lunes, septiembre 20, 2010

SAN SEBASTIAN 2010 J03 Biclicleta, Cuchara, Manzana, Miel, HappyThankYouMorePlease

A veces en San Sebastián, como en cualquier Festival de Cine, suceden momentos mágicos. Ayer tuve la suerte de vivir uno de esos. Estaba en la plaza que separa el mítico Hotel Maria Cristina del Teatro Victoria Eugenia, donde el Festival tiene emplazada una pantalla gigante que permite seguir en directo gran parte de los muchos actos que tienen lugar en el certamen. En ese momento se estaba celebrando la rueda de prensa del documental Bicicleta, Cuchara, Manzana que había visto unas horas antes y que aborda la forma en la que ese político tan carismático como imprevisible y por ambas cosas atípico que es Pasqual Maragall se está enfrentando al Alzheimer que hizo público que sufría en el otoño del 2007. En la rueda de prensa estaban Carles Bosch, director del documental y Diana Garrigosa, esposa del ex presidente de la Generalitat y ex alcalde de Barcelona. Antes en el documental se nos había explicado que salvo casos muy puntuales, Maragall ya no hacía apariciones públicas para protegerlo de esos temibles momentos en los que la enfermedad puede hacerse patente y quedarse en blanco o empezar a decir incoherencias. Asi pues, Maragall, que había asistido al pase de la película en el Kursaal donde había sido recibido con una enorme ovación por el público tanto al comienzo como al final, no estaba en la sala de prensa. Estaba en la plaza, sentado en un banco, rodeado de su familia y amigos, con un ojo pendiente de su nieta pequeña mientras escuchaba atentamente las palabras de su esposa en la pantalla. Me pareció una imagen de lo más enternecedora.


Antes, en el pase de prensa, había tenido tiempo más que suficiente de emocionarme con un documental al que confieso que me enfrenté con mucho resquemor por mi parte. Y es que esa enfermedad cabrona, esa depredadora implacable llamada Alzheimer contra la que aun no disponemos de tratamiento ni forma de prevenirla, que diluye la memoria y identidad de uno hasta matarlo lentamente aun estando en vida, haciendo sufrir lo indecible a todos aquellos que te quieren ientras uno va progresivamente siendo cada vez más ajeno a todo eso, es una de las cosas que más miedo me dan en este mundo. Me preocupaba asimismo que el documental cayera en alguna de las múltiples e inevitables trampas que van asociadas a este tipo de trabajos: o bien que fuera un retrato embelesado del personaje público, que se dejara llevar por la compasión por el enfermo, que asistiéramos a un espectáculo morboso o se perdiera en explicaciones científicas ininteligibles para el espectador medio. Pues no cae ni por asomo en una sola de esas trampas. Muy al contrario, Bicicleta, Cuchara, Manzana es un trabajo muy equilibrado al que quizás solo se le puede reprochar y siempre será un defecto perdonable, su afán de vender a toda costa la muy encomiable tarea a la que está dedicada la Fundación Pasqual Maragall para la lucha contra el Alzheimer. Al fin y al cabo, ésta es una herramienta poderosa para lograr sus objetivos, que no son otros que progresar en la forma de encontrar una cura y avisar sobre la necesidad de desarrollar la prevención de la enfermedad lo antes posible.


La película tiene sus mejores bazas cuando se centra en la lucha del ser humano y de todos los que le rodean contra la enfermedad, siendo plenamente conscientes de todo lo que está ocurriendo y de todo lo que está por venir. La frustración, la ira, la impotencia de no poder hacer mucho más que poner toda tu voluntad al servicio de conseguir tus objetivos en lo que sabes que es una lucha contrarreloj antes de desaparecer no físicamente pero sí en esencia se traduce en una película inteligente, llena de humor en muchos momentos, didáctica sin ser atosigante ni exhaustiva y que te toca el corazón en más de un momento, especialmente cuando ese monumento a la lucidez que es Diana Garrigosa o sus hijos hablan con claridad sobre lo que significa adaptarse a la situación o cuando el propio Maragall, en el tramo final de la película, se queda a solas con el realizador y explica de forma contundente como siente progresar la enfermedad y aumentar sus signos más evidentes. Es una lástima que este documental tan necesario como especial por muchas razones no esté a concurso en la Sección Oficial porque es de lo mejor visto hasta ahora en el mismo.


Hoy debería hablarles asimismo de la otra película de la Sección Oficial, Misterios de Lisboa producción portuguesa del chileno Raúl Ruiz. El problema es que la películita en cuestión duraba la friolera de 256 minutos. Si, si, han leído bien: cuatro horas y dieciséis minutos de metraje. Y como quiera que uno tiene mejores cosas que ver y hacer en Donosti en semejante periodo de tiempo pues me la he ahorrado. Sin el menor asomo de culpa pues estuve viendo su primera media hora por si acaso me enganchaba y tuve más que suficiente de su aire teatral, sus más que caprichosos movimientos de cámara que algunos encuentran de lo más elegantes y su aire folletinesco. Llegué a la conclusión que preferiría con mucho pasar esas cuatro horas y pico paseando por las calles de Lisboa para desvelar sus misterios tragarme que semejante marrón. Eso si, a la crítica sesuda le ha gustado mucho y la puntúan por las nubes. A ver, que van a decir si no para justificar la sentada: encima que te la tragas entera no vas a salir diciendo que es una mierda. Y como no son muchos los que pueden contradecirlos porque los que no la soportaban desertaron rapidito como un servidor, así queda la cosa. Hasta que el Palmarés nos castigue por tan poco profesional conducta.


Por cierto, alguien debería colgar por los pulgares a los responsables de los horarios de los pases de prensa de este año. Ya hay que tener mala leche para cascar una película como MIEL, del turco Semith Kaplanoglu, en el siempre peligrosísimo pase de las cuatro de la tarde. Es que la película es una de esas joyas del cine contemplativo que embelesa a los puristas y cinéfilos más sesudos y sume en el más profundo amodorramiento a la mayor parte del personal. De acuerdo que la película tiene planos pictóricos de una belleza abrumadora, de acuerdo en que el niño que trabaja en ella conmueve con su trabajo y hasta que uno puede disfrutar en algún momento de su descripción de la vida tranquila en el interior de un bosque que se diría alejado del resto del mundo.

Pero la mínima anécdota que sostiene la trama – un padre que desaparece sin dejar rastro sumiendo al niño y a la madre en una profunda desesperación – y su voluntad de resultar pretendidamente poética en su comunión con la naturaleza la convierten, digámoslo claro, en un tostón considerable, por mucho Oso de Oro a la Mejor Película de la Berlinale que sea. A mi esta Miel no me embelesa en absoluto, pareciéndome incluso inferior a Leche, la anterior película del director con algo más de enjundia argumental que vi el año pasado en Cines del Sur y que con Huevo conforma no un sabroso dulce como sería deseable, sino una trilogía para cortarse las venas a lo largo. Y es que no todo el mundo tiene el talento de, digamos, un Nuri Bilge Ceylan para hacer del arte de la contemplación un cine de donde surja la emoción, por mucho que se intente imitar su estilo.


Menos mal que para terminar el día pudimos echarnos unas saludables risas con HappyThankYouMorePlease, otra perla de otros festivales que venía con el Premio del Público del pasado Festival de Sundance bajo el brazo y con su productor, guionista, director y actor protagonista Josh Radnor como irresistible embajador de la misma. Y es que posiblemente por el nombre no les resulte demasiado conocido, pero si les digo que se trata del tipo que cuenta a sus hijos la inacabable historia de la popular serie de tv Como Conocí a Vuestra Madre seguro que muchos ya aciertan a ponerle un rostro. El tal Radnor ha derrochado simpatía, cercanía y buen humor a su paso por Donosti y se ha metido a todas las mujeres (y a muchos hombres) en el bolsillo. Y encima su película resulta una comedia además de divertida de lo más estimable, lo que no es poca cosa.


Happy – dejemos el título así para no hacerles esto aun más largo de lo habitual – narra el encuentro fortuito entre un joven escritor que no encuentra la forma de publicar su novela con un niño perdido en el metro al que, una vez que conoce su situación en casas de acogida, decide acoger en su casa sin pararse a pensarlo demasiado. Al mismo tiempo conoce a una camarera de la que se enamora prendidamente y a la que propone que en vez de tener el típico rollo de una noche lo prolonguen durante tres días de convivencia para ver si de ahí sale algo parecido a una relación.

Al tiempo asistimos a las cuitas personales de dos de sus amigos, una chica aquejada de un cáncer con mala suerte para elegir a sus parejas y una joven a la que le aterroriza la posibilidad de seguir a su novio a su nuevo destino laboral en Los Ángeles y abandonar su querida Nueva York. La película rezuma frescura por los cuatro costados y aunque no deja de ser una comedia romántica con las señas de identidad habituales tanto del género como del cine independiente USA – un poco en la línea de (500) Días Juntos, para entendernos – es muy sencillo dejarse llevar por sus agudos e inteligentes diálogos, por su sentido del ritmo y por sus irresistibles intérpretes, con el encantador Radnor y la preciosa Kate Mara a la cabeza. Utiliza el desconcierto vital como arma arrojadiza, a un niño encantador y sumamente expresivo como gancho y un guión bastante currado que provoca no pocas risas en varios momentos y al que solo cabe reprocharle un tanto blandengue tramo final, para seducir por completo al espectador, que se deja hacer encantado porque le resulta sumamente fácil empatizar con ese puñado de personajes a la búsqueda de la felicidad por la vía del humor inteligente. Una forma estupenda de terminar la jornada, eso de irse a la cama con una sonrisa de complicidad en la cara.


1 comentario:

María Guerrero dijo...

la foto de maragall de espaldas mirando a su mujer en la pantalla me ha resultado realmente conmovedora...gracias