domingo, octubre 26, 2008

SEMINCI 2008 Cronica 2: Retorno a Hansala La Mujer del Anarquista, La Guitarra

El pasado año, Gerardo Olivares hizo historia en el Festival de Valladolid al convertirse en el primer director español en ganar la Espiga de Oro con una película, 14 Kilometros, que abordaba sin tapujos la tragedia cotidiana de la inmigración relatando ese viaje que empieza mucho antes que las pateras que llegan día tras día a nuestras playas. Chus Gutierrez, que demostró en su momento con Poniente que era sensible a la misma temática, retoma y en cierto modo complementa tanto su anterior filme como el de Olivares con Retorno a Hansala, primera producción española a concurso en la Sección Oficial en la que el punto de vista gira sobre uno de esos aspectos que no suelen aparecer demasiado en los medios de comunicación ¿Qué ocurre con los cuerpos de aquellos que no consiguen sobrevivir al viaje?Retorno a Hansala sigue la historia de Martin, el propietario de un tanatorio agobiado por un matrimonio a punto de romperse y por ciertos problemas económicos que amenazan con cerrar su negocio, que en uno de esos días habituales, levanta en una playa una docena de cuerpos de marroquíes ahogados y expulsados por el mar. Uno de ellos lleva un papel con un número de teléfono: es el de Leila, la hermana que vino a España hace cinco años por el mismo método y que ya tiene regularizada su situación. Una vez contactada, Leila decide que ha de volver a su pueblo a entregar a su familia el cuerpo de su hermano, aunque no dispone del dinero necesario para pagar el viaje. Martin, que necesita desaparecer un tiempo, la acompañará de vuelta a Hansala.Hay películas que son necesarias más allá de sus méritos artísticos o cinematográficos. No conviene subestimar la capacidad del cine para concienciar o explorar los numerosos puntos de vista alrededor de algunos problemas que, de puro inabarcables, siguen y deberían seguir ofreciendo en el futuro películas valientes como ésta que se atreven a aportar visiones distintas, arriesgadas, que ayuden a entender al otro, a esa gente que vive tan cerca y a la vez tan lejos de nosotros, a esa realidad que se puro terrible acostumbramos a no querer mirar de frente. El viaje de Martin – un estupendo como suele acostumbrar Jose Luis García Pérez – es el viaje que todos deberíamos hacer para ponernos en el lugar del otro, para convertirnos por una vez en el emigrante en tierra ajena, vivir esa realidad que les empuja a jugarse la vida una y otra vez cruzando el estrecho sin importárles las consecuencias. Es inteligente el punto de partida de la película, basada en un personaje real y una historia real en la que Martin cruza esa barrera que nosotros ponemos quizás de manera inconsciente en nuestra mente para no tener que enfrentarse a ese horror cotidiano: mientras no vivamos esos muertos como nuestros muertos, si no damos a esas vidas la importancia que deberían por el simple hecho de ser “ellos” y no “nosotros”, jamás seremos capaces de empezar siquiera a abordar verdaderas soluciones al problema. Más allá de las buenas intenciones, lo cierto es que Regreso a Hansala es una película correcta que consigue emocionar sin recurrir en exceso ni a la sensiblería ni a la lágrima fácil. Chus Gutierrez es más que consciente que tiene entre las manos un material lo suficientemente voluble como para cargar demasiado las tintas en sus aspectos más dramáticos – en ese sentido se asemeja bastante a la propuesta de Olivares, cercana a ratos a la de un documental que penetra hasta el fondo en la vida cotidiana de los habitantes de Hansala, sus costumbres, deseos y miedos – algo que evita en parte gracias al comedido trabajo de sus actores: a García Pérez le da la réplica de una forma más que correcta para ser su primer papel protagonista una joven actriz, Farah Hamed, cuya limpia mirada y su naturalidad desarma al espectador, lo que sumado a los propios habitantes de Hansala interpretándose a sí mismos otorgan a la película una credibilidad bastante notable.Regreso a Hansala tiene, en fin, alguna idea brillante extraida de la realidad y bien aprovechada por su directora: conmueve no poco el uso que se da en el filme a esas ropas procedentes de los ahogados que sirven a sus familiares para identificar a sus muertos y que viajan por distintos poblados y mercadillos para ser expuestas. Y también dispone de algún que otro momento de humor, generalmente asociado al inevitable choque con esa cultura ajena pero mucho más cercana a nosotros de lo que creemos, aunque también sería justo señalar en el debe de un filme más estimable que redondo cierta complacencia en su resolución, lo que tampoco debería hacernos perder de vista la importancia que tienen y deben seguir teniendo películas pequeñas y dignas como ésta que se atreven, en los tiempos de crisis que corren, se arriesgan a obligar al espectador a enfrentarse con esta realidad. Podrá no ser original, pero no por ello es menos necesario. Ah, por cierto: Gerardo Olivares es miembro del Jurado este año.Mucho más horrenda resultó ser esa especie de extraño europudin llamado La Mujer del Anarquista dirigido a cuatro manos por Peter Sehr y Marie Noelle con un guión del inefable Ray Loriga y perpetrado, perdón, interpretado en sus principales papeles por Juan Diego Botto y María Valverde. La cosa es una especie de folletín en tiempos revueltos que arranca en plena Guerra Civil donde Botto es algo así como la voz revolucionaria que arenga a las tropas republicanas a defender Madrid desde las ondas de radio y María Valverde su devota esposa, capaz de quedarse en la ciudad incluso cuando la guerra ya se da por perdida, su marido ha de huir al exilio abandonándola tanto a ella como a su pequeña hija y el ser parte del bando vencido en los duros años de la represión franquista hacen francamente díficil la supervivencia. Familias divididas, hermanos enfrentados, estraperlo, ideales por los que morir o matar, fronteras que cruzar, dignidad que mantener... Todos estos elementos podían y debían por presupuesto haber dado lugar a una película si no buena si al menos correcta. Pero el resultado es un total y absoluto desastre empezando por un guión que obliga a los personajes a literalmente recitar los textos, declamándolos de tal forma que pierden cualquier atisbo de naturalidad (eso cuando conseguimos entender a los actores españoles, que siguen empeñados en no aprender de una puñetera vez, con alguna honrosa excepción, a vocalizar como está mandado) y continuando con unos garrafales errores de casting que se cargan la ya de por si escasa credibilidad del filme hasta convertirlo en un pestiño de grandes proporciones ¿A quien se le habrá ocurrido la brillante idea de encargarle a la tiernita María Valverde que interprete a una mujer hecha y derecha que pasa portodo tipo de vicisitudes y que para colmo acaba siendo madre de una Ivana Baquero – ya saben, la de El Laberinto del Fauno – que parece cien veces más madura que ella? No quiero hacer demasiada sangre, pero esto es terreno abonado para el desastre.Claro, si a eso le sumamos la nula progresión narrativa – cuando no directamente caprichosa - ; la érronea decisión de mezclar la ficción recreada con imágenes reales de archivo de aquellos días con el supuesto fin de reforzar su credibilidad, algo que solo consigue realzar la total impostura de decorados y personajes; la involuntariamente hilarante forma en la que el personaje de Botto se involucra en el absurdo pero real plan de cargarse a Franco bombardeando su barco cuando se dispusiese a pescar aquellos famosos atunes en las rías gallegas y un trabajo de maquillaje y peluquería que bien se merece un Yo-Ga “Cielo Santo, que pinta me han puesto” la verdad es que el mejor favor que uno puede hacerle a semejante despropósito es olvidarse de su paso por la Seminci como si nunca hubiera existido.

Se esperaba con cierta expectación The Guitar, ópera prima de la hija de Robert Redford, Amy, que está a concurso en la Sección Oficial. Y lo primero que hay que decir es que esta película de inequívoco sabor y textura de cine independiente made in Sundance parece una mala copia del cine de nuestra Isabel Coixet. La prota, una sufrida Saffron Burrows, no tiene precisamente un buen día: no solo comienzan por diagnosticarle un tumor inoperable en la garganta que la deshaucia en el breve plazo de dos meses, sino que apenas unas horas después es despedida sin miramientos de su puesto de trabajo y es abandonada por su pareja antes de poder siquiera empezar a contarle lo que le pasa. ¿Qué haría usted ante tal situación? Bueno, uno puede prepararse para lo inevitable como hacía Sarah Polley en Mi Vida Sin Mí... o bien tirarse al barro como una loca, abandonando casa, posesiones y hasta la misma ropa que lleva puesta para, armada solo con una buena provisión de tarjetas de crédito y un teléfono, redecorar su vida al estilo Ikea hasta sus últimas consecuencias, gastando como si no hubiera un mañana, porque no lo hay. Asi, esta especie de agorafóbica compradora compulsiva alquila un ático de superlujo y se encierra en él mientras encarga por teléfono todo lo que le viene en gana, desde comida italiana hasta muebles de diseño, pasando por una cama o toallas para secarse. Tal es el frenesí consumista en el que se embarca que lo único que la distrae de los catálogos es superar una frustración de la infancia aprendiendo a tocar la guitarra eléctrica que sus padres nunca le regalaron cuando era niña antes de palmarla y de paso, retozar de vez en cuando (¡o a la vez!) con dos ocasionales compañeros de cama, uno de cada sexo, en unas escenas que como bien señalaba mi amigo vallisoletano Jorge, parecen mismamente sacadas de un porno chic dirigido por Andrew Blake.La Guitarra juega a ser una metáfora del absurdo del consumismo; pretende convencernos de que podemos, si nos aprietan lo suficiente, tomar las riendas de nuestra vida antes de que sea tarde y hacer lo que siempre hemos deseado, es una de esas películas abanderadas del buenrollismo, de mensaje facilón disfrazado con una falsa complejidad digna del más sonrojante libro de autoayuda que no consigue sino que pensemos de forma constante en el estupendo trabajo que, con un material semejante, suele hacer de forma habitual la Coixet con sus personajes moribundos, enfermos o heridos que consiguen cambiar sus vidas. Las comparaciones son odiosas y ni siquiera una entregadísima a la causa Saffron Burrows que consigue por momentos dignificar con su buen trabajo un personaje sobre el papel bastante indefendible o una acertada banda sonora en la que Amy Redford consigue sacar algo de partido de la pasión de la protagonista por aprender a manejar su preciosa Fender Stratocaster roja del 63 consiguen salvar a una película cuyo principal problema es que no es ni buena ni mala sino simplemente estúpida, tanto en el temible desarrollo de su interesante premisa inicial como en una resolución literalmente increíble, de auténtica vergüenza ajena y eso si, que provoca no pocas risas de forma totalmente involuntaria. Y es que no hay nada mejor que reirse de según qué propuestas, aunque sea en defensa propia.La Seminci sigue en su segundo día avanzando de forma insegura. Pareciera que sus propuestas cinematográficas funcionan bastante mejor que el caos organizativo, que sigue cobrándose su precio: pases de prensa en los que los periodistas deben ceder su sitio ante un público que compra de forma legítima pero no racional sus entradas, problemas con la venta de entradas por internet que oblgaron a Javier Angulo a disculparse publicamente antes de empezar la rueda de prensa de La Mujer del Anarquista (¡y solo estamos en el segundo día, oiga!) y algún que otro sobresalto en los corrillos de la sala de prensa por los rumores del mal ambiente y el descontento del Patronato y el Ayuntamiento con el nuevo equipo directivo – algunos hablan de que se empiezan a afilar los cuchillos – hacen que los acreditados cumplamos nuestra función con un ojo puesto en esa burbuja que es la vida dentro de un Festival de Cine y otro en lo que sucede alrededor suyo. Veremos.

sábado, octubre 25, 2008

SEMINCI 2008 Cronica 1: Capitan Abu Raed, Maria Larsson, Noodle

Desbarajuste. Caos. Desorganización. Surrealista. Kafkiano. Carlos Pumares a punto de coger una antorcha y pegarle fuego al stand de acreditados. Ármate de paciencia. Llevaba menos de una hora en Valladolid y ya había recogido suficientes calificativos despectivos sobre la organización. Es habitual que toda estructura sometida a cambios sufra algún que otro caos de tipo organizativo el primer día. Más si es la Seminci: el certamen ahora dirigido por Javier Angulo nunca ha sido un prodigio en este sentido. Pero ayer se multiplicaban las criticas según iban llgando más y más acreditados: colas en el Teatro Calderón esperando que alguna de las inexpertas chicas les atendieran, acreditaciones desparramadas por el mostrador al alcance de cualquiera, acreditaciones que no aparecían, descontrol sobre si uno es verde (prensa), rojo (invitados) o amarillo (acreditado indefinido) y los privilegios y obligaciones de cada color... Un servidor tampoco escapó al torbellino: acreditado con el temible amarillo al segundo intento tras no aparecer en ningún listado, me dirigí a la película de inauguración sin las publicaciones de la edición de este año en mi bolsa, sin los anhelados tickets de comida que dieran un respiro a mi maltrecha economía – por supuesto, el alojamiento corre de mi cuenta – y, aun peor, sin algunos de los restaurantes habituales donde comer – El Fogón y el legendario Colombo están este año fuera de la lista de colaboradores – y sin el Roxy, cine emblemático de la Seminci que este año ha sido sustituido por dos salas de los comerciales Broadway. Demasiados cambios para mi gusto. Y de momento no todos a mejor, la verdad. Como dice mi buen amigo Jose Manuel León, del Diario La Rioja “Nos han cambiado demasiada cosas de nuestra rutina habitual”

Pero habrá que dar una oportunidad al certamen, esperar que pasen un par de días y que todo se asiente un poco. Vayamos con el cine que es lo que verdaderamente importa: la película de inauguración, Capitán Abu Raed, tenía de entrada un par de cosas que la hacían cuanto menos curiosa: un Premio del Público del pasado Festival de Sundance y ser la primera película producida en Jordania en los últimos 50 años, más o menos. Cuenta la historia de un viudo, limpiador en el aeropuerto de Ammán, que un buen día rescata una gorra de piloto de la basura y vuelve a su humilde casa en uno de los barrios más pobres de la ciudad con la gorra puesta. Inmediatamente es tomado por un piloto por uno de los chavales del barrio, que pese a las negativas del viejo, hace correr la voz y al cabo de unos días, decenas de niños se agolpan a las puertas del hombre para que este les cuente las aventuras de sus viajes por el mundo. El viejo accede y se gana su confianza inventando historias y estimulando la capacidad de soñar de los chavales, incluso de aquellos como el hijo maltratado de la familia desestructurada que vive en la casa de enfrente de su hogar, conocedor de la verdad.

Lo primero que me pasó por la cabeza mientras veía Capitán Abu Raed es que nuestro Antonio Mercero había cruzado fronteras e inspirado a Armin Matalqa, director formado en los USA de esta sencilla película repleta de buenas intenciones meloso sentimentalismo y buen rollito general. Es más, por momentos aquello se asemeja demasiado a Verano Azul con un Chanquete jordano de protagonista y hasta un Piraña entre el reparto de crios que aprenderán a su lado. Todo en Capitán Abu Raed es previsible, y todo está trufado de tanta sensiblería, tanto deseo de agradar al público occidental con su exotismo y sus denuncias del maltrato de género que ante las posibilidades de criticarla que se abren al cronista, uno se siente poco más o menos que como un cazador ante la perspectiva de pegarle un tiro a una vaca: resultaría tan fácil que no merece la pena.

Mucho menos seductora e interesante que Caramel y muchísimo menos inteligente y divertida que la estupenda La Banda nos Visita que disfrutamos el año pasado, Capitán Abu Raed se queda en poco más que un ejercicio de cine bienintencionado y facilón – eso que los americanos denominan una feel-good movie, de la que sales reconfortado por la plena identificación con sus habitualmente beatificos personajes o por no ser un cabronazo maltratador – en el que, eso sí, conviene destacar el buen trabajo de interpretación de su protagonista Nadim Sawalha y la extraordinaria belleza de una actriz que interpreta a una piloto que cumplidos los 30 pasa de las imposiciones de su adinerada familia para que se case de una vez y solo encuentra comprensión en la sabiduría del viejo Abu Raed, una historia anodina y algo metida con calzador en la película pero que al menos sirve para, con su sola presencia en pantalla, evitar que el espectador se duerma. Esta tal Rana Sultan – asi se llama la susodicha – es de lejos el anfibio más hermoso que he visto en mi vida. Ah, una cosa más: Capitan Abu Raed es la representante Jordana a los Oscar de este año. No se extrañen si consigue una nominación: su combinación de niños, sensiblería y mensaje buenrollista estilo Los Chicos del Coro es de las que hacen furor entre los académicos.

A pesar de que su título hacía temer lo peor, lo cierto es que Los Momentos Eternos de Maria Larsson, la primera propuesta a concurso de la Sección Oficial, ha resultado ser una película magnífica y ha puesto el nivel de exigencia de este año muy alto. Ambientada a principios del siglo XX, al parecer esta película se inspira en parte en la vida de la abuela de la esposa de su director, el sueco Jan Troell, y cuenta la historia de una familia muy humilde compuesta por la María del título, una mujer trabajadora e inteligente, su marido Sigge, un patán bebedor y ligeramente libertino que se dedica con fruición a hacerle un hijo tras otro y la numerosa prole que acaban reuniendo. La debilidad por la bebida y la falta de luces de Sigge chocan con la sensibilidad de una mujer que descubre la forma de sobrellevar su sombrío matrimonio gracias a su inesperada habilidad con la fotografía: una vieja cámara que en un principio pretendía empeñar para salir del paso en un momento bajo y que se convierte en una especie de instrumento mágico con el que escapar de la fealdad de su mundo cotidiano y descubrir cómo retratar la belleza del mundo.

No tengo empacho alguno en reconocer que desconozco la obra de Jan Troell, realizador de 77 años que al parecer tiene un par de obras magníficas en su filmografía: Los Emigrantes (de 1971, al año que yo nací) y La Nueva Tierra (1973) Lo que si les puedo asegurar es que la película que vi ayer es una maravilla: narrada a la forma clásica, con un ritmo cadencioso pero nunca aburrido y sorteando los peligros de un inicio algo dickensiano que puede hacernos creer de forma erronea que estamos ante otro relato de la miseria tipo Las Cenizas de Angela, Los Momentos Eternos de Maria Larsson es una película inteligente que sabe como construir sus personajes desde el respeto y el cariño, dotándoles de una autenticidad de lo más estimable que hacen que uno se embarque plenamente con ellos y su peripecia vital. Sin duda que cualquier amante del cine y del uso de la imagen como forma de retratar la realidad puede conmoverse con la forma en la que la película cuenta como el arte de la fotografía puede ayudar a descubrir sensibilidades ocultas y a sobrellevar las miserias del día a día, generando las siempre necesarias ilusiones por vanas que éstas puedan ser.

El trabajo de su protagonista femenina Maria Heiskanen es desde ya una candidatura muy seria a premio de interpretación. Y muy dificil lo van a tener el resto de películas de la Sección Oficial para superar el trabajo de Mischa Gavrjusjov y el propio Jan Toell: parece una obviedad en una película en la que la fotografía es en si uno de los elementos más importantes sobre los que gira la película, pero lo cierto es que la iluminación y el retrato de aquella época y esos personajes en la fotografía de esta película es simplemente portentoso.

La jornada de ayer se cerró con una película de Punto de Encuentro, la israelí Noodle, que tiene un interesante punto de partida ¿Qué pasa si un día tu asistente china se va de tu casa y te deja allí a su niño de seis años que no habla una palabra de tu idioma para no volver a aparecer? Pues eso es lo que le ocurre a la sufrida azafata protagonista y a su hermana, que sin comerlo ni beberlo se ven envueltas en una peripecia para devolver al crio – que no hablará hebreo, pero listo es un rato – au su madre y de paso, arreglar sus atribuladas existencias, marcadas por unas cuantas tragedias y algún que otro desastre matrimonial. Noodle (Fideo) es una película irresistiblemente simpática y amable que consigue llegar al espectador a través de la sencillez de su propuesta, apoyándose en ciertos recursos de guión bien aprovechados - la pintada en la pared, el despertar del instinto materno de la protagonista - y también en alguna que otra licencia de guión - esos controles de aeropuertos inexistentes ¡en Tel Aviv! - que áquel debe soslayar para entrar en el juego que propone. Sin ser ninguna maravilla, lo cierto es que se trata de una película tan agradable como corta, ideal para cerrar una jornada de inauguración llena de sobresaltos e irse a la cama con un buen sabor de boca a la espera de lo que nos deparen las sucesivas jornadas.

jueves, octubre 16, 2008

FILMOTECA: Mil Años de Oración, elogio de la sencillez

Hoy jueves 16 de octubre, a partir de las 20:30 horas, La Filmoteca de Extremadura proyecta dentro de su ciclo Otras Miradas la esplendida película de Wayne Wang Mil Años de Oración, que obtuvo en el Festival de Cine de San Sebastián del 2007 la Concha de Oro a la Mejor Película y la Concha de Plata al Mejor Actor para su protagonista Henry O. La historia de Mil Años de Oración está inspirada en un relato de la novela “Los Buenos Deseos” de Yiyun Li que escribe asimismo el guión de la película.El Sr. Shi (Henry O), un jubilado viudo de Pekín, va a visitar a su única hija, Yilan (Faye Yu), a los EE.UU. Yilan se acaba de divorciar y él quiere ayudarle a recuperarse del trauma. El Sr. Shi está decidido a que Yilan recupere su matrimonio y rehaga su vida, pero su hija termina evitándole cuando él se empeña en conocer las causas del divorcio. Desconcertado por todo lo que le rodea, pero a la vez decidido a entender tanto esa cultura extraña como las razones del esquivo comportamiento de su hija, el Sr. Shi se aventura por la ciudad con su rudimentario inglés, esforzándose por relacionarse con personas como Madam (Vida Ghahremani), una señora mayor que huyó de la Revolución Iraní con la que inicia una breve amistad.Reza el viejo proverbio chino que inspiró el título del filme que hacen falta trescientos años de oración para cruzar un río con alguien en una barca y que hacen falta mil años de oración para compartir una almohada con alguien. A veces pienso que puede tener algo de verdad. Esta es una película que habla sobre las dificultades de las relaciones personales fijando su mirada no solo en el conflicto generacional que se establece entre un padre y una hija que llevan largo tiempo sin verse el uno al otro, sino de las dificultades añadidas que suponen las evidentes diferencias culturales y de lenguaje entre dos países tan distintos como China y Estados Unidos.Es en ese canto al entendimiento por encima de las barreras, en ese inteligente y delicado acercamiento al espinoso territorio de la relación paterno-filial donde Mil Años de Oración encuentra el filón necesario para construir una película llena de matices y sugerencias, una historia repleta de emoción, de inteligencia, de sutilidad en la mirada y también de un fino sentido del humor que por momentos suaviza una obra cuyo trasfondo también habla de soledad, desgarro y tristeza, de la imposibilidad aparente de entender al otro y de los recursos que nos buscamos para salir adelante cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor.Wayne Wang, director de películas tan hermosas como Smoke o La Caja China, consigue en Mil Años de Oración una película tan sencilla como hermosa, un melodrama de corte y ritmo intimista que con su inteligencia y su sutileza deja paso poco a poco, capa a capa, que surja la emoción más limpia, despojada de estridencias que distraigan de lo que es verdaderamente importante, una emoción no exenta de cierta melancolía que consigue abrirse paso hasta el corazón del espectador gracias al naturalismo y la convicción de Henry O, un actor en estado de gracia que consigue con su memorable representación del estoicismo y la desubicación cultural darle un nuevo significado al arte de expresar lo máximo con lo mínimo. Yo les recomendaría que no se la perdieran: pocas películas este año han conseguido llegarme y desarmarme tanto.

miércoles, octubre 15, 2008

REFLEJOS: Aja en la encrucijada

Hollywood ha tenido desde siempre una curiosa forma de importar talentos procedentes de otras cinematografías. El proceso suele ser el siguiente: joven realizador consigue impresionar a los ejecutivos de las majors con alguna película de género brillante, original y/o poseedora de un estilo personal que la hace diferente a lo que pulula por las pantallas. A continuación le ofrecen un proyecto que case más o menos bien con su estilo – a ser posible una secuela de un éxito menor, un remake, un guión que lleve algunos años cogiendo polvo en algún cajón – con un presupuesto mareante y algunas estrellas en el reparto. A partir de aquí suelen pasar dos cosas: o bien los ejecutivos le dan manga ancha, el realizador se mantiene fiel a sí mismo y a menudo la productora se encuentra con un producto que tendrá dificultades para vender ya que se sale de la norma establecida o bien los ejecutivos imponen su visión del proyecto, el realizador hace malabares para equilibrar su personal estilo con lo que se espera de él – en el peor de los casos traga y se despersonaliza hasta resultar irreconocible – y la película resultante suele ser, salvo raros milagros, una más del montón. Por supuesto, hay de todo: desde los que exprimen hasta la saciedad la receta que les abrió las puertas de Hollywood (Takashi Shimizu y y sus dos remakes/copias USA de La Maldición son el ejemplo más sangrante) hasta los que se lo toman por el lado más práctico (Haneke rehaciendo plano a plano Funny Games para llegar al público americano que jamás vería su original alemana) y también los que consiguen el milagro de mantener una envidiable libertad creativa (Del Toro y sus dos Hellboy son un buen ejemplo, aunque antes tuvo que pagar peajes como Mimic y en menor medida Blade II)

Valga esta introducción para analizar el caso de Alexandre Aja: alcanzó justa notoriedad con su segundo filme, Alta Tensión, un espeluznante ejercicio de tensión sostenida con retruécano final que no dejaba indiferente a nadie y de ahí dio el salto a Hollywood para hacerse cargo de un esplendido remake, Las Colinas Tienen Ojos, al que tuvo la inteligencia de aportar un punto de sordidez malsano y un inquietante descenso personal a los infiernos que entroncaba directamente con Alta Tensión con resultados más que notables, lo que generó unas muy altas expectativas: llegó a decirse que Aja podría ser uno de los renovadores del género de horror contemporáneo, algo quizás un tanto excesivo pero comprensible dado el decaimiento general del género. Sin embargo, creo que muchos olvidaban que más que en el horror propiamente dicho, el terreno en el que Aja se maneja mejor es el de la inquietud, ese suelo frágil que se pisa cuando se perturba el natural devenir de las cosas por la intervención de un elemento extraño, amenazador. El cine de Aja hasta la fecha siempre ha perseguido más esa incomodidad que sobresaltar al espectador.

Por eso creo que el realizador francés ha llegado a una encrucijada en su carrera con Reflejos (Mirrors), un nuevo remake en esta ocasión de una casi desconocida película coreana que no tengo el gusto de conocer (Into the Mirror, Geoul Sokeuro, Kim SPNG-ho, 2003) pero que como curiosidad podemos decir que se presentó en Stiges el mismo año que Aja ganó cuatro premios con Alta Tensión. Reflejos cuenta la historia de un ex-policía en crisis que acepta el trabajo de vigilante de un enorme centro comercial en ruinas tras un terrible incendio en el que los espíritus del otro lado afectan nuestro mundo utilizando como medio para ello los espejos. El reto para Aja consistía en esta ocasión en conseguir que una historia típica de fantasmas y espíritus con ganas de venganza que cuenta con multitud de elementos recurrentes del género - el edificio abandonado e inquietante, la sórdida historia del pasado que se revelará según avance la trama, la redención del vigilante en crisis atrapado sin comerlo ni beberlo en algo que le supera, etc – estuviera contada con cierta originalidad o al menos con la suficiente brillantez como para mantener las altas expectativas generadas por el realizador.

Y hay que decir que Aja no lo consigue del todo, y no porque no lo intente con todas sus fuerzas. Su propuesta se sigue con interés en su primera parte, especialmente gracias a la medida forma en la que el realizador va introduciendo poco a poco los elementos perturbadores, generando una considerable inquietud en el espectador (“Están por todas partes” dice el protagonista refiriéndose a la imposibilidad de escapar de las superficies reflectantes que nos rodean, ya reveladas como puertas de acceso de los espíritus a nuestro mundo) y alcanzando algunas cotas de brillantez – lo que sucede con uno de los personajes en una bañera es uno de los momentos más desasosegantes y a la vez álgidos que ha dado el género en este año, una escena que vale por sí sola el precio de la entrada – mientras el sufrido Kiefer Sutherland (que no consigue del todo deshacerse de su alter ego televisivo de 24, componiendo una especie de Jack Bauer de lo paranormal) asume las terribles implicaciones del fregado en el que está inmerso.

Aja se complace en no esquivar ninguna referencia tratando a la vez de aportar un toque distintivo. Pero fracasa, ya que es inevitable que por la mente del espectador pasen todo tipo de películas, desde las manidas historias de fantasmas asiáticas que han dominado la pasada década hasta el gusto por la perturbación del Kubrick de El Resplandor, pasando por el agobiante acoso al desprotegido ámbito familiar de Poltergeist o la utilización de la mansión encantada de pasado ominoso, aunque hay que reconocer que el hecho de que se trate de un centro comercial le permite al realizador jugar a su favor con una fantasmagórica ambientación que huye del trillado gótico habitual dejando intacta su capacidad de sugerencia.

Con todo, el problema principal de Reflejos aflora en cuanto Aja abandona ese terreno de la sugerencia para adentrarse de una forma tan abierta como en el fondo suicida por los caminos del exceso según avanza la trama, rematando con una resolución pirotécnica y desmadrada que casa francamente mal con todo lo que hasta ahora habíamos podido admirar en su cine, deslizándose por la pendiente de los recursos más burdos y manidos del género para sobresaltar al personal. Tan extraño abandono de esas señas de identidad propias de su estilo solo se redime en parte con un logrado epílogo que al menos consigue dejar un buen sabor de boca en el espectador, ya que valorando la propuesta en conjunto y aun siendo con mucho la película menos interesante de su corta filmografía, puede decirse que Reflejos es una propuesta lograda y razonablemente entretenida.

Así pues, Aja se encuentra en una encrucijada: que sus dos películas en Hollywood hayan sido dos remakes – según parece ahora anda inmerso en la preproducción de un tercero, nada menos que Piraña de James Cameron aunque ahora en 3D - y algún que otro alarmante síntoma de pérdida de identidad deberían hacer replantearse muy despacio su futuro al realizador francés. Sería una lástima que un talento tan prometedor como el suyo quedara se viera arrastrado por esa molesta tendencia de Hollywood a fagocitar autores y convertirlos en una pieza más de la maquinaria de producir películas insulsas sin nada nuevo que aportar.

jueves, octubre 09, 2008

FILMOTECA: La Antena, una rareza argentina

Hoy Jueves 9 de Octubre, a partir de las 20:30 y en el Centro Cultural Alcazaba, La Filmoteca de Extremadura proyecta dentro del ciclo Otras Miradas la película argentina La Antena, una obra ciertamente original nominada a ocho premios Cóndor – los equivalentes a nuestros Goya – incluyendo Mejor Película y Mejor director y que ha sorprendido por su atrevida propuesta, una muy interesante mezcla de cine mudo y ciencia-ficción repleta de homenajes a películas emblemáticas tan dispares como Metrópolis de Fritz Lang, Luces de la Ciudad de Chaplin o Delicatessen de Jeunet y Caro entre muchas otras. Su curioso argumento es el siguiente:

Una ciudad entera se ha quedado sin voz y vive bajo un largo y crudo invierno. Un hombre malvado y sin escrúpulos, el Sr. TV, dueño absoluto de las imágenes que animan esta ciudad y de una extensa cadena de productos bajo su sello personal, lleva adelante un siniestro plan para someter a cada una de las almas que habitan este lugar. Para construir este monopolio ha financiado la creación de una peligrosa máquina que transmite hipnóticas imágenes por la pantalla del televisor para inducir al consumo compulsivo de los productos con su sello. Esta extraña máquina funciona con la voz, por lo que ordena secuestrar a una hermosa y cautivadora mujer, la única persona que misteriosamente ha conservado el don del habla. Pero un empleado del canal, El Inventor, es testigo de este secuestro y descubre que dicho plan siniestro igual puede ser contrarrestado.

Siendo una película prácticamente muda y cuya principal fuente de inspiración son las obras clásicas del expresionismo alemán, La Antena es una de esas obras que justifican la existencia de una Filmoteca que las dé a conocer al público, porque su verla en el circuito comercial tal y como anda hoy en día el mercado es prácticamente imposible. Si le echan un vistazo al trailer se darán cuenta que estamos ante una película prácticamente suicida en los tiempos que corren, en la que su director Esteban Sapir ha apostado fuertemente por una propuesta tan personal y original como sin duda a contracorriente de todo lo que pulula hoy por las pantallas de los cines convencionales. Esta tarde a partir de las 20:30 descubriremos el alcance de la misma.

martes, octubre 07, 2008

SANGRE DE MAYO, Garci homenajea y pifia

La figura de José Luis Garci siempre despierta encendidas polémicas a su alrededor. Siempre me ha llamado la atención que la mayor parte de las veces tiene poco o nada que ver con el mayor o menor mérito de su particular cine, anclado desde hace años en un estilo, el suyo, que puede convencer más o menos – confieso que a mí hace bastantes años que me aburre soberanamente – pero que algunos se empeñan en identificar con los valores de una determinada ideología ya que es un cine tan fuertemente enraizado en los modelos y patrones clásicos – algunos prefieren denominarlos directamente rancios – que a menudo se confunde la indiscutible nostalgia cinéfila que siempre ha alimentado la filmografía de Garci con otras nostalgias de índole político, algo que siempre me ha llamado la atención porque creo que implica un profundo desconocimiento de la trayectoria personal del propio Garci, al que imagino a veces un tanto desconcertado con según qué furibundas acusaciones desde determinados ámbitos.

Si a eso le sumamos que es un personaje que no cae precisamente simpático tanto por su indiscutible ascendencia sobre la Academia del Cine Español – ahí están sus películas, año tras año, invariablemente nominadas a los Goya en multitud de apartados o en la terna de candidatas a los Oscars – como por su muy criticado programa de televisión ¡Que Grande es el Cine! – algo que tampoco he entendido nunca muy bien: ¿es que nadie echa de menos un programa así en la televisión nacional, tan huérfana de buen cine? – pasando por alguna que otra bronca de amplia repercusión en los medios como las (injustas) acusaciones de compra de votos en los Goya de hace unos años o su sonora ruptura con Alfredo Landa el pasado diciembre, resulta evidente que con el paso de los años Jose Luis Garci lo tiene francamente difícil para conseguir que su cine pueda valorarse entre tantísimo ruido de fondo. Y encima va el hombre y acepta una subvención de quince millones de euros de la Comunidad de Madrid para hacer una superproducción que conmemore los hechos del 2 de Mayo, cuyo bicentenario el organismo presidido por la inefable Esperanza Aguirre ha querido celebrar por todo lo alto. Casi nada.

En fin. El caso es que arranca Sangre de Mayo y desde un primer momento se tienen claras tres cosas: una, esto va a ser un (otro) homenaje en toda regla del director madrileño a la ciudad que ama y venera, tanto desde la belleza de su historia como desde el sentido reconocimiento a sus pobladores de entonces y acaso de ahora; dos, el trabajo de Gil Parrondo y todo el equipo de dirección artística a sus órdenes para reconstruir el Madrid y Aranjuez de 1808 es sencillamente espectacular; tres, lamentablemente ninguna de las dos primeras va a salvar del naufragio a una historia insípida y poco atrayente, incapaz de interesar incluso a los que, como un servidor, se confiesan apasionados por la Historia de España.

Y es una lástima, porque ese arranque con la voz en off del propio Garci poniéndonos en situación prometía quizás un relato costumbrista, realizado a ras de suelo, cercano a la gente que poblaba aquel Madrid algo chulapo y encabronado con la presencia del franchute, desconfiado del poderoso y a la vez ciegamente entregado a sus reyes y costumbres. Sangre de Mayo amaga con ir por ese camino, pero equivoca por completo el enfoque en cuanto la historia se centra en la peripecia de Gabriel Araceli, el personaje creado por Galdós para narrar desde una esquinita, cual testigo privilegiado, los hechos más relevantes. Más allá de lo sobado del recurso (¡cuantas veces no se habrá abusado de Goya para lo mismo!) el principal problema es que bien sea porque la película se resiente de los tijeretazos sufridos para convertir la futura serie de televisión en este formato, bien sea porque Garci gusta de recrearse en exceso en las bonitas postales con las que ilustra esa época en lugar de centrarse en la construcción de personajes, el caso es que todo lo que pasa antes y durante el Motín de Aranjuez es un completo desastre en el que el espectador se pierde por completo. Nada importa demasiado porque ningún personaje, ni siquiera el conductor de la historia, está construido con la suficiente definición como para que llegue a interesar minimamente al espectador, que se desentiende con rapidez de todo lo que en la pantalla acontece.

Yo no acabo de entender muy bien los motivos por los cuales un director que puede gustar más o menos pero que ha dado sobradas muestras en el pasado de saber como contar una historia no es capaz de tomar la suficiente distancia del ensimismamiento que parece causarle la contemplación de su propia obra como para no advertir que los acontecimientos se suceden de manera atropellada, que los personajes sufren de una afectación impostada que los hace francamente antipáticos, que durante casi dos horas la mayor parte de lo que se cuenta resulta irrelevante – ni siquiera esa especie de sainete enredoso con la pareja de avaros encarnados por Miguel Rellán y Tina Sainz, pese a algún instante divertido, consigue que la película levante el vuelo -, que los trances de la insulsa parejita formada por Quim Gutierrez y Paula Echevarría provocan la más absoluta indiferencia, que en el fondo – y éste es el defecto menos perdonable en mi opinión de Sangre de Mayo – para nada están bien explicados los preliminares de los acontecimientos históricos que en ella se narran. Vamos, pongamos por caso, que si un noruego sin conocimientos de historia de España quisiera sacar en claro algo del Dos de Mayo viendo esta película se va a quedar mismamente como estaba.

A favor de Garci diré que en el último tramo de película, cuando entra en el Dos de Mayo propiamente dicho y si uno consigue sobreponerse a la insufrible sensación de aburrimiento, el realizador madrileño demuestra manejarse bien con un tipo de cine que nunca antes había intentado en su filmografía. No quiero ser malicioso, pero quizás sea porque el caos de aquella sangrienta jornada encaja bien con todo el caos narrativo que la precede. Garci consigue extraer un poco de emoción en el enfrentamiento entre el pueblo llano y el ejército napoleónico, aunque desde luego no el suficiente para redimir una película que concluye con un tópico harto previsible y con unas preciosas imágenes del Madrid actual sobre los títulos de crédito finales que no me cabe duda que el realizador debe considerar la mejor forma de rematar su sentido homenaje a la ciudad que ama pero en el que más de uno verá un obligado peaje por la subvención recibida.

No quiero terminar esta reseña sin hacer una reflexión que ya me pasó por la cabeza cuando salía del desastre de La Conjura de los necios, digo, La Conjura del Escorial y que volvió a aparecer con esta desangelada Sangre de Mayo ¿Cómo es posible que con la rica historia que tenemos en este país, llena de episodios interesantísimos que sin duda merecerían una adaptación a la gran pantalla y con los excelentes profesionales de esta industria, capaces de recrear y ambientar esa época de manera tan formidable como se ha hecho en las películas mencionadas, no conseguimos que haya guionistas y directores capaces de sacar adelante desde el guión tramas notables o al menos correctas? ¿Cómo es posible que caigamos en el mismo error una y otra vez? Luego nos quejaremos que no haya productores con sentido del riesgo que financien estas carísimas propuestas...

jueves, octubre 02, 2008

FILMOTECA: Garage, mas cine irlandes

Hoy Jueves 2 de octubre en el Centro Cultural Alcazaba a partir de las 20:30 horas La Filmoteca de Extremadura proyecta la película irlandesa Garage, una tragicomedia dirigida por Jenny Abrahamson (Adam y Paul) que consiguió en Cannes 2007 el prestigioso premio CICAE (Quincena de los Realizadores), arrasó en los premios IFTA – el equivalente irlandés a nuestros Goya – con cuatro galardones: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Mejor Guión y además de recibir premios en diversos Festivales Internacionales como Bratislava, Montecarlo o Turín.

Josie lleva toda la vida trabajando como encargado de una ruinosa gasolinera en el medio oeste irlandés. Es introvertido y solitario, bastante optimista y, de una manera rara, feliz. Pero de repente, la llegada de David a la gasolinera, traerá una serie de cambios a su hasta ahora tranquila y monótona vida. David y Josie se caen bien y no tardan en conectar. Josie se ve reflejado en el joven David, y no dudará en sentarse con él, y con otros chicos de su edad, a beber cervezas en las vías del tren.

El tiempo que pasa con David lleva a Josie a descubrir cuales son aquellas necesidades que aún no ha cubierto. Por otro lado Carmel, que trabaja en una tienda en la ciudad y que siempre ha tratado bien a Josie, empieza a descubrir sentimientos muy intensos, que no es capaz de definir, y que terminan haciendo peligrar su relación con Josie. Todos estos cambios tendrán importantes consecuencias.

Garage podría definirse como una muestra de cine independiente irlandés... si no fuera porque Irlanda no tiene la suficiente producción audiovisual como para sostener la idea de un cine “independiente”. Sin embargo tiene sentido ya que Garage es una película que recuerda en muchos de sus elementos al cine independiente USA. Según Lenny Abrahamson Garage tiene “un estilo que podría llamarse ‘slapstick trágico’. Lo que me interesa como director es esa extraña combinación de dos géneros que normalmente no encajan bien. Creo que es este estilo curioso el que deja a Garage ser compasivo, sin caer en el sentimentalismo. Para mí, es un testamento sobre alguien que suele estar siempre al margen y cuya vida pasa totalmente desapercibida. Pero lo que más caracteriza a Garage es el cambio de tono que presenta la película. Empieza con el enfoque de la idiotez de Josie como personaje, enseñando como le ven los demás, para poco a poco, transformar la perspectiva inicial en una más interna y profunda, acabando por socavar esa primera impresión que tenemos sobre él, más fácil y superficial”

Así que ya sabéis, si queréis probar otra muestra de cine irlandés tras el buen sabor de boca que dejó la estupenda Once – ésta muy diferente, no se equivoquen, aunque igualmente interesante – acercaos esta tarde al Centro Cultural Alcazaba a partir de las 20:30