viernes, junio 28, 2019

IN THE MOOD FOR LOVE, La Memoria Herida


“Él recuerda esa época pasada como si mirase
 a través de un cristal cubierto de polvo.
El pasado es algo que se puede ver pero no tocar.
Y todo cuanto se ve está borroso y confuso.”
(Rótulo final de Deseando Amar - In The Mood For Love)


Un agujero en una roca de un viejo templo milenario. Un lugar donde, ahuecando las manos, confesar al fin el doloroso secreto de un amor perdido. Un agujero tapado después en la vana esperanza de aliviar la pesada carga de un recuerdo que jamás abandonará del todo a nuestro apesadumbrado protagonista. Es el final más abrumadoramente triste que alguien ha podido concebir para una de las películas más desoladoramente hermosas de mi vida. Todos tenemos películas que se quedan dentro de uno, que acarician tu alma y simplemente deciden quedarse allí, formando parte de tu memoria emocional, unidas de forma tan indisoluble a ti que hablar de ellas es en el fondo hablar de ti mismo. Y revelar sus secretos es también revelar los tuyos.


Deseando Amar (In The Mood for Love, 2000) tiene algo de inaprensible, de irreal. Posiblemente porque, como todo el cine de Wong Kar Wai, la historia que cuenta atropella, comprime o ralentiza a voluntad el tiempo en el que se desarrolla como si la materia entera de la narración de esa poderosa historia de amor no fueran sino los fulgores intermitentes del recuerdo del pasado, esos destellos de memoria empeñados en la tarea imposible de encapsular el tiempo, de volver al momento en el que uno pudo hacer o decir algo que hubiera cambiado el destino, de utilizar las reiteraciones musicales, cromáticas o de encuadres como una guía para orientarse en el laberinto de la memoria. A menudo tengo la sensación, cuando vuelvo a las hipnóticas imágenes de Deseando Amar, que la belleza fascinante de las mismas tiene mucho que ver con esa necesidad humana de idealizar nuestros recuerdos pese al poso de melancolía y tristeza en la que se ven envueltas.


Los protagonistas de Deseando Amar viven una paradoja dolorosa: abandonados por sus respectivos cónyuges, se ven enfrentados a la necesidad imperiosa de compartir sus soledades impuestas, lo que les lleva a una relación de tal intimidad y proximidad que desemboca de forma inevitable en el enamoramiento, sentimiento que no pueden permitirse el lujo de asimilar pues eso equivaldría a validar el comportamiento de sus respectivos ex convertidos ahora en pareja y colocarse así al mismo nivel que ellos. Arrastrados el uno al otro e imposibilitados al mismo tiempo para dejarse llevar, Chow y Su Lizhen desarrollan una relación de sucesivos acercamientos y alejamientos, de elaborados juegos de representación en los que intentan desentrañar lo que ha llevado a sus cónyuges, en permanente fuera de campo, a mantener esa relación adúltera que ellos no se permiten consumar a su vez mientras reflexionan sobre la naturaleza de su propia relación, un desdoblamiento que se corresponde por otro lado con una continua representación ante sus vecinos para mantener su imagen respetable. Escenificando el adulterio ajeno, exploran sus propios impulsos, convirtiendo así el amor que sienten en una imitación insuficiente del mismo que llega a límites insoportables: el refugio de esa habitación 2046 del hotel en el que disfrutan escasos momentos de felicidad escribiendo una novela y compartiendo su tiempo se resquebraja ante la progresiva toma de conciencia de la inevitabilidad de una ruptura que, llevados por la costumbre, acabarán escenificando incluso antes de vivirla. Como si eso fuera a hacerla menos dolorosa.


Todo este andamiaje estructural, de una complejidad apasionante, es levantado por Wong Kar Wai con un elaborado trabajo de puesta en escena que se dedica por completo a cautivar al espectador sobrecargando sus sentidos con un arma poderosa: la belleza. Hay belleza en esos precisos encuadres que desplazan a los protagonistas dentro del plano, que los arrinconan en pasillos estrechos, reflejándolos en múltiples espejos o difuminando su imagen como sombras en las paredes, envolviéndolos en una atmósfera irreal, onírica, como corresponde a los recuerdos. Hay belleza en el elegante recurso del bolso y la corbata utilizado para poner al descubierto el affaire de sus cónyuges. Hay belleza en la reiteración musical del Yumeji’s Theme que hasta por ocho veces irrumpe en la narración ralentizando el tempo de la escena, subrayando siempre un elemento de contacto, ya sea una habitación, unas escaleras que llevan a un mercado, la lluvia, la escritura o un taxi en el que compartir el leve roce de unas manos inseguras.



Hay belleza en la reiteración cromática de ese rojo que comparten las cortinas del pasillo del hotel donde se ven a escondidas, el del vestido de ella en su primer encuentro allí, el de la gabardina que lleva cuando acude a su llamada, y el de la lámpara de la habitación de él en Singapur. Hay belleza en los temas de Nat King Cole (Quizás, Quizás, Quizás…) que explicitan aun más si cabe el carácter volátil y caprichoso de un destino esquivo en el que la falta de correspondencia o de simple atrevimiento a expresar los sentimientos los condenan a la pérdida y el remordimiento. Hay belleza en los 20 quipaos que viste Maggie Cheung y en esa inconfundible forma de caminar que hace que deseemos que una mujer sea alguna vez capaz de alejarse de nosotros con semejante elegancia. Hay belleza en el gesto resignado y dolorido de Tony Leung al abandonar por última vez la habitación 2046 y adentrarse en un pasillo en el que parece pretender congelarse, como en un imposible eterno retorno.



Hay belleza en la ruptura temporal de las escenas de Singapur, ese desencuentro postrero en el que Wong Kar Wai altera el orden cronológico de las secuencias produciendo un efecto desolador. Y por supuesto, hay belleza tanto en la búsqueda tan desesperada como en el fondo inútil del pasado perdido por parte de ambos regresando por separado al edificio que compartieron en Hong Kong – ojo a la sutileza de la sugerencia implícita - como en esa desolada confesión final en los muros de Angkor Vat que no liberará a Chow de su carga, como tendremos ocasión de comprobar en la siguiente película de Wong Kar Wai, 2046, en la que nos reencontraremos con su personaje años después, aparentemente muy cambiado, revestido con una ostentosa capa de cinismo bajo la cual en el fondo se sigue escondiendo el mismo hombre romántico y profundamente herido.


Los personajes de Deseando Amar están infectados con ese virus del (des)encuentro que les condena a bailar sonámbulos un inacabable vals nocturno y a vagar para siempre en busca de un tiempo perdido, borroso por las brumas de una memoria herida, en el que la evocación de lo que fue y sobre todo de lo que pudo haber sido contiene una dimensión trágica que resulta profundamente conmovedora. In The Mood For Love es, simplemente, una película inacabable...

Mi película.


(Este artículo fue escrito originalmente por David Garrido Bazán para la Revista Versión Original nº 200, especial ‘Mi Película’, Julio 2011. Revisado con motivo del pase en Filmoteca de Extremadura de Deseando Amar del 28 de Junio del 2019)




domingo, enero 08, 2017

LO MEJOR DEL CINE ESPAÑOL 2016



Vaya por delante que al sentarme a escribir sobre mi cine español del 2016 vuelve a invadirme una vez más esa inevitable sensación de cuadro incompleto que tiene que ver con la seguridad de haberme perdido títulos imprescindibles en muchas listas de Lo Mejor del 2016 que he visto y que encima se me han escapado en Festivales o (lo que aún tiene más delito) por no haber podido ver los links que las distribuidoras me cedieron en su momento… pero aun así creo que he visto la suficiente producción española del 2016 como para poder afirmar esa tendencia en la que cuesta mucho encontrar algo parecido a una ‘clase media’ en un cine español cada vez más profundamente dividido entre esas películas de amplio presupuesto que cuentan con el apoyo de alguna gran cadena televisiva detrás y ese cine mucho más pequeño en presupuesto pero grande en resultados que tiene serias dificultades para encontrar un público estable más allá de las trincheras de los cineclubs, las filmotecas, los festivales y algunos distribuidores suicidas dignos de todo mi respeto que se buscan la vida para darles necesarias ventanas a un cine a veces arriesgadísimo. Repasando mi propio listado, yo mismo oscilo entre ambos grupos, dando cabida en mi top-10 a representantes de uno y otro grupo y me doy cuenta que donde tengo más lagunas son en títulos perdidos en tierra de nadie entre ambos, esas películas que quizás una vez fueron la tendencia más habitual del cine español y que ahora navegan en un mar de indiferencia, ni reconocidos por la crítica y festivales, ni con un recorrido comercial mínimo para resultar rentables para sus productores.

La cuota de cine español se ha elevado en el 2016 al 18,1%, subiendo un 6,5% respecto al 2015, lo que objetivamente es un buen dato, pero por otra parte conviene recordar que 26 de los 109 millones de euros recaudados por el cine español del 2016 pertenecen a una sola película, Un Monstruo Viene a Verme de Juan Antonio Bayona y una gran parte de los títulos que voy a enumerar a continuación han tenido una distribución comercial muy limitada, en algunos casos casi nula. Las nominaciones a los Goya (y por cierto, también las nominaciones a los Premios Feroz de los periodistas cinematográficos) tampoco ayudan, pues lejos de rescatar esos títulos se centran por lo general en el grupo de las películas que han contado con un fuerte apoyo publicitario televisivo detrás que han hecho que al menos “les sonase” al espectador. 

Por lo demás, lamentar y condenar enérgicamente la enésima campaña interesada de desprestigio realizada desde algunos medios al cine español, personalizada en algunos directores que han estrenado este año (Almodóvar, Trueba) y que contribuyen a propagar no solo los cansinos infundios que rodean al cine español, sino ese fenómeno extraño y un tanto paradójico por el cual en el país en el que las series nacionales resultan imbatibles en el prime time televisivo, las cuotas de pantalla de cine español están aún muy lejos de las que en teoría deberían corresponderles. 

Para este listado se han considerado, además de las citadas, películas como Esa Sensación, Un Monstruo Viene a Verme, La Memoria del Agua, Omega, 1898 Los Últimos de Filipinas, La Puerta Abierta, Que Dios Nos Perdone o La Madre que también me han interesado en este 2016 

Dicho lo cual, allá van mis diez imprescindibles del 2016 del cine español:


10. POZOAMARGO de Enrique Rivero. Porque resulta un ejercicio fascinante observar la evolución de ese personaje interpretado con desarmante naturalidad por Jesús Gallego, que lo abandona todo llevado por la culpa y busca en vano reinventarse en una peripecia personal que por momentos resulta tan hipnótica como desconcertante. Por la primera aparición en la película de Natalia de Molina y por ese travelling circular de larguísimo recorrido que se marca después su director para acabar en uno de los encuentros sexuales más inolvidables del cine español reciente, una escena que se queda fijada al espectador. 


09. JULIETA de Pedro Almodóvar. Creo que no se ha valorado lo suficiente el esfuerzo del manchego por ir un paso más allá en su cine y despojar su habitual esquema del melodrama de cualquier exceso sentimental o escape humorístico para quedarse en el drama más íntimo, más seco y por lo tanto, más doloroso que ha creado en este siglo. Me interesa mucho la contención y la narrativa de una película que explora rincones muy oscuros del dolor, la soledad y la pérdida. Su final es además toda una declaración de intenciones: no necesita contar nada más, deja esa posible continuación en abierto al espectador porque no es aquello que a Almodóvar le interesaba contar. Esa renuncia me parece sumamente inteligente y una decisión de puro riesgo a valorar como merece. Como siempre, muy intrigado por saber cuál será su siguiente proyecto.


08. TODO SALDRÁ BIEN de Jesús Ponce. Hay películas que tienen que existir porque son necesarias. La de Jesús lo es por muchos motivos, aunque ni siquiera él fuera consciente del todo de dónde se estaba embarcando. Y a nosotros con él. Unas impecables Mercedes Hoyos e Isabel Ampudia generan a su alrededor un mundo que nosotros reconocemos dolorosamente como propio porque sabemos que hablan de nosotros y de nuestro inevitable futuro, aunque queramos esquivarlo. Dos actrices maravillosas, un espacio, un pudor infinito para hablar del dolor, del rencor y por qué no, también de las risas del pasado y el presente. Aunque se quiera apartar la mirada a veces, para el que escribe estas líneas una de las películas más importantes de la cosecha de este año.


07. LA PRÓXIMA PIEL de Isaki Lacuesta e Isabel Ocampo. La Propera Pell ha pasado injustamente desapercibida pese a ser uno de los ejercicios más arriesgados y fascinantes del año, un ensayo sobre la culpa, la identidad, la redención y el deseo de pertenecer que desde su mismo arranque agarra al espectador por el cuello y no le suelta ni un instante. Alex Monner está impresionante como ese adolescente que se incrusta en la vida de una familia como el niño que desapareció y ahora regresa, obligando a todo y a todos, empezando por él mismo, a reubicarse en la nueva situación. Una película con un reparto impecable, con un guión de hierro, perfectamente ensamblado y un enorme pulso narrativo. Notable.


06. MARIA (Y LOS DEMAS) de Nely Reguera. Pocas películas recientes han sabido captar tan bien la confusión actual del treintañero medio español como esta afilada tragicomedia de la debutante Nely Reguera, quien nos embarca junto a ese personajazo que es María por un amargo a la par que irónico recorrido por una etapa de confusión supina que resulta a ratos dolorosa y a ratos increíblemente divertida mientras atraviesa todo tipo de cuitas familiares, personales y laborales. Bárbara Lennie, la actriz todoterreno del cine español, da una lección magistral con un papel que deposita sobre sus hombros toda la credibilidad de un filme repleto de momentos maravillosos (¡ese monólogo final en la librería, mezcla de patetismo, derrota e ingenio!) que hacen de María (Y los demás) una película imprescindible en el cine español del 2016.


05. BERSERKER de Pablo Hernando. Una de las propuestas más singulares del año, un cruce personalísimo entre géneros que se mueve entre el thriller, la comedia costumbrista y el proceso de creación para dar como resultado una película inclasificable cuyo gusto por desconcertar al espectador raya en lo suicida. Y sin embargo el resultado es una película hipnótica, fascinante, con un improbable investigador al que el punto de partida de una historia para su nuevo libro le lleva – nos lleva – por caminos inesperados. Berserker es una de esas películas que uno elegiría para mostrar que existe un cine español diferente a todo y a todos. Toda una sorpresa.


04. EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS de Alberto Rodríguez. Tras el éxito de La Isla Mínima, Alberto Rodríguez podría haber hecho lo que le diera la gana. Y sin embargo eligió contar – de forma brillante - la historia de Francisco Paesa, uno de los personajes más esquivos e inquietantes de nuestra historia reciente y por extensión de aquella alucinante fuga de Luis Roldán, los fondos reservados, los millones desaparecidos y la inverosímil captura en Laos que tantos cadáveres políticos dejó a su paso. Más allá del impecable trabajo de Eduard Fernández en la piel de Paesa, bien secundado por un reparto ajustado y del alucinante ritmo narrativo de una película modélica en su diseño de producción, está muy pero que muy bien que el cine español empiece a sacar buen provecho de su riquísima historia reciente y no tenga miedo a mirar a la misma de frente, con nombres y apellidos. Que cunda el ejemplo y alguien recoja el testigo: películas potenciales como ésta las hay a millares en este país nuestro.


03. TARDE PARA LA IRA de Raúl Arévalo. Ésta es una película de alguien que sabe muy bien lo que quiere contar y la mejor forma de hacerlo. Una película que sabe a carajillo, a barra de bar, a partida de mus, a sueños con una vida mejor, a violencia cotidiana y venganza incontrolable, a ley de la calle y al sudor del calor y el sexo. Arévalo firma en su debut una película impresionante, de esas que te mantienen tenso en la butaca en todo momento, inquieto ante la explosión que sabes que acabará por llegar. Antonio de la Torre y Luis Callejo construyen una pareja de química brutal, Ruth Diaz hace de vértice de un triángulo del que no es del todo consciente y a Manolo Solo le basta una sola y estremecedora escena para construir un personaje inolvidable. Desgarrada e implacable, Tarde Para la Ira va creciendo en la mente del espectador hasta hacerse tan desasosegante como rotunda. El Goya más importante debería ser suyo.


02. LA ACADEMIA DE LAS MUSAS de José Luis Guerin. Llegó en la primera semana del 2016 y tal y como predije, me ha costado mucho encontrar otra película que estuviera a su altura. Quizá ni siquiera exista. El experimento narrativo de Guerin difuminando las líneas entre el documental y la ficción está tan repleto de hallazgos y emoción sincera que resulta tarea imposible resumirlo en unas líneas. Baste decir que su reflexión sobre la belleza, la poesía, el poder de la palabra, el amor, las musas y lo que inspiran engrandecen los límites del cine español de este año hasta llevarlo a cotas muy altas. Sus ‘personajes’ resultan inolvidables por su afán por llevar la razón, por su íntimo deseo de seducir (o destruir) antes que convencer al contrario, por su discurso del amor como expresión (y excusa) última de la necesidad mutua y por ese lenguaje corporal y de la mirada que a veces, sutilmente, traiciona a las palabras. Una película que traspasa la pantalla y golpea al espectador con su belleza. Gran e inolvidable cine.


01. LA RECONQUISTA de Jonás Trueba. Para mí el cine es ante todo emoción y si de emoción he de hablar, mi película española del 2016 es La Reconquista, la película que más ha tocado mi corazón y más me ha hecho sentir en este año. La historia de Olmo y Manuela no me es ajena: cualquier película sobre una pareja que se reencuentra años después y empieza a hablar para recuperar el tiempo perdido (o lamentarse por él) que acaba por convertirse en una película sobre la conciencia de uno mismo y del otro no puede nunca serme ajena. Pero La Reconquista es más que eso: es la enésima vuelta de tuerca – inteligentísima y repleta de sensibilidad, todo hay que decirlo – a un tema eterno en el que además Jonás invierte los términos, los tiempos y hasta los comportamientos de sus personajes (infantiles cuando son adultos, adultos cuando son adolescentes) para hablarnos de lo que es verdaderamente importante, de lo que permanece, de lo que nos hace ser nosotros mismos, los pequeños grandes gestos sobre lo que construimos nuestra forma de entender el amor y la vida. Por el camino dejamos muchas cosas y rara vez tenemos la oportunidad de recuperarlas. O engañarnos, hacernos la ilusión que aún podemos recuperarlas. De todo eso y de mucho más habla, y muy bien, La Reconquista. Porque en esto del amor nunca dejamos de ser principiantes y el amor no acaba, como muy bien canta Rafael Berrio en el tema central la película...