Desayunarse en la segunda jornada del Festival con una pareja de drogadictos dedicados a sus labores buscándose venas y metiéndose de todo no es demasiado glamoroso, pero es el plato que nos deparaba inicialmente Le Refuge, la película con la que el realizador francés François Ozon abría la Sección Oficial en la segunda jornada. Afortunadamente, uno de ellos palma de sobredosis a los cinco minutos, empieza la verdadera película y el personal puede así volver a poner los ojos en la pantalla y suspirar aliviados. El amigo Ozon es fan de las relaciones tortuosas, los triángulos amorosos extraños y las inclinaciones sexuales algo confusas, algo que ha demostrado sobradamente a lo largo de toda su filmografía. Le Refuge no es ni mucho menos la excepción, sino la confirmación de que o bien su autor aun no está demasiado satisfecho con sus anteriores exploraciones o bien lo considera un tema tan inagotable que no puede evitar volver sobre él una y otra vez.
Veamos: el finado es el hijo mayo de una familia adinerada, que además ha dejado embarazada a la perdida de su novia, que decide empezar a tratarse con metadona y tener al bebé. El hermano menor de aquel, homosexual comprensivo y sensible él, decide apoyar a la cuñada durante unos apacibles días de verano en un chalecito cerca de la playa donde la embarazada, unos cuantos meses después y ya en avanzado estado, ha decidido retirarse del mundanal ruido. Como si de una peli de Rohmer se tratara, las idas y venidas del cuñado inducen a cierta confusión sentimental en la futura mamá, que pasa de ser una borde de cuidado a enternecerse más de lo debido con el buen mozo mientras planea su un tanto incierto futuro. Como ya he dicho, Le Refuge revisa ideas que Ozon ya utilizó en filmes como Bajo la Arena, Swimming Pool o El Tiempo que nos Queda y tampoco es que aporte demasiada novedad a lo allí expuesto. Merece la pena destacarse que la película fluye con suavidad y se deja ver con cierto agrado. El trabajo de una estupenda Isabelle Carré y la naturalidad con la que aborda un tema algo tabú como es la vida sexual de las embarazadas son asimismo dos puntos a favor de una historia correcta y en el fondo bastante intrascendente y olvidable que, puestos a ser sinceros, no está ni de lejos entre lo más interesante que Ozon nos ha ofrecido en su filmografía. Convendría pues que alguien le dijera que no estaría de más cambiar un poco el tercio y explorar prados más verdes, a ver si así deja atrás ciertas servidumbres que amenazan con hacer de su carrera un cierto cliché.
THE WHITE MEADOWS, La fábula del recogelágrimas
El cine sirve a menudo para viajar por países lejanos y descubrir que en el mundo hay trabajos la mar de raros. The White Meadows, la película del realizador iraní Mohammad Rasoulof nos cuenta que en una serie de islotes salados del Mar Muerto hay un tipo que se dedica a recoger lágrimas y acumularlas en un recipiente, abundando en la creencia popular de que con ellas se pueden desde fabricar perlas a garantizar el viaje al paraíso de los muertos, transmitir deseos a seres mágicos que puedan devolver la dulzura al agua salada, curar heridas o endosar guapas esposas vírgenes a dioses marinos. Rahmat hace su trabajo con intachable profesionalidad y aire solemne, pero cierta actitud de descreimiento sobre todo lo que ocurre ante sus ojos mientras viaja con su barco de isla en isla nos hace sospechar que no comparte demasiado las supersticiones del personal, a veces un tanto salvajes, que sin embargo son la llave de su sustento. Obligado a cargar con un inesperado compañero de viaje, Rahmat prosigue su misión mientras nosotros paseamos nuestra mirada entre incrédula y fascinada por unos paisajes hermosos y unas actitudes incomprensibles incluso para la mentalidad occidental más abierta.
La tercera película del realizador de La Isla de Hierro es, como decirlo, una de esas películas cargadas de simbolismo que dudo mucho que importe un pimiento a la amplia mayoría de iraníes que consuman cine nacional. Muy al contrario, su estudiado preciosismo y sus continuas metáforas parecen pensadas para contentar al occidental que se acerca a estas cinematografías buscando exotismo. Y le sirve unas cuantas raciones. Tantas que acaban por hacerse indigestas, aunque no hay duda que en la película hay algunas historias francamente curiosas – la del tipo que se encarga de bajar a un pozo con decenas de tarros de cristal donde los habitantes del pueblo han soltado y cerrado previamente sus deseos y secretos para entregarlas a un hada y que ésta endulce un agua demasiado salada es, cuanto menos, desconcertante – a muchos puede que embelesados por tanto símbolo acabe por escapárseles el sentido último de la denuncia de la película, que no es otro que la forma en la que el poder se aprovecha de la ignorancia y la superstición para perpetuarse en el mismo desde tiempos inmemoriales. Rasoulof, que por cierto se presentó en el Kursal con su actor principal luciendo ambos con orgullo dos enormes bufandas verdes, tiene todo el derecho a buscar la complicidad del espectador como mejor le parezca. Pero acaso un poquito más de contención y un poco más de historia le hubieran ayudado a crear una obra más redonda. Porque eso sí, salada la peli es un rato (en más de un sentido) pero ya se sabe que la sal en exceso causa no pocas complicaciones a quien la consume.
PRECIOUS, Tremenda visión de La Otra América.




1 comentario:
Veo que con Precious ya puede haber alguna candidata para el festival de cine inédito de Mérida, si procede. Vas poniendo los dientes largos con algunas pelis. Siguen siendo crónicas certeras e interesantes. Muchas gracias.
Por casa todo bien, con alta concedida y vuelta a una cierta normalidad.
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