lunes, septiembre 20, 2010

SAN SEBASTIAN 2010 J03 Biclicleta, Cuchara, Manzana, Miel, HappyThankYouMorePlease

A veces en San Sebastián, como en cualquier Festival de Cine, suceden momentos mágicos. Ayer tuve la suerte de vivir uno de esos. Estaba en la plaza que separa el mítico Hotel Maria Cristina del Teatro Victoria Eugenia, donde el Festival tiene emplazada una pantalla gigante que permite seguir en directo gran parte de los muchos actos que tienen lugar en el certamen. En ese momento se estaba celebrando la rueda de prensa del documental Bicicleta, Cuchara, Manzana que había visto unas horas antes y que aborda la forma en la que ese político tan carismático como imprevisible y por ambas cosas atípico que es Pasqual Maragall se está enfrentando al Alzheimer que hizo público que sufría en el otoño del 2007. En la rueda de prensa estaban Carles Bosch, director del documental y Diana Garrigosa, esposa del ex presidente de la Generalitat y ex alcalde de Barcelona. Antes en el documental se nos había explicado que salvo casos muy puntuales, Maragall ya no hacía apariciones públicas para protegerlo de esos temibles momentos en los que la enfermedad puede hacerse patente y quedarse en blanco o empezar a decir incoherencias. Asi pues, Maragall, que había asistido al pase de la película en el Kursaal donde había sido recibido con una enorme ovación por el público tanto al comienzo como al final, no estaba en la sala de prensa. Estaba en la plaza, sentado en un banco, rodeado de su familia y amigos, con un ojo pendiente de su nieta pequeña mientras escuchaba atentamente las palabras de su esposa en la pantalla. Me pareció una imagen de lo más enternecedora.


Antes, en el pase de prensa, había tenido tiempo más que suficiente de emocionarme con un documental al que confieso que me enfrenté con mucho resquemor por mi parte. Y es que esa enfermedad cabrona, esa depredadora implacable llamada Alzheimer contra la que aun no disponemos de tratamiento ni forma de prevenirla, que diluye la memoria y identidad de uno hasta matarlo lentamente aun estando en vida, haciendo sufrir lo indecible a todos aquellos que te quieren ientras uno va progresivamente siendo cada vez más ajeno a todo eso, es una de las cosas que más miedo me dan en este mundo. Me preocupaba asimismo que el documental cayera en alguna de las múltiples e inevitables trampas que van asociadas a este tipo de trabajos: o bien que fuera un retrato embelesado del personaje público, que se dejara llevar por la compasión por el enfermo, que asistiéramos a un espectáculo morboso o se perdiera en explicaciones científicas ininteligibles para el espectador medio. Pues no cae ni por asomo en una sola de esas trampas. Muy al contrario, Bicicleta, Cuchara, Manzana es un trabajo muy equilibrado al que quizás solo se le puede reprochar y siempre será un defecto perdonable, su afán de vender a toda costa la muy encomiable tarea a la que está dedicada la Fundación Pasqual Maragall para la lucha contra el Alzheimer. Al fin y al cabo, ésta es una herramienta poderosa para lograr sus objetivos, que no son otros que progresar en la forma de encontrar una cura y avisar sobre la necesidad de desarrollar la prevención de la enfermedad lo antes posible.


La película tiene sus mejores bazas cuando se centra en la lucha del ser humano y de todos los que le rodean contra la enfermedad, siendo plenamente conscientes de todo lo que está ocurriendo y de todo lo que está por venir. La frustración, la ira, la impotencia de no poder hacer mucho más que poner toda tu voluntad al servicio de conseguir tus objetivos en lo que sabes que es una lucha contrarreloj antes de desaparecer no físicamente pero sí en esencia se traduce en una película inteligente, llena de humor en muchos momentos, didáctica sin ser atosigante ni exhaustiva y que te toca el corazón en más de un momento, especialmente cuando ese monumento a la lucidez que es Diana Garrigosa o sus hijos hablan con claridad sobre lo que significa adaptarse a la situación o cuando el propio Maragall, en el tramo final de la película, se queda a solas con el realizador y explica de forma contundente como siente progresar la enfermedad y aumentar sus signos más evidentes. Es una lástima que este documental tan necesario como especial por muchas razones no esté a concurso en la Sección Oficial porque es de lo mejor visto hasta ahora en el mismo.


Hoy debería hablarles asimismo de la otra película de la Sección Oficial, Misterios de Lisboa producción portuguesa del chileno Raúl Ruiz. El problema es que la películita en cuestión duraba la friolera de 256 minutos. Si, si, han leído bien: cuatro horas y dieciséis minutos de metraje. Y como quiera que uno tiene mejores cosas que ver y hacer en Donosti en semejante periodo de tiempo pues me la he ahorrado. Sin el menor asomo de culpa pues estuve viendo su primera media hora por si acaso me enganchaba y tuve más que suficiente de su aire teatral, sus más que caprichosos movimientos de cámara que algunos encuentran de lo más elegantes y su aire folletinesco. Llegué a la conclusión que preferiría con mucho pasar esas cuatro horas y pico paseando por las calles de Lisboa para desvelar sus misterios tragarme que semejante marrón. Eso si, a la crítica sesuda le ha gustado mucho y la puntúan por las nubes. A ver, que van a decir si no para justificar la sentada: encima que te la tragas entera no vas a salir diciendo que es una mierda. Y como no son muchos los que pueden contradecirlos porque los que no la soportaban desertaron rapidito como un servidor, así queda la cosa. Hasta que el Palmarés nos castigue por tan poco profesional conducta.


Por cierto, alguien debería colgar por los pulgares a los responsables de los horarios de los pases de prensa de este año. Ya hay que tener mala leche para cascar una película como MIEL, del turco Semith Kaplanoglu, en el siempre peligrosísimo pase de las cuatro de la tarde. Es que la película es una de esas joyas del cine contemplativo que embelesa a los puristas y cinéfilos más sesudos y sume en el más profundo amodorramiento a la mayor parte del personal. De acuerdo que la película tiene planos pictóricos de una belleza abrumadora, de acuerdo en que el niño que trabaja en ella conmueve con su trabajo y hasta que uno puede disfrutar en algún momento de su descripción de la vida tranquila en el interior de un bosque que se diría alejado del resto del mundo.

Pero la mínima anécdota que sostiene la trama – un padre que desaparece sin dejar rastro sumiendo al niño y a la madre en una profunda desesperación – y su voluntad de resultar pretendidamente poética en su comunión con la naturaleza la convierten, digámoslo claro, en un tostón considerable, por mucho Oso de Oro a la Mejor Película de la Berlinale que sea. A mi esta Miel no me embelesa en absoluto, pareciéndome incluso inferior a Leche, la anterior película del director con algo más de enjundia argumental que vi el año pasado en Cines del Sur y que con Huevo conforma no un sabroso dulce como sería deseable, sino una trilogía para cortarse las venas a lo largo. Y es que no todo el mundo tiene el talento de, digamos, un Nuri Bilge Ceylan para hacer del arte de la contemplación un cine de donde surja la emoción, por mucho que se intente imitar su estilo.


Menos mal que para terminar el día pudimos echarnos unas saludables risas con HappyThankYouMorePlease, otra perla de otros festivales que venía con el Premio del Público del pasado Festival de Sundance bajo el brazo y con su productor, guionista, director y actor protagonista Josh Radnor como irresistible embajador de la misma. Y es que posiblemente por el nombre no les resulte demasiado conocido, pero si les digo que se trata del tipo que cuenta a sus hijos la inacabable historia de la popular serie de tv Como Conocí a Vuestra Madre seguro que muchos ya aciertan a ponerle un rostro. El tal Radnor ha derrochado simpatía, cercanía y buen humor a su paso por Donosti y se ha metido a todas las mujeres (y a muchos hombres) en el bolsillo. Y encima su película resulta una comedia además de divertida de lo más estimable, lo que no es poca cosa.


Happy – dejemos el título así para no hacerles esto aun más largo de lo habitual – narra el encuentro fortuito entre un joven escritor que no encuentra la forma de publicar su novela con un niño perdido en el metro al que, una vez que conoce su situación en casas de acogida, decide acoger en su casa sin pararse a pensarlo demasiado. Al mismo tiempo conoce a una camarera de la que se enamora prendidamente y a la que propone que en vez de tener el típico rollo de una noche lo prolonguen durante tres días de convivencia para ver si de ahí sale algo parecido a una relación.

Al tiempo asistimos a las cuitas personales de dos de sus amigos, una chica aquejada de un cáncer con mala suerte para elegir a sus parejas y una joven a la que le aterroriza la posibilidad de seguir a su novio a su nuevo destino laboral en Los Ángeles y abandonar su querida Nueva York. La película rezuma frescura por los cuatro costados y aunque no deja de ser una comedia romántica con las señas de identidad habituales tanto del género como del cine independiente USA – un poco en la línea de (500) Días Juntos, para entendernos – es muy sencillo dejarse llevar por sus agudos e inteligentes diálogos, por su sentido del ritmo y por sus irresistibles intérpretes, con el encantador Radnor y la preciosa Kate Mara a la cabeza. Utiliza el desconcierto vital como arma arrojadiza, a un niño encantador y sumamente expresivo como gancho y un guión bastante currado que provoca no pocas risas en varios momentos y al que solo cabe reprocharle un tanto blandengue tramo final, para seducir por completo al espectador, que se deja hacer encantado porque le resulta sumamente fácil empatizar con ese puñado de personajes a la búsqueda de la felicidad por la vía del humor inteligente. Una forma estupenda de terminar la jornada, eso de irse a la cama con una sonrisa de complicidad en la cara.


domingo, septiembre 19, 2010

SAN SEBASTIAN 2010 J02 I Saw the Devil, Colours in the Dark, Neds, Rompecabezas



Plato fuerte para comenzar el día con alegría. Buena la ha liado el coreano Kim Jee Woon con una salvajada tan pasada de vueltas como en realidad brillante llamada I Saw the Devil en la que le pega una vuelta de tuerca al cine de psicópatas – género en el que por cierto el cine coreano no anda precisamente escaso, como nos ha demostrado sobradamente en los últimos años – haciendo buena aquella famosa definición de Alex en La Naranja Mecánica de Kubrick “La bonita ultraviolencia que nos mata de risa” La verdad es que, quizás como autodefensa ante todo lo que se le venía encima al espectador durante sus dos horas y pico de palizas, torturas, mutilaciones y brutalidades varias de lo más explícito, el pase de prensa se ha llenado de risas nerviosas. Entre ellas, las mías, claro. Y es que la opción era o bien asumir que la violencia que ves en la pantalla es más propia de un cartoon de esos en los que sádicos ratones se las hacen pasar putas a los lindos gatitos de turno y reírte con cada nueva escena, a cual más brutal que la anterior o pasar un rato francamente desagradable. No era una propuesta para estómagos delicados, no. Era más bien como si un material propio de Sitges se hubiera colado de rondón y por sorpresa en la Sección Oficial de San Sebastián.


Pero retrocedamos un poco. El argumento de I Saw the Devil es tan simple como efectivo: psicópata de libro de esos que además disfrutan con su hobby – Choi Min-Sik, al que muchos recordarán de la magnífica Old Boy, llevando a nuevos extremos su capacidad de crear personajes difícilmente digeribles por su violencia en la pantalla – que se carga en una primera escena repleta de una extraña poesía a la novia embarazada de un guardaespaldas profesional. El novio como que se lo toma mal y se pide vacaciones en el curro para, a través de sus contactos policiales – el padre de la asesinada es detective retirado – ir liquidando a los cuatro sospechosos del hecho, entre los que se encuentra el asesino. De forma tan expeditiva y con métodos tan contundentes que Charles Bronson sería algo así como una hermanita de la caridad a su lado.


No pasa ni una hora de metraje antes de que ambos hombres se encuentren. Y uno se pregunta bueno ¿y ahora qué? Pues el caso es que Kim Jee Woon se las ingenia para convertir el enfrentamiento entre ambos tipos en una inacabable sucesión de encuentros en los que abundan las palizas propinadas de uno a otro y las victimas colaterales. Todo rodado con una exquisitez y una sofisticación en la puesta en escena a la altura del otro gran manierista del cine coreano, Park Chan Wook, recreándose no poco en los detalles más salvajes y apuntando la necesidad de convertirse uno mismo en un monstruo, de bajar a su nivel de brutalidad, para poder combatirlo.

De nuevo estamos ante uno de los temas recurrentes del nuevo cine coreano, la venganza y de nuevo estamos ante unos crímenes pendientes de resolver. Pero no se equivoquen, esto no es precisamente Memories of Murder, que ya triunfó aquí hace unos años. En I Saw the Devil no hay segundas lecturas sobre la vida en Corea del Sur, inoperancia policial o humor desconcertante y surrealista. Aquí el argumento se convierte en una excusa delirante para mostrar una escalada violenta que tiene la ventaja de que cuando uno cree que ha alcanzado el tope de la brutalidad que puede aguantar en pantalla, el sádico del director consigue llevarla un paso más allá. De ahí lo de las risas nerviosas que les decía antes. Bueno, de eso y de un par de escenas magistrales que sirven para dejar fluir la adrenalina y respirar un poco. I Saw the Devil es un dislate absoluto con unos agujeros de guión del tamaño de los campos de minas que rodean el paralelo 54 pero si uno es capaz de hacer el supremo ejercicio que supone abstraerse de toda la violencia explícita que contiene (y evita de paso plantearse si su director no será secretamente un tipo de lo más perturbado que disfruta con lo que muestra al espectador) no hay más remedio que reconocer que la película está endiabladamente bien rodada, que tiene ritmo y algunas ideas de composición de planos y puesta en escena notables. Si Tarantino fuera este año el presidente del Jurado estaría seguro en el palmarés de este año.


Los caprichos de la programación de este año, con esa genial idea de meter un pase de prensa de Sección Oficial a las tres y cuarto de la tarde, me han impedido disfrutar – y me impedirán recuperar – el que muchos dicen que es el ejercicio de dirección más brillante visto hasta el momento en Donosti, la asfixiante Buried de Rodrigo Cortés, que coincidía con tan caprichoso pase en el horario. Así pues me tocó ver en su lugar la película alemana Satte Farben vor Schwarz (Colours in the Dark) que narra la descomposición de un matrimonio que llevan juntos más de 50 años cuando a él le diagnostican un cáncer de próstata que no quiere tratarse porque quiere vivir sus últimos años con cierta calidad de vida y ella no asume su rebeldía, lo que entiende como un acto de negación de la realidad. Los protagonistas de esta ópera prima de Sophie Heldman son dos actores excepcionales, Bruno Ganz y Senta Berger, pesos pesados de la interpretación en su país, sobre cuyos hombros recae casi de forma exclusiva el peso de sacar adelante una película que, ya lo habrán adivinado, no resulta precisamente la alegría de la huerta.


La verdad es que el inicio de la película hace temer lo peor. Hay un problema de base y es que para nuestra mentalidad la forma de afrontar este tipo de problemas terminales que tienen nuestros vecinos del norte - ocultándole el hecho a los familiares cercanos, haciendo cosas a la espalda de la pareja, desechando la posibilidad de diálogo incluso aun cuando es evidente que ambos miembros de la misma se aman y se necesitan de forma desesperada - nos resulta tan lejana como si estuviéramos asistiendo al proceso de duelo entre dos alienígenas. Cuesta conectarse con una propuesta tan morosa, tan deliberadamente fría, que fía todo al interés que el tema pueda suscitar en el espectador y no a la empatía que generen sus dos algo antipáticos protagonistas, ensimismados cada uno en su propia demanda antes que en coger el toro por los cuernos. Pero es que además la película tampoco propone nada especialmente novedoso desde el punto de vista de la puesta en escena, tan funcional y aséptica como uno esperaría de los tópicos habitualmente asociados a los germánicos.


Así pues lo único que queda (que no es poco) es aferrarse con ambas manos a la interpretación de Bruno Ganz, tan inmenso como nos tiene acostumbrados y a la capacidad de réplica de su partenaire Senta Berger que la verdad es que no llega a la altura del reto que tiene enfrente. A favor de Colours in the Dark hay que decir que la película gana bastantes enteros en su tramo final, cuando se trata de entrar a fondo y resolver de una vez el conflicto planteado por esa herida que parte en dos a una pareja tan unida. Y hay también un elemento interesante que, aunque tratado de pasada, no debería caer en saco roto como es si existe o no por parte del enfermo el derecho absoluto a decidir sobre como vivir sus últimos días, sobre todo cuando el tratamiento de la afección no garantiza la recuperación y puede privar de paso al mismo de algo tan fundamental como el sexo, algo que ocurre con los que sufren de cáncer de próstata. Son solo apuntes, quizá no del todo bien desarrollados – aunque la postura personal de la directora es bien clara al respecto – pero que invitan a reflexionar sobre los mismos al final de una película bastante gris en términos generales.


La última propuesta del día en la Sección Oficial vino de la mano del gran actor Peter Mullan que ha tardado ocho años en sacar adelante una nueva película tras aquella impactante Las Hermanas de la Magdalena que se llevó el León de Oro de Venecia. Su nueva propuesta se llama Neds (acrónimo escocés de Non Educated Delinquents, o sea, Delincuentes No Educados). Estamos en Glasgow, en 1973, y tenemos a un chaval inteligente y con aptitudes para los estudios que tiene dos problemas. El primero es que su hermano mayor es un bala perdida que abandonó los estudios para convertirse en un aprendiz de delincuente, líder de una banda callejera, cuya reputación le precede y esparce su sombra sobre el chaval, para lo bueno y para lo malo. El segundo es un padre autoritario que pierde los papeles cuando se emborracha y mantiene bajo su puño a la familia, especialmente a la madre, a la que veja de forma brutal ante la impotente mirada del chaval y su hermana pequeña.


La película arranca con fuerza pese a lo conocido de su temática. No cabe ninguna duda que Mullan está hablando de algo que conoce muy bien, que está narrando algo vivido en primera persona o visto muy de cerca. La potente descripción de ese ambiente suburbial, enrarecido, la necesidad de pertenecer a un clan, de enfrentarse continua y violentamente a otros aunque solo sean los vecinos del barrio de al lado para defender el territorio y hacer un ejercicio de afirmación de la personalidad son los motores de una historia a la que de repente y sin que esté del todo bien explicado en un chaval que ha dado en el primer tercio de la película sobradas muestras de su sensibilidad y su inteligencia, se va al garete en cuanto el muchacho sucumbe a las muy distintas presiones que sufre en su entorno e, incapaz de sobreponerse a ellas, se deja arrastrar por un torbellino irrefrenable de ira y violencia que no le lleva a ninguna parte.


Tuve la fuerte sensación viendo la película de Mullan que estaba tratando tan desesperadamente de huir de los modelos harto conocidos – la sombra de Ken Loach en especial es muy patente - para narrar su historia que introducía elementos que buscaban una originalidad que acababa por resultar tan forzada como poco creíble – la escena lisérgica con el Cristo crucificado, que bordea cuando no rebasa claramente la línea del ridículo, la a todas luces excesiva reacción del hijo tras el primer enfrentamiento físico con el padre – con lo que una película cuyo mejor baza era sin duda el conocimiento íntimo de la problemática que refleja y un magnífico trabajo de casting con unos jóvenes que resultan tan naturales como creíbles en sus papeles, se le va de las manos de forma imparable.

Uno se queda así con cierta sensación de extrañeza, la misma que provoca ese curioso plano final en el que el protagonista y la victima de uno de sus arrebatos de ira van alejándose del espectador por un campo rodeados de mansos leones que les dejan libre el paso. No parece demasiado claro que es lo que Mullan ha pretendido contar más allá del difícil proceso de crecimiento en un ambiente violento y hostil. Y si dejamos a un lado la forma en la que evoluciona la relación padre e hijo - Mullan se reserva, con buen criterio, el papel de ese padre tan brutal como en el fondo desvalido – y algún logrado momento de humor aislado, uno concluye que en esta ocasión Mullan se ha quedado bastante lejos de poder conseguir la capacidad de conmoción que obtuvo hace ocho años con su primera película.


Un apunte final para reseñar Rompecabezas, película argentina de Natalia Smirnoff que narra con sencillez y suma efectividad la forma en la que una aburrida ama de casa, incomprendida y casi ignorada por su marido y sus hijos adolescentes, descubre que su excepcional habilidad para hacer puzzles le abre la puerta a una nueva forma de ver la vida. Su protagonista, María Onetto, está francamente bien en una de esas películas pequeñas, sin demasiadas pretensiones, pero que funciona con precisión porque tiene muy claro tanto lo que quiere contar como la forma de hacerlo. No es una película para despertar pasiones, pero resulta tan digna como conmovedora por momentos. Una buena forma de acercarse por primera vez en esta apretadísima agenda a esta sección de Horizontes Latinos que siempre nos depara alguna pequeña joya escondida.

sábado, septiembre 18, 2010

SAN SEBASTIAN 2010 Jornada 1: Chicogrande, El Gran Vazquez, I Saw the Devil, Poetry, Blog



Elegir la película de inauguración de todo festival es un trabajo ciertamente difícil. Más que nada porque con la apretadísima agenda que uno tiene para ver cosas y lo imposible que resulta en consecuencia recuperar películas si fallas al pase de prensa, la apertura del festival resulta fundamental no solo por su calidad, sino porque es la primera de todas y a veces hay que hacer verdaderos malabarismos para llegar a tiempo de verla. Como levantarse a una hora intempestiva, coger el coche y hacer unos cuantos cientos de kilómetros. Claro, si todo ese esfuerzo se hace para ver una película mediocre, te puedes agarrar un cabreo considerable con los responsables de haberla elegido. Y eso es exactamente lo que ocurrió con la de este año, la mexicana Chicogrande. Paso por el hecho de que una película tan poco interesante como ésta hubiera encontrado su sitio en la Sección Oficial - ocurre con más de una y más de dos que te preguntas sobre sus méritos para formar parte de un Festival clase A como éste – pero me parece directamente una cabronada que se nos obligue a hacer estos sacrificios para ver tan poquita cosa.


En fin. Chicogrande está dirigida por un veterano, venerable y venerado director, Felipe Cazals, que se ganó su puesto en los años 70 con una serie de películas comprometidas y bastante cabreadas con el sistema. Uno de esos inconformistas, vaya, que con el paso de los años parece mantener intacto su cabreo con el mundo y al que le sigue gustando usar el cine como munición tanto para mandar mensajes más o menos evidentes al espectador. Su película, con aire de western épico y grandilocuente, escoge un oscuro fragmento de la vida del libertador Pancho Villa, que tras haber realizado una descubierta por un recóndito paraje del imperio (USA, se entiende) despertó las iras de los yanquis, que ni cortos ni perezosos se embarcaron en una especie de expedición punitiva en el interior del territorio mejicano – con la complicidad de las autoridades locales – para dar caza al escurridizo bandido por los escarpados montes. A ver, hagan un pequeño ejercicio de abstracción: un ejército americano con unos mandos tan temibles como caricaturescos en su uso de la violencia y su desprecio de la población civil para conseguir sus objetivos, un enemigo que se esconde en las montañas, colaboracionistas, autoridades locales corruptas o que los ven con cierto recelo, tácticas guerrilleras…¿no les resulta vagamente familiar?


Bin Laden, perdón, Pancho Villa, no pinta demasiado en la historia, más allá de ser el objetivo que mueve a unos y a otros personajes en su caza o en su defensa. Cazals elige a uno de esos leales y sufridos seguidores, el Chicogrande del título, para hacer una especie de homenaje a esos olvidados de la historia que sin embargo resultan esenciales para que sus jefes pasen a engrosar con letras de oro los libros, un tipo recto, cabal, valiente y sin gran cosa que perder que se enfrenta a un catálogo de tópicos con patas: el coronel yanqui con vena sádica, un médico bueno con problemas de conciencia, un inconsciente compañero de correrías, un puñado de soldados sin demasiado cerebro… Todo ello servido además con una estructura de manual en la que a Cazals le pierde el tono grandilocuente que pretende darle a la historia, trufada de situaciones heroicas y sentencias inapelables que más que inspirar respeto al espectador provocan en el espectador un cierto hartazgo tanto por la obviedad y reiteración del mensaje como por la cansina forma de plasmarlo en imágenes. Dicho de otro modo: no basta plantarle a Damián Alcazar el mismo look que Warren Oates en las películas de Peckinpah para conseguir un western como Grupo Salvaje. Hacía falta mucho, pero que mucho más.

Santiago Segura es uno de esos actores dotados de talento para interpretar cierto tipo de personajes. Como su inenarrable Torrente, Segura se mueve con seguridad en los registros que antaño recorrieran ídolos confesos como Tony Leblanc y otros en las películas de Pedro Lázaga. Y es que personajes políticamente incorrectos, vividores, caraduras y profesionales del engaño, capaces de vender a su propia madre para conseguir salir adelante, incluso aunque en el fondo tengan buen corazón, son terreno más que abonado para un cómico tan eficaz en lo suyo como Segura. Y no cabe duda que Manuel Vázquez es uno de esos personajes de los que, si uno no supiera que lo que se cuenta en la película pertenece a la realidad, resultaría poco creíble por exagerado.


Hace algunos años, en sus recomendables historietas de Los Profesionales que narraban los comienzos de los dibujantes de comics – entonces tebeos – en la España de los 60, Carlos Jiménez creó un personaje, Menéndez, que hacía cosas increíbles con tal de conseguir sacarle dinero a las propias editoriales para las que trabajaba, como mentir varias veces sobre la muerte de su propio padre. Ese Menéndez no era sino un trasunto de Vázquez, el creador de personajes míticos como Las Hermanas Gilda, Anacleto Agente Secreto o La Familia Cebolleta, que llegó al extremo de convertir su propia vida de moroso y caradura, continuamente acosado por los acreedores, en una fuente de ingresos con los Cuentos del Tío Vázquez. Siguiendo ese mismo espíritu, Oscar Aibar ha llevado a la pantalla la vida de este tipo irrepetible, un profesional del engaño sin el menor escrúpulo, dotado de un talento sobrenatural para caer bien a la gente y convencerle de lo que mejor sirviera a su necesidades, amante de los pagos a plazos (que por supuesto casi nunca satisfacía) y vividor a tiempo completo hasta el punto de que llegó a mantener, en la España de aquella época, dos esposas y dos familias a la vez. Como poco.

Segura, hay que reconocerlo, está estupendo en una película por momentos divertida, cuyo mejor acierto, más allá de su saludable falta de pretensiones, es una estética que mezcla de forma desprejuiciada los reconocibles tebeos con los que todos hemos crecido – un poco al estilo de lo que Fesser hizo con su Mortadelo y Filemón – y esa visión entre cutre y entrañable de esa España gris y sin embargo vitalista por la que con tanta habilidad sabía moverse un tipo tan peculiar como Vázquez, al que le plantan a un antagonista con hechuras de caricaturesco villano de tebeo (un Alex Angulo de lo más repulsivo), un jefe comprensivo hasta al aturdimiento (acertado Enrique Villén) e incluso algún coetáneo reconocible (esforzado aunque improbable Manolo Solo como Francisco Ibáñez). El resultado es una película que se ve con facilidad, incluso con agrado, que más allá del abuso de unas animaciones en mi opinión bastante desacertadas y ciertas reiteraciones, puede considerarse resultona. Otra cosa es si una película de estas características merecería o no formar parte de la Sección Oficial de un Festival clase A como San Sebastián, pero eso es harina de otro costal. Lo que sí es cierto es que en cualquier festival, repleto de dramas sesudos y películas con afán de trascendencia, relaja una barbaridad encontrarse con una película como El Gran Vazquez que lubrique la maquinaria para que no se atasque.

Fuera ya de la Sección Oficial, las Perlas de Otros Festivales de Zabaktegui (tradicional salvavidas de Donosti) arrancaron con la coreana Poetry, Premio al Mejor Guión en Cannes. La historia de Poetry es la de un delicado proceso de redescubrimiento, el que vive con intensidad Mija (fabulosa Yun Junghee) una señora mayor que cuida de un nieto tarambana que es un genuino representante de esos especimenes tan abofeteables que últimamente han dado en llamar generación Ni-Ni – al parecer, uno de los efectos perniciosos de la globalización es que abundan en todas las culturas – y que se gana la vida cuidando de un anciano discapacitado. Mija es una mujer llena de vitalidad y optimismo pero a la que su nieto la mete sin comerlo ni beberlo en un marrón considerable, con lo que tendrá que enfrentarse a una realidad mucho menos amable de lo que piensa.


Poetry me provoca sentimientos encontrados. Por un lado reconozco que la película no carece de momentos maravillosos y de algunas ideas bien desarrolladas – en ambos campos destaca con luz propia la delicada, elegante y a la vez algo perturbadora relación que establece con el anciano al que cuida – pero también me pasa que no acabo de conectar del todo con esos brotes de lirismo que pretenden resultar conmovedores pero que me resultan de un relamido y un cursi considerables. Y es una lástima que ese proceso de crecimiento personal no acabe de llenarme, porque lo cierto es que Poetry maneja a ratos un material que se me antoja sumamente interesante: la utilización de un hecho luctuoso – un suicidio – como detonante del cambio de actitud de Mija al tiempo que sirve como afilada descripción de los comportamientos de una sociedad, la coreana, tan ensimismada en mantener las apariencias y en asegurar las carreras profesionales de sus retoños que obvian una muy necesaria educación moral. Desde ese punto de vista el planteamiento de Poetry es irreprochable, pues lo que le interesa no son las causas de dicho hecho, sino la alarmante falta de responsabilidad, rayana en lo deshonesto y desde luego condenable, de aquellos que deberían asegurar en primer lugar esa educación moral.


Sin embargo, esa lectura queda algo aparcada a favor del melodrama que domina el filme según se va desarrollando la peripecia en la que se ve envuelta Mija. La sobredosis de buenos sentimientos que exhibe Lee Changdong consigue, al menos en mi caso, un distanciamiento que ni todo el buen hacer de la estupenda actriz principal (que es mucho) consigue superar. Eso sí, merece la pena ver Poetry aunque solo sea por una escena absolutamente maravillosa, aquella que resuelve de forma prodigiosa la naturaleza de la relación entre Mija y el discapacitado al que cuida, un puñetazo de sensibilidad, elegancia y profunda perturbación servida a partes iguales que posiblemente se quede entre las escenas más hermosas que podamos ver en este San Sebastián.

Me queda hablarles de Blog, sorprendente y muy estimulante opera prima de la directora Elena Trapé realizada bajo el paraguas de Escandalo Films, que ya nos ha regalado en los últimos años películas tan interesantes como Lo Mejor de Mi o Tres Dias en la Familia, ambas también de directoras noveles. Blog parte de un real conocido – el pacto que establecieron un grupo de adolescentes de 15 años de clase media-alta para quedarse a la vez todas embarazadas – para articular un retrato muy interesante de esas jóvenes y a la vez completamente alejado de los modelos adolescentes que imperan hoy en día gracias a series televisivas tipo El Internado o Física y Química. Blog resuelve con gran habilidad una de las principales dificultades a la que se enfrenta cualquier película que quiera reflejar con cierto grado de fidelidad las relaciones adolescentes de hoy en día, como las web sociales y el chat. La naturalidad y frescura que exhibe Blog se debe a que gran parte de su metraje se compone tanto de imágenes rodadas por las propias chicas como por material procedente de las distintas cámaras web instaladas en sus ordenadores, lo que permite al espectador asomarse literalmente al mundo de una chica de 15 años cualquiera, con todo su saco de hormonas, dudas, temores, deseos, sueños e inseguridades.


Algunos pueden argüir en contra que Blog no ofrece nada especialmente novedoso y que incluso ese collage de imágenes digitales da cierto aire desmañado al filme. Puede que tengan razón pero la película remonta el vuelo a partir de la prodigiosa (e hilarante) escena del visionado conjunto de la peli porno y ya no deja de crecer hasta el final, consiguiendo crear algunos momentos mágicos por el camino y llegando a un final no por esperado menos desolador y confuso como la vida misma a esas edades, asimismo alejado de cualquier trasunto moralizante. A mi me ha parecido una película muy interesante, pero aun más interesante sería comprobar – en el pase de prensa, claro está, no había nadie a quien preguntar al respecto – que piensan de Blog las propias adolescentes de edades similares a las que protagonizan el filme. Yo al menos siento curiosidad por saberlo.

lunes, septiembre 13, 2010

FILMOTECA: CANINO Estimulante Desconcierto

El pasado noviembre me encontraba, como todos los años, en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, cerrando la programación del IV Festival de Cine Inédito de Mérida. A falta de una sola película, me decidí por la incómoda e inteligente Lourdes, que luego ganaría el Giraldillo de Oro y a la vez sería la obra más incomprendida y peor recibida por el público de Mérida. Pero hubo otra opción que no se concretó, no me importa confesarlo ahora, por un ejercicio de cobardía por mi parte: en una de las secciones paralelas me había fascinado una pequeña pero poderosa y sumamente perturbadora película griega que venía con el premio Una Cierta Mirada de Cannes 2009 bajo el brazo. Una propuesta radical, rompedora y originalísima capaz de dinamitar convenciones, desordenar conciencias y sugerir vivos debates con su muy estimulante mezcla de repulsión, humor surrealista, desconcierto e inaudita capacidad de metáfora.


Esa película era Canino, precisamente la obra elegida por la Filmoteca de Extremadura para reanudar a partir del próximo jueves sus proyecciones en Mérida. ¿Por qué no estuvo Canino en el IV Festival de Cine Inédito? Muy sencillo: no me atreví a traerla. Habría sido la película escándalo y polémica del Festival, además de la obra más radical tanto temática como formalmente, algo que siempre viene bien en un certamen de esas características. Pero por otro lado, me preocupaba que su radicalidad provocara un enorme rechazo y aun más que ante lo explícito y perturbador de sus imágenes en su tratamiento de la violencia y la sexualidad causara irreparables estragos entre el público del Festival e hiciera huir del mismo a los más convencionales. Por suerte, la Filmoteca les ofrece ahora una magnífica ocasión para comprobar por ustedes mismos si fue o no una decisión acertada.

La palabra que mejor define, ya desde sus primeros minutos, la atrevida propuesta del director Yorgos Lanthimos es sin duda desconcierto. En apenas unas escenas asistimos al planteamiento: en un chalet aislado de la ciudad vive una familia. Nunca sabremos sus nombres: Padre, Madre, Hermana Mayor, Hijo y Hermana Menor es la forma en la que se llaman unos a otros. Padre trabaja fuera de casa, pero el resto no puede abandonar el domicilio. Nunca. Los hijos, cercanos ya a la veintena, han vivido confinados toda su existencia sin tener contacto con otros seres humanos y recibiendo filtrada toda información de un mundo exterior al que les han enseñado a temer como un hábitat hostil y sumamente peligroso. El miedo como herramienta suprema de control.

Adiestrados como perros por unos padres desequilibrados y sociópatas – de los que tampoco queda claro cual es su objetivo final, más allá de garantizar el control – los hijos han desarrollado sus propios códigos de conducta, su propio lenguaje – surrealista por dislocado – y sus propias relaciones emocionales. Lanthimos describe una cotidianeidad tan alienígena como absurda, teñida de un terriblemente perturbador humor negro y una buscada incomodidad para el espectador, que asiste a los resultados de tan cruel experimento con la mirada propia de aquel que observara una sociedad completamente ajena a la nuestra, trastocada de forma tan esencial y sin embargo tan constante en las pulsiones propias de la naturaleza humana (la sexualidad, la competencia, la necesidad de autoafirmación, la rebeldía frente a las normas y el orden establecido) que ofrece jugosas y abiertas lecturas sobre los efectos no ya de un sistema monstruoso y totalitarista como el descrito… sino sobre nuestro propio sistema.


Narrada a base de insobornables planos fijos, encuadres claustrofóbicos que provocan una cierta asfixia y una fotografía que se va oscureciendo según avanza la mínima historia anticipando su resolución, Canino resulta muy eficaz en su voluntad de violentar al espectador, que oscila sin saber muy bien a que carta quedarse entre la risa nerviosa y la repulsión manifiesta, entre la fascinación y el surrealismo, entre la depravación y la extrañeza. Tiene la doble virtud, rarísima en estos tiempos adocenados, de resultar única y de no dejar indiferente a nadie. No se la pierdan, pese a que puedan odiarla. Les prometo toda una experiencia.


Canino se proyecta en la Filmoteca de Extremadura (Centro Cultural Alcazaba) el próximo jueves 16 a partir de las 20:30 horas

domingo, septiembre 05, 2010

LOPE, Enamorado y Desaprovechado

Por alguna razón que nunca he acabado de comprender, el cine español se ha resistido en mi opinión de forma incomprensible a sacar buen partido de la tan rica como variada obra de los magníficos escritores del Siglo de Oro tal y como si han hecho – con no poca fortuna en muchos casos por cierto – nuestros vecinos franceses, ingleses e incluso italianos con sus ilustres autores. Si exceptuamos aquel tan valiente como desigual intento que realizó Pilar Miró con El Perro del Hortelano , la muy olvidable adaptación que Vicente Aranda hizo de Tirante el Blanco, la versión de La Celestina adaptada por Azcona y dirigida por Gerardo Vera y corremos un discreto velo sobre aquella nadería llamada Miguel y William en la que Inés París fantaseaba con la idea de que Shakespeare y Cervantes se conocieran cortejando a una misma dama, choca sobremanera encontrar tan pocos referentes literarios en el reciente cine español.

Resulta evidente que hay todo un universo de piezas teatrales e incluso novelas de autores esenciales como Lope de Vega, Quevedo, Tirso de Molina o Calderón de la Barca que ningún productor se atreve a llevar a la gran pantalla. Y eso pese a que el éxito en taquilla de películas ambientadas en aquella época como Alatriste o las tres temporadas de la serie televisiva Águila Roja podrían hacer pensar que existe un mercado propicio para ello.


Desde esa extrañeza, resulta saludable y a priori interesante que se estrene una película de las características de Lope que, sin tratarse de una adaptación de ninguna de las obras del llamado Fénix de los Ingenios sino más bien una ilustración con no pocas libertades de los primeros años de su tumultuosa e interesante vida, en buena lógica permitiría albergar ciertas esperanzas de que su presumible éxito en taquilla – se trata de una superproducción que viene precedida de una tan aparatosa como efectiva campaña publicitaria – pudiera servir para superar de una vez en un futuro cercano esa especie de extraño pudor que tenemos a la hora de adaptar a algunos de nuestros más laureados autores.


Primer problema: el trailer miente. Si uno acude a ver Lope pensando que se va a encontrar con una película de acción y aventuras trufadas de batallas y duelos a espada al estilo Alatriste, como aquél parece sugerir, puede ver sus expectativas ampliamente defraudadas al toparse con algo que tiene mucho más que ver con una especie de comedia romántica protagonizada por Lope de Vega pobre de solemnidad y sin oficio tras abandonar el ejército que intenta hacerse un nombre como autor teatral de comedias, mientras se debate entre el amor de dos mujeres: la hija del dueño de la compañía y el Corral de Comedias que le tiene sometido a una servidumbre contra la que Lope acabará por rebelarse y una noble en principio fuera de su alcance y pretendida por un poderoso marqués que para colmo contrata a Lope como su poeta particular para que le abastezca de versos con los que conquistar el corazón de tan apetecible moza.


Segundo problema: pese a que el trío protagonista compuesto por un resultón Alberto Ammán que da vida a ese Lope tan apasionado como rebelde, una Pilar López de Ayala que mezcla las dosis justas de dulzura y manipulación a Elena Osorio y una Leonor Watling entregada con devoción a hacer creíble a su enamorada Isabel de Urbina funciona de forma bastante decente, esto no se extiende al resto del reparto. Descoloca no poco ver de nuevo compartir plano tras Celda 211 a Amman y a Luis Tosar aquí trasmutado en un improbable fraile bonachón y comprensivo.

No sé a que iluminado director de casting se le ocurriría la idea ni si ésta precedió al éxito de la estimable película de Daniel Monzón, pero uno se pasa gran parte de la película esperando en vano el sobresalto de escuchar de nuevo la cavernosa voz de Malamadre, en especial si tenemos en cuenta que se pasa toda la película dando ejerciendo de padre confesor del joven Lope. Aun peor es lo de Juan Diego, que sin duda es un gran actor, pero que aquí se encuentra en un tono francamente desacertado, yendo completamente a su aire, como desconectado del resto del reparto de forma estridente.


A ambas pegas hay que sumar el lastre de un guión que no tiene reparo alguno en plagiar alegremente pero sin demasiada sutileza ni gracia los recursos de filmes tan reconocibles como Shakespeare Enamorado o Cyrano de Bergerac - a esta segunda le debe sin lugar a dudas la mejor escena de la película, aquella en la que Lope improvisa sus versos para demostrar su talento y poner en ridículo a la vez a sus detractores - mientras desarrolla una historia de una linealidad sonrojante, previsible y carente de clímax final.

Por si fuera poco el desconocido realizador brasileño Andrucha Waddington (Por cierto ¿alguien me puede explicar a qué peregrinas razones obedece la necesidad de contratar a un director extranjero para contar una historia tan castiza como ésta, sobre todo si es para hacerlo de forma tan impersonal?) se muestra del todo punto incapaz de sacar partido de la, eso sí, excelente dirección artística e impecable ambientación del filme para demostrar un mínimo de creatividad que insufle vida a la puesta en escena, con lo que este Lope queda en poco más que un producto correcto, resultón a ratos, que se deja ver con la misma facilidad que se olvida una vez concluida.


Ni molesta ni ofende, pero tampoco convence o seduce como debería para estar a la altura de las expectativas y ni mucho menos para cumplir esa función de la que les hablaba al principio. Una pena desperdiciar semejante oportunidad. Sobre todo porque la interesantísima vida de Lope de Vega podría haber dado para una película apasionante. Que se haya quedado en este simple sainete es hacerle un muy flaco favor a su legado.


Este artículo, levemente modficado, se publicó el lunes 06 de Septiembre en el periódico Voz Emérita.