lunes, diciembre 20, 2010

BALADA TRISTE DE TROMPETA Gozosos Excesos

Apabullado. Fascinado. Sobrecogido. Desconcertado. Exhausto. Admirado. Confuso. Rendido. Podría seguir tirando de diccionario para reunir más adjetivos pero mucho me temo que no conseguiría transmitirles la extraña mezcla de sensaciones que me invadieron tras ver la que sin duda es la película más personal de uno de nuestros directores más personales, uno de esos creadores cuyo estilo es reconocible de inmediato, ese Alex de la Iglesia cuyo apellido por desgracia no es susceptible de convertirse en un adjetivo práctico que refleje su cine de forma universal, aunque de lo que no cabe duda alguna es que existe ese universo Alexiano o Iglesiano. Su última película es su más claro exponente.

Balada Triste de Trompeta, película visceral como pocas, hecha con y desde las tripas, suicida arrebato de un autor con la necesidad imperiosa de exorcizar un buen puñado de fantasmas y obsesiones que habitan en él desde niño, no solo resulta una implacable mirada a la historia reciente de España con la voluntad de despedazar de manera inmisericorde la complacencia de revisionismos cursis tipo Cuéntame, sino que también resulta un compendio corregido y aumentado de todo su cine anterior. Como si todo lo que Alex ha rodado desde esa película personal de culto que es Acción Mutante hasta su incursión en el cine con un reparto internacional Los Crímenes de Oxford hubiera servido de preparación para llegar hasta este momento.

Comienza Balada Triste de Trompeta y de inmediato sientes que te has subido en marcha a un caballo desbocado, incontrolable. O te dejas arrastrar por él o te tragas el polvo que deja tras de sí. Un arranque brutal que no deja de ser una mirada inaudita a un tópico tan manoseado como la Guerra Civil Española enlaza con los títulos de crédito más atrevidos y brillantes que ha dado el cine español un medido bombardeo de imágenes que vincula sin pudor alguno todo tipo de iconos religiosos, políticos y culturales nacidos del franquismo y desemboca en esa España gris y miserable de 1973 donde dos payasos, el gracioso y el triste, se enfrentan por un objeto de deseo en una imparable espiral siempre creciente de violencia, odio y destrucción. De nuevo dos posturas irreconciliables, de nuevo el resentimiento, la intransigencia, la imposibilidad de ponerse en la piel del otro, la lucha entre dos personajes antagónicos que son representación de las dos Españas. Pero no las de la Guerra Civil: Goya ya las pintó mucho antes matándose a garrotazos. Es ese odio atávico incrustado en nuestro ADN, grotesco y absurdo, ese que nos impide reconciliarnos.

El payaso gracioso que enamora a los niños - un inquietante y terrible Antonio de la Torre - esconde una vena sádica y violenta, ese miedo a perder del poderoso que lo tiene todo que le lleva a someter por la fuerza aquello que dice amar. El payaso triste, pasivo y resignado, - un sublime Carlos Areces que da aqui el primer paso de lo que aventuro va a ser una fructifera carrera en la gran pantalla - encuentra en el amor no correspondido, el deseo y la venganza argumentos para rebelarse y dar rienda suelta a toda su frustración y rabia interior. Entre ellos, la voluble trapecista – por cierto, vaya homenaje en toda regla que rinde Alex a Carolina Bang, su musa actual: su cámara la busca, nos enamora de ella, nos fascina, nos hace comprensible que pierdan la cabeza por ella - busca un imposible equilibrio sin ser consciente de lo que desatará.

A su alrededor, la España de Franco y su cacerías, de El Lute, de Raphael (acojonante su utilización en este filme cuyo título está inspirado en un tema suyo, una idea que de puro brillante estuvo a punto de conseguir que me levantara a aplaudir en plena proyección), del Valle de los Caídos, del meyba sobaquero de Fraga y el vuelo de Carrero Blanco, todo el sinsentido de una sociedad enferma creadora de monstruos, carcomida por el dolor, la culpa y sobre todo, por el miedo. Alex pisa a fondo el acelerador, apuesta por la anarquía y la destrucción desenfrenadas le importa bien poco la construcción dramática del relato o su simple coherencia interna. Ya no hay vuelta atrás: convertidos los dos payasos en una suerte de versión carpetovetónica del Joker, consumidos por su enfebrecida obsesión, buscan su destino en un clímax hitchcockiano en las alturas, desgarrador y doloroso.

Todo en Balada Triste de Trompeta resulta excesivo. Gozosamente excesivo. La tragedia y la comedia no se dan la mano, se la arrancan mutuamente en una película perturbadora, fascinante, desmadrada, agresiva, irracional, repleta de furia y talento que deslumbrará a unos, repelerá a otros, dará a todos razones sobradas para argumentar su postura y a nadie dejará indiferente. No es de extrañar que Tarantino la premiara en Venecia: comparte con Malditos Bastardos su gusto por la irreverencia, su desenfrenada grandilocuencia, su incomodidad moral, su sentido de la subversión. Cine potentísmo en el que uno no sabe si llorar de risa o reír llorando de amargura mientras se escarba en unas heridas del pasado aun dolorosamente abiertas en el presente.






Este artículo, levemente modificado, se publicó en el Periódico Voz Emérita el 20 de Diciembre del 2010

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