martes, octubre 25, 2011

SEMINCI 2011 J03 Amor Bajo el Espino Blanco, Hermanos, Starbuck



AMOR BAJO EL ESPINO BLANCO, Zhang Yimou se pasa de cursi.

De que va: La República Popular China durante la Revolución Cultural. Jing, una universitaria de la ciudad, es enviada a un remoto pueblo de montaña para someterse a un programa de ‘reeducación’. Jing es la personificación de la inocencia, pero a su padre lo han encarcelado por ser un ‘contrarrevolucionario’, con lo que su madre no tiene más remedio que mantener ella sola a sus tres hijos. Jing sabe que no sólo su propio futuro, sino también el de su familia, dependen del veredicto de las autoridades sobre su proceso de ‘reeducación’. Pero su comportamiento cauteloso y discreto llega a su fin cuando se enamora de Sun, el atractivo hijo de un oficial de alta graduación. Los dos pertenecen a mundos completamente distintos, por lo que su amor no sólo es imposible, sino también peligroso.

La verdad es que es toda una alegría comprobar que Zhang Yimou ha abandonado de una vez esos aparatosos y cansinos wuxias tipo La Maldición de la Flor Dorada o el muy innecesario remake de Sangre Fácil con los que nos ha castigado los últimos años. He añorado mucho al Yimou intimista, el que conquistó nuestros corazones con La Linterna Roja o Ju Dou, Semilla de Crisantemo o sus aproximaciones al mundo rural como Ni Uno Menos o la maravillosa El Camino a Casa, película con la que esta Amor Bajo el Espino Blanco guarda numerosos puntos en común: de nuevo una sencilla historia de amor con dificultades aparentemente insalvables, de nuevo el choque ciudad-campo, de nuevo el telón de fondo de la Revolución Cultural, de nuevo la fascinación, el enamoramiento apasionado y a la vez inocente, de nuevo los miedos al qué dirán, la represión, los sacrificios… Pero con una diferencia fundamental: mientras en El Camino a Casa Yimou contaba la historia de sus padres, aquí ilustra una novela ajena. Y se nota. Es como si el productor de turno le hubiera dicho “Toma, aquí tienes esta novela: coge esta historia y ruédala como si fuera El Camino a Casa”


Y eso ha hecho Yimou:
apoyándose en la preciosa fotografía de Zhao Xiaoding y con unos materiales que conoce de sobra, el cineasta chino da forma a una historia de amor tan inocente y sin apenas connotaciones sexuales que, si sumamos las dificultades e impedimentos sociales que han de sortear sus protagonistas, hacen que uno se plantee seriamente cómo es posible que la población china haya crecido tanto en las últimas décadas. Desde luego no habrá sido gracias a parejas tan timoratas como ésta que, como esos jóvenes católicos que hoy en día han de montar movidas como las Jornadas Mundiales de la Juventud para poder echar un puñetero polvo, son algo así como la quintaesencia idílica de esas relaciones perfectas entre camaradas revolucionarios que tanto placían al camarada Mao. Muy bonita y poética, si, pero que de puro naif consigue despertar, como están leyendo, mi lado más cínico. Y eso que cualquiera que me siga sabe que aqui el que suscribe es un romántico empedernido.


No negaré que tiene algunos momentos preciosos. Es más, su primera hora, quizás porque recuerda mucho El Camino a Casa, resulta de lo más interesante. Pero hay una muy fina línea entre sensibilidad y sensiblería y Zhang Yimou no solo la cruza sino que en muchos momentos la rebasa ampliamente. Cuestión de piel, claro – me consta que a muchos les ha encantado y sin duda es una firme candidata a Premio del Público porque… es que es tan, tan bonita– pero, que quieren que les diga, para mi es una película desmesuradamente cursi, que usa y abusa de los recursos del folletín de toda la vida para atacar a saco el lacrimal. Y por ahí no paso.



HERMANOS, Los Ídem Karamazov según Kaurismaki. Pero Mika, no Aki.

De que va: Ivar (51 años, escritor), Mitja (49 años, productor de cine) y Torsti (51 años, conserje) son hijos del mismo hombre —Paavo (70 años) —, pero de madres distintas. No se han visto en mucho tiempo, pero ahora se reúnen para celebrar el cumpleaños de su padre. El reencuentro les obliga a explorar sus relaciones mutuas y hace aflorar algunos recuerdos traumáticos y ciertas verdades incómodas sobre su padre, a quien los tres culpan de sus respectivos fracasos.
Hace tres años Mika Kaurismaki, q
ue de vez en cuando hace alguna película de ficción que otra entre sus por otro lado estupendos documentales sobre la música y la cultura brasileña, nos trajo a Sección Oficial Tres Reyes Magos, un relato de tres hombres bastante patéticos solos en Nochebuena que buscaban en un cutre karaoke algo de camaradería masculina con la que sobrellevar sus tragedias personales y que pese a su buen punto de arranque no acababa de funcionar por culpa de un guión caprichoso que no resolvía nada bien los conflictos planteados y se perdía en divagaciones cuando no directamente estupideces.

Pues algo muy parecido le pasa a esta Hermanos en la que la expresión “matar al padre” no tiene un sentido metafórico ni terapeutico sino bastante literal: adaptando muy libremente al Dostoyevski de los Hermanos Karamazov, el director finlandés juega a construir una comedia repleta de amargura, tratando de humanizar a sus personajes por la vía de mostrar sus miserias morales e intentar que el espectador empatice así con ellos. O simplemente compadecerles.

Pero la cosa no funciona porque más allá de unas cuantas escenas brutales en las que crudas verdades vuelan de unos personajes a otros destilando no poco humor negro, no consigue desprenderse de un molesto tono de farsa que hace que uno no se crea nada de lo que ocurre en ningún momento. Y encima es reincidente: tampoco esta vez consigue resolver como es debido algunos de los conflictos interesantes que plantea. Uno desconecta a partir de un determinado punto y te da más o menos igual lo que le pase a ese padre ligón, bon vivant y especialista en joderle la vida a la gente, al hijo servicial que espera pacientemente a que éste palme, al narcisista productor de cine necesitado de pasta con mal temperamento o ese cabroncete de hijo pródigo que vuelve después de muchos años para liarla parda con ganas de bronca. O las dos anodinas mujeres que, dios sabrá por qué, revolotean alrededor de ellos. Vamos, que no acaba de cuajar el tema. Claro que eso pasa por rodar sin un guión definido, improvisando en gran parte, y resolverlo todo en cinco dias. Para que un experimento así funcione hay que ser muy muy bueno. Huelga decir que Maki no lo es. Aunque también se puede argumentar al revés: para haberse hecho en apenas cinco días, no está mal...





STARBUCK, Paternidad Desatada

De que va: A sus 42 años, David sigue viviendo como el eterno adolescente. Sortea con el mínimo esfuerzo los escollos de la vida y mantiene una relación complicada con Valerie, una joven policía. Cuando ésta le comunica que está embarazada, una serie de circunstancias hacen que aflore de repente el pasado de David. Veinte años antes, y con el fin de obtener algún dinero, comenzó a donar esperma a una clínica de fertilidad. Ahora acaba de descubrir que, a resultas de aquellas donaciones, ha engendrado nada menos que 533 hijos, de los cuales 142 han emprendido una acción legal conjunta para que se revele la identidad de su padre biológico, a quien se refieren con un seudónimo: Starbuck.


Si de películas sobre la paternidad hemos de seguir hablando – y en esta Seminci llevamos ya unas buenas cuantas aproximaciones de variado pelaje –
resulta obligado conceder que el acercamiento más original, irresistible y divertido al tema lo ofrece esta película canadiense de Ken Scott que va camino de convertirse en la gran sorpresa de esta edición. Y es que a lo desopilante de su punto de partida – ahí es nada enterarte de la noche a la mañana que tienes por ahí rulando a unas cuantas centenas de descendientes tuyos – hay que añadir la inteligencia y el sentido del humor con el que está contada esta historia del forzado proceso de evolución de este tarambana peterpanesco que a fuerza de tocar las vidas de hijos y más hijos perdidos en plan Amelie desarrolla un sentido de la responsabilidad que para sí quisiera el Michael Landon de La Casa de la Pradera. Starbuck tiene un guión magnífico en el que no solo puedes reírte bien a gusto de los lugares comunes de la paternidad – a este respecto las primeras charlas que mantiene con su abogado son antológicas – sino que demuestra una sorprendente madurez y solvencia en algunas de sus aristas menos cómicas, que también las hay. Y también funcionan.


Patrick Huard está simplemente soberbio en un papel dificilísimo. Su comicidad resulta sin duda irresistible, pero sabe ser igual de convincente cuando ha de enfrentarse a algunos de los aspectos menos agradables de su situación. Todo está servido con habilidad y lucidez por Ken Scott, coautor asimismo de este estupendo guión. El resultado es una estupenda película que más allá de su humor irónico, ofrece una reflexión bastante lúcida sobre lo que significa ser padre hoy en día, sobre la necesidad de madurar y sobre la asunción de responsabilidades.


Probablemente, y ojalá me equivoque,
el Jurado sentirá la tentación de no incluir en el Palmarés una película como ésta, ya que su condición de comedia la relegará a como mucho algún premio menor frente a propuestas más “rigurosas”. Sin embargo, escuchando las continuas carcajadas y las simpatías casi unánimes que la película ha despertado en su pase de prensa, servidor reflexionaba sobre el enorme mérito que tiene una película como Starbuck que pese a contar con un arranque tremendo fruto de su magnífica premisa, no deja de crecer a lo largo de todo su metraje, cerrándose además a la perfección y de forma sumamente coherente en su tramo final, sin dejar de hacer pensar y hacer reír al espectador en todo momento. Eso está al alcance de muy pocas comedias hoy en día. El Jurado haría bien en recordarlo.


1 comentario:

Mariana Hernández dijo...

Es un amor que puede contra la fatalidad, la recomiendo mucho porque es muy puro su cariño. La vi en HBO GO porque me gusta más su idioma original y sólo la encontraba doblada.