es que Los Invisibles, producción francesa dirigida por un tal Thierry Jousse, nos hizo aburrirnos hasta lo indecible. Una vez vista la película, yo sostengo la teoría de que esta extrañísima película está en la Sección Oficial como uno más de los homenajes que Sevilla está rindiendo a Patrice Chereau, y es que viéndola uno no puede sino acordarse de Intimidad, una de las mejores películas del realizador francés, de la que Los Invisibles es algo así como una versión electrónica con algunas aportaciones cercanas al universo de David Lynch. Me explicaré algo mejor: Los Invisibles cuenta la historia de Bruno, un compositor de música electrónica de esos que buscan los ruidos más extraños, las voces más sugerentes y casi cualquier sonido de la vida cotidiana para, dándole una base rítmica en la mesa de mezclas, conseguir extrañas composiciones. En un chatline telefónico conoce a Lisa, una desconocida cuya voz le subyuga y con la que queda en un hotel para un encuentro sexual. Ella pone las reglas, un poco al estilo de Intimidad: una habitación completamente a oscuras, nada de preguntas y desaparición en cuanto el acto termina. Tras varios encuentros de la misma índole – que despiertan en Bruno tanto una enorme curiosidad como la inspiración y el material que necesita para su música, pues graba los encuentros a escondidas y lo recicla – Lisa desaparece de la vida de Bruno sin dar más explicaciones. Y Bruno, con la inspiración perdida y obsesionado por recuperar a su musa, inicia un sórdido viaje iniciático en su búsqueda, en la que juegan un papel el peculiar portero de su edificio – un enamorado de la música que tiene su propia agenda – y un misterioso personaje, que parece mismamente salido de Carretera Perdida de David Lynch, que le da alguna pistas que, lejos de ayudarle, aun le provocan un mayor desconcierto.

Es evidente que la conexión entre la música – bueno, más bien la acumulación de ruidos y sonidos con cierta base rítmica – y el cine es un elemento muy importante para el director Thierry Jousse. De hecho, quizás lo más salvable de su película sea la idea de que el personaje de Bruno es capaz de organizar el caos en el que vive gracias a la transformación de los ruidos que le rodean en algo parecido la música electrónica, pero no hay que engañarse: Los Invisibles es una película absolutamente fallida que no engancha al espectador con ninguno de sus elementos. Ni la misteriosa historia de amor con la mujer desconocida, ni el enigma que supuestamente se oculta detrás de ella, ni las maquinaciones del portero y ese extraño ‘Mr. Eddie’ al que representa, ni mucho menos las tribulaciones existenciales de un personaje tan radicalmente antipático como Bruno interesan lo más mínimo. Los distintos elementos que componen la película están deslavazados, cada uno marchando un poco a su aire, y si a eso le sumamos que la música incidental de Los Invisibles resulta francamente desagradable y que hay alguna que otra decisión discutible desde la puesta en escena (¿no hay ninguna idea mejor para filmar los encuentros sexuales en la habitación del hotel a oscuras que una pantalla en negro durante varios interminables minutos?), el resultado es que los verdaderos invisibles en la sala hubiéramos querido ser los chicos de la prensa para habernos escapado de aquel horror pretencioso cuya escasa hora y media de duración a algunos se nos hizo eterna.

Así las cosas en la Sección Oficial, el mejor cine presente en Sevilla sigue llegando de la mano de las secciones paralelas, donde uno se siente a veces como Forrest Gump y su caja de bombones, no sabiendo nunca lo que le va a tocar. La tarde del jueves tenía, sin embargo, una apuesta segura: la última película de Wim Wenders y Sam Shepard, Don’t Come Knocking, que ya había estado en la sección oficial a concurso en el pasado festival de Cannes. Si tenemos en cuenta que la anterior colaboración entre el director alemán y el guionista/actor estadounidense dio lugar hace veinte años a una obra maestra llamada Paris Texas comprenderán ustedes la lógica expectación con la que una sala abarrotada esperaba esta nueva película. El problema es que, siguiendo la caprichosa Ley de Murphy, la copia de Don’t Come Knocking que pudimos ver en Sevilla era un absoluto desastre: la mitad de la pantalla se hallaba continuamente desenfocada, los operarios no eran capaces de solucionarlo por más que protestábamos y, en esas condiciones, resultaba muy difícil concentrarse en esta historia crepuscular de amor, relaciones familiares, paternidades recién descubiertas y, sobre todo, de oportunidades perdidas que forman un díptico de lo más curioso con otra película reciente de otro francotirador consagrado como Jim Jarmusch, Broken Flowers. Sin duda, el actor famoso en el tramo final de su carrera interpretado por Sam Shepard en esta película y ese apático don juan al que da vida Bill Murray en Flores Rotas tendrían mucho que decirse si alguna vez se cruzaran. No deja de ser curioso que dos directores tan distintos como Jarmusch y Wenders hayan afrontado temáticas tan parecidas en sus dos últimas películas y es comprensible el desconcierto que provocara en su momento el que ambas coincidieran en Cannes.

Pese a los problemas técnicos en su proyección, hay que decir desde ya que Don’t Come Knocking es una película magnífica que ningún admirador de Paris Texas debería perderse, pues es lo más parecido a dicha obra que Wim Wenders ha realizado en su carrera, un hecho del que es directamente responsable el espléndido guión escrito por Sam Shepard – que también realiza una interpretación más que notable en el papel protagonista – un señor al que si ya de por sí uno admira y envidia profundamente por irse a dormir cada noche en compañía de Jessica Lange, aun tiene más motivos para hacerlo gracias a las historias que escribe. La peripecia de Don’t Come Knocking es la de Howard, un actor que ya ha pasado los sesenta y que en su momento fue una gran estrella gracias a sus papeles de vaquero en multitud de western. Tras una vida llena de excesos en los que no han faltado el alcohol, las drogas y el sexo en grandes cantidades – tampoco es que le falten ahora, incluso en contra de su voluntad – y un lento declive en películas de bajo presupuesto que explotan su imagen de antaño y que no le atraen los más mínimo, Howard decide romper la baraja y huir al galope del rodaje de su último film, refugiándose en casa de su madre –una magnífica y sorprendente Eva Marie Saint- a la que no ha visto en los últimos treinta años. Allí se entera de que, muchos años atrás, una antigua amante le contó a su madre que llevaba al hijo de Howard en su interior. Así que éste, espoleado por dicho descubrimiento, inicia un viaje hacia el pasado en busca de ese hijo perdido con la esperanza de encontrar un cierto sentido a su vida, mientras una especie de detective privado contratado por la aseguradora del filme (un serio y divertido hombrecillo gris al que da vida Tim Roth) persigue a Howard para forzarle a volver al set y cumplir con su contrato.

Es simplemente magnífica la forma en la que Shepard y Wenders nos embarcan en este viaje. Los encuentros de Howard con aquel amor del pasado – una estupenda Jessica Lange a la que su marido le ha regalado un papel precioso – y con un hijo que no solo no le acepta sino que le recibe con una increíble rabia en ese pueblecito perdido de Montana, más la presencia de algún otro personaje que también tiene relación con Howard –Sky, Sarah Polley, en otra de esas composiciones de mujer aparentemente frágil pero llena de fuerza que tan bien se le dan a esta menuda actriz canadiense– conforman una historia en la que los inevitables reencuentros nunca salen como se esperan: Howard y Doreen son dos viejos amantes cuya pasión se apagó hace ya muchos años, dando paso a la indolencia que produce la necesidad de seguir adelante; Earl ha vivido toda la vida sin un padre y no está dispuesto a aceptar a ese extraño que de pronto aparece en su puerta, aunque sea la pieza del puzzle que le faltaba desde hacía mucho; por su parte Sky si tiene ese interés por reconstruir la relación con Howard, pero éste ni siquiera es consciente de su existencia. Todo ello está servido con suma elegancia e inteligencia por parte de Wenders, aprovechando al máximo a un reparto en estado de gracia liderado por Sam Shepard y una colección de temas supervisados por el productor T-Bone Burnett (el mismo que se encargó en su momento de las BSO de O’Brother o Cold Mountain) que, por supuesto, no llega al nivel de inolvidable excelencia de Ry Cooder en Paris Texas, pero que resulta sumamente agradable al oído del espectador y que se ajusta como un guante a las necesidades dramáticas de la película, una obra que tendré que recuperar cuando se estrene en las carteleras españolas porque la verdad es que fue una lástima visionarla en tan penosas circunstancias.

Mañana (por el viernes) termina La Sección Oficial con la producción griega Hostage de la que no se espera que vaya a cambiar la sensación general de que las mejores películas de este algo endeble selección ya han podido verse en el Lope de Vega y por aquí empiezan a circular las quinielas, en las que invariablemente se repiten dos títulos: la francesa De Battre Mon Coeur S’est Arrêté y la rumana La Muerte del Señor Lazarescu, que representan algo así como la lucha entre la que posiblemente sea película más sólida en términos objetivos de la Sección Oficial y la propuesta más cinéfila (y por lo tanto más arriesgada) en el sentido más minoritario del término. Ya saben, la lucha eterna…

domingo, noviembre 13, 2005

SEVILLA, Crónica 5: La Escurridiza, Vete y Vive, La Vida Que Quiero

Sevilla, Crónica 5. David Garrido Bazán, Cobertura del Festival de cine europeo de Sevilla para La Butaca.Net. Todos los Derechos Reservados.

En la última edición de los Premios César, el equivalente francés a nuestros Goya, se vivió una auténtica revolución. Las grandes favoritas de la noche eran Los Chicos del Coro y Largo Domingo de Noviazgo, dos de las producciones francesas más exitosas del año tanto a nivel local como internacional. Sin embargo, fue L’Esquive (La Escurridiza) una modesta producción dirigida por Abdellatif Kechiche, la gran triunfadora de la noche, alzándose con los César a la Mejor Película, Dirección, Guión y Actriz Revelación. Les contaba ayer que está película resulta especialmente interesante de ver en estos momentos por todo lo que está ocurriendo en Francia, ya que L’Esquive es una película ambientada en un suburbio de Paris y sus protagonistas son chavales que viven inmersos en ese particular universo cerrado y que están en esa difusa frontera entre la infancia y la temprana adolescencia, justo cuando el sexo aun no es el centro de sus vidas pero en la que ya están muy presentes los primeros escarceos, la llama del deseo, la rivalidad, el chismorreo y todo eso que hemos visto en tantas películas de iniciación adolescente.

Sin embargo hay un elemento que hace de L’Esquive una película distinta a la vez que irresistiblemente interesante: la descripción de esos juegos ya conocidos en un ambiente, el de los suburbios de París, verdadero caldo de cultivo de los conflictos de los que estamos siendo alucinados testigos a lo largo de los últimos. En ese tipo de suburbios es donde crecen los franceses de segunda o tercera generación, hijos y nietos de aquellos que en su momento emigraron procedentes del Magreb y de otras ex-colonias francófonas. Desde la primera escena de la película uno puede notar la extraordinaria violencia con la que esos chavales están acostumbrados a relacionarse. Cualquier comentario fuera de lugar, cualquier discrepancia, cualquier desacuerdo mínimo acaba convirtiéndose en una batalla campal con gritos e insultos de todo tipo en los que no solamente resulta imposible escuchar al otro, sino que la enorme violencia verbal que se respira está a un paso de convertirse en física. En ese ambiente crispado se está cociendo una de tantas historias de amor adolescentes: Lidia, una joven rubia de ojos azules que en esa barriada poblada de rostros de rasgos que denotan inequívocamente el origen primigenio de sus pobladores destaca – al igual que la Lila de Lila Dice – como un Ferrari en una cacharrería, prepara con enorme entusiasmo una función teatral de la obra de Marivaux ‘Juegos de Amor y Fortuna’. Nuestro protagonista, Abdelkrim, alias Krimo, se ha enamorado de ella. Pero como le cuesta manejarse con las palabras, siente pánico al ridículo y además tiene una reputación que mantener frente a sus colegas del barrio, no encuentra la forma de expresar lo que siente, así que toma una decisión: será su pareja en la obra de Marivaux para, usando las palabras del autor, tratar de conseguirlo. El problema es que la cosa acaba revelándose como una tarea imposible para Krimo, que tiene que pelear con un texto difícil de entender que no puede memorizar, su nula aptitud para el teatro y la incomprensión generalizada de sus amigos, en especial del fiel pero un tanto violento Fahti, que no comprende lo que le pasa a su mejor amigo.

Este argumento tan sencillo sobre el papel se convierte en manos de Keniche en una película contundente que tiene una energía arrolladora y que posee un subtexto riquísimo en detalles sutiles que hacen que la aparente ligereza de la obra sea una herramienta inesperadamente valiosa para comprender un poco mejor los recientes incidentes ocurridos en París y otras ciudades francesas. L’Esquive hace reflexionar sobre el tipo de comunidades nacidas a la sombra de un sistema francés presuntamente integrador de las distintas culturas pero en el fondo creador de barriadas que son auténticos universos cerrados donde los chavales que allí viven no sufren por otra forma de vida mejor ni por esa supuesta marginación porque, simplemente, ni siquiera se lo plantean. Resulta un ejercicio malévolo asistir, por ejemplo, a la aparentemente ligera pero en el fondo durísima escena de la explicación por parte de la profesora de teatro del mensaje último de la obra de Mariveaux – que básicamente viene a decir que por mucho que uno se disfrace de otra cosa, su condición social siempre acaba por imponerse – aplicado a un barrio como éste, convirtiéndolo en un mensaje desesperanzador que los chavales no captarán en su totalidad, pero sí el espectador. Por lo demás, Keniche consigue una obra entretenida, divertida a ratos, sobrecogedoramente violenta a veces y tierna otras, pero en la que siempre subyace un mensaje escondido bastante demoledor. Destacar asimismo el impresionante trabajo que hace el grupo de chavales protagonistas, del primero al último – aunque Sara Forestier, flamante César a la Mejor Actriz Revelación, destaque sobremanera – capaces de transmitir una frescura y naturalidad nada impostada que uno se cree por completo. Basta con ver el modo de comportarse de Fathi para adivinar que ese es el tipo de persona que, pocos años después, harto del tipo de vida que lleve en su barrio y de algún que otro abuso policial, será de los que coja un bidón de gasolina para pegarle fuego a un coche. Muy notable película.

Más que notable impresionante es el calificativo que mejor le cuadra a la primera hora de Vete y Vive, la película de Radu Mihaileanu, el director de aquella estupenda película llamada El Tren de la Vida que en su momento pasó un tanto desapercibida por sus semejanzas temáticas con La Vida es Bella de Roberto Benigni, que concursa dentro de la Sección Oficial. Para comprender en su totalidad la fuerza de esta película sobre el desarraigo más absoluto es preciso, al igual que sucede en la película, hacer una introducción: hace ahora 20 años tuvo lugar la increíble historia del éxodo a Israel de los Falashas, palabra con la que se denomina a los judíos procedentes de Etiopía, judíos que tienen una particularidad única, ya que son los únicos entre los negros africanos que profesan dicha religión, y los únicos negros entre los judíos en la larga historia de esta raza. Los judíos etíopes fueron evacuados de África con destino a Israel – contraviniendo las órdenes del gobierno entonces comunista – por medio de la llamada ‘Operación Moisés’ que salvó en un primer momento a unos 8000 judíos etíopes, si bien unos 4000 murieron en el intento, ya que para llegar a los campamentos de refugiados de Sudán donde los aviones les recogieron, los falashas debieron salir de Etiopía a través de las montañas y, una vez en Sudán, un país musulmán hostil, ocultar su verdadera identidad a la espera de poder ser evacuados so pena de ser asesinados o torturados. El hambre, la sed o el simple agotamiento de un viaje tan tortuoso se llevó por delante a gran parte esa comunidad. La historia de Vete y Vive es la historia de un niño de nueve años cristiano, presente en esos campos de refugiados, a quien su madre obliga a hacerse pasar por el hijo de otra mujer judía con el fin de que sea evacuado y tenga una oportunidad de sobrevivir. Schlomo, que así será rebautizado nuestro protagonista en Israel se convierte así en el portador de un terrible secreto. No podrá revelar jamás su verdadera identidad y, cuando se quede solo por la muerte de su madre adoptiva al poco de llegar a Tierra Santa, empezará su doloroso periplo. Adoptado por una familia judía francesa de ideología muy liberal y casi atea, Schlomo es y será siempre un extraño en una tierra a la que no pertenece, educado por necesidad en una religión que no es la suya, imposibilitado de buscar a su verdadera madre y obligado a convivir con su secreto. Eso por no mencionar que su color negro le hace ser miembro de una minoría continuamente discriminada en Israel, por lo que a pesar del apoyo y cariño de su nueva familia, Schlomo se sabe un impostor que vive una mentira y que, no importa lo inteligente que sea o lo mucho que intente integrarse, jamás lo conseguirá del todo.

La vida de Schlomo es un tremendo fresco de los últimos veinte años de la historia de Israel a través de la mirada interior y exterior de un personaje fantástico que no es ni judío ni palestino ni cristiano, pero que a la vez es en parte algo de todas esas cosas. Schlomo es la viva imagen del desarraigo más absoluto y del que no se puede escapar por mucho que uno lo intente porque cuando uno sabe secretamente que no pertenece al sitio donde vive, está condenado por siempre al desarraigo perpetuo y a la eterna lucha consigo mismo. Su color de piel, su pertenencia a una etnia en cuestión dentro de la propia Israel nos muestra un país con dos caras, que ha pasado de ser víctima a incluso ser jueces y verdugos de aquellos que dice proteger… La película de Mihaileanu resulta brillante, especialmente en su primera hora, cuando describe con una enorme precisión el proceso de adaptación de Schlomo a un mundo completamente nuevo y desconocido – conmociona la escena de las duchas, con el niño aterrorizado por la pérdida de agua a través de los desagües, el peor crimen que se puede cometer en esos países africanos – y su relación con su familia adoptiva. Es una lástima que, en su afán de contar toda la epopeya de un personaje tan dramático, Mihaileanu caiga en el error de no cortar a tiempo y dejar que el espectador que llene los huecos de un personaje del que, a partir de un determinado momento – la despedida, por así decirlo, de su tercera madre, una magnífica Yael Abecassis - ya sabemos que va a ser capaz, pese a todo, de salir adelante. La última hora de esta película innecesariamente alargada estropea buena parte de sus muchos méritos, desembocando incluso en un último plano francamente de vergüenza ajena que deja un regusto muy amargo por cuanto su primera hora es, hasta el momento, sino el mejor cine, sin duda el más emocionante que un servidor ha visto en lo que va de Sección Oficial.

De entre lo visto por la tarde en las distintas secciones paralelas – entre una surrealista historia noruega tipo Vidas Cruzadas (¡otra más!) llamada Hawai Oslo que me dejó absolutamente frío y una comedia italiana llamada Manuale D’Amore, destinada posiblemente a tener cierto éxito comercial por la universalidad inagotable de su temática y por los ingeniosos y divertidos diálogos de sus dos primeros sketches, pero absolutamente cargante según avanza su metraje hasta hacerse incluso aburrida – destacar la presencia de una muy interesante película también italiana llamada La Vita que Vorrei (hoy tocaba cine italiano en doble dosis, que aun no lo habíamos catado en este festival) que se traduciría por algo así como La Vida que Quiero, dirigida por Giuseppe Piccioni y muy bien interpretada por sus dos protagonistas, Luigi Lo Cascio y la impresionante Sandra Ceccarelli, nominada al Premio Europeo a la mejor Actriz por este papel y de la que un servidor se confiesa a partir de este momento un rendido admirador tanto de su incuestionable belleza (¡que manera de mirar la de esta mujer, una mirada capaz de aunar el brillo del amor y una amarga tristeza a un tiempo!) como por su talento interpretativo. La Vita Che Vorrei es, nunca mejor dicho, una película de actores sobre actores, ya que cuenta la tormentosa relación que se establece entre el consagrado actor Stefano y la madura debutante Laura, que tras muchos años de sinsabores tiene su primera gran oportunidad en una producción importante. El amor estalla de forma inevitable entre ellos, pese a que Stefano es un hombre emocionalmente aislado, frío, incapaz de controlar los celos y las muchas inseguridades que ni siquiera una carrera plagada de éxitos han conseguido aplacar. Laura es todo lo contrario: impetuosa, sensual, incapaz de reprimir la fuerza de los sentimientos que desarrolla por Stefano, al que ama con tanta ternura como generosidad.

La película alterna la historia de amor que ambos protagonistas viven en la realidad con la película de época que están protagonizando, en cuyo argumento también dan vida a una pareja de amantes que están obligados a guardar las apariencias, por lo que el director Giuseppe Piccioni utiliza esos vasos comunicantes de forma continua entre realidad y ficción – en ese aspecto, la película recuerda no pocas veces al famoso clásico La Noche Americana de Truffaut - según va avanzando, a trompicones, una historia de amor tan intensa como tormentosa por imposibilidad de Stefano de tratar con sus sentimientos y sus celos. Piccioni, con muy buen criterio, deja a sus dos magníficos actores, ambos acertados en sus composiciones, ambos conmovedores en sus roles, que ocupen el escenario y, con una puesta en escena siempre muy cercana a los rostros de sus protagonistas, que expresan sus sentimientos mejor que sus palabras, consigue una obra emocionante y a ratos incluso dolorosamente arrebatada, a la que tan solo le sobra un epílogo un tanto complaciente que no encaja del todo con lo que la historia parece demandar a esas alturas. Pero, como ya saben los que hayan seguido estas crónicas, y con honrosas excepciones, parece ser moneda común en este festival los finales de películas que no están a la altura de la fuerza inicial de sus propuestas. Cosa que, por otra parte, es un defecto muy propio de casi todo el cine que se hace en la actualidad, un signo de los tiempos al que el cine europeo, desgraciadamente, no parece tampoco del todo inmune.

Quedan dos días de Festival, pero solo tres películas de la Sección Oficial – hoy nos hemos enterado que la producción israelí Ve’Lakhta Lehe Isha (To Take a Wife) que tenía que cerrar dicha sección este viernes ha quedado fuera de concurso por haberse visto en el pasado Festival de Las Palmas – de las que, salvo sorpresas, no se espera que superen lo visto hasta la fecha. Pero también está el último Wim Wenders, Don’t Come Knocking, esperado con mucha expectación o la extravagante La Moustache de Emmanuel Carrière, más alguna cosilla de las secciones paralelas con pinta de interesante, así que aun no pierdo la esperanza de encontrar alguna joya escondida entre esta auténtica marabunta de películas. Eso si, se echa de menos, posiblemente por tratarse de un festival tan joven, la presencia de directores y autores que defiendan en rueda de prensa sus propuestas, fuente tanto de información como de jugosas anécdotas de las que estamos un tanto desasistidos. Y como a uno no le ha dado por seguir las retrospectivas de Bela Tarr o de Patrice Chereau, que sí andan por aquí de forma más o menos habitual, disfrutando del agradable sol de Sevilla – perdonen que insista, pero es que nos están haciendo unos días de fábula: hasta el húngaro Bela Tarr, que inunda de lluvia y mal tiempo en general sus películas, se ha declarado impresionado por el particular – pues no hay mucho que rascar en ese sentido, y cosas tan intrascendentes como la presentación de un futuro estreno por parte de Imanol Arias llenan más páginas que los comentarios sobre las películas, tal es el hambre de glamour. Eso si, una pregunta flota en el ambiente ¿Por qué no habrá ni una sola película española a concurso en la Sección Oficial, si solo hay doce títulos? Vale que se trata de dar a conocer el cine europeo al espectador español, pero digo yo que nosotros también somos Europa ¿o no? Pues eso, joder, pues eso.

jueves, noviembre 10, 2005

SEVILLA, Crónica 4: Quand la Mer Monte, Falsher Bekenner, Love+Hate, White Terror

SEVILLA, Crónica 4. David Garrido Bazán. Cobertura del festival de cine Europeo de Sevilla para La Butaca.Net. Todos los derechos reservados.

Estaba yo escuchando por enésima vez la Traviatta en la primera película de la mañana y empezando a pensar que iba a odiar tan conocida pieza a base de machacármela, cuando de repente va el personaje que acompaña a la protagonista de Quand la Mer Monte (Cuando la Marea Sube) y dice:

- Oye, ¿no tienes otro CD de música en el coche que éste?

Y la verdad es que me provocó una sonrisa cómplice. Me pregunté si los directores de esta película francesa de la Sección Oficial se habrían percatado a esas alturas del guión que ya estaba bien de tanto Verdi y que el espectador agradecería el guiño. La película francesa dirigida a cuatro manos por Gilles Porte y por la protagonista absoluta del mismo, la estupenda actriz Yolande Moureau narra una historia de amor bastante convencional con dos personajes que no lo son en absoluto, lo que tiene cierta gracia. Irene es una actriz ya en la cuarentena que está haciendo una gira por el norte de Francia con un espectáculo individual de carácter cómico. En una de sus actuaciones conoce a Dries, un joven que se dedica a otro oficio curioso: fabrica y lleva gigantes de esos que participan en los desfiles de las fiestas de los pueblos. Dries se queda fascinado con el espectáculo de Irene, que verdaderamente se transforma sobre el escenario, y comienza entre ellos una relación de complicidad que, con el tiempo y la persistencia de él, que la somete a uno de esos cortejos llenos de ternura más propios de otros tiempos que de los actuales, se irá convirtiendo en una pequeña historia de amor gracias también a que Irene empieza a redescubrir sensaciones que no resulta atrevido aventurar que quizás llevaran cierto tiempo adormecidas. El problema, claro, es que Irene tiene un marido y un hijo que la esperan en Paris a que termine su gira, y la ilusión que Dries despierta en ella choca con la realidad de su vida. Nada nuevo bajo el sol, aunque eso si, contado con sensibilidad y ternura.

El mayor problema, en mi opinión, de Quand la Mer Monte es que es una película que, durando tan solo una hora y media, parece que dure tres. No es que esté mal interpretada – no lo está en absoluto: Yolande Moreau, que ganó el César a la Mejor Actriz por este papel, está magnífica – ni siquiera mal concebida, pero uno no deja de tener la molesta sensación de que es una película ya vista cuyo mínimo entramado dramático y su inevitable conflicto se alarga en exceso. Otro de los problemas añadidos es que la representación teatral que Moureau hace cada noche – de la que vamos viendo distintas partes a lo largo de la película – interesa bastante más que la película en sí (es decir, uno se queda con ganas de verla entera), lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta el origen de esta película: Gilles Porte vio quince años atrás a Yolande Moureau hacer esa misma obra – que, por cierto, al igual que el guión de este filme, había escrito ella misma – y le fascinó tanto que se quedó con la idea de hacer una película sobre una actriz madura que viajaba sola por el norte de Francia. Quand la Mer Monte es, en fin, una película que como suele decirse cuando queremos hablar de una obra que no deja huella alguna, pero que tampoco molesta especialmente, se ve con agrado, y que deja, eso si, una excelente interpretación de su actriz, directora y guionista, a la que hay que reconocerle el mérito de haber creado al menos una historia de amor que si bien no es nada original, si está protagonizada por dos personajes cuanto menos poco usuales. También queda en el haber de esta película una secuencia final bastante hermosa que cierra la película dejando mejor sabor de boca que ese desigual tramo final alargado de forma innecesaria.

Bastantes peores sensaciones dejó la segunda película de la Sección oficial de la jornada, el tostón alemán Falscher Bekenner (Low Profile) dirigido por un tal Christoph Hochhäeusler. La película gira exclusivamente en torno a Armin, un joven de dieciocho años que acaba de terminar el instituto. Armin es un joven como muchos de su edad: apocado, reservado, tímido, aburrido. Tiene sus póster de Eminem, sus escarceos con una chavala que parece que le gusta, siente la presión constante de unos padres bienintencionados que quieren que encuentre trabajo, fantasea con provocar accidentes y, como todo el mundo, tiene sus hobbies como la mecánica de coches o pasar a veces por un apartado aseo de una zona de descanso de la autovía para hacerles unas mamaditas a unos cuantos motoristas vestidos de cuero de arriba abajo. En fin, cosas de lo más normal. El caso es que la vida de Armin es taaaaaaan aburrida y el pobre chico sufre tales problemas de comunicación, que el director, para que sintamos bien su hartazgo vital, nos propone una película igual o más aburrida que la monótona vida de su protagonista, que no tarda en revelarse a nuestros ojos como un completo gilipollas del que nos importa más bien poco lo que le pase. A diferencia de lo que pasaba en la interesante Las Horas del día de Jaime Rosales, en las que la rutinaria vida de un tipo normal se veía de vez en cuando sobresaltada por unos espeluznantes crímenes arbitrarios que sacudían al espectador, en Falscher Bekenner no hay nada que despierte el tono insoportablemente plano de la película, que se revela como una experiencia bastante insoportable en la que solo hay una idea que me pareció salvable: la denuncia de la estupidez de algunos de los procedimientos para seleccionar al personal de trabajo, ejemplificada con una entrevista en la que entrevistador y entrevistado conversan portando unas inexpresivas máscaras blancas en una habitación en la que todos los presentes la llevan. De lo más inquietante. Algunos querrán ver en esta película una metáfora de los problemas acuciantes de nuestra sociedad, de la crisis de la institución familiar o de la incomunicación como signo de nuestros tiempos. No les hagan caso: por más que lo intenten, Hanecke solo es uno y su maestría dirigiendo no es tan fácil de reproducir como parece.

Lo que está sucediendo estos días en Francia llama mucho la atención en todo el mundo, pero especialmente entre la prensa francesa acreditada en Sevilla, que vive pendiente de cualquier novedad al respecto. En la jornada de la tarde dio la casualidad de que uno podía enlazar consecutivamente tres filmes que, de una forma o de otra, tocaban directamente el tema de la integración de los inmigrantes de segunda generación – es decir, los hijos de los que vinieron, criados y educados ya como nacionales de sus países de acogida – o algunos otros que también tienen relación con ellos, como algunos inquietantes avisos sobre la forma en la que las organizaciones neonazis y racistas han evolucionado en los últimos años. Las tres, además, pertenecen a la misma sección: Generación Europa, en teoría, aquella del festival dedicada a un público más joven por sus temáticas cercanas a ellos. Y éstos llenaron las tres sesiones.

Love+Hate es una producción inglesa que parece haber decidido que merece la pena tomar la misma estructura dramática y mensaje de Solo un Beso de Ken Loach (valen asimismo Oriente es Oriente o Quiero ser como Beckham, pero la de Loach es la que mejor se ajusta) y, convirtiendo en adolescentes a los protagonistas de su historia de amor imposible – él, un chico blanco procedente de un entorno racista; ella, una chica de origen pakistaní que por supuesto jamás ha tratado con chicos – conseguir que estos lleguen al público que más llena las salas. La jugada bien puede funcionar porque la película, sin ser ninguna maravilla y transitando por los caminos esperados, es bastante correcta y permite un juego de espejos que si bien desde el guión resulta un tanto forzado – a la vez que la pareja de chicos va viviendo su historia, asistimos a la doble moral hipócrita del hermano mayor de ella, capaz de iniciar una relación más que casual con la joven compañera de su hermana en el trabajo – en la práctica funciona bastante bien para tener una visión de conjunto del problema de una política de emigración que no pretende ser integradora (como en Francia o en España) sino que no interfiere en la forma en las que las minorías llevan sus respectivas culturas, lo que sigue provocando una división enorme entre la teoría y la práctica, sobre todo en las pequeñas ciudades industriales del norte de Inglaterra, muy alejadas todavía de ese Londres cosmopolita y multirracial que estamos acostumbrados a ver. Como decía, la película no se mueve un ápice ni de las estructuras dramáticas ni de los posicionamientos manejados por Loach en Solo un Beso, aunque si hay que destacar que el empecinamiento del director en trabajar con actores no profesionales pero con experiencias cercanas a lo que se cuenta en la película le da buen resultado en cuanto al objetivo buscado: los diálogos son frescos, las interpretaciones tienen ese halo de naturalidad que hace creíbles personajes y situaciones y hay momentos puntuales de bastante energía dramática, que surge de conflictos, eso sí, muy conocidos y previsibles. Lo único que verdaderamente chirría en la película es la obsesión del director por meter con calzador unas cuantas baladas comerciales que expresan los sentimientos de los personajes cuando resulta innecesario y hasta perjudicial por lo reiterativo: solo el tema que cierra la película se ajusta bien a las necesidades del filme en ese momento, mientras que las otras provocan una sensación de artificio que choca con la naturalidad que domina la mayor parte de la propuesta.

White Terror es un documental sobre la evolución actual de los movimientos neonazis en el mundo realizado por el especialista en el género y el tema Daniel Schweizer, que ya había abordado dicha problemática en sus dos trabajos previos Skin or Die (1998) y Skin Attitude (2003). Schweizer parece haberse convertido en uno de los pocos cineastas que goza de la suficiente confianza dentro de los tenebrosos círculos de estas organizaciones como para que éstos acepten aparecer delante de su cámara, exponiendo libremente sus opiniones y sus objetivos. Hace unos meses, a propósito de mi crítica sobre El Hundimiento, insistía en un hecho que me parece fundamental: es un error demonizar por completo el nazismo hasta tal punto que no seamos capaces de reconocer que la gente que está detrás de ellos, por repugnante que pueda parecernos dicha idea, no distan de nosotros tanto como nos gustaría. O, dicho de otro modo, que el mal que permitió en el pasado fenómenos como el nazismo no está erradicado ni mucho menos de la condición humana, sino que es parte de ella, por mucho que nos cueste aceptarlo. White Terror no llega tan lejos en sus análisis, pero sí lo suscribe de forma indirecta, con su exhaustivo trabajo de campo dedicado a contarnos como las organizaciones neonazis de todas partes del mundo siguen difundiendo su mensaje de odio y racismo e intentando agruparse de forma internacional, aprovechando las facilidades que les da Internet – ya se sabe: la libertad absoluta de información tiene estos riesgos - y sorteando las legislaciones menos permisivas desplazándose a aquellas en las que la libertad de expresión les concede un margen más amplio de actuación.

El trabajo de Schweizer debería ser de visionado obligatorio en todos los institutos de enseñanzas medias de toda Europa para que los que son los verdaderos objetivos de esas organizaciones, adolescentes a los que poder contaminar desde una muy temprana edad con consignas tan sencillas de aprender como manifiestamente falsas que incitan al odio y a la violencia racial – además de reescribir la historia a su antojo, claro – pudieran ver al enemigo de cerca. El huevo de la serpiente está lejos de haber sido erradicado del todo como demuestran algunas de las entrevistas y los datos que ofrece Schweizer en su trabajo, que está realizado un poco al estilo Michael Moore – salvando las distancias: Schweizer se toma esto muy en serio y aquí no caben bromas – con el director narrando con su propia voz en off y apareciendo constantemente en pantalla mientras graba sus imágenes y entrevista a los temibles sujetos que desfilan por ellas. Es una hora y media que sirve para darse cuenta de hasta que punto las organizaciones de extrema derecha, racistas o directamente neonazis han superado la fase skinhead violenta que marcó su desarrollo en los años noventa para, con la ayuda de las nuevas tecnologías, trabajar mucho más en la sombra, más sutilmente y sin acaparar tantas portadas como antes… pero siendo igual de dañinos y peligrosos que siempre. De acuerdo, puede que si nos atenemos a la fría estadística – 350.000 neonazis conocidos en los USA no son mucho si pensamos que estamos hablando de un país de más de 300 millones de habitantes – y consideramos que de momento los partidos de extrema derecha que han conseguido representación en Parlamentos europeos no han tenido el crecimiento esperado y temido, a lo mejor no hay motivo para alarmarse. Pero cuando el documental habla del rápido crecimiento de estas organizaciones en países como Suecia (¡Suecia!) o la Rusia de Putin – el análisis que se hace de las conveniencias del poder con algunas de ellas llama mucho la atención sobre un problema creciente – la verdad es que uno se remueve inquieto en la butaca. Aunque nada tan perturbador como la escena en la que una estadounidense, madre de dos querubines rubios de no más de cuatro años de edad, suelta a la cámara de forma resuelta que ella se ha criado como racista y que piensa criar a sus hijas de igual modo “porque es una cuestión de supervivencia de la raza blanca”. Luego ves a esos niños –porque aun siguen siendo niños – en las manifestaciones neonazis y piensas, con una mezcla de lástima y terror, que el ser humano no tiene remedio.

Tendría que hablaros también de L’Esquive (La Escurridiza), la magnífica película francesa ambientada en un barrio suburbial de París que completaría este análisis a la perfección, pero por razones de espacio – y, a que negarlo, cierto agotamiento mental - lo vamos a dejar para la crónica de mañana. Seguid atentos, que aun quedan muchos platos interesantes en este festival de cine europeo que ahora está cruzando su ecuador.

miércoles, noviembre 09, 2005

SEVILLA, Crónica 3: Crash test Dummies, La Muerte del Sr. Lazarescu, Days and Hours, Stolen Eyes, Crossing The Bridge

SEVILLA, Crónica 3. David Garrido Bazán. Cobertura del festival de cine europeo de Sevilla para La Butaca. Net. Todos Los Derechos Reservados.

Lo bueno que tiene estar en un Festival de cine europeo es que hay días, como el de hoy, que uno tiene la sensación curiosa de estar haciendo un viaje casi físico por Europa, cruzando fronteras de países limítrofes entre sí o uniendo temáticas muy parecidas en obras de autores muy dispares. Veámoslo con un ejemplo: la crónica de la jornada de hoy va a ser como un viaje en cinco etapas. Siéntanse por un instante como un turista accidental y acompáñenme por las tripas de la vieja Europa.

Primera Parada. Austria. Película: Crash Test Dummies. Sección: Oficial.

Una pareja de jóvenes rumanos cruzan la frontera hacia Viena para hacer un trapicheo con el que conseguir un poco de dinero rápido para salir adelante. El problema es que una vez llegados a Viena, las cosas se complican y se ven obligados a permanecer allí por espacio de una semana, sin apenas recursos. Por otro lado tenemos a una pareja de austriacos que comparte piso. Jan, lo más parecido que hay a un protagonista en esta historia de vidas cruzadas, es un hombre tranquilo, sensible, que está intentando superar una reciente ruptura – con la vecina que vive enfrente de su apartamento – y acaba de empezar a trabajar como detective en unos grandes almacenes. Su compañera, Martha, es una colgada adicta a todo tipo de sustancias narcóticas que vive permanentemente ausente del mundo real y que tiene otro trabajo la mar de curioso: prueba las reacciones humanas a choques de coche, como los crash test dummies del título, pero en versión real y algo más controlada. Bueno, pues las vidas de estos cuatro personajes se cruzan una y otra vez – tanto que a veces más que en Viena parece que estamos en un pueblo de 200 personas – a lo largo de los días. La película de Jörg Kalt es una de esas propuestas que uno puede ver con relativo agrado, pero cuya intrascendencia es tan tremenda y su mensaje – de haberlo, que esa es otra – tan nimio, que se olvida un instante después de abandonar la sala. Teóricamente, la película ofrece un constante cambio de ritmo y movimiento, como los violentos acelerones y frenazos que sufren los dummies en sus pruebas, pero la teoría se queda en eso, en teoría, porque en la práctica la verdad es que nada interesa demasiado en esta propuesta blandita que se sitúa en los días previos al paso de la Europa de los 15 a la de los 25. Como mucho, pueden salvarse por los pelos algunas situaciones curiosas que pueden provocar la sonrisa y sus buenas intenciones en cuanto a la integración de distintas culturas y tal, pero todo queda en la simple peripecia de estos cuatro personajes que empiezan casi como acaban sin que su viaje saque de la modorra al espectador.

Segunda Parada. Rumania. Película: La Muerte del Señor Lazarescu. Sección Oficial.

La verdad es que si las cosas en la Rumania actual están tan mal en algunos aspectos como la pintan en esta película. No es de extrañar que los dos jóvenes protagonistas del filme anterior traten de buscarse la vida como pueden trapicheando con coches robados en el país vecino. La Muerte del Señor Lazarescu, flamante nominada a dos premios del Cine Europeo – dirección y guión – tiene en opinión de este cronista, aun siendo una película muy interesante por los motivos que luego comentaré, dos enormes problemas. Uno es su título, que anticipa la resolución de la película. Otro es su duración: 159 minutos. En cuanto al primero, que a priori por si solo no debería ser un problema – ejemplos de películas cuya resolución conocemos de antemano hay a patadas, y no por ello dejan de tener interés – lo que ocurre es que cuando uno ve los cinco primeros minutos de la película y descubre de qué va la propuesta, lo pone en relación con el segundo obstáculo, temiéndose muy mucho lo que viene a continuación. La película, sucintamente, nos narra en tiempo real las tres últimas horas de la vida del señor Lazarescu, un señor viudo de 63 años que vive solo en compañía de sus tres gatos en una casa algo descuidada. Pese a estar operado de úlcera y a la opinión de todo aquel con el que se cruza en estas tres horas, Lazarescu le da con fruición a la botella, por lo que no resulta extraño que empiece a sentirse mal. La primera hora de película se dedica exclusivamente a mostrarnos el lamentable estado en el que vive nuestro protagonista, con sus varices, sus gatos piojosos y sus vecinos, que le prestan cierta ayuda pero que critican su desastrada forma de vida, mientras esperamos a que aparezca una ambulancia. Durante esa primera hora, con una puesta en escena cuanto menos dudosa (¿Qué sentido tiene la cámara al hombro en un plano fijo de cuatro minutos mientras Lazarescu mantiene una conversación telefónica, con la cámara tambaleándose continuamente? ¿No sería mejor usar, al menos en ese plano, un puñetero trípode?) un servidor se aburrió hasta tal punto que sintió la tentación de dejar la sala en varias ocasiones. Es lo que decía antes: esto es tiempo real y ya sé que los síntomas que está empezando a sentir este pobre hombre van a acabar desembocando en una muerte tan penosa como la vida que ha llevado ¿de verdad quería seguir viendo más?

Sin embargo, he de decir que la película mejora un tanto en cuanto nuestro hombre consigue al fin algo de asistencia médica y empieza el verdadero tema de la película, que no es sino una furibunda denuncia de la forma de trabajar de parte de los profesionales de la medicina en Rumania. El señor Lazarescu tiene la mala suerte de que esa noche es sábado y que además ha habido un gran accidente en una autovía cercana cuyos heridos tienen colapsados los servicios de Urgencia. Así que mientras la ambulancia recorre los distintos centros hospitalarios de Bucarest, asistimos entre perplejos y alucinados a la forma en la que el estado del señor Lazarescu va empeorando de forma progresiva según le mandan de un centro a otro. Como si fuera una patata caliente de la que nadie quisiera hacerse cargo en una noche tan complicada como esa, el penoso periplo del señor Lazarescu, solo acompañado por la enfermera de urgencias que le atendió en un primer momento, nos muestra la terrible deshumanización que han alcanzado ciertos médicos, mucho más preocupados de dejar clara la jerarquía que tienen con respecto a las enfermeras y de explotar su pequeña parcela de poder como pueden que de hacer bien su trabajo. Las broncas al paciente por beber y provocar su estado actual, las confusiones en los diagnósticos, a veces incluso contradictorios, la indolencia y falta de profesionalidad de algunos de los médicos, el maltrato generalizado, en fin, provocan un enorme estupor e indignación a la vez que conforman una contundente denuncia de un sistema que no funciona, al menos en algunos casos. Desde ahí, hay que reconocer que la película supera su bache inicial de interés y consigue implicar al espectador de una forma directa y terrible. El problema es que una vez terminada la película, uno no puede sino preguntarse por qué motivo el director Cristi Puiu no nos ha ahorrado la insufrible hora inicial – la película sería igual de contundente sin ella, y el espectador entendería a la perfección su mensaje, ahorrándose el agotamiento con el que llega al final de su visionado, lo que también es algo a tener en cuenta – para centrarse en lo que verdaderamente importa. Aun así, visto como va la Sección Oficial, no sería de extrañar que esta película consiguiese algún premio en el palmarés final, tanto por la falta de obras de gran nivel hasta el momento como por sus propios méritos.
Tercera Parada. Bosnia – Herzegovina. Película: Days and Hours. Sección: Europa, Europa.

La herida más reciente de la vieja Europa sigue sangrante. Todavía estamos en la fase de aceptación de la enormidad de lo ocurrido en la antigua Yugoslavia, lejos del perdón y el olvido. Las consecuencias de aquellos hechos son abordados en esta pequeña gran película que partiendo de una anécdota argumental tan simple como una visita familiar de un sobrino a sus ya viejos tíos, traza de forma tan modesta como efectiva un pequeño análisis de cómo los habitantes de aquella zona, los supervivientes, siguen adelante con sus vidas como buenamente pueden. Fuke llega a la casa de sus tíos Idriz y Sabira para arreglarles una caldera de agua caliente estropeada. Idriz y Sabira perdieron a su único hijo en la guerra y esa pérdida pesa de forma abrumadora en sus vidas, aunque no hablen del tema. Sus silencios, sus gestos, sus miradas, son mucho más expresivos de su dolor que sus palabras. Son gente normal, abocados a haber sobrevivido a su hijo, hecho con el que tratan de convivir día a día. Su nuera volvió a casarse – algo que Idriz ni entendió en su momento ni ha sabido perdonar del todo ahora - y alejó a su nieta de ellos. La llegada de Fuke, un sobrino de edad parecida a la de su hijo perdido con el que le unían no pocas cosas, despierta en ellos viejos recuerdos de forma inevitable. Y Fuke, aunque tiene sus propios problemas de los que ocuparse y sus decisiones que tomar, es consciente, como nosotros, de la situación. Con estos pocos elementos, y a través de conversaciones delante de un café o de un coche estropeado, arreglando un viejo laúd que hace tiempo que no suena o visionando viejas cintas de video familiares, el director Pjer Zalica – un especialista de documentales que hace aquí su segundo largometraje – consigue transmitir todo el duelo de esos supervivientes sin regodearse en el dolor de sus personajes ni optar por la vía tragicómica al estilo Kusturica – aunque no falta algún que otro momento de humor en la película y, por supuesto, la imprescindible música que siempre acompaña a los vitalistas habitantes de aquellas latitudes – sino que encuentra su propia forma de llegar al corazón del espectador de forma tranquila, pero sin pausa. Es cierto que cierta previsibilidad y una resolución algo pastelera juegan en contra del filme, pero la verdad es que esta Kod amidze Idriza – título original de la película – es una obra notable que, una vez más, demuestra que uno de los focos de mayor interés del cine europeo actual se concentra en lo que antes era la antigua Yugoslavia.

Cuarta Parada. Bulgaria. Película: Stolen Eyes. Sección: Eurimages.

La película que representará a Bulgaria en los próximos Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa nos descubre un hecho terrible de la historia de ese país que un servidor desconoció por completo en su momento. En 1985, el gobierno comunista de Todor Zhivkov decidió que ante el cada vez más creciente número de la minoría turca presente en el país y el miedo de que eso llevará a futuras demanda de autonomía o incluso de secesión, era una buena idea ‘bulgarizar’ a dicha minoría. Tal proceso de ‘bulgarización’ consistió en convertir los nombres originales turcos de dicha minoría en nombres y apellidos búlgaros, pasando los nuevos a ser los nombres oficiales de dichas personas. Se prohibió vestir a la manera tradicional turca, la celebración de sus fechas tradicionales, la música de sus instrumentos e incluso hablar en turco. En el colmo de los desatinos, el gobierno ‘deslocalizó’ a los integrantes de dicha minoría cambiando sus lugares de nacimiento por otros a su conveniencia y usando el poder de su burocracia administrativa para reflejar dichos cambios de forma inamovible, causando desmanes tales como eliminar los cementerios turcos, llegando al extremo de borrar los símbolos turcos de las lápidas o, directamente, removiendo dichas lápidas de sus tumbas originales. Todo ello culminó en 1989, unos meses después de la caída del Muro de Berlín, cuando el Gobierno búlgaro llegó a un acuerdo con el turco para abrir las fronteras e invitar a todo aquel ciudadano búlgaro de ascendencia turca que lo desease a abandonar el país, cosa que muchos hicieron.

¿A que la historia tiene una innegable fuerza? Pues bien, el director Radoslav Spassov – como ya le sucediera al griego Vulgaris con Brides – desaprovecha tal caudal de material dramático en función de una forzadísima e incomprensible historia de amor entre un soldado búlgaro integrante de la división especial encargada de dicho proceso y una valiente chica turca que se resiste al mismo, perdiendo a su hija de corta edad en una manifestación de protesta... por culpa de ese mismo soldado. La cosa empeora porque ambos, traumatizados uno por causar la muerte de la niña – manido recurso, ese de la amnesia post-traumática - y otra por haberla perdido, coinciden en el mismo centro psiquiátrico (!) y empiezan a conocerse mejor y a enamorarse (!!). La cosa es un desatino de tales proporciones (además de francamente mal rodado en algunos de sus pasajes) que provoca hasta indignación por lo mucho que se desaprovecha un material desconocido en Occidente con el que podría haberse hecho una película excelente. Ni los esfuerzos interpretativos de una interesante Vessela Kazakova en el papel principal son capaces de sacar del sopor al espectador, que además puede despistarse por el enorme parecido que el protagonista, Valery Jordanov, guarda con el piloto de Fórmula 1 de Ferrari Michael Schumacher. Tanto que, a veces, uno tiene la sensación de que va a montarse en el bólido rojo del ‘Cavalino Rampante’ de un momento a otro. Por cierto, me pregunto que pensaría el director Spassov, presente en la sala y que hizo una breve presentación (que me impidió quedarme a escuchar las preguntas que después le haría el público, porque empezaba mi siguiente película en otra sala) cuando vio la forma en que la copia de su película era proyectada: un auténtico desastre del que nadie parecía hacerse cargo, con la imagen descentrada y continuos cambios de foco en los momentos supuestamente más dramáticos. Todo un poema.

Parada Final. Turquía. Película: Crossing The Bridge. Sección: Eurodoc.

Cruzamos el puente que une Estambul con el viejo Continente, la puerta que separa Asia y Europa, para adentrarnos en un documental surgido al abrigo del éxito de la película de Fatih Akin Contra la Pared, película triunfadora aquí en este Festival el pasado año. La película de Akin gustará más o menos, pero lo que no puede negarse es que su BSO sorprendió de forma muy positiva a casi todo espectador que la vio, especialmente las piezas musicales turcas. Pues bien, Crossing the Bridge es un documental que siguiendo al músico alemán Alexander Hacke en su periplo por Estambul con un estudio de grabación digital, trata de capturar la inmensa diversidad musical que llena ahora las calles de la capital que une dos continentes y que es todo un crisol de culturas musicales en permanente ebullición. Quien se piense que este documental es hora y media de música turca tradicional, que se lo vaya quitando de la cabeza: por Crossing the Bridges pasan músicos tan diversos como la banda de rock psicodélico Baba Zula – a medio camino entre Pink Floyd y el músico Zeki Müren, según confesión propia -, bandas de rock tradicionales como Duman o Replikas, estrellas del hip-hop local como Ceza – que es algo así como el Eminem local, y que rapea a una velocidad de vértigo, como una verdadera ametralladora -; los Istambul Style Breakers, que son los representantes del breakdance turco, el enorme Mercan Dedé y su hermosísima flauta Ney, que mezcla con sonidos digitales y con los bailes tradicionales de los derviches; el clarinetista Selim Sesler y sus músicos gitanos esparcidos a lo largo del país – en este fragmento hay una curiosa teoría sobre el origen del flamenco que, claro, aquí en Sevilla, provocó no poca controversia en la sala-; la curiosa historia de la cantante canadiense folk Brenna Mc Crimmon, que siente tal amor por la música tradicional turca que la ha hecho suya y la canta allá donde va, habiéndose convertido en una estrella ‘adoptada’ en el país; los músicos callejeros (cantautores, percusionistas, etc.) que se ganan la vida en las plazas de Estambul y a los que parece importarle más su libertad para tocar que ganar dinero; la emotiva historia de la cantante Aynur, una mujer kurda que hasta hace bien poco tenía prohibido, como el resto de los miembros de su etnia, hablar y cantar en kurdo o cualquier otra demostración cultural propia – un momento ¿esto no lo habíamos vivido intercambiando los papeles de verdugos y victimas en la película búlgara Stolen Eyes hace un momento? Pues si: fíjense que ironías tiene la vida – hasta que la UE obligó a levantar dicha prohibición, decisión de la que se está beneficiando una sociedad que siempre ha sido multiétnica… y por supuesto, un fin de fiesta con la gran Sezen Aksu, la diosa de la canción tradicional turca.

Se equivoca el que busque en Crossing The Bridge algo más que un ínfimo intento de aproximación a parte de las músicas que invaden Estambul – destinado, obvio es decirlo, a resultar un retrato incompleto, en el que son todos los que están pero ni mucho menos están todos los que son -, o quien critique a la película por no ofrecer un trabajo de dirección con una fotografía menos sucia y directa que realce más la belleza de la ciudad o menudencias como que su guión no ofrezca una columna argumental al filme. Crossing The Bridge no lo necesita: es una experiencia visceral, y ni tan siquiera pretende ser exhaustiva ni agotarte con innumerables números musicales completos. Evidentemente, no tiene una férrea historia detrás como por ejemplo El Milagro de Candeal pero ¿a quien le importa? Lo que pretende es que todos aquellos que desconozcan la música turca hagan su primera aproximación a un universo tan fascinante de la mano de los propios artistas turcos y los que ya conocemos algo el paño, bueno, que disfrutemos de lo poco ya conocido y nos sorprendamos con lo mucho que aun nos falta por conocer. De lo más recomendable.

El turista acaba por hoy en su periplo en el estrecho del Bósforo, con el tiempo justo de echar un vistazo al continente asiático que se extiende ante sus ojos antes de, al compás de una música evocadora y extrañamente cercana, volver sobre sus pasos. Mañana volveremos a viajar por la vieja Europa y a descubrir las maravillas que sus cinematografías nos tienen preparadas. Créanme: durante esta semana el viaje no parece tener fin. Afortunadamente.

lunes, noviembre 07, 2005

SEVILLA, Crónica 2: De Fosa en Fosa, De Battre mon Coeur s'est Arrêté, Hundstage y Brides

Festival de Cine Europeo de Sevilla, Crónica 2. David Garrido Bazán. Cobertura para La Butaca.Net. Todos los derechos reservados.

Cuando era adolescente en el instituto, durante tres años seguidos, la primera clase que tenía todos los lunes a las 8:30 de la mañana era inevitablemente Filosofía. Nunca supe si se trataba de una simple coincidencia o es que aquella era una forma de compensar nuestros excesos del fin de semana a base de obligarnos a pensar lo de la cavernita de Platón, las aviesas intenciones de San Agustín, los cambios de humor de Wigensttein o los desmadres de Kant desde bien temprano, pero el caso es que irremediablemente, uno sentía cierta tendencia cada lunes por la mañana a pegar cabezadas con semejantes cargas de profundidad.
Pues más o menos ese era el ánimo con el que un servidor acudía, con toda la buena voluntad del mundo, a ver la primera película de hoy, perteneciente a la Sección Oficial y que lleva por título El Fatalista, dirigida por el portugués Joao Botelho y basada en la obra Jacques Le Fataliste escrita por el francés Denis Diderot. A este cronista, al que le aburren sobaranamente la mayor parte de las películas del nonagenario Manoel De Oliveira (vaya, otra vez dando motivos para que me quiten el carné de crítico de cine serio), donde los personajes hablan y hablan incansablemente sobre lo divino y lo humano sin llegar casi nunca a interesarme lo que cuentan por muy trascendente que sea, esta película cortada por el mismo patrón cuyo hilo argumental es la creencia de que todo lo bueno y lo malo que nos ocurre en el más acá está escrito en el Destino, en el más allá, posición que defiende un conductor de profesión con cierta tendencia a filosofar – vulgo, a hacerse pajas mentales – y a darnos la tabarra con la historia de sus conquistas amorosas daba un mal rollo impresionante.
- Pues vete a los Nervión a ver el último pase de De Fosa en Fosa. Está muy bien – me dijo un compañero ante mis dudas, que se incrementaron al ver la sala del Lope de Vega casi vacía de corresponsales.
- Hombre, está feo. Le daré una oportunidad al menos, que es de la Sección Oficial.

Así pues, veinte minutos después de iniciada la proyección de O Fatalista, servidor dejó al chofer filósofo, a su jefe y a la madre que los parió plantados y corría como un poseso en busca de un taxi que me llevara a los Nervión antes de que empezara esta película eslovena – por cierto, ayer metí la pata: The City of the Sun es eslovaca, no eslovena - de la Sección Europa, Europa. Mi única referencia, amen de la recomendación entusiasta del colega, era que la película se había pasado hace nada en el último Festival de San Sebastián y que su director Jan Cvitkovic, había ganado allí el premio al Mejor Director Novel. Eso era todo.

Fue una decisión acertada: Odgrobadogroba (el nombrecito original se las trae ¿para cuando un programa doble con Obabakakoak?) resultó ser una película estupenda. Si ayer decíamos a propósito de Acusado que esto de ser danés no era precisamente la alegría de la huerta, lo contrario puede deducirse de algunas películas balcánicas, y Kusturica es el mejor ejemplo. Las ganas de cachondeo, las situaciones surrealistas, el sexo y la música inundan de optimismo y de ganas de disfrutar de la vida – que ironía – muchas de las películas que llegan de aquella región devastada hace bien poco por la violencia. El referente no es casual: De Fosa en Fosa da la impresión de ser una película de Kusturica, pero muchísimo más elaborada y contenida. Su protagonista es un tipo con un trabajo ciertamente peculiar, ya que su ocupación consiste en escribir y recitar los discursos fúnebres que acompañan los funerales que se celebran en su pequeña población rural. Pero es un treintañero sensible, buena persona, que bebe los vientos por su amiga Renata – que, como pasa a menudo en estos caso, lo quiere ‘como amigo’ y le putea contándole sus cuitas amorosas – y vive con su familia, compuesta por un abuelo viudo que, sin su difunta esposa, ha perdido la alegría de vivir y que intenta suicidarse de las maneras más originales – e irresistiblemente divertidas - que uno pueda imaginar, sus dos hermanas, Ida, una sordomuda de lo más expresivo, vitalista y alegre; y Vilma, que tiene un hijo de lo más despierto con un chuleta que aunque la quiere, prefiere vivir a su aire. También ronda por ahí Shooki, un vecino, poseedor de un 600 que cuida con mucho mimo y que ayuda a Pero con sus discursos, además de hacerle de chofer ocasional y vivir una tierna, casi infantil, historia de amor inocente con Ida, la sordomuda.
La película transcurre con una sucesión de estampas de la vida cotidiana que nos describen la forma de vivir de esta serie de personajes vitalistas y la verdad, muy divertidos, que no desaprovechan ninguna ocasión para tomarse unos tragos y bailar al ritmo de esa música inconfundible que gente como Goran Bregovic ha hecho popular en todo el mundo. Pero realiza sus panegíricos más en función de las cosas que le van pasando en su vida personal que en su conocimiento de los fallecidos, le procura a su abuelo con tendencias suicidas un psiquiatra que no parece que le sirva de mucha ayuda, Ida se dedica a jugar al escondite con Chooki, que tiene una versión del tuning muy particular, inspirada por las carreras de cuadrigas no de Ben Hur ¡sino de las películas de Maciste!, Renata va y viene de la vida de Pero sin acabar de decidirse a acceder a sus deseos y así sucesivamente. Nada parece demasiado trascendente, y puede que precisamente por eso, su mensaje vitalista, entre gag y gag perfectamente ensamblados, llega con facilidad, aunque uno percibe en el comportamiento del algunos personajes que no todo es tan idílico o inocente como parece.
Nada prepara sin embargo al espectador para la deriva terrible que tiene lugar en el tramo final de la película, que quizás porque uno ha llegado a encariñarse con esa galería de personajes entrañables, provoca una mayor conmoción. Cvitkovic, que consigue aquí una acertada disección de ese carácter balcánico capaz de disfrutar de la vida a tope durante un segundo y reaccionar con enorme violencia un instante después, golpea al espectador con una sucesión de secuencias que poco o nada tienen que ver con el tono hasta entonces amable de la película, dejándolo petrificado en la butaca con un final terrorífico y absolutamente inesperado. La sensación que queda es extraña, porque uno recuerda a un tiempo lo mucho que se ha reído con el estupendo timing de algunos de los gags físicos – el primer intento de suicidio del abuelo es impagable – o con los particulares panegíricos de Pero, trufados de guiños personales, y lo mezcla con la terrible desazón que producen algunas de las últimas situaciones que viven sus criaturas – la dolorosa y sorprendente resolución del romance con Renata, lo que acontece con Ida y Chooki – que son todo un recordatorio de la zona donde está ambientada la película. Con esta segunda película, Cvitkovic se revela como un cineasta al que no conviene perder de vista en el futuro, pues mezclar de esa forma tan personal drama y comedia – como sucede en la vida, viene a decir su filme – no está al alcance de cualquiera. Tomen nota.

Ya de vuelta en el Lope de Vega (otro taxi: malditos gastos imprevistos) la segunda película de la Sección Oficial, De Battre Mon Coeur S’est Arrêté – algo así como Mi Corazón Ha Dejado de Latir – también ha sido, en otro registro bien distinto, una propuesta de lo más interesante. La película nos presenta a un hombre que trabaja en el sector inmobiliario. Bueno, en realidad se encarga de la parte más sórdida de dicho trabajo: su oficio consiste en desalojar a los inmigrantes y desheredados de la fortuna que ocupan ilegalmente los edificios desocupados que la inmobiliaria pretende vender, usando toda la violencia que sea necesaria; o bien ‘persuadir’ a los inquilinos de inmuebles que interesan que los vendan, no deteniéndose en nada para conseguir dichos objetivos. Tom es despiadado, un salvaje que vive en una jungla competitiva cuyos compañeros son comerciales que engañan a sus mujeres, se desfogan en fiestas hasta altas horas de la madrugada hasta caer redondos, se pelean con otros borrachos, y que al día siguiente vuelven, con sus trajes limpios, a seguir con el mecanismo implacable del lenguaje de los negocios. Tom es, además muy bueno en lo suyo, porque es eficaz, violento, ambicioso y carece de escrúpulos morales para conseguir lo que necesita.
Pero hete aquí que una noche, por un encuentro casual, se topa con el hombre que ejercía de manager de su madre, una famosa concertista de piano. Y de repente descubrimos que ese hombre violento y despiadado que escucha música electro a todo volumen en sus cascos, tiene una faceta que no conocíamos: sabe tocar muy bien el piano. Más que bien, incluso podría, de haber seguido estudiando en su momento, haber llegado a ser concertista. El manager le ofrece una prueba y de repente, la vida de Tom se transforma: con la misma pasión y la misma violencia con la que ejerce su ‘profesión’ Tom se dispone a prepararse para esa audición. Busca a alguien que le ponga a punto –lleva años sin tocar- y encuentra a una inmigrante china, eminente música, recién llegada a Paris y que no habla una palabra de francés. Su peculiar relación, marcada por la impaciencia y la frustración – señales inequívocas de la enorme rabia interior que tiene el personaje – hace que Tom se vea en la tesitura de servir a dos amos irreconciliables: su trabajo y sus ilusiones. Por mucho que lo intenta, Tom se ve sobrepasado por los acontecimientos.
Jacques Audiard, director de Un Héroe Muy Discreto y Lee mis Labios, ha llevado a cabo un remake muy personal de una película norteamericana (¡toma ya cambio de roles!) llamada Fingers que protagonizó Harvey Keitel en 1978 y que fue la opera prima del director James Toback, película que por cierto al parecer gustó mucho en su momento a Jean Luc Godard y que un servidor desconoce. Cuenta con una baza más que notable a su favor: la sobrecogedora interpretación de Romain Duris en el papel protagonista de una película que sigue a su personaje allá por donde va, de tal forma que éste aparece en todos y cada uno de los planos del filme. Duris, al que hemos visto en Exils, Arsene Lupin o en Una Casa de Locos y su secuela, Las Muñecas Rusas, hace una impresionante composición de un personaje dominado por una terrible frustración interna que se manifiesta en cada uno de sus movimientos. No obstante parece encontrar una salida a la espiral de violencia en la que se haya inmerso gracias a esa puerta que le abre la posibilidad de retomar sus estudios de piano y convertirse en concertista, un mundo por supuesto incompatible con la sordidez de sus negocios inmobiliarios. Su difícil relación con su dominante padre, sus escarceos amorosos con la mujer de uno de sus colegas de trabajo y, sobre todo, la peculiar forma de entenderse con la concertista china que le instruye van poco a poco suavizando el carácter de un personaje que empieza siendo francamente antipático para acabar convirtiéndose en toda una figura trágica. Con una excelente BSO a cargo de Alexandre Desplat, un buen trabajo de puesta en escena y una fotografía oscura pero atractiva de Stephane Fontaine, a esta Mi Corazón Ha dejado de Latir solo le perjudica cierta previsibilidad que no molesta para disfrutar de una propuesta francamente lograda en la que destaca sobremanera el trabajo de Romain Duris. Lastima que en Sevilla no haya premios de interpretación, porque hubiera sido un sólido candidato.
Ganar algún premio relevante en un Festival de importancia no es ni mucho menos garantía de que la película vaya a conseguir distribución en todos los países. Que se lo pregunten a Hundstage (Días de Perros) película austriaca dirigida por Ullrich Seidl en el 2001 que ganó, nada más y nada menos, que el Gran Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia de ese año y que ni aun así se ha estrenado en las pantallas españolas. Gracias a la sección Shooting Stars – esa cosa que se han inventado para promocionar a jóvenes actores europeos prometedores, en este caso Franziska Weisz, que ese mismo año hizo también un papelito en La pianista de Hanecke – he podido recuperar esta interesante película.

Hundstage es algo así como el precio que debemos de pagar por mantener una especie de equilibrio cósmico si consideramos la enorme cantidad de de gente guapa y atractiva que habitualmente pueblan las películas. En mi vida he visto semejante ejercicio voluntario de feísmo cinematográfico. Las escenas de Hundstage están poblada de gente francamente incómoda de ver: cuerpos viejos y deformes, rostros desagradables, michelines ofensivos, muchos kilos de más, tripas cerveceras inmensas, indescriptibles. Lo malo es que además vemos a los dueños de semejantes atentados al gusto (no al bueno, sino simplemente al gusto) paseándose en paños menores, protagonizando escenas sexuales de nulo interés erótico – más bien al contrario: en la película hay un striptease de una señora de más de sesenta años que hace pensar que uno va a perder su libido para no recuperarla jamás -, depilándose para prepararse para una cita sexual, o simplemente, aprovechando el pesado sol que se abate sobre esa pequeña urbanización de casitas adosadas y jardines impolutos en la que se desarrolla esta película. Ullrich Steidl parece regodearse no solo en el absoluto feísmo de sus actores, sino que además nos da un paseo por sus miserables vidas, demostrándonos que en su interior, lejos de ser unas bellísimas personas, resultan aun más horribles y repugnantes. Por la película desfilan una disminuida mental que pide que le den vueltas en coches para, una vez en ellos revelarse como una persona literalmente insoportable que no deja de cantar jingles publicitarios, hacer preguntas impertinentes y ofender a quienes cometen el error de montarla en su coche; un jubilado viudo que se consuela con su asistenta de más de sesenta años en una suerte de pago por favores sexuales muy poco edificante; una mujer madura que se deja abusar impunemente por un chuloputas del que está colgada y de un amigo idiota al que el nota se trae para unirse a la fiestecita; una pareja que ha perdido, junto con la hija de corta edad que murió en un accidente de tráfico, la capacidad de comunicarse hasta el punto de que ella se trae a sus amantes a casa y se lo monta con ellos delante de su marido; un vendedor de sistemas de seguridad al que lo vecinos, hartos de que un desconocido les raye constantemente sus flamantes coches nuevos, le dan un ultimátum y una pareja de jóvenes – los únicos guapos de la función – en la que él, un celoso esquizoide, la maltrata sistemáticamente. Vamos, que el panorama resulta de lo más alentador. En una película de lo más desasosegante, con ocasionales puntos de humor negro bastante salvaje – los numeritos de la maníaca del autostop son de lo más divertido, aunque llevan a una resolución terrible – Ullrich Steidl traza un retrato de sus conciudadanos que, de ser mínimamente cierto, dan ganas de no poner jamás un pie en Austria por si las moscas. La película está rodada con abundantes planos fijos y un cierto estilo contemplativo, dejando simplemente que las cosas, por terribles que sean, ocurran delante de la cámara con nosotros obligados a ejercer de voyeurs más bien poco afortunados. Desde luego, la película es algo pocas veces visto en el cine contemporáneo, pero mi impresión particular es que Venecia ese año debió estar algo floja.
Cuando una película europea viene con la vitola de ser uno de los mayores éxitos de taquilla reciente de sus país, mal asunto – imaginen, tal denominación en España podría dar como resultado que un europeo cualquiera viera Torrente 3, por ejemplo: saquen ustedes mismos las conclusiones – y este era el caso de Brides, película griega que al parecer ha arrasado en su país con una historia a priori bastante interesante que además enlaza en cierta forma con el próximo proyecto del pope Angelopoulos. La acción de Brides tiene lugar a comienzos de 1920. Del puerto de Odessa sale un trasatlántico con destino a Nueva York y un ‘cargamento’ muy especial: 700 esposas ‘pedidas por correo’ procedentes en su mayor parte de Grecia, pero también de Rusia que van a comenzar a ciegas una nueva vida con sus nuevos esposos, solteros de su misma etnia ya instalados en América. Con el tiempo, estas emigrantes serán parte de las que darán a luz a familias tan enloquecidas como las que se describían en la comedia Mi Gran Boda Griega, un cliché que hemos visto muy frecuentemente en el cine con irlandeses e italianos. La protagonista de la película es Niki Douka (una estupenda Victoria Haralabidou), una mujer decidida que viaja por la renuncia de su hermana menor, que ha vuelto espantada de su experiencia en la tierra de las oportunidades. Ella se ve obligada a restablecer el honor perdido de su familia tomando el lugar de su hermana con el esposo que la espera en Chicago. El problema es que a bordo del buque también viaja un fotógrafo de guerra americano (Damian Thewlis, el pelirrojo de El Cazador de Sueños), un hombre idealista y desengañado de sus experiencias que vuelve a casa tras largos años en Europa fotografiando conflictos. Cuando descubre que la situación de estas mujeres no es lo que parece - algunas de ellas viajan directamente hacia la prostitución, ya que el marido prometido no existe, un precio a pagar por la felicidad del resto – el fotógrafo se interesa cada vez más por ellas y muy especialmente por la costurera Niki, que por supuesto corresponde a sus sentimientos pero no se deja arrastrar gracias a su firme sentido del deber. Así pues tenemos un trasatlántico que cruza el océano en dirección a América, un hombre que viaja en primera clase que se enamora de una costurera de tercera, una historia de amor imposible por las diferencias de clase y porque ella está comprometida para casarse, música melosa de fondo… un momento ¿A ustedes todo esto no les suena de algo? Pues eso, que al director Pantelis Voulgaris – o lo que es peor, al productor ejecutivo Martin Scorsese, que uno piensa que está en esto por aquello del tema de la emigración y la forja de América y tal – le ha dado por coger algunos de los elementos de la exitosa Titanic (tranquilos: ni Leo Di Caprio aparece ni hay iceberg que hunda el barco) y manufacturar un éxito de taquilla seguro, rodado de forma que pueda ser comestible en todos los países del entorno - ya verán como no tarda en estrenarse entre nosotros - y desaprovechando gloriosamente el buen material dramático/histórico del que parte en beneficio de una historia de amor que, la verdad sea dicha, no consigue levantar el vuelo en ningún momento. Película, eso sí, de factura más que correcta y bien interpretada, Brides se deja ver sin mayores problemas aunque eso si, sin dejar la más mínima huella en el espectador. Es una de esas películas a las que la ambientación, la historia de amor imposible y la música melosa pueden hacer suspirar eso tan socorrido de “¡Es tan bonita! ¡Y que triste!” y dejar contento a los poco exigentes.

Por lo demás, hoy se han dado a conocer los nominados a los premios de la Academia del Cine Europeo (nos lo dieron como primicia esta mañana, pero en el papel pedían que no divulgáramos nada hasta las nueve de anoche, por aquello de no reventar la gala de nominados de ayer) y hay que decir que muchas de las películas nominadas se proyectan estos días por Sevilla. Más detalles al respecto en futuras crónicas… si el espacio lo permite