


Su Alicia es la evolución lógica de esta trayectoria: nadie osaría poner en duda que el iconográfico mundo de Carroll es plenamente burtoniano y desde ahí el reto del realizador consistía en mi opinión en conseguir que su visión lo enriqueciera de alguna forma, que el rehacer una vez más la historia de la niña que cae por el agujero y descubre un mundo alternativo de maravillas y fantasía que tanto se asemeja a un sueño nos pareciera tan reconocible como nuevo, que consiguiera hacernos vibrar con un material tan proclive al claroscuro, al surrealismo, las dobles lecturas y las cargas de profundidad que en tantas obras posteriores ha influido. Pero Burton solo lo consigue a medias, o si se prefiere, de forma desigual.

La brillantez incuestionable a la hora de reflejar ese mundo – la película merece la pena verse aunque solo sea por el hecho del inmenso placer estético que supone redescubrir ese universo con los ojos de Burton – choca de frente con un guión timorato de Linda Woolverton que pese a una idea magnífica, que su Alicia no sea ya una niña sino una mujer casadera que no recuerda en absoluto sus primeras visitas a ese mundo y que vive la experiencia con una mezcla de incredulidad, escepticismo y lucha interior por recuperar esas sensaciones de la infancia a punto de desaparecer, se despeña en cuanto ésta se ve forzada a asumir un rol adulto de salvadora o mesías que para mi resulta incompatible con la magia perversa de Carroll: su Alicia era un personaje a la deriva en un mundo fantástico cuyas reglas, lecturas desviadas de su propia realidad, se esforzaba en comprender para sobrevivir mientras era arrastrada por la deriva de los acontecimientos.


Porque, no nos engañemos, pese a todo lo dicho su Alicia es un verdadero festín visual repleto de momentos maravillosos. Burton aprovecha que iconografía y personajes nos resultan reconocibles pero a la vez nos provocan extrañeza porque la historia es muy distinta. Y ese extrañamiento corre paralelo al de la misma Alicia con lo que el juego cobra sentido: podemos dejarnos seducir por su brillante recreación de personajes estrafalarios y situaciones delirantes, por la sugerente música de Danny Elfman y la siempre apabullante puesta en escena, podemos meternos tan de lleno en ese fantástico mundo que por momentos lleguemos a olvidar todo reparo. O quizás no. Dependerá de cuánto quiera profundizar uno en la madriguera del conejo.

Este artículo se publicó el Lunes 26 de Abril en el Periódico Gratuito Voz Emérita