martes, octubre 25, 2005

SEMINCI, Crónica 3: Spot, Elsa y Fred, En Terreno Vedado

Seminci, Crónica 3 (Cobertura de La Butaca.Net de la 50 Edición. Todos los derechos reservados)

Fondo negro. Música: Saraband, Shigemeru Umebayashi, BSO 2046
Escena 1. Plano general de una peluquería. (Un barbero, ya entrado en años, corta el pelo a un cliente, también maduro)
- Barbero: Pues ya le digo, In The Mood for Love es una obra maestra...
Escena 2. Blanco y Negro. Plano medio de una pareja joven que se mira tiernamente. La cámara hace un ligero travelling hacia la derecha
- Chico: ¿No te parece que el ritmo de las películas de Atom Egoyan es simplemente inconfundible?
Escena 3: En un parque, dos niñas cargadas con mochilas escolares pasean.
- Niña: Yo de mayor lo que quiero hacer es dirigir películas. Como Iciar Bollain.
Escena 4. En un mercado, dos señoras mayores hacen la compra en un puesto de fruta.
- Señora 1: Pues Ingmar Bergman acaba de hacer una nueva película. (Duda, intenta recordar)
- Frutero: Saraband
- Señora 2: (Contenta) Eso, Saraband

La pareja de la escena 2 se besa. Plano aéreo de la Plaza Mayor de Valladolid. Aparece el logo de la 50 Edición.
Off: 50 aniversario de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. 50 Años amando el cine.(spot rodado por Isabel Coixet para conmemorar la 50 Seminci)

Me van ustedes a perdonar la digresión, pero creo que antes de empezar con la crónica de hoy, merecía la pena compartir con los que leen estas líneas la curiosa pieza que introduce todas las películas de la sección oficial a concurso, que está provocando no pocas sonrisas en esta edición tan especial por tantos motivos. Más allá de los inevitables comentarios jocosos (“Anda que si le suelto yo a mi mujer en las primeras citas lo de Egoyan iba a estar hoy en día casado con ella. Me hubiera mandado a la mierda poco pronto...”) la verdad es que es un spot de lo más simpático y que, exageraciones obvias al margen, refleja bien la pasión cinéfila de esta ciudad: las colas para conseguir entradas para la Sección Oficial siguen tan nutridas como siempre y con gente que madruga lo suyo para asegurárselas. Hay pasión semanista, vaya que sí.
Elsa y Fred, co-producción hispano-argentina dirigida por Marcos Carnevale y protagonizada los magníficos Manuel Alexandre y China Zorrilla, es una película que narra una historia de amor maduro bastante convencional y previsible, pero que arranca no pocas carcajadas durante su estupenda primera hora, en la que la veterana actriz uruguaya ofrece una inmensa lección de comedia con su personaje de mujer vital, soñadora, mentirosa hasta lo patológico, pero en el fondo entrañable que está resuelta a sacar de su depresiva actitud al personaje de Manuel Alexandre, un señor formal, educado y amable hasta la exasperación, hundido tras la reciente pérdida de su mujer, que se convierte en su nuevo vecino. La película se ve con mucho agrado durante la primera hora, en la que resulta un placer asistir al baile de amor maduro que interpretan estos dos grandes actores, un amor maduro que, en realidad, se vive con una pasión y una inconsciencia casi adolescente, para sorpresa de todos los que les rodean. Un argumento sencillo y no exento de cierta simpatía, unos diálogos bastante afortunados con los que no cuesta dar rienda suelta a la risa y la simple pero muy efectiva contraposición de dos caracteres tan sumamente opuestos como los de la pareja protagonista hacen funcionar el filme y compensan durante gran parte del metraje una realización plana y nada sugerente, que se hace más difícil de llevar según la historia va avanzando hacia su más que previsible desenlace. Todo lo que tiene que ver con el homenaje cinéfilo a un clásico como La Dolce Vita es bastante menos interesante que ese divertido baile de seducción inicial de la pareja de maduros tortolitos.

Eso si, solo por el despliegue de China Zorrilla (anoten desde ya su candidatura a Mejor Actriz: no sería nada descabellado) o la justicia de ver al fin a Manuel Alexandre disfrutar de un papel protagonista que le permite desplegar su habitual saber hacer y su inmensa humanidad, merece la pena acercarse a ver una película en la que hay un pequeño cameo de Federico Luppi... que no le hace ningún bien, porque atrae el recuerdo de aquel magnífico film sobre amores maduros que era Sol de Otoño. Estamos ante una película amable y nada arriesgada que tiene la virtud de ofrecer al espectador exactamente aquello que podría esperarse de ella, sin más, con las justas dosis de comicidad y ternura. No deja huella, pero tampoco molesta. Podría discutirse sobre la conveniencia o no de que una obra tan poco arriesgada merezca estar en la Sección Oficial a concurso de un festival tan importante como la Seminci, pero eso es ya otra cuestión. Lo cierto es que es una de esas películas que el crítico puede agradecer en un momento dado, pues un soplo de ligereza en medio de tantos filmes dramáticos, sesudos y con afán de trascendencia, no es demasiado frecuente.


En Terreno Vedado (Brokeback Mountain), por su parte, también es una historia de amor. Pero mucho más áspera, dolorosa y arriesgada. En realidad, parte de la polémica que ha acompañado a esta hermosa historia de amor homosexual protagonizada por dos vaqueros no deja de ser infundada. Es extraño que aun haya quien se rasgue las vestiduras porque Ang Lee se haya atrevido, según ellos, a romper la imagen tradicional del western, cuando basta con ver con un poco de atención películas tan emblemáticas del género como Río Rojo de Howard Hawks para darse cuenta que el tema no resulta precisamente nuevo. Más aun, en realidad es más que posible que una historia como la que plantea Ang Lee en esta película tuviera lugar con cierta frecuencia en un mundo cuyos códigos externos de virilidad y dureza bien podrían esconder relaciones de este tipo. Ang Lee se enfrenta pues en ciertos círculos a la misma incomprensión que deben afrontar sus dos protagonistas, los espléndidos Jake Gyllenhaal y Heath Ledger (¿de verdad que este tipo es el mismo de Destino de Caballero?), que no tienen más opción que ocultar el amor que surge entre ellos a partir de una relación de camaradería y trabajo – ambos son contratados por un ranchero local para vigilar sus rebaños de ovejas mientras pastan durante unas semanas en la montaña de Brokeback – para poder, con esa apariencia de vida convencional, simplemente seguir viviendo. El drama que viven sus personajes, la profundidad, complejidad y precisión del retrato que hace de ellos y de su triste historia es un material dramático de primer orden que está tratado con una exquisita sensibilidad, sin por ello ahorrar al espectador – hacerlo de otra forma hubiera sido simplemente ridículo: aquí resulta esencial mostrarlo, al menos al principio, en una secuencia magnífica - el inevitable componente físico de su relación a través del sexo.


Tanto Jake Gyllenhaal en su papel de Jack Twist pero como, sobre todo, un Heath Ledger que en su vida ha estado mejor como el hierático pero apasionado Ennis del Mar, construyen dos sólidos personajes en los que es posible apreciar la distinta forma de afrontar la relación sólida, magnífica que surge entre ellos. Los dos se esconden tras sendos matrimonios de conveniencia que son una simple fachada, con la diferencia de que Twist está más que dispuesto a arriesgarse y dejarlo todo para vivir en su plenitud la relación con Ennis y éste, mucho más temeroso o mucho más consciente de la gravedad que implica una relación prohibida como la suya, se contenta con disfrutarla esporádicamente, no cambiando su actitud ni siquiera cuando su vida de cara al exterior se desmorona a su alrededor. Ang Lee se toma su tiempo en desarrollar su historia, hasta tal punto que si alguien que no tuviera la más mínima referencia sobre la misma se sorprendería de ver como evoluciona desde esa inicial camaradería hasta la convincente relación de pareja que ambos desarrollan en pantalla, tanto que ni siquiera cuatro años de separación forzosa entre uno y otro les afecta. Pero Ang Lee maneja con mano férrea un proceso que se prolonga durante años en el tiempo con un excepcional dominio del ritmo narrativo como del difícil arte de la elipsis.

“Ennis y Jack han de vivir una mentira, pero no tienen otro remedio que hacerlo” decía el cineasta en una abarrotada sala de prensa “No creo que conocieran otra forma de sobrevivir como seres humanos. A mi me atraen los temas de relaciones que se complican por las presiones sociales, la presión que la sociedad y sus convenciones ejercen sobre el libre albedrío y la capacidad de ser felices, un drama que resulta mucho más común de lo que parece y que es una constante en mi obra. Esta historia además tenía algo que me apasiona a la vez que me asusta y es como cambian las circunstancias, los sentimientos y las relaciones a través del tiempo, como el paso del tiempo les afecta y cómo se adaptan a ellos”

Lo cierto es que el cineasta nacido en Taiwan pero afincado en los USA ha construido una película magnífica, sólida como una roca tanto desde la construcción de su guión como más que convincente en un reparto que funciona a la perfección, un filme capaz de emocionar incluso a aquel que se encuentre especialmente incómodo ante una temática en la que puede no reconocerse, pero con una innegable capacidad de emocionar desde el desgarro de dos seres condenados a vivir su amor de forma prohibida, con encuentros furtivos que siempre están condenados a ser insatisfactorios y que les llevan a un punto del que no resulta fácil escapar, tanto por la fuerza de unos sentimientos a los que no se pueden permitir el lujo de renunciar como de una incomprensión del mundo que les rodea que puede llegar a ser muy peligrosa. Así, de esta historia triste, desgarrada, condenada de antemano a la tragedia, Ang Lee consigue rescatar momentos de bella poesía, arropando el amor de sus dos protagonistas con una hermosísima fotografía de Rodrigo Prieto y culminando en un desenlace esplendoroso, brillante, que quedará en el corazón del espectador como uno de los momentos álgidos del cine del 2005.

Como curiosidad del día – y también llevado un poco por el buen recuerdo de Whisky, para qué negarlo - me acerqué a ver una película uruguaya de la sección Punto de Encuentro llamada Ruido, primer largometraje en cine del joven Marcelo Bertalmío. Su película – parece ser norma en la sección – es un despropósito sin pies ni cabeza que se hace simpática a ratos por lo surrealista de su propuesta, una colección de sketchs o situaciones graciosas con menor o mayor fortuna construidas alrededor de un peculiar personaje, Basilio, un tipo gris al que nadie parece hacer demasiado caso. No desde luego sus compañeros de trabajo en una empresa de publicidad, que le encargan los trabajos más estúpidos; ni su esposa, que le abandona sin ninguna explicación a las primeras de cambio. Por no hacerle caso, no se lo hace ni el tipo que se dedica a pasear a su perro ni, lo que ya es el colmo, su propio perro.

Así las cosas, Basilio resuelve suicidarse, pero justo cuando está a punto de ingerir las pastillas (veterinarias) que le llevarán placidamente al otro mundo se cruzan en su camino una serie de personajes a cual más estrafalario. A saber, una juerguista hija de una echadora de cartas que le consigue trabajo con un tipo siempre vestido con un mono naranja llamado Méndez, un obseso del trabajo que tiene la surrealista ocupación de ser el encargado de controlar el volumen de ruido de la ciudad, acudiendo a cuanto despropósito acústico es denunciado o una niña de doce años que tiene la misión de comunicar a un determinado número de pacientes de su tío oncólogo que, en realidad, no tienen el cáncer que les han diagnosticado – su tío, ya muerto de cáncer, opinaba que la gente se esforzaba por vivir mejor cuanto más consciente era del poco tiempo que les quedaba sobre la tierra. Todos ellos contribuyen, a través de una sucesión de historias a cual más delirante (desde un tipo convencido de que los extraterrestres le controlan constantemente hasta un locutor nocturno de radio que prefiere pasarse la noche en el bar antes que enfrentarse a sus oyentes, por poner un par de ejemplos) ayudarán a Basilio a descubrir de nuevo la alegría de vivir. La película, que así expuesta resulta bastante más atractiva de lo que luego en realidad es, pese a algún que otro momento brillante aislado, se queda a medio camino entre el desconcierto existencial, pongamos por caso, de Zach Braff en Algo en Común– su protagonista tiene un aire bastante parecido – y una acumulación de sketchs inconexos de un programa cualquiera de los Cruz y Raya, sin que eso resulte en una película coherente ni mucho menos interesante, por más que su estructura, planteada como un largísimo flashback y la simpatía que despierta su zangolotino protagonista (si, exacto, como Gabino Diego en sus inicios) parecieran convencer a gran parte del público asistente, que rió con ganas algunos de los gags de la película y aplaudió convencido al final de la proyección. Claro que en el Roxy, a diferencia de lo que sucede en el teatro Calderón, se tiende a aplaudir casi cualquier cosa. Un servidor disfrutó infinitamente más del imaginativo corto de animación holandés Wie de Schoen past, sobre unos zapatos que tienen la capacidad de convertirse en el calzado que más desean los desafortunados que se cruzan en su camino – un atleta, una niña, una señora gorda, un militar, un Papá y así sucesivamente – para luego hacerle verdaderas perrerías a sus portadores, algunas de ellas francamente divertidas, plenas de originalidad y sentido del riesgo.

Y hasta aquí la tercera crónica del Festival. Mañana les hablaremos de una de las películas a priori más interesantes de la sección Punto de Encuentro, La Cosecha de Hielo de Harold Ramis, con Billy Bob Thornton y John Cusack en su reparto y dos películas más de la Sección Oficial, la india Agua de la directora Deepa Mehta, autora de Fuego y Tierra y la chilena En la Cama de Matías Bizé. Un servidor también estará atento a la rueda de prensa de Vida y Color, opera prima del antiguo crítico de cine y director del programa de TVE Versión Española Santiago Tabernero… más que nada porque aunque la veré un día después, es una oportunidad única para ver de cerca al gran director de fotografía Jose Luis Alcaine y a esa hermosura de mujer que responde al nombre de Silvia Abascal, uno de mis mitos eróticos patrios desde que la vi seduciendo inapelablemente a Eduard Fernández en la espléndida La Voz de su Amo. La ocasión la pintan calva.

Películas vistas hasta la fecha: 7 en 3 días. No demasiadas, la verdad.
Cafés ingeridos en el Moliner (el mejor café de Valladolid): hmm… ¿unos 12?

PD: Aun no he visto El Hijo de los Hermanos Dardenne, pero puedo decir una cosa de ellos: en rueda de prensa son tan escuetos, cortantes y desagradables como sus películas. Jesús, había que sacarles las impresiones con cucharilla de la boca... vaya par de siesos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Sabes, me parece que coincidimos mucho en algunas cosas y una de ellas es en Silvia Abascal, me puso a cien en "La voz de su amo". Lástima que no se prodigue más en cine.