domingo, octubre 25, 2009

SEMINCI 2009 Cronica 2: Amreeka, Paco, Castillos de Carton


AMREEKA: Palestinos en la Tierra de las oportunidades

Siempre he pensado que uno puede perfectamente hablar de sí mismo y de su circunstancia y conseguir pese a ello o quizás gracias a ello contar historias universales con las que cualquiera puede identificarse. Cherien Dabis fue la primera integrante de su familia, palestina de origen, que nació en los EE.UU, criándose a caballo entre Ohio y Jordania. Y en Amreeka se ha decidido a contar una historia que sin duda tiene que ser en gran parte la de su propia familia, la de una mujer divorciada y madre de un adolescente que abandona la tensión cotidiana de los territorios ocupados y aprovecha un visado para ir a los EE.UU en busca de una vida mejor para ella y su hijo. Allí se reúne con su hermana, que abandonó Palestina quince años atrás y que disfruta de una posición acomodada gracias al trabajo de médico de su marido. Sin embargo, el momento no puede ser menos oportuno: EE.UU acaba de invadir Irak, ha declarado la guerra a Sadam Hussein y el mensaje del miedo a todo lo que huela a árabe parece haber calado muy adentro en la población, incapaz por lo general de distinguir entre un palestino, un afgano o un iraquí y, en consecuencia, recelosa y desconfiada ante todo lo que desconoce y teme.


Esta es una de esas películas que bien podría adscribirse al género del “cine de los buenos sentimientos”, una obra interesante en su planteamiento pero demasiado complaciente en su desarrollo y su resolución. Apunta ideas valiosas sobre los contrastes entre la mentalidad estadounidense, a veces de un infantilismo atroz, y la palestina, tan asentada en un inquebrantable principio de lealtad a la familia como en ese orgullo que impide reconocer los errores propios o pedir más ayuda de la necesaria pero le falta la emoción y el riesgo que la podrían haber convertido en algo más que una película agradable. El periplo de Mouna, una mujer que pasa de disfrutar en Palestina de un buen trabajo en un banco a servir hamburguesas para salir adelante porque eso es lo único que América tiene para ofrecerle, es previsible de principio a fin: los choques culturales, las tensiones familiares, los problemas con los cambios de comportamiento de su hijo Fadi según éste empieza a empaparse de la cultura de su país de adopción, la lucha contra la incomprensión y los prejuicios, el redescubrimiento de uno mismo… estamos bastante lejos de ese canto al entendimiento lleno de sensibilidad e inteligencia que era, por ejemplo, The Visitor.

Amreeka consigue su objetivo de tocar la fibra al espectador por el camino más directo y aunque sin duda la película no carece de algún que otro momento logrado, buenas interpretaciones – al trabajo de Nisreen Faour hay que sumar la magnética presencia de la siempre fiable Hiam Abbass – y una mezcla de naturalidad y autenticidad sin demasiadas imposturas, tampoco es que se arriesgue lo más mínimo ni explore terrenos verdaderamente peliagudos, quedándose pues en una propuesta amable que se deja ver con grado y cierta complicidad pero que funciona mejor en su primer tramo, en las escenas rodadas en esa Palestina ocupada, vejada y dividida por un vergonzoso muro, que allí donde debería dar lo mejor de sí misma.


PACO, La droga es mala, mu mala

Era inevitable que la buena racha se rompiera en algún momento. Paco, argot que se refiere a la sustancia que se rasca de las ollas donde se cocina la pasta base que da lugar a la cocaina, sustancia que se destina a las clases más pobres porque resulta mucho más barata y por supuesto, mucho más adictiva y destructiva, es la película efectista y brutal con la que nos hemos desayunado hoy domingo. Hubiera sido ideal si me hubiera dado por salir de marcha toda la noche y enganchara la primera película del día tras salir de un alter puestito hasta las cejas de jugosas sustancias, pero como no es el caso, el resultado es que me he hartado a más no poder de una película falsaria, moralista e insufrible en lo visual que trata con poquísimo rigor un tema bastante serio como es el de las diversas adicciones y la forma que tienen distintos personajes de diversas procedencias sociales de enfrentarse a ellas, usando como excusa un inenarrable grupo de ayuda basado en la terapia y el acompañamiento donde se dan cita una decena de personajes cuyas vidas se han visto afectadas por la droga.

Diego Rafecas abusa de una estructura desordenada que no parece perseguir objetivo dramático alguno y se pierde en un montaje acelerado y videoclipero que busca en vano conmocionar al espectador bien a través de sus imágenes impactantes, bien con un uso bastante inadecuado de una música atronadora y desigual que mezcla alegremente los más diversos estilos creando un cóctel de lo más indigesto para el espectador, que a ratos sigue las cuitas del personaje principal, un físico cuántico (!) hijo de una senadora (!!) que se lía con una limpiadora que lo lleva por el mal camino y de forma vertiginosa y sin que se explique demasiado bien se hace adicto al dichoso Paco (¿?) y a ratos sigue a los otros ocho o diez personajes que pululan por la trama, adictos o terapeutas, que van desgranando sus pequeñas miserias.

Hasta alguien tan fiable como Norma Aleandro parece perdida en un caos narrativo brutal que tan pronto adopta los códigos del drama o la denuncia social como de repente y sin venir mucho a cuento se desplaza hacia el thriller o el género de acción, lo que sumado a su caprichosa estructura narrativa, la hace carecer por completo de la más mínima tensión dramática. Y bueno, mejor corramos un tupido velo sobre la forma en que está tratado el tema de la terapia. Baste con decir, con cierto conocimiento de causa, que tiene mucho más de tópico que de realidad, llegando a extremos francamente sonrojantes. En fin, el primer patinazo serio de la Sección Oficial.

CASTILLOS DE CARTÓN Si la cosa funciona…

Salvador García Ruiz, autor de Mensaka, El Otro Barrio y Las Voces de la Noche ha puesto palote a media Seminci y ha dejado perpleja a la otra mitad con una película arriesgadísima en la que, a las primeras de cambio, inunda la pantalla de sexualidad mostrando con toda naturalidad un trío bien subido de tono que es el eje de su propuesta. Alucinados nos hemos quedado mientras asistíamos al despelote (en más de un sentido) protagonizado por Adriana Ugarte, Nilo Mur y Biel Durán que no es sino el arranque de Castillos de Cartón, un guión de Enrique Urbizu que adapta la novela homónima de Almudena Grandes en la que se narra la relación a tres bandas entre Mª José, una estudiante de Bellas Artes atraída por Marcos, un compañero de clase que sufre de impotencia, circunstancia que aprovecha con notable descaro y no poca picaresca un tercer compañero, Jaime, que mete baza y haciéndose un favor a sí mismo (y según él, a sus dos compañeros de cama) suple el problemilla de Marcos finiquitando la tarea para pasmo del respetable y de los propios colegas.

Esta escena, que así descrita parece sacada de cualquier película porno al uso, está narrada con tal inteligencia y naturalidad que uno, más allá del choque inicial, consigue creérsela por completo. A partir de aquí, Salvador Garcia Ruiz se lanza a desarrollar una de esas historias que juegan de forma constante al borde del precipicio en la que los tres implicados se dedican en primer lugar a lidiar con tan compleja situación. Conviene apuntar que estamos a principios de los años 80 y, a pesar de toda la Movida, un trío no debía ser en aquel entonces nada común. En realidad tampoco ahora, aunque nadie se rasgue las vestiduras. El primer tercio del filme describe todo el proceso de fascinación, descubrimiento (además del impotente Marcos, Mª Jose tiene problemas para llegar al orgasmo, con lo que el trío parece el protagonista de un mal chiste) y aceptación de la situación planteada, mientras que el segundo se centra en el surgimiento de los inevitables desequilibrios que, por más que haya buena voluntad, siempre surgen en un triángulo amoroso de ese tipo y el tercero obliga a todos los implicados a afrontar el futuro de su relación. De forma paralela a esto también se describe la trayectoria artística de los tres implicados, todos ellos autores que entienden de forma muy diversa y a veces contrapuesta su trabajo con lo que la película da pie a una situación muy curiosa: mientras los problemas de Marcos y el papel activo que juega Jaime pueden remitir a La Buena Estrella de Ricardo Franco, la búsqueda del equilibrio personal y artístico a tres bandas recuerda a la planteada por Woody Allen en Vicky Cristina Barcelona pero por suerte Castillos de Cartón tiene su propia personalidad y no se parece nada ni formal ni en sus resultados a las obras antes mencionadas.

La película funciona gracias al talento de Salvador García Ruiz detrás de la cámara y sobre todo por la estupenda química y la absoluta entrega de tres actores en estado de gracia: Nilo Mur tiene el papel menos agradecido pero cumple con su papel de chico retraído y traumatizado mientras que en un registro completamente opuesto, Biel Durán dota a su simpático caradura del necesario desparpajo y carisma para convertirse en el complemento ideal del primero. Pero es una maravillosa Adriana Ugarte quien se convierte en el alma de la película con una interpretación magnífica, una auténtica revelación. Su Mª José, el vértice que mantiene unido contra viento y marea el triángulo sin querer renunciar a ninguno de sus otros dos lados arroya en un papel complejo capaz de mantener en pie una propuesta que por su propia naturaleza quizás para algunos se agote demasiado pronto pero que para el que escribe estas líneas consigue mantener un nivel bastante notable hasta su inevitable resolución, mucho más abierta al parecer en su traslación a la pantalla que en la novela original, pero que no deja demasiado lugar a dudas sobre el destino de sus personajes. La recreación de los años 80, mucho más importante de lo que pudiera parecer a simple vista, el inteligente uso de la música de Pascal Gaigne que acompaña a las imágenes solo cuando es necesario como deben hacer las buenas BSO (ojo asimismo al uso del silencio en el filme) y la creíble evolución y lucha interna desde el guión de los tres protagonistas hacen de Castillos de Cartón una de las películas más estimables vistas hasta el momento en la Sección Oficial, por más que su acogida en el pase de prensa haya sido, a juzgar por el silencio de la sala al finalizar la proyección, bastante fría. La rueda de prensa posterior a la misma, muy interesante, dio buena cuenta de la pasión y el grado de implicación de sus autores con este, insisto, muy arriesgado proyecto que tenía sobre el papel muchos papeles para estrellarse y que, lejos de eso, se ha revelado como una obra bastante notable que dará bastante que hablar cuando llegue a las salas de cine.

sábado, octubre 24, 2009

SEMINCI 2009 Crónica 1: Looking for Eric, Dust of Time, Petit Indi


Me duele la Seminci. Es una lástima que en los últimos años este festival que siempre será muy especial para mi porque fue el primero de importancia al que acudí cuando empecé a ser cronista de cine sea mucho más noticia en sus últimas ediciones por sus múltiples – y evitables – problemas logísticos que por motivos exclusivamente cinematográficos. La externalización de determinados servicios del Festival, es decir, la concesión a algunas empresas privadas de todo lo que tiene que ver con la venta de entradas, gestión de las acreditaciones y demás cuestiones logísticas propias de un certamen de estas características ha redundado en los últimos años en un increíble caos cuyos principales perjudicados son, curiosamente, los acreditados, ya sean invitados o prensa especializada. La organización ha decidido llevar a cabo un intento de racionalizar los recursos que consiste en imitar a San Sebastián en el sistema de adquisición de entradas por parte de los acreditados: cada día uno ha de acudir a un mostrador a pedir las entradas para los pases que no sean exclusivamente de prensa de ese día y de la jornada siguiente, lo que permite saber de antemano cuantas entradas quedan disponibles para vender al público general. Hasta aquí, todo perfecto. Los problemas llegan como consecuencia de la decisión de algún lumbrera de poner tan solo a una persona a atender a los cientos de acreditados en el mismo espacio en el que conviven la sala de prensa, los mostradores de venta de publicaciones, recogida de acreditaciones y demás aspectos logísticos.

¿Resultado? Un caos total, desinformación generalizada (nadie en la organización parecía tener demasiado claro en un primer momento hasta donde llegaba la nueva medida y si afectaba igualmente a los pases de prensa matinales del Calderón) y unas colas kilométricas que bloqueaban la entrada y producían situaciones tan esperpénticas como surrealistas: este cronista se pasó la hora transcurrida entre los dos pases matinales del sábado 24 haciendo cola para adquirir las entradas del domingo 25 y al final tuvo que ser el mismísimo Javier Angulo, director de la Seminci, quien se personara en medio de aquel infierno y obligara a las voluntariosas azafatas a que nos tomaran nota a mano de las entradas que queríamos para que pudiéramos llegar al pase de las 12, con la promesa de que el embrollo se solucionaría en los días siguientes. Por supuesto, imposible acudir a la rueda de prensa de Marc Recha sobre Petit Indi que tenía lugar al mismo tiempo y una generalizada sensación de maltrato del todo punto injustificado por evitable (¿Tanto trabajo costaba poner a cuatro personas a hacer ese trabajo en lugar de a una sola? ¡Es algo que entendería cualquiera con cierta experiencia en acudir a festivales!) entre los acreditados que, la verdad, no dábamos crédito a como un año más la apetecible propuesta cinematográfica de la Seminci quedaba en segundo plano ante tal avalancha de problemas logísticos. En fin. Recemos porque el tema se arregle y hablemos de cine que es de lo que se trata.



LOOKING FOR ERIC “Yo no soy un hombre. Soy Cantona”

Abrió la Sección Oficial fuera de concurso la última película del incombustible Ken Loach, que según parece tiene su origen en una idea del propio Eric Cantona, magnífico y polémico futbolista del Manchester United y todo un ídolo para miles de admiradores que en su momento vivió una experiencia extraña cuando uno de ellos se acercó a él pidiéndole consejo sobre sus problemas personales y laborales como si de un oráculo se tratara. Partiendo de esa anécdota el guionista y colaborador habitual de Loach Paul Laverty construye la historia de Eric Bishop, un cartero de Manchester que pasa por un momento francamente bajo: abandonado por su segunda esposa que le dejó colgado con sus dos hijastros, un par de angelitos que se dedican a todo tipo de trapicheos en su casa sin guardarle el menor respeto, Eric ha de afrontar además una vieja herida del pasado, el reencuentro forzado con su primera mujer a la que abandonó hace años. Tras una peculiar sesión de autoayuda organizada por sus colegas del curro y bajo los efectos del consumo de sustancias nada recomendables, a Eric se le aparece su ídolo, el mismísimo Eric Cantona en persona, que comienza a ayudarle a retomar el control de su vida a base de consejos.

Loach nunca se ha prodigado demasiado en el territorio de la comedia, si bien es cierto que en casi todos sus filmes, por dura que fuera su temática, hay espacio para el humor, sobre todo si proviene de los amigos, ese último resquicio donde uno encuentra apoyo que siempre está presente en su cine. Laverty y Loach construyen una propuesta curiosa que está a medio camino entre Sueños de Seductor, aquel clásico de Herbert Ross guionizado y protagonizado por Woody Allen con un autoparódico y muy divertido Eric Cantona jugando aquí el papel de consejero que tenía Bogart en aquella y una revisión sumamente edulcorada de una de las mejores películas de Loach, My Name is Joe, de la que retoma la idea del hombre que intenta reconstruir su vida y recuperar a la mujer que amó mientras a su alrededor surgen todo tipo de trabas impuestas por la delincuencia que le rodean a él y a los suyos. Es Looking for Eric una obra desconcertante cuyas dos películas opuestas que tratan de convivir en ella no acaban de cuajar del todo, pero proporcionando apuntes interesantes. Por ejemplo, teniendo en cuenta las malas relaciones históricas que siempre ha habido entre fútbol y cine, puede que, sin ser ni mucho menos una historia de fútbol, sea Looking for Eric una de las películas que mejor explique la pasión que despierta este deporte, capaz de disimular las miserias cotidianas con un gol genial que alimente a un aficionado durante semanas.
La película se ve con tanta simpatía y uno se divierte tanto con la peculiar química que crean ambos Eric que uno se siente tentado de perdonarle ciertas debilidades argumentales – la resolución es tan brillante y divertida como en el fondo improbable – y obviar que estamos ante posiblemente una de las obras más blanditas y complacientes que ha hecho el director de propuestas tan difíciles de digerir como Sweet Sixteen o En un Mundo Libre. Pero, que demonios, hasta Loach y Laverty tienen derecho a darles un respiro de vez en cuando a los problemas del mundo y dejar que sus personajes se salgan con la suya en una comedia amable y un puntito irreverente.

DUST OF TIME, Angelopoulos revisa La Historia a través de su historia.

Hace ahora justo seis años, en mi primera Seminci, tuve ocasión de ver aquí Eleni, la primera parte de una trilogía en la que el realizador griego se embarcaba en un proyecto para contar la historia de su país en el siglo XX a través de la historia de su propia familia. De aquella película de metraje desmesurado que vi en un épico pase a las cuatro de la tarde entre cabezadas, recuerdo algunas imágenes impresionantes, fruto del sentido pictórico de la composición de su director y una elegancia en el movimiento de la cámara que producía un efecto hipnótico, mágico, que se te quedaba grabado al corazón y a las entrañas mucho más que el argumento de la misma. Algo parecido sucede con El Polvo del Tiempo, cuyo enrevesado argumento que reconstruye, mezclando realidad y ficción, la historia de los padres del propio realizador, Eleni y Spiros, dos amantes separados por los acontecimientos históricos: mientras él ha de emigrar a los EE.UU al final de la II Guerra Mundial, ella junto a cientos de refugiados políticos ha de huir tras la guerra civil a la Unión Soviética de donde solo podrá regresar muchos años después.
La historia de los padres de A. se mezcla con la suya propia: en el año de la caída del Muro de Berlín, el director intenta poner en pie en los estudios de Cinecittà la historia de sus padres mientras afronta una grave crisis personal motivada por la separación de su esposa y sus problemas en comunicación con su hija adolescente, que le reprochan su falta de atención. Angelopoulos se muestra especialmente críptico con esta historia que no es sino una prolongación más de su personalísimo estilo plagado de elaborados planos secuencia con leves movimientos de cámara y ritmo mortecino que puede crispar los nervios al más pintado pero que para otros resulta fascinante. Servidor se posiciona justo en el medio: entiendo a la perfección que haya gente que no soporte la puesta en escena de Angelopoulos y su enrevesado argumento, que mezcla tiempos, personajes y estilos hasta provocar cierto despiste o al menos ganas de tener un mapa a mano para entender por completo al realizador.
Pero de la misma forma, defiendo que hay que ver toda obra de Angelopoulos por la sencilla razón de que siempre te regala planos mágicos o elaboradas secuencias de masas hábilmente coreografiadas para conseguir un efecto al alcance de muy pocos realizadores. Cualquiera que vea esta película no podrá evitar conmoverse con la escena del reencuentro en el tranvía entre Eleni (una inspirada Irene Jacob) y Spiros en Moscú el mismo día de la muerte de Stalin, el precioso plano de una interminable escalera que suben pacientemente bajo las inclemencias de la nieve cientos de refugiados, que transmite la desolación de los gulag mejor que cualquier otro plano que este cronista haya visto en su vida; nuevos pasajes en la niebla en varios cruces de fronteras – el desarraigo y el viaje están siempre presentes en la obra de Angelopoulos – o la escena final que protagoniza Jacob (magnífico Bruno Ganz, a ratos conmovedor en su desgarro emocional) tercer vértice de un triángulo amoroso que se convierte en el motor argumental de la historia. En todas ellas y en muchas otras hay destellos de genio que a mi al menos me compensan los tiempos muertos, el ritmo pausado, que no funcione la parte de la trama que atañe al realizador y sus problemas personales o ciertas veleidades ñoñas en su resolución. La belleza formal está a veces por encima de esas consideraciones.

PETIT INDI, La inocencia perdida según Marc Recha

La verdad por delante, nunca he sido un gran fan del cine de Recha. Aunque reconozco que es un autor personal y con estilo, su cine críptico y simbólico nunca ha conseguido atraparme demasiado y solo Pau y su Hermano me parecía hasta el momento una obra con cierto interés. Por eso reconozco que Petit Indi, de lejos la obra más accesible de toda su filmografía, ha supuesto una agradable sorpresa. Cuenta la historia de Arnau, un joven frágil e introvertido que vive en un barrio de la periferia barcelonesa en pleno proceso de reconversión. La vida no resulta fácil para Arnau: su madre está en la cárcel, su hermano hace tiempo que va y viene a su aire sin comprometerse, su tía a duras penas puede mantener la casa y su otro tío vive pendiente de las carreras de galgos. Así las cosas, el único refugio que le queda a Arnau son los pájaros que cría y su posesión más preciada, un jilguero de concurso que no es tanto una esperanza de una vida mejor como su consuelo y el depositario de su cariño incondicional, ese que no puede dar ni recibir de su madre presa a la que quiere pero no puede ayudar.
Recha se afana en construir una fábula sobre la pérdida de la inocencia en la que todos cumplen el papel asignado a la perfección y que no resulta tremendista al estilo de por ejemplo unos hermanos Dardenne aunque tiene mimbres sobrados para ello. Las jaulas de todo tipo que aparecen en la película, ya sean las de los pájaros, la cárcel de su madre, el refugio en el que cura a un zorro que encuentra herido en el río o incluso la casa en la que vive determinarán el paso de Arnau a la vida adulta, a la asunción de responsabilidades y a la toma de decisiones que todos tenemos que afrontar en ese momento delicado de la vida que es la adolescencia. Destacar el protagonismo absoluto del joven Marc Soto, que sostiene con enorme entereza la película sobre su mirada entre inocente y desolada al mundo que le rodea, una decisión arriesgada de la que el realizador sale bien parado gracias en parte al buen trabajo del resto del elenco que le arropa (en especial Eulalia Ramón y Sergi López) y a una puesta en escena naturalista y despojada que se centra en contar la historia de forma simple y sin molestos simbolismos o lecturas morales.
Particularmente, me interesó la descripción de dos mundos que se relacionan en el filme, las competiciones de jilgueros y las carreras de galgos, con elementos similares pero consecuencias opuestas y me sorprendió para bien la estupenda banda sonora de corte jazzístico de Pau Recha, hermano del realizador, que brilla de forma especial en unos hermosos títulos de créditos que son casi un homenaje al maestro Saul Bass y que de lo mejorcito que este cronista ha podido ver en este campo en un cine español que a menudo descuida este aspecto. Lo dicho, para cualquiera que haya tenido malas experiencias anteriores con el cine de Marc Recha, ésta es una excelente oportunidad para reconciliarse con él.

lunes, octubre 19, 2009

LA CRUDA REALIDAD, Nada nuevo en la guerra de siempre

Reconozco que las comedias románticas no son ni de lejos mi género favorito. Por más que, como imagino que les pasa a todos, haya alguna que otra película muy cercana a mi corazón, un género que tiene casi siempre por protagonistas a jóvenes guapos y atractivos que siguen el eterno esquema de una historia de amor en la que chico conoce chica, chico pierde chica, chico recupera chica o viceversa me produce una pereza monumental. La ínfima calidad general de los títulos de los últimos años que, con alguna que otra excepción, se limitan por lo general a reproducir una y otra vez una serie de manoseados tópicos hasta el hartazgo tampoco es que hayan ayudado mucho a cambiar mi percepción del mismo. Sobre todo porque uno tiene ya a sus espaldas el bagaje cinéfilo y personal suficiente como para mirar con cierto distanciamiento irónico cuando no directamente cínico esos azucarados mensajes – ya saben, el amor triunfa pese a todo – tal y como anda el patio últimamente.
El aparente gancho de La Cruda Realidad consiste en enfrentar dos estereotipos opuestos: por un lado, una joven y brillante productora, obsesionada por el control y por encontrar ese hombre ideal que solo existe en la imaginación de quien precisamente ha consumido demasiadas comedias románticas y por otro un espécimen masculino brutalmente sincero que suelta por televisión unas cuantas verdades sobre cómo son y qué piensan en realidad los hombres. Por supuesto, el choque entre ambos, como buenos representantes extremos de dos tópicos opuestos que son, producirá las chispas necesarias para encender la vieja guerra de toda la vida que enfrente corazón y sexo como si fueran elementos excluyentes. El giro originalísimo de la trama consiste en convertir al tipo en una especie de Cyrano que la ayude con sus consejos, pobrecita ella, a disimular su naturaleza femenina real (?) para seducir al hombre de sus sueños y por supuesto, que ambos se descubran a sí mismos en el proceso.
Robert Luketic, lumbrera a quien debemos joyas como Una Rubia Muy Legal, El Chico de Tu Vida o La Madre del Novio - obsérvese que los antecedentes son para salir huyendo - desaprovecha una buena ocasión servida en bandeja para hacer una comedia negra y adulta sobre las relaciones entre hombres y mujeres. El personaje interpretado por Gerard Butler daba el suficiente juego para con su incorrección salvaje ganarse la complicidad del público masculino y proporcionar unos cuantos temas interesantes a los que sacarle jugo. Es en el comienzo del filme, en la presentación de Mike y su ideario, donde se encuentran algunos de los momentos más salvables de la propuesta. Pero la película sigue, sin entenderse demasiado bien por qué, al mucho más insulso e inconsistente personaje interpretado por Katherine Heigl, perdida en un guión (ojo: escrito por tres mujeres) que la coloca en situaciones bastante cuestionables, como ese tan ultrapublicitado como lamentable remake de la maravillosa escena del orgasmo simulado de Cuando Harry Encontró a Sally que, bragas vibratorias mediante, produce no poca vergüenza ajena.
Por lo demás, la película transcurre así sin sobresaltos hacia el esperado desenlace. Por supuesto ni Luketic ni sus guionistas tienen el olfato para los diálogos de un Judd Apatow ni la mirada corrosiva de los hermanos Farrelly para que la película coja algo de vuelo. Muy al contrario, la propuesta se desinfla con enorme rapidez en la medida que transita por los cómodos cauces habituales del género, lo que decepcionará aun más a quienes llevados por ese arranque prometedor esperaran de esta película algo más que una comedia romántica al uso.
Un pensamiento final: el mismo fin de semana en el que se estrenan la recomendable Yo, También, que proporciona una variable interesante del género al hacer de uno de sus protagonistas un chico aquejado de síndrome de Down o la coral New York, I Love You compuesta por once cortos de conocidos directores y repartos con el amor y la gran manzana como temas recurrentes, es La Cruda Realidad la película que aterriza en Mérida. Esa y no otra es la cruda realidad sobre la que habría que reflexionar un poco.

sábado, octubre 10, 2009

ÁGORA: Pasión, Saber y Fanatismo

Soy de los que creen firmemente en la pasión, ya sea en el cine o en la vida, como motor fundamental de nuestros actos. También creo que a menudo sentimos miedo de esos lugares a los que nuestra pasión puede llevarnos y tratamos de ponerle límites conteniéndola con la razón, siguiendo las normas sociales o contemporizando con ella. Ágora es una película compleja y ambiciosa que nace de una pasión muy concreta: la que siente Alejandro Amenábar por la astronomía. Me resulta admirable a la vez que fascinante el proceso por el que alguien puede llegar, partiendo de esa pasión, a poner en pie una superproducción destinada a meter de cabeza al espectador en la Alejandría del siglo IV d.C. y enhebrar alrededor de la figura casi desconocida de Hipatia un discurso más que coherente sobre los peligros, tan actuales hoy como entonces, del fanatismo y la intolerancia que surgen del fundamentalismo religioso.
Amenábar nos embarca así en una empresa monumental y rodeada de peligros: para contar la historia que le interesa necesita reconstruir con una fisicidad alejada de las imposturas de lo digital esa ciudad crisol de culturas, sectarismos y odios, sumergir al espectador en ella hasta que éste pueda sentir ese mundo lejano como propio. Lo consigue con una pasmosa facilidad no solo gracias al presupuesto que maneja, sino en su habilidad narrativa para mostrarlo en todo su esplendor. Amenábar sitúa en su centro a Hipatia, una mujer cuya única y desbordante pasión es el ansia de conocimiento, la preservación del saber, el encontrar respuestas a las más altas preguntas. Su educación le obliga a cuestionarse de forma continua sus creencias, algo que la convierte en alguien muy peligroso para un mundo que se hace progresivamente más dogmático.
Pero es lo que rodea a Hipatia – magnífica Rachel Weisz, ojos y alma de la película - lo que verdaderamente importa. La terrible descripción de la absurda necesidad del ser humano de imponer su fe a punta de espada, el rampante cristianismo que con tanta facilidad pasa de ser víctima a verdugo, la resistencia igualmente amparada en la violencia de paganos y judíos que prende la llama, rompe el frágil (¿imposible?) equilibrio y genera ciegas turbas capaces de arrasar en un instante siglos de sabiduría y derramar ríos de sangre, la superposición del poder terrenal con el espiritual buscado por esa incipiente Iglesia que desafía abiertamente al poder político, la locura en fin de un puñado de hormigas – los continuos planos cenitales de Amenábar no dejan lugar a duda sobre ese concepto vital – empeñadas en devorarse unas a otras.
Junto a todo eso conviven en Ágora reminiscencias del Cosmos de Carl Sagan en su didáctica investigación del heliocentrismo, la lucha interior de un liberto dividido entre un amor imposible – con algún momento, como aquel en el que roza levemente el pie de su ama, de genuina emoción - y la necesidad de defender irracionalmente la fe que le ha dado la libertad, el desafío que supone la misma libertad de Hipatia a un mundo que pretende condenarla al ostracismo… Amenábar es ambicioso: quiere hablar de lo grande y lo pequeño, mezcla espectáculo y reflexión, apunta muy alto en los muchos temas que toca y, temeroso de ir demasiado lejos, deja que la razón se imponga a la pasión acabando por ofrecer una aparente sensación de frialdad que puede que a algunos le impida emocionarse demasiado con ella. Les aseguro que no es mi caso en absoluto.

Sería una injusticia y una verdadera lástima que una película tan recomendable se juzgara en función de detalles a la postre tan irrelevantes como el dinero que ha costado o ciertos prescindibles coqueteos con el maniqueísmo (¡esos parabolanos vestidos como talibanes!) cuando hay en ella tanto sobre lo que reflexionar. Amenábar consigue una obra compleja cuyo notable mérito, ojalá me equivoque, mucho me temo que no será reconocido ni gozará del favor de la mayor parte del público, al que cada vez parece gustarle menos que le hagan reflexionar desde la pantalla. Sobre todo si lo que se muestra puede causar tanto desasosiego al comprobar que, por desgracia, la humanidad sigue sin haber evolucionado demasiado en los últimos dos mil años.

domingo, septiembre 27, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 PALMARES: Distinto Jurado, Mismo Agravio

El año pasado un Jurado presidido por Jonathan Demme consiguió el dudoso honor de soliviantar los ánimos del personal al ignorar olímpicamente la que habían sido las dos grandes películas de la Sección Oficial, Camino de Javier Fesser y sobretodo esa obra maestra llamada Still Walking de Hirokazu Kore-Eda, obras mayores a las que no solo no concedieron la Concha de Oro sino que en un extraño acto de afirmación a contracorriente o simple inconsciencia sacaron injustificadamente del Palmarés negándoles incluso algún premio menor en favor de películas mucho menos notables.
Lo de el Jurado de este año presidido por Laurent Cantet no llega a tales extremos, pero sí tiene cierta sensación de deja vu. Desde el momento en el que se proyectó, la película de Juan José Campanella El Secreto de Sus Ojos era la favorita para la mayor parte de los acreditados que hemos estado siguiendo – y en más ocasiones de lo debido sufriendo – una Sección Oficial algo desangelada en la que han sobrado multitud de títulos inanes, plúmbeos, autistas, ridículos o todo ello a la vez, revelándose como una obra notable, que equilibraba a la perfección el thriller judicial con la comedia romántica plena de sentido del humor y el cine de denuncia política, una película repleta de emoción, verdad e inteligencia que, visto lo visto, se elevaba muy por encima del resto de obras a concurso. Pues al parecer tanto favoritismo y tanta unanimidad de crítica y público sumadas a que El Secreto de Sus Ojos tiene al parecer su carrera comercial asegurada (?) y no es “una película de festival” (??) han obrado en el Jurado el incomprensible fenómeno de repetir la historia y, dejándola de forma tan injustificada como dolosa fuera de todo reconocimiento, deslucir un palmarés que más allá de este incomprensible agravio resulta bastante defendible.

CONCHA DE ORO y MEJOR FOTOGRAFÍA: City of Life and Death de Lu Chuan (China)
Pocos discutirán que posiblemente la segunda mejor película vista en la Sección Oficial ha sido esta poderosa recreación de la llamada violación de Nanking que narra de forma tan cruda como pormenorizada los desmanes cometidos por el ejército imperial japonés en 1937 cuando tras la toma de la entonces capital perpetraron la matanza de más de 300.000 civiles además de convertir a miles de mujeres en esclavas sexuales. La película, y no soy nada original diciendo esto, es algo así como una mezcla de dos esplendidas obras de Steven Spielberg: mientras su vibrante primera hora recuerda no poco a las secuencias bélicas de Salvad al Soldado Ryan, la descripción de la represión y las vejaciones posteriores sumadas a esa esplendida fotografía en blanco y negro – incuestionable este segundo galardón – remiten a La Lista de Schindler. Hay modelos muchos peores en los que fijarse.Los reparos que se pueden poner a este filme son cierta reiteración de atrocidades que juega en contra de lo que denuncia y acaso el caer en un inevitable maniqueísmo pese a que los hechos que narra son incuestionables y a adoptar el punto de vista de un horrorizado soldado japonés que, curiosamente, le ha acarreado a su director no pocos problemas con la censura en su propio país. Si este premio sirve para que la película llegue a nuestras pantallas y para arrojar luz sobre un hecho poco conocido en occidente, bienvenido sea.

PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: Le Refuge de François Ozon (Francia)
Una nutrida representación francesa en la Sección Oficial – si bien ante los horrendos filmes de Dumont y Honoré Le Refuge era lo único más o menos decente - y contar con Laurent Cantet como presidente del Jurado eran dos factores de peso para que le cayera algo al cine del país vecino. El principal problema es que creo que el Premio Especial del Jurado ha de ser algo más que una especie de Concha de Plata que premie a la segunda película que más haya gustado: para mi ha de reconocer a una obra brillante, innovadora o que al menos aporte algo diferente al resto. Y Le Refuge no es ni lo uno ni lo otro. Es poco más que una vuelta de tuerca a viejos temas recurrentes del cine de Ozon – hay en ella elementos reconocibles ya presentes en Bajo la Arena o de El Tiempo que nos Queda – que aun conformando una película correcta quizás no merecía tanto reconocimiento. El sentido del riesgo de alguna de las películas españolas como La Mujer sin Piano o Los Condenados se ajustaba mejor a esta categoría.

MEJOR DIRECCIÓN: Javier Rebollo por La Mujer sin Piano (España)
Rebollo es un autor personal, con un estilo propio que puede crispar los nervios a más de uno pero que, como ya escribí en su momento, consigue con La Mujer Sin Piano ser algo más accesible que algunos de sus coetáneos de la “línea dura” del cine español, los Jaime Rosales, Marc Recha y Albert Serra de turno y, con esta película algo inclasificable, quizás tender puentes entre esa tendencia y el resto, haciendola algo más accesible. La Mujer sin Piano, con sus planos fijos, su aire a lo Kaurismaki, su curioso viaje a ninguna parte por ese Madrid nocturno y fantasmal y sus personajes entre entrañables y zumbados tiene cierto encanto. Hombre, puestos a ser sinceros, los esplendidos trabajos de dirección tanto de Campanella como de Lu Chuan son más merecedoras de un reconocimiento tan específico como éste pero a falta del Premio especial del Jurado por las razones arriba mencionadas, podemos aceptar Mejor Dirección sin rasgarnos las vestiduras.

MEJOR ACTOR Y MEJOR ACTRIZ: Pablo Pineda y Lola Dueñas por Yo, También (España)
Hace algunos años ya hubo en Donosti un antecedente de un premio doble de interpretación a la misma película. Fue con Te Doy mis Ojos, aquella maravillosa y necesaria visión de Iciar Bollain sobre el tema de los malos tratos en la que parecía injusto premiar el estremecedor trabajo de Laia Marull sin reconocer al mismo tiempo al maltratador que componía Luis Tosar. De la misma forma, habría dejado cierto regusto amargo que Pineda o Dueñas hubieran ganado en solitario. Tengo algunos reparos con Yo, También, película que exhibe un esplendido rigor en su primera hora para acabar desembocando en una resolución complaciente que la convierte en la película bienintencionada y abanderada del buen rollito que todos temíamos, pero al mismo tiempo es de justicia reconocer que si la película consigue mantenerse firme en su precario equilibrio tocando un tema tan delicado y llega al corazón del espectador lo hace gracias sobre todo al compromiso con sus papeles y la estupenda química que se desata entre sus protagonistas, que por momentos consigue convencerte del milagro de que una historia en apariencia imposible funcione. Se sostiene en gran medida gracias a ellos. Si, se puede argumentar que Pablo Pineda, pese a su estupendo trabajo, se interpreta básicamente a sí mismo o que obviar el magnífico trabajo de Julianne Moore en Chloe es algo denunciable, pero que quieren que les diga, tampoco es que estos premios me chirríen demasiado.

MEJOR GUIÓN: Blessed
Sin ser demasiado original, ya que estamos bastante familiarizados y yo diría que hasta un puntito saturados de la estructura tipo Vidas Cruzadas, esta vez con un toquecito de Rashomon en su relectura de la misma y cruda jornada primero a través de las vivencias de los hijos y después a través de las madres de los mismos que describe una sociedad llena de incomunicación, soledad y dolor, Blessed es una película correcta que, en general ha gustado bastante y este premio menor es una forma de reconocerlo. Claro que si pensamos que pese a su férrea estructura, la película transmite algunos mensajes de lo más cuestionables y, una vez más, recordamos que El Secreto de Sus Ojos se ha quedado fuera del palmarés – esta era una categoría especialmente propicia para ella – pues no hay más remedio que ponerle ciertos reparos.

PREMIO FIPRESCI: Los Condenados de Isaki Lacuesta (España)
Este es un premio lógico porque el choque entre la interesante temática que plantea es y su narrativa árida y un punto arriesgada es algo que puede llamar la atención de la crítica especializada. De las pelis ‘raritas’ del festival, Los Condenados quizás fuera la que tuvo mayor capacidad de generar ese interminable debate entre lo que se cuenta, el fondo, y el cómo se cuenta, la forma, algo esencial en esta obra hasta el punto de ahogar un tanto lo que se plantea. Hay una línea continuista en este sentido, pese a que el Jurado sea lógicamente distinto: el año pasado fue Tiro en la Cabeza, la muy discutible y solo a ratos interesante visión del terrorismo de Jaime Rosales, quien se alzó con el premio de la crítica internacional. Por mi parte, que sigan premiando estas propuestas. Mientras al final el premio de la crítica internacional a la Mejor Película del Año recaiga sobre obras tan indiscutibles como La Cinta Blanca de Michael Haneke, no hay problema.
Y eso es todo, a falta del jugoso anecdotario y algunas grandes películas de Zabaltegui que no he tenido tiempo de comentar y que confieso que no sé cuando tendré tiempo de subir a CineMérida. Me despido de Donosti con la siempre inevitable sensación de tristeza pero bueno, la Seminci no está tan lejos para tomar el relevo. Ahí estaremos.

sábado, septiembre 26, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 7: La Mujer sin Piano, 10 to 11, Los Condenados, Vine de Busan

LA MUJER SIN PIANO Jo, que noche.

Javier Rebollo es uno de esos directores surgidos en los últimos tiempos que hacen las delicias de la redacción de Cahiers du cinema y plantean un cine a menudo calificado con adjetivos rimbombantes de esos que tanto nos gusta usar a los plumillas como riguroso, personal, insobornable, comprometido con su visión, etc. Para el común de los espectadores suelen ser cineastas muy minoritarios cuyas obras resultan en la mayoría de los casos poco accesibles o directamente incomprensibles, de esos hinchan la vena a parte de este país y que, sin embargo, como los responsables de Fuga de Cerebros o Mentiras y Gordas, son igualmente esenciales, gusten más o menos, para la buena salud general de nuestro cine.

Viene esto a cuento porque servidor fue de los que se aburrió soberanamente con Lo Que sé de Lola, la anterior película de Rebollo, y eso que tenía en su reparto a Lola Dueñas, una mujer que siempre consigue interesarme mucho cuando aparece en pantalla. Así que La Mujer sin Piano, segunda película del realizador y segunda obra española a concurso en la Sección Oficial, me imponía cuanto menos cierto respeto. Con una puesta en escena en la que predominan los planos fijos, los silencios, el off visual y sonoro, la sobriedad y, en fin, el minimalismo expresivo, Rebollo nos cuenta el retrato de una ama de casa hastiada de su vida insulsa e incluso aun más de su marido que, una noche de insomnio, se lía la peluca a la cabeza, se calza unos tacones, trinca una maleta y decide abandonar de una vez, romper con todo y tomar el primer autobús a cualquier destino lejos de su monótona existencia. Pero no todo será tan fácil.
Una sobria y muy contenida Carmen Machi, espléndidamente alejada de sus registros televisivos pero a la vez capaz de ofrecer una comicidad basada en prácticamente lo opuesto a lo que le conocíamos hasta ahora, se embarca así tras protagonizar una somera descripción de su aburrida existencia en un viaje nocturno por un Madrid despoblado, inhóspito y fantasmal en el que se diría que todo el universo parece conspirar contra ella y su deseo de partir. Resulta sumamente divertido – o al menos a mi me lo parece, que en esto, como en todo, el gusto va por barrios – asistir a la repetición de situaciones en las que esa ama de casa decidida se encuentra multitud de estúpidas trabas para las cosas más simples, ya sea comprar un billete, hacerse con un bocadillo, echar un cigarrito o usar un ascensor. Parece como si todas las señales le gritarán que lo que está a punto de hacer no es lo correcto, lo normal, lo que se espera de ella.

En su peregrinar, que a mi me recuerda bastante al viaje a ninguna parte del protagonista de la peli de Scorsese con la que me he tomado la libertad de titular esta crónica, aunque ambas películas formal y temáticamente se parecen como un huevo a una castaña, Rosa encuentra un cómplice, un surrealista y divertido inmigrante polaco con mentalidad de Mc Gyver y una facilidad desconcertante tanto para recordar las cosas más absurdas como para soltar las más delirantes perlas de sabiduría con el que, en las horas que comparten, consigue conectar de un modo sumamente peculiar. La relación entre marciana y tierna que describe Rebollo, siempre en difícil equilibrio, puede llegar a crispar los nervios de cualquiera – los tiempos muertos y los planos alargados marca de estilo abundan en el metraje – pero hay un cierto toque Kaurismaki que en su simplicidad que puede conseguir el milagro de hacer que esos ataques de autoría se pasen por alto. Lo cierto es que, cuanto más pienso en ella, más me surgen sus aciertos que sus defectos, así que debe ser, pese a todo, una buena señal.

10 to 11 El coleccionista y la memoria.

El año pasado una película turca, La Caja de Pandora, se alzó con la Concha de Oro otorgada por el Jurado que presidía Jonathan Demme, para perplejidad de todos los que vimos como esa obra maestra llamada Still Walking y la esplendida Camino se iban de vacío en el Palmarés. Tal y como está el panorama, no sería de extrañar que el Jurado de este año – que puede premiar casi cualquier cosa, dado que hasta el momento no hemos visto en la Sección Oficial esa gran película que genere un consenso semejante al del pasado año – pueda repetir la jugada con esta más que correcta aunque algo redundante película de la realizadora Pelin Esmer que narra la vida de uno de los personajes más peculiares vistos en Donosti: un coleccionista que ha dedicado la mayor parte de su vida a acumular cientos de objetos en su piso en una suerte de síndrome de Diógenes más o menos atenuado que ve como se pone en peligro la gran obra de su vida cuando sus vecinos deciden reconstruir el edificio con la excusa del temor a los terremotos y para revalorizar sus posesiones. Sin sitio donde ir ni donde llevar sus colecciones, Mithat no tiene más remedio que buscar la complicidad de Ali, el simple portero de su edificio, para resistir todo lo que pueda.
10 to 11 es una película de éstas que obliga a replantearse la relación que los seres humanos mantenemos con las cosas. Todos acumulamos cosas inútiles por las más diversas razones, aunque no lleguemos al extremo de Mithat y todos nos aferramos a ellas y a la extraña seguridad que nos proporcionan esos objetos y ese orden en nuestras vidas. Sin ir más lejos, les confieso que durante la proyección de la película un servidor estuvo reflexionando sobre la inmensa cantidad de catálogos y pressbooks inútiles que uno acumula durante los festivales. La historia está bien contada y el desarrollo de la relación de ese viejo maniático con el portero que de forma progresiva ve en ella una oportunidad para mejorar su propia vida es interesante. El unico lastre de la película es, como por otro lado suele pasar demasiado a menudo en el cine turco, son los planos innecesariamente alargados (¿cuándo se darán cuenta los realizadores turcos que el estilo de Nuri Bilge Ceylan no es tan fácil de imitar?), la reiteración de determinadas situaciones e ideas que en lugar de apuntalar las columnas de la película las debilitan y como consecuencia de todo ello, un ritmo cadencioso en exceso y un metraje desmesurado.

El caso es que hay algunas ideas interesantes: el gag repetido de la dinamo manual, la inteligente forma en la que se nos apuntas datos esenciales sobre el pasado de Mithat a través de viejas grabaciones, ese tomo 11 de la enciclopedia que se convierte en un símbolo de la relación entre Mithat y Alí, cierto sentido del humor… Pero a partir del momento en el que uno puede anticipar todo lo que va a suceder hasta el final, la segunda hora de película solo sirve para confirmar sin sobresalto alguno lo que ya se apuntaba, con lo que el interés va dejando paso progresivamente a cierto aburrimiento que ni el trabajo de puesta en escena ni la naturalidad de los actores pueden conseguir que levante el vuelo. 10 to 11 es pues una película correcta y en cierto sentido irreprochable, pero ni emociona ni deja demasiada huella en el espectador más allá de, quizás, cuestionarse uno mismo en función de nuestra propia relación con los objetos que poseemos.

LOS CONDENADOS, La forma y el fondo.

La última película española a concurso, la primera obra de ficción de Isaki Lacuesta, realizador de Cravan Vs Cravan y La Leyenda del Tiempo, es una de esas películas que consiguen cabreardme pero no porque estén ni mucho menos exentas de elementos interesantes. En relación directa con lo que apuntaba más arriba sobre La Mujer sin Piano de Javier Rebollo, ésta es otra de esas películas que, como pasaba el año pasado con Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales, plantea un tema interesantísimo pero lo hace de una forma tan árida, tan radical y tan a contracorriente del relato convencional que bien pareciera que su realizador se está dedicando a hacer una selección previa entre los espectadores antes de entrar en materia, quedándose solo con aquellos que sean capaces de aguantar un buen rato con poco más que unos leves apuntes de información sobre los personajes y las relaciones entre ellos, que uno intuye intensas y con pasado doloroso de por medio, pero ha de intuirlo porque no es que se ofrezcan demasiadas explicaciones al respecto, y un desarrollo moroso y rebuscado que obliga a tirar de una santa paciencia de la que a estas alturas de Sección Oficial algunos ya andamos un tanto escasos para seguir enganchados a su propuesta.

Estamos en un país latinoamericano indeterminado, en medio de la jungla, con un equipo de voluntarios que trabajan excavando para recuperar los cuerpos de unos guerrilleros asesinados por los militares en una insurrección frustrada hace décadas. Dos supervivientes de aquella masacre colaboran para encontrar los restos de un tercer compañero, convertido en mártir de la causa, mientras la culpa de aquellos que consiguieron escapar de la represión huyendo a Europa choca frontalmente con el reproche de los que quedaron atrás y pagaron un alto precio por ello. Los secretos, las mentiras, los ideales perdidos, las revoluciones frustradas, el mundo que sigue igual o peor que antes, las explicaciones a las nuevas generaciones y los ajustes de cuentas pendientes antes de que sea demasiado tarde son elementos que en uno u otro momento aparecen por la película de Isaki Lacuesta.

¿A que parece interesante? Pues la cosa no funciona por el empeño de su realizador en convertir lo que podría haber sido una estupenda reflexión sobre todos los temas apuntados en un ejercicio de estilo que busca tan a fondo marcar las distancias y la frialdad de las relaciones entre los personajes que es el espectador el que acaba por distanciarse de ellos, haciendo una tarea casi imposible encontrar esa necesaria identificación que permita interesarse por sus problemas, emocionarse con ellos. Para cuando Isaki Lacuesta nos regala el que probablemente sea el plano más memorable del festival, un plano fijo sobre el rostro de la actriz Barbara Lennie que lo sostiene de forma impresionante mientras suelta unas cuantas y necesarias verdades sobre la cantidad de mierda que la generación anterior ha dejado caer sobre sus cabezas como un peso muerto del que parece imposible deshacerse, es posible que haga ya tiempo que el espectador se haya desconectado de la película, acaso en defensa propia. Y es una verdadera lástima, porque hay verdad, dolor, talento e inteligencia en la película de Lacuesta y habla de un tema importante, lo que le queda a aquella generación que protagonizó las revoluciones del siglo pasado yendo de derrota en derrota y la herencia que dejan en unos hijos que a menudo ni comprenden ni aceptan semejante legado. Podría haber sido una gran película. Pero, por desgracia en la opinión del que escribe, acaba por importar más la forma que el fondo.

VENGO DE BUSAN Pues para esto, mejor no hubieras venido

Les voy a contar un secreto a voces: en muchas ocasiones las películas de la Sección Oficial que uno ha de ver por obligación por ese corolario para críticos de la Ley de Murphy que dice que si hay una sola película a concurso que no has visto, será precisamente esa la que gane la Concha de Oro y a ti se te quedará una cara de gilipollas que no veas – créanme, ya lo he vivido y no es nada agradable – provocan una sensación de hastío tal que uno por momentos siente ganas de hacer como Homer Simpson y gritar un sonoro “¡Me aburro!” en mitad del silencio sepulcral de una sala en la que les juego lo que quieran, la inmensa mayoría de los allí reunidos estaba echando pestes del tremendo ladrillo que nos estaban endosando.
Parecía además una broma cruel del destino – o una coña final de los programadores – que la última película de la Sección Oficial, la coreana Vengo de Busan, la última esperanza que nos quedaba para salvar una selección indigna de un Festival A como éste, fuera probablemente la peor de todas las que optan a la Concha de Oro. Para cortarse las venas. La película de Jeon Soo-il cuenta la historia de In-Hwa, una chica de 18 años que en las primeras escenas tiene un bebé e inmediatamente lo da en adopción para volver a su vida cotidiana lo antes posible. El problema es que su vida cotidiana está llena de soledad, aburrimiento, hastío vital, desorientación y alineamiento. A su alrededor, la violencia verbal y física constante con la que convive – hay un hermoso plano fijo en un karaoke en el que mientras ella canta en una habitación vemos a un grupo de estudiantes humillar a golpes a su mejor amiga, sin que se llegue a explicar por qué – la aíslan emocionalmente hasta límites inhumanos difíciles de comprender, como esa escena en la que un borracho cae al río y se hunde ante su total indiferencia, con lo que acaba por no quedarle otra que intentar recuperar su bebé, a ver si así consigue encontrarle algo de sentido a su vida. Yo entre tanto por más que lo intenté no conseguí encontrarle el sentido a la presencia de tan anodino y plumbeo filme en la Sección Oficial. Eso sí: el plano en el que la chica empieza a golpearse la cabeza de forma desesperada en el autobús para ver si siente algo o si despierta bien podría ser la metáfora perfecta de lo que hemos vivido los acreditados en esta Sección Oficial.

Mañana conoceremos el Palmarés. Para mi la única película irreprochable y redonda del Festival es El Secreto de sus Ojos de Campanella, pero es una apuesta tan segura y tan fácil que intuyo que el Jurado no lo reconocerá con la Concha de Oro, aunque en esta ocasión, a diferencia del escándalo que supuso el año pasado la ausencia de Still Walking, tiene un pase: el jurado puede votar prácticamente cualquier cosa. En las interpretaciones, Jens Albinus debería ganar el Mejor Actor por su papel de pedófilo en lucha consigo mismo en This is Love, aunque le perjudica que la película no funcione y la tentación de darselo a Robert Duvall por Get Low o incluso a Darín. En actrices la cosa está aun más complicada: mi favorita es sin duda Julianne Moore por Chloe pero tanto Frances O’Connor por Blessed, Isabelle Carriere por El Refugio o incluso Carmen Machi por La Mujer Sin Piano serían una buena opción, la dirección debería ser bien para Campanella, bien para el chino Lu Chuan por City of Life or Death, que en buena lógica también debería trincar el de fotografía. Y bueno, el Premio Especial del Jurado puede ser para cualquiera, dependiendo si lo consideran una Concha de Plata o un premio artístico, y si es este último caso, puede que Los Condenados o La Mujer Sin Piano tengan opciones. En cualquier caso, lo que está bien claro es que ésta es una edición que no pasará ni mucho menos a la historia, salvo quizás por ser sorprendentemente floja. Y mucho menos si se compara con el altísimo nivel que ha dado Zabaltegui y sus Perlas de Otros Festivales, muchas de las cuales no he tenido tiempo de reseñar en estas dos ultimas jornadas (la espectacular Venganza de Johnnie To, la impresionante Cinco Minutos de Gloria de Oliver Hirschbiegel, El Imaginario del Dr. Parnassus que nos ha devuelto al mejor Terry William, la emocionante London River,…) y a las que deberían estar muy atentos cuando se estrenen en próximas fechas.