viernes, octubre 15, 2010

SITGES 2010 J06 We Are The Night, A Serbian Film, Black Heaven, The Housemaid

De una forma o de otra, el sexo ha marcado esta jornada de Sitges. Si exceptuamos Monsters, una curiosa peli indie usa que propone un mundo en el que enormes entes alienígenas tentaculares con pinta de haberse escapado de una novela de Lovecraft llegan a la Tierra en una sonda e infectan precisamente la zona limítrofe entre Mexico y EE.UU. dando lugar a su cierre y a unas cuantas metáforas jugosas sobre muros, inmigración y tal, el resto de filmes vistos hoy tenían el sexo bien como motor fundamental del argumento o bien como detonante de los hechos que en ellos tenían lugar. Además en formas francamente diversas.


WE ARE THE NIGHT, Sexo pijo lésbico

Como un día resulte que los vampiros existen de verdad, creo que nos van a poner de vuelta y media con toda la razón del mundo: entre Crepúsculo y sus secuelas, series como True Blood y las doscientas mil versiones que se hacen para cine – mañana sin ir más lejos tenemos aquí el innecesario remake Usa de esa joya llamada Déjame Entrar - yo en su lugar estaría un poco hasta los colmillos de tanto tópico y tanta gilipollez creada alrededor suyo. Lo último que les faltaba es que Dennis Gansel, el sobrevalorado realizador de aquella tontería efectista que fue La Ola, haya decidido llevar a cabo una especie de versión vampírica fashion de Gossip Girl y situar a cuatro megapijas de la muerte, estupendas, bellas y ambiciosas en el centro de su última película, We Are The Night, enésimo detestable pase de prensa matinal – vaya rachita llevamos – que nos hemos desayunado esta mañana.


La cosa va de tres vampiras de cientos de años de edad cuya líder – una Nina Hoss morbosilla con pinta de ejecutiva – lleva años buscando un amor perdido y cree encontrarlo en una ladronzuela del tres al cuarto de cuyos ojos cae tan rendida que claro, no tiene más remedio que pegarle un par de muerdos y convertirla en la pata que le faltaba a la silla. Encaprichada de la nueva vampiro – cuyo proceso de conversión consiste básicamente en pasar de ser una tirada total a comprar en tiendas megafashion, bailotear por los night clubs berlineses con música a todo volumen, atizarse chupitos de sangre como si fueran tequilas y sentirse muy, muy, muy culpable por el comportamiento descocado de sus tres compañeras de correrías – la pobre Nina sufrirá lo indecible porque la novata bebe los vientos por un chulazo rubio que para colmo es poli y encima sus errores irán haciendo progresivamente imposible la vida disipada que todas comparten en Berlin. O sea, una lesbi-vampiro frustrada sexualmente que no veas…


We Are the Night es un desastre absoluto se mire por donde se mire: ya sea por su puesta en escena videoclipera, por la música a todo volumen que atonta al espectador, por su horterismo militante o por esa especie de extraña vena falsamente feminista de las cuatro protas - los vampiros machos llevan años extintos, ellas se encargaron de liquidar a los últimos y tienen hecha la promesa de no convertir a ningún varón nunca jamás - que las convierten en una especie de versión degenerada y con colmillos de Sexo en Nueva York pero con (aun) menos gracia, lo cierto es que la película aburre profundamente al más voluntarioso y no se esfuerza lo más mínimo en aportar algo vagamente original a un tema tan manoseado como el vampirismo, lo que por cierto aquí en Sitges debería ser motivo suficiente para no estar ni siquiera seleccionada. Si acaso como que lo degrada un poco. Lo más salvable, la escena de presentación en un avión cuyo pasaje y tripulación ha sido masacrada en pleno vuelo y la transformación patito feo de la joven Karoline Herfurth, una especie de Lisbeth Salander cutre, en una guapisima pija con ropa de marca que conduce deportivos lujosos. De lo más fashion, oyes.

A SERBIAN FILM Sexo cafre y enfermo.

Había enorme expectación por ver la primera película de Srdjan Spasojevic, que se había vendido como la Martyrs de este año, la película que provocaría vómitos y abandonos de la sala, la experiencia más salvaje que íbamos a tener ocasión de disfrutar – es un decir – este año. Lo cierto es que yo diría que A Serbian Film, aunque no ha provocado desmayo alguno que yo sepa – abandonos del pase de prensa sí – ha cumplido las expectativas en gran parte. Porque pocos podrán dudar que esta película contiene en su interior una secuencia en concreto que si no es lo más bestia jamás visto en una pantalla de cine, debe estar francamente cerca, una escena cuya sola concepción dice mucho de lo enfermos que están sus creadores. No tengo la más mínima intención siquiera de describirla pero no se piensen que es por consideración a quienes puedan ver la película en el futuro. Es porque se me pone mal cuerpo solo de pensar en ella.


Antes de eso – porque hay un antes y sobre todo un después de esa escena, que marca un punto de inflexión para todo lo que ocurre después en el filme – hay que reconocer que A Serbian Film es una película bastante interesante y muy bien realizada. La historia gira alrededor de un actor porno de gran éxito, ahora retirado y padre de familia con dificultades económicas, a quien le hacen una suculenta oferta para rodar un último filme, sin guión y sin darle demasiadas explicaciones, una especie de contrato a ciegas que podrá proporcionar a su familia la estabilidad económica que necesita. Milos – un estupendo Srdjan Todorovic que recuerda vagamente a Birol Ünel – acepta y se embarca así en un viaje por el sexo cafre, extremo y violento, real hasta grados insoportables, que irá derivando en una espiral incontrolable en la cual se van alcanzando progresivamente nuevas cuotas de salvajismo jugando con la perversión no ya de sus artífices, sino la de la propia mirada del espectador.


¿Recuerdan aquella famosa frase “Les advertimos que las imágenes del filme que emitimos a continuación pueden herir su sensibilidad”? Pues A Serbian Film no hiere la sensibilidad: es tan cafre que directamente la mata. Una y otra vez. Y cuando piensas que no se pueden alcanzar nuevas cotas de degeneración, va la película y supera ampliamente tus expectativas más alocadas, estableciendo nuevos y desagradables listones de repulsión. La pregunta del millón es ¿sirve para algo todo esto? Para el que esto escribe no, aunque no negaré que la experiencia de hoy me ha resultado fascinante y toda una prueba de resistencia – y les aseguro que uno tiene bastante aguante – para ver cuan lejos está dispuesto a llegar un cineasta para embarcar al espectador en su propia mirada enferma.

No hay mensaje posible sobre la degeneración que puede llegar a alcanzar la representación del sexo y la violencia porque la propia película rebasa tan ampliamente esos límites que invade el espacio para cualquier consideración. En su segunda hora el carrusel de hechos deleznables, enfermizos y pasotes varios es tal que solo quedan dos opciones: o uno deja de ver la película y se larga de la sala o se queda y con algo de suerte, consigue superar la repulsión para tomárselo todo un poco a coña, dejando a un lado el inquietante pensamiento de que se está siendo cómplice de un juego perverso de los autores del filme con la mirada morbosa del espectador. Reconozco que yo pasé a ese otro lado durante la proyección y quizás eso y el callo que uno ya tiene a estas alturas me inmunizó un poco ante sus efectos. Pero vaya tela.

BLACK HEAVEN, Sexo virtual y tentador

L’Autre Monde, título original de esta película del francés Gilles Marchand que en el mercado internacional se distribuirá como Cielo Negro, es una película que juega con la provocación y la tentación del atractivo fruto prohibido para enhebrar un confuso discurso acerca de lo fácil (?) que resulta perderse en los mundos virtuales, en esas realidades alternativas generadas por los videojuegos y los espacios sociales de encuentro, esos sitios donde según la tesis del director, un puñado de desorientados jóvenes pueden llegar a diluir su propia identidad. Algo que se me antoja a todas luces exagerado - ¿Recuerdan cuando se decía alegremente aquello de que los juegos de rol inducían al asesinato? Pues más de lo mismo… - pero que además está desarrollado en el filme de una manera tan pueril y simplista que nadie con dos dedos de frente podrá tomárselo demasiado en serio.


La película cuenta la historia de Gaspard, un joven normal con novia y amigos que un buen día salva a una chica de un intento de suicidio. Una serie de peripecias le llevarán a descubrir por un lado que dicho intento está relacionado con un mundo virtual, Black Hole – sin chistes groseros fáciles, por favor – del que la chica en cuestión está tan colgada que como le mola mucho lo que pasa en él cuando muere allí, quiere probar si haciendolo en la realidad le lleva a una experiencia similar. Por otro descubre, y el espectador con él, que la chica en cuestión es una bomba sexual de primer orden (Louise Bourgoin se llama la moza) y que la promesa de encamarse con semejante pibón hace que pierda la cabeza por completo, dejando plantada novia y amigos y embarcándose en un juego virtual de previsibles consecuencias. Y no, no es una errata: previsibles, no imprevisibles.


Black Heaven resulta ridícula en sus planteamientos, moralista en exceso y puesta en imágenes con más bien poca imaginación. Las imágenes generadas por ordenador de ese mundo virtual causan no poca vergüenza ajena, aunque solo sea por lo desfasadas que quedan respecto a lo que hay en el mercado hoy en día y en ningún momento resulta creíble el planteamiento del director, salvo cuando su cámara se deleita con el rotundo físico de Louise Bourgoin y entiendes que el pobre gañán pierda el oremus y lo que sea necesario para pasarse por la piedra a semejante bicha. Pero vamos, que ni por esas cuela una película tan pobre en discurso como en su puesta en imágenes.


THE HOUSEMAID, Sexo elegante con pornochacha

Por último, y quizás para compensar tanto desfase, llegó Im Sang-Soo con su remake de una vieja película coreana de 1960 del mismo título desconocida para el que esto escribe y la elegancia de su puesta en escena nos permitió a todos respirar un poco. La historia de La Doncella juguetea con una de las fantasías masculinas más recurrentes, esa sirvienta dispuesta en un momento determinado a satisfacer también tus necesidades sexuales, la pornochacha de toda la vida, pero con una atmósfera mucho más perturbadora y un elemento social de clase que le otorgan cierto interés. Tras un prologo en el que una chica se suicida sin que lleguemos a saber nunca sus motivos y ante cierta indiferencia de una población que se divierte en sábado noche, Sang-Soo introduce a la joven protagonista como doncella de una familia de clase alta formada por una joven esposa que espera gemelos, una niña de pocos años de lo más espabilada y un padre que es un atractivo hombre de negocios acostumbrado a conseguir todo lo que desea que, en cuanto tiene ocasión, seduce a la joven doncella y la convierte en su amante ocasional.

También hay dos elementos muy importantes en la película: uno es la ama de llaves – una excepcional Yun Yeo-Jong que parece trasplantada de la Rebeca de Hitchcock – que observa todo lo que ocurre en la casa y cuya ambigüedad entre esa servidumbre aceptada de toda la vida que conlleva una obediencia ciega y los cínicos comentarios que hace sobre los comportamientos de los señores hacen que durante gran parte del metraje uno no tenga del todo claro de parte de quien está. El otro es la casa en sí misma, una lujosa e impresionante mansión que haría las delicias de los productores del programa “¿Quién Vive Ahí?” y cuyas inacabables escaleras, recovecos, habitaciones y salones lujosos son casi otro elemento más de la película.


The Housemaid está rodada con mucha elegancia, en especial en lo que a las escenas de sexo se refiere, a las que el director ha dedicado un especial mimo para ser de un explicito considerable, pero no agresivo para con el espectador, lo que sumado a la belleza de los protagonistas lo convierte en un espectáculo de agradecer. Desarrolla tanto la presentación de los personajes como el desarrollo del inevitable conflicto que se desata cuando el affaire entre señor y doncella salga a la luz con movimientos sinuosos de cámara que poco a poco revelan la humillación, brutalidad, sumisión y dolor con la que evolucionan las relaciones entre los personajes que se van radicalizando poco a poco, especialmente cuando entra en escena como un ángel vengador la madre de la esposa engañada, un deleznable personaje cuya malevolencia de amplio espectro enrarece aun más el ya de por sí opresivo ambiente de esa casa. Es una lástima que el realizador no sepa como rematar su propuesta y se pierda tanto y nos pierda en un tramo final más efectista que efectivo, pelín sacado de madre, pero a cambio Im Sang-Soo remata su perturbadora propuesta con un surrealista plano final que habría encantado a Buñuel o a David Lynch. Es una película sin duda algo desigual en sus resultados, que deja un regusto más bien amargo por lo que podría haber sido pero que ofrece una lectura acaso más profunda de lo que podría parecer sobre las diferencias sociales en Korea del Sur, buenas interpretaciones y una puesta en escena estilizada y depurada que da como resultado una obra perturbadora y en el fondo elegante.

Buf, que jartera de sexo y cine ;-)

jueves, octubre 14, 2010

SITGES 2010 J05 My Joy, Kosmos, La Doppia Ora, 7 Jours du Talion

Tras un saludable paréntesis de madrugada, donde tuve ocasión de tragarme una entretenidísima superproducción de Hong Kong, Bodyguards & Assasins en la que Teddy Chen parte del hecho real del intento de asesinato de un tal Sun Yat-Sen en 1906 para crear una estupenda aventura de artes marciales de los de toda la vida prácticamente a tiempo real en su segunda hora de metraje en la que unos y otros se zurran de lo lindo (y palman como está mandado) en una modélica y fastuosa reconstrucción en decorados del Hong Kong de aquellos años, volví a los pases de prensa esta mañana para ver cuatro propuestas que no podían estar más alejadas de la diversión de espadas y luchas de ayer, pero en las que no faltó el buen cine. Vamos a ello.

MY JOY La degradación moral de un país.

Mientras veía las primeras imágenes de esta primera película de ficción del por otro lado experimentado documentalista Sergei Loznitsa, me pregunté la razón por la que esta película que sigue las distintas desventuras de un camionero perdido por el interior de la Rusia profunda estaba en un festival como éste, dado que no parecía haber en ella ningún tipo de adscripción al género fantástico. Luego entendí que My Joy es en realidad una película de terror. No una película de terror al uso, pero sí una muy inteligente forma de asomarse a todo ese proceso de degradación moral y miseria al que se han visto abocada gran parte de la población de casi todos los países surgidos de la extinta Unión Soviética. La cámara de Loznitsa registra de forma espeluznante la forma en la que la ausencia progresiva de una estructura de autoridad que imponga ciertas leyes da como resultado la realización práctica de aquel viejo principio hobbesiano según el cual el hombre siempre ha sido es y será un lobo para el hombre. Pero además la tesis de Loznitsa es que esto no es solo un fruto de su tiempo: las distintas historias ambientadas en el pasado que cuentan algunos personajes o explican la historia de una casa donde el protagonista pasa parte de la película muestra la misma podredumbre moral, la misma desesperanza.


My Joy se articula alrededor de la peripecia de un camionero que viaja por carreteras secundarias y que se va encontrando en su accidentado camino con personas cuyas motivaciones casi siempre resultan perversas, malintencionadas o interesadas: chicas que se prostituyen por supervivencia y se rebelan ante el menor gesto amable, policías que abusan de su autoridad, mendigos que no dudan en convertirse en agresivos ladrones y hasta asesinos si ven la oportunidad de sacar beneficio de ello, personas que le acogen pero asimismo se aprovechan de él o de su mercancía… My Joy – título cínico donde los haya porque si hay algo de lo que carezca esta película es del más mínimo motivo de alegría – es un viaje al corazón de las tinieblas, un espeluznante e implacable retrato de un país en proceso de descomposición moral y marcado por la violencia hasta tal punto que no parece haber ningún resquicio a la vista por donde escapar de ella. Visualmente la película tiene un tono realista, naturalista, con una especial dedicación a los rostros de esos pobladores del corazón de las tinieblas y un ritmo pausado que puede espantar a alguno pero impecable en su sentido narrativo – en especial el uso del off visual y sonoro en algunos momentos dramáticos clave – y que acaba por imponer su lógica, contagiando al espectador de esa prisión moral donde el protagonista se haya irremisiblemente atrapado. Muy interesante.



KOSMOS, Turcos contemplativos

Ya lo he dicho por ahí en alguna otra crónica: estoy un poco hasta las narices del estilo contemplativo de narrar historias que viene de los cineastas turcos. No sé si se deberá la éxito crítico de Nuri Bilge Ceylan – director que por cierto me encanta pero de cuyo cuidado sentido visual se hallan muy alejados los distintos sucedáneos suyos que me voy encontrando de cuando en cuando en todos los festivales – pero el caso es que en mi mente estoy empezando a asociar el cine turco con una serie de constantes pavorosas (planos fijos pictóricos de gran belleza en los que casi siempre hay nieve, largos tiempos muertos en los que uno ha de rellenar lo que el director no te esta contando, argumentos estirados innecesariamente como chicle para rellenar metraje, argumentos mínimos desarrollados con ritmo comatoso, etc) a las que por cierto no escapa del todo la bastante irregular Kosmos de Reha Arden, una película que al parecer pretende ser un canto a la libertad individual más allá de las asfixiantes reglas sociales al colocar en su centro a un peculiar personaje, el Kosmos del título, que parece tener la habilidad de curarse a sí mismo y a los demás, subirse a los árboles más altos con endiablada rapidez, proferir sentencias que parecen surgidas de un empacho entre religioso y de libros de autoayuda, tratar al resto de seres humanos con una ingenuidad casi candorosa que contrasta con su natural empatía y ligar con chicas medio autistas profiriendo aullidos de lobo a voz en grito. Un regalito de personaje, vaya.


El caso es que la afortunada llegada de Kosmos al pueblo, tras salvar a un niño de morir ahogado en el río, perturba no poco la tranquilidad de sus habitantes, ya de por sí bastante agitados entre bombas lejanas de algún conflicto, un referéndum que pretende abrir las fronteras al comercio con el país vecino, la constante presencia vigilante del ejército y algunos pequeños robos. Kosmos, con su pureza y su ingenuidad rayanas en la idiocia, se mete en no pocos charcos y va agotando la paciencia de los pueblerinos con esa actitud entre abnegada y asocial, demasiado libre para la que está cayendo. Con lo cual la cosa no puede terminar precisamente bien. Erdem trata de dotar de cierto sentido poético a su canto a la libertad pero en mi opinión lo único que consigue en varias ocasiones es caer de lleno en el más absoluto de los ridículos. Si a eso sumamos el inevitable ritmo comatoso del relato y a la indiferencia con la que se sigue la historia porque los mortales normales no poseemos esa empatía que Kosmos siente hacia sus semejantes – y menos cuando está narrada de forma tan poco interesante en imágenes – el resultado es una película aburrida, pretenciosa y un punto cursi que no convence gran cosa. Insisto: que no basta ralentizar el relato al máximo y fotografiar bien los parajes helados para hacer algo parecido al cine de Bilge Ceylan. Hay que contar algo también.



LA DOPPIA ORA, Desconcertante artefacto narrativo

Es un hecho bien sabido que resulta una tarea prácticamente imposible evitar la manipulación del espectador en el cine. Es más, el cine es, ante todo, manipulación de sus percepciones. Lo que sí resulta muy importante es saber hacerlo lo suficientemente bien para que éste no se percate de la misma y la asuma como propia, disfrutando por el camino de la experiencia. Creo que habré visto pocas películas este año que jueguen tan bien con el espectador como la notable opera prima de Giuseppe Capotondi, cuyos bandazos de guión y de género en manos de cualquier otro realizador menos dotado habrían sin duda conducido al más absoluto desastre y que sin embargo en La Doppia Ora se convierten en una experiencia de lo más disfrutable, pese a sus jugueteos al borde del alambre.


La protagonista de La Doppia Ora es Sonia, (enorme Knessia Rappoport) una inmigrante del este de Europa que trabaja como doncella en un hotel italiano y que conoce a través de una agencia que organiza citas múltiples de pocos minutos de duración entre hombres y mujeres a Guido, un vigilante de seguridad por el que siente una inusitada atracción. Al poco de empezar a desarrollarse el romance, ocurre algo inesperado que cambia por completo el tono y el género de la película y a partir de ese punto, La Doppia Ora se convierte en algo así como un raro cruce entre el cine de género fantástico y una especie de thriller emocional, embarcando al espectador en un desconcertante juego repleto de miradas, presencias e imprevisibles giros de guión que nos dejan literalmente en tierra de nadie, incapaces de anticiparnos a lo que vendrá después pero sumamente interesados en saber cómo se resuelve.


Apoyado en un descomunal trabajo interpretativo de la actriz Knesia Rappoport (que ya fue galardonada con la Copa Volpi en Venecia 2009 por esta película) creíble en un personaje que la obliga continuamente a cambiar de registro para mejor adaptarse a los sucesivos cambios de género que fuerza el guión y en una puesta en escena sumamente estilizada que sabe jugar con habilidad con ambas bandas sonoras – la musical propiamente dicha y la del montaje de sonido – Capodonti consigue que nos impliquemos en el viaje emocional de su protagonista y sigamos su juego con varias barajas a la vez hasta el final, en una película en mi opinión bastante bien equilibrada en sus distintos elementos. No faltarán quienes la acusen de tramposa y manipuladora pero yo creo que La Doppia Ora está bastante más allá de fáciles juegos de manos. Su propuesta es otra y no sé si será que aun ando embelesado con el trabajo de una actriz tan sugerente como la Rappoport, pero el caso es que a un servidor le ha convencido por completo.

7 JOURS DU TALION, Ojo por Ojo.

Tengo claro que sí para algo sirven las leyes es para proteger al ser humano no de la maldad de los otros, sino con frecuencia de sí mismo, de su propia naturaleza. Háganse esta composición de lugar: son ustedes padres de una preciosa niña de ocho años que un día es raptada por un pederasta, violada, asesinada y abandonada en un parque cercano. Si a ustedes le dan la ocasión de estar a solas en una habitación con el pederasta en cuestión a su merced harían lo que cualquier humano normal en esa situación: dar rienda suelta a la venganza e infligir el mayor dolor posible al sujeto en el proceso. Incluso aunque racionalmente sepamos que eso no serviría para devolvernos a nuestra hija, la venganza es algo tan connatural al ser humano y pesa tanto en nuestro ánimo que las leyes han de servir, además de para encerrar al tipo, para salvarnos a nosotros mismos de ejecutar nuestro derecho al ojo por ojo.


La cuestión no es para tomársela a la ligera y eso es exactamente lo que ha hecho Podz, seudónimo bajo el que se esconde el director canadiense Daniel Grau en su primera película, desarrollarla a través de la decisión meditada y racional del padre de esa niña de secuestrar al pederasta una vez detenido y llevárselo a una cabaña apartada en los bosques que ha preparado previamente con una minuciosidad digna de la mente más maquiavélica. Y por supuesto, una vez allí, torturarlo a placer durante los siete días del título antes de ejecutarlo. Grau disecciona el proceso con las herramientas propias del cine de Haneke: ausencia de música, frialdad en la fotografía y la puesta en escena, dureza en las imágenes que cuestionan al espectador que asiste a ellas sobre su aprobación o la implicación en las mismas. Por supuesto que uno puede entender todo el inmenso dolor que lleva a un padre a llegar a esos límites, pero al tiempo resulta difícil empalizar con él mientras tortura a un ser humano indefenso por muy pederasta y asesino que éste sea.


Además Grau tiene la inteligencia de enfrentar su protagonista con otros espejos – su mujer paralizada, el policía que lleva el caso que a su vez perdió a su mujer de forma violenta, los padres de otras victimas – que conforman un conjunto tan complejo como la cuestión planteada, dando como resultado una película fría como un cuchillo afilado a la que solo le sobran algunas imágenes fáciles – ese ciervo muerto – sus coqueteos con el thriller en el juego entre el padre y la policía y alguna gratuita e innecesaria vuelta de guión – el secuestro absolutamente de un personaje irrelevante en el tramo final – que aunque afean un tanto el resultado final no lastran del todo una propuesta de lo más interesante que reflexiona abiertamente sobre las contradicciones de la naturaleza humana cuando se intenta racionalizar lo que en el fondo no deja de ser un instinto de lo más primario que además tiene el plus de situarse en un punto muy alejado en su tratamiento de la violencia, a veces muy explicita pero a veces también en off del execrable espectáculo del torture porn.

miércoles, octubre 13, 2010

SITGES 2010 J04 I Want to be a Soldier, 13 Asesinos, 14 Blades, Stake Land

I WANT TO BE A SOLDIER, Vergonzoso panfleto

Si existiera en Sitges algo así como un buzón de reclamaciones dirigido a los programadores, tengo la certeza que esta mañana un buen puñado de nosotros habríamos hecho buen uso de él: con la inacabable y variada oferta de títulos que hay en las Secciones Oficiales – sí, en plural, es que hay más de una – parece una broma pesada que el día que más nos han hecho madrugar para asistir a un pase de prensa haya sido para ver algo tan abominable y moralizante como I Want To Be a Soldier, tercera película perpetrada –el adjetivo dirigida le queda sin duda demasiado grande – por Christian Molina, aquel lumbrera que ya nos martirizó hace unos años con la horrenda Rojo Sangre y su aburridísima adaptación de Diario de una Ninfómana y que ahora nos alerta, cielo santo, sobre los peligros de dejar a nuestros niños expuestos sin control a las violentas influencias de la televisión y los videojuegos, presentándonos a un tierno infante de nueve años de lo más normal y feliz de la vida con sus estupendos padres que un día cometen el gravísimo error de ponerle una tele en su cuarto, con lo que el niño se empapa en los telediarios y documentales – como todo el mundo sabe, los niños quieren una tele en su cuarto precisamente para encerrarse a ver telediarios y documentales – de las diversas guerras que hay en el mundo y a base de deglutir imágenes violentas pasa de desear ser de mayor astronauta a soldado profesional, decorar su cuarto con banderas neonazis (se lo juro) y por supuesto, convertirse en un pequeño hijodeputa gamberro y violento en el colegio, donde hace la vida imposible a profesores y compañeros entrando en una espiral de violencia imparable.


Miren ustedes, esta es una de esas películas bienintencionadas que pretende denunciar un tema – el escaso control sobre los contenidos y lo que los niños ven en televisión y su impacto en el supuesto crecimiento de la violencia infantil – y lo hace de forma tan chapucera, panfletaria y moralista que dan ganas de coger a tu hijo de ocho años y meterle las seis partes de Saw seguidas. Quien más quien menos todos nos hemos criado viendo violencia a granel en televisión y no vamos por ahí con semiautomáticas por la calle, invadiendo países de Oriente Medio o vistiendo uniformes de camuflaje en el trabajo. La película es de un maniqueo y un simplismo sonrojantes, causa perplejidad su insólita presencia en Sitges e indignación absoluta que fuera el primer pase de prensa (en mi caso particular el único) de hoy. La anecdótica presencia de actores como Ben Temple haciendo lo que puede – en un doble papel de amigos imaginarios del chaval, agárrense: un astronauta más bueno que el pan al que dan ganas de darle un buen par de hostias para que se espabile y un sargento con más mala leche que Robert Lee Emery en La Naranja Mecánica al que dan ganas de fusilar varias veces más que por reaccionario por pesado – , Robert Englund soltando perogrulladas seudo psicológicas como psicológo del colegio y Danny Glover paseandose por allí como despistado director del colegio no consiguen evitar que este engendro sea una de esas películas que se deberían quemar directamente por la posibilidad de que provoque un efecto contrario al que pretende. Que a estas alturas no estamos ya para según qué gilipolleces.



13 ASSASSINS, Takashi Miike versiona libremente a Kurosawa

Otra cosa no, pero hay que reconocer que Takashi Miike los tiene cuadrados. Posiblemente uno de los directores más prolíficos e irregulares de la faz de la tierra, un tipo capaz de rodar varias películas al año y que se ha permitido el lujo este mismo año de hacer doblete tanto en Sitges como en Venecia con dos películas imposibles de creer que hayan sido realizadas por el mismo sujeto, la delirante Zebraman 2 y esta 13 Asesinos que nos ocupa, alguien capaz de crear la brillante Ichi the Killer y helarnos la sangre con Audition a la vez que pare un bodrio tras otro en tres de cada cuatro películas, va el tío y se saca de la manga un remake de una película de samuráis en la época del Japón feudal que hizo Eichi Kudo en 1963 y que no era sino una versión muy libre de la emblemática Los Siete Samuráis de Kurosawa, posiblemente surgida a la sombra de ésta. Vale que el argumento no es exactamente el mismo – aquí los 13 asesinos del título son samuráis sin amo a los que le encargan cargarse a un posible sucesor del Shogun que traería la guerra y desgracias varias en lugar de defender un poblado… pero el lugar donde llevan a cabo su plan es… lo han adivinado: un poblado – pero las similitudes resultan tan evidentes y a la vez la película se aleja tanto de la obra maestra de Kurosawa, sin que por ello deje de resultar una propuesta interesante, que uno no puede hacer otra cosa que quitarse el sombrero ante la libérrima desfachatez de este sujeto.


Y es que 13 Asesinos es una película muy controlada, que durante su primera hora desarrolla con el tempo lento y la puesta en escena estática típica de este cine la presentación de los distintos personajes, las intrigas políticas de la época, las razones por las que estos samuráis deciden rebelarse ante las injusticias flagrantes del que no deja de ser en cierta forma su señor – con las terribles consecuencias que eso implica, como sabe cualquiera que conozca algo de sus costumbres – y los preparativos de la sangrienta batalla que luego se desarrollará, con un estilo visual bien distinto, durante la segunda hora del filme. Miike demuestra conocer bien a los clásicos y se fija en ellos sobre todo en el primer tramo para darle a su película una solidez narrativa que nadie que esté familiarizado solo con los delirios lisérgicos que invaden a menudo su filmografía le creería capaz de conseguir. Y además ofrece apuntes interesantes, como el de ese samurai que siguiendo su código de honor decide quedarse junto a su señor aunque sea consciente de que está sirviendo a un monstruo, consiguiendo así una relectura de esa amistad/odio que obligaba al inevitable enfrentamiento que tan bien manejaba Sam Peckinpah con los principales protagonistas de Grupo Salvaje o de Pat Garrett and Billy the Kid. Incluso hay un personaje, el bandido al que los samuráis liberan de su trampa en el camino y que acaba uniéndose a ellos que recuerda vagamente el rol de Toshiro Mifune en la película de Kurosawa, sentido del humor descacharrante incluido. Cierto que la película se le va un poco de las manos en la segunda parte, con esa batalla interminable en inferioridad de condiciones de los 13 Samurais contra el ejército del villano en ese pueblo (como no) embarrado y con un duelo final alargado en exceso, pero también es verdad que la película, con sus defectos, resulta un homenaje de lo más correcto a ese cine de samuráis que muchos llevamos bien metidos dentro de nuestra cinefilia. Eso hace que merezca la pena prestarle cierta atención. Además, que demonios: es de lo más entretenida.


14 BLADES, Un Wuxia despendolado

Les juro que ha sido una absoluta casualidad cronológica que tras comentarles 13 Asesino pase a hablarles de 14 Blades, o sea, 14 Filos. Bueno, absoluta no porque me he ahorrado comentarles la enésima tomadura de pelo, ahora en 3D, del jeta de Takashi Shimizu, ese que ha rodado entre sus versiones japonesas y americanas unas seis veces La Maldición, que nos ha castigado con la confusa The Shock Labyrinth, a la que no dedicaré una sola línea por la sencilla razón de que no se lo merece. Pues el caso es que hacía tiempo que tenía yo ganas de disfrutar de las esencias de un wuxia reciente, ya saben, ese género tan adorado en Hong Kong y China en el que épicos guerreros que pegan saltos imposibles, se pelean en complicadísimas coreografías que incluyen todo tipo de artes marciales y diversas armas cuerpo a cuerpo y que aquí en occidente solo conocemos por aquella estupenda Tigre y Dragón que hizo Ang Lee y cuya belleza y capacidad de emocionar el chino Zhang Yimou nunca ha conseguido superar a pesar de sus tres notables intentos estrenados entre nosotros: Heroe, La Casa de las Dagas Voladoras y La Maldición de la Flor Dorada. Me apetecía ver qué se cuece en este momento en el lugar de nacimiento del género.


Daniel Lee, el realizador de esta cinta protagonizada la estrella del género omnipresente este año en Sitges Donnie Yen (nada menos que un hat trick se ha marcado el colega entre ésta, Ip Man 2 y la esperada Bodyguards & Assasins todas ellas presentes en la programación de este año) se ha fijado en un hecho poco conocido de la historia de china, los Jinywei, una especie de servicio secreto del emperador formado por huerfanos y sicarios de obediencia ciega al emperador, para desarrollar una historia en realidad bastante simple de traiciones, venganzas y complots políticos que sirve como vehículo para el lucimiento de su protagonista principal, Quinlong, traicionado jefe de estos Jinywei que victima de una conspiración tendrá que enfrentarse a sus antiguos subordinados para demostrar su inocencia y salvar de paso al país de una rebelión política que, como siempre en las películas chinas, llevaría el país al desastre: ya se sabe que China siempre ha de estar unida y bien unida, ya sea bajo el Emperador o el régimen comunista, que a estos efectos es básicamente lo mismo.


La trama es mínima, aunque al principio pueda uno perderse un poco entre tanto nombre y reino perdido. Pero lo que importa no es otra cosa que la acción pura y dura y la verdad es que ahí no hay mucha queja. 14 Blades es una película desprejuiciada, despendolada y por momentos insensata en la que uno ha de olvidarse, como corresponde a los cánones del género, de las leyes de la física en general y de la gravedad en particular - no digamos ya de las más elementales reglas de la lógica - y disfrutar de Donnie Yen haciendo de chulazo prepotente y divertido o de la morbosa Kate Tsui haciendo de una antagonista con más peligro que Kitano en una película de Yakuzas. Las secuencias de acción, coreografiadas con sentido del espectáculo, resultan entretenidas aunque acaben por causar, como suele pasar, cierto hartazgo. Pero la peli tiene su punto, incluso aunque estomague un poco el sentimentalismo que va tiñendo el filme mientras toma cuerpo la imposible historia de amor entre sus dos protagonistas. Tan entretenida como cansina e intrascendente.

STAKE BLADE, De vuelta a La Carretera.

La propuesta más interesante del día fue sin embargo la sorprendente Stake Blade, segunda película de un tal Jim Mickle que con un presupuesto de cine independiente que luce en pantalla como si fuera veinte veces superior y actores completamente desconocidos – con la excepción de un regreso sorprendente que comentaré más tarde – ha conseguido una película sobria, efectiva y original partiendo de elementos sobradamente conocidos por el género, a saber: una América apocalíptica arrasada por una pandemia bacteriológica que ha acabado dando lugar a multitud de vampiros, que sin embargo más que como vampiros se comportan de una forma animalesca, como si fueran zombis; un mundo sin esperanza en el que nuevas formas de religión como perversiones extrañas del cristianismo evangélico empiezan a tomar el poder, canibalismo por doquier como forma de supervivencia y escasez generalizada tanto de refugios seguros como de alimentos. En medio de este paraje desolado, cruce entre Soy Leyenda y sobre todo La Carretera, en especial en su visión casi desesperada de la existencia, un hombre que se dedica a cazar vampiros como medio de subsistencia adopta a un adolescente como ayudante después de que éste se quede sin familia y ambos se lanzan a recorrer la América profunda en busca de un improbable Nuevo Edén al norte del país.


Lo interesante de Stake Land es su solidez narrativa. Jim Mickle tiene bastante claro como mezclar los reconocibles elementos que tiene a su disposición para conseguir que la propuesta funcione a varios niveles: ya sea en su afinada descripción del paraje apocalíptico, su denuncia de los fundamentalismos religiosos que no dudan en utilizar cualquier estrategia a su alcance (vampiros incluidos como arma bacteriológica) para hacerse con el poder, las relaciones entre los personajes y su progresión dramática – a los dos protagonistas se unen una monja rescatada de un intento de violación (¡Nada más y nada menos que una casi irreconocible Nelly McGillis, la protagonista de Top Gun o Único Testigo!) una joven embarazada y un ex marine desposeído - o aprovechando los espacios abiertos, abandonados, desolados, como inevitables fuentes de peligro constante, desarrollando el imprescindible sentido de la supervivencia clave en el género. Además hay un toque de horror a lo American Gothic, cierto sentido del humor a costa del personaje de Mister, por momentos un trasunto de Chuck Norris metido a cazavampiros, denuncia política y una gran habilidad por parte del realizador para hacer de lo más creíble ese costumbrismo del superviviente, esa atmósfera podrida, malsana, opresiva en la que no queda otra que apretar los dientes y salir adelante como sea. Cierto que hay alguna concesión a la esperanza en el tramo final que hace que la propuesta no sea del todo coherente con la desolación que plantea pero imagino que el tal Mickle debe haber pensado “Ey ¿Quién soy yo para llevarle la contraria en este campo al mismísimo Cormac McCarthy?” Pues eso.

martes, octubre 12, 2010

SITGES 2010 J03 The Ward Secuestrados Rare Exports Fase 7

THE WARD, El regreso de Carpenter

Una película de John Carpenter siempre es una buena noticia, sobre todo si tenemos en cuenta que el autor de clásicos indiscutibles del género como La Noche de Halloween o La Cosa llevaba un buen puñado de años sin hacer un largometraje. Concretamente ésta es solo su segunda película en lo que llevamos de década, nueve años después de aquella entretenida Fantasmas de Marte. Y conociendo como las gasta el viejo outsider, más desencantado que nunca con la vertiente comercial que ha tomado el género en los últimos años, a saber cuánto tendremos que esperar por la siguiente. The Ward, que podría traducirse como El Pabellón, narra la historia de una atractiva moza (una resultona y eficaz Amber Heard) algo desequilibrada y con cierta tendencia a pegarle fuego a las casas que es internada en una institución mental que recuerda vagamente a Shutter Island – afortunadamente es algo menos tétrica que ésta – y en la que traba conocimiento con otras cuatro pacientes, todas mujeres, todas bastante atractivas por cierto (el planteamiento es algo así como el sueño dorado de un celador poco escrupuloso) que son tratadas de sus diversos problemas mentales por un médico amable y dispuesto a experimentar cosas nuevas con sus encerradas pacientes. Hasta ahí todo correcto. El problema es que en dicha institución también ronda el horrible espectro de una antigua paciente, que aparte de matarnos a sustos con sus sorpresivas apariciones parece dispuesta a aniquilar una por una a todas las internas mientras la protagonista intenta averiguar la verdad de su historia.


The Ward no puede ser una película de género más clásica. Todos los tópicos imaginables que a ustedes puedan pasársele ahora mismo por la cabeza cuando piensan en una institución mental están en la película: una heroína con la que identificarse, enfermeras jefe chungas, celadores tan corteses como implacables, el inquietante e impoluto manicomio, desnudos en las duchas, rebelión, electroshocks, médicos que ocultan cosas y por supuesto, terroríficas apariciones a cargo de la bicha de turno. Carpenter conoce bien su oficio: como viejo maestro del mismo que es, sabe narrar la historia y usar tanto su habilidad visual como su música para generar inquietud en el espectador pulsando los resortes adecuados para cada momento hasta llegar a una resolución final que encantará a algunos y probablemente decepcionará a la mayoría, aunque solo sea por su falta de originalidad. ¿Cuál es el problema de The Ward entonces? Ninguno en realidad: cumple con lo suyo. Ahora bien, de Carpenter uno tiene derecho, por trayectoria fílmica y tiempo en el oficio, a esperar una cierta innovación sobre un tema tan manido. En ese campo el viejo maestro decepciona: no hay en el filme ninguna aportación al género que merezca la pena destacarse. A diferencia del Shutter Island de Scorsese que generó tanta discrepancia, The Ward provoca indiferencia dentro de su corrección formal. Y no creo que Carpenter, que siempre ha tenido una vena bastante iconoclasta y combativa, pueda sentirse demasiado satisfecho con el resultado.


SECUESTRADOS Jesús, que agobio de película.

Dice Miguel Angel Vivas, director de Secuestrados, que en el origen del proyecto estaba la idea de hacer sentir a cualquier espectador, desde la comodidad de la butaca, las enormes dosis de angustia, impotencia y frustración que genera uno de estos secuestros en el propio domicilio que tanto han crecido en los últimos años en España, en especial debido a bandas especializadas en este tipo de asaltos compuestas en su mayor parte por delincuentes de países del este de Europa. No cabe duda que lo ha conseguido y con creces: puedo dar fe que Secuestrados es una de las experiencias más tensas que he tenido ocasión de seguir en una pantalla de cine en mucho tiempo.
Si ayer decíamos que La Casa Muda tenía uno de sus puntos fuertes en ese supuesto único plano secuencia en el que está rodada toda la película, Secuestrados se apunta al mismo bando de la corrección formal, pero con matices: desde el primer e impactante plano secuencia del prólogo en el que se nos cuenta la resolución de un secuestro anterior al que vamos a vivir, el realizador deja claro su juego. Seguirá con su cámara bien pegado al cogote de sus personajes y en no demasiados planos secuencia contará todo el angustioso proceso del secuestro de una familia bien en su chalet recién adquirido desde su inicio hasta su resolución, prácticamente en tiempo real.


Hay un problema de índole moral con Secuestrados que tiene que ver tanto con su apuesta formal como las posibles connotaciones ideológicas del filme. En cuanto a lo primero no se entiende demasiado bien si la decisión narrativa consiste en elaborados y precisos planos secuencia que se construyen como una coreografía al servicio de la historia, las razones por las que de vez en cuando el director pasa a utilizar el split screen, una pantalla partida en la que vemos simultáneamente (también en planos secuencia, ojo) lo que les ocurre a personajes que están en sitios distintos. No tiene demasiada justificación ni se entiende demasiado el criterio seguido y rompe acaso de forma caprichosa sus propias reglas formales, provocando cierta perplejidad. Por otro lado, no faltará quien vea un posicionamiento afín a las de la derecha o incluso una lectura racista del tema tratado –ambas cuestiones le provocan no poco escándalo a su director, que las niega por completo – debido a la distinta forma en la que evolucionan los tres asaltantes de la casa, dos albaneses y un español, y a la forma en la que el director resuelve la película, que a nadie dejará indiferente.

Hay quien piensa que ésta es una película sádica, que su uso de la violencia es un espectáculo gratuito y prescindible y que no debería prestársele mucha atención entre otras cosas por alguno de sus ilustres precedentes (¿Les suena un tal Haneke y Funny Games? Pues eso…) pero yo estoy de acuerdo solo en parte: creo que a pesar de que en ciertos momentos hay demasiado ruido y confusión, Secuestrados es una película que te coge por el cuello y te mantiene en una tremenda tensión todo el filme, que todos los actores están, (sin excepción, pero convendría destacar el magnífico trabajo de Manuela Vellés) tan entregados como convincentes en sus papeles y que aunque hay debilidades manifiestas en su resolución, Secuestrados puede ser una de las sorpresas del cine español de este año, una apuesta de género notable que consigue plenamente su objetivo, que no es otro que angustiar y aterrorizar al espectador con un temor nada fantástico y sí con una base muy real. Cuestión distinta es lo que pueda ayudar este filme a esa perniciosa cultura del miedo que tanto daño ha hecho y seguirá haciendo en el futuro. Pero de eso podemos hablar largo y tendido otro día. Prefiero quedarme con las buenas sensaciones que me produjo en general el filme, aunque tenga mis reservas con ciertos aspectos del mismo.

RARE EXPORTS: A CHRISTMAS TALE. Jodido Santa Claus

A estas alturas aun hay mucha gente que desconoce que la imagen icónica que tenemos de Santa Claus, el barbudo gordito y bonachón vestido de rojo y blanco que reparte regalos en Navidad es una de las mejores ideas de marketing de la historia. Se lo inventó Coca Cola y la cosa ha funcionado tan bien que casi todo el mundo se olvida que en la tradición nórdica donde nació, Santa Claus era ante todo una especie de coco que se utilizaba para atemorizar y disciplinar a los hijos díscolos, un personaje terrorífico que se presentaba en tu casa en Navidad y no hacía, sino que más bien exigía que se le hicieran regalos, como si fueran ofrendas.


Estudiando la vertiente más cercana al mito original, un cachondo director finlandés llamado Jalmari Helander, que ya había explorado el tema en dos cortos precedentes, se ha montado una película tan irreverente como efectiva poniendo al jodido Santa en el sitio donde corresponde, es decir, en el de una bestia parda congelada en hielo bajo una montaña a la que conviene no despertar. Y no digamos nada de sus “alegres ayudantes”. Siguiendo a un padre y un hijo que viendo la progresión de las excavaciones que un grupo de americanos está llevando a cabo en la montaña deciden prepararse para lo peor armándose hasta los dientes, Helander consigue una película desopilante en la que se invierten los papeles tradicionales y se subvierte el imaginario navideño del espectador. Aquí la buena voluntad brilla por su ausencia, prima el pragmatismo y el humor absurdo y surrealista tan propio de los nórdicos consiguiendo un puñado de momentos impagables y convirtiendo a esta película, junto con la terrorista Bad Santa de Terry Zwigoff, en el mejor antídoto contra la increíble cantidad de gilipolleces que tenemos que aguantar cada año con la excusa de tan entrañables fiestas. La película no será un prodigio de puesta en escena ni sus actores demasiado carismáticos, pero resulta complicado no seguirla con una sonrisa de complicidad puesta, que bien puede transformarse en abierta carcajada en su parte final, en la que Helander da rienda suelta a su vena más abiertamente transgresora y provocadora. Una de esas deliciosas rarezas que solo parece posible disfrutar en Festivales como Sitges.

FASE 7. Los argentinos y el Apocalipsis

Con tantas películas sobre desastres por epidemias de virus, zombies, infectados y demás desastres que hemos aguantado en los últimos años ¿Nunca se han preguntado que harían ustedes si tuvieran la ocasión de anticiparse a la misma y atrincherarse en la propia casa bien provistos de víveres y todo lo necesario para sobrevivir hasta que todo amaine? Pues al parecer Nicolas Goldbart sí y partiendo de un argumento que recuerda vagamente al de la española [REC] – el punto de partida también es un edificio puesto en cuarentena ante la sospecha de un agente infeccioso, pero a diferencia de aquella, en Fase 7 es en el exterior donde la epidemia acaba con la población mientras los vecinos del inmueble continúan viviendo tan ricamente – y desmbocando acaso de forma involuntaria en algo muy cercano a aquella joya del humor negro del cine español que es La Comunidad de Alex de la Iglesia, Fase 7 plantea de forma directa el inevitable absurdo que conlleva enfrentarse a una situación de las características descritas.


Una pareja, formada por Coco (un Daniel Handler que con su gesto de desconcierto perpetuo encarna a la perfección la desidia de un personaje abrumado por todo lo que sucede a su alrededor) y Pipí, su mujer embarazada de siete meses, dirimen sus diferencias habituales – las de cualquier pareja en su situación – mientras el mundo se vuelve loco a su alrededor y dentro de su mismo edificio, la paranoia empieza a adueñarse de los vecinos, abocados a un tan estúpido como inevitable enfrentamiento por las diferencias sobre como afrontar tan compleja situación. En semejante panorama se puede dar la paradoja de que un pirado por las armas convencido de las teorías conspiratorias pueda llegar a convertirse en el mejor aliado para sobrevivir pese a que en la vida normal jamás harías el más mínimo caso a un tipo tan tronado. O puede que un entrañable abuelete como el encarnado por Federico Luppi, al saberse acorralado, se convierta en una tan eficaz como descontrolada máquina de matar gente a escopetazo limpio. Todo en el ambiente cerrado de un edificio que se va convirtiendo poco a poco en un gigantesco espacio donde jugar al paintball con balas de verdad mientras el mundo exterior se derrumba de forma inevitable.


La mejor arma de Fila 7 es su magnífico, aunque negrísimo, sentido del humor que se apoya tanto en el gag visual como sobre todo en esa verborrea tan propia de los diálogos del cine argentino que aquí alcanza cotas de surrealismo y absurdo verdaderamente sublimes. Los egoísmos, las paranoias, las miserias cotidianas en fin de cada uno afloran con facilidad de forma paralela al aumento de la tensión, borrando la leve pátina social con la que la recubrimos de forma habitual y consiguiendo una película que aunque abraza de forma clara el cine de género – no en vano tanto los referentes visuales como sobre todo musicales del filme remiten precisamente al cine de John Carpenter, una influencia reconocida en rueda de prensa por su director – no deja de tener una serie de interesantes lecturas sobre la miseria moral del argentino contemporáneo, incapaz de colaborar o simplemente ponerse de acuerdo sobre las cosas más simples, con lo que claro, así como se lo van a montar para levantar el país. ¿Viste?

domingo, octubre 10, 2010

SITGES 2010 J01 Carne de Neon La Casa Muda Somos lo que Hay




Bueno, pues ya estamos en Sitges. Una ciudad preciosa devota y entregada a su festival que me ha recibido con un solazo de escándalo y gente bañándose en la playa. A puntito he estado de unirme a ellos pero esto de subirse a un festival que arrancó hace dos días, sumado al hecho de que es territorio nuevo para mi – y en Sitges eso tiene más significado que nunca: es un festival muy peculiar tanto en el tema de las acreditaciones como en las muy estrictas normas que maneja para conseguir las entradas – hacía imposible permitirse el lujo de más distracciones. Si acaso el imprescindible Zombie Walk de anoche, que fue de traca, como era previsible. Pero vayamos con el cine que es lo que importa:

(Ojo al invitado especial que se me coló en esta videocrónica, que no tiene desperdicio)

CARNE DE NEÓN, Paco Cabezas quiere ser el Guy Ritchie español


Hace algunos años Paco Cabezas se dio a conocer con un corto muy interesante desde el punto de vista visual en el que Oscar Jaenada daba vida a un tirao de la calle obsesionado con recuperar el amor de la madre que le abandonó siendo niño. Tanto que cuando ésta salía de la cárcel, le regalaba nada más y nada menos que un puticlub, dado que ella ejerció en tiempos aquella profesión. Ese corto le valió cierto reconocimiento a su autor, el suficiente para llevar la misma historia al largometraje repitiendo reparto – cambiando a Mario Casas por Jaenada en el papel principal, eso sí – y ensanchándo el planteamiento inicial para acomodarlo al nuevo formato. Viendo Carne de Neón resulta absolutamente imposible no pensar en Guy Ritchie. Y es que Cabezas copia tan literalmente tanto la estructura como las ideas visuales del autor de Lock & Stock, Snatch o Rock’n’Rolla que me apuesto lo que quieran a que si introdujéramos al azar varios planos de las películas citadas en la opera prima de Cabezas, apenas notaríamos la diferencia.


Carne de Neón es una película entretenida. Uno se divierte con esos delincuentes de cortos vuelos con una tendencia irresistible a hacer el chapuza y solucionar con violencia todos sus problemas, que se meten en un embolao considerable para montar el negociete. Claro, el problema moral es la ligereza, un tanto insultante, con la que Cabezas toca un tema tan delicado como el de la trata de blancas que, como decían antiguamente, puede herir la sensibilidad del espectador. Cabezas es ambicioso (o un inconsciente, nunca se sabe en estos casos) y toca todos los palos posibles: el thriller gangsteril, la comedia desvergonzada, el petardeo almodovariano – la Infantita es un trasunto nada disimulado de la Agrado de Todo Sobre Mi Madre o cualquier otro travesti desprejuiciado del manchego – e incluso el drama en esa relación madre hijo marcada por el alzhéimer incipiente de ésta última. Pero juega con tantas barajas que al final uno no sabe muy bien a que carta quedarse. La mezcla no le acaba de cuajar en un buen guiso y pese a que los actores, muy entregados, salvan bastante la película en muchos momentos – mención especial a ese gran Vicente Romero (¿recuerdan al Maquea de Padre Coraje de Benito Zambrano?) que roza la genialidad con su Angelito, pero también para Ángela Molina, Macarena Gomez o Luciano Cáceres como el brutal y tierno Niño – y a algún que otro gag afortunado, lo cierto es que Carne de Neón se estira y se estira como un chicle masticado en exceso, cae en algún que otro ridículo – pobre Dario Grandinetti, que cosas le obligan a defender – y se precipita al vacío en un tramo final de lo más complaciente. Mario Casas, por lo general mejor actor de lo que la gente cree, hace lo que puede pero tampoco su esfuerzo consigue mantener el barco a flote.

LA CASA MUDA: Virtuosismo y trampa, trampa, trampa.


La opera prima del uruguayo Gustavo Hernández venía con una carta de presentación irresistible. Para empezar ya de por sí los filmes de género en los países latinoamericanos, si exceptuamos México, son como raras avis que están empezando a crecer poco a poco. Pero es que además La Casa Muda prometía un tour de force narrativo muy estimulante: se vende como la primera película de terror rodada con una cámara digital de fotos en un solo plano secuencia de 78 minutos de duración. Casi nada. Y efectivamente, aunque uno pueda tener la sensación en algún momento puntual de que el director ha podido meter algún corte aquí y allá, lo cierto es que el espectador la percibe como un solo y espectacular plano secuencia que sigue a la protagonista mientras es acechada en una casa abandonada por un ente no sabemos si sobrenatural que la putea y asusta de forma constante hasta hacerla pasar por varias crisis nerviosas. Lo cierto es que sobre todo en su primera parte, La Casa Muda es una película interesante que además de dar un mal rollo considerable y meterte los consabidos sustos de rigor, interesa e implica al espectador, pese a que en varios momentos se vuelve reiterativa y puede llegar a cansar un poco tanto paseito por la casa con la lamparita arriba y abajo.


Sin embargo el defecto más imperdonable de La Casa Muda es que es una película que traiciona por completo su propio planteamiento al dedicarse a desvelar sus claves mucho más a través del dialogo y el guión – con una explicación en verdad insostenible y cutre para las expectativas que el propio filme plantea – que a través del despojamiento de elementos narrativos que del rigor de usar un solo plano secuencia podría derivarse. Además, la película hace trampa de forma evidente al espectador, pues hay más de una incoherencia fatal entre lo visto en el primer tramo y la explicación final, mucho mejor resuelta en filmes de planteamiento similar que no conviene citar por no destripar la sorpresa al futuro espectador, pero que el buen aficionado al género recordará de inmediato si ve la película. Y claro, uno se siente pelin estafado.

En cualquier caso, La Casa Muda no es ni mucho menos una propuesta desdeñable, más allá de estos defectos. Dejando aparte el virtuosismo y la dificultad inherente a enfrentarse a un reto técnico de estas características (y salir airoso del mismo, que ya tiene su mérito) cuenta con un excelente trabajo de interpretación a cargo de su protagonista Florencia Colucci. Y otra virtud adicional es que sabiendo que toda la película se ha rodado con el video de una cámara digital no demasiado superior a las que pueden adquirirse en cualquier establecimiento comercial – lo de pasar ese material a 35 mm imagino que debe ser harina de otro costal – no cabe duda que puede animar a un montón de jóvenes cineastas a tirarse para adelante con propuestas parecidas. Podríamos decir que la relación calidad-precio de la película, teniendo en cuenta su escaso presupuesto, es excelente. Lastima que no se le diera otra vuelta al guión para su resolución.

SOMOS LO QUE HAY, Mexico Sórdido y Querido


En cualquier caso no cabe ninguna duda que la mejor propuesta del día – y veremos a ver si no del mismo festival – fue la notable y sorprendente película mexicana Somos lo que Hay del director novel Jorge Michel Grau, retrato sórdido y sucio de un Mexico que a la vista de todo lo que esta sucediendo últimamente (los muertos por narcotráfico, la corrupción generalizada, las desapariciones de mujeres en Ciudad Juarez, la violencia de género, etc) puede verse desagradable pero acertadamente retratado en la peripecia de una peculiar familia de más que baja casi subterránea clase social que tras la muerte del padre y cabeza a la familia se ve completamente a la deriva, incapaz de mantener sus costumbres habituales y su modo de vida, que digamos que no son precisamente de lo más tradicional. De hecho, las primeras escenas que muestran la agonía y muerte del padre antes de los títulos de crédito, son casi demostrativas de un estado mental generalizado: el hombre palma en un centro comercial tras vomitar un liquido negruzco y rápidamente una brigada de limpieza aparece en el lugar para llevárselo discretamente y limpiar el sitio como si nada hubiera pasado. Hay que sacar la basura de la vista de la gente bien lo antes posible, no sea que a alguno se le indigeste el espectáculo y no consuma como es debido. Toda una metáfora de un estado de ánimo y unas costumbres arraigadas


La película comienza casi como uno de esos retratos sociales desgarrados de un Fernando León de Aranoa, con esa familia cuyos comportamientos sociales recuerdan ligeramente a los de la marciana familia griega de Canino desesperados por mantener su forma de vida. Lo que poco a poco va revelándose al espectador a través de ese terrible cuadro repleto de policías corruptos, putas tan desvalidas como vengativas, gays reprimidos tan deseosos de salir del armario como atemorizados por el estigma social, forenses descreídos y hombres violentos sin redención posible es un mundo enfermo, podrido hasta la médula, en el que resulta perfectamente creíble un planteamiento tan alucinante como el que hace la película, impensable si no fuera porque estamos hablando de un país como México en el que todo parece posible. El trabajo de Grau retratando su sociedad es tan impactante como desolador. Sin alardes narrativos, dejando la violencia a menudo en off, moviendo la cámara y encuadrando con elegancia – y eso que lo que ésta retrata es cualquier cosa menos algo elegante – sin renunciar a un sentido del humor negrísimo y moviéndose con sumo cuidado en equilibrio entre la denuncia social y el cine fantástico, siendo honesto con ambos hasta sus últimas consecuencias, Somos Lo Que Hay - revelador título donde los haya, por cierto - es una película sin duda incomoda para el espectador pero reveladora de un autor sumamente interesante al que habrá que seguir muy pero que muy de cerca. Mira que quedan obras por ver en Sitges – la oferta es apabullante, por cierto, un punto desmedida – pero encontrarse el primer día con una película tan resultona como ésta siempre es un buen punto de partida. Y una vara de medir bastante exigente para el resto.

Apenas me queda espacio para comentar el Zombie Walk, una tradición ya del Sitges más friki y fiestero que consiste en que durante todo el día la gente se viste y se maquilla de zombie con las más diversas temáticas para lanzarse por la noche a las calles y hacer un recorrido juerguero por las calles de la ciudad. Vi tantas cosas alucinantes que es literalmente imposible reproducirlas aquí. Pero os dejo unas cuantas imagenes que hablan por si solas. Impagable experiencia.




martes, octubre 05, 2010

La Sabana: Buried y Concurso de Tony Curtis

Hacía tiempo que no me tomaba la molestia de colgar en CineMerida fragmentos de una de mis diversiones favoritas y, en cierta forma, aquello por lo que empezaron allá en el lejano 1997 mis actividades profesionales relacionadas con el cine: la radio. Ya hemos comenzado una nueva temporada tanto en FILA-7 de Radio Forvm (107.4 FM todos los jueves de 19:00 a 20:00 horas) con mis compañeros Angel Briz y Jose Antonio Gama como en la tertulia de cine de La Sabana en Canal Extremadura Radio (que afortunadamente ha cambiado de día de emisión: ahora salimos en antena todos los lunes desde aproximadamente las 23:10 hasta medianoche) el desenfadado y a menudo despendolado programa presentado por Jose Antonio Moreno en el que suelen colaborar mis amigos Mateo Borreguero, Montse Lechón, Marcelo Soto, Antonio León y a veces el propio Angel Briz, una suerte de Carrusel Deportivo - bueno, cuando Carrusel Deportivo era lo que era antes de la obligada espantá de Paco Gonzalez, Pepe Domingo Castaño y la mayor parte de sus entusiastas colaboradores a Tiempo de Juego de la Cope - pero en cine, en afortunada definición de una buena amiga que suscribo (o sucumbo, que diría la gran Montse Lechón) plenamente.

Todas las fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas en Radio Forvm el 18 de febrero del 2010 - comentando los Goya, por cierto - por mi amiga Alejandra Carvajal Cáceres, que aunque yo sé que no le hará gracia que lo escriba, aparte de ser una tia estupenda y una amiga de hace muchos años, sobre todo es una fotografa de puta madre.

Intentaré ser algo más constante esta temporada, más allá de los saltitos a los que mi habitual periplo por los diversos Festivales de Cine me obligue, y colgaros de vez en cuando los fragmentos de ambos programas que entienda que merece la pena compartir con vosotros. De momento hoy os dejo dos fragmentos del programa de ayer en La Sabana: un comentario sobre BURIED (Enterrado) de Rodrigo Cortés - sobre la que tengo que escribir en cuanto tenga un rato, aunque os adelanto que me ha parecido tan angustiosa como brillante, con un par de cosillas que se podían haber pulido en el guión pero que en cualquier caso es una de las mayores sobradas que he visto en un trabajo de dirección en mucho tiempo y el tradicional concurso que como ganador del de la semana anterior me tocó en suerte ponerle a mis contertulios, dedicado a la memoria del recientemente fallecido Tony Curtis. Un poco más despendolado y acelerado de lo habitual por la falta de tiempo, pero creo que quedó bastante divertido y entretenido, que era de lo que se trataba. Ah, y al final hay respuesta a una curiosa pregunta ¿De donde viene la expresión "que te den morcilla"? Pues eso, que los disfruteis...