jueves, febrero 23, 2006

LOS TRES ENTIERROS DE MELQUIADES ESTRADA

Cumplamos primero con el tópico más recurrente que inunda todas y cada una de las reseñas de este sorprendente debut como director del actor tejano Tommy Lee Jones: efectivamente, a Sam Peckinpah le hubiera encantado esta película. Y no solo por algún que otro inevitable parecido argumental que trae a la memoria uno de sus proyectos más personales, Quiero la Cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), sino porque el autor de Grupo Salvaje, La Balada de Cable Hogue o Junior Bonner hubiera sabido apreciar perfectamente varios de los rasgos característicos de parte de su cine – y ciertas debilidades menos confesables – que se hallan muy presentes en esta película fronteriza que, por encima de cualquier otra consideración, es una muy hermosa historia de amistad y lealtad.
No se puede hablar de Los Tres Entierros de Melquíades Estrada sin hacer una inmediata referencia a su guionista, el mexicano Guillermo Arriaga. Autor de los libretos de las notables películas de Alejandro González Iñarritu Amores Perros y 21 Gramos, la mano de este peculiar escritor que siente debilidad por esas estructuras narrativas deliberadamente fragmentadas que se han convertido a estas alturas en una indiscutible marca de fábrica es más que patente sobre todo en la primera hora de película, aquella que se dedica a contarnos los pormenores de la muerte – estúpida, accidental, inútil – del Melquíades Estrada del título desde una pluralidad de puntos de vista y situaciones temporales que a la vez sirven de carta de presentación de los distintos personajes que pueblan la película. Esta forma tan poco ortodoxa de narrar puede que tenga un mínimo de justificación en el hecho de que al autor le interesa resaltar – y es algo sobre lo que insiste de manera particular a lo largo del metraje – que la situación que se vive en aquella parte del mundo hace que pasado, presente y futuro sean intercambiables, ya que nada tiene trazas ni de haber cambiado gran cosa en décadas ni que lo vaya a hacer en años venideros.
Ambientada en ese territorio difuso a medio camino entre México y Estados Unidos que ha sido tan a menudo visitado por el cine y cuyos elementos esenciales – el paisaje árido, los vaqueros rudos y de pocas palabras, los rastros de un modo de vida aun no del todo desaparecida, los espaldas mojadas, el propio Río Grande… – resultan familiares a cualquier espectador con una mínima cultura cinematográfica, Los Tres Entierros de Melquiades Estrada aporta una mirada que, por debajo de la historia principal que actúa como motor de la película, se empeña en denunciar una situación de continuo contraste social entre los que están obligados a convivir de uno y otro lado de la frontera, sin olvidar por un instante la relación de dependencia que fusiona ambas culturas. Nadie pondrá en duda que Jones sabe perfectamente de lo que está hablando, más allá de que sus referentes sean más o menos reconocibles: el actor y director pone en juego toda una serie de elementos que describen un lugar en el que a la vez que el tiempo parece haberse detenido aquellos que lo habitan se esfuerzan por seguir adelante con sus vidas, a menudo engañándose a si mismos sobre sus expectativas o esperanzas y otras veces llevados por el imparable impulso de perseguir la promesa de un mundo mejor que habitar que el que dejan a sus espaldas. Como el fallecido Melquíades Estrada, un espalda mojada capaz de forjar en poco tiempo una amistad tan sólida que inspira al personaje de Jones la suficiente lealtad como para cumplir el último deseo de aquél: ser enterrado en México.La mirada de Jones y Arriaga resulta particularmente incisiva en la acertada descripción de los que pueblan la pantalla, cuya relación siempre se muestra al espectador por parejas que descubren algún aspecto de su personalidad que esconden a otros personajes, como sucede en la relación entre Lou Ann (January Jones), la joven e insatisfecha esposa del policía Mike Norton y la camarera de vuelta de todo Rachel (una estupenda Melissa Leo) capaz de mantener una relación a tres bandas con su esposo Bob, el sheriff Belmont y el propio Pete, en la que Lou Ann ve un claro reflejo de ese futuro nada alentador que le espera si se queda en aquel lugar. Lo mismo sucede con la evolución de la amistad entre Pete y Melquíades, vista en sucesivos flashbacks a lo largo del metraje y, por supuesto, en todo ese viaje de redención de la culpa que emprenden Pete y su prisionero Mike en compañía del cadáver de Melquíades. Asimismo, la película no pierde ocasión de retratar, de forma a menudo descarnada y socarrona ( “¿Cuántos espaldas mojadas han escapado?”- dice un sheriff - “Dos”, responde un ayudante - “Bueno, alguien tiene que recoger las fresas…” zanja el primero) la compleja relación entre mexicanos y estadounidenses.Merece capítulo aparte la ruptura narrativa que puede apreciarse entre las dos partes que tan fácilmente pueden apreciarse en la película. Si la hora inicial resulta fragmentada y dispersa y puede costar un tanto entrar en la misma, la segunda hora de película, presidida por un clasicismo narrativo (entendido en la mejor de sus acepciones) que podría venir firmada por el mismísimo Clint Eastwood, resulta deslumbrante. Una de las grandes virtudes de la película – por demás bastante infrecuente en el cine de hoy, más proclive a todo lo contrario –es que gana en intensidad, emoción y belleza según avanza su metraje, desarrollando esa preciosa historia de amistad más allá de las barreras culturales y de redención por encima de la simple ignorancia.
Punteada por un sentido del humor a veces irónico y a veces un tanto salvaje – son inenarrables algunas de las cosas que le ocurren a ese cadáver en tan agotadora peripecia – que tiene su momento álgido en la fantástica secuencia protagonizada por un viejo ciego (Levon Helm) capaz de hacer reír y conmocionar al espectador a un tiempo, Los Tres Entierros de Melquíades Estrada es una obra magnífica que puede dejar cierto poso de tristeza - esas desoladoras escenas de soledad compartida en una patética habitación de un motel, esa secuencia de la última y desesperada llamada de Pete a Rachel, ese lugar final de reposo a la vez imaginado y recreado… - a la vez que emociona por la fuerza y la pureza de los sentimientos que la animan.
Si, sin duda Peckinpah hubiera amado hasta la medula a Pete, ese personaje duro a la vez que tierno, capaz de abandonarlo todo por cumplir la última voluntad de su amigo sean cuales sean las consecuencias mientras enseña una valiosa lección de humanidad a su forzado compañero de viaje; hubiera aplaudido el gesto cansino y cansado de ese sheriff que, pese a sus desavenencias con Pete, prefiere incumplir sus obligaciones y dejar que la historia siga su curso y, por encima de todo, hubiera disfrutado del canto al entendimiento entre estadounidenses y mexicanos en ese territorio fronterizo que ambos pueblos comparten. Tommy Lee Jones puede estar más que orgulloso de haber conseguido una obra capaz de mostrar la belleza salvaje de los parajes que tan bien conoce como el fondo del corazón de aquellos que lo habitan, para lo bueno y para lo malo. No cabe ninguna duda que estará bien en el futuro. Y nosotros que lo veamos.

Por cierto, resulta más imprescindible que de costumbre ver esta película en versión original subtitulada para poder captar toda la esencia de esos continuos saltos del inglés al castellano en los diálogos (hay que ver a ese Tommy Lee Jones chapurreando español con su fuerte acento tejano), otro de los elementos que refuerza más la idea de los fuertes lazos que unen a ambos pueblos, clave como ya se ha dicho en esta más que estimable película.

jueves, febrero 16, 2006

MANDERLAY o la brillante mala leche de Lars Von Trier

A estas alturas de la película, algunos presumimos de tenerle cogido el truco a ese brillantísimo prestidigitador llamado Lars Von Trier. El hombre que se sacó de la manga el Manifiesto Dogma tras haber experimentado con multitud de formatos narrativos – algunos aun recordamos Europa como una demoledora experiencia - y golpearnos en la cabeza con la durísima Rompiendo las Olas para después abandonarlo sin miramientos tras Los Idiotas con el fin de subvertir las reglas del musical en ese ejercicio de sadismo encubierto llamado Bailando la Oscuridad, ya nos tenía acostumbrados a que podíamos esperar de él cualquier cosa cuando nos plantó a Nicole Kidman y un buen puñado de excelentes actores en un escenario pintado con tiza en Dogville, construyendo una provocadora fábula sobre el mal que podía llegar a desatar las simples buenas intenciones de una buena samaritana cristiana que, llegado el momento y en las condiciones propicias, podía echar mano del vengativo Dios del Antiguo Testamento y dejarnos estupefactos. Si a alguno le queda alguna duda sobre la capacidad de hacer el mal de este perverso a la vez que brillante cineasta solo tiene que echarle un vistazo a Las Cinco Condiciones y comprobar lo lejos que puede llegar en ese sentido.
Manderlay es la segunda parte de la trilogía ‘americana’ que el provocador cineasta danés ha construido alrededor del idealista personaje de Grace, que en Dogville tenía los rasgos de Nicole Kidman, aquí los de la joven Bryce Dallas Howard – que por cierto está francamente bien en su difícil cometido – y en la futura Wasington (así, sin h) aun no sabemos. Es Manderlay una película inteligente y brutal que trata temas tan dolorosos y polémicos en los EE.UU como la segregación racial, la esclavitud y el racismo, pero que también le da un buen repasito a algunos conceptos como la democracia, la libre elección y lo que el hombre es capaz de hacer con esa libertad que sin duda van a levantar numerosas ampollas no solo en la sociedad estadounidense, sino en cualquiera de las acomodadas occidentales, tan orgullosas ellas de lo que han conseguido a lo largo de las últimas décadas, olvidando que aun queda mucho camino por recorrer. La acción de la película, formalmente idéntica a Dogville – es decir, rodada en un único y enorme espacio interior, con un decorado compuesto de unos cuantos elementos sobrios y multitud de marcas en el suelo que delimitan las distintas estancias de la plantación donde se desarrolla la historia – arranca exactamente en el punto donde dejábamos a Grace y a su padre, tras haber arrasado por completo aquel pueblecito del interior de los USA salvajemente purificado de sus pecados.
Ahora se topan con una plantación en Alabama, la Manderlay del título, en la que, pese a que hace ya más de setenta años que la esclavitud fue abolida – estamos en 1933 –, todo sigue igual que entonces, con una población compuesta de varias decenas de negros y una vieja ama moribunda (Lauren Bacall, en un breve papel distinto del que hizo en Dogville, claro) que los gobierna. Grace, llevada por su inquebrantable espíritu idealista y bienintencionado, decide emprender una nueva misión tras la muerte del ama: enseñar a esos negros que no conocen otro mundo que el de Manderlay y ahora de repente manumitidos a disfrutar de las ventajas que les proporciona su nueva condición de hombres libres y dueños de su destino. Es aquí donde entran en juego conceptos como la democracia – la toma de decisiones de forma mayoritaria mediante votación en asamblea: ¿quién asegura que la democracia es la mejor forma de gobernarse? – la asunción de responsabilidades por sus actos – la libre elección conlleva un inconveniente: nadie te dice lo que debes hacer, así que has de ser lo suficientemente inteligente como para hacerlo por ti mismo – la forma en la que se debe autogestionar la plantación para que sus nuevos dueños puedan vivir de ella, etc. Las diversas fábulas morales de la película tienen además una lectura política actual sumamente inquietante, pues Grace no se queda sola en Manderlay, sino que su padre le proporciona unos cuantos gangsters bien armados para que ella tenga los recursos para llevar a cabo sus objetivos y aunque Grace no recurre a ellos salvo cuando es absolutamente necesario – no cabe duda que el personaje ha evolucionado desde Dogville, aunque reincida en viejos errores: ya no se limita a aceptar pasivamente lo que ocurre a su alrededor, sino que es parte activa de lo que sucede, aun cuando no comprenda del todo bien las implicaciones de sus actos -, no cabe duda que esa situación hace pensar en la forma en la que Bush y sus muchachos andan ahora por cierto país de Oriente Medio imponiendo por la fuerza esos conceptos de libertad y democracia. Este es un detalle que dista mucho de ser casual y menos conociendo como se las gasta el amigo Lars.
Volviendo a la trama de Manderlay, lo que si queda bien patente en esta nueva propuesta del juguetón realizador danés es que tiene una mala leche considerable. Su película explora de nuevo a fondo, en un tono acaso aun más cínico de lo que lo hacía en Dogville, como las buenas intenciones, el idealismo ciego desprovisto de un cierto pragmatismo, pueden de nuevo acarrear desgracias sobre aquellos a los que se pretende ayudar. No es apropiado hacer aquí, por razones de espacio, un extenso análisis sobre los muchos temas que toca Manderlay en esta magnífica película que, aun lidiando con el inconveniente de que su propuesta formal ya nos es conocida de Dogville y, por lo tanto, mucho menos impactante – algo de lo que el propio realizador es consciente, pues da por sabido que el espectador ya está más que familiarizado con ella y no incide más de lo necesario sobre el particular, lo que no significa que no le saque un considerable partido – tiene la ventaja de ser en mi opinión una película mucho más compacta que la primera, con un guión algo menos disperso y que elabora un contundente discurso que, sobre todo en su espléndida media hora final, que se sigue con los ojos abiertos como platos, no dejará a nadie indiferente.Algunos pueden argüir, no sin cierta razón, que Lars Von Trier sigue elaborando densos tratados filosóficos en lugar de películas, pero a un servidor le apasiona la forma en la que el realizador danés, sin concesiones, deja al descubierto muchas de las vergüenzas ocultas o disimuladas en nuestra cómoda manera de dejarnos llevar por una autocomplacencia nada recomendable. Su cine provoca reflexiones tremendas y remueve las malas conciencias de los espectadores, y a mi un cine que provoca tales perturbaciones siempre me parece digno de admirarse. Hace poco, a propósito de la reciente victoria de Hamás en las elecciones libres en Palestina, leí un chiste brutal que mostraba a un occidental muy enfadado que gritaba “¡Estúpidos! ¡No habéis entendido nada! ¿Qué coño os habéis creído que es la democracia? ¡Tenéis que votar lo que nos gusta a nosotros, no lo que os gusta a vosotros!” Consideren por un momento todas las implicaciones de esa idea básica que consiste en que por muy estupendo o justo que nos parezca un determinado modo de vida, es imposible imponérselo a sus destinatarios si no están por la labor o no están preparados para asumirlo. Manderlay está de plena actualidad. No hace falta volver a conmocionarse con las imágenes que acompañan al estupendo Young Americans de Bowie para darse cuenta de ello: basta leer cualquier periódico.

martes, febrero 14, 2006

MICROCRÍTICAS DE EL MUNDO (y 2)

Saludos a Todos!

Segunda y última entrega recopilatoria de las perlitas encontradas en las diversas reseñas enviadas al concierto de microcríticas de El Mundo que se celebró el pasado 7 de Febrero y que consistía en enviar una minireseñas de tan solo 125 palabras como máxima extensión. Vamos con ellas:

Daniel García digamos que no aprecia en exceso los esfuerzos de alguno de los integrantes del reparto de Los Dos Lados de la Cama “María Esteve ¿María Esteve? ¿Por qué nos castiga así? ¿Qué ha hecho la humanidad para que haya elegido la interpretación para ganarse la vida?” Claro que más contundente aun es la apreciación que sobre la misma peli hace Felisa Martín “Es un truño de épicas dimensiones”

Caché (Escondido) de Haneke es una de las películas que mayores debates ha producido. Emilio describe una situación que seguro que más de uno vivió en el cine “Ya, pero no dice quién es el que le manda los anónimos” – dijo la señora sentada a mi derecha. “Ni falta que hace” – pensé pero no dije yo.”

Algunos, bien por indecisión, bien por su afán de ser originales para trincar premio, no dudan en mezclar alegremente dos películas en su reseña. Así lo hizo César Saiz en Memorias de Bambi 2 “Al escribir esta crítica he dudado sobre cual de las películas que he visto últimamente tamizar por el filtro de las pasiones desatadas de la opinión cinematográfica. El dilema quedaba circunscrito a Memorias de una Geisha y Bambi 2, el Príncipe del Bosque. No sufra más el lector que la decisión esta tomada, hoy hablaremos de Bambi, por una razón fundamental: es breve, y eso con dos niños de tres años como espectadores, se agradece. Además lo único memorable de Memorias de una Geisha es la belleza enigmática de Gong Li, cuyo atractivo en la pantalla es proporcional a la maldad de la que hace gala su personaje”

Capítulo de resúmenes más o menos memorables. Es el caso de Esperanza, sobre La Joya de la Familia “Muy aburrida, me dormí y no vi la mitad. Le pongo un 5.5” (Hay que suponer que la mitad que vio si le gustó para aprobarla ¿no?)
Laura Martínez, sobre Aeon Flux “Desgraciadamente después de verla la sensación fue pagar dinero por ver el cuerpo de una gran actriz que deja mucho que desear” película sobre la que también opina Jose Luis Calavia “Charlize, la bella Charlize, interpreta a una joven igualmente bella que salta, brinca, besa, golpea y corre porque le pasa no sé qué. Al final creo que es feliz porque sonríe. Qué rollo de película, que guapa la Theron” (efectivamente, Laura y Jose Luis, habeis captado la esencia de la motivación ultima de esta película, ver a Charlize Theron luciendo tipazo sobre todo en ¿pijama?)
Pablo sobre King Kong, saca su lado más práctico “Si vais a verla aprovisionaros de todo tipo de bebida y comida, ya que se hace larga, larga, larga”
La producción española A Golpes protagonizada por Natalia Verbeke y Daniel Guzman también se lleva lo suyo “La idea final del espectador es la de estar viendo una película de gente de Carabanchel interpretada por actores de La Moraleja.”
Sara mete miedo con Election “La brutal secuencia final hace que el martillo de dentista improvisado de Old Boy parezca de goma…” (Brrr, que escalofrío)
Saw 2: “Estas películas en las que me paso la mitad tapándole los ojos a mi mujer para que no vea escenas desagradables, no me terminan de convencer.” (Ruben Alonso)
Alone in the Dark “Eso si impagable, el uso de la expresión ‘dejadme el detonador y seguid sin mi’. ¿Que sería del cine americano sin esa frase?”
Memorias de una Geisha “Ante tan pobres memorias, amnesia de una espectadora: olvidaré ver la segunda parte” dice Soraya.(Ah, pero ¿hay una segunda parte? Miedo da solo considerarlo...)
Aunque de este apartado de reseñas breves mis favoritas son el amor que inspira Brokeback Mountain “¡Por favor, que alguien me quite la ternura que me ha invadido desde que he visto Brokeback Mountain! ¡Amor, osete, te prometo que se me pasará!” dice Randy; la somnolencia que produce El Reino de los Cielos (o como echarse una buena siesta) “A mitad de película uno tiene ya el hombro lleno de baba, por lo que desconozco el seguro glorioso final.” (David) y la escueta reseña – premio absoluto a la brevedad expositiva - de El Hombre del Tiempo que hace Mariano Borrajo: “Lenta”

Vamos con algunas reseñas sorprendentes. Ésta merece la pena ponerla tal cual, por friki: El fontanero, su mujer y otras cosas de meter “La película trata sobre un fontanero que encuentra en la cama a su mujer junto a otro tío, que casualmente es su mejor amigo. Total, que se mosquea y va a calzarse a la mujer del amigo. Y esto desemboca en un pichacoñotetaboca sin mesura. Tiene todo lo que se puede esperar de una película. Tetillas por doquier y risas aseguradas, escenarios variados y nada de efectos especiales. El guión es sobrio y se ajusta muy bien a la idea preestablecida que coges con sólo ver el cartel. Sin sorpresas ni sobresaltos, pero mantiene muy bien la tensión narrativa hasta la sorpresa final. Resumiendo, película S con mujeres de verdad, de cuando la silicona se ponía en las juntas y no en las tetas.” (Javier Moreno Sánchez)

Otras aprovechan para ponerse en plan inquisidor con todo un signo de nuestros tiempos: lleva por nombre Tos “Arrepiéntete por comprar un DVD a un desconocido mientras tragabas cerveza a espuertas en el bar de la esquina, encima de importación. Barajaste el grueso lote que sacó de una mochila hasta que apareció la última de Nicolás Cage. La pones en tu DVD y cuando empieza escuchas un contagioso carraspeo. Claro, para hacer la copia entrarían con una videocámara a una sala de cine en pleno invierno. Tos y más tos, pero aguantas porque Nicolas Cage es tu actor favorito. Qué poder interpretativo. Te emocionas, pero mira tu por donde que en la escena del clímax un imbécil que se levanta de la butaca para ir a comprar palomitas se pone delante de la cámara y tapa la pantalla. Arrepiéntete”. (Anselmo Cobirán)

Algunos advierten sobre los insospechados peligros que encierran las recomendaciones “Que me quedo sin suegros…Cuando tu cuñada te hace una recomendación debes tener cuidado. O es que de verdad se quiere aliar contigo frente a los abuelos o es que te quiere desbancar en la carrera por la herencia… Yo creo que la mía es de estas últimas. En las pasadas fiestas se empeñó en que regalase la JOYA DE LA FAMILIA a los padres de mi “sufrida” –“ya sabes que al abuelo le encanta el cine”- me decía. Menos mal que aún guardo el apartamento de soltero, si no, termino durmiendo en la calle. Creo que es el regalo que a mi suegro menos le ha gustado desde que le amenazamos con obsequiarle con los grandes éxitos de Antonio Ozores…” (Marcelo Nuñez)

Munich provocó reseñas de todo tipo. Una de las más originales puede que sea la de Javier Sánchez, llamada El Silenciador de Spielberg “Comienza “Munich” de Spielberg y solo se escucha silencio en la sala, tan espeso e incómodo como para que pueda llegar de la pantalla el olor a carne cruda y a cortinas de hotel manchadas de sangre y vísceras. Ni aunque estuviera el monstruo de las galletas comiéndose una caja entera de Marías escucharíamos otra cosa.”

No quiero terminar esta recopilación sin ofreceros, ahora algo más en serio, algunas reseñas que me han gustado especialmente. Una es ésta que sobre King Kong hace Pedro Herrera “Hoy, Martín y yo hemos visto KingKong. Martín es mi hijo, aun camina de mi mano, y ha ido lo menos veinte veces al cine a lo largo de sus casi seis años de vida. En 1976, KingKong, de John Guillermin, se convirtió en mi primer recuerdo en una sala de cine. Un cine grande en la Gan Vía. Recuerdo que lloré porque Kingkong no derribaba aviones antes de caer. Hoy, Martín parecía especialmente interesado en si la chica sabía que el mono estaba enamorado de ella. Lo ha preguntado en dos ocasiones, antes de ver a la espléndida Naomi Watts dirigirse hacia KingKong, en busca de protección frente al tiranosaurio. Entonces, satisfecho, dijo "Lo sabe". Y además, en ésta, KingKong sí derriba aviones.”

Otra es ésta que hace Raúl Jimeno sobre Camarón, llamada Morir de nuevo “El amigo del mito no se vio reflejado en la película pero no le importaba. Estaba contento por haber recuperado al ido y por haberse recuperado a sí mismo durante una hora y media. Cuando acabó la película, todos salieron canturreando a Camarón menos él, su amigo, que se quedó inmóvil en la butaca. Acababa de morir de nuevo.”

Y terminamos con Caché “Haneke sigue empeñado en sacudir a modo nuestras conciencias con una obra que esconde un demoledor diagnóstico sobre una sociedad enferma instalada cómodamente en el olvido. Caché explora a fondo nuestra incapacidad para enfrentarnos con nuestro pasado con una férrea puesta en escena que juega constantemente con nuestras expectativas, un argumento que plantea muchas más preguntas que respuestas y unas muy sólidas interpretaciones. Obra imprescindible sobre la que se vuelve una y otra vez en los días posteriores a su visionado, Caché es una película sumamente perturbadora que obliga a reflexionar sobre el inevitable sentimiento de culpa que todos llevamos dentro por el simple hecho de existir. Y además contiene en su interior la secuencia más impactante vista en muchos años. No se la pierdan.”

¿Qué de quien es esta última? Pues de un servidor: es la reseña con la que me iré este Jueves a Madrid a disfrutar del preestreno de Los Tres entierros de Melquíades Estrada, aunque en realidad no es ni mucho menos la única que me han premiado. Ya os lo contaré en otro momento.

jueves, febrero 09, 2006

MICROCRÍTICAS EN EL MUNDO, para reirse un rato

El pasado martes se celebró a través de las páginas digitales del periódico El Mundo un concurso de microcríticas de Cine. Las bases exigían que las reseñas no superaran las 125 palabras, lo cual es una tarea francamente dura, sobre todo para un servidor, acostumbrado a explayarse a gusto. O a ser prolijo, como decía hace unos días una de mis lectoras. ¿El premio? 200 Invitaciones dobles para ver en los cines Roxy de Madrid el preestreno de Los Tres Entierros de Melquíades Estrada, la primera película dirigida por Tommy Lee Jones que cuenta con un guión del interesante Guillermo Arriaga (responsable de los libretos de Amores Perros y 21 Gramos) y que se llevó dos premios en Cannes, precisamente Mejor Actor para Tommy y Mejor guión. Participaron nada menos que 995 textos y mientras espero tranquilamente a que se publiquen hoy las listas de ganadores para plantearme si me marco un viajecito a Madrid para, aparte de acudir al preestreno, darme una sobredosis de buen cine en V.O. a ser posible, os voy a hacer partícipes no de lo mejor, sino de los comentarios más delirantes que he encontrado por esas reseñas en las que han dominado ampliamente los comentarios de Brokeback Mountain, Crash, Munich, Memorias de una Geisha y Match Point… aunque la gente se haya tomado al pie de la letra lo de comentar ‘la ultima peli que hayas visto’ y no se ha cortado un pelo en mandar comentarios de clásicos tipo Casablanca, Vidas Rebeldes o cosas más psicotrónicas como Don Erre que Erre de Paco Martínez Soria o El Fontanero, Su Mujer y otras Cosas de Meter, título emblemático donde los haya de los amantes de los juegos de palabras a la hora de bautizar películas guarronas.

Empecemos con los títulos de las reseñas, esenciales para llamar la atención en un concurso tan poblado como éste. Tomando como ejemplo una sola película los hay obvios (Munich no está en Normandía), bizarros (Mi soledad equilátera y 'Munich' – ver más abajo, que ésta es pa nota -) extravagantes (Movimientos de Cámara de un judío) o facilones (Suspiros de Spielberg) pero los más divertidos siempre son los cáusticos que tratan de reflejar el estado de ánimo del crítico al empezar a hacer líneas. Así, encabezamientos como La Casa de Cera o el gusto de ver morir a Paris Hilton, ¡Que Coñazo en Narnia!, Ninette y un Señor Casposo, Aeon Flux: la Bella y el tostón, Los Dos Lados y la publicidad de colchones, Volando Vino y Volando se fue, En Terreno Sedado o Memorias de una Siesta prometen emociones fuertes a los que se atrevan a penetrar en sus reflexiones. Sin duda Brokeback Mountain es la película que ha producido los títulos más soeces (Normal: el estúpido título español de En Terreno Vedado por poco no sugiere algo asi como 'Maricones en la era' o algo parecido), pero hay un par de ellos que merecen destacarse: “Si la Sociedad no va a la Montaña…” y “Con John Ford no pasaban estas cosas…”. El premio al encabezamiento más alargado se lo lleva “Everything is illuminated: La vida sin historia es una colección de objetos bizarros o Sólo nuestra historia puede iluminarnos” y mi premio especial al surrealismo es el de la reseña de un tal Antonio T. sobre Crash “El desconocido idilio de mi abuela y el Sr. Haggis” sobre la que volveré luego.

Vayamos ya con algunas perlas que nos han dejado los participantes. Los hay que ven influencias por todas partes, como Miguel Rodríguez en El Jardinero Fiel “Si El Jardinero Fiel fuera un musical hubiéramos titulado: "Poquita voz, pero desagradable". Ralph Fiennes interpreta a partes iguales a Marco, el personaje trágico y sensiblón de finales de los setenta, y a Richard Kimble, el médico escurridizo de los sesenta-noventa. De David Janssen toma su aire pueblerino; de Harrison Ford, el personalísimo glamour de las estrellas de Hollywood; de Marco, la melancolía del ser perdido. El resultado de la coctelera: cine fácil, lineal, bobalicón a ratos; lástima que las palomitas se acabaran tan pronto, que el malo no fuera manco y que mi manía de pedir butaca central ahogara mis ganas de ser, por un día, el verdadero fugitivo.” Reconozcamos que la frase final es original.

Luego están las reseñas un tanto… hmmm… digamos personales como la de Raul Eguía llamada ‘Munich y mi soledad equilatera’: “Minutos finales en negro escritos en blanco, eso es todo. Las películas me ganan ahí por la soledad. Yo-mi-conmigo en la butaca. Nada más. Soledad donde todas las piezas van ocupando su lugar en mi tríada equilátera cerebro-corazón-hígado. Lucidez evocada y cerebro, corazón y profundidad del sentir, hígado e instintos infundidos. Creo que era así pero ya dudo. Últimamente la tríada ha sido, si fue, isósceles, rectángulo o escaleno. Con 'Munich' ni siquiera eso. Demasiado tiempo sin mi soledad equilátera. Nostalgia.” Sin comentarios ¿verdad?

Javier Fernandez presume de haber encontrado la razón de Peter Jackson para hacer King Kong “La belleza está en el interior, pero que mal que nos va a los feos: Que Peter Jackson ha debido tener poco éxito con las féminas es un hecho manifiesto con solo contemplar su foto tamaño carnet. Que esta circunstancia ha podido acarrearle secuelas de tipo emocional resulta toda una evidencia tras visionar su adaptación cinematográfica del clásico King-Kong: en la selva me lío con el gorila, que me da seguridad física, y en esa jungla que es NY me abrazo en las alturas al guionista de éxito, antes ignorado, porque me da estabilidad económica; y de Kong, si te he visto no me acuerdo. No todas las mujeres son tan golfas, y para repetir tan simplista moraleja, nos podrían haber ahorrado a las personas sensibles el trago de ver estozolarse de nuevo, Empire State abajo, a nuestro primate preferido.” Destacar el sabio uso del término ‘estozolarse’ que para quien no lo sepa según la Real Academia de la Lengua viene de Estozar: Desnucar, Romper la Cerviz”

Mª Angeles Domínguez encuentra también la justificación última y lógica de Brokeback Mountain “Si fueras un vaquero, y tuvieras que pasar el invierno en la montaña, cuidando que los lobos no devoren tus ovejas con nocturnidad y alevosía, ¿dejarías a tu compañero, muy majo él, dormir a la intemperie? Si tu respuesta es NO, acércate a ver esta película” Pues eso, ya sabeis. Nicolas Marinez mientras tanto, aprovecha el espacio para reflexionar sobre un tema universal: ¿Existen pelis solo para chicas? Solo le falta añadir ¿Y por qué nos arrastran a nosotros a verlas? “Mala noticia: sigue habiendo películas sólo “para ellas”; no hablo de “Oficial y caballero”. He visto “Memorias de una Geisha”. Microestadística: Una pareja (veintimuchos); ella, emocionada; él resopla desde el minuto 15; tres amigas, casi llorando; cuatro amigos, con cara de entierro. Quizás a ellas les valga con una historia de amor. O quizás buena música y una estética irreprochable”

Raul Perez Marin carga contra las crónicas de Narnia “Por lo menos esperaba que los cientos de millones de dólares que, dice la publicidad, ha costado se vieran por algún lado: tampoco, el diseño de producción parecía sacado de Cristóbal Colón, de oficio descubridor (mítica película de Andrés Pajares). En fin, los sobrinos disfrutaron y nos reímos un rato (¡Qué malas personas!) con uno de los acomodadores más feos que he visto en los últimos tiempos.” No, si el que no se consuela es porque no quiere, está claro. Carlos Rueda se las apaña, en su reseña Munichpoly para relacionar la última película de Spielberg con la española Todo Es Mentira, donde el personaje de Coque Malla se desesperaba por ir a cierta ciudad española “Munichpoly ...o de oca a oca y tiro porque me toca. Spielberg presenta este film haciéndonos saltar por media Europa de ciudad en ciudad, y es eso precisamente lo que más vale de la película. Munich intenta ejercer de piedra angular en la reflexion sobre el patriotismo y el humanismo, pero no es tan cosmopolita, simplemente se queda en Cuenca.”

Jose Ulloa expresa algo bastante lógico sobre Star Wars III o, como el la llama, La Guerra de los Sixt (?) “Se había comentado que la 1ª película de la "nueva trilogía" sobraba como un ventilador en Alaska, y ésta viene a convencernos definitivamente. Dignas de mención son las conversaciones de auténtico culebrón venezolano de la pareja protagonista. Tampoco me explico que los robots se quejen: se suceden ays, uys, ohs!,y todo se supone que es para amenizar y dinamizar el desarrollo del film. ¡Sólo faltan risas enlatadas de fondo!” Guillermo Galán advierte sobre los peligros de mantener los títulos originales de las películas “Capote es un mal título. No sólo porque la sala se llenará de gente que piensa que va a ver una de toros, sino porque la película de Bennet Miller no es un biopic del escritor” y Antonio T. nos desvela por fin la clave que une a Crash con su abuelita “Mi abuela era toda una experta en zurcir retales, con una docenita variada de trapos te formaba una colcha digna de museo. Sin duda el director de "Crash", Mister Haggis, debió de tener algún rollito con mi abuela, a juzgar por el lustre y el acabado de sus colchas. Y es que aun de celuloide su artesanía abriga; es ideal, seis euros mediante, para esos tontos días de nieve en los que apetece ver cine”

JavieB se ha dado cuenta de la evidente relación de Memorias de una Geisha con un clásico Disney y a partir de ahí desbarra a gusto “Zen ing Xienta es vendida por su padre junto con su hermana, separándolas. A ella le toca ser geischa que es como ser prostituta solo en el aperitivo, porque mojar no moja salvo cuando subasta el fornicio. Lo pasa muy mal, ya que la hermanastra malvada le da tol día por saco, hasta que llega el Hada Mamellas, que la viste para el baile, sin que den las doce ni na. Algo de una guerra o una epidemia aviar la exilia, luego la recuperan para prostituirse ante el nuevo jefe-no-rasgado, pero ella está colada por El Presidente (no, no es Él), que al final le declara su amor y le pone un pisito en Torrevieja, provincia de Manhattan(esto no lo dicen, pero lo sé yo...)” y Jose Antonio Hernandez expresa su frustración con el último Harry Potter en su reseña El Paciente Potter “Tanto tiempo llevaba Harry deseando reencontrarse con su famoso enemigo, como nosotros ser testigos de la encarnizada lucha que se presuponía. Yo ahora deseo reencontrarme con los 4 euros que me costó la entrada al cine”

En fin, mañana os cuento más cosas, que tengo material para aburrir…

domingo, febrero 05, 2006

LO MEJOR DEL 2005: Vota la Crítica

Odio las épocas de exámenes. Profundamente. Me obligan a desaparecer dentro de mi mismo durante aproximadamente un mes, con la nariz metida entre los libros, memorizando datos inútiles que voy a olvidar tan pronto como salga de la sala donde haya hecho el examen y, lo que es mucho peor: me apartan del cine. Porque claro, tras meterse una sentada de, pongamos por caso seis horas, desentrañando las múltiples maravillas de la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal para Derecho Procesal Penal, lo que menos le apetece a uno es concentrarse durante dos horas en apreciar una película como Billy Wilder manda – y mira que tengo por ahí joyitas pendientes del 2005 que me he bajado últimamente – y menda tiende a desconectar antes de la siguiente sesión de estudio viendo deportes (La Copa de África de Fútbol, El Europeo de Balonmano, NBA…), alguna serie de animación – Futurama, la corrosiva Padre de Familia o la siempre clásica Los Simpsons son mano de santo – o series variadas e incluso deprimiéndose delante del telediario viendo la que están montando en los países musulmanes por las dichosas caricaturas de Mahoma. Que poco sentido del humor tienen los fundamentalistas, sean del signo que sean…

En fin, el caso es que hasta dentro de unos días no puedo teneros atendidos como a un servidor le gustaría – quiero ver Munich una segunda vez y cerciorarme de que es la maravilla que me parece que es antes de escribir sobre ella: Spielberg me dejó literalmente noqueado en la butaca - por las obligaciones que me tienen atado a la mesa de estudio (Grrr, cada vez que pienso que tendría que haber terminado Derecho hace años y, lo que es peor, que no se que leches voy a hacer con el condenado título cuando por fin me licencie, me pongo como una moto, pero es lo que hay…) así que el mensaje de hoy es para haceros partícipe de la Encuesta que, como todos los Febreros, ya ha aparecido en la Revista Fotogramas en la que 41 críticos de cine de muy distintas procedencias votan sobre lo que les ha parecido Lo Mejor del 2005 en Cine Extranjero y Cine Español. Esta encuesta que, más allá de estar de acuerdo o no con ella, resulta bastante útil para esos títulos que te has dejado por ahí colgando a lo largo del año, es la fuente de inspiración directa que me ha llevado a hacer dos encuestas similares desde el 2001 tanto en la Lista de Cine de La Butaca.Net como en La Filmoteca Virtual, donde la gente vota por 10 pelis extranjeras y 5 españolas – aunque de esto último pasan bastante – haciendo pequeños comentarios sobre sus votos. Ambas están en pleno proceso de votación en estos instantes y la verdad es que resulta de lo más entretenido hacer de Secretario en ellas. En fin, a lo que vamos. Los resultados de Lo Mejor del 2005 según la crítica española son los siguientes:

CINE EXTRANJERO:

1. MILLION DOLLAR BABY 29 VOTOS
2. MATCH POINT 19
3. SARABAND 18
4. UNA HISTORIA DE VIOLENCIA 14
5. FLORES ROTAS 8
6. OLD BOY, EL SABOR DE LA SANDIA 7
8. DEMONLOVER, ENTRE COPAS, NADIE SABE, LAS TORTUGAS TAMBIÉN VUELAN 5

Los empates a 5 votos hacen que haya 11 películas en lugar de 10. Destacar la presencia de cuatro asiáticas entre ellas, demostrando la pujanza actual de dicho cine, el previsible arrase de Clint Eastwood, la reconciliación general con Woody Allen - otra de la que tengo pendiente comentario: quiero verla esta semana una segunda vez - y la un tanto sorprendente presencia en puestos tan altos de una película, Demonlover del francés Oliver Assayas (por cierto,a ntiguo crítico de cine), que es en realidad una obra del 2002 que ha tardado tres años en estrenarse en España, con una exhibición bastante minoritaria.

CINE ESPAÑOL

1. LA VIDA SECRETA DE LAS PALABRAS 19 VOTOS
2. 7 VÍRGENES 15
3. EL CIELO GIRA 13
4. TAPAS 12
5. OBABA, VEINTE AÑOS NO ES NADA 10

Al igual que antes, hay seis películas en lugar de cinco por el empate entre Obaba y el documental de Joaquín Jordá (que apenas ha tenido distribución comercial, salvo en grandes ciudades) un autor que siempre está muy bien considerado entre la crítica – baste recordar títulos como Monos como Becky o De Nens – Resaltar la coincidencia de criterios con la ganadora del Goya a la Mejor Película, Dirección y Guión original de este año y, con gran alborozo por mi parte, la inclusión de la que a mi juicio es la película más importante que ha hecho el cine español en este 2005, el documental El Cielo Gira de Mercedes Álvarez, como ya he dicho en varias ocasiones.

Hala, pues ya sabéis lo que opina un amplio espectro de la crítica española sobre Lo Mejor del 2005, para que podáis echarles flores o apedrearlos a gusto ;-)
Ah, seguro que alguno se estará preguntando por mis propios votos al respecto. El día 19 de Febrero termina el plazo para las dos encuestas que estoy llevando ahora mismo, y una semana antes, cuando pase los exámenes y vea unas cuantas pelis que tengo pendientes, emitiré mis votos, de los que daré buena cuenta en este Blog. Mientras tanto, sois bienvenidos a dar vuestras propias listas si os apetece – recordad que hay que votar por 10 filmes extranjeros y 5 españoles entre las películas estrenadas en España en el 2005: hay un enlace en La Butaca muy útil a estos efectos - en los comentarios a este post y las trasladaré a ambas encuestas. Vosotros mismos

martes, enero 31, 2006

NOMINACIONES OSCARS 2006: La Academia se moja

Lo primero que hay que decir: enhorabuena a nuestro mejor compositor, Alberto Iglesias, por esa fantástica nominación a Mejor BSO por la música de El Jardinero Fiel. No tenemos a Obaba (era de esperar, aunque tiene narices que hayan nominado a esa cursilería francesa insufrible que responde al nombre de Feliz Navidad) pero tenemos a Alberto compitiendo con el maestro John Williams – por duplicado: Memorias de una Geisha y Munich - Gustavo Santaolalla por Brokeback Mountain y Darío Marianelli por Pride and Prejudice ¡Toma ya pica en USA!

A falta de una mejor definición, podría decirse que en un año de claro retroceso en cuanto a la recaudación en las taquillas de todo el mundo, la Academia de Hollywood se muestra de lo más valiente apostando por una serie de películas polémicas, arriesgadas, comprometidas con la realidad que les rodean y dejan de lado aparatosas propuestas de simple entretenimiento o fórmulas que hace tan solo unos pocos años hubieran podido parecer seguras de cara a obtener las doradas estatuillas. Así, películas como Cinderella Man (3 nominaciones: Actor de Reparto, Montaje, Maquillaje), Memorias de una Geisha (5: Dirección Artística, Vestuario, Fotografía, BSO y Sonido) Pride or Prejudice (4: sorprendente Mejor Actriz, Dirección Artística, Vestuario y BSO) o King Kong (4: Efectos Visuales, Sonido, Montaje de sonido, Dirección Artística) son apartadas sin contemplaciones de los premios más importantes dejando las categorías tradicionalmente más relevantes en manos de películas que si de algo no puede acusárseles es de ser precisamente complacientes con los gustos generales del público, sino más bien todo lo contrario. Filmes como Brokeback Mountain (8 nominaciones) Munich (5) Buenas Noches y Buena Suerte (6) Crash (6) e incluso Capote (5) – hasta en eso la Academia se muestra arriesgada: ha preferido apostar por una película que ilustra un fragmento de la vida de un personaje tan complejo e incómodo como Capote antes que por el biopic algo más tradicional de Johnny Cash Walk The Line, que no obstante también sale bien parado con sus cinco nominaciones, dos de ellas a Mejor Actor y Mejor Actriz – son todas ellas obras que más allá de sus cualidades artísticas o su capacidad de emocionar al espectador, tratan temáticas que invitan al debate y a la reflexión, son obras de esas que obligan a uno a mirarse por dentro y a posicionarse en asuntos complejos, delicados e incluso polémicos. La Academia apuesta por un cine que no se anda con medias tintas y por unos directores – debe ser la primera vez en bastante tiempo que las cinco cintas nominadas a mejor película tienen su correspondencia con las cinco candidaturas a la mejor dirección y además todas ellas están nominadas al guión, ya sea éste original o adaptado, lo que es un detalle de lo más interesante – que enfrentan a dos directores de probada personalidad y solvencia a lo largo de sus respectivas carreras (Spielberg y Lee) con tres recién llegados (Clooney, Miller y Haggis) que en apenas su primera o su segunda película como directores han demostrado que si uno lleva a buen puerto los proyectos en los que creen firmemente y en los que merece la pena involucrarse de un modo personal, pueden encontrar una recompensa mayor de la que esperaban.

¿Es esto una revolución en la forma de entender el cine en Hollywood? Miremos el resto de las nominaciones con un poco de detenimiento: más allá de las películas nominadas en las categorías más importantes encontramos obras como Syriana – jo, éste es el año de la consagración de Clooney a varios niveles: tres nominaciones de una tacada, incluyendo dirección, guión original y actor de reparto – El Jardinero Fiel (4 nominaciones), Una Historia de Violencia (2, una para el guión adaptado y otra, excesiva según mi parecer aunque hay gente a la que le gustó mucho, para el actor de reparto William Hurt) y La Pesadilla de Darwin (nominada a Mejor Documental) que no son precisamente títulos sencillos y amables con el espectador, por decirlo suavemente, sino películas que sacuden conciencias a modo. De acuerdo, se puede argumentar que Las Crónicas de Narnia o La Guerra de los Mundos también están nominadas, pero sus candidaturas, todas en apartados técnicos, son las habituales de todos los años. A mí si me parece que hay una cierta revolución en las nominaciones de este año: la Academia ha estado de lo más valiente. Y creo que sigue la línea establecida el año pasado cuando el aluvión de premios a Million Dollar Baby por encima de otro tipo de propuestas mucho más aparatosas representó para muchos el signo de una reconciliación necesaria entre la Academia y los que habitualmente somos descreídos con eso de que se supone que premia lo mejor del año, más allá de los siempre omnipresentes intereses comerciales.

Notas Breves:

Me toca las narices que la Academia siga ninguneando a Woody Allen ¿no merecía Match Point, su mejor película en años, algo más que una mísera nominación al Guión original?

Anda que no va a dar juego eso de tener nominada a Munich a la Mejor Película y Paradise Now a la Mejor Película de Habla No Inglesa. Desde luego, si gana cualquiera de las dos (especialmente Paradise Now) habrá que desterrar de una vez por todas lo del mito del lobby judío que supuestamente domina Hollywood

Decididamente, la Academia odia a George Lucas. A mi no me gustó La Venganza de los Sith, pero que no nominen al Episodio III a los Mejores Efectos Visuales y que solo tenga una nominación ¡al mejor maquillaje! es un poco de cachondeo ¿no?

Me sorprende la ausencia en las nominaciones a mejor dirección Artística de Charlie y la Fábrica de Chocolate, que solo está nominada a Mejor Vestuario.

Otra peli de la que se espera mucho este año, The New World de Terence Malick, se tiene que conformar con una nominación a la Mejor Fotografía, categoría donde por cierto también está nominada Batman Begins

Difícil de narices la categoría de Mejor Película de Animación este año: Howl’s Moving Castle, Wallace y Gromit y La Novia Cadáver… ¿mi voto? Pues sería para Miyazaki. Otra vez. El Castillo Andante es otra maravilla.

Los tapados de todos los años: Terrence Howard, que según dicen está estupendo en su breve papel en Crash, se mete en la categoría de Mejor Actor por Hustle and Flow. Y la sorprendente nominación de Keira Knightley por Pride and Prejudice. Esa si que no se la esperaba nadie. Las dos perjudicadas parecen ser Gwyneth Paltrow por Proof y mi adorada Laura Linney por The Squid and the Whale...

Me gusta mucho la nominación de Rachel Weisz a Mejor Actriz de Reparto por El Jardinero Fiel. Su historia de amor con Ralph Fiennes en la película era de lo más hermosa…

¿Por qué solo hay tres candidatas a la Mejor Canción original? ¿Y como es posible que la esplendida ganadora del Globo de Oro, A Love That Will Never Grow Old de Brokeback Mountain no está entre ellas?

Por cierto: Me vuelvo a apuntar la misma medallita del año pasado. En mis crónicas de la Seminci ya avisé de que una maravilla llamada The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello tenía muchas opciones de llevarse el Oscar al Mejor Corto de Animación. De momento ahí está nominada. El año pasado hice el mismo vaticinio con Ryan y Ryan ganó ese Oscar. tomen ustedes nota, por si acaso

Seguiremos dándole vueltas a las nominadas según se vayan estrenando en España. Esto no ha hecho sino empezar. Pero de una forma espléndida ¿no os parece?

lunes, enero 30, 2006

Goyas 2006, La otra crónica

El 2005 ha sido un año ciertamente curioso para el cine español. Desde varios medios se nos está insistiendo en que hay que celebrar que, dentro de la bajada general de espectadores que han acudido a las salas de cine de nuestro país en el último año, la cuota de pantalla del cine español no solo se haya mantenido, sino que incluso ha crecido hasta un remarcable 16,7% que representan 3.5 puntos porcentuales más, la cifra más alta desde el 2001, y una recaudación total global de 105 millones de euros. Los datos son irrefutables… ¿o no? Pues más bien no, pues a poco que se rasque la superficie, nos encontramos con lo mismo de siempre: una película española que eleva la cuota hasta límites inimaginables y que sirve de buque insignia en taquilla – Torrente 3, obviamente – y dos producciones de Hollywood con una participación mínima española – El Reino de los Cielos y Sahara – cuya inclusión en dichos datos para inflar las cifras, por muy legal que sea, es algo que produce no ya cierto sonrojo, sino bastante vergüenza ajena.

La Gala de los Goya que se celebró anoche, no empezó con buen pie en ese sentido. Bastaba ver a la ministra embutida en uno de los coloridos diseños de Ágata Ruiz de la Prada, de un lamentable color rosa fucsia y con un buen puñado de lazos y corazoncitos multicolores, para darse cuenta que aquello no era un buen presagio. Sin embargo, la edición de este año contaba con una virtud interesante: a falta de una película dominante que arrasara con la mayor parte de los premios, se preveía que éstos estuvieran de lo más repartidos – como así fue – y el interés por conocer la película ganadora se mantendría hasta el final. Se puede interpretar como se quiera, como lo del vaso medio lleno o medio vacío. Para unos, es una forma de celebrar la diversidad y riqueza del cine español, capaz de producir cada año unas cuantas obras notables; para otros, será la prueba evidente de que cada año cuesta más encontrar esa obra grande y genial que disimule nuestras habituales carencias.

La ceremonia también demostró otra cosa de una forma evidente: TVE no parece estar preparada para asumir con garantías la realización televisiva de una obra tan exigente como los Goya. Desde el primer momento se vio que aquello era un desastre: Concha Velasco, horrenda toda la noche e incapaz de leer con una cierta fluidez los textos que le ponían por delante (¿No había en todo el país una presentadora resultona capaz de cubrir estos mínimos requisitos?) no podía seguir el ritmo de un profesional Resines que parecía resignado a cubrir como mejor pudiera el expediente, peleando con un guión atiborrado de demasiados chistes malos y carente de todo ritmo – como de costumbre – y que no supo sacar partido de un escenario que, eso si, tenia una idea interesante: hacer que los presentadores surgieran literalmente de la pantalla de cine al escenario merced a una especie de pared atrapamoscas – más de uno se quedó enredado en ella – compuesta de tiras blancas entre las que aparecían los susodichos.

La cosa iba de nostalgias. Y como era el veinte aniversario de los Premios Goya, los presentadores nos entretenían entre bloque y bloque de entrega de galardones recordándonos las obras que habían ganado en las ediciones anteriores, desde 1987 hasta la actualidad. A mi me pareció, aparte de algo reiterativo, un ejercicio un tanto masturbatorio: tanta complacencia con los logros del pasado parecía desnudar aun más las penurias del presente – sobre todo con los estupendos cortes de los filmes del gran protagonista ausente/presente de la noche, Fernando Fernán Gómez, a quien se le rindió un homenaje mayor que todos los Goyas de Honor entregados en estos años juntos – y hacía pensar, tras unos cuantos ejercicios de nostalgia, en la escatológica pero acertada frase del personaje de Harvey Keitel en Pulp Fiction: “No empecemos a chuparnos las pollas todavía” porque quedaba mucha gala por delante.


Pero volvamos atrás. Tras comprobar una vez más que Fiorella Faltoyano es una señora que se sigue conservando divinamente, el desbarajuste de la Gala empezó a hacerse evidente con el Goya al Mejor Actor de Reparto concedido a Carmelo Gómez por El Método. Bien porque todos – incluido el propio interesado – pensara que iba a ser para Enrique Villén o Javier Cámara, bien por falta de coordinación, el caso es que la lectura del ganador pilló a Carmelo Gómez preparándose para presentar otro premio en algún lugar perdido de la trastienda del escenario. Así que Eduard Fernández, compañero de reparto y que tiene práctica en esto, se tiró al escenario a recogerlo viendo que Carmelo no aparecía y cuando estaba a punto de trincar el Goya para salvar la terrible situación creada – que a más de uno le recordó el mal trago de Antonio Gala el pasado año – apareció el premiado, luciendo unas patillas de dudoso gusto, desfallecido por el carrerón, metiéndose la camisa a toda prisa por los pantalones y farfullando unas cuantas excusas. Lamentable. Y era el primer galardón de la noche. Empezamos bien.

Tampoco las parejas de presentadores de la noche parecían muy lucidas. Algunas parecían pensadas por el peor enemigo de uno u otro y, en más de una ocasión, era como ver a los abuelitos paseando a sus nietas en una fiesta de presentación en sociedad: José Sacristán no pegaba ni con cola al lado de una achicada y tímida Verónica Sánchez, Jose Luis Cuerda pisaba temerariamente el vestido de Barbara Lennie, Sancho Gracia parecía un viejo verde al lado de la siempre apetitosa Elsa Pataky, y las parejas Aitana Sanchez Gijón/Alex de la Iglesia y Lucía Jiménez/Santiago Segura jugaban al rollo La Bella y la Bestia y así sucesivamente. Una de dos: o Fernando Mendez Leite – director de la gala – tiene un perverso sentido del humor, cosa que no hay que descartar del todo, o aquello fue uno más de los despropósitos de la noche. Cuando ya casi nos habíamos olvidado de estas curiosas parejas de baile, salieron Pepe Sancho y José Coronado y reclamaron a voces la presencia de una moza que les acompañara en el escenario. Pues bien: cuando apareció Leticia Dolera, joven y menuda protagonista de Semén, aquello fue el momento más involuntariamente pederasta de la noche: parecía una cervatilla deslumbrada entre dos experimentados lobos a punto de devorarla. Daba cierta grima.

La Gala transcurría por los cauces habituales: esta vez si había pequeños fragmentos de las obras nominadas que guardaran relación con el premio que se entregaba, como debe ser, pero un año más nadie había puesto límites a dos de los males fundamentales de estas galas: que un Goya salgan a recogerlo una pandilla de premiados (¿tan difícil es estipular que solo uno o como máximo dos premiados puedan subir a recogerlo?) que toman por asalto el escenario, y que cada premiado suelte su correspondiente lista de agradecimientos en los que no faltan referencias a toda la parentela (¿será que creen que todos pensamos que vienen de un orfanato, como decía esta mañana en la SER Luis del Val?) con lo que aquello se alargaba y se alargaba tediosamente. Solo algún punto ocasional, como el genial Jose Corbacho recogiendo un merecido Goya a la Mejor Dirección Novel junto a Juan Cruz, luciendo ambos estrambóticas chaquetas, despertaba del general amodorramiento.


¿Y los premios? Bueno, todo iba según lo previsto: Elvira Minguez ganaba su merecido Goya por Tapas (excusa para que Corbacho y Cruz invadieran por sorpresa otra vez el escenario para felicitarla, descolocando a todos), Habana Blues se hacía con Montaje (¿mejor que el de El Método?) y la mejor BSO no se sabe muy bien por qué (¿desde cuando una colección de canciones equivale a una BSO incidental en esta categoría, sobre todo estando las estupendas composiciones de Eva Gancedo para La Noche del Hermano y de Roque Baños para Frágiles?), una emocionada y preciosa Micaela Nevarez le robaba para mi pesar el Goya a la Mejor Actriz Revelación a Isabel Ampudia, la única posibilidad de reconocimiento que la Academia había otorgado a Quince Días Contigo; Camarón demostraba con sus goyas a Vestuario y Maquillaje donde estaban sus escasas virtudes más allá del descomunal Oscar Jaenada; Frágiles trincaba merecidamente los Efectos Especiales; Jesús Carroza derrochaba arte y acento sevillano (¡ole, pisha!) al recoger el único Goya de 7 Vírgenes y los premios de Guión Adaptado a El Método y de Guión Original a La Vida Secreta de las Palabras ya anticipaban que los premios gordos no iban a ser para Obaba, 7 Vírgenes o Princesas, aunque esta última ya tenía en el zurrón la canción de Manu Chao. La Mejor fotografía de Jose Luis Lopez Linares – que debería haberle dado gracias a Vittorio Storaro por haber abierto el camino a seguir por él con Saura – por Iberia y los cantadísimos Goyas a Match Point (¿Quién se resiste a darle un Goya a Woody Allen aunque esté nominada El Hundimiento?) e Iluminados por el Fuego (¿Por qué creen que se estrenó en las salas comerciales justo este pasado viernes?) completaban el cuadro antes de los premios grandes.

Y ahí si que no hubo sorpresas: un más emocionado de lo que posiblemente el mismo pensaba Oscar Jaenada y una Candela Peña exultante recogieron sus Goyas de interpretación y cuando Isabel Coixet subió por segunda vez al escenario para recoger el de Mejor Director – y recordar a sus actores Tim Robbins y Sarah Polley – todo quedó visto para sentencia. La lectura de Antonio Banderas de la mejor Película para la peli de la chica de las gafas de pasta fue una pura formalidad. Y posiblemente algo bastante justo, si consideramos que ninguna de las cuatro nominadas era un peliculón y que La Vida Secreta de las Palabras, con sus defectos, era sin duda la obra que más llegaba al corazón de todas ellas.

David Garrido, al que le sigue chirriando sobremanera que el Cielo Gira, en su opinión la Mejor Película española del 2005, y Quince Días Contigo, otra de las más notables, hayan sido ninguneadas por la Academia. Aunque Ana Fernandez hizo algo de justicia acordándose en la Gala de nombrar a la primera

CRÓNICA FRIVOLA: LO MÁS….

HORTERA: Las gafas oscuras con las que Oscar Jaenada siguió gran parte de la ceremonia
MACARRA: El anillazo que lucía Juan José Ballesta, que parecía un sello cardenalicio.
ESCOTADO: Ex-aequo para Ariadna Gil y Ana Torrent, aunque se lució mucho, mucho escote
UNISEX: los casi idénticos trajes chaqueta blancos de Elvira Minguez y Marisa Paredes
SEXY: Micaela Nevarez, que lució emocionada todo su palmito.
ORIGINAL: Isabel Coixet agradeciéndole a la Academia “las gominolas en los asientos” al recoger su Goya al Mejor Guión y las chaquetas de José Corbacho y Juan Cruz
VAPOROSO: los trajes gasa de Maribel Verdú y Ana Fernandez
DESCONTROLADO: José Corbacho y Juan Cruz, terroristas en sus agradecimientos e invadiendo el escenario para felicitar a Elvira Minguez

DESFAVORECEDOR (HOMBRES): El extraño bigote de Eduardo Noriega y las descomunales patillas de Carmelo Gómez.
DESFAVORECEDOR (MUJERES): El colorido traje de Ágata Ruiz de la Prada de la Ministra de Cultura y el horrendo traje al más puro estilo Menina de Velásquez que sacó Concha Velasco a mitad de la gala, con floripondio en el hombro incluido
SORPRENDENTE: Santiago Segura y Agustín Almodóvar presentando sendos premios. Uno se tomó su “aportación” al 2005 a coña y otro se suponía que había desertado de la Academia… aunque le tocó el Gordo.
EMOCIONADO: Pedro Masó dedicando su Goya a sus hijos, con los que según confesión propia no pasó el tiempo suficiente por culpa de su dedicación al cine
DESACERTADO: las continuas dudas leyendo de Concha Velasco. Terrible.
DESCOLOCANTE: David Trueba haciendo reir al personal antes de presentar el homenaje póstumo in Memoriam a los fallecidos en el 2005
REIVINDICATIVO: el discurso de Elvira Minguez y la súplica a la Ministra del productor de La Vida Secreta de las Palabras en el último Goya.

PESADITO: Los tres premios consecutivos a los Cortos y sus respectivos agradecimientos
QUEBRADO: La voz rota de Juan Diego que pedía a susurros (no a gritos, claro está) unas cuantas pastillas Juanolas
DESPEINADO: Pilar López de Ayala y uno de los músicos de Habana Blues
RARITO: Carles Benpar (Mejor documental por Cineastas contra Magnates) hablando de su educación Cochise (¿?) Se le fue la olla.
DESPISTADO: El montador de Habana Blues, al que le tuvieron que recordar a voces el nombre de Benito Zambrano, director de la peli.
GOLPEADO: los micros. Y como se bamboleaban con cada viaje, oiga…

GUAPO: La pareja de presentadores Silvia Abascal (¡Que mujer!) y Leonardo Sbaraglia.
JUSTO: La brevísima reivindicación por parte de la siempre elegante Ana Fernandez de El Cielo Gira, la mejor película española del año para muchos, ninguneada por la Academia
PARANORMAL: Los emocionados padres de Candela Peña, luciendo ambos sendas gafas de pasta idénticas a las de Isabel Coixet (¿una premonición?)
PELEADO: Los puñeteros sobres con los premiados ¿Pero es que a nadie se les ocurre ponerles un simple abrefacil para que no los destrocen? Todos los años igual…
INOPORTUNO: El micro de Antonio Banderas estropeándose y chirriando justo al nombrar la Mejor Película del Año

LA PREGUNTA DEL MILLÓN:
¿Cuándo encargará la Academia o TVE a un profesional de reconocida solvencia en estos menesteres tipo El Gran Wyoming, Andreu Buenafuente o Manel Fuentes que se haga cargo de la presentación de estos eventos? Seguro que por lo menos no será tan tedioso…

jueves, enero 26, 2006

LAS TORTUGAS TAMBIÉN VUELAN, De la infancia arrebatada

Anoche me pillé un buen cabreo. Estaba tranquilamente viendo el fútbol cuando por culpa de uno de esos energúmenos que pululan por los campos de fútbol, un linier fue alcanzado por un monedazo y el árbitro, con buen criterio, dijo aquello de 'Hala, todos para casa'. Me pongo a zapear y de repente, sin previo aviso, me encuentro conque la 2 de TVE ha cambiado el día de emisión de off cinema (antes era los jueves, justo precediendo a Dias de Cine) y que están poniendo en ese momento Las Tortugas También Vuelan, un peliculón de Bhaman Ghobadi que se llevó la Concha de oro de San Sebastián el año pasado y que en mi opinión es una de las películas imprescindibles del pasado año. Me dio rabia porque, de haberlo sabido, la habría grabado, aunque creo que tardaré lo mío en volver a querer pasar la dura experiencia de verla. En su momento escribí lo siguiente sobre ella:

“La vida no resiste una mirada demasiado profunda” Joseph Conrad, escritor (El Corazón de las Tinieblas, Nostromo) 1857-1925

Utilizar la mirada de un niño y adoptar su punto de vista para narrar historias y describir el mundo es un recurso casi tan antiguo como el propio cine. Las características que suelen ir asociadas a la infancia, ya sea inocencia, curiosidad e inevitable proceso de aprendizaje, visión de la realidad ajustada a los estrechos márgenes de lo que uno ha conocido hasta ese momento, vitalismo, juego, pureza, fantasía y, por supuesto, la ingenuidad y el atrevimiento son una herramienta de incalculable valor para cualquier realizador que pretenda contar de una forma más o menos indirecta hechos sobre los que los adultos prefieren guardar silencio, a través del proceso de ese juego del descubrimiento paralelo al que un niño hace en un día cualquiera de su existencia. Por supuesto, pocas cosas causan tanta incomodidad y desazón en el espectador que exponer a los niños a los muchos peligros y sufrimientos de este mundo. El dolor o la muerte, sobre todo cuando son causados de una forma tan arbitraria como injusta, nos resultan mucho más difíciles de tolerar cuando acechan a aquellos a los que por naturaleza nos sentimos en la obligación de proteger.
Bahman Ghobadi sabe mucho de eso. Este realizador iraní de origen kurdo, ese pueblo utópico sin país cuyo territorio se extiende a lo largo de cuatro naciones distintas y que ha sufrido persecución y numerosos genocidios a lo largo de su historia vivió, como muchos de sus coetáneos, una infancia bruscamente truncada por la temprana muerte de su padre que le obligó a trabajar desde los quince años para sacar adelante a una familia de ocho miembros. Tuvo más suerte que otros: encontró su vocación en el cine y perseveró a base de cortos, esfuerzo y mucha determinación hasta conseguir ser ayudante de dirección de Abbas Kiarostami, nombre clave del cine iraní, en la película El Viento Nos Llevará. Dos largometrajes presentados con cierto éxito en varios festivales le han llevado a una posición de cierto privilegio desde la que ha acometido la complicada tarea de sacar adelante esta película tan terrible como imprescindible en la que ofrece su particular visión, llena de escepticismo (cuando no claro pesimismo) sobre el futuro de su pueblo y que denuncia de manera harto contundente los infinitos horrores de la guerra desde una sencilla historia protagonizada por un grupo de niños, eternos supervivientes instalados en una tierra de nadie perdida entre la frontera de Turquía e Irak, pocas semanas antes del comienzo de la invasión del país por parte del ejército estadounidense.
Allí, en ese campo de refugiados, se mueve un ejército de niños comandados con mano férrea por Satélite, un avispado adolescente que se aprovecha de sus conocimientos sobre la colocación de las ansiadas antenas que traerán las noticias de la inminente invasión para convertirse en una pieza clave de esa comunidad formada por niños, ancianos y mujeres (ocioso es preguntarse donde están los adultos, pues no resulta difícil de imaginar en este contexto). Este líder organiza el trabajo de los niños, nada menos que desenterrando minas para después revenderlas, lo que explica que su fiel corte de seguidores esté compuesta de un batallón de tullidos a los que suele faltar algún miembro. A ese campamento llegan una niña que encierra en su mirada toda la tragedia que es capaz de generar una guerra, un hermano sin brazos que tiene visiones sobre el futuro que se cumplen de forma irremisible y un niño prácticamente ciego de apenas un par de años que está a su cargo y que a su vez supone una pesada carga para ambos. La película sigue el devenir cotidiano de esos niños que sobreviven como pueden bajo la amenaza constante de esa muerte que puede llegar en cualquier momento, pegándose a ellos y dejando caer a través suyo reflexiones acerca de la impresionante capacidad de adaptación de esos niños al medio en el que viven, el cotidiano mercadeo de armas, máscaras de gas y deshechos de las sucesivas guerras que forman parte inseparable de ese paisaje desolado, la imprescindible necesidad de información fiable como arma de supervivencia o la sensación de tragedia inmediata y futuro imposible que se adivina en la mirada de esos niños a los que tampoco parece que el próximo advenimiento de los soldados americanos vaya a solucionarles en nada su situación, por más que su vitalismo o cierto sentido del humor puntual, picaresco, ayuden a paliar tanto sufrimiento.
De Kiarostami aprendió sin duda Ghobadi las ventajas no solo de articular su historia a través de la mirada de los niños (algo frecuente en su filmografía) sino también a aprovechar tanto las posibilidades de los desolados escenarios en los que se ambienta la película como la desarmante naturalidad de sus actores no profesionales para crear una especie de neorrealismo que obliga al espectador a preguntarse continuamente donde está esa difusa frontera entre la ficción y la realidad, porque Ghobadi construye su ficción sobre la base de unos niños que en el fondo están interpretándose a si mismos y contando sus propias y terribles experiencias, de tal forma que uno percibe, incómodo, la enorme sensación de verdad que inunda cada fotograma de una película desgarradora que apunta directamente hacia nuestras acomodadas conciencias y las sacude sin permitir en ningún momento que se libere ese progresivo nudo en la garganta que se va formando en el espectador por medio de las lágrimas. No, aquí no hay sitio para el sentimentalismo ni el lloriqueo y mucho menos para las ilusiones. No hay sino espacio para una realidad terrible a la que Ghobadi nos obliga a mirar cara a cara sin ningún tipo de componendas emocionales a través de esos niños paradójicos, contradictorios, envejecidos prematuramente, obligados a madurar mucho antes de tiempo para sobrevivir y que son capaces de tomar decisiones trágicas, insoportables. Crónica de una infancia dolorosamente arrebatada.
Ghobadi cuenta todo esto con una narrativa mucho más vigorosa de lo que cabría esperar a priori de una película iraní. Afortunadamente se aleja no poco del minimalismo formal de Kiarostami en cuanto a la puesta en escena y a la forma de desarrollar los elementos que pone en juego: se suceden con brío la relación que se establece entre ese líder natural y esa niña horrorizada incapaz de superar la tragedia que lleva en su interior; la dependencia de ese niño casi ciego de ésta última, un vínculo que provoca las imágenes más perturbadoras de toda la película - hay que ver la brillantez con la que está narrada tanto la espeluznante escena de ese niño perdido en el campo de minas como su anterior abandono en medio de la niebla -; las visiones del chico al que le faltan los brazos - especialmente terribles en el tramo final de la película, con las espectrales imágenes de su hermana - o la forma en la que se nos van mostrando las razones por las que Satélite es un pilar esencial de esa comunidad con un poder y una madurez impropios de alguien de su edad, madurez en el fondo solo aparente: véase ese torpe galanteo que hace a la niña o la forma en la que su mundo se derrumba a su alrededor, demostrando que, pese a todo, sigue siendo poco más que un niño. Hay un eficaz manejo de los materiales dramáticos que se van inclinando, lenta pero de forma inexorable, hacia la negrura.Las Tortugas También Vuelan es una experiencia dura, insoportable incluso en sus impresionantes veinte minutos finales, pero al mismo tiempo imprescindible. Su valor radica no ya en consideraciones estéticas que, ante la gravedad de los temas que se tratan, podría ser considerado algo un tanto frívolo – pero que sin embargo ahí están: no hay más que ver el plano del borde del precipicio con el que se inicia la película, el bosque de antenas que intentan ser orientadas o incluso ese aterrador cementerio de casquillos y despojos de la guerra en el que trabajan los niños, por no mencionar algunos planos aéreos de la gente dirigiéndose hacia las colinas o las tomas del manantial para darse cuenta que se mantiene intacta la voluntad de crear una mirada cargada de cierto aliento tan trágico como poético, extrañamente hermosa a ratos – sino en la fuerza de esa realidad que, reconozcámoslo, no nos gusta vernos obligados a mirar de frente. En la locura de la guerra los más perjudicados acaban siempre siendo los mismos, los eslabones más débiles de la cadena, sostiene Ghobadi más allá de consideraciones políticas: contra lo que se pudiera pensar, no es una película pro-invasión USA por más que queden bien retratados los desmanes del sanguinario Hussein y sus baazistas, sino más bien la crónica de una, otra más, decepción anunciada, como queda bastante claro en el desolador plano final con el que Ghobadi cierra su película.
No faltará quien argumente que utilizar a estos niños, estas auténticas víctimas de la guerra, como forma de denuncia de los horrores de la misma es un recurso fácil que busca llegar a la conciencia del espectador por el camino más directo. Tampoco faltará quien advierta que, ya que Ghobadi parece contar con bastantes más recursos que sus predecesores en el siempre tan bien considerado cine iraní y dado que existe una clara voluntad por parte del director de alejarse un tanto de estos referentes a través de una narrativa más convencional y dinámica, puede estar traicionando en parte los principios más austeros sobre los que dicha cinematografía ha asentado su fama internacional. Por último, a lo mejor alguien echa en falta un mayor compromiso político por parte de Ghobadi, cuya película no entraría desde esta óptica a analizar el complejo entramado de relaciones políticas, religiosas, económicas o sociales que han conducido a esa situación, limitándose a ser un filme antibelicista cargado de buenos sentimientos(1).Todas estas consideraciones pueden ser argumentadas, pero las dos primeras me parecen reparos menores e incluso algo carentes de sentido a la vista de la contundencia de la denuncia de alguien que conoce tan sumamente bien esas circunstancias como el propio Ghobadi y en cuanto a lo último, no creo que sea tarea de éste ofrecer un conjunto de explicaciones – que por otra parte siempre serían subjetivas e insuficientes en una serie de conflictos cuyas raíces se remontan a varios siglos atrás – sino que la película se sostiene por sí misma como poderosa llamada de atención sobre la realidad, por más que su formato sea el de la ficción y no el puramente documental. Basta con ver obras como La Espalda del Mundo, En el Mundo a Cada Rato o la reciente y de triste actualidad Invierno en Bagdad para obtener sensaciones parecidas, aunque quizás no con la inquietante fuerza que produce la ficción forjada por Ghobadi. Para eso también está el cine, aunque a menudo se nos olvide desde nuestra confortable indolencia.(1) A este último respecto, véase la crítica de José Enrique Monterde en Dirigido nº 342, Febrero del 2005, Pág. 17, titulada Neorrealismo poético

lunes, enero 23, 2006

CACHÉ, La vuelta del perturbador Haneke

Michael Haneke es un director que a lo largo de su ya fecunda filmografía, se ha empeñado en sacudir a modo nuestras conciencias con películas en las que a menudo se explora con bisturí afilado la faceta habitualmente más oscura y oculta del ser humano, lo que en Haneke casi siempre resulta una mirada desalentadora y poco proclive a ofrecer alguna esperanza a una sociedad corrompida desde su misma base por las debilidades, cuando no directamente mezquindades, de las personas que la conformamos. Uno de los temas recurrentes del cine de Haneke es la forma en la que, aun cuando somos más que conscientes de la cuestionable catadura moral con la que a veces nos conducimos por la vida, nos esforzamos por disimular esas flaquezas, llegando al punto de ignorarlas como si nunca hubieran existido hasta que alguien o algún suceso nos golpea y nos obliga a mirar frente a frente al abismo que a veces escondemos en lo más profundo de nosotros mismos, esos lodazales de nuestra personalidad o de nuestro pasado por los que, no sin cierta razón – a veces solo se puede sobrevivir en esta vida de esa forma – rehuimos aventurarnos, mucho menos reconocernos.
La última propuesta de Haneke, triunfadora en Valladolid y en los recientes Premios de la Academia del Cine Europeo, es una película angustiosa en la que se da un buen repaso a los temas de la culpabilidad y la mala conciencia que se halla mucho más presente de lo que pensamos en nuestras vidas cotidianas. Caché (Escondido) empieza como un thriller inquietante: un crítico literario famoso que tiene un programa de televisión, casado con una editora y con un hijo adolescente, empieza a recibir en su casa una serie de vídeos que muestran, en plano fijo, la entrada de su casa. Las grabaciones vienen envueltas en unos dibujos simples pero un tanto siniestros a los que ni el personaje de Daniel Auteil ni su mujer, Juliette Binoche, saben darle explicación. Poco a poco, el contenido de los vídeos se hace más personal y muestra detalles que indican que quienquiera que sea el que está detrás de las grabaciones, está relacionado con el pasado de ese periodista. Recurrir a la policía no sirve de nada – no hay ninguna amenaza explícita – y la inquietud va creciendo de forma imparable, resquebrajando la seguridad, tan solo aparente, que esa familia de burgueses acomodados disfruta.
Haneke explora a través de esta peripecia el sentimiento de culpa, un sentimiento fuertemente enraizado en un pasado que el personaje magníficamente interpretado por Daniel Auteil ha tratado de olvidar. Pero no se detiene ahí, ni mucho menos: la película, rica en lecturas como siempre en un cineasta tan personal como complejo, también analiza la forma en la que nos enfrentamos a una amenaza, las desigualdades sociales, la enorme fragilidad de una institución familiar basada en una seguridad tan solo aparente – resulta desalentador ver la forma tan natural en la que esa pareja de progresistas acomodados ha convertido la idea del espacio y la independencia que creen que necesita su hijo adolescente en indolencia o directamente ignorancia sobre sus actividades - y, por supuesto, uno de los temas más queridos por Hanecke, como es la manera en la que el cine o cualquier otro medio audiovisual manipula la realidad y la deforma hasta límites insospechados. El trabajo de dirección de Hanecke es impresionante: juega con nuestras percepciones de forma constante (hay veces en las que uno no sabe si está asistiendo a la visión subjetiva del hombre que graba los vídeos o estamos contemplando uno de esos vídeos en compañía de Auteil y Binoche) y, consciente de nuestro voyeurismo, lo explota al máximo implicándonos en una peripecia fascinante que padecemos al lado de ese periodista desbordado por los acontecimientos, un tipo que es víctima de una violencia para nada física de la que, de forma progresiva, cada vez tenemos una mayor certeza que ha ayudado a crear.
Por si todo esto fuera poco, Hanecke, mucho más cercano en esta película a los inmensos logros de obras como Funny Games o La Pianista que a los titubeos de Código Desconocido o El Tiempo del Lobo, nos golpea con una de las secuencias más demoledoras e impactantes que uno ha podido ver en una pantalla en los últimos años, una ostia de tal calibre que nos pega al asiento dejándonos sin capacidad alguna de reacción durante largo tiempo… tiempo que Hanecke aprovecha para proponer unos veinte minutos finales que, lejos de resolver algunos de los enigmas planteados a lo largo de la película, deja abiertas varias posibilidades a la imaginación del espectador, que, un tanto comprensiblemente abrumado por la dureza de la experiencia que acaba de vivir, puede perderse con facilidad en el juego planteado con mano maestra por este austriaco que está empeñado en llevar hasta las últimas consecuencias ese dogma de fe con el que ejerce su profesión según el cuál el papel del cineasta es rascar allí donde más duele, desvelar lo que no se quiere saber ni ver y obligar al espectador a plantearse cuestiones de lo más serias.

Caché es pues una obra imprescindible sobre la que se vuelve una y otra vez a lo largo de los días posteriores a su visionado, una película perturbadora y sumamente incómoda en todo momento para el espectador, que casi sin darse cuenta, sigue el metraje en un estado de perpetua tensión, algo que Haneke consigue no por casualidad, sino a través de una medida puesta en escena y de un dominio del tiempo narrativo que va consiguiendo sutilmente este objetivo sin apenas proponérselo. Caché es, en fin, una de las obras más desasosegantes que este cronista ha tenido la ocasión de ver en mucho tiempo, un filme que por su personalísima apuesta y su capacidad de invitar a la reflexión está entre los trabajos más interesantes que ha ofrecido el cine europeo en su conjunto en los últimos tiempos. Cierto es que Haneke, cineasta exigente como pocos con el público, no es un plato indicado para todo tipo de espectador y que a buen seguro habrá quien abandone la sala con un comprensible estado de estupefacción y hasta con la leve sospecha de que el director se ha permitido el lujo de tomarle el pelo – en ese sentido, el plano final juega de forma admirable con nuestras expectativas creadas a lo largo de la obra, pero no aporta nada a lo ya expuesto por el cineasta hasta ese momento, lo que puede entenderse hasta como una broma en medio de un tema francamente serio – pero aun y con eso déjense llevar por sus propias reflexiones y las de aquellos que les acompañen al cine. Descubrirán que Caché es una de esas películas que crecen en la memoria y que sus cargas de profundidad pueden resultar de lo más demoledoras.

2006: Buenas intenciones, Realidades Dolorosas

Esta es una carta de disculpa. No se cuantos sois los que de cuando en cuando os dais un paseo por el blog para leer mis comentarios de cine. Supongo que muchos de vosotros, tras desesperaros por ver como Cinemerida seguía detenida en el tiempo desde el 31 de diciembre del pasado año y sin ninguna explicación al respecto, igual habéis intentado buscar en este blog alguna respuesta a tan extraño fenómeno: nunca, en los más de tres años que lleva ya funcionando Cinemerida – y con la lógica excepción de una ausencia debida a que estuviera cubriendo un festival – había desatendido tanto mis obligaciones. La buena noticia es que poco a poco estoy volviendo a recuperar las viejas sensaciones. La mala es que no tengo una única explicación para lo que ha sucedido durante estas últimas semanas. O si, pero todo resulta algo confuso. Algunos ya conocéis lo que voy a contar ahora.

Veréis, el final del 2005 ha sido una experiencia bastante dolorosa. Tras tres años de colaboración con La Butaca y coincidiendo con mi vuelta de cubrir el último de los tres festivales de cine que este año he hecho en su nombre, me encontré con la desagradable sorpresa de que mi editor decidía prescindir de mis servicios como colaborador de la revista. La excusa oficial es que al parecer mis críticas se parecían sospechosamente a otras reseñas aparecidas en diversos medios. Dicho en plata, mi antiguo editor me acusaba directamente de plagiar a compañeros de profesión, o dicho más sofisticadamente, de practicar cierto tipo de seguidismo con la crítica, lo que implicaba obviamente un riesgo de desprestigio para la revista y que mi trabajo estuviese en permanente sospecha. Por mucho que proclamé mi inocencia, la decisión fue inapelable y de repente, cerrada mi habitual plataforma, comprendí que, tras tres años de denodado esfuerzo y de tratar de abrirme paso en esta jungla de la información cinematográfica, estaba exactamente en el mismo sitio donde empecé. Con un amplio bagaje a cuestas, claro (y que me quiten lo bailao, que decía el otro) pero en el mismo punto. Y me hundí. Deje que todo este apestoso asunto me afectara mucho más de lo que debía. No fue algo repentino, sino más bien algo de digestión lenta. De repente, todo lo que escribía o hacía relacionado con el cine, ya fuera la web de Cinemerida, hacer críticas o publicar en el blog dejó de tener sentido. Me decía a mi mismo que era solo una fase, que debía seguir como siempre, que pronto todo volvería a la normalidad. Y creí que superaba el bache a finales del diciembre, con la promesa de un nuevo año: volvía a encontrarme con ganas, tenía proyectos entre manos y me apetecía disciplinarme, volver a los viejos hábitos, aunque no tuviera, como antes, un plan definido.

Entonces, aunque fue una cosa de poca importancia, dos días antes de que terminara el 2005, hospitalizaron a mi madre por una semana. Pasé horas y horas en el hospital, estando con ella. Y después estuve otra semana pendiente de su recuperación, hasta que se encontró mejor y, hace una semana y pico, volvió a sus quehaceres en Madrid. Durante todo ese tiempo, deje de escribir. Por completo. Abandoné la web, abandoné este blog, incluso dejé de ver cine esos días. Reflexioné sobre lo que me estaba pasando, resolví centrarme lo antes posible en terminar la carrera de Derecho – este año tengo que terminar de una maldita vez si no quiero empezar con rollos de convalidaciones – y sacrifiqué por unas semanas hacer lo que más me gustaba en el mundo, simplemente porque no le veía atractivo, porque no me encontraba a gusto. Me ha costado dios y ayuda volver a centrarme un poco y sacar fuerzas para salir un poco del pozo, y aunque nunca he dejado del todo de hacer cosas (la radio, llevar la encuesta de Lo mejor del 2005 en la lista de cine de La Butaca y en La Filmoteca Virtual, alguna crítica suelta…) me cuesta dedicarle a esto del cine todo el tiempo que antes sin sentir algunas punzadas de desánimo o culpa. Pero aquí estoy de nuevo, porque he comprendido algo tan sencillo como que, por encima de otras consideraciones, necesito escribir de vez en cuando para sentirme mejor conmigo mismo.

No se si esta especie de vuelta será duradera o es un espejismo. Las crisis de este tipo son algo relativamente nuevo para mi y honestamente, no se bien como me las apañaré en los próximos días. No las tengo todas conmigo, pero prometo intentarlo. Pensé que todos los que seguís habitualmente Cinemerida y que quizás os habéis aventurado por este blog en busca de respuestas a mi súbita desaparición merecíais una explicación y os ofrezco una que no es demasiado convincente, pero que es la única que tengo: he estado un poco perdido últimamente. Pero he vuelto. Gracias por seguir ahí y disculpad la ausencia. Sigamos hablando de cine.