lunes, septiembre 21, 2009

SAN SEBASTIAN 2009 JORNADA 3: El Secreto de sus Ojos, This Is Love, Taking Woodstock

EL SECRETO DE SUS OJOS, Las huellas del pasado y el presente

Les confieso que siento una debilidad muy particular por el cine de Juan José Campanella. Aunque es cierto que a menudo le puede una cierta sensiblería, sus historias siempre suelen emocionarme y divertirme a partes iguales. Tiene olfato para los diálogos, sentido del ritmo y su cine desprende una enorme coherencia, asentándose siempre en los mismos principios vitales: la lealtad a uno mismo y a los amigos, la importancia de reconocer al otro, la necesidad de expresar lo que se siente, la búsqueda de una felicidad que no comprometa lo esencial de uno… Es un cine personal e insobornable y aunque no siempre sea acertado, al menos nadie podrá acusarle de no ser fiel a si mismo.

El Secreto de sus Ojos supone en opinión del que escribe estas líneas un enorme paso adelante en la filmografía de Campanella, que parece haber encontrado con esta más que notable película la formula ideal para, sin abandonar ese inquebrantable compromiso consigo mismo, probar a mezclar elementos nuevos procedentes de más géneros y arriesgarse a explorar las posibilidades que éstos ofrecen. Juega Campanella con el pasado y el presente para contarnos la historia de una obsesión, la de Benjamín Exposito (Ricardo Darín, a un nivel mucho mayor que en la película de Trueba) un funcionario de juzgados jubilado que ha guardado en la memoria como una herida abierta un crimen no resuelto 25 años atrás, que ahora pretende convertir en su primera novela. La historia de la brutal violación y asesinato de una joven en los albores de la dictadura, la búsqueda de la justicia que implica más allá del deber a todos los que tuvieron relación con el caso se entrelaza con la memoria sentimental de Expósito, que recurriendo de nuevo a la mujer que dejó atrás en aquel tiempo para que le ayude a desenterrar el pasado, busca una forma no ya de ajustar cuentas con los responsables de aquello, sino consigo mismo y con los errores cometidos en una vida que, como se recuerda varias veces a lo largo del filme, no es otra sino la misma.

Campanella mezcla de forma desprejuiciada y con excelentes resultados el cine negro con la comedia romántica que siempre ha dominado; alterna la denuncia política de unos años oscuros, anticipo de los terribles que estaban por venir, con el gag cómico puro y duro; trabaja con exquisitez unos personajes maravillosamente perfilados a los que acompañas de buen grado durante toda la historia emocionándote con ellos, celebrando sus pequeñas victorias, lamentando sus varias derrotas, sufriendo la tensión de la búsqueda que parece no llevar a ninguna parte – éste es un filme que remite por momentos a aquella maravillosa Memories of Murder de Bong Joon-Ho, que fue premiada aquí hace ya unos años – y consigue transmitirte todo el pesado ambiente de una derrota siempre presente pero de la que quizás aun hay tiempo de escapar en el presente.

Sería injusto decir que El Secreto de Sus Ojos es una película solo de personajes – el trabajo de Campanella detrás de la cámara depara algunos momentos tan espectaculares como sorprendentes, véase toda la secuencia que tiene lugar en el estadio de fútbol, planos secuencia espectaculares incluidos – pero no cabe duda que gran parte del éxito de la propuesta radica tanto en eso tan intangible y a la vez tan esencial que es la química en pantalla, algo que la magnífica pareja Darín-Villamil (recuerden El Mismo Amor, La Misma Lluvia) siguen teniendo de sobra, como en la fabulosa vis cómica de un genial Pablo Rago a cargo ese impagable, brillante y leal borracho subordinado digno de formar parte del selecto panteón de los mejores dipsómanos que el cine ha inmortalizado: su Morales es un auténtico robaescenas, un boludo entrañable que se hace querer por el espectador en todo momento y que tiene a su cargo algunas de las frases más antológicas en un guión repleto de buenos diálogos.

Ni siquiera cuando Campanella bordea la sensiblería – sabe reírse abiertamente de ella, siendo plenamente consciente de cuando y cómo la utiliza – o se empeña en atar todos los cabos sueltos en un tramo final algo más previsible y manipulador de lo que debería, baja demasiado el nivel de una película notable que ha dejado muy buen sabor de boca y que, visto lo visto hasta ahora aunque aun queda mucho por delante, parece bien colocada para encontrar su hueco en el palmarés final.

THIS IS LOVE, Un pedófilo, una borracha y un sinsentido.

Mattias Glasner articula su propuesta para la Sección Oficial en un registro similar al de Campanella: dos historias entrelazadas en el presente y en el pasado que atañen a dos personajes vinculados a las mismas y entre sí que se van desarrollando pacientemente ante los ojos del espectador. Por un lado tenemos a un pedófilo que, cual zorro que cuida a las gallinas del corral, se dedica a la muy noble tarea de salvar de las redes de la prostitución infantil asiática a adorables lolitas a las que busca familias de adopción. Por otro, una veterana detective – Corinna Harfouch, que recuerda no poco a la Helen Mirren de la excelente serie Principal Sospechoso de la BBC – cuya vida personal es un auténtico desastre desde que su marido la abandonó sin dejar el menos rastro ni dar la más mínima explicación veinte años atrás, sumiéndola en un alcoholismo militante que compagina como buenamente puede con su trabajo policial. Ambos personajes ven sus destinos unidos por la desaparición de Jenjira, una niña de 11 años que estaba a cargo del pedófilo y a la que perseguía una mafia chunga empeñada en cobrar la pasta del precio de su liberación de su esclavitud sexual.

El tema resulta interesante e, inicialmente, está bien tratado por el realizador y guionista, que se apoya en un trabajo más que competente de los actores para enganchar la atención del espectador y desarrollar lo que es el verdadero eje de la trama: la lucha interior que el pedófilo tiene consigo mismo para no dejarse arrastrar por su natural inclinación sexual hacia esa niña que intenta de forma constante agradecer a su salvador de la mejor forma que conoce, planteando un problema de difícil, casi imposible resolución. El problema es que esa historia se desarrolla en paralelo con la de la desastrosa vida personal de la detective, una trama mucho más convencional y mucho menos interesante que nunca acaba de casar bien con la otra, de tal forma que desequilibra fatalmente la narración, que gana cuando se centra en la niña y su custodio casi en la misma medida que pierde cuando pone su atención en las cuitas de la investigadora.

En cualquier caso, el problema principal de This Is Love no es ese. El problema es que llega un momento en el que uno de los personajes de esta historia, casi al final de la película, empieza a hacer cosas incomprensibles que, la verdad, van en sentido opuesto a lo expresado hasta entonces, sumiendo a este cronista y mucho me temo que a la mayor parte del público en la más absoluta perplejidad, cuando no en el pleno desatino. Glasner se carga así casi al final de la película de manera arbitraria y de un plumazo gran parte de lo que ha estado construyendo hasta ese momento con lo cual la película pasa de ser un correcto ejercicio a una insensatez olvidable. O eso, o a mí se me ha pasado algo muy importante por alto, lo que también puede ser…

TAKING WOODSTOCK, Crónica de lo irrepetible.

Perlas de Otros Festivales sigue deparando lo mejor de este San Sebastián pasado por agua. Ang Lee, que siempre es un valor seguro, prosigue tras el paréntesis de su esplendida Deseo, Peligro su exploración de la cultura y la historia estadounidense fijando esta vez su atención en los hechos que llevaron a la celebración en un pueblo de los Catskills del mítico concierto que durante tres días congregó a más de un millón de personas en Woodstock. La inteligente y elegante forma del guionista James Schamus de contar esa historia es centrarse en una familia que regenta un destartalado motel local que acabará por convertirse por una serie de azares en el centro neurálgico desde donde se orquestó una experiencia inolvidable que dio la vuelta al mundo y que marcó para siempre la vida no solo de los miles de personas que llevaron hasta sus últimas consecuencias aquel prolongado verano del amor y la buena voluntad hippie, sino de todos los que se contagiaron de aquel espíritu, fruto de una época sin duda irrepetible, perteneciente a un mundo que ya no existe.

Sin embargo, no hay en Taking Woodstock ni el más mínimo rastro de complacencia ni tan siquiera un lamento nostálgico por aquello. Muy al contrario, Lee se afana en alejarse todo lo que puede del concierto en sí, que no es sino el telón de fondo que permite a su realizador centrarse en recuperar de forma casi magistral las esencias de aquel fin de semana memorable: ya sea escenificando (y sacando buen partido) del inevitable choque entre las apacibles vidas de los granjeros con la irresistible ola de modernidad y el cambio de mentalidad que supone la avalancha de visitantes o ya sea abordando las contradicciones y miserias habituales de los tres integrantes de la familia protagonista, la iracunda dueña del motel y su dócil marido, una pareja de rusos judíos emigrados a los EE.UU y el hijo gay temeroso de mostrar a las claras sus inclinaciones, Lee y Schamus no hacen otra cosa que retratar una época y un ambiente de forma desprejuiciada y, sobre todo, irresistiblemente divertida.

No hay más que ver los trabajos de una tan magnífica como acostumbra Imelda Staunton o el de un inenarrable Liev Schreiber al que hay que frotarse los ojos para creérselo en su tremebundo papel de travesti ex-marine encargado de la seguridad para hacerse una idea del tono que Lee busca: retratar la enorme importancia de aquel evento desde la perspectiva de la pequeña historia de una familia algo disfuncional y con problemas para comunicarse. Por eso, Lee ni siquiera se molesta, en una muy inteligente decisión, en mostrar una sola imagen del mítico concierto: sabe que éste ya está más que instalado en el inconsciente colectivo y su acercamiento al mismo, viaje de ácido de por medio, no deja de ser algo accesorio a un relato al que, como ya pasara con el corrosivo retrato de la sociedad estadounidense de los 70 que suponía su magistral La Tormenta de Hielo, le basta con centrarse en la evolución de sus personajes y sus relaciones entre sí para conseguir plenamente su objetivo. Película simpática donde las haya, con un más que saludable sentido del humor y un tono entre naif y despreocupado que casa de maravilla con lo que debió ser aquella época, Taking Woodstock es una obra más que agradable que demuestra una vez más que el tímido Ang Lee, presente en San Sebastián, sigue siendo uno de los valores más seguros del cine de hoy en día.

1 comentario:

Mow dijo...

Aun a riesgo de resultar pesadito, reitero que da gusto leer tus crónicas. Magníficas.
Estoy deseando ver la película de Campanella. Sigo en lo que puedo su carrera desde "El niño que gritó puta", título contundente donde los haya. En otros medios la peli ha recibido también buenas críticas.
Berta está en casa y con todo controlado. Abrazos.