viernes, septiembre 22, 2006

EL VIENTO QUE AGITA LA CEBADA

Ken Loach vuelve a Irlanda
Si uno se para un poco a considerar los tiempos que corren, no resulta nada extraño que un cineasta tan concienciado y combativo como Ken Loach haya elegido para su última película volver a Irlanda dieciséis años después de ofrecer una durísima versión del conflicto en su impactante Agenda Oculta. De igual forma, no es nada gratuito que Loach hurgue a su particular manera en las raíces de aquel conflicto: llevando por bandera la conocida premisa de que un pueblo que desconoce su propia historia está dispuesto a repetirla, Loach pretende de forma nada sutil trazar un claro paralelismo entre los hechos que llevaron al fracaso de la ocupación de Irlanda por parte de los británicos con lo que ocurre hoy en día en Irak. La historia es conocida y algún filme como Michael Collins (Neil Jordan, 1996) ya nos la habían acercado: en 1918 el Sinn Féin arrasó en las elecciones generales y constituyó un Parlamento de Irlanda en Dublín que proclamó su independencia de la Corona británica, que reaccionó negando la legitimidad y enviando tropas que ejercieron una brutal represión sobre los civiles, lo que condujo a la aparición del IRA. Tras varios años de lucha, los británicos reconocieron en 1922 la independencia de Irlanda en un Tratado de Paz que les permitía retener el control de los condados del norte, lo que condujo a un nuevo enfrentamiento, esta vez entre los partidarios del tratado, establecidos ahora como gobierno legítimo y los que se negaron a aceptar la división del país, una auténtica guerra civil que se saldó con la derrota de estos últimos, dando lugar al germen de un conflicto que ha durado todo el siglo XX y ha provocado miles de muertos.
Loach y su guionista Paul Laverty ofrecen su visión del conflicto siguiendo los pasos de Damien – un ajustado Cillian Murphy – un médico que renuncia a una prometedora carrera en Londres para unirse junto a su hermano a las famosas ‘Columnas Volantes’, verdadero ejército irregular de insurgentes que se enfrentaron a los ingleses. La toma de conciencia de Damien sigue paralela a la crueldad con la que se conducen las tropas inglesas en su represión de la rebelión. Loach describe los hechos con su habitual fiereza – el retrato que hace de los tristemente famosos Black and Tans es terrorífico: todos los ingleses que aparecen en el filme son poco menos que bestias sedientas de sangre que no se detienen ante nada – al tiempo que muestra la progresiva radicalización de los irlandeses en su lucha – viéndose obligados, por ejemplo, a ejecutar a los colaboradores – y la importancia capital que tuvo en el desenlace del conflicto la entrega con la que la población civil se dedicó a proteger y ayudar a los miembros del IRA alimentándolos, ocultando sus armas o negándose a transportar a los británicos en los trenes.
Hay dos partes bien diferenciadas en la película que se corresponden con el antes y el después de la firma del tratado que puso fin a las hostilidades con los ingleses pero que dio comienzo al conflicto civil entre partidarios y detractores del mismo. Podría decirse que Loach se aplica durante la primera a construir de forma creíble la evolución de Damien y Teddy como personajes y a mostrar la brutalidad de sus compatriotas con el profundo maniqueísmo que siempre impregna todos sus filmes, que reduce de forma lamentable los complejos conflictos que aborda a una división entre buenos y malos perfectamente asumida por el espectador. El inevitable toque Loach, vaya. Sin embargo, El Viento que agita la Cebada se eleva un poco por encima de dichos planteamientos gracias a una dirección y una puesta en escena un poco más elaborada del estilo naturalista despojado de todo artificio narrativo que suele ser habitual en el cineasta inglés. Hay un cierto gusto por el encuadre y el detalle – cfr. el plano de los hombres del IRA surgiendo poco a poco de entre la niebla – bastante poco usual hasta la fecha en Loach que permite que la narración se siga con fluidez.
Otro punto positivo es que la segunda parte del filme, que ahonda en la profunda división que siguió a la firma del Tratado tiene mucho mayor interés. Como ya hiciera en su particular visión de la Guerra civil Española Tierra y Libertad, Loach plantea al espectador el eterno conflicto sobre si una auténtica revolución que cambie los cimientos de la sociedad debe realizarse a la vez que el enfrentamiento armado o es preciso ganar la guerra primero y realizar dichos cambios después, cosa que la experiencia histórica nos dice que nunca sucede. El Viento que Agita la Cebada se acerca así mucho a Tierra y Libertad – afortunadamente sin tanta manipulación histórica de los hechos - hasta el punto de que Loach prácticamente se cita a si mismo volviendo a insertar una secuencia de una reunión en la que todos, partidarios y detractores del Tratado, tienen la oportunidad de expresar lo que piensan. Para Loach es esencial enlazar la génesis del conflicto irlandés con las duras condiciones de vida que soportaba la población civil1, razón por la que enfatiza de forma evidente que la concesión de un estado libre de Irlanda pero parte aun de la Corona británica y con una parte de su territorio aun bajo dominio a Gran Bretaña no solucionaba los padecimientos de la población sino que, muy al contrario, perpetuaba de manera evidente las desigualdades del sistema y garantizaba la permanencia del status quo. Parafraseando al conde de Lampedusa de El Gatopardo, era necesario que todo cambiara para que todo siguiera igual.Por eso los momentos más brillantes de El Viento que Agita la Cebada tienen que ver por ejemplo con la reiteración de los conflictos que tienen lugar en la granja de Peggy, imagen tan dolorosa como precisa de que una vez desaparecido el enemigo común representado por los británicos, los problemas que aquejaban a la población no solo estaban lejos de desaparecer sino que ahora se recrudecían de una forma aun más dramática al tratarse de una lucha de irlandeses contra irlandeses. La tesis de Loach es inapelable: la historia nos demuestra que ante una situación de abuso de poder por parte de un pueblo opresor sobre otro oprimido, movimientos de muy distinto signo dentro de éste pueden unirse para hacer causa común, pero una vez conseguido este objetivo, las diferencias entre ellos reaparecen más fuertes que nunca y lleva a nuevos enfrentamientos en una espiral de violencia que solo siembra más dolor y muerte y cuyas víctimas son siempre los mismos. Baste recordar que una vez reconocida Irlanda como estado independiente y una vez sofocada la revuelta a favor de los defensores del tratado, miles de irlandeses emigraron a América huyendo de las terribles condiciones de pobreza y hambruna de su tierra natal. Una triste a la par que trágica victoria.Ken Loach sigue pues, para disfrute de sus seguidores y desesperación de sus detractores, fiel a si mismo y escribiendo una trayectoria coherente en su filmografía, a la que ahora suma una obra algo más acabada desde el punto de vista formal que revisa un conflicto cuyas consecuencias han sido más veces abordadas por el cine que sus raíces. Es algo que hay que agradecerle, aunque quizás una Palma de Oro en Cannes sea excesivo.
1 No hay que olvidar que dos años antes del inicio del conflicto, en 1916 y en plena I Guerra Mundial, ya hubo un primer levantamiento de corte marxista liderado por Joseph Connelly, cuyo movimiento independentista se basaba de forma inequívoca en la lucha de clases y cuyo espíritu inspiró a gran parte de los que participaron en el posterior de 1921. Loach lo recuerda varias veces a lo largo del filme.

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