Verano. Viernes por la tarde. Comienza un ritual que a estas alturas ya me resulta familiar: meto en una bolsa una botella de agua fría, algo para picar, una toalla y encamino mis pasos hacia el otro lado del río, al parque de las siete sillas. Caminan a mi alrededor parejas, adolescentes, incluso familias enteras, algunos de ellos bien pertrechados con sillas plegables, que se dirigen al mismo sitio que yo. La música suena con más fuerza según me acerco. Ya llego tarde al concierto otra vez. No hay un solo asiento libre, pero carece de importancia. Extiendo la toalla sobre la hierba y me siento en ella. El concierto termina, el público aplaude, los técnicos de producción se mueven con rapidez mientras la gente se dirige a la furgoneta donde sirvan limonada gratis para aliviar la espera. Aun hay demasiada claridad.
La pantalla blanca se recorta sobre el río, esperando su ocasión para llenarse de sueños. Entre el público, por vez primera este año, llama la atención poderosamente un proyector portátil de 35 mm que empieza a ser alimentado de forma meticulosa y delicada con unas inconfundibles bobinas de considerable tamaño. Bajo las miradas curiosas de niños y mayores, el celuloide se desliza entre los engranajes, trazando vueltas y curvas, ocupando su sitio a la espera de ser arrastrado. La cegadora luz blanca del proyector traza un cuadro sobre la pantalla, se mueve a un lado y a otro hasta ocuparla en su mayor parte, busca el equilibrio. Aun falta bastante para que anochezca, pero ya es hora de comenzar.
Océanos, el documental de mayor presupuesto de la historia, fruto de cuatro años de preparación y otros cuatro de duro rodaje hasta en el último rincón del mundo marino, dista mucho de ser uno de esos suaves sedantes con los que dormir placidamente en el sofá delante del televisor después de comer. Todo lo contrario, su embriagadora propuesta atrapa desde un primer momento la atención del espectador, que se deja seducir por cada plano, cada secuencia, mientras una sucesión de imágenes del mundo acuático, a cual más espectacular y sorprendente, va desvelando sin más adornos que la incuestionable belleza que llena la pantalla la vida de sus pobladores, esos fascinantes desconocidos del mundo animal que recorren un universo ingrávido, libre en su mayor parte de la odiosa presencia humana.
Perrin y Cluzaud no necesitan abusar de la voz en off para transmitir su mensaje de indudable calado ecologista al espectador. Aunque el tono es melancólico, herido, porque sería absurdo no asumir la inevitable cuota de responsabilidad que nos toca en la destrucción paulatina de ese paraíso, no hay mayor afán de toma de conciencia que la que surge mientras, asombrados y desarmados por la contemplación de la naturaleza en todo su esplendor – esos gigantescos bancos de peces llevando a cabo auténticas coreografías, esos ejércitos de cangrejos dispuestos a épicas batallas, esas sorprendentes tácticas de camuflaje, esas luchas por la supervivencia del ciclo de la vida, esa aparentemente infinita variedad de especies recorriendo, gráciles, las interminables autopistas marinas – nos dejamos arrastrar por esa belleza a la que contribuye no poco una inteligente combinación de sonidos marinos y la arrebatadora música de Bruno Coulais que vuelve, como ya hizo en la preciosa Nómadas del Viento, a dar prueba de su exquisita sensibilidad para enriquecer las imágenes que ilustra.
Tampoco se escatima el dolor entre tanta belleza. La presencia del hombre, con sus redes de arrastre y su caprichosa forma de saquear los fondos marinos mucho más allá de lo que sería necesario para alimentarse, permite asistir a secuencias tan impactantes como las que muestran la lucha denodada de los animales por escapar de las redes que los atrapan o aquella en la que un tiburón, desprovisto de sus arrancadas aletas y cola, es tirado por la borda de un barco pesquero y se hunde sin remisión hacia su fin en el lecho oceánico, una imagen capaz de perseguirte mucho tiempo. De la misma forma, cuando la cámara se adentra en un museo buscando especies ya extintas o la representación de la majestuosidad de la vida marina en impresionantes acuarios que sin embargo palidecen ante lo anteriormente contemplado, la película consigue plenamente sus objetivos. Un momento mágico cuando, mientras la película reproduce la devastadora fuerza de la naturaleza en forma de tormenta, una fuerte corriente de viento está a punto de llevarse la pantalla por los aires, salvada por la atenta producción en el último instante. La proyección concluye felizmente, con la pantalla convertida en una vela henchida por el viento. El público aplaude, conmovido y fascinado por el espectáculo. Los niños juegan felices con sus sombras en la pantalla. El viernes que viene se repetirá de nuevo el ritual de disfrutar del cine al aire libre. Demasiado hermoso como para no dejarse seducir por él.
El ciclo de cine medioambiental continúa durante todos los viernes de agosto, en el Parque de las Siete Sillas, a partir de las 21:00 horas con Avatar, Wallace y Gromit: La Maldición de las Verduras, El Jardinero Fiel y Grizzly Man.Este articulo, levemente modificado, se publicó el lunes 2 de Agosto en el periódico Voz Emérita.
En una brillante escena de Ratatouille, otra joya de la factoría Pixar, un exigente crítico gastronómico probaba un plato de pisto e inmediatamente sufría un viaje que lo transportaba de cabeza a su más tierna infancia, a los tiempos en que su madre le preparaba tan simple y sabroso plato, desarmándole de tal forma y provocándole tal emoción que no le quedaba otra que rendirse a las habilidades culinarias del más improbable chef de la historia del cine, una rata. Como aquel crítico, yo sufrí una conmoción parecida con la primera escena de esta maravillosa Toy Story 3, una secuencia de acción y aventura digna de cualquier prólogo de Indiana Jones en la que, por vez primera en la trilogía protagonizada por estos juguetes de plástico, el punto de vista de la historia no es el suyo, sino el del niño que da rienda suelta a un universo fantástico impulsado por la imaginación que los transforma en algo que va mucho más allá de su apariencia o su función inicial. Caí en la cuenta que yo era ese niño y cualquiera que alguna vez recreara un mundo de aventuras en su habitación gracias a su imaginación y sus juguetes sentirá lo mismo, por muy enterrado que tenga ese recuerdo en la memoria. Es algo prodigioso.
Ese arrollador comienzo entronca de forma directa con el emotivo final de la película, en la que el inevitable paso de la infancia a la edad adulta de ese Andy a punto de irse a la universidad se asume con la naturalidad de aquel que, pese al dolor y la nostalgia, comprende que solo desde la necesidad de dejar atrás y a la vez incorporar al presente aquel niño que una vez se ha sido, se puede seguir creciendo en el futuro.
La herencia que uno debe dejar a los que vienen detrás de él es abrirles la posibilidad de disfrutar de ese u otros mundos mágicos, porque el juego nunca terminará mientras haya niños dispuestos a empezar de nuevo. Parece un concepto sencillo, pero no lo es en absoluto y ahí reside quizás una de las claves del éxito película tras película de Pixar, su innegable capacidad de tocar temas muy profundos partiendo de planteamientos engañosamente simples y accesibles a todo tipo de público.
En medio del arco que forman esas dos escenas clave del prólogo y el final contadas desde el punto de vista de Andy, nos reencontramos de nuevo con esos juguetes con vida y sentimientos humanos, sufriendo desde su condición inmutable la impotencia de asistir al crecimiento de un dueño que ya no siente el deseo de jugar con ellos, que aceptan el destino de vivir en un trastero como mal menor frente a la posibilidad de convertirse en desechos o que se atreven a soñar con hacer felices a otros niños si son donados a una guardería. Uno comprende sus miedos, sus incertidumbres, su resistencia a aceptar el arrinconamiento. El concepto sigue siendo asombroso, aunque estemos ya en la tercera entrega de la serie: una confusión y un dolor muy humanos representados en unos juguetes de plástico capaces de generar profundas emociones en el espectador.
Es sencillamente increíble la forma en la que Toy Story 3 cambia de género de forma constante: la aventura, el drama, la comedia, el cine de mafiosos, el terror, el cine carcelario y el cine de acción se suceden con pasmosa naturalidad, como si fuera lo más fácil del mundo. Semejante acumulación de géneros provoca que uno jamás sea capaz de anticipar por donde va a transcurrir la película en el instante siguiente y el talento de sus creadores reside en servir todo con el habitual despliegue de ideas y gags brillantes: tanto el ambiguo Ken como ese oso con olor a fresa convertido con buenas razones en el Tony Soprano de la guardería - donde se reproduce en cierta forma una variante del memorable gag de los juguetes escondidos de Tin Toy, uno de los primeros cortos de la casa -, el inquietante bebé gigante - atención a la escena nocturna en el columpio -, el increíble personaje del mono vigilante o las vueltas de tuercas al Señor Patata - la imaginación al servicio de las múltiples posibilidades de un personaje que por momentos nos lleva por el camino del más puro surrealismo - y ese Buzz Lightyear reseteado son solo leves apuntes de esa creatividad desbordante marca de la casa que, por más que esperada, jamás deja de sorprendernos.
Por cierto, no se les ocurra llegar tarde al cine. Se perderían otra obra maestra en formato corto llamada Día y Noche en la que el 2D y el 3D, utilizado con una profundidad y riqueza de recursos impresionantes, se dan la mano en lo que resulta una contundente declaración de intenciones sobre el futuro de la animación. Que en Pixar es presente, claro.
Este artículo se publicó en el periódico Voz Emérita el lunes 26 de Julio
En un futuro no demasiado lejano alguien podría hacer con las cuatro películas de la franquicia Shrek la perfecta tesis sobre esa extraña capacidad que tiene Hollywood a veces de corromper propuestas que una vez fueron originales a base de repetir y explotar la misma fórmula hasta hacerle perder su gracia por completo o, lo que es aun más grave, domesticar su capacidad de trasgresión hasta hacerla irreconocible y conseguir un producto familiar que defiende valores muy distintos de los que perseguía inicialmente. Recapitulemos ¿Quién no celebró la irrupción en nuestras pantallas hace ahora nueve años de ese ogro políticamente incorrecto cuyo original universo subvertía la esencia de los cuentos tradicionales de forma tan grosera como brillante?
Semejante mezcla de desfachatez, inteligencia y mala leche fue recompensada con un éxito tan atronador que hizo inevitable una segunda parte que ya hizo enarcar algunas cejas, pues se limitaba a repetir conflictos sin aportar casi nada nuevo y rebajando considerablemente sus cargas de profundidad lo que no impidió un nuevo éxito y una flojísima y olvidable tercera entrega en la que, convertido ya en una simple máquina de hacer caja y desaprovechando el gran potencial que tenía la idea de reinterpretar los cuentos por una vez desde el punto de vista del villano, Shrek se resignaba y nos resignaba a aceptar sus responsabilidades como padre y marido mientras los chistes, desgastados y repetidos, cada vez tenían menos gracia.
En Shrek Felices Para Siempre el proceso se torna definitivo e irreversible: la engañosa rebelión del ogro verde contra su aburguesamiento de padre de familia le hace añorar aquellos tiempos mejores en los que se dedicaba simplemente a ser un ogro feliz en su ciénaga y asustar a todo el mundo hasta firmar un fáustico pacto con el villano de la función -un pegajoso, repulsivo y sin embargo divertido Rumpelstilkin que bien podría ser uno de esos banqueros que nos hacen firmar hipotecas sin explicarnos bien la letra pequeña, uno de los aspectos positivos de la función – que lo lleva a un universo paralelo en el que nunca liberó a Fiona del castillo ni conoció al resto de personajes secundarios.
Se conforma así una suerte de fábula digna del Frank Capra de ¡Que Bello es Vivir! que esconde una defensa a ultranza de los valores familiares más conservadores, un cuento tradicional que supone la excusa perfecta para volver por los caminos anteriormente recorridos con mínimas variaciones para solaz de los incondicionales de la saga y desesperación del que busque en vano los restos de la provocación trasgresora que nos conquistó hace una década. Y es que, francamente, no hay nada demasiado estimulante a estas alturas en ver como se descubren de nuevo Asno y Shrek, en el ahora orondo Gato con Botas poniendo ojitos por enésima vez o en cómo conquistar un beso de amor de una Fiona convertida en guerrera de armas tomar con el corazón cerrado. Todo tiene cierto aire de refrito, de fórmula agotada recocinada con bastante poca gracia
Una de las razones del éxito de Shrek es que en cierta forma proponía una fórmula capaz de seducir a los más pequeños mientras los adultos podían disfrutar de las referencias cafres que dinamitaban los cuentos tradicionales desde dentro. Lo extraño es que esa fórmula se ha ido desequilibrando con cada entrega hasta el punto de que muchos de los temas tratados iban teniendo un contenido cada vez más serio, un proceso paralelo al de la evolución de ese niño grande y gamberro que en el fondo es Shrek para convertirse en un adulto responsable.
Hasta tal punto es la cosa que en esta cuarta película los autores parecen haberse olvidado de los niños, capaces de aburrirse soberanamente durante largos tramos de una película en la que no abundan precisamente los golpes divertidos ni las escenas de acción desbordante - en el pase en el que yo estuve hasta hubo unos cuantos que obligaron a sus padres a sacarlos de la sala antes de que terminara - y que juega con elementos como universos paralelos, personajes reconocibles en apariencia que no se comportan como se espera de ellos y frustraciones vitales que aventuro que no les debe resultar nada fácil desentrañar.
Por supuesto Shrek Felices Para Siempre contiene momentos inspirados – la repetición de insufribles escenas familiares del comienzo está narrada con cierta gracia, el flautista de Hamelin y su forma de convertir una emboscada de ogros en una especie de baile masivo digno del Día del Orgullo Gay es sin duda uno de los mejores golpes del filme – y sigue teniendo un excelente gusto para los temas que jalonan su BSO – mención especial al Top of the World de los Carpenters que suena en el día de esparcimiento de Shrek o al atrevimiento de usar el ochentero Hello de Lionel Ritchie – pero es tal la deriva de la franquicia que esperemos que sea cierto que esta cuarta entrega sea la definitiva. De seguir así, no sería de extrañar que Shrek volviera convertido en un verde cristiano renacido fiel votante de Bush. Y tampoco es eso.
Este artículo se publicó en Voz Emérita el Lunes 19 de Julio
En un arte que aglutina tantas y tan valiosas disciplinas como es el cine, confieso que hay pocas a las que le dé tanta importancia como su banda sonora. La música posee una fuerza arrolladora, una capacidad de crear atmósferas y de emocionar casi infinita. En ocasiones una melodía puede contarte mejor que una mirada como es, como siente un personaje, revelarnos cosas ocultas o al menos sugerirnos que las esconde, alargar y acortar los metrajes, añadir profundidad y sustancia al plano. Los compositores, que casi siempre suelen trabajar sobre las imágenes ya grabadas, a menudo comentan que una vez que los directores ven lo rodado junto a la música que le acompaña, es muy frecuente que descubran recursos inesperados, emociones distintas, incluso una película completamente nueva. Me parece admirable y a la vez dificilísimo conseguir ese delicado equilibrio que debe sugerir, completar y no imponer desde fuera al espectador lo que debe sentir.
Roque Baños, sin discusión uno de los más brillantes compositores que tiene este país, lleva años intentando que la música de cine se imponga a los prejuicios y el desdén con el que a menudo es tratada. Su argumento es irrefutable ¿Quién dice que un espectador cualquiera no puede disfrutar de una música que, aunque pensada para ilustrar una pantalla, puede por si misma abrirse paso al corazón del espectador incluso aun cuando éste no haya visto la película en cuestión? Su forma de probarlo consiste en dar conciertos por todas partes, llevar su maravillosa música a los escenarios más diversos y, por supuesto, emocionar a todo el que le escucha con el más simple y poderoso de los motivos: la belleza. Porque Roque Baños no solo crea música para películas, crea belleza. Y buscar la belleza sigue siendo una de las mejores razones para estar en este mundo.
Ha sido un privilegio que la 56 Edición del Festival de Mérida haya abierto sus puertas con Roque Baños dirigiendo a la Orquesta de Extremadura, ofreciéndonos su música. Y ha sido una lástima que apenas seiscientas personas acudieran a disfrutar de semejante regalo. Pero los que allí estuvimos sabemos que asistimos a algo especial, fuimos testigos de cómo un autor y una orquesta se iban sobreponiendo a haber dispuesto solo de tres días de ensayos previos, al hecho de tocar en un ambiente muy distinto al que están acostumbrados, a la acústica que proporciona el Teatro Romano. El comienzo, con una obra reciente dedicada al Casino de Murcia que nada tiene que ver con el cine, mezcla de marcha triunfal y danza árabe, pudo descolocar algo al personal pero sin tiempo para digerirlo ya estaban las emocionantes melodías de Las Trece Rosas tocando la fibra del espectador, poblando de dolor, tristeza y emoción las viejas piedras del auditorio. Un nuevo cambio de tercio nos llevó por los caminos de la inquietud con un punto de locura muy al estilo de Bernard Herrmann con la juguetona y ambiental partitura creada para La Comunidad, una de las siete colaboraciones de Roque Baños con Alex De La Iglesia en lo que para este cronista es una de las más felices y fecundas asociaciones del cine español. La Sinfonía Aragón, creada para la Expo 2008 de Zaragoza, una pieza de enorme capacidad de sugerencia, cerró de forma brillante el primer acto.
Tras el descanso, la épica fue la nota predominante con la fuerza del majestuoso score de El Corazón del Guerrero, aquella fantasía de espada y brujería con la que Baños inició su colaboración con otro director fundamental, Daniel Monzón, que años más tarde poblaría de poderosas percusiones la cárcel donde se desarrollaba la acción de la película más premiada del año pasado, la enérgica Celda 211. Fue quizás durante la interpretación de ésta última donde la Orquesta pudo lucir en todo su esplendor aunque para mi gusto la compleja y sutil música de Alatriste quizás fuera el momento culminante de la noche: imposible no sentir las fanfarrias y su dolorosa épica, no emocionarse con la hermosura de la triste derrota de Cuenta lo que Fuimos, aun sin el añorado coro que tantos, Roque el primero, echamos de menos.
Unas palabras de agradecimiento, un bis con la jota de la Sinfonía Aragón y antes de que pudiéramos asimilarlo, ese músico tan genial como sencillo había desaparecido del escenario. A veces no hace falta una pantalla para llenarnos el corazón de emoción y de sueños.
Este artículo apareció el lunes 12 de Julio en el periódico Voz Emérita
Dice Woody Allen que el corazón es un músculo muy pero que muy elástico. Tiene razón. Los seres humanos dedicamos gran parte de nuestra vida a satisfacer nuestras necesidades emocionales moviéndonos casi siempre a tientas en una penumbra en la que no solo no estamos seguros de lo que quiere el otro sino que ni tan siquiera tenemos claro que queremos nosotros mismos. Por si eso fuera poco a menudo sucede que cuando estamos a punto de consolidar una relación, el corazón sigue sus propios caminos y nos tiende en el camino la promesa de otra muy distinta, a veces con alguien inalcanzable, que nos hace dudar y nos obliga a repensar nuestras decisiones.
Two Lovers se estructura como si fuera una comedia romántica. Su melancólico protagonista, Leonard Kraditor, un aprendiz de suicida sumamente inestable - la primera escena de la película, con su salto a un río helado y su posterior indiferencia e incluso enfado con aquellos que le salvan de su destino, es sumamente reveladora de su incapacidad para sobrellevar una vida "normal" tras un desengaño amoroso - atrapado en ese entorno familiar tan protector como asfixiante característico de todas las películas realizadas hasta la fecha por James Gray (Cuestión de Sangre, La Otra Cara del Crimen, La Noche es Nuestra), se debate entre dos mujeres muy distintas, casi podría decirse que opuestas.
Sandra (una encantadora Vinessa Shaw que Gray tiene la inteligencia de no mostrar como una mujer banal en su dulzura, sino abnegada y conmovida por la sensibilidad de Leonard) representa la seguridad, el cariño, la tranquilidad de espíritu, la presumible compañera ideal para un futuro estable y es su propia familia quien le abre las puertas para que esa relación se consolide. Michelle (una Gwyneth Paltrow que dinamita su dulzura habitual para dar vida a una especie de inconsciente femme fatale a la que acompañan no las malas intenciones sino una natural tendencia a la fatalidad) es una mujer etérea que bajo su hermosa apariencia esconde una inestabilidad y una inseguridad pareja a la del propio Leonard y quizás por eso éste se ve irremisiblemente atraído por ella hasta el punto de comportarse como un adolescente enamorado y dejarse llevar por la pasión que siente por la promesa de una relación inalcanzable, pues ella se haya atrapada en otra relación con un hombre casado.
Con Sandra se relaciona siempre en entornos protegidos, seguros - su propia casa, la habitación, una fiesta familiar - mientras que con Michelle se encuentra en sitios clandestinos que alimentan la sensación de trasgresión a la vez que nos hablan de la imposibilidad de esa relación, siempre en el aire: una fría azotea, una disco frenética, un restaurante caro. Cuanto más presiona el entorno para que Leonard se deje envolver por la cálida Sandra, más siente aquél la necesidad de huir con esa vecina a la que espía desde la ventana de su habitación, no por casualidad situada unos pisos por debajo de la de Michelle, una forma elegante de sugerir las diferencias insalvables entre ambos, pese a su progresivo acercamiento.
A James Gray no le interesa la comedia romántica. Solo utiliza ese esquema como punto de partida para elaborar un denso y melancólico drama sobre la vulnerabilidad de un hombre enamorado, atrapado entre su pasión y el confort, un hombre incapaz de tomar una decisión no porque no quiera hacerlo sino porque ésta le viene impuesta desde fuera, como si se tratara de una marioneta que trata de forma inútil de rebelarse contra las fuerzas de un destino caprichoso y cruel. Gray subraya todo esto con una puesta en escena extremadamente elegante en la que se contrapone la calidez de sus encuentros con Sandra con unos planos cerrados que transmiten la idea de una prisión mientras que por el contrario sus encuentros con Michelle en espacios abiertos como los de esa helada azotea no hacen sino reforzar la idea del distanciamiento entre ambos por más que Leonard se esfuerce en acercarse a ese ideal que ella representa.
Joaquin Phoenix, en una interpretación memorable, convierte a Leonard en una figura trágica, un amante de una fragilidad dolorosa incapaz de sublimar su pasión incluso cuando intuye que es irrealizable y a pesar de la promesa de placidez que le ofrece Sandra. Porque en el fondo, nos viene a decir su realizador, aunque todos valoremos en la balanza la seguridad y el confort que nos ofrece aquel que nos quiere por lo que somos, a menudo nos dejamos arrastrar por esa pasión arrebatadora que nos induce una emoción altamente adictiva.
Two Lovers es material peligroso porque nos pone enfrente un espejo que nos obliga a confrontar aquello que somos con lo que una vez soñamos con ser. Es ahí donde posee una cualidad muy perturbadora capaz de afectarnos profundamente, pues su carácter subversivo no reside en una maniquea apología de perseguir nuestros sueños sea cual sea el precio a pagar por ello sino precisamente plantear un improbable retorno al orden habitual de las cosas como alternativa, incluso como forma de supervivencia emocional. El último plano de la película, en el que la mirada de Leonard nos interroga directamente cuando Gray se ha estado esforzando en todo momento para que no juzguemos a sus personajes, produce un desasosiego considerable no solo porque nos obligue a repasar bajo esa luz nuestras propias decisiones del pasado, sino porque nos muestra un desamparo ante la falta de elección que acaso también sea el nuestro.
Este artículo, levemente modificado, se publicó el Lunes 5 de Julio en el periódico gratuito Voz Emérita
Que el cine es algo lo suficientemente maleable como para poder adaptar a su antojo cualquier obra literaria hasta el punto de hacerla irreconocible es algo conocido y si me apuran casi hasta asumido dadas las numerosas tropelías que en nombre del sacrosanto entretenimiento comercial se llevan décadas haciendo. No se confundan, no soy un integrista de la fidelidad al material literario de partida, incluso creo que el cine, como el medio de contar historias absolutamente distinto a la literatura que es, precisa de cierta libertad a la hora de plasmar en imágenes lo escrito. En esa indisoluble y fértil asociación entre ambas disciplinas se basa gran parte del cine y uno ha de aceptar con tanta resignación como admiración que hay películas capaces de engrandecer libros vulgares y libros maravillosos que pierden gran parte de su magia al llegar a la gran pantalla.
Sin embargo, sí creo que se debe guardar un cierto respeto a la intención del autor del libro, que no hay traición más condenable que alterar los elementos de una novela hasta desvirtuar aquello que el escritor pretendía transmitir al lector. El Retrato de Dorian Grey, la única novela que escribió Oscar Wilde en 1890, era una ácida y cínica crítica contra la hipocresía victoriana, una inteligente forma de reivindicar cierto gusto por el placer encubierta bajo los ropajes de una historia moral que hacía de su narcisista personaje central un ser vanidoso, arrogante y extremadamente corrupto.
Por el contrario, El Retrato de Dorian Grey, la película perpetrada con pésimas intenciones por Oliver Parker, juega a convertir a dicho personaje en una victima, en un personaje maldito cercano a monstruos tradicionales como el Hombre Lobo o Drácula – los paralelismos del filme con la adaptación de Coppola de la obra de Bram Stoker son demasiado evidentes para ser ignorados – con lo que despoja a Dorian Grey de la mayor parte de su malevolencia y fuerza, haciendo poco menos que comprensible su descenso a los infiernos de la perversión y, en el colmo de los sacrilegios, le otorga al mismo una especie de redención moral final que Wilde jamás habría osado imaginar para su corrupta criatura.
Solo en los compases iniciales de la película uno puede mantener la ilusión de que Parker - autor por cierto de la adaptación al cine de otras dos obras de Wilde, Un Marido Ideal y La Importancia de Llamarse Ernesto, con lo que no puede argüir desconocimiento del universo del escritor – va a guardar cierta fidelidad a la obra original. Eso ocurre gracias al talento de Colin Firth que en su papel de Lord Henry Wotton es la reconocible voz del propio Wilde y consigue transmitir todo el cinismo, desencanto e inteligencia con la que el irlandés observaba a la decadente sociedad que le rodeaba.
Su causticidad y la guía en el hedonismo que supone para el joven Dorian conforman la parte salvable del filme de Parker, que se despeña en cuanto éste desaparece de la pantalla junto con el pintor Basil Hallward - un correcto Ben Chaplin - y dejan a solas con el peso de la película a un actor tan soso como Ben Barnes que pese a su belleza carece de los recursos suficientes para generar interés. No es solo culpa suya: el afán de Parker y su guionista Toby Finlay por hacer de la película un producto comercial vendible - que me llevó a pensar en más de una ocasión en esa inenarrable tontería para jovencitas llamada Crepúsculo, lo que es un pésimo síntoma – convierten a este Dorian Grey en alguien tan alejado del personaje original creado por Wilde que casi podría decirse que representa en el último tramo del filme la corrección política contra la que el irlandés luchó denodadamente toda su vida y por la que pagó un alto precio, una traición final que haría que se revolviese en su tumba.
Actualizar un clásico para hacerlo accesible a un público joven no debería significar traicionar su esencia. Uno puede entender – aunque no compartir – ciertos efectismos visuales o un lenguaje visual y un montaje cercano al gusto más moderno en ese afán de llegar al gran público. Pero de ahí a comulgar con un guión que por momentos va en contra de la intención original pretendida por Wilde va un largo trecho. Y por ahí no paso. Ni deberían ustedes.
Este artículo se publicó el lunes 28 de junio en el periodico gratuito Voz Emerita
Reconozcamos de entrada que una propuesta como The Blind Side pone los pelos como escarpias: temible historia basada en hechos reales que cuenta cómo una familia adinerada del sur de EE.UU. decide sacar de la calle a uno de esos miles de negros desfavorecidos por la fortuna, una suerte de gigante bonachón incapaz de hacerle daño a una mosca y con serios problemas de aprendizaje que gracias a ser acogido como uno más en tan cristiana y abnegada familia recibe no solo una educación apropiada sino que es capaz de desplegar sus innatas habilidades para jugar al fútbol americano hasta convertirse hoy en día en uno de los tackle ofensivos más apreciados de la NFL, la liga profesional de dicho deporte. Solo con echar un ojo a semejante argumento es natural sentir cierta aprensión ante una película que se diría ideal para un telefilme de sobremesa de esos con los que sestear en el sillón orejero del salón, pero hay un par de detalles que despiertan la curiosidad: uno es el Oscar a la Mejor Actriz que le valió a Sandra Bullock y otro es su descomunal recaudación en los USA, algo inhabitual para este tipo de películas.
Para empezar, resulta evidente que The Blind Side funciona porque es una película conservadora, tradicional, escasamente original y sobre todo, la mayor abanderada del buen rollo que pueda haberse visto en una pantalla en años. Llámenme cínico pero resulta imposible no sentir cierta repulsión ante una propuesta cuyos héroes son una familia tan, tan abnegada y cristiana en el buen sentido del término que por momentos se diría que son como personajes animados de una película Disney convertidos en carne y hueso. Es cuanto menos difícil de creer, aun y cuando sepamos que estamos ante una historia real, que la adquisición por parte de esa familia bien de un angelote de dos metros bien crecidito y procedente de un barrio marginal no genere la más mínima tensión durante todo el proceso, tan suave como si los Tuohy fueran una versión incluso mejorada de aquellos insufribles Ingalls de La Casa de la Pradera.
Su director, John Lee Hancock, hace virguerías para mantener el trasfondo marginal del pasado de Michael Oher casi al margen de dicho protagonista y simplifica la historia – bajo la que subyace el tema fundamental de las enormes diferencias sociales y económicas que aun existen entre blancos y afroamericanos en los USA - hasta el punto que sea comprensible y aceptable por el espectador menos exigente, que puede tener la impresión de hallarse ante un cuento de hadas que como efectivamente tuvo lugar lanza un mensaje muy positivo de cara al futuro social de aquel país. Un espejismo que olvida que tan inusitada historia es siempre la excepción y nunca la norma.
Después está la Bullock, que es como un huracán. Hay que reconocer que está fantástica en su papel de pija sureña, esposa dominante, madre abnegada y fiera cuando se trata de defender a sus retoños y hábil manipuladora para conseguir lo que desea, ya sea abrir el corazón de Michael o la forma de encauzar las habilidades de éste para el fútbol. Su Oscar trae reminiscencias de aquel mismo premio que consiguió Julia Roberts por un papel similar en Erin Brockovich y no tanto por las faldas apretadas o los estupendos escotes, sino por el descaro con el que maneja a su antojo todo lo que sucede en pantalla.
Resulta imposible apartar los ojos de ella y eso, tratándose de una actriz como la Bullock capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo año, ya es mucho decir. Sin embargo y aun reconociendo los méritos de un papel en el que a veces parece hallarse al borde mismo de la caricatura sin franquearlo jamás, me resulta increíble que este Oscar no fuera para la maravillosa Carey Mulligan de An Education.
En todo caso, resulta un tanto inquietante, o quizás no, que The Blind Side, con su retahíla de lugares comunes sobre la salida de la miseria a través de la educación, el deporte y el cristianismo compasivo haya alcanzado tal éxito en la América de Obama. Deben estar muy ansiosos de creer en tan improbables cuentos de hadas. Servidor solo puede enarcar una ceja incrédula ante tan azucarado y previsible relato de superación.
Este artículo se publicó el Lunes 21 de Junio en el periódico gratuito Voz Emérita
Hace ya cuatro años que arrancó uno de los Festivales más hermosos y apreciados por el que suscribe estas líneas. Una propuesta coherente y poderosa que aúna películas procedentes de las filmografías asiáticas, oceánicas, africanas, latinoamericanas y de los países que componen Oriente Medio e incluso el sur de Europa. Me maravilla comprobar como año tras año la programación diseñada por Alberto Elena y Mirito Torreiro con la colaboración de gente como Maria Luisa Ortega o Esteve Riambau mantiene un altísimo nivel de calidad y exigencia, no solo en las obras a concurso Sección Oficial sino en las numerosas secciones paralelas y retrospectivas. Acudo a mi cita anual con Granada y aunque, como de costumbre, me siento frustrado tanto por tener que volver antes de que termine como por no poder ver todo lo que me gustaría de una oferta tan apetitosa, siempre, siempre compensa. Con los años, he descubierto que no se trata solo de las películas: también de la gente que lleva ese Festival, de los que acudimos año tras año a esa cita, del placer que supone estar en Granada disfrutando buen cine en mi buena compañía. Vamos con el Palmarés de este año.
SECCIÓN OFICIAL
Alhambra de Oro a la Mejor Película: THE FAMOUS AND THE DEAD (Os famosos e os duendes da morte, Esmir Filho, Brasil)
A primera vista, el debut en el largometraje del prometedor cineasta Esmir Filho, que ya había cosechado numerosos premios con sus cortos Alguna Coisa Assim y Saliva, podría confundirse con una simple película más sobre la sempiterna angustia de ser adolescente. Su protagonista, un joven de 16 años obsesionado con Bob Dylan que tiene un blog llamado Mr. Tambourine Man, pasa las horas muertas en un pueblecito perdido del interior de Brasil, fumando hierba con su mejor amigo, enredando en Internet y fantaseando tanto con una chica de apariencia fantasmal que aparece de forma recurrente en su mente (¿imaginación?¿recuerdos?¿fantasías?) como con la posibilidad de escapar de ese lugar donde por cierto hay una malsana tendencia a suicidarse arrojándose desde un vetusto puente sobre el río.
Sin embargo, hay algo atrayente en la extraña poética de un autor que mezcla videocreación con realismo en su afán de hacernos participes de la sensación de desasosiego de un adolescente que siente no pertenecer a ningún sitio y cuyo destino parece en parte ligado al de un personaje inquietante, protagonista asimismo de algunos de los cortos de la chica que le obsesiona (¿antiguo novio?¿actor?¿asesino?). Por momentos la película de Filho tiene algo de desesperante y puede ponerse algo plastita… pero no es menos cierto que los puntos de fuga de la historia consiguen enganchar al espectador con algunas imágenes e ideas de puesta en escena de lo más sugerente. El resultado es una película desequilibrada pero por momentos fascinante en el que la nostalgia, la muerte, la ensoñación, la soledad y el desapego por lo cotidiano son elementos de una extraña poesía, como una melodía que bien puede no ser del gusto de todos – a mi por ejemplo no me satisface por completo, aunque le reconozco cierto mérito – pero que persigue una cierta vocación autoral a la que convendría seguirle la pista. Por cierto, uno de los puntos fuertes de la película es su BSO, compuesta en su práctica totalidad por temas de un tal Nelo Johann.
Alhambra de Plata a la Mejor Dirección y Premio del Público: THE TIME THAT REMAINS (Le Temps Qu’Il Reste, Elia Suleiman, Palestina/Francia)
¿Se puede uno enfrentar al horror con el único arma del desconcierto? Elia Suleiman cree firmemente que sí, a juzgar por las películas que componen su filmografía. Para el autor de Crónica de una Desaparición e Intervención Divina no hay mejor forma de hacer frente a la sangrante herida de su país natal Palestina en su eterno e inacabable conflicto con los israelíes que el humor teñido de cierto desconcierto y a ello se aplica con fruición, superponiendo su mirada como director a su propia mirada como personaje cuando irrumpe en escena, como si de una reencarnación del mejor Búster Keaton se tratara, observando lo que sucede a su alrededor de forma tan impávida como tierna, incluso cuando se trata de sucesos a priori poco susceptibles de ser tomados a broma.
El Tiempo Que Nos Queda es una película autobiográfica: arranca en su ciudad natal, Nazaret, en 1948, durante la invasión israelí, la dolorosa Nakba que obligó a tantos a huir de Palestina en dirección a Joradania. En Nazaret se quedó Fuad, futuro padre del director, formando parte de esa minoría extraña del estado israelí, su población árabe, que en ciudades como Nazaret es incluso mayoritaria respecto a los propios judíos. La historia de la película es la historia de la propia familia de Elia Suleiman, la forma en la que trataron de adaptarse a la nueva situación, sobreviviendo como extraños en una tierra que antaño fue suya y que ya nunca volverá a serla pero asimismo desde una perspectiva tranquila, resignada, nada combatiente.
De hecho la película no es sino una sucesión de secuencias familiares a lo largo de los años, una cuidadosa y medida repetición de momentos y situaciones que componen una mirada entrañable repleta de ternura por el pasado del realizador que en un momento determinado del metraje vuelve al que fue su hogar para asistir a su madre anciana y se convierte en un personaje más del filme, proporcionando un gozoso juego de dobles miradas sobre una misma situación. Suleiman encuadra cada plano con un mimo impresionante, se mantiene fiel de forma insobornable al poder del plano fijo y juega con el sonido y el fuera de campo de forma absolutamente magistral para, con el uso continuo de un surrealista y maravilloso sentido del humor – cercano a Keaton, pero también a Tati -, acabar desarmando por completo al espectador, que no puede hacer otra cosa que rendirse ante la humanidad que destilan personajes y situaciones, por momentos conmovedora como en la hermosa escena del fallecimiento del padre.
Alguien debería hacer coincidir en una mesa redonda a Elia Suleiman con otros trabajadores del humor y del plano fijo como Aki Kaurismaki o Roy Andersson. Sin duda que sería sumamente interesantes. De momento, yo me quedo con escenas inolvidables como la persecución por parte del cañón de un tanque israelí a un palestino que habla por el móvil caminando arriba y abajo sin hacer ni el más mínimo caso del blindado que le sigue de forma pertinaz, la señora con un cochecito de bebé que interrumpe una refriega de Intifada y que responde al grito de los soldados israelíes que la conminan a irse a su casa con un “¡Iros vosotros a vuestra casa!” o un inverosímil salto con pértiga del muro construido por Israel… a cargo del propio director. Y es que debe ser verdad que no hay mejores armas contra el horror cotidiano que el humor y el desconcierto, por mucho que irrite a algunos. Fue la película que más me gustó de todo lo que vi en Granada. Y no solo por la desopilante versión de Staying Alive de los créditos finales…
Alhambra de Bronce. Premio Especial del Jurado: ADRIFT (Choi Voi, Bui Thac Chuyen, Vietnam)
Esta es una película que venía avalada por el Premio Fipresci del pasado Festival de Cine de Venecia y el éxito mayúsculo obtenido en su país de origen, un Vietnam que todavía se haya tan dominado por la estricta observación de la moral y los valores tradicionales que mostrar o siquiera insinuar algo de sexo o simple erotismo en sus películas nacionales es motivo de polémica y por supuesto, muy rentable en taquilla. Adrift narra la historia de Duyen, una hermosa joven que tras apenas tres meses de noviazgo contrae matrimonio con un joven taxista, Hai, dominado por su madre, inmadura y pelín inapetente que no parece especialmente interesado en consumar el matrimonio con su bella esposa, que pronto se ve abocada a la soledad, atrapada en una relación altamente insatisfactoria.
También está Cam, la prima de Duyen, una escritora lesbiana enamorada en secreto de ella que para provocar el despertar sexual de la joven y cargarse de paso su incipiente matrimonio la empuja a los brazos de un semental amigo suyo, chulazo ocasional. La evolución de esos amores tortuosos e ilícitos explora temas delicados como el lesbianismo o la infidelidad a través de un ritmo más que lento comatoso que no obstante sabe gracias a una hermosa fotografía y a la innegable belleza de los intérpretes inundar de sensualidad la pantalla. Por supuesto para los cánones occidentales el erotismo de Adrift puede resultar un tanto naif pero consigue retrotraernos al cine que predominaba hace unas décadas cuando el poder de la sugerencia aun no había sido completamente desplazado por la manía de mostrar todo de forma gratuita.
Personalmente reconozco que no entré del todo en el juego que Adrift proponía y me dejó más frío de lo que pretendía pero creo que en mi caso puede ser que influyera bastante lo insoportable que me resulta ese apocado protagonista masculino, Nguyen Duy Khoa, estrella juvenil de la música y la televisión de su país, cuya impasibilidad no solo hacia su esposa sino incluso hacia una vecina lolitesca que le enreda un poco me irritó sobremanera. No obstante, hay que reconocer que la propuesta vietnamita dirigida por Bui Thac Chuyen y ambientada para variar en Hanoi y no en el Saigon que nos es más familiar contiene momentos de delicada belleza y construye una atmósfera propicia a la poesía melancólica propia de la insatisfacción que puede resultar de lo más seductora (e incluso perversa) al espectador occidental.
Mejor Actriz: Denise Newman por Shirley Adams (Shirley Adams, Oliver Hermanus, Sudáfrica)
Pues ahora que Sudáfrica es noticia por el omnipresente Mundial de Fútbol, resultó una curiosidad descubrir que los hermanos Dardenne, los autores de Rosetta, El Hijo o El Niño tienen un primo sudafricano en el director Oliver Hermanus, autor de este dramón terrible llamado Shirley Adams que narra la vida de una madre coraje en un suburbio deprimido de Ciudad del Cabo, dedicada en cuerpo y alma a cuidar día y noche de su discapacitado hijo Donovan, una victima fortuita de la violencia que recibió un disparo en un tiroteo entre bandas y que como consecuencia del mismo quedó tetrapléjico y sin el más mínimo deseo de seguir viviendo.
Abandonada por su marido, sin un trabajo que poder compaginar con la tarea de cuidar de su hijo y acuciada por el dinero que necesita para hacer frente tanto a los gastos de la casa como a las facturas médicas, Shirley Adams observa impotente como su mundo se desmorona poco a poco y no encuentra otra salida que sobrevivir a base de la caridad o de pequeños hurtos. Ni el apoyo de alguna amiga fiel o una voluntariosa y resultona terapeuta que quiere recuperar las ganas de vivir de Donovan conseguirán librarla de un destino bastante ominoso.
La columna vertebral de este tremebundo drama es su actriz principal, Denise Newman, que hace un trabajo impresionante encarnando a esa madre decidida a salvar a su hijo aun y en contra de sus propios deseos. El director Oliver Hermanus sigue en todo momento a la actriz con la cámara al hombro, bien pegada a su rostro o a su espalda en un naturalismo inspirado directamente en los logros de los Dardenne y consigue ponernos el corazón en un puño incluso aun cuando uno no tenga el ánimo suficiente para enfrentarse a tal destrozo emocional a primera hora de la mañana. Vamos, la película ideal para ir de buen rollo el resto del día. Sin embargo, el trabajo de Denise Newman es tan sobrecogedor que a partir de un determinado momento – la escena clave del autobús – uno se engancha a la película sin remedio. Acaso mejor sería decir que la película le coge a uno por las solapas y ya no lo suelta hasta su hermoso plano final.
Sin excesos narrativos ni desbarres sentimentales, pero profundamente emotiva, Shirley Adams consigue llegar al espectador y conmoverle sin que en ningún momento uno tenga la impresión de estar asistiendo a una propuesta demasiado forzada o especialmente manipuladora. Desarma con una naturalidad apabullante. Premio muy pero que muy merecido para la magnífica Denise Newman, que ha sabido dar vida a uno de esos personajes que todo actor quisiera clavar una vez en su vida.
Night and Fog es la única película de la Sección Oficial que no tuve ocasión de ver durante mi estancia en Granada así que no puedo discutir los méritos de Simon Yam para hacerse con la mención especial al Mejor Actor. Tampoco pude ver Messages From The Sea, la película egipcia dirigida por Daoud Abdel Sayed y ganadora del premio Mediterráneo por el que pugnaban las concursantes en la Sección Informativa del mismo nombre, asi que de ésta tampoco puedo darles más datos.
De momento lo dejo aquí. Reservo para un segundo post mis impresiones sobre las otras cinco películas vistas en la Sección Oficial que no consiguieron ninguna mención en el Palmarés así como alguna anécdota más digna de reseñarse... como el contenido de esa cnteresante conversación que tenía lugar en el momento de la foto entre el director de Cines del Sur Jose Sanchez Montes, el crítico argentino de El Amante Jorge Diez y el periodista de Dias de Cine Juan Carlos Rivas